Lo de Guernica fue un experimento, como tantos otros experimentos macabros que tuvieron como escenario la Guerra Civil Española, que fue una guerra cutre y pueblerina donde las exquisitas potencias democráticas de Europa no quisieron ensuciarse las manos, dejándonos en manos de los sublevados fascistas capitaneados por Franco y sus aliados Hitler y Mussolini.
Y qué mejor que una guerra para probar sobre el terreno lo que Hitler había estado preparando durante los últimos años: una forma de guerra novedosa donde atacar primero, atacar por sorpresa y darle al enemigo donde más le doliera era clave para obtener la victoria.
Había que dejar la moral de lado para hacer lo que se tenía que hacer, porque sólo así era posible justificar atrocidades perpetradas contra civiles indefensos como la masacre de Badajoz de agosto de 1936, el bombardeo de Málaga de febrero de 1937 (incluyendo el bombardeo y el ametrallamiento de los refugiados que huían por la carretera de Almería) y, por supuesto, el bombardeo de Guernica de abril de 1937.
Porque utilizar una fuerza aérea tan desproporcionada como la que se usó para bombardear Guernica (un pueblo que por entonces no pasaba de los 5.000 habitantes) sólo se puede explicar desde la óptica de la experimentación. Los alemanes querían saber si era posible reducir una población a escombros desde el aire, aniquilar la retaguardia enemiga de forma exhaustiva y romper la moral del adversario y sus líneas de abastecimiento, transporte y comunicaciones a un mismo tiempo.
El resultado fue un pueblo histórico reducido a cenizas, un número indeterminado de muertos (que el bando vencedor se preocupó muy bien de ocultar) y un escándalo a nivel internacional por el desprecio que el ejército fascista demostraba por la vida de los civiles. Escándalo que, si no fue a más, es porque las potencias estaban demasiado ocupadas apaciguando a Hitler.
Picasso empezó a pintar el Guernica un mes después del bombardeo de esta localidad vizcaína, siendo exhibido en la Exposición Internacional de París de 1937. Hoy puede contemplarse en el Museo Reina Sofía de Madrid.






