Napoleón (IV): El carnicero de Jaffa

El 25 de febrero de 1799 Napoleón Bonaparte entraba con su ejército en Gaza. Poco tiempo antes, el Imperio Otomano había declarado la guerra a Francia en respuesta a la campaña francesa de Egipto. Napoleón, por supuesto, no era persona que esperara a que sus enemigos le tomaran ventaja, así que decidió invadir Siria desde Egipto para prevenir la respuesta militar turca. Mientras tanto Inglaterra, dueña casi absoluta de los mares, no tenía en África o Asia un ejército que pudiera hacerle sombra al invencible general corso, por lo que debía limitarse a presionar políticamente al resto de potencias para que fueran ellas las que atacaran a Francia, y así lo hicieron con el Imperio Otomano.

Atravesando la península del Sinaí, el ejército francés cayó sobre Gaza, capturando a más de dos mil prisioneros turcos. En un primer momento, estos prisioneros fueron liberados bajo palabra de no volver a participar en la guerra, pero cuando Napoleón llegó a la ciudad de Jaffa y la tomó al asalto, aquellos prisioneros liberados se contaban entre los defensores de la ciudad.

En el asalto francés a Jaffa la ciudad quedó convertida en un cementerio. Los soldados franceses asesinaron a bayonetazos a muchos de los turcos que pretendían rendirse y luego organizaron una verdadera masacre con la población civil, entregándose al pillaje y a la violación. Al final, cuatro mil turcos supervivientes eran prisioneros de las tropas francesas; muchos de ellos por segunda vez.

En un terreno hostil y desértico, Napoleón se vio encerrado en una situación aparentemente sin salida. Ni tenía alimentos para mantener prisioneros a estos hombres, ni podía arriesgarse tan lejos de su base en Egipto a liberarlos para que volvieran a engrosar las filas otomanas. Junto con su alto mando, tomó una decisión que, a la postre, sólo le reportaría la condena y el oprobio por parte del mundo civilizado: Napoleón Bonaparte ordenó que se fusilara a los cuatro mil prisioneros turcos capturados en Jaffa.

Muchos siglos antes, otro europeo se había encontrado con una situación parecida, casi en el mismo lugar, y la había solucionado de igual forma. Su nombre era Ricardo, aunque sus hombres le conocían como Corazón de León. Tras tomar Acre durante la Tercera Cruzada, unos tres mil soldados musulmanes habían caído prisioneros de los cruzados. Ricardo trató de intercambiar a estos prisioneros por la reliquia sagrada de la Vera Cruz, pero Saladino sabía muy bien el brete que le suponía a los cruzados mantener tal número de prisioneros, así que esperó. Desesperado por el transcurrir del tiempo y por los capotazos diplomáticos de su enemigo, Ricardo tomó la drástica decisión de ejecutar a los prisioneros. Este hecho tuvo dos efectos inmediatos: la repulsa por parte de propios y ajenos -sobre todo de los ajenos-, y que a partir de ese momento sus enemigos resistirían hasta la muerte en lugar de rendirse, ya que no podían esperar clemencia por parte de los cruzados. Saladino, a pesar de perder aquellos tres mil hombres, se salió con la suya, y Ricardo se volvió a Europa sin llegar a ver siquiera las murallas de Jerusalén.

Y Napoleón, por lo visto, no aprendió de las lecciones de la Historia, por lo menos en esta ocasión. Tras fusilar a aquellos cuatro mil prisioneros, los ingleses se encargaron con mucho gusto de difundir la atrocidad cometida por el mundo entero, comparando a Bonaparte con un sanguinario ogro y contribuyendo así a la leyenda negra de Napoleón, que iba a perdurar durante muchos años. Desde entonces, Napoleón Bonaparte sería conocido como “Bony el Ogro” por sus enemigos. No se si entonces obviarían la lógica comparación con las andanzas del legendario e idolatrado monarca inglés por aquellos mismos lares, pero supongo que sí.

Napoleón visita a los enfermos de peste en Jaffa.De forma más inmediata, el general Bonaparte pudo comprobar los perniciosos efectos de su bárbaro crimen. Cuando puso bajo asedio a la ciudad costera de Acre (la misma donde Ricardo Corazón de León cometió su matanza durante las cruzadas), los turcos la defendieron con una tenacidad inquebrantable. Nadie quería verse prisionero de aquellos sanguinarios franceses. Tras un asedio de varias semanas e incesantes combates -incluyendo alguna importante victoria francesa como la del Monte Tabor-, Napoleón hubo de renunciar a tomar la ciudad fortficada de Acre y regresó a Egipto, donde le esperaba la Peste Negra y un ejército turco recién trasladado por los ingleses en sus barcos y desembarcado en Abukir.

No existe justificación para la atrocidad cometida por Napoleón Bonaparte en Jaffa. Es muy dudoso que esta matanza hubiera sido perpetrada  si los prisioneros hubieran sido europeos occidentales en lugar de turcos. En muchas ocasiones, antes y después de Jaffa, los ejércitos de Napoleón capturaron centenares, millares de enemigos en diferentes batallas, pero no existe constancia de un hecho similar a éste en todas las guerras napoleónicas, el más oscuro y vergonzoso de la vida del gran conquistador corso.

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Napoleón (III): El puente de Arcole

La tablazón de cubierta de la fragata Muiron crujía al tiempo que la nave cabeceaba sobre el suave oleaje. El viaje estaba siendo plácido y sin contratiempos, a pesar de estar finalizando el verano de 1799 y ser aquella una época del año propicia para las tormentas, y a pesar de que la flota británica se había enseñoreado de las aguas del Mediterráneo, haciendo peligrosa la travesía para un buque de guerra francés como la Muiron.

En cubierta, el general Bonaparte miraba al pensativo al horizonte mientras daba cortos paseos por el alcázar. Todas sus miradas se dirigían hacia la proa del barco, hacia su destino inminente. Superado el bloqueo naval inglés en las costas egipcias, la nave enfilaba ahora el rumbo norte para dirigirse hacia Francia. Por suerte, la Muiron se había salvado del desastre de Abukir, donde el maldito Nelson había destrozado a los barcos franceses uno a uno, hasta dejar al victorioso ejército francés varado en Oriente y sin posibilidad de recibir refuerzos o suministros. Había algo de justicia poética en que la Muiron estuviese allí para rescatar a Napoléón y devolverlo a Francia. De haberse quedado en Egipto, es probable que el afamado general Bonaparte hubiera pasado unos cuantos años encerrado en una prisión inglesa, y su brillante carrera habría terminado en aquel nido de chinches.

Muiron… Napoleón no podía dejar de recordar con afecto a su antiguo ayudante de campo Jean-Baptiste Muiron, ni las grandes gestas que entre los dos protagonizaron cuando aún se sentían jóvenes y los horrores de las guerras no habían hecho mella en sus conciencias. Le había conocido en el sitio de Tolón, cuando ambos buscaban con desesperación la gloria y la fama en la batalla, aun a riesgo de sus propias vidas. Desde entonces siempre habían estado juntos. Juntos aplastaron la revuelta de los realistas en París, y juntos marcharon hacia Italia a llevar la guerra a los austríacos en su propio terreno.

Durante todo aquel año de 1796, el mismo ejército francés que Napoleón encontró en Niza desarmado, desanimado y hambriento avanzó como una apisonadora sobre el Piamonte y Lombardía, poniendo en fuga a unos sorprendidos austríacos poco acostumbrados a las novedosas y agresivas tácticas del joven general Bonaparte. Napoleón había ofrecido a sus hombres la única paga que podía darles: el botín de las victorias; pero para eso primero había que ganar batallas y conquistar ciudades. A medida que avanzaba la campaña italiana, los hombres del ejército francés recuperaban el ánimo y aumentaba en ellos la confianza en su nuevo mando, pero a pesar de todo, Napoleón no dejaba de ser para ellos un advenedizo, un joven general distinguido en combate pero que aún tenía que demostrar que era digno de los hombres a los que comandaba.

Y fue avanzando el año, y fueron cayendo una a una las ciudades italianas: Genova, Montenotte, Dego, Piacenza, Milán, Mantua… Abandonadas el Piamonte y Lombardía, los austríacos trataban de hacerse fuertes en la región del Veneto, aprovechando los accidentes del terreno para tratar de parar al ejército de Napoleón. Así fue como el 15 de noviembre de 1796 se los encontró atrincherados en la orilla oriental del río Alpone, donde gran cantidad de infantería y artillería austriaca defendía un puente de madera que conducía a la cercana ciudad de Arcole.

Nadie sabrá nunca porqué una persona tan calculadora como Napoleón Bonaparte hizo lo que hizo aquel día en el puente de Arcole. Puede que estuviera desesperado por no recibir desde hacía días ninguna carta de su amada esposa Josephine. Puede que -las noticias vuelan- se hubiera enterado de los trajines que ésta se traía en París con un jovencísimo teniente de húsares. Puede que simplemente le picaran los pies por culpa de las botas. Lo que sí es cierto es que hay personas que han nacido para triunfar, incluso en la más arriesgada y trágica de las derrotas, y Napoleón fue siempre el mejor ejemplo de este tipo de personas. Aquel día, en aquel puente, lo iba a demostrar.

Agazapado entre la maleza, Napoleón no era ajeno a la inquietud que crecía entre sus filas. Las negras bocas de aquellos cañones austriacos tan cercanos no podían dejar indiferente a nadie, por no hablar de los cientos de fusileros dispuestos a dejar como un colador a cualquiera que se atreviera a cruzar el puente. Había que tomar una decisión, correcta o equivocada, porque nunca ha habido nada peor que un mando indeciso. Napoleón cogió la bandera tricolor del regimiento de granaderos que le acompañaba, y gritando con todas sus fuerzas -¡A la caaaargaaaa!- echó a correr como un salvaje hacia el puente.

Tan horrorizado como enardecido, Jean-Baptiste Muiron corrió detrás de su general, mientras el resto de la sorprendida tropa avanzaba hacia el puente detrás de ellos. Al otro lado del río, los austríacos empezaron a organizarse en líneas de tiradores para batir al enemigo. Cuando el general Bonaparte había llegado a la mitad del puente empezaron las descargas de fusilería austríacas. Cientos de balas de mosquete zumbaban alrededor de Napoleón, Muiron y los granaderos que cargaban. Muchos eran alcanzados, y algunos caían desde el puente a las frías aguas del río Alpone. A pesar de todo, los hombres siguieron intentando tomar la orilla opuesta del río, envalentonados por el absoluto desprecio hacia su propia vida del que hacía gala su general, que seguía ondeando la bandera tricolor y animando a la carga con sus gritos. Junto a él, con el sable en la mano, estaba su fiel Muiron, dispuesto a acompañar a Bonaparte al mismísimo infierno, si allí era donde quería dirigirse.

Napoleón en el puente de Arcole, por Horace Vernet.

Tras las primeras descargas hubo una breve tregua en la que los disparos dejaron de ser tan intensos. La plataforma de madera del puente estaba roja y resbaladiza por la sangre y cubierta de cadáveres y heridos. Los tiradores de élite austríacos, con orden de fuego a discreción, disparaban con mortal precisión sobre el enemigo, abatiendo a muchos de los que aún cargaban con intención de cruzar el puente. Muiron vio cómo uno de ellos apuntaba hacia el general Bonaparte y no se lo pensó dos veces: dando un salto, se interpuso entre la bala y su general, parándola con el corazón.

Napoleón se dio cuenta de que haría falta algo más que coraje para atravesar aquellas defensas, y arrastrando él mismo el cuerpo inerte de Muiron, ordenó la retirada de sus hombres hacia la seguridad de la maleza.

-Juro que algún día arrasaré Viena por esto- Se dijo a sí mismo Bonaparte. Varios hombres se hicieron cargo del cadáver de Muiron, mientras el general se irguió por última vez desafiante sobre el puente de Arcole. Algunas balas austríacas seguían buscando carne que herir, y de cuando en cuando, un estruendoso cañonazo amenazaba con destrozar el puente, levantando astillas del suelo. Finalmente se dio la vuelta y regresó a la orilla occidental caminando con altivez, sin importarle que una de aquellas balas pudiera acabar con él por la espalda.

Pero aquel día ninguna bala y ninguna astilla hirió al general Napoleón Bonaparte. Cuando llegó al campamento francés de lo único que podía quejarse era de cansancio y de su lustroso uniforme manchado de sangre amiga. Sus hombres, por contra, no tenían motivo alguna de queja respecto a su general. Todos reconocían que se había batido con un valor ilimitado, como un pequeño cabo enardecido por el combate. La voz corrió como la pólvora por todos los ejércitos franceses y por toda Francia: El general Bonaparte, además de ser un estratega competente y el conquistador de Italia, era un héroe, y un hermano de sangre con sus hombres. Nunca una derrota fue tan provechosa para un general derrotado como aquella del 15 de noviembre de 1796 sobre las tablas del puente de Arcole.

Al bueno de Muiron le aguardaban dos metros cuadrados de tierra italiana y el agradecimiento del general Bonaparte, que bautizó una fragata con su nombre en recuerdo de su leal ayudante de campo. A Napoleón, por su parte, le aguardaban años de aventuras, docenas de victoriosas batallas y la gloria eterna de los grandes conquistadores.

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Napoleón (II): Realistas en París

Parece que el tiempo no ha pasado por la fachada de la iglesia de San Roque de París. La vida por la calle Saint Honoré transcurre con las prisas propias de la capital francesa. Todo lo demás ha cambiado: la calzada, los edificios adyacentes, el tránsito de vehículos, las ropas de la gente… Sólo la iglesia permanece como testigo mudo de unos acontecimientos que en 1795 estuvieron a punto de acabar con la Revolución Francesa y su gobierno.

En septiembre de 1795 se promulgó una nueva constitución para francia -la tercera, después de las de 1791 y 1793- con la esperanza de acabar con los horrores provocados por los revolucionarios extremistas jacobinos y su reinado del terror. Se suprimió el sufragio universal, favoreciendo con ello la formación de una Convención más derechista y moderada. En el sur de Francia, la Convención había expulsado por fin a ingleses y españoles, aplastando la rebelión tolonesa con la ayuda inestimable de un joven oficial muy prometedor: Napoleón Bonaparte. Podría parecer que con esto se conjuraba uno de los mayores peligros para la Francia revolucionaria, pero no era así. A la República aún le quedaba por superar su mayor desafío en las mismas calles de París.

Napoleón había regresado a París con el rango de general de brigada -cuando había salido de allí sólo un año antes como un simple capitán-, aunque estuvo a punto de caer en desgracia durante la depuración que la Convención hizo de todos los elementos jacobinos. Incluso estuvo preso durante dos semanas, mientras el nuevo gobierno decidía qué hacer con él. Posiblemente su valerosa actuación en Tolón y el hecho de que la República necesitaba héroes del pueblo habían hecho más para salvarle que ninguno de los argumentos que el joven Napoleón pudiera esgrimir en su defensa. En realidad, Napoleón sí era simpatizante de los jacobinos, pero lo era aún más del orden social.

Así que, a mediados de 1795, Napoleón volvía a languidecer en la capital francesa a la espera de un destino militar que le permitiera demostrar sus magníficas dotes de táctico y estratega. Mientras tanto, una conspiración en la sombra se fraguaba contra la República: Miles de partidarios de la monarquía y de damnificados por los excesos revolucionarios se escondían en París, esperando el momento propicio para derrocar al gobierno. Durante todo el año, la República se había estado enfrentado a las sublevaciones realistas en diferentes puntos de la geografía francesa, desbaratando incluso un intento de desembarco de emigrados armados en el noroeste, cerca de Normandía.

Y por fin, a principios de octubre de 1795, en el mes de vendimiario del año III según el calendario revolucionario, el conde de Artois -que años más tarde reinaría en francia con el nombre de Carlos X- desembarcó en las costas de la levantisca y pro-realista región de la Vendée con una pequeña fuerza de exiliados e ingleses. La figura del conde de Artois era suficiente para justificar que existía un gobierno provisional realista en Francia, así que se dio la consigna para que los realistas apostados en París se levantaran y trataran de derribar a la Convención. Entre ellos se encontraba todo un cuerpo de la Guardia Nacional Francesa, un cuerpo creado para mantener el orden revolucionario y que ahora estaba bajo control de los realistas. En total, unos 30.000 enemigos armados se concentraban a sólo unos cientos de metros del palacio de Las Tullerías, sede del gobierno republicano.

Por su parte, la Convención se encerró en sus salas de reuniones con el compromiso de no abandonarlas hasta que la crisis hubiera sido solventada, y ordenó que se formaran tres batallones de patriotas, con lo que pudo reunir a unos 5.000 hombres bajo el mando del general Menou. En aquellas circunstancias, conservar la capital iba a convertirse en una tarea casi imposible, ya que el enemigo superaba ampliamente en número a los republicanos. Para colmo, Menou se dejó atrás los 40 cañones de que disponía para no verse impedido en sus movimientos y adelantarse a los realistas. Hasta la llegada de Napoleón, los altos mandos militares nunca habían considerado a la artillería como un arma decisiva en la guerra, pero eso iba a cambiar muy pronto.

En la noche entre el 12 y el 13 de vendimiario (5 de octubre de 1795) las calles de París se iban a convertir en un campo de batalla. Menou trató de apaciguar a los realistas, cosa que estos tomaron como un signo de debilidad. El resultado fue que los realistas indecisos se envalentonaron, y al final Menou se vio obligado a efectuar una carga de caballería para despejar la calle de Faubourg-Montmartre. La Convención, convencida de que Menou no podría lidiar con los realistas, transfirió el mando a Barras. Éste por su parte se dio cuenta rápidamente de que la persona más indicada para dirigir la defensa de la Convención era un joven general que había acudido a las cercanías del palacio al estallar la revuelta para interesarse por la situación: Napoleón Bonaparte.

Bombardeo de la iglesias de San Roque el 13 de vendimiario.Napoleón, una vez recibido el mando, ordenó a Murat llevar los cañones “olvidados” por Menou desde los cuarteles de Les Sablons hasta las inmediaciones de Las Tullerías, y los colocó estratégicamente para proteger el perímetro que estaba encargado de defender de los inminentes ataques realistas. Cuando el enemigo empezó a cargar en oleadas cada vez mayores sobre la Convención se encontró con una muralla infranqueable de fusilería, artillería y caballería combinadas. Napoleón dirigió a las tropas para conseguir lo nunca visto en un combate urbano. Durante varias horas rechazó los ataques de los insurrectos, al tiempo que conseguía embolsar a cientos de realistas entre las angostas calles del centro parisino. Uno de los lugares donde el combate fue más encarnizado estaba delante de la iglesia de San Roque, en la calle Saint Honoré, muy cerca del palacio de Las Tullerías. Allí fueron embolsados cientos de realistas y cañoneados sin miramientos. Para este menester se habían cargado los cañones con metralla, mucho más efectivas contra grupos de personas que las bolas de hierro.

Esta metralla tuvo un efecto devastador sobre los sublevados. A la mañana siguiente, cientos de cadáveres sembraban las calles de París, mientras los realistas supervivientes eran apresados o buscaban desesperadamente un agujero profundo donde esconderse. La disciplina militar, combinada con el talento táctico del joven general Napoleón, habían salvado a la República Francesa de uno de sus más arriesgados trances. El conde de Artois se retiró de las costas francesas el mes siguiente, dada la imposiblidad de hacerse con el poder por las armas ante una República fortalecida por los sucesos de París.

Napoleón, aclamado como un héroe nacional, fue rápidamente ascendido a General de División, mientras su promotor Barrás se alzaba al poder en el nuevo gobierno encargado de mantener el orden en Francia: el Directorio. Ahora Napoleón era realmente famoso, y no podía contar con mejor padrino para satisfacer sus ambiciones militares.

Este pasaje está plasmado de una forma brillante en la miniserie Napoleón, protagonizada por Cristian Clavier en el papel de Napoleón. Una de mis series históricas favoritas que recomiendo a los lectores. Aquí os dejo el video de la lucha contra los realistas en París, tomado de esta serie:

Napoleón (I): Tolón

Con esta entrada doy comienzo a un ciclo sobre la figura histórica más trascendental del siglo XIX. Napoleón ha sido uno de los personajes más influyentes de la Historia humana, y de no haber existido, es dudoso que los logros de la Revolución Francesa hubieran podido traspasar las fronteras de Francia para extenderse al resto de Europa; posiblemente, la Edad Contemporánea hubiera sido muy distinta sin él.

Sobre Napoleón se han vertido verdaderos ríos de tinta y extensísimas tesis y ensayos donde reputados autores interpretan casi cada pasaje de su vida, sus intenciones y sus sentimientos. Para unos fue el legendario libertador de Europa; para otros, un asesino que llevó a Europa a la ruina. Posiblemente tuviera algo de ambas cosas, pero de lo que no cabe duda es de que todo lo logró por méritos propios, aprovechando al máximo sus capacidades, su inteligencia y su visión política y estratégica.

Pero como casi todo el mundo, Napoleón tuvo sus humildes principios. Corso de nacimiento, de origenes independentistas y antifranceses, su padre -que por lo visto era seguidor de aquello de “si no puedes con tu enemigo, únete a él”- le envió en 1779, con sólo 10 años, a la escuela militar del pequeño pueblo de Brienne-le-Château, en el norte de Francia. Allí las pasó canutas, porque además de ser prácticamente un extranjero, también era rechazado por sus compañeros debido a su carácter introvertido. Gracias a su extraordinaria inteligencia y a su tesón en el estudio, se graduó cinco años después con buenas calificaciones, lo que le permitió matricularse en la Escuela Militar de París. En 1785, a los dieciséis años, Napoleón ya era un prometedor segundo teniente de artillería.

La especialidad de Napoleón era el cálculo matemático, la resolución de ecuaciones y la geografía, el conocimiento exhaustivo del terreno. Esto le daba una evidente ventaja en su puesto como artillero. En 1789, pocos años después de graduarse, estallaba la Revolución Francesa, y con ella una serie de interminables conflictos armados donde las alianzas entre naciones europeas se formaban y se rompían de un año para otro. El futuro de Napoleón no se decidiría entre oficinas y cortesanos, sino en los campos de batalla.

La España de aquella época  era uno de esos países que se debatían entre los tratados de amistad con Francia y las guerras territoriales contra el país galo. Cuando los republicanos franceses de la Convención guillotinaron a Luis XVI a principios de 1793, las monarquías europeas declararon la guerra a Francia conjuntamente en lo que la historiografía llama la “Primera Coalición“. Declarado el estado de guerra, España invadió la región del Rosellón, con intención de anexionarse este territorio que un siglo antes había pertenecido a España. Mientras tanto, los mandos de la flota francesa amarrada en el puerto de Tolón se rebelaron contra la República francesa y enarbolaron la bandera borbónica, proclamando rey de Francia a Luis XVII.

Esto se convirtió en un problema de primer orden para la República ya que, con el Rosellón invadido por España y el puerto de Tolón tomado por los realistas, Francia podía perder su salida al Mediterráneo, gran parte de su flota e incluso la legitimidad como gobierno, al haberse instaurado un gobierno alternativo por parte de los rebeldes. Con la Revolución puesta en jaque, la Convención tuvo que apostar el resto, y enviar a un gran cuerpo de ejército hasta Tolón para reconquistar la ciudad. Otras ciudades, como Marsella o Nimes, también se rebelaron contra la Convención, pero estas rebeliones fueron rápidamente aplastadas, y las ciudades rebeldes fueron sometidas a una terrible represión por parte de los republicanos.

Los sublevados de Tolón se dieron cuenta de que no podrían resistir por sí solos el avance de la Convención sobre ellos, y pidieron ayuda a los países aliados en guerra contra Francia, principalmente a España e Inglaterra. Ambos países enviaron a sus flotas para apoyar a los toloneses. En agosto de 1794, el puerto de Tolón ofrecía un espectáculo incomparable: Las naves inglesas y españolas, algunas de las cuales se batirían hasta la muerte once años más tarde en Trafalgar, permanecían fondeadas juntas, luchando por una causa común. Allí estaban el almirante Lángara, Gravina, Escaño…, los navíos San Hermegildo, San Leandro, San Rafael, San Juan Nepomuceno y muchos otros, junto a las naves del almirante Samuel Hood, bajo cuyo mando se encontraba, entre otros muchos buques, el Agamenón, comandado por un tal Horatio Nelson.

El joven capitán Napoleón Bonaparte vio clara la situación en cuanto llegó con el ejército revolucionario a las inmediaciones de Tolón. El objetivo principal debía consistir en cortar los suministros del enemigo por mar, y para ello debían tomar alguna de las alturas que dominaban la ciudad y el puerto. Por desgracia, sus mandos no eran tan decididos como él, y no compartían su visión de un ataque veloz y decisivo. Por este motivo fracasaron los planes iniciales de hacerse con alguno de los fuertes elevados. Al final, Napoleón consiguió consquistar una de esas colinas, y desde ella empezó a bombardear la ciudad.

A pesar de los intentos de los aliados por recuperar aquella colina, los republicanos consiguieron conservar la posición y, más adelante, Napoleón concibió un plan para tomar la principal de las fortificaciones elevadas aliadas. Tras un enfurecido combate nocturno, los republicanos consiguieron tomar el fuerte, con lo que el bombardeo sobre Tolón se recrudeció y los aliados dieron finalmente por perdida la ciudad.

Napoleón llegó a Tolón como capitán, pero su valor y determinación en el combate le hicieron salir de allí como brigadier general (o general de brigada), después de ser ascendido en tres ocasiones. Fue un espectacular ascenso que iba a abrirle numerosas puertas poco más adelante, tanto en su carrera militar como en su carrera amorosa, ya que su nuevo rango militar también le abriría las puertas de la casa de Josefina de Beauharnais, una mujer muy influyente en la vida social y política parisina con quien compartiría los años más trepidantes de su vida.

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Efemerides: Muerte en el Cabo de Finisterre

En 1805, Napoleón sólo tenía una cosa en la cabeza: Invadir Inglaterra. Sin embargo, el emperador francés era un tipo realista, y sabía bien que, si quería tener una mínima posibilidad de llevar a cabo su empresa con éxito, antes había que quitar de en medio a la imponente flota inglesa; sobre todo a ese engreido de Nelson, que ya se la había jugado varias veces.

Battle of Cape FinisterrePor eso, y aunque Napoleón había reunido una flota enorme combinando las armadas española y francesa, sus planes de invasión de la Pérfida Albión tenían que pasar necesariamente por una maniobra de distracción: Haría creer a los casacones que pretendía llevar la guerra a las Antillas, comprometiendo el comercio inglés con América, para que la flota inglesa cruzara el Atlántico y, a ser posible, que se quedara toda allí, o al menos una buena parte.

Por fortuna para los ingleses (que nunca podrán agradecer todo lo que le deben al genial tuerto y manco de Nelson), éste no se dejó engañar por tan burda treta, y tan pronto como llegó al Caribe y supo que el almirante Villeneuve había puesto de nuevo proa hacia Europa, reunió a sus buques y se lanzó en su persecución.

Vamos a dejar una cosa clara: A Napoleón la guerra en el mar se la traía al fresco. Él era hombre de tierra, de artillería, de estrategia sobre terreno firme, y ahí no había quien le hiciera sombra. Napoleón sólo quería a la flota para que le apoyara en el cruce de sus hombres por el Canal de la Mancha. Aparte de eso, el destino de los barcos le daba exactamente igual.

Así que ahí tenemos a Villeneuve, un almirante sin experiencia, que pretende llevar a la flota hasta Boulogne-sur-Mer, seguido más o menos de cerca por Nelson. Puede, y sólo digo puede, que si hubiera conseguido llegar a la costa francesa sin contratiempo y buenos vientos, y si Nelson hubiera tenido mala suerte por el camino de regreso a Europa, la Historia tal como la conocemos hubiese sido muy distinta. Puede que de haber sido así, Napoleón hubiese conseguido poner a unos cuantos miles de hombres en la costa inglesa, con resultados imprevisibles.

Sin embargo, no sucedió así. A la vuelta de la esquina, agazapado en el Golfo de Vizcaya, le esperaba otro viejo lobo de mar inglés: el vice-almirante Robert Calder. Cuando tuvo noticias de que los pesados y lentos buques de linea francoespañoles subían por la costa dando bordadas contra el viento en contra, reunió a los buques de su flota que estaban bloqueando los puertos españoles y franceses y se dirigió a su encuentro. El día 22 de julio de 1805, la flota de Calder se encontró con la de Villeneuve frente al Cabo de Finisterre.

La batalla, para variar, supuso una humillante derrota para la escuadra francoespañola. Los más profesionales marinos ingleses apuntaban mejor, disparaban más rápido, y sobre todo estaban mucho mejor motivados por una paga decente y una disciplina de hierro. Al finalizar el combate, dos buques que habían sido españoles ondeaban la bandera de la Union Jack, y 476 marineros nunca llegarían a puerto para contarlo. En comparación, las bajas inglesas fueron ridículas: 39 muertos.

Lo cierto es que nadie se atribuye mérito alguno por esta batalla. Está claro que los españoles y franceses resultaron claramente vapuleados en el encuentro, pero es que para los ingleses, al menos para las empolvadas pelucas del Almirantazgo, Calder no tuvo una actuación brillante. Su estrategia de conservar las fuerzas tras el primer encuentro en lugar de emprender una acción más agresiva le costó el puesto y una fuerte reprimenda. Nadie supo ver en aquel momento que había desbaratado el mayor peligro de la historia de Inglaterra desde la Armada Invencible. ¡Pobre Calder!

En cuanto a la flota combinada, se dirigió a uno de los pocos puertos que podía acoger a semejante aglomeración de barcos: Cádiz. Allí les pillaría Nelson con el carrito de los helados, y quedarían bloqueados hasta que, en un ataque de testosterona mezclada con mieditis a la guillotina, Villeneuve salió a enfrentarse a Nelson en lo que se llamó la Batalla de Trafalgar.

Napoleón… A Napoleón cualquiera diría que le quitaron un peso de encima. Cogió a su gigantesco ejército que estaba acampado en el Norte de Francia y se lo llevó a darle un soberano sopapo a austriacos y rusos en Austerlitz. Un acierto, porque con ello se aseguró el dominio de Europa durante casi una década.