Batallas de la Edad Media (VI): Jerusalén – Segunda parte

En la primera parte de esta entrada habíamos dejado a Europa movilizada por el llamamiento papal a reconquistar Tierra Santa. Muchos, pobres y ricos, recogieron el guante y empezaron a organizarse para el largo viaje. Los primeros que se pusieron en marcha fueron los que menos tenían que preparar: una enorme horda de gentes sin hacienda ni porvenir que se reunieron alrededor de un sujeto conocido como Pedro el Ermitaño. Procedentes en su mayor parte de Francia, recorrieron tierras de Alemania y Hungría sin que la mayor parte de ellos supiera realmente hacia dónde viajaban, robando y saqueando ganado, campos y aldeas en su camino hasta que finalmente se plantaron ante las imponentes murallas de Constantinopla en 1096.

El horrorizado Alejo I se dio cuenta rápidamente de que aquellas gentes sin conocimientos militares, sin armamento adecuado y sin suministros no llegarían muy lejos en el entorno hostil de Asia Menor, y les recomendó esperar hasta que llegaran los nobles con sus hombres de armas, que aún estaban preparando su propia expedición; sin embargo, la impaciencia de sus líderes por avanzar le obligó a suministrarles embarcaciones con las que cruzar los estrechos. De este modo, al menos, se libraba del problema de varios miles de cruzados hambrientos a las puertas de la capital del Imperio.

Pero al cruzar hacia Asia Menor, estos primeros cruzados perdieron también la protección que les daba su “misión divina”, que había impedido hasta entonces que los señores feudales europeos se enfrentaran a ellos por sus constantes pillajes. Los turcos Selyúcidas no iban a ser tan tolerantes con ellos.

Y, en efecto, cuando los cruzados, divididos y sin liderazgo por sus disputas internas, se encaminaban hacia la ciudad de Nicea, ahora en manos musulmanas, fueron emboscados por un ejército turco que les exterminó sin miramientos. Decenas de miles de cruzados murieron en aquella carnicería, de la que sólo se salvaron unos cuantos que pudieron volver a Constantinopla para dar cuenta del desastre de la Cruzada de los Pobres.

Sin embargo, los pobres, los campesinos y los sin tierra no formaban realmente parte de la que iba a convertirse en la verdadera Primera Cruzada. Su martirio a manos de los sarracenos sería un buen apoyo publicitario para la cruzada que nobles entre los que destacaban los franceses Godofredo de Bouillón y su hermano Balduino y los normandos Bohemundo de Tarento y Roberto II de Normandía ya tenían en marcha. Todos se iban a dar cita en 1097, viajando por diferentes rutas terrestres y marítimas, en Constantinopla. En el caso de Bohemundo, príncipe normando de la recientemente reconquistada Sicilia, además de ser una de las grandes esperanzas de los cruzados, era también una de las grandes preocupaciones del emperador bizantino Alejo, quien había luchado no hacía mucho contra sus huestes y prefería tenerle lo más lejos posible.

Las puertas de Constantinopla se abrieron a los nobles francos y normandos, pero permanecieron siempre herméticamente cerradas para el resto de los cruzados. Dentro, los nobles se comprometieron a respetar la soberanía bizantina de los territorios a reconquistar a cambio del apoyo logístico de Alejo, ya que la situación del ejército cruzado era muy delicada al carecer de abastecimiento. El Emperador respiró aliviado cuando les vio abandonar su capital hacia territorio enemigo, y no esperaba mucho más de ellos que de los desdichados que les habían precedido. No obstante, Alejo equivocó su predicción, ya que el paso de este ejército de 35.000 cruzados fanatizados por territorio sarraceno iba a escribir con sangre una de las páginas más ominosas de la Historia.

Batallas de la Edad Media (VI): Jerusalén – Primera parte

He tardado un poco más de lo habitual en empezar a escribir esta entrada porque puede que para algunos los hechos acontecidos hace casi mil años en Oriente Próximo no tengan más relevancia que la meramente histórica, pero yo no lo veo así, y eso me hace más difícil escribir sobre este tema. Observando la Historia Universal como un conjunto de acontecimientos conectados y entrelazados entre sí, es fácil darse cuenta de que aún hoy estamos pagando por errores y crímenes muy antiguos, por querellas y enemistades que se remontan a los tiempos de los primeros califas, allá por el siglo VII.

Jerusalén es la ciudad sagrada de tres religiones, situada en lo que algunos consideran «el centro del mundo». Su origen se pierde en la oscuridad de la Edad del cobre, y ha pertenecido a lo largo de su dilatada historia a cananeos, egipcios, jebuseos, hebreos, asirios, babilonios, persas, macedonios, asmoneos, romanos, bizantinos, árabes, cruzados, turcos y británicos. Hoy el estado de Israel y la Autoridad Palestina reclaman la ciudad como capital de sus respectivos países, y su futuro sigue siendo, como lo ha sido a lo largo de toda la historia, incierto.

Para los judíos, Jerusalén es su capital religiosa, la sede de los sucesivos templos donde el pueblo hebreo se ha congregado durante siglos para adorar a su dios innombrable. Para los cristianos es la ciudad donde Jesucristo fue crucificado y resucitó de entre los muertos. Para los musulmanes, el lugar desde donde el profeta Mahoma subió a los cielos en un revelador viaje astral. Ninguno de los tres credos ha renunciado jamás al derecho de propiedad sobre la ciudad de Jerusalén, a la que consideran como el ombligo de su fe. No en vano, fue hacia Jerusalén hacia donde los primeros musulmanes giraron sus rostros para realizar sus oraciones por mandato expreso de Mahoma, aunque con posterioridad La Meca se convirtió en el centro de sus oraciones.

En la expansión musulmana del siglo VII posterior a la muerte del Profeta, Jerusalén era un destino preferente. No les costó demasiado arrebatar la ciudad sagrada a un Imperio bizantino enfrascado en seculares guerras contra sus vecinos sasánidas. Pronto, todo el Oriente Próximo pertenecía a los guerreros árabes y a la fe musulmana.

Los derechos de los habitantes cristianos y de los peregrinos a Tierra Santa fueron más o menos respetados, pero a comienzos del siglo XI, Jerusalén estaba bajo el gobierno de la dinastía fatimí gobernante en Egipto. Un joven califa llamado al-Hakim, cuyo comportamiento se salía de lo puramente excéntrico para entrar de lleno en la más absoluta demencia, tuvo la genial idea de ordenar en 1009 la destrucción de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, el lugar donde, según la tradición cristiana, fue sepultado Jesús tras su crucifixión y resucitó de entre los muertos.

La intolerable afrenta recorrió la cristiandad entera a toda velocidad. Aunque unos años más tarde el hijo de al-Hakim permitió que el Santo Sepulcro fuera reconstruido por arquitectos y artistas bizantinos, en Europa Occidental quedó grabada la impronta de que algo marchaba muy mal en Tierra Santa, y de que era necesario restaurar el orden de las cosas, alterado por los musulmanes.

Pero al mismo tiempo, una nueva fuerza emergía desde las estepas rusas. Un pueblo nómada turcomano descendió hacia Persia, se convirtió al Islam y continuó expandiendo su dominio hasta dominar todo Oriente Próximo y Asia Menor. Era el Imperio Selyúcida. Al finalizar el siglo XI, los selyúcidas habían arrebatado a los bizantinos el control más allá de los estrechos. El emperador de Constantinopla, Alejo I, se vio en una situación tan apurada como para tener que pedir ayuda a Occidente. La carta que envió al Papa de Roma, única autoridad más o menos creíble y con influencia sobre toda Europa en aquella época, fue de lo más convincente.

Pero el Papa Urbano II tenía sus propias ideas sobre cómo ayudar a restablecer la fe cristiana en Tierra Santa, y no coincidía con lo que el emperador bizantino tenía en mente. Alejo I pretendía que Occidente le enviara un pequeño grupo de tropas de élite, con capacidad para mantener a raya a los turcos y evitar el saqueo de Asia Menor y la consiguiente presión sobre la capital del Imperio. Urbano II, en cambio, congregó un concilio en la ciudad francesa de Clermont en 1095, y allí proclamó la necesidad de reconquistar Tierra Santa para la cristiandad, prometiendo la salvación para todos aquellos que participaran de lo que se dio en llamar La Cruzada.

Hay que entender cómo estaba organizada la sociedad del siglo XI para comprender el alcance que tuvo el llamamiento del Papa. Se trataba de una sociedad muy influida por la religión, donde el exacerbado concepto del pecado y la búsqueda de la salvación eterna, además de la violencia y el constante enfrentamiento armado, eran el modo de vida más común. Desde los más pobres hasta los grandes señores, todos quisieron abrazar la cruz y marchar a la conquista de aquellas lejanas y desconocidas tierras de Oriente. Allí podrían, además de obtener riquezas y tierras, ganar el cielo luchando contra los infieles. Era lo que el mismísimo Papa había prometido y ¿acaso no hablaba Dios por boca del Papa?

En Europa, el llamamiento a «matar infieles» fue tomado al pie de la letra, y muchos empezaron por hacer la limpieza en sus propias casas, exterminando a todos aquellos que no profesaran la religión católica. Los más abundantes entre estos eran los miembros de las numerosas comunidades judías diseminadas por todo Occidente. Miles de ellos fueron asesinados mientras sus propiedades eran saqueadas por una masa fanatizada y espoleada por los mensajes de la Iglesia. Mientras tanto, miles de hombres sin fortuna, gentes de armas y nobles venidos a menos comenzaban a agruparse para formar ejércitos con los que asaltar la que de nuevo podía considerarse como la «tierra prometida».

Batallas de la Edad Media (V): Lechfeld

Que «la unión hace la fuerza» es un dicho cuya veracidad está comprobada desde la oscuridad de los tiempos, cuando las tribus prehistóricas se aliaban unas con otras para conquistar territorios y pueblos. Por desgracia para la Europa del siglo X, los ambiciosos hijos de Luis el Piadoso, de cuyas correrías hablamos en la entrada anterior, no habían aprendido la lección: ellos prefirieron dividir el antaño poderoso Imperio carolingio en una sucesión de reinos enfrentados entre sí, sin importarles lo más mínimo que el resultado de aquella nueva debilidad de Europa significara también una nueva época de invasiones bárbaras procedentes del exterior.

Y esta época, conocida como de las «segundas invasiones», se prolongó desde mediados del siglo IX (con posterioridad a la batalla de Fontenoy) hasta mediados del siglo XII. Por regla general se trataron de invasiones violentas, de partidas de saqueo que llegaban desde tres frentes distintos: el norte, con los normandos; el este, con los magiares y el sur, con los sarracenos.

Por el norte avanzaban hacia Europa los temibles vikingos o normandos (palabra procedente del inglés antiguo que significa «hombre del norte», north man). Se adueñaron de Dinamarca y de la península noroccidental de Francia, hoy conocida como Normandía. Además, sus expediciones de saqueo asolaron Gran Bretaña, Irlanda y toda la cornisa atlántica de Europa, llegando incluso a saquear la ciudad andalusí de Sevilla en 844. A los debilitados reyes europeos no les quedó más remedio que establecer compromisos con los normandos, cuya influencia iría aumentando con el paso de los años.

Por el sur, las partidas musulmanas aglabíes, con base en Túnez, dominaban el Mediterráneo occidental invadiendo Sicilia, Cerdeña, el sur de Italia e incluso las Islas Baleares. Lo poco que pudiera quedar del comercio marítimo en esta región acabó destruida por completo por los piratas sarracenos, que además saqueaban con frecuencia las costas meridionales europeas sembrando el pánico entre la población.

Y para rematar este cuadro dantesco faltaba un pueblo procedente de las estepas ucranianas: los magiares o húngaros, que habían sido empujados hacia Europa por la presión de otro grupo étnico: los pechenegos. Las hábiles maniobras bizantinas se enfrentar a unos bárbaros contra otros alejándolos de los territorios imperiales (húngaros contra búlgaros, pechenegos contra húngaros, etc.) terminaron con el establecimiento del pueblo húngaro aproximadamente donde se sitúa en la actualidad el estado de Hungría. Esto fue el comienzo de una larga pesadilla para la Europa central, ya que los húngaros se dedicaron con asiduidad al pillaje, al vandalismo y al saqueo, llegando en sus incursiones a Alemania, a Francia, al interior de Italia e incluso a la Península Ibérica. Allá por donde pasaban las partidas húngaras sembraban la destrucción y el caos, y no existía fuerza alguna que pudiera oponerles resistencia.

Así estaban las cosas cuando en el año 936 Otón I fue coronado Rey de Germania. Otón I contaba con el apoyo político y militar de varios principados entre los muchos en los que se había disgregado el antiguo Imperio carolingio, y su vocación fue desde el principio restaurar la autoridad imperial en su persona. Para empezar, Otón afirmó su dominio en el norte de Italia, y contrajo matrimonio con una princesa inglesa. Poco a poco, Otón fue ganando influencia en Europa, pero aún necesitaba el carisma necesario para ser coronado Emperador, y los húngaros iban a darle esa oportunidad.

El 10 de agosto de 955, las tropas reunidas por Otón I se enfrentaron a una enorme partida húngara en las márgenes del río Lech, cerca de la ciudad alemana de Augsburgo. Los húngaros se habían lanzado a una de sus habituales campañas de saqueo. Basando su éxito en la rapidez de su ataque y el la posibilidad de una huida igualmente rápida, los húngaros formaban un cuerpo irregular de caballería ligera de unos 17.000 jinetes, comandados por diferentes caudillos tribales. Frente a ellos, las tropas reunidas por Otón I eran básicamente de caballería pesada: unos 8.000 soldados con armadura sobre grandes caballos de batalla. Los alemanes cortaron la retirada a los húngaros, que situados entre el enemigo y el río, se vieron obligados a enfrentarse a aquellos jinetes acorazados. El resultado fue bastante sangriento, y el número de bajas en uno y otro bando estuvo muy igualado. Sin embargo, los alemanes consiguieron mantener el orden en sus filas y conservar el terreno, mientras los húngaros fueron puestos en fuga atravesando el río, lo que les supuso buena parte de sus bajas. De los húngaros que salieron con vida del combate, muchos de ellos resultaron heridos.

La victoria alemana en Lechfeld significó para Europa el fin de las incursiones de saqueo húngaras, y también el auge de un nuevo monarca fuerte que iba a restaurar la grandeza del título imperial. En 962, siete años después de la histórica batalla de Lechfeld, Otón I fue coronado Emperador Romano por el Papa de Roma (Desde los inicios del Imperio carolingio, los Papas se había arrogado el derecho de coronar a los emperadores merced a una supuesta -y descaradamente falsa- donación de los poderes imperiales por parte de Constantino I a la Iglesia). Con Otón I se inició una época nueva para Europa, la del Renacimiento Otoniano, con una cierta proliferación  de las artes y de la arquitectura civil. También comenzaron con Otón I las primeras disputas serias entre papas y emperadores por el control político en el Imperio y en la Iglesia, pero en general, se fue recuperando una cierta estabilidad en Europa Central que permitía el progreso de un pueblo al fin libre de la amenaza constante de matanzas y saqueos por parte de los bárbaros magiares.

En los frentes norte y sur, serían los propios normandos quienes expulsaran a los sarracenos de Italia y Sicilia, llegando incluso a establecer un reino normando en esta parte del Mediterráneo que tendría su importancia en las futuras cruzadas hacia Tierra Santa, pero eso ya es otra historia.

Batallas de la Edad Media (IV): Fontenoy-en-Puisaye

Antes de detenernos en esta poco conocida batalla, demos una vuelta por el convulso mundo de mediados del siglo IX:

En Oriente, Bizancio se enfrentaba al empuje musulmán por el este, mientras en el interior se vivían tiempos revueltos debido a las querellas religiosas entre iconoclastas e iconodulas, en las que los emperadores siempre tomaron partido por uno u otro bando.

En Gran Bretaña, los pueblos anglos, sajones y jutos que habían ocupado la isla durante el siglo V y formado la llamada Heptarquía se iban agrupando a sangre y espada en el embrión de lo que sería el reino de Inglaterra. Al mismo tiempo, aumentaban las incursiones vikingas, a las que los caudillos anglosajones tendrían que hacer frente.

En España, al-Ándalus era ya una realidad consolidada, y los cristianos habían quedado relegados a las zonas montañosas del norte peninsular. Abderramán I, el único superviviente de la matanza de los Omeya, había llegado a mediados del pasado siglo y establecido en al-Ándalus un emirato independiente de los abasíes de Bagdad.

Pero en Francia había surgido un reino nuevo y poderoso; un imperio que durante medio siglo consiguió unificar vastas extensiones de terreno bajo un solo gobierno. Descendiente de los mayordomos de Palacio que ostentaban el poder real en los diferentes reinos merovingios, Carlomagno unificó Austrasia y Neustria; mantuvo a raya a los musulmanes, conquistando unos territorios en la Península Ibérica que serían el germen de la actual Cataluña; venció y conquisto al reino lombardo del norte de Italia, que amenazaba la seguridad del Papa de Roma y sus dominios territoriales; se enfrentó a los irreductibles sajones en el este, domeñándolos y convirtiéndolos al catolicismo… Incluso se permitió atacar a los ávaros, que tantos problemas habían dado al Imperio bizantino durante el siglo anterior. Al terminar el siglo VIII, Carlomagno era coronado Emperador romano por el Papa de Roma, considerando éste que el antiguo Imperio había sido restaurado en Occidente. Aunque en Constantinopla no se aceptaba la presencia de otro emperador, y mucho menos de origen bárbaro como Carlomagno, no podía negarse que el poder en Occidente estaba por completo en sus manos.

Carlomagno obtuvo su Imperio por la espada, y hubo de mantenerlo por la espada durante todo su reinado. Sin embargo, creó una burocracia muy eficiente a la hora de manejar de forma eficaz tan amplio territorio, con un funcionariado muy jerarquizado en un organigrama donde él era la cúspide, y donde unos funcionarios vigilaban a otros para impedir los excesos y el desgobierno en los distintos territorios bajo su control.

A la muerte de Carlomagno en 814, el Imperio pasó a manos de su hijo Ludovico, conocido como Ludovico Pío o Luis el Piadoso. Carlomagno le entregó un Imperio que comprendía las actuales Francia y gran parte de Alemania, además del reino de Italia, que estaba gobernado por su sobrino Bernardo aunque bajo el control Imperial. Ludovico Pío era un personaje aficionado al mundo eclesiástico, afición por la cual obtuvo su sobrenombre. Sin la fuerte mano del fundador del Imperio, éste entró en franca decadencia, con crecientes problemas fronterizos y constantes intrigas y guerras civiles entre el Emperador y sus propios hijos, deseosos de hacerse con su propio trozo del pastel imperial. Los hijos de Ludovico llegaron incluso a deponer al Emperador durante un tiempo en el transcurso de estas guerras. Cuando Ludovico murió en 840, las ambiciones de sus herederos eran ya irreconciliables.

El Imperio se dividió de Occidente a Oriente entre los hijos de Ludovico de la siguiente forma: Pipino II, hijo de Pipino I (fallecido en 838) y nieto de Ludovico, heredó el ducado de Aquitania; Carlos el Calvo heredó la Francia occidental; Lotario heredó la Francia media y el título de Emperador, y Luis el Germánico heredó la parte oriental del Imperio, situada en la actual Alemania. Aunque Pipino, Carlos y Luis estaban sometidos a la autoridad imperial, en la práctica eran reyes de reinos independientes. Lotario trató de hacer efectivo este control, sometiendo a sus hermanos a su autoridad, pero la disgregación del Imperio era ya inevitable.

Carlos el Calvo y Luis el Germánico se declararon en rebeldía y reunieron un ejército que se enfrentó a las tropas de Lotario el 25 de junio de 841 en la localidad francesa de Fontenoy-en-Puisaye. A pesar del apoyo del duque Pipino de Aquitania, el Emperador fue vencido en esta batalla por sus hermanos y hubo de aceptar en un tratado posterior la división y el fin del Imperio carolingio. La batalla de Fontenoy-en-Puisaye no está considerada como muy importante, pero supuso la constatación de que los tiempos del Imperio franco y del sueño de una Europa unida bajo un mismo gobierno habían terminado. Los reinos que surgieron de esta división serían la semilla de la futura composición política de Europa durante el resto de la Edad Media.

Aunque el título de Emperador siguió pasando de unas manos a otras, su importancia política fue decayendo y jamás volvió a tener la trascendencia de los tiempos de Carlomagno o de Ludovico. En el siglo X, tras varios años de interregno, el título imperial pasaría a manos germánicas, con la creación del Sacro Imperio Romano Germanico, pero eso ya es otra historia.

Batallas de la Edad Media (III): Guadalete

A principios del siglo VIII, el poder musulmán que emanaba del califato Omeya de Damasco se extendía desde las orillas del río Indo hasta las costas atlánticas de África. Se trataba de una fuerza irresistible, unida por una fe inquebrantable, que únicamente se había estrellado al toparse con los inexpugnables muros de Constantinopla. De no haberse encontrado allí el aún fuerte y rico Imperio bizantino impidiendo la expansión árabe hacia una Europa occidental descompuesta y en estado de barbarie, puede que hoy todos habláramos árabe en Europa.

A miles de kilómetros de Damasco, en el reino visigodo de Hispania, estaban produciéndose unos sucesos que iban a cambiar para siempre nuestra historia. El reino visigodo estaba en franca decadencia, enfrentado a las seculares luchas intestinas entre sus nobles y a la desafección de la población civil, harta de las guerras civiles y de las hambrunas recurrentes. La última de estas guerras civiles enfrentaba al rey Rodrigo con los hijos del fallecido rey Witiza, presumiblemente asesinado por el primero. Es un hecho notable que muchos de los reyes godos tuvieron un final bastante violento, y la nobleza visigoda tenía la sana intención de continuar su macabra tradición de acabar con los reinados incómodos por las bravas.

En esas estaban cuando los hijos del rey Witiza pidieron ayuda en su lucha contra Rodrigo al gobernador árabe del norte de África Musa ibn Nusair. en principio se trataba de enviar ayuda militar para deponer a Rodrigo, pero Musa pensó que podría sacar mucho más provecho de las disputas visigodas. El gobernador Musa encargó a su lugarteniente Táriq ibn Ziyad una campaña en Hispania, y éste a su vez ordenó a su comandante Tarif Abu Zara que encabezara una fuerza expedicionaria. En 710, los árabes ponían por primera vez los pies sobre la Península Ibérica cerca de la localidad de Tarifa, que aún lleva el nombre del famoso comandante árabe.

Tras un reconocimiento del terreno, Tarif constató que la resistencia era escasa o nula, y que las condiciones eran inmejorables para enviar a una fuerza mayor; una verdadera fuerza de conquista. Al año siguiente, entre siete mil y nueve mil soldados musulmanes (la mayoría de ellos tropas bereberes al mando de líderes árabes) desembarcaron en el peñón de Gibraltar (cuyo nombre deriva del caudillo Tariq, y significa «montaña de Tariq»).

La invasión pilló al rey Rodrigo con el carrito de los helados, luchando en el norte contra los siempre díscolos vascones. Las primeras noticias de la invasión tardaron semanas en llegar. Para cuando pudo reunir un ejército de unos 40.000 hombres en Córdoba, los árabes ya habían establecido su cabeza de playa, y el número de tropas invasoras aumentaba a diario. Ambos ejércitos se encontraron a mediados de julio del año 711 cerca del río Guadalete, en la actual provincia de Cádiz. Consumando su traición, los hijos de Witiza, cuyas tropas protegían los flancos visigodos, se retiraron en medio de la batalla, dejando desprotegido al ejército de Rodrigo ante las cargas de la legendaria y temible caballería ligera árabe. En poco tiempo, las únicas fuerzas que el reino visigodo podía oponer al avance musulmán fueron totalmente destruidas, y el rey Rodrigo desapareció, presumiblemente arrastrado por las aguas del Guadalete.

«…ya me come, ya me come, por do más pecado había.»

La literatura épica de los siglos posteriores reflejaron a un Rodrigo vicioso y prepotente, cuyos gravísimos pecados propiciaron la destrucción de su reino y de la cristiandad en España. Poco o nada se critica la traición de los hijos de Witiza, que contribuyeron decisivamente a tan clamorosa derrota. De hecho, Agila y sus hermanos heredaron los restos del reino, que rápidamente iban siendo consumidos por el avance árabe, a pesar de las ridículas demandas visigodas de legitimidad ante los invasores. Los árabes habían venido para quedarse, y los visigodos y sus disputas no eran más que un residuo del pasado.

La batalla de Guadalete cambió para siempre la historia, no sólo de España, sino de Europa. ¿Qué hubiera pasado de haber conseguido el reino visigodo detener el avance musulmán? ¿Hubiera resistido la monarquía visigoda en un país empobrecido y con constantes luchas por el poder entre su nobleza? Es difícil aventurarlo, pero gracias a la derrota visigoda en Guadalete, unos años más tarde, en 732, el avance árabe llegó a tierras francesas, donde Carlos Martel, mayordomo de palacio del reino merovingio de Austrasia, consiguió derrotarles en la batalla de Poitiers, ganándose con ello la reputación de defensor de la cristiandad, y el apoyo político suficiente como para elevar a su descendencia al trono de una Francia unificada y plantar la semilla del futuro Imperio carolingio.

A España le aguardaba un destino bien distinto: integrada dentro del califato Omeya de Damasco, al-Ándalus se convirtió en una provincia más de uno de los imperios más extensos de la historia, y tras el asesinato de los Omeya a manos de los Abbasíes y la fuga de Abderramán I a al-Andalus, pasó a ser uno de los primeros reinos en independizarse del Califato Abasí de Bagdad. Al-Andalus compitió de hecho con Bagdad en progreso y cultura, convirtiéndose su capital, Córdoba, en un referente para el mundo musulmán que incluso hoy en día sigue siendo rememorado con nostalgia.