Breaking Bad: el día que Walter White se convirtió en un chico malo

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Aviso de spoiler. Si sigues leyendo esto, luego no quiero quejas.

¿Qué convierte a un sencillo profesor de instituto, pluriempleado de cajero de lavacoches, esposo y padre ejemplar en el enemigo público número uno? Walter White, dejando a un lado sus innegables capacidades para poner en práctica sus conocimientos académicos, somos cualquiera de nosotros, es decir, es lo que cualquier persona normal podría llegar a ser bajo las circunstancias adecuadas.

Creo que pocos tuits pueden definir a una serie tan bien como éste. De hecho, creo que ahí reside la crítica, el mensaje crítico que acompaña a toda la serie: cómo un sistema sanitario insolidario, insuficiente e injusto puede arrastrar a una persona a una lucha por su supervivencia y su dignidad hasta convertirlo en un monstruo.

Pero Walter White no puede ser juzgado sólo bajo la óptica del ciudadano superviviente. Hay algo más; una rebelión contra la muerte anunciada, una negativa a desvanecerse en la enfermedad y el olvido, la reivindicación del derecho a sentirse vivo, a liarla parda, a que el mundo se acuerde de ti para los restos.

En fin, que os recomiendo esta serie, de lo mejor que he visto en televisión en los últimos años.

Diez segundos

Después de diez horas observando atentamente el desfilar de cifras en una pantalla y de aporrear con frenesí un teclado mientras bailaba con su mano derecha sobre un ratón, el suave ronroneo, la música y el movimiento le parecían un bálsamo para los sentidos. Mientras disfrutaba del momento, en un un giro del cuello para sacudirse la tensión acumulada, la vio a ella.

Ella tenía la mirada fija, perdida en un horizonte inexistente, tal vez disfrutando de las mismas sensaciones que él, en su burbuja de soledad donde nadie podía alcanzarla. En diez segundos, él inventó para ella toda una vida, imaginando cuál sería su trabajo, cuáles sus aficiones, sus anhelos, sus frustraciones. La miró tocarse el cabello sin dejar de mirar al frente, y entonces decidió que la amaba.

Justo en ese momento, mientras la contemplaba extasiado, se dio cuenta de que ella también le miraba, y se ruborizó como lo haría un niño cazado in fraganti. Esperaba indiferencia, pero de repente, ella le sonrió, derribando ese muro social invisible que separa a los desconocidos y los encierra en cárceles de soledad, y decidió que la recordaría toda su vida por aquello.

Entonces la luz del semáforo se puso en verde, y el coche de ella empezó a rodar. Él tomó la primera salida a la derecha, y allí terminó la mejor historia de amor de su vida, que había durado exactamente diez segundos.

El licenciado Márquez Torres

Tal día como hoy, 27 de febrero, en 1615, el licenciado Francisco Márquez Torres daba curso a la aprobación de la segunda parte de El quijote de Miguel de Cervantes tras su censura previa. Entre otros halagos al autor y a su obra, el licenciado Márquez Torres dejaba caer la anécdota que más abajo reproduzco, tal vez sabiendo que tanto el libro como su documento de aprobación pasarían a la historia de nuestro país y de la literatura mundial; una pequeña aunque dolorosa espina para cualquier español que tenga un mínimo de vergüenza.

Certifico con verdad que en veinte y cinco de febrero d’este año de seiscientos y quince, habiendo ido el ilustrísimo señor don Bernardo de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo de Toledo, mi señor, a pagar la visita que a Su Ilustrísima hizo el embajador de Francia, que vino a tratar cosas tocantes a los casamientos de sus príncipes y los de España, muchos caballeros franceses, de los que vinieron acompañando al embajador, tan corteses como entendidos y amigos de buenas letras, se llegaron a mí y a otros capellanes del cardenal mi señor, deseosos de saber qué libros de ingenio andaban más validos; y tocando acaso en este que yo estaba censurando, apenas oyeron el nombre de Miguel de Cervantes, cuando se comenzaron a hacer lenguas, encareciendo la estimación en que, así en Francia como en los reinos sus confinantes, se tenían sus obras: la Galatea, que alguno d’ellos tiene casi de memoria la primera parte d’esta, y las Novelas. Fueron tantos sus encarecimientos, que me ofrecí llevarles que viesen el autor d’ellas, que estimaron con mil demostraciones de vivos deseos. Preguntáronme muy por menor su edad, su profesión, calidad y cantidad. Halleme obligado a decir que era viejo, soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondió estas formales palabras: “Pues, ¿a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario público?” Acudió otro de aquellos caballeros con este pensamiento y con mucha agudeza, y dijo: “Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el mundo”.

Ojalá pudiera decir que las cosas han cambiado desde entonces, pero no: España siempre ha sido una mala madre para sus más preclaros hijos, negándoles en vida el pan y la sal mientras se deshace en lisonjas para con sus genios muertos.

Y esta entrada quiero dedicársela a tantos y tantos escritores, profesores, científicos, doctores e investigadores a los que algún día su país dedicará premios, semanas culturales y edificios públicos, pero que hoy languidecen en el desempleo, en el desamparo o fuera de nuestras fronteras.

Gravity: deconstrucción de satélite al aroma de astronauta triturado

Vale, antes de empezar a leer esto, debes tener en cuenta que, si no has visto la película, puede que te estropee la sorpresa (o sea, que esto va a ser lo que los anglos llaman un “spoiler”, y yo llamo una mala faena si no se avisa previamente). Dicho lo anterior, voy al grano con el asunto:

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Vaya por delante que Gravity me ha parecido una película estupenda, con una fotografía y unos efectos especiales de los que luego hablaré y que, en mi opinión, la hacen merecedora del Óscar, PERO…

…cuando uno está curtido en el arte de la simulación espacial (como, humildemente hablando, éste que escribe), ves que los pufos se suceden una y otra vez a lo largo de la película, empezando por el origen de la trama, en la que un misil ruso impacta contra un satélite y lo destruye. Hasta ahí, vale, y que eso genere una cierta cantidad de basura espacial, también, PERO…

…de ahí a que esa basura impacte casi inmediatamente con otros satélites, y que eso afecte a dos estaciones espaciales y a un transbordador situados en distintas órbitas (y de eso ya hablaremos luego), hay un trecho. Es como si alguien disparara una ráfaga de ametralladora en abanico en Marruecos y acertara a darle a un camellero durmiendo al pie de la Gran Pirámide… mirando hacia el Mar Rojo. O sea, imposible no, pero muy, muy, muy improbable, sí. Y aunque así fuera…

…la basura espacial, aun siendo un grave problema real en las misiones espaciales, no es ni mucho menos tan espectacular como aparece en la película. A las velocidades de las que estamos hablando, la más pequeña de las tuercas atravesaría de parte a parte cualquier nave espacial, causando unos destrozos muy considerables, no hablemos ya de esos pedazos enormes que se ven en pantalla. En la vida real, y por poner un ejemplo, una minúscula mota de pintura en órbita tropezó en 1983 contra el cristal de la cabina del transbordador espacial Challenger (tres años antes del fatídico accidente que supuso su destrucción); pues bien, la dichosa mota de pintura a punto estuvo de atravesar el cristal (que ya os digo yo que es bien gordo) y provocar un accidente catastrófico, y sólo era una miserable motita de pintura. Desde entonces, y como precaución, los transbordadores viajaban dando la popa a su vector de velocidad.

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Por otra parte, la película empieza con una misión de reparación del Hubble, que orbita la Tierra a 600km de altura y una inclinación de 28,48º respecto al ecuador. La ISS, por su parte, orbita la Tierra a 396km y una inclinación de 51,6º respecto al ecuador. De la estación espacial china ya ni hablamos, primero porque aún no existe como tal, y segundo porque, de existir, es casi seguro que los chinos preferirán usar la altura e inclinación que más les convenga (y yo apuesto a que utilizarán una órbita coplanar con la Luna, no me preguntéis por qué). Viajar entre una y otra órbita es, en términos de combustible, costosísimo, y en términos de cálculos de trayectoria, complicadísimo. Me explico:

Para cambiar el plano de una órbita necesitas apuntar tu nave hacia el norte o el sur (dependiendo del lugar de la órbita en que se haga), aprovechar el momento en que tu órbita se cruza con la órbita deseada, y encender los motores hasta que la diferencia de inclinaciones sea lo más cercana posible a cero. Si además quieres cambiar de altitud, tienes que apuntar tu nave en el sentido de tu velocidad o en el contrario (si quieres descender), y encender motores para cambiar el apoapsis (punto de mayor altitud), o el periapsis (punto de menor altitud). Luego, al otro lado de la órbita, debes volver a encender los motores para circularizarla, o irás orbitando entre la altura inicial y el nuevo apoapsis o periapsis, según haya sido la maniobra.

¿Ya os habéis perdido? Pues los guionistas de Gravity pensaron eso mismo, y se dijeron: “¡Qué narices! Hagamos que el Hubble, la ISS y la estación china estén cerquita, y nos quitamos de problemas”, PERO…

…eso podría estar bien si la acción se desarrollara en el espacio interestelar, sin influencia de ningún cuerpo celeste, pero con la Tierra curvando el espacio-tiempo tan cerca (sí, lo de espacio-tiempo es una chulería mía, pero aquí viene al caso), cien kilómetros pueden convertirse en una eternidad para un astronauta con sólo un equipo portátil casi consumido, aunque sea George Clooney, quien por otra parte está magnífico y en ningún momento se sale del papel ni del traje de astronauta. En fin, que básicamente hay que hacer varias complicadas maniobras sólo para encontrarte con un objeto en tu misma órbita a apenas unas decenas de kilómetros, no hablemos ya de más de cien.

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Con todo esto no quiero dar la impresión de que no haya nada que me guste en la película. El fuego en gravedad cero estaba muy bien reproducido, como todo lo relativo a un ambiente de ingravidez. Las descompresiones, los movimientos de las cosas, lo que yo voy a llamar aquí “la física cercana”, es casi perfecta.

Por lo demás, a mí me ha encantado la película, aunque detallitos como que Sandra Bullock efectúe la reentrada con una nave que no conoce y con los mandos en chino pulsando botones en plan “pito, pito, gorgorito” (literal), no se los traga ni el más crédulo.

Estos días azules y este sol de la infancia

tumba MachadoNo parecería una gran cosa de no ser por los incesantes recordatorios que miles de visitantes dejan allí año tras año. Don Antonio yace en una tumba sencilla junto a su amada madre, quien le siguió en su último viaje sólo tres días después. En el bolsillo del poeta, unos últimos versos en los que tal vez expresaba la nostalgia que un simple día soleado del invierno mediterráneo despertaba en el corazón desterrado de quien sabe que no volverá a su patria jamás, que sus ojos nunca más se posarán sobre el patio sevillano o sobre el limonero cuajado de azahares.

Estos días azules y este sol de la infancia.

Don Antonio ennoblece con su muda presencia a la villa francesa de Colliure, villa de la que es su más ilustre personaje, siendo él tan de España como era, y envilece a los españoles como nación que tradicionalmente ha tratado a sus mejores hijos con la punta del pie, cuando no con la boca de un fusil.

Hoy, setenta y cinco años después de la muerte del poeta, sólo queda recordar sus versos y la enseñanza que contienen para la gente joven, ésa a la que ahora mismo se les hiela el corazón en nuestras calles o en las de lugares remotos donde ganan el pan y el futuro que la patria les niega, tal como sucediera a Don Antonio en su día.

Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

 

Imagen: Celtibérico. (CC-BY-NC-SA)

Wolfgang

No es verdad, como cuenta la película Amadeus, que el día de su entierro lloviera a mares, y que por eso acudiera tan poca gente a su entierro. Tampoco es verdad que su amigo Salieri, mentor de sus hijos, le buscara una ruina por celos o envidia. Aquel cinco de diciembre de 1791 fue un día despejado e incluso caluroso para ser Viena, y Wolfgag Amadeus Mozart, el compositor más genial de la historia de la música, fue enterrado de forma más o menos humilde (aunque digna, no arrojado a una fosa común como algunos dicen), y acompañado por pocos aunque selectos amigos y colegas, como el antes mencionado y tan injustamente vituperado Antonio Salieri.

Y hoy, doscientos veintidós años después de aquel día, quiero hacen aquí mi pequeño homenaje a este gran genio de vida breve (aunque para los estándares de la época no era una vida mucho más corta de lo que cabía esperarse). Para ello, nada más fácil que seleccionar una de sus obras e insertarla aquí. Fácil, porque cualquiera de sus obras es digna de competir en belleza con cualquiera otra que se haya compuesto jamás.

El campo profundo extremo del Hubble

Hubble_Extreme_Deep_Field_(full_resolution)De los millones de imágenes del cielo proporcionadas por el telescopio espacial Hubble, tal vez sea ésta la que más me atrae y me da que pensar, y he venido aquí a deciros por qué:

El tamaño del Campo Profundo Extremo comparado con el tamaño de la Luna en el cielo. Imagen: Wikimedia Commons.

El Extreme Deep Field (XDF) es una pequeña parte del Hubble Ultra Deep Field, que se compuso a partir de una recopilación de observaciones realizadas por el telescopio entre 2003 y 2004, y el resultado fue una imagen de alta resolución con un diámetro de tres minutos de arco respecto a la bóveda celeste. Si consideramos que el cielo es percibido desde la Tierra como una esfera, tres minutos de arco se corresponden con una fracción ínfima de la bóveda celeste. Según Wikipedia:

Esto es sólo una décima parte del diámetro de la Luna llena vista desde la Tierra, más pequeña que un 1 mm por 1 mm cuadrado de papel puesto a 1 metro de distancia, e igual a aproximadamente una trece millonésima parte de la superficie total del cielo.

Este dato tiene mucha, pero que mucha importancia, porque lo que estamos observando es una fracción del cielo minúscula, pero a una profundidad que abarca 13.200 millones de años-luz, y 13.200 millones de años es casi la edad completa del universo. Tan minúscula es esa fracción del cielo que casi no hay estrellas de nuestra galaxia en esa imagen, y la práctica totalidad de los cuerpos celestes que se observan son galaxias. Hay galaxias para todos los gustos y casi de todas las edades, desde las primeras galaxias creadas tras el Big Bang hasta otras formadas miles de millones de años más tarde.

No me voy a detener en detalles científicos, pero sí voy a hacer un par de reflexiones a nivel filosófico inspiradas por esta imagen, porque miremos a la fracción del cielo que miremos con esa misma profundidad obtendremos una imagen muy parecida: millones y millones de galaxias esparcidas a todo lo largo y ancho del espacio y el tiempo. Y es que no estamos sólo mirando a la profundidad del espacio, sino que a medida que esa profundidad aumenta, miramos al pasado más remoto del universo.

En mi opinión, esta imagen responde por sí sola a la pregunta de si estamos solos en el universo. Con tantos miles de millones de galaxias a nuestro alrededor, pobladas por cientos de miles de millones de estrellas cada una, de las cuales la gran mayoría podría contener un sistema planetario, sería casi imposible que el experimento de la vida no se hubiera desarrollado en cualquier otro lugar. De hecho, lo más probable es que haya sucedido en cientos de miles de millones de mundos remotos, que esté sucediendo en estos momentos en otros tantos, y que en el futuro vuelva a suceder en muchos más.

Otra cosa es que nunca podamos averiguarlo directamente porque la inmensidad de las distancias nos impide explorar más que nuestro sistema solar, manteniendo a las estrellas y las galaxias más allá de nuestro alcance, puede que para siempre.