Creo que es Robert Mitchum, en el papel del corresponsal de guerra Dick Ennis, quien en la película “La batalla de Anzio“, le dice al cabo Rabinoff (cuyo papel interpretaba Peter Falk, el inolvidable Colombo) ante la impresionante visión del foro romano: “Puedes estar orgulloso. Eres el primer conquistador que entra en Roma por el sur desde hace 1.500 años”.
Luego, la película flojea bastante, y personalmente no la recomiendo. Sin embargo, aquella cita histórica me dejó durante mucho tiempo intrigado, hasta que conocí la historia de Genserico y el Reino Vándalo, historia que trataré de relatar aquí brevemente.
Para empezar sería necesario decir que los vándalos fueron un pueblo que dejó la impronta de su nombre como sinónimo de caos y destrucción; un recuerdo que ha permanecido en la cultura occidental durante más de mil quinientos años. Para conseguir este efecto, debieron ser unos tipos bastante salvajes y sanguinarios, al menos desde el punto de vista de los que tuvieron que padecer sus correrías. No creo, sin embargo, que los vándalos fueran peores que otros pueblos bárbaros que les precedieron, y tampoco peores que los que vendrían tras ellos. Lo que distinguió a los vándalos de otros bárbaros y les convirtió en un gran peligro para Roma fue la pericia militar y política de su más famoso rey: Genserico.
En la época en que Genserico llegó al trono, allá por el año 428, el pueblo vándalo había llegado al sur de Hispania, haciéndose con el control efectivo de la provincia Bética tras un largo periplo desde las costas del Mar Negro y los Balcanes, pasando por la Galia, siempre empujados por la presión de otros pueblos bárbaros. Por aquellos años, Atila ya echaba sus dientes como guerrero, y pronto se convertiría en la mayor de las preocupaciones para una Roma moribunda, cuyo imperio estaba totalmente fuera de control.
Dentro de un Imperio dominado por las intrigas y la inestabilidad política, Genserico y sus vándalos fueron invitados por el gobernador del norte de África, Bonifacio, para ayudarle en su rebelión secesionista contra el poder de Roma. En el año 429 Genserico reunió a su pueblo, les subió a bordo de frágiles embarcaciones, y cruzó el Estrecho de Gibraltar para pasar al norte de África. Por lo visto, Bonifacio se arrepintió pronto de haber hecho esta invitación a los vándalos, pero ya era demasiado tarde, porque los vándalos habían llegado a África para quedarse. Aunque Roma estaba deseando pactar la paz con los vándalos, Genserico persistió en la lucha hasta hacerse con el control de la ciudad de Cartago, en la actual Túnez en 439. Por el camino pusieron sitio a Hipona, donde residía uno de los iconos vivientes del catolicismo: San Agustín, que murió durante el largo asedio a esta ciudad, en el año 430.
No hay que olvidar que los vándalos profesaban la religión cristiana arriana, y para ellos los católicos eran unos herejes (del mismo modo que ellos lo eran para los católicos, claro está), así que en el trasfondo de todo esto había algo de “guerra santa”, utilizada como excusa para afianzarse en el poder. Dado que buena parte de la población del norte de África también era de creencias arrianas, los vándalos contaron con no poco apoyo popular en su incursión.
La toma de Cartago por los vándalos fue el golpe de mano más importante que nadie había asestado a Roma desde tiempos inmemoriales. Con Cartago (y con los barcos de la flota imperial allí capturados, todo sea dicho), Genserico controlaba las rutas comerciales del Mediterráneo occidental, aparte del imprescindible suministro de grano para Roma. Por si esto fuera poco, los vándalos se apoderaron también de Cerdeña, de Córcega y de las Islas Baleares, estrangulando económicamente al Imperio de Occidente. Para entonces, el desesperado emperador Valentiniano III ya estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para quitarse de encima a los vándalos, por lo que reconoció la soberanía del reino vándalo de Cartago y prometió en matrimonio a su hija Eudoxia al hijo de Genserico, Hunerico (tipo éste decidido a hacer honor al nombre del pueblo vándalo, en vista de las atrocidades que acostumbraba a cometer). Este acuerdo prematrimonial iba a desencadenar poco más tarde un verdadero caos en Roma.
El emperador Valentiniano III murió asesinado en el año 455, y le sucedió el que, casi con certeza, había sido su asesino: Petronio Máximo. Petronio aspiraba a hacerse con la legitimidad imperial casándose con la viuda de Valentiniano y casando a su propio hijo con Eudoxia. Sin embargo, estos planes no eran del agrado de la emperatriz, quien envió un mensaje a Genserico pidiéndole ayuda. Genserico ni se lo pensó: -“puestos a entroncar con la familia imperial, mejor yo que otro” -se dijo, y puso proa hacia Italia con todos sus hombres. Por primera vez desde los tiempos de Pirro, Roma se veía amenazada desde el sur por un enemigo exterior.
Petronio Máximo fue asesinado por una turba de romanos desesperados cuando trataba de huir de la inminente llegada de los vándalos, y pocos días después, Genserico hizo su entrada en una Roma que ni por asomo pensó en defenderse (sencillamente porque no podía, no tenía con qué). El papa de Roma, León I, salió a recibir a Genserico como tres años antes había salido a recibir a Atila. Aunque consiguió que los vándalos no masacrasen a la población romana, en esta ocasión no pudo impedir que los bárbaros entrasen en la ciudad, que saqueasen todo lo que encontraron a su paso y se llevaran a la emperatriz Licinia Eudoxia y a las hijas de ésta y Valentiniano: Eudoxia y Placidia.
A pesar de la mala fama de los vándalos, este saqueo no fue el peor de los que sufrió la ciudad. El peor saqueo de Roma sucedería mil años más tarde, cuando ya el Imperio Romano no era sino un recuerdo lejano, y fue perpetrado por las tropas del emperador Carlos I de España para someter al levantisco Papa de Roma a su voluntad, pero eso es otra historia…
Habíamos dejado, pues, a Genserico y los suyos llevándose hasta las cortinas de la capital imperial. Concluido el saqueo, los vándalos reunieron el botín y volvieron a embarcar para Cartago. Los vándalos habían agrandado el agujero donde muy pronto se iba a precipitar el Imperio Romano de Occidente.
Pero existía otro poder en el Mediterráneo, hermano de Roma, que no estaba dispuesto a que los vándalos se enseñorearan del Mar. En Constantinopla, el emperador de Oriente León I (casualmente con el mismo nombre que el Papa doblemente salvador de Roma) fletó en el año 468 un enorme número de embarcaciones para conducir a su ejército a Cartago y aplastar a los vándalos. Al mando de la flota estaba el general Basilisco.
Basilisco condujo a su flota en formación compacta hasta la costa de Cartago, donde la flota de los vándalos, mucho menos numerosa, se le enfrentó con una estratagema que cambió el resultado de la campaña: Lanzaron naves incendiarias contra la flota bizantina, destruyendo muchas de sus embarcaciones y dispersando al resto. El desastre fue tan clamoroso que Basilisco (quien con el tiempo llegaría a ser emperador de Oriente) fue castigado con el exilio. Genserico había vencido de nuevo a los romanos, esta vez a los de oriente. Cuando Genserico murió en el año 477, tras casi cincuenta años de reinado, se terminó para siempre la época gloriosa del pueblo vándalo. Poco a poco, los vándalos irían perdiendo influencia y poder militar hasta que en el año 534, el general bizantino Belisario les venció definitivamente, dando comienzo a un periodo de predominio bizantino sobre el Mediterráneo que duraría hasta el advenimiento del Islam.





