Mis imágenes de cabecera explicadas (IV): Nôtre Dame, 1804

El día 2 de diciembre de 1804, a despecho del resto de las potencias absolutistas europeas, se celebraba un acontecimiento histórico bajo las bóvedas de piedra de la catedral de Nôtre Dame de París: el cónsul de la República Francesa se convertía en Emperador de los Franceses por aclamación popular.

Napoleón Bonaparte está considerado como el personaje clave para entender el tránsito entre la Edad Moderna y la Edad Contemporánea. Su meteórica ascensión militar y política, conseguida exclusivamente gracias a su talento innato para el arte de la guerra, a su carisma para con el ejército y el pueblo y a su agudo instinto político, le llevaron desde un humilde puesto de teniente a convertirse en el general más joven de la República, y posteriormente al gobierno de la misma como Cónsul.

Mi verdadera gloria no está en haber ganado cuarenta batallas; Waterloo eclipsará el recuerdo de tantas victorias. Lo que no será borrado, lo que vivirá eternamente, es mi Código Civil.

Napoleón Bonaparte, en su exilio de Santa Elena.

Fuente: Wikipedia.

Como Cónsul de Francia, Napoleón llevó la política por fin al terreno social, impulsando un nuevo código de leyes más moderno (que hoy se sigue estudiando en Derecho como «Código Napoleónico», modelo para los códigos civiles actuales en muchos países), así como creando los Liceos para fomentar la educación. El pueblo francés -excepción hecha, claro está, de los monárquicos partidarios del regreso de los borbones- estaba encantado con el gobierno de Napoleón, y cuando se realizó un referéndum para proclamarle emperador el sí fue abrumadoramente mayoritario.

Los liberales europeos veían a Napoleón como un rayo de esperanza ante un sistema monárquico caduco, y despertaba simpatías en muchos países, aunque este acto de coronación imperial rompió los sueños de algunos de sus simpatizantes. Entre estos se encontraba el compositor alemán Ludwig van Beethoven, quien hacía poco que acababa de componer su Tercera Sinfonía, a la que había titulado Bonaparte en honor al cónsul francés. Tras conocer la noticia de la coronación de Napoleón, Beethoven tachó el nombre de Bonaparte del título de su sinfonía, tildando al corso como «un tirano más».

Así pues, puede decirse que aquel 2 de diciembre de 1804 Napoleón ganó un imperio pero perdió una sinfonía.

Napoleón (VIII): Pratzen

La batalla estaba ganada de antemano. Existía una desproporción considerable entre las fuerzas combinadas de Rusia y Austria y las del ejército francés de Napoleón. Tanto el Zar Alejandro como el Emperador Francisco estaban convencidos de que la fortuna del advenedizo emperador francés estaba por terminar aquel 2 de diciembre de 1805. Pronto toda Europa volvería a ser la misma de antes de la desgraciada revolución de 1789 en Francia.

Y para colmo, Napoleón parecía haber cometido un error táctico de bulto impropio de su talento militar, dejando expedita la colina de Pratzen en el centro del campo de batalla, para que fuera ocupada por el enemigo. Tropas aliadas habían ocupado este lugar estratégico durante la tarde y la madrugada anterior, y ahora aguardaban bajo una densa niebla mientras el resto del ejército atacaba a los franceses por los flancos, sobre todo por su flanco derecho, que ocupaba la ruta hacia Viena. Tal como los comandantes aliados esperaban, las fuerzas francesas eran débiles y no hacían más que retroceder, así que fueron reforzando el ataque enviando tropas de refuerzo desde la colina de Pratzen. Pronto habrían rodeado a los franceses y ganado aquella sencilla batalla. Entonces, sobre las nueve de la mañana, la niebla se disipó y salió el Sol.

Austerlitz-baron-PascalLos soldados aliados que ocupaban la colina de Pratzen observaron espantados cómo entre jirones de niebla aparecían miles de franceses que avanzaban decididos hacia ellos como salidos de la nada. A medida que se deshacía la niebla iban apareciendo más y más columnas de infantería francesa que aclamaban al Sol con fuertes gritos de entusiasmo.  El mismo Zar Alejandro exclamó que los soldados franceses parecían haber salido del cielo, a lo que un ayudante de campo respondió que más bien  aparecían del Infierno. Pocos minutos más tarde el centro del ejército aliado había desaparecido devorado por el avance francés, y aunque aún restaban largas horas de combates, la Batalla de Austerlitz ya estaba decidida en favor de Napoleón.

Dos días más tarde, mientras aún eran recogidos del campo de batalla los cadáveres de más de veinte mil austriacos y rusos, el Emperador Francisco I de Austria firmaba la Paz de Pressburg con las condiciones impuestas por Napoleón, perdiendo gran parte de sus posesiones en Alemania y la totalidad de Italia, incluida Venecia. El Zar Alejandro se retiró más allá de las fronteras de Rusia y ya no volvió a dirigir a un ejército en batalla. Aún le quedaban por lamentar muchas derrotas importantes contra el pequeño emperador corso, y aún debía verle ocupar el mismísimo Kremlin años más tarde.

Napoleón celebró su victoria arengando a sus tropas en el aniversario de su coronación:

Soldados: Estoy satisfecho de vosotros.

En la Batalla de Austerlitz habéis justificado todo lo que esperaba de vuestra audacia. Habéis decorado vuestras águilas con una gloria inmortal.

Una armada de cien mil hombres, comandada por los emperadores de Rusia y Austria ha sido descuartizada y dispersada en menos de cuatro horas. De este modo, la Tercera Coalición contra Francia ha sido vencida y disuelta.

Ahora la paz no puede estar lejos, pero sólo haremos esa paz cuando nos ofrezca garantías de futuro y asegure las recompensas a nuestros aliados.

Cuando obtengamos todo lo necesario para asegurar la felicidad y la prosperidad de nuestro país, yo os llevaré de vuelta a Francia. Mi pueblo os recibirá de nuevo con entusiasmo. Para cada uno de vosotros será suficiente con decir: “Yo estuve en la Batalla de Austerlitz”, y todos vuestros conciudadanos exclamarán: “Ahí va un valiente”.

Napoleón (VII): Madrid

El día 3 de diciembre de 1808 el Emperador francés Napoleón Bonaparte entraba en Madrid por el norte tras haber derrotado previamente a las defensas españolas lideradas por el general Benito San Juan en el puerto de Somosierra. Benito Pérez Galdós relata la toma de la capital de España en uno de sus Episodios Nacionales:

Suprimid con la imaginación el barrio de Salamanca y todos los jardines y palacios del costado oriental de la Castellana: figuraos aquella casi desnuda planicie poblada por numerosas tropas francesas de todas armas, con dos frentes que operaban uno contra el Retiro y la Plaza de Toros, otra contra la Veterinaria y Recoletos, y tendréis completa idea de la situación. En el centro de aquellas tropas y en lo que hoy es parte de la calle de Serrano, poco más o menos entre el jardín llamado del Pajarito y las casas de Maroto, estaba Napoleón sereno y tranquilo, montado en aquel caballejo blanco que había pateado el suelo de las principales naciones del continente; allí estaba disponiendo los movimientos de sus soldados, y sin quitarse del ojo derecho el catalejo con que alternativamente miraba ya a este punto ya al otro. Como es fácil comprender, yo no le vi en aquella ocasión; pero me lo figuraba y me lo figuro por lo que me contara quien lo vio muy de cerca; y por cierto que aquel testigo ocular observó detenidamente algunos pormenores muy curiosos de su persona, que no nombra la historia, cuales eran ciertos monosílabos o gruñiditos que emitía mientras miraba por el anteojo, un movimiento maquinal de apretarse el vientre con la mano izquierda, repentinos fruncimientos de cejas y algunas veces una sonrisa dirigida a su mayor general Berthier. Con su anteojo, su tosecilla, sus mugidos, sus golpes en la barriga, sus polvos de tabaco y sus delgadas y finas sonrisas, el ogro de Córcega nos estaba partiendo de medio a medio. (…)

Y digo esto porque la batería de la Veterinaria, después de una defensa heroica, caía en poder de los franceses, precisamente en el momento en que llegamos, refuerzo tardío, los de la puerta de los Pozos. Ya no había nada que hacer allí. ¿Podía prolongarse aún la resistencia en el Retiro? Así lo creímos en el primer momento; pero no tardamos en perder esta ilusión, porque atacado aquel sitio por treinta cañones, no tardó en entregar sus débiles tapias, que lo eran de jardín y no de fortaleza. Así es que mientras un regimiento de voluntarios y otro de ejército recibían a tiros con admirable arrojo en Recoletos a la primer columna francesa que se destacó a apoderarse de la puerta, los defensores del Retiro, faltos de recursos, de armas y de jefes, retrocedían al Prado, fiando la defensa a las barricadas de la calle de Alcalá. El momento aquél lo fue de gran pánico y de consternación; pero la verdad es que entre mucha gente apocada, la hubo también resuelta y decidida.

Napoleon.MadridPerdido al fin Recoletos, corrimos todos por la calle del Barquillo hacia la de Alcalá, y cuando llegamos, ya los franceses eran dueños del Pósito, del palacio de San Juan, y procuraban apoderarse de San Fermín y de la casa de Alcañices. Fue muy mala idea la de construir la gran barricada más arriba del Carmen Calzado, dejando al descubierto la calle delTurco y todos los edificios del extremo de aquella gran vía; así es que los imperiales, apoderáronse fácilmente de estos y abriéndose paso después por el interior a la citada calle del Turco, dominaron de tal modo la posición, que al cabo de un cuarto de hora de estéril tiroteo, vimos que era preciso buscar la nuestra un poco más arriba, entre Vallecas y el callejón de Sevilla.

Se hacía fuego tenazmente desde los balcones de ambos lados de la calle, y no había casa alguna que no fuese improvisada fortaleza, pues la tenacidad de nuestros paisanos era tanta, que no les acobardaba ver la creciente ventaja del enemigo, su inmensa fuerza y arrogancia. La población, antes indecisa, cobraba ánimos al verse invadida, y un furor parecido al del 2 de Mayo inflamaba el pecho de sus habitantes. Escenas parciales de encarnizada y cruel lucha se repetían a cada rato en las casas invadidas; batíanse con ferocidad a arma blanca los que no la tenían de fuego, y el Emperador pudo ver muy de cerca aquella enajenación popular, y aquel divino estro de la guerra, que varias veces mostró no comprender en paisanos y menos en mujeres.

Napoleón en Chamartín. Benito Pérez Galdós. Fuente: Wikisources.

Napoleón (VI): María Walewska

Durante su prolongada carrera como Emperador de los franceses, Napoleón Bonaparte puso todo su interés en asegurarse la descendencia con el fin de perpetuar su dinastía. Por entonces se suponía que el Imperio Francés debía durar siglos, y que los Bonaparte dirigirían los destinos de Europa al frente de la más poderosa de sus potencias.

Portret Marii z Łączyńskich WalewskiejEn vista de los reveses que el destino reservó al pequeño gran Emperador en los últimos años de su vida, Napoleón se hubiera sentido satisfecho de saber que su descendencia llegó hasta los tiempos actuales. Y al saber que aquellos que perpetúan su sangre son los re-re-re-tataranietos de la bella María Walewska, seguro que su espíritu esbozaría una sonrisa a medias melancólica, a medias pícara. Y es que hay gente que, por el simple hecho de nacer, ya tienen aunque sólo sea un pequeño granito de trascendencia histórica…

María Łączyńska nació en el mismo año de la Revolución Francesa, un 7 de diciembre de 1789. Su vida estaría marcada por este acontecimiento y sus consecuencias, aunque en la vieja Polonia nadie hubiera dicho que aquella muchacha de alta cuna estaba destinada a librar una batalla crucial para el futuro de su país; una batalla que la dejaría atada afectivamente de por vida a Napoleón Bonaparte, y que con ello se convertiría en la gran esperanza -y la última esperanza- polaca.

A principios del siglo XIX Polonia lo tenía fatal. Se encontraba situada entre tres grandes imperios que se repartían sus territorios: Rusia, Austria y Prusia. En 1795 las potencias dominantes en el este de Europa habían conseguido finalmente exterminar al viejo estado polaco, repartiéndose Polonia entre ellos. Eran años de mucha agitación militar, de volubles alianzas entre naciones, y la madre de todas las agitaciones se estaba produciendo en la Francia revolucionaria.

Tras vencer a finales de 1805 a la Tercera Coalición de austríacos y rusos en Austerlitz, el Emperador francés Napoleón Bonaparte era de facto el gendarme de Europa. Ahora se estaba dedicando a reorganizar políticamente a los pequeños estados alemanes no pertenecientes a Prusia en la llamada Confederación del Rin, lo cual representaba una afrenta y un peligro para el soberano prusiano Federico Guillermo III. Éste declaró la guerra a Francia promoviendo una Cuarta Coalición junto a Rusia, Suecia, Sajonia y, por supuesto, Inglaterra.

Charles Meynier - Napoleon in BerlinPero Federico Guillermo cometió un error estratégico de primer orden. Creyendo que podría vencer en solitario a los franceses, se adelantó a la batalla invadiendo en 1806 el estado de Turingia para encontrarse de cara con el ejército invencible de Napoleón. La consiguiente paliza que el Emperador francés infligió a los prusianos en Jena fue de tal calibre que Prusia desapareció de la escena política europea hasta 1813. Federico Guillermo III se vio obligado a huir, y Napoleón aprovechó la coyuntura para pasearse triunfalmente por Berlín, tal como muestra la imagen de la derecha.

El siguiente año, Napoleón vapuleó sin compasión a las fuerzas rusas y a lo poco que quedaba del ejército prusiano en las batallas de Eylau y Friedland, forzando al Zar Alejandro I a firmar una tregua. En el posterior Tratado de Tilsit, Napoleón arrancaba al Zar el control de la mayor parte de Europa del este, incluyendo casi toda Polonia, que pasaría a formar parte de un nuevo ente político conocido como el Gran Ducado de Varsovia.

Teniendo en cuenta la opresión política a la que se veían sometidos los polacos por parte de las potencias ocupantes, que durante siglos habían tratado de socavar su soberanía hasta reducirles a la nada, Napoleón se había convertido en el superhéroe del momento para los polacos. Sólo por el hecho de expulsar a los rusos, ya merecía la pena el cambio. Sin embargo, la nobleza polaca anhelaba más… anhelaba la independencia como un estado soberano cuyas fronteras fueran respetadas. El momento no podía ser mejor, y contaban con la única arma capaz de hacer mella en el -militarmente- intratable conquistador francés: una bella mujer.

María Walewska, a sus dieciocho espléndidos años, rubia, alta, ojos azules y cuerpo de ensueño, casada desde hacía poco con el conde Walewski -del que tomó el apellido y el título que llevaría el resto de su vida-, recibió el encargo de seducir al Emperador francés con el beneplácito de su esposo. Era una misión patriótica, y todo sacrificio era poco para devolver la libertad a Polonia. Aquel mismo año de 1807, mientras Napoleón amargaba la vida al monarca prusiano y al zar de Rusia, el corso conoció en una fiesta preparada por la nobleza polaca a la joven María. Desde aquel día la condesa Walewska siempre estaría cerca del corazón de Napoleón Bonaparte.

Napoleón era un genio en la batalla, pero también lo era en la seducción. Poco agraciado físicamente, todas las fuentes coinciden en señalar que era un amante atento y entregado. Las mujeres que llegaban a conocerle íntimamente quedaban siempre prendadas de las extraordinarias virtudes del Emperador en lo que concernía a las artes amatorias. María no fue menos, y profesó a Napoleón una lealtad sin condiciones hasta el mismo día de su muerte. A pesar de ello, Napoleón no correspondió a la condesa Walewska -al menos en lo que concernía a sus pretensiones políticas respecto a Polonia-, aunque siempre le tuvo un gran afecto. De su relación nació en 1810 Alexandre Walewski, quien con los años llegaría a jugar un importante papel en la política europea de mediados del siglo XIX.

A Napoleón le encantaba la dulce condesa Walewska -¿a quién le amarga un dulce?- pero como ya he dicho, se hizo el sueco con las peticiones de ésta para que otorgara la soberanía a su país, centrando su política exterior en el pacto con las potencias. Utilizó durante varios años la estrategia del palo y la zanahoria hasta que se acabó la zanahoria y se terminó dejando su ejército en una descabellada campaña en Rusia. Eso le costaría varias dolorosas derrotas y, finalmente, la abdicación y el exilio en Elba en 1813.

Incluso en aquellas difíciles circunstancias, cuando muchos de sus generales le abandonaban para enarbolar el pabellón de los borbones, la condesa Walewska estuvo junto a Napoleón, llegando a visitarle discretamente durante su exilio en Elba.

Muchos de los nobles de la  muy católica Polonia que en su día la arrojaron al adulterio consentido en brazos del Emperador francés, tras la ruina de éste, no dudaron en criticarla e incluso en difamarla. Llegaron a conocerla como la “puta polaca”; un calificativo muy injusto, toda vez que la joven condesa Walewska siempre defendió ante Napoleón la causa polaca, y siempre actuó con lealtad a sus ideales y a su amante. Dos años después del definitivo exilio de Napoleón a santa Elena, María Walewska moría en París a la temprana edad de veintiocho años, dejando tres hijos, de los cuales uno -Alexandre- conseguiría finalmente perpetuar la sangre de los Bonaparte hasta nuestros días.

Napoleón (V): Marengo

Arc Triomphe (square)En 1805, tras derrotar a los ejércitos austríaco y ruso en la batalla de Austerlitz, el Emperador Napoleón I de Francia prometió a sus hombres que volverían a casa bajo arcos triunfales. Para eso ordenó la construcción de un monumental Arco del Triunfo en París. Los avatares de la Historia, sin embargo, no hicieron posible que  los ejércitos del Emperador francés llegaran a desfilar nunca bajo el que debía convertirse en la más impresionante edificación de la capital francesa. De hecho, el monumento no se completó hasta pasados varios años de la muerte de Napleón Bonaparte.

En realidad, Napoleón fue el único militar de su tiempo que desfiló bajo este arco, y sólo lo hizo varios años después de su muerte. En 1840, el cuerpo del que fuera Emperador de Francia y conquistador de Europa, devuelto por los ingleses desde Santa Elena, fue conducido bajo el Arco del Triunfo cuando era transportado a su lugar de descanso definitivo, en la cripta de Les Invalides.

De haber podido fijarse en los detalles de esta construcción, seguro que Napoleón se hubiera maravillado como el que más con las inscripciones que decoran el interior y el exterior del monumento. No en vano, en sus paredes aparecen esculpidas todas las victorias -y alguna que otra derrota- de sus invencibles ejércitos durante los años en que el emperador dejó de ser un perfecto desconocido para convertirse en el amo de Europa.

Arc de Triomphe mg 6821Pero antes de llegar a doblegar a las potencias del Viejo Continente hubo que librar muchas batallas contra grandes ejércitos, contra muchas coaliciones de países dispuestas a aplastar a la Revolución y al nuevo Imperio. Prueba de la dureza de aquellos combates es la gran cantidad de nombres de altos oficiales, generales y mariscales que aparecen subrayados en tan gloriosas paredes, como señal de que murieron en combate, dejándose la vida en pos de la grandeur de Francia.

De entre todos aquellos generales que se dejaron la piel en la batalla, ninguno jugó un papel tan trascendental para Napoleón como Louis Charles Antoine Desaix, y pocas victorias de las talladas en los gloriosos muros del Arco del Triunfo fueron tan reñidas y ajustadas como la que el ejército francés logró el 14 de junio de 1800 en los campos piamonteses de Marengo.

Aquel 14 de junio, el flamante nuevo Cónsul de la República Napoleón Bonaparte, que seis meses antes se había hecho con el poder derribando al Directorio en el golpe de estado del 18 de Brumario, veía con desesperación cómo sus planes de arrojar a los austríacos fuera de Italia se venían abajo. Tras toda una mañana de combates, el grueso del ejército austríaco dominaba ya la mayor parte del campo de batalla, mientras el ejército francés se encontraba demasiado diseminado, ocupado en proteger sus flancos y ampliamante superado en número por el enemigo.

El resultado de esta batalla era crucial para los planes de Napoleón. Por una parte, su prestigio como general invencible estaba en riesgo, y por otra, vencer en Marengo era imprescindible para arrojar a los austríacos fuera de Italia y obtener ventajosas condiciones en el próximo tratado de paz. Aquel día, sin embargo, la cosa no pintaba nada bien. Como último recurso, Napoleón ordenó a sus reservas reforzar las posiciones del frente. Era una táctica arriesgada, ya que con ello se quedaba sin recursos en el caso de un contraataque enemigo. Entonces, cuando menos se le esperaba, apareció en el puesto de mando  francés el general Desaix, montado a lomos de su caballo y ataviado con su más elegante uniforme de gala. Sin desmontar, se acercó al caballo desde donde el Primer Cónsul de Francia observaba la batalla.

Joseph Marie DessaixNapoleón se quedó mirando cómo Desaix observaba durante un rato aquella tremenda confusión que era el campo de batalla. Desaix contemplaba la situación como si todo aquello le fuera ajeno; como si la propia batalla no fuera con él. Ni excitación, ni temor ante la inminente derrota. Desaix, por supuesto, era un noble de antigua familia. Revolucionario hasta la médula, cierto, pero noble al fin y al cabo, y bajo ninguna circunstancia permitiría que nadie de aquella chusma viera el más mínimo signo de emoción en su rostro.

-¿Cómo lo ves, Antoine? -Preguntó Napoleón.

-Fatal, excelencia. Esta batalla está totalmente perdida. Hasta un ciego se daría cuenta.

Ambos se conocían desde hacía años, y se profesaban un mutuo respeto basado en la confianza respecto a las aptitudes militares del otro. Habían combatido juntos en Egipto, y también habían pasado juntos por no pocas penalidades en aquella dura expedición. Aunque ahora Napoleón era la cabeza del estado francés, era impensable que Desaix se dirigiera a él en otro tono que no fuera el de un igual. Napoleón lo sabía, y lo aceptaba. Nunca le había gustado la pompa, y no la exigía en sus subordinados.

-¿Entonces? -Inquirió Napoleón al general Desaix.

-Bueno, sólo son las cinco de la tarde. Hemos perdido una batalla pero tenemos tiempo para ganar la siguiente. Si machacas con la artillería el centro austríaco y los entretienes lo suficiente, me arrojaré sobre ellos con los tres regimientos de la División Boudet antes de que puedan darse cuenta.

-De acuerdo, daré las órdenes oportunas. ¡Buena suerte Antoine!

Y tal como llegó, pausadamente, Desaix se marchó del puesto de mando francés con su caballo al paso, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Aquella fue la última vez que Napoleón vio a Desaix cara a cara. Unos minutos más tarde, le vio arrojarse a galope tendido, sable en mano, sobre el grueso de las líneas enemigas, seguido de cerca por sus húsares y perdiéndose entre las nubes de polvo y de humo de pólvora.

Los sorprendidos austríacos, que no esperaban los refuerzos franceses, perdieron la iniciativa de la batalla y empezaron a retroceder, acosados por todos los flancos por los hombres de Desaix, de Murat, Kellerman y Marmont. Antes de la caida de la tarde, el campo de Marengo pertenecía a Francia, y Austria era expulsada de Italia, al menos durante un tiempo. Aquel día Napoleón, en efecto, perdió una batalla y ganó otra.

Muerte de Desaix. Relieve en la peana del monumento a Desaix en Estrasburgo. Fuente: Wikimedia Commons.A Desaix le encontraron horas más tarde entre los cadáveres que sembraban el campo de batalla. Un fusilero austríaco le acertó de lleno durante una de las heroicas cargas que protagonizó aquella tarde. De esta forma, el general Desaix también se ganó un rincón en las paredes del Arco del Triunfo y la mención imperecedera de su valentía en los libros de Historia.

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