En la primera parte de esta entrada habíamos dejado a Europa movilizada por el llamamiento papal a reconquistar Tierra Santa. Muchos, pobres y ricos, recogieron el guante y empezaron a organizarse para el largo viaje. Los primeros que se pusieron en marcha fueron los que menos tenían que preparar: una enorme horda de gentes sin hacienda ni porvenir que se reunieron alrededor de un sujeto conocido como Pedro el Ermitaño. Procedentes en su mayor parte de Francia, recorrieron tierras de Alemania y Hungría sin que la mayor parte de ellos supiera realmente hacia dónde viajaban, robando y saqueando ganado, campos y aldeas en su camino hasta que finalmente se plantaron ante las imponentes murallas de Constantinopla en 1096.
El horrorizado Alejo I se dio cuenta rápidamente de que aquellas gentes sin conocimientos militares, sin armamento adecuado y sin suministros no llegarían muy lejos en el entorno hostil de Asia Menor, y les recomendó esperar hasta que llegaran los nobles con sus hombres de armas, que aún estaban preparando su propia expedición; sin embargo, la impaciencia de sus líderes por avanzar le obligó a suministrarles embarcaciones con las que cruzar los estrechos. De este modo, al menos, se libraba del problema de varios miles de cruzados hambrientos a las puertas de la capital del Imperio.
Pero al cruzar hacia Asia Menor, estos primeros cruzados perdieron también la protección que les daba su “misión divina”, que había impedido hasta entonces que los señores feudales europeos se enfrentaran a ellos por sus constantes pillajes. Los turcos Selyúcidas no iban a ser tan tolerantes con ellos.
Y, en efecto, cuando los cruzados, divididos y sin liderazgo por sus disputas internas, se encaminaban hacia la ciudad de Nicea, ahora en manos musulmanas, fueron emboscados por un ejército turco que les exterminó sin miramientos. Decenas de miles de cruzados murieron en aquella carnicería, de la que sólo se salvaron unos cuantos que pudieron volver a Constantinopla para dar cuenta del desastre de la Cruzada de los Pobres.
Sin embargo, los pobres, los campesinos y los sin tierra no formaban realmente parte de la que iba a convertirse en la verdadera Primera Cruzada. Su martirio a manos de los sarracenos sería un buen apoyo publicitario para la cruzada que nobles entre los que destacaban los franceses Godofredo de Bouillón y su hermano Balduino y los normandos Bohemundo de Tarento y Roberto II de Normandía ya tenían en marcha. Todos se iban a dar cita en 1097, viajando por diferentes rutas terrestres y marítimas, en Constantinopla. En el caso de Bohemundo, príncipe normando de la recientemente reconquistada Sicilia, además de ser una de las grandes esperanzas de los cruzados, era también una de las grandes preocupaciones del emperador bizantino Alejo, quien había luchado no hacía mucho contra sus huestes y prefería tenerle lo más lejos posible.
Las puertas de Constantinopla se abrieron a los nobles francos y normandos, pero permanecieron siempre herméticamente cerradas para el resto de los cruzados. Dentro, los nobles se comprometieron a respetar la soberanía bizantina de los territorios a reconquistar a cambio del apoyo logístico de Alejo, ya que la situación del ejército cruzado era muy delicada al carecer de abastecimiento. El Emperador respiró aliviado cuando les vio abandonar su capital hacia territorio enemigo, y no esperaba mucho más de ellos que de los desdichados que les habían precedido. No obstante, Alejo equivocó su predicción, ya que el paso de este ejército de 35.000 cruzados fanatizados por territorio sarraceno iba a escribir con sangre una de las páginas más ominosas de la Historia.




A la muerte de Carlomagno en 814, el Imperio pasó a manos de su hijo 
La invasión pilló al rey Rodrigo con el carrito de los helados, luchando en el norte contra los siempre díscolos vascones. Las primeras noticias de la invasión tardaron semanas en llegar. Para cuando pudo reunir un ejército de unos 40.000 hombres en Córdoba, los árabes ya habían establecido su cabeza de playa, y el número de tropas invasoras aumentaba a diario. Ambos ejércitos se encontraron a mediados de julio del año 711
A España le aguardaba un destino bien distinto: integrada dentro del califato Omeya de Damasco, 



