Semana de la crisis (II): El pánico de 1873

Se dice que en la historia todos los hechos están relacionados en una intrincada red de acontecimientos donde un evento puede tener las consecuencias más inesperadas en el transcurso de varios años. El pánico de 1873 podría ser un ejemplo de ello.

Leopold von Hohenzollern

Leopoldo de Hohenzollern.

En 1870 España se encontraba sin monarca, después del derrocamiento de Isabel II en la Revolución Gloriosa de 1868. Puesto que las Cortes españolas deseaban evitar el advenimiento de la República, el presidente del Consejo de Ministros Juan Prim se dedicó a buscar un candidato aceptable para ocupar el trono español en sustitución de los recién expulsados borbones. Una de sus primeras opciones era Leopoldo de Hohenzollern, uno de los más prometedores príncipes de una de las más importantes casas reales de Europa.

La elección del Hohenzollern gustó mucho al primer ministro prusiano Otto von Birmarck, ya que Leopoldo sería un firme apoyo pro-germánico al otro lado de los Pirineos. Sin embargo, el emperador francés Napoleón III no quiso ni oír hablar del tema. No deseaba tener a un alemán en el este y a otro por el sur amenazando su bien ganada hegemonía europea. Los agresivos movimientos diplomáticos de Francia consiguieron la renuncia de Leopoldo al trono español, pero también provocó una hostilidad abierta entre Francia y Prusia que desembocó en la Guerra Franco-prusiana.

Napoleón III quería hincar el diente sobre lo que a todas luces era un bocado demasiado grande para Francia, y Bismarck quería una excusa para unificar a la multitud de estados alemanes ante un enemigo común, bajarle los humos al francés y, de camino, terminar de aclarar que Alsacia y Lorena debían ser Alemanas para siempre. En efecto, ésta fue una guerra breve donde la batalla más importante, librada en Sedán, se saldó con una estrepitosa derrota francesa y con la captura del emperador Napoleón III. Allí mismo terminó el Segundo Imperio Francés y comenzó la Tercera República en medio de un gran desorden social.

BismarckundNapoleonIII

Napoleón III derrotado junto al canciller Otto von Bismarck en la batalla de Sedán, 1870.

Como suele ocurrir en estos casos, las condiciones impuestas por los vencedores a los vencidos fueron de todo punto excesivas, ya que además de soportar las pérdidas territoriales, Francia se vio obligada a pagar una elevadísima indemnización a Alemania en oro, y es aquí donde de verdad iba a comenzar un problema que deprimiría la economía mundial hasta el final del siglo XIX.

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Trade Dollar, moneda de plata acuñada exclusivamente para el comercio con Oriente a partir de 1873.

Gracias a esta indemnización, Otto von Bismarck decidió prescindir del patrón plata que había guiado la acuñación de monedas desde hacía cuatro siglos, y por lo tanto, dejó también de acuñar los famosos y prestigiosos Táleros de plata. El efecto inmediato de este cambio fue la depreciación del valor de dicho metal y de las monedas acuñadas con el mismo, y el hundimiento del mercado de valores de Viena. La crisis se extendió rápidamente a los Estados Unidos, de cuyas minas se extraía la mayor parte de la plata, y en 1873 el gobierno federal del entonces presidente Ulysses S. Grant promulgó el Acta de Acuñación, dejando de forma inmediata de acuñar dólares de plata y pasando de facto el patrón monetario al oro, metal en el que se acuñarían las nuevas monedas.

UlyssesGrant

Ulysses S. Grant, presidente de los Estados Unidos en 1873.

Esto sentó como un jarro de agua fría para muchas empresas norteamericanas, fuertemente endeudadas o necesitadas de liquidez debido a que se encontraban en un ciclo económico expansivo tras el final de la Guerra Civil Americana: De repente se produjo una falta de liquidez generalizada en el país que llevó a la quiebra a un considerable número de compañías y particulares. No hay que olvidar que la mayor parte de los países occidentales se hallaban inmersos en plena Segunda Revolución Industrial, con unas necesidades de materias primas y de financiación para proyectos industriales nunca vistas hasta entonces.

La banca de los Estados Unidos no iba a salvarse de las consecuencias, ya que era de las más endeudadas en los grandes proyectos de infraestructuras del país. La Jay Cooke & Company, que financiaba la construcción del ferrocarril Northern Pacific, se declaró en bancarrota al no poder colocar sus títulos en el mercado. La caída de Jay Cooke provocó una reacción en cadena de bancarrotas entre las entidades financieras, terminando de ahogar a la economía americana.

Esta crisis se prolongó en los Estados Unidos hasta 1879, pero en Europa se vivió una depresión prolongada que no remitió hasta 1896, con episodios verdaderamente dramáticos como la hambruna irlandesa de 1879 entre otros. Ésta fue una de las primeras crisis económicas globales, y todo el mundo la conoció en su momento como la Gran Depresión, ignorantes de que el nuevo siglo que llegaba traería consigo nuevas depresiones que dejarían pequeña a ésta.

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