Wolfgang

No es verdad, como cuenta la película Amadeus, que el día de su entierro lloviera a mares, y que por eso acudiera tan poca gente a su entierro. Tampoco es verdad que su amigo Salieri, mentor de sus hijos, le buscara una ruina por celos o envidia. Aquel cinco de diciembre de 1791 fue un día despejado e incluso caluroso para ser Viena, y Wolfgag Amadeus Mozart, el compositor más genial de la historia de la música, fue enterrado de forma más o menos humilde (aunque digna, no arrojado a una fosa común como algunos dicen), y acompañado por pocos aunque selectos amigos y colegas, como el antes mencionado y tan injustamente vituperado Antonio Salieri.

Y hoy, doscientos veintidós años después de aquel día, quiero hacer aquí mi pequeño homenaje a este gran genio de vida breve (aunque para los estándares de la época no era una vida mucho más corta de lo que cabía esperarse). Para ello, nada más fácil que seleccionar una de sus obras e insertarla aquí. Fácil, porque cualquiera de sus obras es digna de competir en belleza con cualquiera otra que se haya compuesto jamás.

Federico, inmortal y universal

Ciento quince años pasan en un suspiro, pero tú, Federico, trasciendes al tiempo y a las fronteras. Desde tus letras atisbamos la eternidad, porque tú, Federico, ya eras inmortal mucho antes de salir caminando de madrugada por Viznar.

Este poema está bellamente interpretado por Yeliz Dubaz y Çağatay Azat, turcos, creo. Lo fácil hubiera sido poner aquí a Camarón, pero este vídeo me ha parecido más entrañable.

The Wall

Tal día como hoy, 30 de noviembre, en 1979, se publicaba en Londres el álbum “The Wall”, de Pink Floyd. Pocos podrán dejar de reconocer la importancia que este disco ha tenido en la evolución de la música rock desde el momento de su aparición hasta la actualidad.

El franquismo en la cultura popular andaluza: el paseo

Parece mentira que, a día de hoy, decenas de miles de españoles permanezcan enterrados en miserables cunetas, mientras la justicia hace oídos sordos a las reclamaciones de sus familiares y mientras el gobierno les insulta, acusándoles de “querer reabrir viejas heridas”. Haciendo una analogía cercana, es como si el gobierno alemán se negara a dar una sepultura digna a los millones de asesinados por el régimen nazi.

Y sin embargo, aquí seguimos, desenterrando por nuestra cuenta cadáveres de ciudadanos asesinados sin que ningún juez de guardia se digne a hacer siquiera acto de presencia.

Nadie está pidiendo venganza. No es una cuestión de revanchismo político. España necesita una declaración formal que repare el genocidio cometido por las tropas franquistas durante la guerra y la posguerra. España necesita que ni uno solo de sus ciudadanos tenga que soportar la humillación de tener a sus familiares enterrados al lado de una carretera, o en una fosa común anónima de cualquier cementerio. Sólo así podrán cerrarse de verdad las heridas que tanto molestan a nuestro actual presidente del gobierno.

Para ilustrar esta entrada, hoy os dejo con el Romance de Juan García, un valiente martinete grabado en 1968 por José Menese con letra de Francisco Moreno Galván. Al igual que Juan García, fueron muchos los españoles sentenciados “a golpe de mosquetón, sin jueces ni defensor”.

Rock andaluz: Smash

A finales de la década de los sesenta del siglo XX se empezaban a explorar nuevos caminos en la música andaluza. Una nueva generación de músicos, influidos tanto por los sonidos tradicionales del flamenco como por el rock y el pop nacional y extranjero, se dedicaba a fusionar estilos y tendencias musicales con más o menos éxito. De aquel caldero de brujas musical surgieron grupos como Gong, Nuevos Tiempos, y destacando sobre los demás, Smash.

El tema que propongo en esta entrada, Tangos de Ketama, pertenece a una etapa final de este grupo, donde se nota y mucho el peculiar estilo de Manuel Molina, recién incorporado por entonces a Smash. Pocos se atreverían como hace él a incrustar una letra puramente flamenca dentro de una canción rock.

Al lector/oyente puede resultarle chocante el estilo y la temática, pero lo que aquí tienen es uno de los primeros ejemplos de la evolución experimentada por la música rock hecha entonces por y para Andalucía y que hoy goza de tanto éxito comercial.

Universos para lelos

Ayer no salía de mi asombro mientras leía el comunicado de la banda terrorista ETA donde anunciaban el abandono definitivo de su actividad terrorista: Qué cuidado esmero en la elección de las palabras; qué dialéctica más estudiada para proclamarse vencedores, cuando todo el mundo sabe que de esta banda quedan apenas cuatro gatos en libertad; qué filigranas semánticas para obviar el daño causado y contar sus objetivos no logrados como victorias estratégicas de su campaña de terror. Visto el innegable talento para escribir de esta gente, habría que recomendarles que se abrieran un blog para poner verde a quien les plazca y dejaran de joder con sus pistolas y bombas.

Y que conste que no es que no me alegre de que lo dejen, que me alegro. Lo que pasa es que cuando entras al trapo del ejercicio intelectual que proponen con sus comunicados, la conclusión casi siempre es que deberían ingresar no en prisión, sino en un psiquiátrico para que les curen las alucinaciones esquizoides que padecen.

Yo hoy no he venido a hablar de esta gente, que me importa poco, sino a rendir un pequeño homenaje a tanto muerto, herido y huérfano inocente, víctimas de la estupidez sin límites de los que durante décadas han pretendido jugar a los silogismos disyuntivos con sus vidas, de los que, en lugar de buscarse un futuro, decidieron que trabajar y vivir la vida era demasiado aburrido.

Hoy, acordándome de las víctimas, me viene a la cabeza este tema de Paco Herrera, Requiem por un inocente, de su disco Ombligo de Andalucía. Editado en 1980, en los años de plomo, cuando cada día ETA sumaba uno o varios muertos en su macabra lista, este tema cuenta la historia de uno de tantos andaluces que, huyendo de la miseria y la explotación, fueron a morir al norte como víctimas propiciatorias de esta panda de fanáticos.

Silencio

Aquel 8 de mayo de 1824, el selecto público del teatro Kärntnertor de Viena escuchaba expectante cada una de las notas y las voces que surgían de la orquesta, mientras su director agitaba furiosamente los brazos, marcando el ritmo como si quisiera tocar con sus propias manos cada uno de los instrumentos al mismo tiempo.

Había ansiedad, curiosidad, y por qué no decirlo, bastante morbo. Se decía que el viejo músico estaba completamente sordo, y muchos se preguntaban cómo era posible que alguien compusiera música si era incapaz de oirla, y qué podía resultar de todo aquello. La crema de la sociedad austriaca se había reunido allí para comprobarlo en persona y poder contar en el futuro que asistieron a la apoteosis o a la decadencia del genio.

Sin embargo, y aunque era cierto que ya no podía oír el sonido de los instrumentos musicales, la música seguía estando allí, dentro de su cabeza y plasmada en la partitura con exquisito detalle. Él sabía mejor que ninguno de los presentes que aquella era su obra definitiva: si debía ser recordado por la posteridad lo sería sobre todo por aquella sinfonía que había consumido casi siete años de su vida y en la que había reunido todo su saber y experiencia.

El viejo compositor permaneció en todo momento de espaldas al público, dirigiendo a sus músicos para que interpretaran una música que él sólo podía ya imaginar. El público podría haberle abucheado hasta la asfixia, y para él todo habría estado tan silencioso como la noche en un cementerio. Le daba auténtico pavor girar la cabeza hacia las gradas, porque no podía oír si la orquesta estaba interpretando su obra bien o mal. Aquellos músicos podrían estar ejecutando la más bella de las melodías o la cacofonía más estridente y él, sumido en el silencio de su sordera, nunca lo sabría.

Cuando terminó de dirigir la sinfonía se quedó paralizado frente a sus músicos durante un gran rato. Tuvo que ser la joven contralto Caroline Unger quien se acercara al maestro y le girara hacia el público, que puesto en pie, agitaba sus manos en un aplauso silenciosamente atronador, vitoreando al genial músico sordo que, una vez más, había asombrado al mundo con su talento.

Ludwig van Beethoven rompió a llorar.

La Novena Sinfonía en re menor, Opus 125 de Beethoven, es una de las más grandes creaciones musicales de la historia humana, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2001 y adoptada como himno por la Unión Europea.