Andando (5): Sendero de los castañales, Constantina

Sendero de los castañales, Constantina. Imagen: Google Earth.

Comienzo a andar por este sendero sobre las nueve de la mañana de un sábado que amanece nublado, algo raro si tenemos en cuenta que estamos a finales de julio. La entrada del sendero es al final de la Alameda, donde ya pueden verse instaladas la portada de la feria y las casetas. Es una gran ventaja que se trate de un sendero circular, ya que eso nos permite recorrerlo entero y regresar al pueblo sin volver sobre nuestros pasos.

2013-07-27 09.11.082013-07-27 09.12.262013-07-27 09.28.11El inicio del sendero es bastante arenoso y transitado por vehículos que entran y salen a las fincas de alrededor. Más adelante me encuentro por fin solo, rodeado de una densa vegetación. La sequedad de la estación y el tráfico rodado hace que las plantas estén polvorientas, lo que desluce un poco el paisaje. Pronto todo eso iba a cambiar repentinamente.

2013-07-27 09.36.562013-07-27 10.03.57Porque cuando llevo caminados un par de kilómetros me sorprende un pequeño chaparrón que recibo incluso con agradecimiento. Es breve, y devuelve al campo el olor a tierra mojada y a todas las plantas aromáticas silvestres juntas.

2013-07-27 10.10.43Sigo caminando mientras recorro el sendero bajo la sombra de los castaños cuando empieza a llover de nuevo. En fin… como nota mental, tengo que comprar un chubasquero plegable y una bolsa impermeable para el móvil. :-p

2013-07-27 10.12.06Sin embargo, y a pesar de la considerable mojada, merece la pena caminar por esos paisajes serranos de Constantina, bellísimos, apabullantes. Las fotografías no hacen justicia a la realidad.

Torre de la iglesia de la Encarnación, Constantina.

Cinco kilómetros y pico de paseo muy bien señalizado me conducen a la entrada del castillo de Constantina, que no pude visitar por encontrarse en obras tras las lluvias torrenciales de 2010, que derrumbaron la torre del homenaje. De allí sale otro sendero, el del Chorrillo, que reservo para otro día de paseo.

Andando (4): La ruta del agua

Tramo restringido de la Ruta del Agua. Imagen: Google Maps.

Se trata de un sendero que comienza a unos 3,5km de Guillena (Sevilla), y transcurre a lo largo del pantano del Gergal. Es un recorrido de 14,5km por un tramo permitido sólo para viandantes, bicicletas y caballos, además de algunos vehículos de los propietarios de las fincas colindantes.

Partimos pasadas las 19:00 del 11 de julio con la esperanza de no sufrir demasiado el calor veraniego, pero tratando de tener el tiempo suficiente para salir de la ruta por el otro extremo sin que se nos hiciera de noche.

El camino es fácil de recorrer. Aún quedan tramos de asfalto de lo que fuera la antigua carretera entre Guillena y El Ronquillo (la cual debía ser toda una aventura para conducir, por lo estrecha y llena de curvas), aunque la mayor parte del recorrido es de tierra compactada con algunos tramos de gravilla suelta que dificulta el paso sobre todo en cuesta abajo. Tampoco hay pendientes demasiado pronunciadas.

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El mayor problema es que, una vez iniciado, el camino no tiene más salidas que las de principio y fin, y son muchos kilómetros, así que hay que estar mentalizado de que hay que salir sí o sí, sobre todo una vez pasado el ecuador.

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A lo largo del camino se pueden encontrar bancos para descansar un rato, miradores con impresionantes vistas de un espacio natural muy bien cuidado, e incluso refugios. Una vegetación mayoritariamente compuesta por pino y encina alberga una fauna de perdices, conejos, liebres y algunas rapaces, sobre todo nocturnas.

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Y aunque en algunas páginas de senderismo dan un tiempo de dos horas y media para efectuar este recorrido, en ese tiempo sólo puede uno apretar el paso para llegar, sin disfrutar del paisaje. Es preferible hacerlo en tres horas o tres horas y media y detenerse a descansar en algunos de los puntos de mayor belleza, donde están instalados los miradores.

Efemérides: De repente, una estrella

Las noches de la antigüedad, al contrario que hoy, estaban dominadas por el omnipresente cielo estrellado; un cielo estrellado que la luz eléctrica y el alumbrado público ha borrado de los cielos para el hombre urbano, más preocupado por el ocio nocturno y sus avatares diurnos que por los fenómenos celestes.

Sin embargo, no hace tanto tiempo, la llegada de la noche suponía un espectáculo del que no era fácil sustraerse, un espectáculo de miles de estrellas y planetas que parecían responder a leyes inmutables y -hasta hace bien poco- desconocidas. Por eso, cualquier alteración de ese orden celeste era motivo de interesada observación e incluso de preocupación social. Un acontecimiento imprevisto en el cielo podía significar que fuerzas titánicas desconocidas pronto se dejarían notar en la superficie del mundo, trastornando las vidas de la gente. Así, cometas, estrellas fugaces o meteoritos se convirtieron en heraldos del desastre, y fueron vistos como signos de mal agüero incluso entrado el siglo XX en el “civilizado” Occidente.

Viñeta alusiva al paso del cometa Halley en 1910, donde se anunciaba el fin del mundo debido al envenenamiento de la atmósfera terrestre por los vapores venenosos del cometa.

Y si esto era así en 1910, imaginen cómo debió ser aquella madrugada del 5 de julio de 1054, cuando por todo el hemisferio norte pudo observarse de repente una brillante estrella donde antes no había nada. Los astrónomos de los grandes imperios chino y japonés dejaron inmediatamente constancia escrita de la aparición de esta “estrella invitada”, y de cómo durante el siguiente año fue desapareciendo gradualmente. También en el otro extremo del mundo los indios anasazi de Norteamérica, en un estadio cultural totalmente diferente aunque profundamente interesados por los fenómenos celestes, dejaron impreso en las rocas de su entorno tan extraño acontecimiento.

Petroglifos de la cultura anasazi que supuestamente hacen referencia a la aparición de la supernova de 1054. Imagen: Wikimedia Commons.

Curiosamente, en una Europa más preocupada por sus problemas políticos y religiosos, en plena Edad Media, la aparición de esta nueva estrella no mereció ninguna reseña en las crónicas. Aquel 1054 fue un año muy duro para Occidente, en el que finalmente se rompió la unidad entre las iglesias de Oriente y Occidente en el Gran Cisma. Mientras tanto, los reyes cristianos en la Península Ibérica luchaban entre sí por los terrenos ganados a los reinos musulmanes tras la desintegración del Califato de Córdoba.

Pero el evento cósmico en sí no se produjo en aquel lejano año de 1054, sino mucho antes. La estrella que explotó en supernova, incrementando su brillo y haciéndose visible desde casi cada rincón de la Vía Láctea se encuentra a unos 6.500 años-luz de distancia de nosotros, de manera que la luz tardó todo ese tiempo en llegar hasta la Tierra. Cuando la supernova SN 1054 explotó, el hombre aún averiguaba cómo cultivar los primeros vegetales y cómo amaestrar a los primeros animales para asegurarse la manutención. El evento que provocó la supernova es mucho más antiguo que la historia escrita del hombre, y su reflejo en el cielo, la espectacular Nebulosa del Cangrejo, seguirá siendo visible durante miles de años más.

Nebulosa del Cangrejo fotografiada por el telescopio espacial Hubble. Imagen: Wikimedia Commons.

La Nebulosa del Cangrejo es el objeto celeste más estudiado fuera de nuestro sistema solar. La precisión en la datación de la supernova de 1054 permitió a los astrónomos conocer más a fondo la dinámica de este tipo de acontecimientos estelares. En el interior de esta colorida nube se encuentra aún lo que un día fue la estrella que explotó, convertida en un púlsar: un cuerpo supermasivo de pequeño tamaño, también conocido como “estrella de neutrones”, que gira sobre sí mismo treinta veces por segundo. Su existencia fue descubierta en 1969, y fue la primera vez que pudo relacionarse este tipo de estrellas con los restos de antiguas explosiones estelares.

Museo de la Rinconada

Un rato sin nada que hacer en San José de la Rinconada puede convertirse en un rato bien aprovechado. El Museo de La Rinconada es, por ejemplo, una buena opción para ello. Es un museo que cae simpático incluso antes de visitarlo, cuando te enteras de que fue iniciado en los años ochenta del pasado siglo por un profesor de un instituto local y sus alumnos, y que los mismos vecinos cedieron piezas de su propiedad para completar la colección.

Me gusta llegar a un museo y ponerme en la piel de las gentes que elaboraron esos útiles, de las personas para las cuales formaban parte de su vida cotidiana, muchos años antes de que se convirtieran en reliquias de nuestro pasado atesoradas tras el cristal de una vitrina.

Sala de industrias líticas del museo. Imagen: Espiral.

En su primera sala, el museo de La Rinconada nos lleva a través de la cerámica a un viaje bien organizado por la vida de los pueblos que habitaron esta zona desde la Edad de Hierro hasta la Edad Moderna. En la siguiente sala se muestran las distintas industrias líticas del Paleolítico Inferior y Medio. Una interesante colección de núcleos de cuarcita y sílex, raederas, buriles, denticulados, levallois… además de bifaces y cantos tallados dejados en la zona por el homo heidelbergensis, el primer poblador de estas tierras.

Exposición de fósiles de paleofauna. Imagen: Espiral.

A continuación se exhiben numerosos restos de la paleofauna autóctona que convivió con el hombre prehistórico. Pocos podrían imaginar a los grandes elefantes antiguos o a los imponentes uros pastando por estas tierras, aunque en términos geológicos eso sucedió hace muy, muy poco tiempo.

Para terminar, la colección de fósiles más antiguos incluye trilobites, insectos, crustáceos, peces, bivalvos… Una prueba indiscutible de que, donde hoy hay tierra, colinas o ríos, una vez hubo un mar desbordante de seres ya desaparecidos.

Cerro Macareno, entre La Rinconada y San José, lugar de población desde el Paleolítico y origen de la mayor parte de las piezas del museo. Imagen: Antonio Velázquez (Panoramio).

La mayor parte de las piezas fueron recuperadas en el Cerro Macareno, lugar de población durante miles de años, hasta que el curso del río Guadalquivir se alejó del mismo y dejó de ser un lugar apetecible.

No me voy a extender más. Se tarda más tiempo en contarlo que en verlo, y de camino podemos admirar el edificio del Centro Cultural de la Villa donde se encuentra albergado el museo, un lugar bullicioso donde la quietud del museo se combina con el correteo de una multitud de niños que realizan todo tipo de actividades culturales.

Federico, inmortal y universal

Ciento quince años pasan en un suspiro, pero tú, Federico, trasciendes al tiempo y a las fronteras. Desde tus letras atisbamos la eternidad, porque tú, Federico, ya eras inmortal mucho antes de salir caminando de madrugada por Viznar.

Este poema está bellamente interpretado por Yeliz Dubaz y Çağatay Azat, turcos, creo. Lo fácil hubiera sido poner aquí a Camarón, pero este vídeo me ha parecido más entrañable.

Andando (3): El sendero de los molinos, Almadén de la Plata

sendero de los molinos mapaTenía mis dudas sobre si merecería la pena ir hasta Almadén un domingo por la tarde (sí, ya hablaremos en otro momento de por qué no aprovecho las mañanas para estos menesteres), pero después de recorrer este sendero la duda ofende. Sí merece la pena.

cartel de entrada al senderoDejo el coche en la entrada del sendero un poco después de las 19:00, cerca de un cartel explicativo un poco castigado, pero aún legible, y emprendo el camino por un terreno que empieza asfaltado, sigue como camino de tierra compactada y más adelante queda como un sendero algo tortuoso, con un firme pedregoso y pronunciadas pendientes cuesta abajo.

No me gusta mucho empezar una caminata con tanta cuesta abajo, ya que siempre estoy pensando que todo lo que al principio baje, tarde o temprano me lo voy a encontrar en cuesta arriba cuando ya no esté tan descansado. Mis temores, sin embargo, no se vieron convertidos en realidad, como explicaré más adelante.

senderistas_1A mitad del sendero me encontré con estos simpáticos senderistas de la foto. Para un aficionado a los productos de la Sierra Norte como yo fue un encuentro que merecía inmortalizarse. Puede que algún día me los vuelva a encontrar en otras circunstancias. ;-)

Continuando por el sendero, y tras atravesar saltando un par de arroyos, terminé dando con el río Rivera de Cala, donde hay un cartel que indica el final del sendero. Bien, a pesar de ello, yo me había propuesto no volver sobre mis pasos, y con la ayuda del palo y de un providencial ladrillo estratégicamente situado conseguí saltar otro arroyo, éste bastante mayor que los anteriores.

sendero de los molinos_2

que guarra es la genteDejando atrás el río, o mejor dicho, dejándolo a mi derecha, seguí caminando unos cientos de metros hasta encontrarme con un área recreativa donde aún podían verse las cicatrices de un típico domingo en forma de platos y botellas de plástico, restos de hogueras en el suelo y abundancia de colillas. La conclusión es clara: la gente es tela de guarra. Debería exigirse aprobar un examen de urbanidad para permitir a la gente pasar un día en el campo, hombre ya.

Rodeando por la derecha la zona de recreo y continuando el camino, se acaba saliendo a la carretera. La salida tiene una fuerte pendiente ascendente, y en ese breve tramo creo que recuperé casi toda la altura que había ido perdiendo durante el recorrido del sendero.

por la carretera de vueltaLa carretera comarcal por la que volví al pueblo es la que lleva desde Almadén a Santa Olalla. Si normalmente no es una carretera que lleve mucho tráfico, un domingo a las 20:30 ya os podéis imaginar. Los tres kilómetros de vuelta al pueblo transcurren con una suave cuesta arriba que no cansa, y permite apreciar un paisaje serrano que en primavera es de una belleza y una paz extraordinaria.

El tiempo total de la ruta fue de menos de dos horas y la distancia recorrida fue de unos 7,28 kilómetros (según Google Earth), terminando en el lugar de origen sobre las 21:00, aún con bastante sol para regresar a casa en coche.

Andando (2): Guillena y la ruta del agua

Empecé esta ruta en Guillena sobre las 19:00 del 1 de junio, dejando el coche en la entrada del camino Cruz de la Mujer (que así se llama) y sin saber nada más que lo que me habían comentado sobre que desde allí se accedía a la Ruta del Agua, un camino que conecta el Aljarafe con los Lagos del Serrano. Mi pretensión no llegaba a tanto, así que a buen paso emprendí camino a ver qué me encontraba.

Los primeros kilómetros transcurrieron con algo de cuesta arriba, mucho sol y un poco de calor entre campos de labor, pero como uno viene fresco y envalentonado, tampoco es para tanto.

Tres kilómetros y pico más adelante me encontré el desvío hacia la Ruta del Agua, y un poco más allá, la entrada al susodicho paraje natural. El paisaje cambió entonces a chopos y pinos, y sin tener ni idea de si habría un camino de vuelta alternativo al de ida, empecé a caminar cerca del embalse del Gergal con la esperanza de regresar a Guillena.

El camino pasó a ser un sendero entre árboles, lo que tenía la ventaja de que no daba el sol, y la desventaja de que las pendientes eran muy pronunciadas, aunque esta vez cuesta abajo. Pronto me encontré en la misma orilla del embalse. Más adelante tuve que atravesar un pinar para llegar a un camino por donde hay algunas fincas con pinta de tener menos papeles que una liebre y donde, por lo que se ve, coleccionan perros. Un poco más adelante, ese camino conecta con la carretera de la presa, que a su vez lleva a Guillena, donde llegué aproximadamente a las 21:00 tras recorrer aproximadamente siete kilómetros y medio.