Grandes enemigos de Roma (VII): Atila – Segunda parte

En la primera parte habíamos dejado a los hunos en el noroeste de Europa, empujando a los pueblos germánicos hacia el occidente, hacia tierras que hasta entonces habían estado bajo el dominio de Roma. La verdad es que las tribus germánicas se encontraron un terreno abonado, propicio para la invasión. Tras un siglo III marcado por la anarquía y la secesión del llamado “Imperio Galo“, se había restablecido cierto orden bajo Diocleciano y la posterior Tetrarquía, aunque las guerras civiles siguieron siendo la tónica durante todo el siglo IV, ya fuera por movimientos de secesión o por luchas dinásticas. Esta situación había dejado la economía del Imperio en una situación muy delicada, afectando a todos los ámbitos de la vida, desde el comercio al ejército. En pocas palabras, Roma había dejado de ser una potencia militar frente a las hordas de bárbaros que empezaban a cruzar sus fronteras.

Por si esto fuera poco, en 395 moría el emperador Teodosio I, último de los emperadores romanos que gobernó en todo el Imperio. A partir de entonces, los Imperios de Oriente y Occidente iban a ser gobernados de forma independiente. El Imperio Oriental, con capital en Constantinopla, partía de una posición más estable, en parte por su mayor poderío comercial, y en parte porque no había sufrido tanta inestabilidad como el Imperio Occidental. Por cierto, el mismo año en que moría Teodosio y se dividía el Imperio en dos, nacía Atila, sobrino del rey huno Rugila. Las fuentes no se ponen de acuerdo sobre la fecha de su nacimiento, y algunas lo datan en el año 405 o 406 en lugar del 395. Por entonces, el reino huno era ya la potencia dominante en el norte de Europa, y había expulsado a visigodos y ostrogodos hacia tierras del Imperio Romano. Posteriormente Rugila aprovecharía las tensiones provocadas por los godos para invadir el Imperio. El emperador Teodosio II tuvo que pactar la entrega de un tributo anual en oro para aplacar al rey huno. Sencillamente, el Imperio no estaba preparado para enfrentarse militarmente a aquellas hordas de salvajes hunos, que además avanzaban al ritmo del galope de sus caballos, con una velocidad sin precedentes hasta entonces en ningún ejército invasor.

Fieles a las costumbres de la época, Atila sirvió durante unos años como “rehen amistoso” en Roma, donde recibió instrucción en lengua latina y griega, en historia y, sobre todo, aprendió de las costumbres y el carácter del pueblo romano del siglo V. Estas enseñanzas le serían de gran utilidad cuando, años después, se enfrentara a ellos. Su instrucción también serviría para hacer de Atila un líder culto, alejado de los anteriores señores de la guerra hunos.

Así pues, tenemos a un joven Atila que, junto a su hermano Bleda, heredó en 434 el mando sobre todas las tribus únicas a la muerte del rey rugila. Durante los siguientes doce años, ambos hermanos pactaron en condiciones ventajosas la paz con el Imperio de Oriente (cosa que el emperador bizantino Teodosio II aprovechó para fortificar Constantinopla, en previsión de lo que se les pudiera venir encima), y atacaron al Imperio Persa a través del Cáucaso, aunque sin mucho éxito. Ante la sólida respuesta persa, volvieron grupas y se presentaron de nuevo en los balcanes, atacando abiertamente al Imperio Bizantino y saqueando ciudades por doquier. Cuando se plantaron ante las murallas de Constantinopla, el emperador no tuvo más remedio que sobornarles con una verdadera fortuna en oro para que volvieran a sus tierras del Norte.

Recreación de Atila durante el saqueo a una ciudad.

Tras morir Bleda (en extrañas circunstancias, todo hay que decirlo), Atila volvió a invadir el Imperio Bizantino en una nueva campaña, más sangrienta aún si cabe que la anterior. Esta vez, el Imperio se encontraba más debilitado que antes, y Atila forzó al emperador a firmar un tratado aún más humillante que el anterior. Se podría decir que, por entonces, el dueño y señor del Imperio Bizantino era en realidad Atila, y que si el emperador no había caido ya, se debía tan solo a la excelente fortificación de Constantinopla y a su capacidad naval, que le permitía resistir prolongados asedios así como reabastecerse de hombres para la defensa.

Por si esto fuera poco, más o menos por esa época, Atila dijo haber encontrado la “Espada de Marte”, hecho que le auguraba un prometedor futuro como amo conquistador del mundo entero. Se supone que esta invención de la espada tenía como objetivo exacerbar el ánimo guerrero de su ejército ante las próximas campañas que Atila tenía pensado acometer, esta vez contra el Imperio Romano de Occidente.

Grandes enemigos de Roma (VII): Atila – Primera parte

En una entrada anterior, hablando del líder Germano Arminio, tildé a los germanos del siglo I de bárbaros piojosos e incivilizados, lo que a pesar de ser una descripción tosca, creo que no se alejaba mucho de la realidad. Bien podría pensar el lector que Atila podría ser otro bárbaro piojoso más, como tantos que hostigaron al Imperio Romano durante siglos.

Pues no. Atila era algo más que un bárbaro piojoso; Atila desayunaba germanos y merendaba godos. Atila entraba y salía de las tierras del Imperio Romano como quería y cuando quería. Los romanos le temían como se teme al mismísimo diablo. No en vano, Atila fue llamado “El Azote de Dios”: Era un castigo divino procedente del Este. Se decía que allá donde pisaba el caballo de Atila no volvía a crecer la hierba. En el Imperio, los niños se iban a la cama y se comían la sopa bajo la amenaza de que se los llevaría Atila. Durante 19 años Atila sembró la ruina y el caos en un Imperio Romano agonizante, y de hecho, contribuyó de una forma decisiva a la caida en la barbarie del occidente europeo.

Pero antes de hablar de Atila, es necesario conocer un poco mejor a su pueblo: los hunos.

Los hunos tienen su origen en las remotas estepas de la actual Mongolia. Pueblo nómada y guerrero, habían acosado al antiguo y poderoso Imperio Chino desde el siglo III a.C. De hecho, la Gran Muralla China fue construida precisamente para detener a las hordas de hunos (allí conocidos como xiongnu). Después de grandes esfuerzos, los chinos consiguieron dividir y aplacar en parte a estos salvajes, de manera que parte de ellos regresaron hacia las estepas de Asia Central, desde donde empezaron a hostigar a otro gran imperio: Los Persas Sasánidas.

Por aquel entonces ya estaba bien entrado el siglo IV d.C., y los hunos tuvieron la mala suerte de que, en el siglo IV, el rey de los persas era el gran Sapor II, que reinó durante los setenta años que duró su prolongada vida, desde el 309 al 379, e hizo al Imperio Sasánida más fuerte y cohesionado que nunca. Sapor consiguió mantener a los hunos a raya, incluso teniendo que luchar al mismo tiempo contra los romanos. A los hunos no les quedó más remedio que asentarse más o menos donde ahora se encuentra Pakistán. Allí, los hunos se dividieron en dos ramas: Una menos mezclada genéticamente conocida como kidaritas, y otra que sí se mezcló en parte con la población persa y perdió algo de sus rasgos asiáticos, conocida como los heftalitas o hunos blancos. Mientras los heftalitas teminarían adentrándose en la India, algunos kidaritas se dirigirían hacia el norte, a las estepas. Atila surgiría de la rama kidarita del pueblo huno.

Parte de los hunos kidaritas, como he dicho, debieron pensar que quedarse en aquel remoto confín del Imperio Persa, entre el poder Sasánida y el poder de los reinos indios, no era lo que más les convenía, así que se autoexiliaron de su recién ganado país y se dirigieron a las estepas situadas al norte del Mar Caspio. Esta decisión de emigrar hacia el Norte, tomada en la más lejana frontera oriental del Imperio Persa, tuvo una trascendencia fundamental en el futuro inmediato de Europa, tal como a continuación trataré de explicar:

Las grandes invasiones bárbaras del siglo V. Los pueblos germánicos y orientales que entraron en el Imperio Romano lo hicieron en su mayoría empujados por el avance de los hunos.

A cualquiera que haya estudiado la historia de España no le resultará totalmente desconocida la invasión de las tribus bárbaras de principios del siglo V, que terminó de facto con el predominio romano en Hispania. Bien, pues esta invasión podría tener su origen más allá del Mar Caspio, en las lejanas estepas de Kazajistán. Allí el pueblo huno, de una belicosidad desconocida hasta entonces en Europa, comenzó a empujar a las tribus de alanos hacia el Norte y el Oeste de Europa, donde estos a su vez se unieron a los pueblos germánicos de suevos y vándalos para invadir la Galia y, finalmente, Hispania. Así, Roma terminó perdiendo el poder efectivo sobre la mayor parte del occidente Europeo, viéndose forzada a luchar o pactar con estos nuevos pueblos, que en algunos casos habían venido para quedarse.

Pero detrás de estos pueblos empujados hacia Europa por la fuerza, venían los verdaderos causantes de estas migraciones: los hunos. A Roma no le quedaría más remedio que lidiar con este nuevo terror que venía del Este.

Para saber más:

  • Breve historia de los hunos en Europa, en Sátrapa1
  • Los hunos duermen a lomos de sus caballos, en Portalmibax
  • Hijos de las llanuras IV: Los hunos, en dbahispano

(Imágenes: portalmibax; dbahispano)

Grandes enemigos de Roma (VI): Pirro – Tercera parte

En nuestra entrada anterior habíamos dejado a Pirro bien instalado en la Magna Grecia, tras haber vencido a los romanos en Heraclea. Estamos en el año 281 a.C. El próximo paso era reunir a las tribus itálicas desafectas a Roma y reponer sus pérdidas para volver a presentar batalla. Un envalentonado Pirro avanzó hacia el Norte por la región de Campania con la sana intención de tomar Roma. Sin embargo, al encontrarse lejos de sus bases y rodeado en territorio enemigo por un ejército romano que no dejaba de crecer, decidió retirarse prudentemente hacia el Sur y esperar tiempos mejores. Es difícil conjeturar lo que hubiera sucedido si Pirro hubiera enfrentado a los romanos en aquel mismo momento. Puede que hubiera destruido a Roma, o podría haber sido destruido él mismo. Durante un breve periodo, Roma tuvo a su mayor enemigo casi a las puertas de su ciudad, pero no hubo un combate que decidiera la guerra.

Mientras tanto, en Roma estaban muy lejos de amilanarse por la reciente derrota. A pesar de las importantísimas pérdidas de Heraclea, pronto estuvieron en condiciones de volver a enfrentarse de nuevo con Pirro y sus falanges macedónicas. Retirado Pirro de vuelta a sus ciudades de la Magna Grecia, en el Senado un patricio de una antigua familia romana había ascendido hasta la dignidad consular. Su nombre: Publio Decio Mus.

Publio era hijo y nieto de otros Publios Decios Mus que formaban ya parte de la leyenda bélica romana. El abuelo Publio había sido cónsul de Roma y comandante del ejército en la Batalla del Vesubio contra los samnitas en el año 339 a.C. Un oráculo vaticinó antes de la batalla que uno de los dos ejércitos sería destruido, y que el comandante del ejército vencedor moriría en combate. Oído este vaticinio, Publio se encomendó a todo el panteón de dioses romano, invocó a los dioses del inframundo para que destruyeran al enemigo, subió a lomos de su caballo cubierta la cabeza por la toga praetexta de los cónsules romanos y se lanzó contra el enemigo, como forma de sacrificio humano a los dioses. Aunque el abuelo Publio murió en combate, su ejército ganó la batalla, animado por el vaticinio del oráculo que les aseguraba la victoria.

Su hijo, Publio Decio Mus padre, fue cónsul de Roma en tres ocasiones. En la última de ellas comandó el ejército que se enfrentó durante la Tercera Guerra Samnita contra una coalición de Samnitas, Etruscos y Umbrios. Al ver flaquear a su ejército en la batalla, emuló a su padre y se ofreció en la misma forma de sacrificio humano: se encomendó a los dioses y maldiciendo a su enemigo, se lanzó a la muerte. El ejército romano volvió a vencer en el combate, y la familia de los Decio Mus entraba ya en la leyenda.

Así que, en un mundo regido en gran parte por las supersticiones y los vaticinios, proclamar cónsul a Publio Decio Mus, nieto del primero e hijo del segundo, era una declaración de intenciones inconfundible: Presentarían una resistencia feroz contra el invasor.

Por su parte, Pirro había reunido a parte de los Samnitas, pueblo siempre enfrentado con Roma, a los oscos y, por supuesto, a los griegos de las ciudades del Sur. Con ellos, avanzó por la región de Apulia hasta la ciudad de Asculum, con la intención de liberar todo el samnio del control romano. Allí se encontraron ambos ejércitos, romano y griego, y comenzó la que sería conocida como la Batalla de Asculum. Durante esta batalla, que se prolongó por dos días, Roma perdió a unos 6.000 hombres, mientras que Pirro perdió a unos 3.500. A pesar de concluir como una victoria para el rey de Epiro, muchos de sus mejores oficiales habían muerto en el combate, y los romanos se habían batido con una ferocidad inusitada. Cuando ambas fuerzas se retiraron, Pirro hizo su famosa declaración:

Otra victoria como ésta y estaremos perdidos.

La Batalla de Asculum fue la primera “victoria pírrica” de la historia. Su significado está claro: Una victoria no merece la pena si para lograrla tienes que sacrificar más de lo que vas a obtener con ella. Pirro se dio cuenta de que seguir peleando con los romanos no le iba a reportar ningún beneficio, y decidió ofrecerles la paz en condiciones ventajosas para él. La respuesta de los romanos fue tajante: Mientras Pirro y sus hombres continuaran en Italia, no podrían hablar de paz.

Así pues, en el año 278 a.C. Pirro volvió su mirada hacia la suculenta isla de Sicilia, repleta de recursos naturales y riqueza y en una situación geográfica estratégica para el comercio. Dejó la guerra contra Roma en un punto muerto y se centró en echar de Sicilia a los cartagineses, que mantenían una antigua disputa con los griegos por la posesión de la isla.

Dicen que la política hace extraños compañeros de cama, y puede que aquel fuera el caso. Roma firmó una alianza con Cartago para detener a Pirro. Entre ambos lucharían para expulsarle de Sicilia y de Italia atacándole como si de una tenaza se tratase, unos por el Norte y otros por el mar. Pirro no podía competir con la flota cartaginesa, y aunque su campaña en Sicilia estaba siendo victoriosa, las pérdidas superaban a los refuerzos, y su posición se debilitaba cada vez más. Desesperado por esta situación, en 275 a.C. decidió volver a Italia para enfrentarse a los romanos, que ya estaban acosando de nuevo a Tarento.

Decidido de nuevo a marchar contra Roma, Pirro se encontró con el ejército romano en Benevento, y de nuevo volvió a chocar contra una pared de legionarios decididos a morir o vencer. La Batalla de Benevento supuso la única derrota de Pirro en Italia. Los romanos habían aprendido a luchar contra él, rehusando el combate en campo abierto y eligiendo un terreno abrupto donde sus falanges no pudieran moverse con facilidad. Tras este encuentro, con muchas más pérdidas, un Pirro exasperado decidió terminar con sus asuntos en Italia y Sicilia y se marchó a Epiro, tan triunfante como derrotado.

Roma había vencido al mejor general de su tiempo con la única estrategia de la resistencia a ultranza, haciendo que las victorias de Pirro le resultaran tan costosas que, en la práctica se convirtieran en derrotas.

(Imágenes: www.summagallicana.it)

Grandes enemigos de Roma (VI): Pirro – Segunda parte

En 281 a.C., tras fracasar las negociaciones de paz, Roma, en guerra con Tarento, había enviado un ejército al mando de Lucio Emilio Barbula para aplastar a los tarentinos, cosa que hizo con la conocida eficiencia romana. Tras vencer a Tarento, saquearon la ciudad y la ocuparon. Por desgracia para los romanos, no pudieron conservar la posición, ya que fueron expulsados por las tropas de Epiro, que ya empezaban a desembarcar en Tarento y sus alrededores.

Así, Pirro llegó a Italia en el año 281 a.C. con sus 26 elefantes de guerra y sus 25.000 soldados experimentados de infantería y caballería para hacerle la guerra a Roma. Con esto, Pirro pretendía extender sus dominios y convertirse en señor de la Magna Grecia, o al menos ganarse a las ciudades-estado para su causa, porque Pirro ambicionaba volver a conquistar Macedonia y convertirse en el nuevo Alejandro.

Hay que decir que Alejandro era un referente, y que casi todos los generales victoriosos en Europa y Asia han evocado durante siglos la figura de Alejandro para comparar las proezas del rey macedonio con las suyas. Dos siglos después de esta historia, el mismísimo Julio César lloraría amargamente en Cádiz ante una estatua de Alejandro, lamentándose de que a su edad él no había conquistado nada aún. Bueno, todo llega, que se suele decir.

Pero Pirro ambicionaba algo más: Pirro quería la hegemonía en el comercio del Mediterráneo, porque necesitaba una ingente cantidad de dinero para vencer a los macedonios, que ahora contaban con el inmenso botín de la conquista de Asia. Para obtener esa posición hegemónica, antes había que quitar de en medio a los cartagineses, un pueblo del norte de África (más o menos donde hoy se sitúa la actual Túnez) descendiente de los fenicios, que siempre habían sido competidores directos de los griegos en el comercio naval. De hecho, a los cartagineses se les seguía conociendo en el mundo mediterráneo por el nombre de “Poeni” (fenicios, vamos). La llave del comercio naval mediterráneo estaba entonces en la isla de Sicilia, punto de paso obligado de las rutas comerciales, y Pirro iba a mantener un ojo puesto en Italia y otro muy atento a Sicilia. Estas ansias por abarcar más de la cuenta le pasaría factura con el tiempo, pero aún no.

Enterados los romanos de la llegada del rey Pirro, estos no se entretuvieron debatiendo lo que había que hacer. Decididos, dieron a uno de los cónsules del año, Publio Valerio Levino, el mando de un ejército de más de 30.000 hombres entre infantería y caballería. Rapidamente enfilaron la Vía Apia y se pusieron rumbo al Sur. Sin embargo, la situación no podía ser más complicada, ya que al mismo tiempo había que mantener a raya a los etruscos (para lo que se despachó un cuerpo de ejército que les mantuviera entretenidos y alejados de Pirro), recordar a los samnitas quienes eran los señores de Italia (para lo que enviaron a Barbula, el mismo que había saqueado Tarento, que se iba a encargar de impedir que se unieran a Pirro) y, como no, defender Roma con otro cuerpo de ejército, por si las moscas. En total, los romanos, que se bastaban consigo mismos, movilizaron a unos 80.000 hombres entre legionarios y tropa auxiliar de las tribus afectas. Tengo que recordar aquí al lector que en el año 281 a.C. Roma no era ni mucho menos un imperio, sino una simple ciudad-estado venida a más que estaba a punto de enfrentarse con los griegos, que eran quienes de verdad dominaban el mundo de entonces. El esfuerzo bélico que habían preparado no tenía precedentes en su historia.

En el Sur les estaba esperando Pirro, que había reunido las fuerzas de las ciudades de la Magna Grecia: Tarento, Turios (ahora de vuelta al redil griego), y que también había pedido prestadas tropas a media Grecia (Macedonia, Tesalia, Antioquía), a los sirios y a los egipcios. En total había conseguido reunir un ejército de unos 35.000 hombres, con lo que sus fuerzas y las de los romanos de Valerio Levino estaban más o menos igualadas.

De este modo tuvo lugar la Batalla de Heraclea, donde Roma se enfrentó por vez primera a las falanges macedónicas y a los elefantes de guerra. Esta batalla fue una importante derrota para los romanos, que en el transcurso de las llamadas Guerras Pírricas no dejaron de sufrir una derrota tras otra, si bien consiguieron vender cara su piel. En este primer round, Roma perdió a unos 15.000 hombres, mientras Pirro perdía a unos 13.000. Sin embargo, esta derrota romana supuso que Pirro podría seguir avanzando hacia el Norte, y de camino, liberar a los samnitas del yugo romano y ganarlos para su causa.

Ahora a Roma se le había enquistado un importante enemigo en el Sur, e iban a tardar seis años en echarlo. Se trata de una coyuntura que, tiempo después se les volvería a presentar con Aníbal. Roma tardaría siglos en absorber a las tribus autóctonas de la Península Italiana y en conseguir que éstas se consideraran a sí mismas “romanas”. Para ello Roma tuvo que ceder parte de su soberanía y concederles derechos, pero ello se lograría tras baños de abundante sangre. De momento, el sur de Italia pertenecía a Pirro, y para Roma no era sino territorio extranjero.

Para saber más:

Grandes enemigos de Roma (VI): Pirro – Primera parte

Olimpia, la madre de Alejandro el Grande, era natural de Epiro. Por eso Alejandro llegó a tenerlo complicado para heredar a su padre, Filipo II. En realidad, Alejandro no era “macedonio de pura cepa”, porque su madre era una extranjera. Claro que todo esto se olvidó cuando Alejandro emprendió su campaña de conquista y terminó bañándose en las aguas del Indo. Al fin y al cabo, Epiro era un buen aliado de Macedonia, y todos somos griegos… ¿O no?

Pues no. A la muerte de Alejandro en 323 a.C., sus generales se repartieron un imperio mucho más grande de lo que podían abarcar. Ptolomeo se quedó con Egipto, Seleuco con Babilonia y Siria, Antígono con Macedonia… entre todos ellos comenzó una lucha por el poder que iba a durar veinte años.

Dirán ustedes: ¿Tendrá que ver algo de esto con Roma? Pues, en realidad, sí. Algunos historiadores opinan que Roma lo hubiera tenido mucho más difícil si Alejandro, en lugar de ir a morirse en Babilonia, hubiera regresado a Macedonia como Gran Rey de Persia y de Grecia y con sólo 33 añitos. Está bastante claro que para un espíritu conquistador como el de Alejandro, la Roma del siglo IV a.C. no hubiera significado ni la guarnición del primer plato en una hipotética campaña de Alejandro hacia el Oeste.

Pero por suerte (para los romanos, claro; la suerte, como todo, siempre es relativa) Alejandro se había quedado por el camino, y los griegos andaban a la greña por las migajas del Imperio. Bastante tenían ya los romanos con tener que guerrear contra etruscos, samnitas, sabinos y el resto de tribus que ocupaban la Península Itálica. La Segunda Guerra Latina les había ido bien, y aunque los etruscos seguían siendo un poder preocupante, los samnitas habían quedado sojuzgados por Roma. Todo ello a base de demostrar que eran unos salvajes en la batalla, capaces de lanzarse sin miramientos a la muerte, como el cónsul Publio Decio Mus, quien sacrificó su propia vida con tal de infundir ánimo a sus tropas y temor al enemigo, y otras barbaridades semejantes que adornan la historiografía épica romana. Diciéndolo más claro, los romanos tenían fama de matones despiadados ya en aquella época.

Aplacado el centro de la Península, los romanos pusieron sus ambiciosos ojos en el Sur, donde los griegos medraban económicamente en sus colonias de lo que llamaban “La Magna Grecia“. En realidad, los griegos, con ese afán independentista que siempre les caracterizó, vivían en ciudades-estado independientes unas de otras y, las más de las veces, en abierto enfrentamiento entre ellas por intereses encontrados. En esas aguas revueltas pretendían “pescar” los romanos, y las aguas iban a ser las del Golfo de Tarento, donde la ciudad-estado griega de Turios recurrió a los romanos para que le socorrieran en una disputa territorial. A la vecina ciudad-estado griega de Tarento no le hizo ni pizca de gracia ver a los barcos romanos en sus aguas y los atacaron, lo que se convirtió en el origen de la Primera Guerra Pírrica.

Recurrir al primo de Zumosol ha sido siempre el origen de las grandes guerras. Un estado pequeño, como Turios, pide ayuda a Roma, lo cual hace que Tarento se sienta amenazado y pida ayuda a… Pirro de Epiro, el protagonista de nuestra historia. El mejor ejemplo de lo que yo llamo “recurso del Zumosol” fue el complicado juego de alianzas en Europa que desembocó en la Primera Guerra Mundial.

En este caso, el primo cachas era Pirro, rey de Epiro. Pirro se había aprovechado de los enfrentamientos entre la élite macedónica tras la muerte de Alejandro para arañar territorios aquí y allá, comiéndose incluso partes de Macedonia y Tesalia. Entre las ambiciones de Pirro estaba convertirse en el gobernante de un gran imperio, al estilo de Alejandro, y geográficamente, la Magna Grecia le venía de perlas, ya que estaba a tiro de barco, cruzando el estrecho Canal de Otranto que separa al Mar Adriático del Mar Jónico. cuando Tarento le pidió su ayuda contra los romanos, le faltó tiempo para plantarse en la Península Itálica.

Roma ya podía empezar a preocuparse de verdad, porque Pirro estaba considerado como el mejor general de su época, y llegaba con un impresionante ejército de 25.000 hombres curtidos en batalla y los primeros elefantes de guerra que los romanos verían avanzar contra ellos. ¿Conseguiría Roma soportar el envite de un ejército como éste? ¿Permanecerían las tribus latinas al lado de Roma, o aprovecharían para rebelarse y pasar al bando de Pirro?