Grandes enemigos de Roma (IX): Genserico

Creo que es Robert Mitchum, en el papel del corresponsal de guerra Dick Ennis, quien en la película La batalla de Anzio, le dice al cabo Rabinoff (cuyo papel interpretaba Peter Falk, el inolvidable Colombo) ante la impresionante visión del foro romano: “Puedes estar orgulloso. Eres el primer conquistador que entra en Roma por el sur desde hace 1.500 años”.

Luego, la película flojea bastante, y personalmente no la recomiendo. Sin embargo, aquella cita histórica me dejó durante mucho tiempo intrigado, hasta que conocí la historia de Genserico y el Reino Vándalo, historia que trataré de relatar aquí brevemente.

Para empezar sería necesario decir que los vándalos fueron un pueblo que dejó la impronta de su nombre como sinónimo de caos y destrucción; un recuerdo que ha permanecido en la cultura occidental durante más de mil quinientos años. Para conseguir este efecto, debieron ser unos tipos bastante salvajes y sanguinarios, al menos desde el punto de vista de los que tuvieron que padecer sus correrías. No creo, sin embargo, que los vándalos fueran peores que otros pueblos bárbaros que les precedieron, y tampoco peores que los que vendrían tras ellos. Lo que distinguió a los vándalos de otros bárbaros y les convirtió en un gran peligro para Roma fue la pericia militar y política de su más famoso rey: Genserico.

Ruta seguida por el pueblo vándalo a lo largo de Europa y África. Origen: Wikimedia Commons.

En la época en que Genserico llegó al trono, allá por el año 428, el pueblo vándalo había llegado al sur de Hispania, haciéndose con el control efectivo de la provincia Bética tras un largo periplo desde las costas del Mar Negro y los Balcanes, pasando por la Galia, siempre empujados por la presión de otros pueblos bárbaros. Por aquellos años, Atila ya echaba sus dientes como guerrero, y pronto se convertiría en la mayor de las preocupaciones para una Roma moribunda, cuyo imperio estaba totalmente fuera de control.

Dentro de un Imperio dominado por las intrigas y la inestabilidad política, Genserico y sus vándalos fueron invitados por el gobernador del norte de África, Bonifacio, para ayudarle en su rebelión secesionista contra el poder de Roma. En el año 429 Genserico reunió a su pueblo, les subió a bordo de frágiles embarcaciones, y cruzó el Estrecho de Gibraltar para pasar al norte de África. Por lo visto, Bonifacio se arrepintió pronto de haber hecho esta invitación a los vándalos, pero ya era demasiado tarde, porque los vándalos habían llegado a África para quedarse. Aunque Roma estaba deseando pactar la paz con los vándalos, Genserico persistió en la lucha hasta hacerse con el control de la ciudad de Cartago, en la actual Túnez en 439. Por el camino pusieron sitio a Hipona, donde residía uno de los iconos vivientes del catolicismo: San Agustín, que murió durante el largo asedio a esta ciudad, en el año 430.

No hay que olvidar que los vándalos profesaban la religión cristiana arriana, y para ellos los católicos eran unos herejes (del mismo modo que ellos lo eran para los católicos, claro está), así que en el trasfondo de todo esto había algo de “guerra santa”, utilizada como excusa para afianzarse en el poder. Dado que buena parte de la población del norte de África también era de creencias arrianas, los vándalos contaron con no poco apoyo popular en su incursión.

La toma de Cartago por los vándalos fue el golpe de mano más importante que nadie había asestado a Roma desde tiempos inmemoriales. Con Cartago (y con los barcos de la flota imperial allí capturados, todo sea dicho), Genserico controlaba las rutas comerciales del Mediterráneo occidental, aparte del imprescindible suministro de grano para Roma. Por si esto fuera poco, los vándalos se apoderaron también de Cerdeña, de Córcega y de las Islas Baleares, estrangulando económicamente al Imperio de Occidente. Para entonces, el desesperado emperador Valentiniano III ya estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para quitarse de encima a los vándalos, por lo que reconoció la soberanía del reino vándalo de Cartago y prometió en matrimonio a su hija Eudoxia al hijo de Genserico, Hunerico (tipo éste decidido a hacer honor al nombre del pueblo vándalo, en vista de las atrocidades que acostumbraba a cometer). Este acuerdo prematrimonial iba a desencadenar poco más tarde un verdadero caos en Roma.

El emperador Valentiniano III murió asesinado en el año 455, y le sucedió el que, casi con certeza, había sido su asesino: Petronio Máximo. Petronio aspiraba a hacerse con la legitimidad imperial casándose con la viuda de Valentiniano y casando a su propio hijo con Eudoxia. Sin embargo, estos planes no eran del agrado de la emperatriz, quien envió un mensaje a Genserico pidiéndole ayuda. Genserico ni se lo pensó: -“puestos a entroncar con la familia imperial, mejor yo que otro” -se dijo, y puso proa hacia Italia con todos sus hombres. Por primera vez desde los tiempos de Pirro, Roma se veía amenazada desde el sur por un enemigo exterior.

Saqueo de Roma por Genserico, obra de Karl Briullov. Origen: Wikimedia Commons.

Petronio Máximo fue asesinado por una turba de romanos desesperados cuando trataba de huir de la inminente llegada de los vándalos, y pocos días después, Genserico hizo su entrada en una Roma que ni por asomo pensó en defenderse (sencillamente porque no podía, no tenía con qué). El papa de Roma, León I, salió a recibir a Genserico como tres años antes había salido a recibir a Atila. Aunque consiguió que los vándalos no masacrasen a la población romana, en esta ocasión no pudo impedir que los bárbaros entrasen en la ciudad, que saqueasen todo lo que encontraron a su paso y se llevaran a la emperatriz Licinia Eudoxia y a las hijas de ésta y Valentiniano: Eudoxia y Placidia.

A pesar de la mala fama de los vándalos, este saqueo no fue el peor de los que sufrió la ciudad. El peor saqueo de Roma sucedería mil años más tarde, cuando ya el Imperio Romano no era sino un recuerdo lejano, y fue perpetrado por las tropas del emperador Carlos I de España para someter al levantisco Papa de Roma a su voluntad, pero eso es otra historia…

Habíamos dejado, pues, a Genserico y los suyos llevándose hasta las cortinas de la capital imperial. Concluido el saqueo, los vándalos reunieron el botín y volvieron a embarcar para Cartago. Los vándalos habían agrandado el agujero donde muy pronto se iba a precipitar el Imperio Romano de Occidente.

Pero existía otro poder en el Mediterráneo, hermano de Roma, que no estaba dispuesto a que los vándalos se enseñorearan del Mar. En Constantinopla, el emperador de Oriente León I (casualmente con el mismo nombre que el Papa doblemente salvador de Roma) fletó en el año 468 un enorme número de embarcaciones para conducir a su ejército a Cartago y aplastar a los vándalos. Al mando de la flota estaba el general Basilisco.

Basilisco condujo a su flota en formación compacta hasta la costa de Cartago, donde la flota de los vándalos, mucho menos numerosa, se le enfrentó con una estratagema que cambió el resultado de la campaña: Lanzaron naves incendiarias contra la flota bizantina, destruyendo muchas de sus embarcaciones y dispersando al resto. El desastre fue tan clamoroso que Basilisco (quien con el tiempo llegaría a ser emperador de Oriente) fue castigado con el exilio. Genserico había vencido de nuevo a los romanos, esta vez a los de oriente. Cuando Genserico murió en el año 477, tras casi cincuenta años de reinado, se terminó para siempre la época gloriosa del pueblo vándalo. Poco a poco, los vándalos irían perdiendo influencia y poder militar hasta que en el año 534, el general bizantino Belisario les venció definitivamente, dando comienzo a un periodo de predominio bizantino sobre el Mediterráneo que duraría hasta el advenimiento del Islam.

Grandes enemigos de Roma (VIII): Quinto Sertorio – Tercera parte

En la Roma del año 83 a.C. los optimates iban a por todas. Las cabezas decapitadas de los líderes populares eran expuestas en el Foro como aviso para navegantes y para demostrar quienes mandaban ahora en la República. Roma tenía un nuevo líder: el dictador Lucio Cornelio Sila.

Y el baño de sangre no había hecho más que empezar. Sila promulgó una extensa lista de ciudadanos declarados proscritos, condenados a muerte, y cuyas pertenencias ahora pertenecerían al Estado. Con ello, además de quitarse de en medio a sus oponentes políticos, obtenía unos suculentos ingresos gracias a la subasta de los bienes de estos. Después de una guerra social con los itálicos y de una guerra civil entre romanos, las arcas de la República estaban literalmente vacías.

Y en este año 83 a.C., el general Quinto Sertorio, nombrado por el depuesto gobierno de Cinna y Carbón como propretor de la Hispania Citerior, presintiendo la debacle, se embarcó hacia su nueva provincia, en parte dejando en la estacada a sus camaradas, a los que ya consideraba perdidos. Al menos sabía que en Hispania podría vender cara su piel contra las tropas de Sila. Por delante quedaban diez años de resistencia feroz a lo largo y ancho de la Península Ibérica; toda una pesadilla para la República romana.

Hispania llevaba mucho tiempo esperando la llegada de un líder que les liberara del yugo opresor de Roma. Y qué mejor líder que un romano, un general victorioso y un estratega de reconocido prestigio, que venía con la intención de reunir en Hispania una fuerza suficiente como para avanzar hacia Roma y arrebatar el poder a los optimates. Por si fuera poco, era un líder que conocía el terreno, la lengua y las costumbres de la zona. Pronto, los lusitanos y los celtíberos se unieron a su causa, como también lo harían otras tribus de levante como los contestanos. Además, al menos veinte mil legionarios supervivientes de las legiones del ex-cónsul rebelde Lépido llegaron a Hispania para unirse a Sertorio.

Esta guerra iba a suponer para los pueblos de Hispania una dura prueba. En una economía agrícola de subsistencia, la presencia de cientos de miles de soldados improductivos durante varios años acarrearía la penuria y la hambruna para la población civil de ambos bandos, aunque esta penuria se dejaría notar sobre todo en el norte peninsular, escenario de encarnizados combates y de frentes de guerra cambiantes.

Contra Sertorio se encontraba un viejo procónsul: Quinto Cecilio Metelo Pío, un ferviente partidario de Sila que, en el año 79 a.C. fue destinado como gobernador a la Hispania Ulterior, con el mandato de vencer a Sertorio. Bien fortificado entre el Guadalquivir y el Guadiana, Metelo protegería a la provincia Ulterior de las posibles incursiones de los lusitanos. El resto de Hispania, sin embargo, pertenecía de momento a Sertorio, que incluso se permitió atacar dentro de la provincia de la Galia Narbonense para prevenir una invasión por el Norte.

Cneo Pompeyo Magno. Origen: Wikimedia Commons.

Hispania era a Roma lo que el Nuevo Mundo sería siglos después para España: Una fuente casi inagotable de riqueza que, por culpa de Sertorio, ahora se había secado. Roma necesitaba con urgencia recuperar el comercio perdido si quería seguir siendo la potencia dominante en el Mediterráneo, y debían hacerlo necesariamente sobre el cadáver de Sertorio. Por ello comisionaron a un joven líder militar para que ayudara a Metelo en la tarea de destruir a un Sertorio que se había enquistado en Hispania. Su nombre: Cneo Pompeyo Magno.

Pompeyo había participado en las guerras civiles del lado de Sila, y su poder económico era tal que había podido permitirse levantar un ejército particular. En sus propiedades de Piceno disponía de miles de clientes, además de muchos contactos en el senado. La campaña contra Sertorio prometía convertirse para Pompeyo en la llave que le abriera el acceso al consulado en Roma.

Sertorio, mientras tanto, jugaba la carta de la legitimidad. Proscrito en Roma, había creado un senado local y establecido su capital en Osca. También había creado una escuela para romanizar a los hijos de las élites locales. Con ello, además de formar a los futuros hombres preeminentes hispanos en la cultura y las costumbres romanas, mantenía bajo su control a un importante grupo de rehenes amistosos que le garantizaban la fidelidad de las tribus hispanas.

Además, se dedicó con tesón a formar a las milicias lusitanas y celtíberas en las tácticas militares romanas, aprovechando también la experiencia de estas milicias en otra táctica militar que había traído de cabeza a los romanos durante décadas: la guerrilla. Mientras sus legionarios podían enfrentarse en igualdad de condiciones a cualquier ejército que Roma enviara contra él, grupos de hispanos recorrían los tortuosos caminos de la Península acosando a las líneas de abastecimiento de las legiones enemigas, atacando por sorpresa y con rapidez, sembrando el caos e impidiendo el tránsito de suministros e información entre el norte y el sur.

Pero no todo serían operaciones militares y caos humano en esta guerra. Quinto Cecilio Metelo fundaría durante estas campañas ciudades como Castra Cecilia (Cáceres) y Metellinum (Medellín). Pompeyo, que invernó en tierras de los vascones en el año 75 a.C. fundó Pompaelo (Pamplona), así que, gracias a esta cruenta guerra, las actuales Extremadura y Navarra cuentan con algunas de sus más importantes ciudades, que en su momento no fueron más que fuertes o campamentos de invierno.

A pesar de los combates y de algunas abultadas derrotas sufridas por Pompeyo a manos del mismísimo Sertorio y por Hirtuleyo, vencido en las cercanías de Itálica por Metelo, la guerra consistió en un estancamiento militar de varios años, sin un vencedor claro. Roma no disponía en principio de los medios necesarios para vencer con rotundidad a Sertorio, y tuvo que conformarse con mantenerlo contenido en el noroeste de Hispania.

Pero algo iba a cambiar. El mismo año 75 a.C. en que Pompeyo pasaba el invierno en su nueva ciudad del norte, Roma tenía noticias de que Sertorio estaba en tratos con otro gran enemigo de Roma: Mitidrates VI del Ponto. Supuestamente, Sertorio estaba animando a Mitidrates a atacar a Roma por el este, mientras él atacaba por el oeste, con la pretensión de derribar a la República para auparse al poder como dictador o, peor aún, como rey. Esto fue la gota que colmó el vaso para la República romana. Viendo con claridad el peligro que tal pacto suponía, se decidieron a echar el resto y a suministrar a las fuerzas en Hispania los recursos suficientes para terminar de una vez con Sertorio. Entre el 75 a.C. y el 73 a.C., Pompeyo y Metelo consiguieron arrinconar a Sertorio en sus bastiones del Ebro, aunque al final tuvieron que eliminarle poniendo un elevado precio a su cabeza. Sería uno de sus hombres, Marco Perpenna, quien junto con otros oficiales, acabara con la vida del gran general rebelde.

Ruinas de la ciudad hispana de Clunia. Origen: Wikimedia Commons.

Perpenna trató de sustituir en el mando a Sertorio, pero al no tener las habilidades de estratega de éste, fue rápidamente derrotado por Pompeyo, y acabó siendo ejecutado como un traidor. Luego, Pompeyo se dedicó a vencer a las poblaciones que aún seguían sublevadas contra Roma, y así sufrieron terribles asedios ciudades como Calagurris o Clunia, que fue destruida hasta sus cimientos. En el año 72 a.C. la más larga guerra sufrida por Hispania desde los tiempos de Cartago había terminado.

A su regreso a Italia, Pompeyo se enfrentó a los restos de lo que había sido el ejército del gladiador rebelde Espartaco, lo que le llevó a compartir el triunfo cosechado por Craso y le aupó al cargo de Cónsul de la República. Luego partiría hacia Asia en el 67 a.C., donde realizó una exitosa campaña que puso fin a la amenaza de Mitidrates de forma definitiva. Pompeyo llegaría a ser uno de los hombres más poderosos de Roma, pero esa es ya otra historia…

Bibliografía:

Imágenes: Wikimedia Commons

Grandes enemigos de Roma (VIII): Quinto Sertorio – Segunda parte

Emplazamiento de la ciudad ibero-romana de Cástulo. Origen: Wikimedia Commons.

El invierno es frío en las tierras que rodean a la ciudad de Cástulo. Por eso, las tropas del pretor romano Didio pasan el invierno dentro de la ciudad, acogidos de mejor o peor grado por sus habitantes en sus propias casas. Corre el año 94 a.C., y la ciudad forma parte de la provincia romana de la Hispania Ulterior.

A pesar de las victorias romanas sobre los lusitanos de Viriato y sobre la Numancia de los arévacos, hechos acontecidos muchos años atrás, las tribus íberas que habitan la Península distan mucho de estar aplacadas, y los habitantes de Cástulo ya han tenido bastante ración de romanos en los últimos cuatro inviernos. Hartos de soportar al incómodo inquilino, esta vez deciden cortar por lo sano.

Y claro, lo hacen según la moda de la época. Aprovechando la noche y que los legionarios duermen, los castulonenses empiezan a degollarlos organizadamente. Muy pronto, no queda un romano vivo en Cástulo. Sólo un reducido grupo de legionarios ha conseguido escapar a la matanza, y uno de ellos es el legado Quinto Sertorio.

Evidentemente, los castulonenses son unos piojosos ignorantes de la que se les viene encima. No conocen (y deberían conocerla) la reciente historia de los que hasta hace poco eran sus huéspedes y ahora son el abono de sus campos. O son unos ignorantes, o unos temerarios; tanto da. Por lo visto, en Cástulo nunca han oído hablar de Cartago, ni de Numancia. Era el problema de la falta de comunicaciones: pocos años más tarde, los habitantes de Asculum Picenum repetirían el error, sin tener en cuenta los ejemplos anteriores, con resultados catastróficos. Roma no olvida una afrenta.

Quinto recorre presto los campos y las poblaciones aledañas a Cástulo, reorganizando a los supervivientes de la matanza; pero en lugar de poner pies en polvorosa, regresa a Cástulo prietas las filas y arrasa la ciudad, masacrando sin contemplaciones a los castulonenses. Por esta acción, Quinto Sertorio va a convertirse en el nuevo héroe de Roma. Al salvar a los legionarios de una segura catástrofe, se le impone la corona cívica; una distinción exclusiva del soldado que salva la vida a sus compañeros en combate, sólo superada por la corona de hierba, reservada a quien salva a todo un ejército en combate.

La corona cívica le va a abrir a Sertorio muchas, muchas puertas en Roma. De momento, obtiene por derecho un puesto en el Senado, sin contar con la dignidad que esta distinción militar le va a reportar en la belicista sociedad romana. La próxima vez que regrese a Hispania será como gobernador de una provincia, bien metido en la feroz carrera por el poder de la República.

Lucio Cornelio Sila. Origen: Wikimedia Commons.

Pero a su vuelta a Roma, Quinto se encuentra de cara con una nueva guerra: los pueblos de Italia exigen su reconocimiento como ciudadanos, y que Roma ponga fin a siglos de abusos. Esta guerra, que se va a extender durante cuatro años, va a propiciar la enemistad de los dos hombres más importantes de Roma: Cayo Mario y Lucio Cornelio Sila. Al finalizar, la pugna por el poder entre estos dos colosos militares se va a degradar irremediablemente, conduciendo a una guerra civil.

Y Sertorio tiene claras sus lealtades. Al fin y al cabo, es familiar del siete veces cónsul Mario, y aunque Mario es ya viejo, Sertorio cree jugar a caballo ganador. Incluso tras morir el Gran Hombre, Sertorio continúa a las órdenes de Cinna y Carbón, y ocupa Roma al mando de cuatro legiones. A esas alturas sabe perfectamente que si termina venciendo Sila, puede considerarse hombre muerto, así que acepta el nombramiento de pretor en la Hispania Citerior.

Después de tantos años a las órdenes de Mario recorriendo aquellos territorios y espiando a los cimbrios, y luego como legado, Sertorio considera a Hispania como una segunda patria. Conoce el terreno y conoce a sus habitantes. Y desde luego, conoce sus riquezas y lo importante que es Hispania para la hegemonía de Roma en el mundo.

Cuando finalmente Sila se hace con el poder como dictador de la República, a Sertorio le queda claro que sólo tiene dos alternativas: la muerte como un proscrito o el regreso a Roma como triunfador absoluto. Si el destino le tenía reservado lo primero, sólo tenía claro que iba a vender su piel a Sila muy, pero que muy cara.

Grandes enemigos de Roma (VIII): Quinto Sertorio – Primera parte

Seguramente el siglo I a.C. es el más apasionante de los periodos de la Historia humana. Y lo es porque en este siglo nacieron los hombres que dieron realmente forma a nuestra civilización occidental. Y prácticamente todos fueron a nacer en el mismo lugar: la República de Roma.

Este siglo I a.C. empezó con una Roma amenazada por las tribus germanas que se adentraban en la Galia Cisalpina y terminó con Roma convertida en la potencia definitiva de Europa. A pesar de ello, no fue un siglo fácil para Roma, sino todo lo contrario. Fue un siglo plagado de intrigas políticas, guerras civiles y poderosos enemigos exteriores. La República romana no iba a poder sobrevivir a este convulso periodo de la historia, y terminaría convirtiéndose en un Imperio, bajo el gobierno de una sola persona: César Augusto.

Ruta migratoria de cimbrios y teutones por Europa. Origen: Wikimedia Commons.

Pero retrocedamos en el tiempo y regresemos a finales del siglo II a.C. En el año 105, los cimbrios y los teutones, pueblos germánicos que huían de su inhóspito territorio natal, se habían apoderado de la galia en su larga peregrinación, y Roma, tras enviar dos ejércitos, había salido escaldada en la batalla de Arausio; una derrota sin paliativos, una soberana paliza que le había costado a los romanos alrededor de 80.000 legionarios. El cónsul Cneo Malio Máximo y el procónsul Quinto Servilio Cepión (de los mismos Servilios Cepiones que fundaron Chipiona, como conté en una entrada anterior) se cubrieron de oprobio y arruinaron sus carreras políticas. No se puede decir lo mismo de sus bolsillos, por lo menos en el caso de Cepión, que aprovechó para mangar el famoso “oro de Tolosa“, una fabulosa fortuna dirigida al erario romano pero que, tras el asesinato de una cohorte entera de legionarios y un largo periplo por Hispania, Gades y el Mediterráneo, se supone que terminó colocado en los numerosísimos negocios de Cepión, convirtiéndole de facto en el hombre más rico de Roma. Esto seguramente endulzó bastante el exilio al que fue sometido hasta su muerte.

Pero la batalla de Arausio… mejor dicho, el desastre de Arausio, tuvo varias consecuencias que iban a cambiar el destino de Roma. En primer lugar, los cimbrios y los teutones pasaron de invadir Italia, por motivos que aún hoy no se explica nadie. Estos pueblos germanos estaban acostumbrándose a sacudirle a las legiones romanas, a las que ya habían vapuleado convenientemente en el 112 a.C. en Noreia. De haber tenido conciencia del estado de postración en que se encontraba el ejército romano tras Arausio, hubieran podido llegar fácilmente hasta Sicilia, arrasando a la República romana para siempre. Pero no lo hicieron, sino que les dio por marcharse a los Pirineos a enfrentarse contra las tribus hispanas. Esto dio a Roma un tiempo precioso para reorganizarse, y ¡Vaya si se reorganizó!

Cayo Mario. Origen: Wikimedia Commons.

El responsable de reorganizar a la maltrecha República fue Cayo Mario, un hombre nuevo que había participado en las Guerras Yugurtinas y que había sido cónsul en el 107 a.c.

En 105 a.C., el mismo año de la catástrofe de Arausio, Mario regresaba victorioso después de acabar con Yugurta, y fue elegido de nuevo cónsul en 104, y reelegido en 103, y de nuevo en 102 y una vez más en 101. Mario llegaría a ser elegido cónsul en siete ocasiones; un caso único en la República, pero es que Roma necesitaba a un salvador, y parecía que sólo Mario era capaz de llevar a cabo la difícil tarea de la supervivencia.

Así que Mario reorganizó el ejército, permitiendo el acceso de los ciudadanos romanos del censo por cabezas: aquellos que no disponían de propiedades para pagarse su propia impedimenta. Sólo de este modo podía Roma sustituir a tantos legionarios como se habían perdido en los años anteriores. El estado armaría a los soldados con dinero público, cosa que hasta entonces no se hacía. A cambio de su servicio militar, los soldados podían optar a una porción de tierra donde retirarse y a una paga mientras estuvieran en campaña. Con estas nuevas tropas, Mario se plantó en la Galia a esperar a los germanos.

Pero de entre todos sus soldados, los más útiles eran sus legados: su cuñado Lucio Cornelio Sila, un aristócrata venido a menos cuya carrera empezaba tarde y su joven primo, el emprendedor Quinto Sertorio. Ambos trabajaron de incógnito para Mario, infiltrándose entre las tribus de teutones y descubriendo sus planes de batalla. Se dice que en el arte del disfraz, el joven Sertorio era un verdadero genio. Pasándose por un celta, llegó incluso a casarse con una mujer germana para integrarse en una tribu como guerrero.

La cuestión es que Mario era un genio militar sin igual, y que derrotó a los cimbrios en la batalla de Vercelae en el año 101 a.C., donde acabó con la vida de 140.000 germanos y tomó prisioneros a otros 60.000. Con esto había vengado las anteriores afrentas por las humillantes derrotas de Arausio y Noreia, había desaparecido un tremendo peligro para Roma, y Mario había ganado un nuevo consulado para el año 100 a.C. En esta batalla destacó, y mucho, Sila, que dirigió a la caballería envolviendo a los cimbrios y facilitando su exterminio. También Sertorio acumuló un importante prestigio como legado de Mario, abriéndose las puertas para mayores empresas, esta vez en Hispania. Por entonces, Sertorio aún distaba mucho de ser un enemigo de Roma, y de hecho, era una de sus jóvenes promesas más prometedoras.

(Imágenes: Wikimedia Commons; Historia Clásica)

Grandes enemigos de Roma (VII): Atila – Tercera parte

Mientras Atila se convertía en el rey de los hunos y saqueaba Oriente y el Imperio de los persas sasánidas, en Occidente estaban sucediendo cosas muy interesantes; acontecimientos que, de haberse desarrollado de otra forma, podrían haber entroncado a las dinastías godas con la élite imperial romana para dar lugar a una nueva forma de estabilidad política. Lamentablemente, no sucedió de este modo, y Occidente tenía ya sus días contados como un imperio unido.

Alarico I, rey de los godos. Grabado de 1836. Origen: Wikimedia Commons.

Al dividir Teodosio I el Imperio entre sus dos hijos, Honorio y Arcadio, la hermana de estos permaneció en Roma, donde pocos años más tarde sería hecha prisionera por los Visigodos de Alarico, que saquearon Roma en el año 410. Su nombre era Gala Placidia, hija y nieta de emperadores, reina de los visigodos y madre de emperadores. Durante su cautiverio, Gala Placidia terminó casándose con el rey godo Ataúlfo y, según se dice, éste fue un matrimonio por amor, lejos de las costumbres de la época de casarse por el interés político.

Gala Placidia y sus hijos, Valentiniano III y Honoria.

Pero la inestabilidad política dentro del gobierno de los visigodos era aún más intensa y salvaje que la que padecía la misma Roma. Ataúlfo fue asesinado, como lo serían la mayoría de los reyes godos, y Gala Placidia fue devuelta a Roma tras el pago de un enorme rescate y tras haber sufrido toda clase de vejaciones y humillaciones. A pesar de ello, los visigodos seguirían teniendo una importancia trascendental como aliados de Roma (y en otras ocasiones como poderosos enemigos).

Gala Placidia, por su parte, volvió a casarse, esta vez obligada por su hermano el Emperador, con el general Constancio, que a su vez fue emperador durante un corto lapso de tiempo gracias a este matrimonio. De Constancio tuvo dos hijos: Valentiniano y Honoria, que iban a jugar un importante papel en esta tercera y última parte de nuestra historia.

Valentiniano III iba a tener la oportunidad de asistir al desmembramiento de su Imperio. Regentado primero por su madre y luego por el general Flavio Aecio (el último de los romanos), el Imperio sufrió la pérdida de la provincia de África a manos del reino Vándalo. También en esta época se perdió Britania, así como las provincias de Hispania y gran parte de la Galia; estas últimas a manos de sus hipotéticos aliados, los visigodos. Y de este modo, llegamos al año 450.

Los dominios de Atila en 451

En este año, Atila recibe un mensaje de la princesa Honoria, hermana del emperador Valentiniano III, que a la sazón vivía recluida en Constantinopla. En esta misiva, Honoría proponía matrimonio al rey huno. Por lo visto, Honoria estaba bastante molesta por haber sido apartada de la vida pública mientras otros se repartían el pastel. Atila, ante este ofrecimiento de mano, decidió tomarse el brazo entero, y cuando Valentiniano se negó a casar a su hermana con el huno, Atila decidió invadir el Imperio Romano de Occidente con toda su fuerza. A Atila esta situación le venía que ni pintada, ya que recientemente Constantinopla se había negado a seguir pagándole tributos porque, sencillamente, no tenía más dinero para darle. Atila no sólo pretendía casarse con la princesa romana, sino además tomar la mitad del Imperio Occidental como dote.

Durante los años precedentes, Atila había ayudado en parte al Imperio Occidental en sus luchas contra los godos y burgundios prestando hombres al magister militum Aecio. Ahora serían esos mismos godos los que tendrían la responsabilidad de salvaguardar lo que quedaba del Imperio ante el envite huno. Entre la coalición de godos/romanos y los hunos se encontraba el pueblo de los francos salios, que estaba en plena guerra civil por la sucesión al trono. Como no podía ser de otro modo, Atila eligió el bando contrario al de los romanos. La guerra estaba servida.

Pero Atila tal vez no contaba con que Roma conseguiría crear una coalición de pueblos para hacerle frente. Flavio Aecio fue seguramente el último gran magister militum de la historia del Imperio, y además estaba muy familiarizado con los pueblos que habitaban la Galia y los que, procedentes de Germania, se habían asentado en las tierras del Imperio. Aecio además conocía bastante bien a los hunos, ya que durante algún tiempo había vivido entre ellos.

Entre todos los pueblos que ahora habitaban el Imperio se había extendido recientemente el cristianismo como religión dominante, lo cual podía servir también como nexo de unión contra el pueblo huno, que ni siquiera tenian una religión que pudiera merecer ese nombre. Además, la perspectiva de seguir huyendo ante el avance huno debía ser terrorífica para algunas de estas tribus que llevaban miles de kilómetros a sus espaldas precisamente huyendo de los hunos. Ya era hora de dar la vuelta y enfrentarse al enemigo de una vez y para siempre.

Recreación de la carga de los hunos en la Batalla de los Campos Cataláunicos. Origen: Wikimedia Commons.

De este modo, la coalición de romanos, visigodos, francos y alanos se enfrentó en campo abierto contra las hordas de hunos, ostrogodos y burgundios y otros pueblos vasallos comandadas por Atila, no muy lejos de París, en la Batalla de los Campos Cataláunicos. En esta batalla se enfrentaba gente que, ciertamente, se tenía ganas desde hacía tiempo. Sin ir más lejos, se enfrentaron visigodos contra ostrogodos, hunos contra alanos, romanos contra hunos… Durante el combate murió el rey visigodo Teodorico, y allí mismo, en medio del combate, fue proclamado el nuevo rey, Turismundo. A esas alturas, la batalla estaba perdida para Atila, que incluso dio orden en su campamento de preparar una pila funeraria donde inmolarse antes de ser capturado.

Y entonces sucedió algo sobre lo que los historiadores no logran ponerse de acuerdo: Flavio Aecio, comandante de la coalición romana, no contraatacó para capturar o matar a Atila. Seguramente pensó que la situación no era propicia para un movimiento semejante. Es cosa bastante segura que, de haber podido hacerlo, Aecio no hubiera dudado en acabar con un enemigo tan poderoso en lugar de dejarle escapar para que se repusiera (lo que, a la postre, terminó sucediendo). Era 20 de junio del año 451, y aquel día, el mundo supo que Atila y sus hunos no eran ni mucho menos invencibles, cosa que podían atestiguar las decenas de miles de cadáveres de guerreros hunos que abonaban la campiña gala.

Y aunque la batalla de los Campos Cataláunicos fue una gran victoria para Roma y sus aliados en el aspecto psicológico, en realidad fue una victoria bastante pírrica en lo militar, ya que Roma no podía sustituir los efectivos militares perdidos en la batalla. Cuando al año siguiente las hordas de Atila invadieron Italia, no había nada con lo que hacerles frente. Atila saqueó y arrasó cuando le vino en gana sin oposición, destruyendo lo poco que quedaba del Imperio Romano de Occidente, y llegó casi hasta las puertas de la mismísima Roma, donde una delegación encabezada por el Papa León I se reunió con el rey huno en un desesperado intento de impedir el trágico fin de Roma.

León I el Grande, Papa de Roma. Origen: Wikimedia Commons.

Unas fuentes dicen que por superstición, otras que por una epidemia de peste otras que por el pago de un generoso tributo, pero lo cierto es que, después de la entrevista con el Papa León I, Atila dio media vuelta y regresó a sus dominios. Debió ser algo extraña esa sensación de haber escapado a una muerte segura por los pelos, y no es raro que a León I se le hiciera santo de la Iglesia con el nombre de San León Magno. Conjurar el peligro de un enemigo tan formidable como Atila no merece un premio menor.

En cuanto a Atila, al año siguiente, en 453, murió repentinamente en extrañas circunstancias. La versión más extendida es que murió a causa de una hemorragia nasal, aunque otras versiones aseguran que su recién adquirida esposa, Ildico, le clavó un puñal en el pecho en un momento de distracción. En todo caso, una muerte bastante anodina para un líder tan carismático como Atila, que llegó a gonernar el mayor Imperio de su tiempo, y al pueblo más salvaje de Eurasia. Atila fue enterrado en un lugar secreto. Tan secreto que los que participaron en su funeral se dejaron matar para impedir que ese secreto fuera desvelado. Aún hoy, se desconoce el lugar donde yace el rey Atila, sepultado dentro de tres ataudes: Uno de oro, otro de plata, y un tercero de hierro. El Imperio de Atila no le sebreviviría, y pronto se disgregó en un conjunto de tribus enfrentadas que, o bien regresaron a las estepas rusas, o bien terminaron estableciéndose en lo que hoy es Rumanía y Hungría, donde actualmente algunos de sus descendientes tratan de que se les reconozca su identidad como minoría étnica.

Por desgracia para Roma, Atila sería uno de sus últimos enemigos importantes, ya que su agonía como Imperio era terminal y definitiva. Pocos años más tarde, el 4 de septiembre de 476, el Imperio Romano de Occidente sucumbiría bajo el saqueo del rey de los Hérulos, Odoacro, quien sería por derecho propio, el último enemigo de Roma.

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