Gravity: deconstrucción de satélite al aroma de astronauta triturado

Vale, antes de empezar a leer esto, debes tener en cuenta que, si no has visto la película, puede que te estropee la sorpresa (o sea, que esto va a ser lo que los anglos llaman un “spoiler”, y yo llamo una mala faena si no se avisa previamente). Dicho lo anterior, voy al grano con el asunto:

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Vaya por delante que Gravity me ha parecido una película estupenda, con una fotografía y unos efectos especiales de los que luego hablaré y que, en mi opinión, la hacen merecedora del Óscar, PERO…

…cuando uno está curtido en el arte de la simulación espacial (como, humildemente hablando, éste que escribe), ves que los pufos se suceden una y otra vez a lo largo de la película, empezando por el origen de la trama, en la que un misil ruso impacta contra un satélite y lo destruye. Hasta ahí, vale, y que eso genere una cierta cantidad de basura espacial, también, PERO…

…de ahí a que esa basura impacte casi inmediatamente con otros satélites, y que eso afecte a dos estaciones espaciales y a un transbordador situados en distintas órbitas (y de eso ya hablaremos luego), hay un trecho. Es como si alguien disparara una ráfaga de ametralladora en abanico en Marruecos y acertara a darle a un camellero durmiendo al pie de la Gran Pirámide… mirando hacia el Mar Rojo. O sea, imposible no, pero muy, muy, muy improbable, sí. Y aunque así fuera…

…la basura espacial, aun siendo un grave problema real en las misiones espaciales, no es ni mucho menos tan espectacular como aparece en la película. A las velocidades de las que estamos hablando, la más pequeña de las tuercas atravesaría de parte a parte cualquier nave espacial, causando unos destrozos muy considerables, no hablemos ya de esos pedazos enormes que se ven en pantalla. En la vida real, y por poner un ejemplo, una minúscula mota de pintura en órbita tropezó en 1983 contra el cristal de la cabina del transbordador espacial Challenger (tres años antes del fatídico accidente que supuso su destrucción); pues bien, la dichosa mota de pintura a punto estuvo de atravesar el cristal (que ya os digo yo que es bien gordo) y provocar un accidente catastrófico, y sólo era una miserable motita de pintura. Desde entonces, y como precaución, los transbordadores viajaban dando la popa a su vector de velocidad.

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Por otra parte, la película empieza con una misión de reparación del Hubble, que orbita la Tierra a 600km de altura y una inclinación de 28,48º respecto al ecuador. La ISS, por su parte, orbita la Tierra a 396km y una inclinación de 51,6º respecto al ecuador. De la estación espacial china ya ni hablamos, primero porque aún no existe como tal, y segundo porque, de existir, es casi seguro que los chinos preferirán usar la altura e inclinación que más les convenga (y yo apuesto a que utilizarán una órbita coplanar con la Luna, no me preguntéis por qué). Viajar entre una y otra órbita es, en términos de combustible, costosísimo, y en términos de cálculos de trayectoria, complicadísimo. Me explico:

Para cambiar el plano de una órbita necesitas apuntar tu nave hacia el norte o el sur (dependiendo del lugar de la órbita en que se haga), aprovechar el momento en que tu órbita se cruza con la órbita deseada, y encender los motores hasta que la diferencia de inclinaciones sea lo más cercana posible a cero. Si además quieres cambiar de altitud, tienes que apuntar tu nave en el sentido de tu velocidad o en el contrario (si quieres descender), y encender motores para cambiar el apoapsis (punto de mayor altitud), o el periapsis (punto de menor altitud). Luego, al otro lado de la órbita, debes volver a encender los motores para circularizarla, o irás orbitando entre la altura inicial y el nuevo apoapsis o periapsis, según haya sido la maniobra.

¿Ya os habéis perdido? Pues los guionistas de Gravity pensaron eso mismo, y se dijeron: “¡Qué narices! Hagamos que el Hubble, la ISS y la estación china estén cerquita, y nos quitamos de problemas”, PERO…

…eso podría estar bien si la acción se desarrollara en el espacio interestelar, sin influencia de ningún cuerpo celeste, pero con la Tierra curvando el espacio-tiempo tan cerca (sí, lo de espacio-tiempo es una chulería mía, pero aquí viene al caso), cien kilómetros pueden convertirse en una eternidad para un astronauta con sólo un equipo portátil casi consumido, aunque sea George Clooney, quien por otra parte está magnífico y en ningún momento se sale del papel ni del traje de astronauta. En fin, que básicamente hay que hacer varias complicadas maniobras sólo para encontrarte con un objeto en tu misma órbita a apenas unas decenas de kilómetros, no hablemos ya de más de cien.

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Con todo esto no quiero dar la impresión de que no haya nada que me guste en la película. El fuego en gravedad cero estaba muy bien reproducido, como todo lo relativo a un ambiente de ingravidez. Las descompresiones, los movimientos de las cosas, lo que yo voy a llamar aquí “la física cercana”, es casi perfecta.

Por lo demás, a mí me ha encantado la película, aunque detallitos como que Sandra Bullock efectúe la reentrada con una nave que no conoce y con los mandos en chino pulsando botones en plan “pito, pito, gorgorito” (literal), no se los traga ni el más crédulo.

¿Prohibir o responsabilizarse? Ésa es la cuestión

Cuando cuatro crías se van a una fiesta de Haloween y terminan en el depósito de cadáveres muertas por aplastamiento, caben dos posibilidades: o bien se ha cometido una grave negligencia cuyas causas habrá que determinar en profundidad para evitar nuevas desgracias, o bien estas cosas ocurren sin que pueda hacerse nada para evitarlo, en cuyo caso lo mejor es prohibir eventos como el del otro día en el Madrid Arena.

En el primero de los casos, una investigación a fondo del asunto debería esclarecer las responsabilidades civiles y penales tanto de los organizadores de la fiesta como de los cargos políticos y funcionarios encargados de hacer cumplir las leyes y ordenanzas municipales. Al final, quieran ellos o no, la justicia tendrá que hacerse cargo del tema, aunque sólo sea para que las familias de las víctimas obtengan una ínfima reparación del daño causado.

Pero la no asunción de responsabilidades por parte de las autoridades, con la salida facilona de la señora alcaldesa sobre prohibir los eventos multitudinarios en instalaciones municipales tendrá como nefasto resultado que, pasado un tiempo, cuando esta tragedia no sea más que un recuerdo, más gente vuelva a morir en otro evento de masas porque nadie se preocupó en investigar lo sucedido y en crear a partir de lo investigado unos protocolos de seguridad que eviten las aglomeraciones en espacios cerrados.

O podría ser que la decisión municipal de prohibir este tipo de actos responda a un intento por salvar sus municipales culos de un marrón de consecuencias imprevisibles, toda vez que parece evidente que se hizo dejación de funciones en cuanto a la inspección de la fiesta del Madrid Arena que se tradujo en una insuficiente seguridad interior y exterior y un exagerado exceso de aforo. Las informaciones en prensa sobre relaciones personales entre los organizadores y altos cargos municipales, desde luego, no ayudan a tranquilizarnos. ¿Quién vigila a los vigilantes que son amiguetes de los que deben ser vigilados?

No quiero ser malpensado, pero…

…estoy viviendo toda esta polémica sobre las aspiraciones independentistas de Cataluña con mucho escepticismo. Me explicaré:

Ambos partidos gobernantes, tanto en España como en Cataluña, son los únicos que siguen manteniendo que la solución a la actual crisis es su política de recortes salvajes, que tantas penurias están haciendo pasar a millones de personas. Ni qué decir tiene que esta política les va a pasar factura en las próximas elecciones, a menos que…

…A menos que tanto Mariano Rajoy como Artur Mas encuentren una forma de galvanizar los sentimientos nacionalistas tanto de nacionalistas catalanes como de nacionalistas españoles hasta el punto de hacerles olvidar sus nefastas acciones de gobierno, y centrar la atención de la opinión pública en el “enemigo exterior”, en un problema de identidad nacional que sea capaz de motivar a la gente para soportar cualquier cosa que estos gobiernos de ultraderecha quieran echarnos encima.

Así que mucho cuidadito con las declaraciones grandilocuentes respecto a la cuestión catalana, porque detrás podría haber una estrategia acordada entre dos dirigentes políticos en apuros para salvar sus respectivos culos aunque sea a costa de buscarnos a todos mucho más que una ruina.

Privilegiado

Sí, querido lector: al parecer, está usted leyendo a un privilegiado de la sociedad. Y le voy a explicar el porqué.

Resulta que ayer mismo alguien me dijo que era un privilegiado por tener trabajo. Me lo dijo sin acritud, desde la perspectiva de quien ya lleva un año en el paro y ve cómo el futuro de su familia se vuelve cada día más incierto. No se lo reprocho, pero me va a tener que permitir que disienta profundamente de esa concepción de la sociedad donde un simple trabajador es un privilegiado.

Tengo un puesto de trabajo muy digno, con un salario suficiente para vivir y un horario que me permite disfrutar de unas horas de tiempo libre cada día. Incluso me puedo permitir elegir las fechas de mis vacaciones o de mis días libres, hasta cierto punto. Llevo más de veinte años trabajando en la misma empresa y no tengo motivo de queja, más allá de detalles de poca importancia. Sin embargo, puedo decir que mi coche es más pequeño, más barato y más viejo que el de la persona que me llamó privilegiado, y que al contrario que ella, yo no tengo pisito en la playa para pasar los fines de semana. Así pues, y aunque vivo una vida digna, no es que me sobre para muchos lujos.

No soy un privilegiado. Decir eso es hacerle el juego a quienes mantienen al país en un permanente equilibrio inestable al borde del abismo económico, con una tasa de paro insostenible donde uno de cada cuatro trabajadores se encuentra sin empleo, y donde los otros tres, bien trabajan en condiciones muy precarias, bien esquivan cada día la espada de Damocles de la temida carta de despido (o SMS de despido, que hasta a eso se ha llegado ya).

Son los individuos que ostentan el poder (un poder que, resignémonos, todos les hemos entregado en bandeja de una u otra forma) los que, consciente y premeditadamente han conducido al país a esta situación, y todo con un objetivo claro: destruir el Estado del bienestar, los servicios públicos y los derechos laborales que tanta sangre obrera ha costado a lo largo del último siglo.

Hay que resignarse a contemplar cómo han tenido éxito en este desempeño: cómo han conseguido demonizar a los sindicatos hasta que los mismos trabajadores huyan de ellos; cómo no dudan en revocar leyes para favorecer la implantación de condiciones laborales aún más precarias que sólo favorecen a los grandes empresarios, mientras hunden al pequeño comercio, que no puede competir ni en precios ni en horarios ni en impuestos con estos tiburones de las grandes superficies; cómo lo que un día fue de propiedad pública acaba en manos de sus amigos a precio de saldo, arruinando la calidad de los servicios necesarios para la ciudadanía como los transportes, la sanidad o la educación en aras del desmesurado lucro de la oligarquía que acapara estos servicios. Un lucro que, por cierto, pagamos con el dinero de nuestros impuestos.

Mientras tanto, una cada vez mayor bolsa de población que ya alcanza a tocar la miseria con los dedos nos recuerda a los trabajadores que somos unos privilegiados por poder llevar un salario digno a casa. En estas condiciones, ¿quién se pone a reivindicar o ni siquiera a defender sus derechos laborales? En las últimas movilizaciones y huelgas he llegado a escuchar a personas desempleadas criticando a aquellos que luchan por sus derechos con el argumento de que bastante tienen con poder ir a trabajar, sin pararse a pensar en qué condiciones están los trabajadores que protestan. Ahora son ellos, los desposeídos de empleo, la mejor defensa del empresario y del gobierno; son ellos los que han puesto el listón de la lucha de clases por debajo de la  clase obrera, metiendo a los trabajadores en el mismo saco de empresarios, políticos, sindicalistas y banqueros, “privilegiados” sin autoridad moral para defender lo que creemos que nos corresponde. Sin embargo ellos, sin cabeza, sin objetivos definidos, sin líderes, sin más ideología que la indignación, pretenden ser la punta de lanza de la revolución por venir en el siglo XXI.

Pues me parece a mí que no.

Los parados perderán su prestación por desempleo si viajan al extranjero

El Estado velará especialmente por la salvaguardia de los derechos económicos y sociales de los trabajadores españoles en el extranjero y orientará su política hacia su retorno.

Art. 42, Constitución Española

No sé… ¿alguien más nota alguna incongruencia entre la letra de la Constitución y el último real decreto del gobierno?

Javier Krahe será juzgado hoy por cocinar un cristo en 1978

Y como desde que yo era jovencito Javier Krahe no ha hecho más que darme alegrías, le debo esta adhesión y mi apoyo total ante esta arbitrariedad judicial. Gracias, Javier. Yo también prefiero caminar con una duda que con un mal axioma.

Nota del autor: Este vídeo incrustado se incluye en la entrada a título informativo, para que los lectores puedan formarse una opinión con conocimiento de causa de los hechos que se imputan al cantautor Javier Krahe. Si alguien se siente insultado por ello, por favor, que abandone mi página INMEDIATAMENTE.

El franquismo en la cultura popular andaluza: el paseo

Parece mentira que, a día de hoy, decenas de miles de españoles permanezcan enterrados en miserables cunetas, mientras la justicia hace oídos sordos a las reclamaciones de sus familiares y mientras el gobierno les insulta, acusándoles de “querer reabrir viejas heridas”. Haciendo una analogía cercana, es como si el gobierno alemán se negara a dar una sepultura digna a los millones de asesinados por el régimen nazi.

Y sin embargo, aquí seguimos, desenterrando por nuestra cuenta cadáveres de ciudadanos asesinados sin que ningún juez de guardia se digne a hacer siquiera acto de presencia.

Nadie está pidiendo venganza. No es una cuestión de revanchismo político. España necesita una declaración formal que repare el genocidio cometido por las tropas franquistas durante la guerra y la posguerra. España necesita que ni uno solo de sus ciudadanos tenga que soportar la humillación de tener a sus familiares enterrados al lado de una carretera, o en una fosa común anónima de cualquier cementerio. Sólo así podrán cerrarse de verdad las heridas que tanto molestan a nuestro actual presidente del gobierno.

Para ilustrar esta entrada, hoy os dejo con el Romance de Juan García, un valiente martinete grabado en 1968 por José Menese con letra de Francisco Moreno Galván. Al igual que Juan García, fueron muchos los españoles sentenciados “a golpe de mosquetón, sin jueces ni defensor”.