En la primera parte habíamos dejado a los hunos en el noroeste de Europa, empujando a los pueblos germánicos hacia el occidente, hacia tierras que hasta entonces habían estado bajo el dominio de Roma. La verdad es que las tribus germánicas se encontraron un terreno abonado, propicio para la invasión. Tras un siglo III marcado por la anarquía y la secesión del llamado “Imperio Galo“, se había restablecido cierto orden bajo Diocleciano y la posterior Tetrarquía, aunque las guerras civiles siguieron siendo la tónica durante todo el siglo IV, ya fuera por movimientos de secesión o por luchas dinásticas. Esta situación había dejado la economía del Imperio en una situación muy delicada, afectando a todos los ámbitos de la vida, desde el comercio al ejército. En pocas palabras, Roma había dejado de ser una potencia militar frente a las hordas de bárbaros que empezaban a cruzar sus fronteras.
Por si esto fuera poco, en 395 moría el emperador Teodosio I, último de los emperadores romanos que gobernó en todo el Imperio. A partir de entonces, los Imperios de Oriente y Occidente iban a ser gobernados de forma independiente. El Imperio Oriental, con capital en Constantinopla, partía de una posición más estable, en parte por su mayor poderío comercial, y en parte porque no había sufrido tanta inestabilidad como el Imperio Occidental. Por cierto, el mismo año en que moría Teodosio y se dividía el Imperio en dos, nacía Atila, sobrino del rey huno Rugila. Las fuentes no se ponen de acuerdo sobre la fecha de su nacimiento, y algunas lo datan en el año 405 o 406 en lugar del 395. Por entonces, el reino huno era ya la potencia dominante en el norte de Europa, y había expulsado a visigodos y ostrogodos hacia tierras del Imperio Romano. Posteriormente Rugila aprovecharía las tensiones provocadas por los godos para invadir el Imperio. El emperador Teodosio II tuvo que pactar la entrega de un tributo anual en oro para aplacar al rey huno. Sencillamente, el Imperio no estaba preparado para enfrentarse militarmente a aquellas hordas de salvajes hunos, que además avanzaban al ritmo del galope de sus caballos, con una velocidad sin precedentes hasta entonces en ningún ejército invasor.
Fieles a las costumbres de la época, Atila sirvió durante unos años como “rehen amistoso” en Roma, donde recibió instrucción en lengua latina y griega, en historia y, sobre todo, aprendió de las costumbres y el carácter del pueblo romano del siglo V. Estas enseñanzas le serían de gran utilidad cuando, años después, se enfrentara a ellos. Su instrucción también serviría para hacer de Atila un líder culto, alejado de los anteriores señores de la guerra hunos.
Así pues, tenemos a un joven Atila que, junto a su hermano Bleda, heredó en 434 el mando sobre todas las tribus únicas a la muerte del rey rugila. Durante los siguientes doce años, ambos hermanos pactaron en condiciones ventajosas la paz con el Imperio de Oriente (cosa que el emperador bizantino Teodosio II aprovechó para fortificar Constantinopla, en previsión de lo que se les pudiera venir encima), y atacaron al Imperio Persa a través del Cáucaso, aunque sin mucho éxito. Ante la sólida respuesta persa, volvieron grupas y se presentaron de nuevo en los balcanes, atacando abiertamente al Imperio Bizantino y saqueando ciudades por doquier. Cuando se plantaron ante las murallas de Constantinopla, el emperador no tuvo más remedio que sobornarles con una verdadera fortuna en oro para que volvieran a sus tierras del Norte.

Recreación de Atila durante el saqueo a una ciudad.
Tras morir Bleda (en extrañas circunstancias, todo hay que decirlo), Atila volvió a invadir el Imperio Bizantino en una nueva campaña, más sangrienta aún si cabe que la anterior. Esta vez, el Imperio se encontraba más debilitado que antes, y Atila forzó al emperador a firmar un tratado aún más humillante que el anterior. Se podría decir que, por entonces, el dueño y señor del Imperio Bizantino era en realidad Atila, y que si el emperador no había caido ya, se debía tan solo a la excelente fortificación de Constantinopla y a su capacidad naval, que le permitía resistir prolongados asedios así como reabastecerse de hombres para la defensa.
Por si esto fuera poco, más o menos por esa época, Atila dijo haber encontrado la “Espada de Marte”, hecho que le auguraba un prometedor futuro como amo conquistador del mundo entero. Se supone que esta invención de la espada tenía como objetivo exacerbar el ánimo guerrero de su ejército ante las próximas campañas que Atila tenía pensado acometer, esta vez contra el Imperio Romano de Occidente.


En nuestra entrada anterior habíamos dejado a Pirro bien instalado en la Magna Grecia, tras haber vencido a los romanos en Heraclea. Estamos en el año 281 a.C. El próximo paso era reunir a las tribus itálicas desafectas a Roma y reponer sus pérdidas para volver a presentar batalla. Un envalentonado Pirro avanzó hacia el Norte por la región de Campania con la sana intención de tomar Roma. Sin embargo, al encontrarse lejos de sus bases y rodeado en territorio enemigo por un ejército romano que no dejaba de crecer, decidió retirarse prudentemente hacia el Sur y esperar tiempos mejores. Es difícil conjeturar lo que hubiera sucedido si Pirro hubiera enfrentado a los romanos en aquel mismo momento. Puede que hubiera destruido a Roma, o podría haber sido destruido él mismo. Durante un breve periodo, Roma tuvo a su mayor enemigo casi a las puertas de su ciudad, pero no hubo un combate que decidiera la guerra.
Así que, en un mundo regido en gran parte por las supersticiones y los vaticinios, proclamar cónsul a Publio Decio Mus, nieto del primero e hijo del segundo, era una declaración de intenciones inconfundible: Presentarían una resistencia feroz contra el invasor.








