Mis imágenes de cabecera explicadas (IX): Trois Glorieuses

Parecía en 1830 que los tiempos de las revoluciones en Francia habían terminado. La aventura militar del emperador Napoleón Bonaparte contra el resto del mundo había dado como resultado la restauración de los borbones en la persona de Luis XVIII, hermano del decapitado Luis XVI.

Retrato de Luis XVIII. Origen: Wikimedia Commons.

Luis XVIII había pasado todos aquellos años convulsos entre 1791 y 1814 en el exilio, amparado por las monarquías europeas que renegaban tanto de los revolucionarios republicanos como del usurpador Bonaparte, y que esperaban una oportunidad para colocar en el trono a un representante de la familia reinante tradicional que restaurara el régimen absolutista en Francia.

Así que la caída de Napoleón y su exilio forzoso a la isla de Elba propició la llegada al trono de Luis XVIII, donde se mantuvo hasta su muerte en 1824 (excepción hecha de los famosos cien días transcurridos entre el regreso de Napoleón desde Elba en 1815 y la batalla de Waterloo, donde fue definitivamente derrotado). Sin embargo, las circunstancias habían cambiado: Francia ya no sería nunca más la de antes de la Revolución de 1789, y el camaleónico primer ministro Talleyrand, heredado del anterior gobierno de Napoleón, convenció al nuevo rey para promulgar la Carta de 1814, en la que se adoptaba un sistema parlamentario bicameral que por lo menos mantenía la ilusión de la representación popular en el gobierno de la nación.

Retrato de Carlos X. Origen: Wikimedia Commons.

A partir de 1824, Carlos X, hermano menor de Luis XVIII (y por lo tanto, hermano también de Luis XVI), asumió el trono de una Francia en la que todo parecía atado y bien atado. Carlos había sido durante años el instigador del Terror Blanco durante el reinado de su hermano, y carecía del talante conciliador de Luis XVIII, que permitió el perdón de los bonapartistas y revolucionarios. Carlos asumió el trono, pero no los compromisos sociales que éste conllevaba.

El sistema bicameral permitía que la nueva clase burguesa tuviera cierta representación en el gobierno del país. Aunque los pares de la Cámara Alta eran nombrados por el Rey y la dignidad del título de par era hereditaria, los diputados de la Cámara Baja eran elegidos por sufragio censitario cada siete años. Carlos X basó su reinado en el fraude electoral y en el debilitamiento de las cámaras, promulgando leyes destinadas a incrementar su poder y a represaliar a los elementos liberales y revolucionarios.

Pero en 1830 ya no se pudo ocultar más la abrumadora mayoría liberal en las elecciones al Congreso de los Diputados, y Carlos X tomó la decisión de disolver la recién elegida cámara y promulgar una serie de decretos que limitaban la libertad de prensa y restringían aún más los poderes de los diputados. Eso, unido a la severa crisis económica y la hambruna que azotaba a Francia desde hacía años, hizo que el pueblo se echara a la calle durante los días 27, 28 y 29 de julio, conocidos por la historia como les trois glorieuses; los tres días gloriosos durante los cuales el pueblo se enfrentó a la tiranía, enfrentándose al ejército real y derrocando a Carlos X, que se vio forzado a exiliarse.

La Libertad guiando al Pueblo, obra de Eugène Delacroix. Origen: Wikimedia Commons.

La imagen de cabecera que ilustra esta entrada pertenece al cuadro La Libertad guiando al pueblo, de Eugène Delacroix, una obra alegórica sobre los sucesos de julio de 1830 que suele ser erróneamente relacionada con la Revolución Francesa, pero que en realidad pertenece a una época y unos hechos bien distintos.

Mis imágenes de cabecera (VIII): Trang Bang, 1972

La mañana del 8 de junio de 1972 se produjo uno de tantos miles de crímenes contra la humanidad que sazonan todos los conflictos bélicos de la historia. Aquel día, un bombardero Douglas A-1 Skyraider sudvietnamita dejó caer sobre la aldea de Trang Bang toda su munición de bombas explosivas e incendiarias. Para entonces, todos los combatientes se habían retirado de la zona, incluyendo las fuerzas norvietnamitas. En Trang Bang sólo quedaban los aldeanos, acorralados entre los contendientes, que fueron al final los que sufrieron lo peor del bombardeo.

Cuando la cortina de fuego provocada por el ataque cesó, un pequeño grupo de civiles supervivientes salió huyendo de la aldea. La mayor parte de ellos eran niños, aunque también había madres que llevaban en brazos a sus bebés calcinados por aquella mierda inflamable y pegajosa creada en la universidad de Harvard para mayor gloria de los Estados Unidos de América: el napalm.

Para desgracia de los autores intelectuales y materiales de este nuevo crimen, esa mañana se encontraba cerca de la aldea el fotógrafo Nick Ut, que inmortalizó el inmenso sufrimiento de unos niños achicharrados y aterrorizados que escapaban como podían del infierno en el que se habían convertido sus casas. La pequeña Kim Phuc, desnuda tras arrancarse sus ropas en llamas, quemada, llorando, se convirtió en un icono del antibelicismo para el mundo entero, mientras el autor de la foto obtenía el premio Pulitzer por su puntería al retratar el horror de la guerra en toda su crudeza.

Fotografía de Nick Ut tras el bombadeo de la aldea de Trang Bang.

Por cierto, cabe señalar que la mayor parte de los impedimentos para publicar esta fotografía en los Estados Unidos se centraron en el desnudo de la niña, y no en los efectos del bombardeo indiscriminado contra civiles. En ese tenebroso aspecto de la moral estadounidense, no creo que la cosa haya cambiado mucho desde entonces.

Para finalizar esta entrada no podía dejar de insertar el vídeo del ataque, que cuarenta años más tarde sigue inspirando las mismas náuseas que cuando se filmó.

A vista de pájaro: Meteor Crater


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Hace 50.000 años no existían hombres en Norteamérica. En África y en Europa vivía el hombre de Neanderthal, y el Homo Sapiens tan solo había empezado a asomar desde Próximo Oriente, buscando las tierras templadas del norte.

La amplia llanura de Arizona era más parecida a una sabana moteada aquí y allá con pequeños bosques donde vivía la megafauna: grandes herbívoros como el Mamut peludo o el perezoso terrestre, no muy distinta a la de la película de animación Ice Age. Ellos fueron los únicos testigos de un acontecimiento excepcional que marcaría la orografía de la zona hasta la actualidad.

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Éste es el fragmento de meteorito de mayor tamaño encontrado en Meteor Cráter, lo que da una idea de la energía liberada por el impacto, que vaporizó la práctica totalidad del asteroide original.

Un meteorito compuesto por níquel y hierro, resto tal vez de alguna remota colisión en el espacio que destruyó un gran asteroide o una pequeña luna, cayó de repente sobre la llanura americana, provocando una hecatombe como no se había visto desde los tiempos de las grandes extinciones, hace millones de años. Aunque su tamaño era sólo de unos 50 metros, su gran masa y su extraordinaria velocidad, de más de doce kilómetros por segundo, desencadenaron una liberación de energía equivalente a una bomba termonuclear de 10 megatones. Nada en un radio de varios kilómetros alrededor de la colisión pudo sobrevivir, e incluso el mismo asteroide quedó casi totalmente vaporizado en el impacto, desapareciendo y dejando sólo su huella en forma de profundo cráter.

No sería hasta principios del siglo XX que algunos científicos especularían sobre el origen extraterrestre de Meteor Crater, anteriormente atribuido a la actividad volcánica, aunque la comunidad científica se mantuvo reluctante a aceptar estas teorías hasta los años 60 en que serían confirmadas por el geólogo, físico y astrónomo Eugene Shoemaker, quien además demostró que también los cráteres lunares habían sido provocados por impactos meteóricos.

Meteor Crater

Hoy Meteor Crater es una de las atracciones turísticas más vistosas de Arizona, y puede contemplarse previo pago de una tarifa a la familia poseedora de las tierras donde se encuentra.

Mis imágenes de cabecera explicadas (VII): Dresde, 1945

Dicen que la historia la escriben los vencedores, y es verdad en gran medida, pero hay borrones en ese libro de las victorias propias difíciles de ocultar. El bombardeo aliado sobre la ciudad alemana de Dresde en febrero de 1945 es uno de esos borrones.

Dresde era la última de las ciudades importantes en la retaguardia del frente oriental, donde los rusos avanzaban imparables en su camino hacia Berlín, que caería sólo unos días más tarde. Allí se agolpaban refugiados procedentes de la periferia, ya conquistada por las tropas soviéticas. En Yalta, Stalin pedía a sus aliados occidentales que le facilitasen el camino bombardeando la retaguardia alemana, y esa retaguardia consistía básicamente en la ciudad de Dresde.

Si hace unos días comentaba que el bombardeo de Guernica fue un experimento, el bombardeo de Dresde fue una demostración. Los aliados querían que los soviéticos, que ocuparían la ciudad en breve, supieran de lo que eran capaces los escuadrones de bombardeo ingleses y americanos, que supieran la devastación que podían provocar por si en el futuro, aniquilada la Alemania nazi, tuvieran que enfrentarse a ellos.

Así que entre los días 13 y 15 de febrero de 1945, oleada tras oleada compuesta cada una por cientos de bombaderos aliados (especialmente por los Lancaster británicos y en menor medida por los B-17 norteamericanos) arrojaron miles de toneladas de bombas explosivas e incendiarias sobre Dresde, cebándose especialmente en el centro de la ciudad e ignorando en ocasiones complejos industriales y nudos de comunicaciones, considerados como objetivos secundarios.

Aunque la cifra de muertos en el bombardeo de Dresde aún no se ha determinado con precisión, entre 18.000 y 35.000 civiles perdieron la vida durante estos ataques. Muchos de estos muertos se produjeron en los mismos refugios donde se encontraban resguardados de las bombas, ya que la tormenta de fuego generada por los artefactos incendiarios bien les calcinó, bien les arrebató el oxígeno haciéndoles morir por sofocación.

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La fotografía que ilustra esta entrada, tomada por el fotógrafo alemán Richard Peter tras la guerra, no sólo muestra la absoluta destrucción de la ciudad vista desde una de las torres del ayuntamiento, sino que el gesto de la escultura en primer plano (que irónicamente representa a la verdad y la justicia) le da un sobrecogedor dramatismo que ha convertido a esta fotografía en un icono de la ruindad y la crueldad a la que el hombre es capaz de llegar para con sus semejantes.

Mis imágenes de cabecera explicadas (VI): París, 1789 – El juramento del Juego de Pelota

Considerando la Asamblea Nacional que se solicitó fijar la constitución del reino, producir la regeneración del orden público y conservar los verdaderos principios de la monarquía, nada puede impedir que prosiga con sus deliberaciones en cualquier lugar en que se vea forzada a establecer que, por último, en todo sitio en que sus miembros estén reunidos, allí se encuentra la Asamblea Nacional.

Decide que todos los miembros de esta Asamblea al momento presten juramento solemne de jamás separarse, y de reunirse en todo sitio en que las circunstancias lo exijan, hasta que la constitución del reino esté establecida y apoyada sobre fundamentos sólidos; y que, al prestarse el dicho juramento, todos los miembros y cada uno de ellos en particular confirmarán por su firma esta resolución inquebrantable.

Juramos jamás separarnos de la Asamblea nacional y reunirnos allí donde las circunstancias lo exijan, hasta que la constitución del reino esté establecida y apoyada sobre fundamentos sólidos.

Con este juramento, realizado por los representantes del Tercer Estado de Francia constituidos en Asamblea Nacional, se sentaban las bases para poner fin a la Edad Moderna, marcada por las monarquías absolutas y las divisiones de clases sociales heredadas del feudalismo, y dar inicio a la Edad Contemporánea, caracterizada por el auge de las democracias, el liberalismo económico y la lucha de clases entre el proletariado urbano y los patronos de las nuevas industrias.

Así que este es un día que debería ser conmemorado con todos los honores, porque nuestras libertades y derechos tuvieron su origen en las decisiones que un puñado de franceses cabreados tomaron en aquella sala de frontón aquel caluroso día 20 de junio de 1789.