N-1, el fracaso lunar soviético

Entrada publicada en Amazings el 14 de noviembre de 2011 y redactada por un servidor.

Sello conmemorativo del vigésimo aniversario del lanzamiento de Yuri Gagarin. En el sello aparece junto a Korolev, impulsor del programa espacial soviético. Origen: Wikimedia Commons.

No nos engañemos: el objetivo fundamental de la «carrera espacial» desarrollada durante la década de los sesenta y setenta del siglo XX siempre fue la investigación y mejora de los cohetes… para poder lanzar misiles nucleares al enemigo con mayor efectividad.

En esta costosa carrera contaba todo, desde conseguir el motor-cohete más fiable y potente, pasando por las computadoras de cálculo de trayectorias y su software asociado, hasta los escudos térmicos para la reentrada atmosférica de las cápsulas espaciales, transportaran éstas astronautas o bombas atómicas. ¿Qué mejor laboratorio de pruebas podía existir para probar todas esas tecnologías que una carrera con el enemigo para ser los primeros en pisar la Luna?

Maqueta del Sputnik-1, el primer satélite artificial de la Tierra. Origen: Wikimedia Commons.

Los soviéticos fueron los primeros en ponerse en cabeza de la carrera al colocar el primer satélite artificial en órbita en 1957 (el famoso Sputnik-1), repitiendo en 1961 la hazaña al poner en órbita la Vostok-1 con Yuri Gagarin a bordo: el primer hombre en el espacio. Los cohetes R-7 (una versión modificada del misil intercontinental SS-6) supusieron un gran éxito para la Unión Soviética, y fueron capaces no sólo de lanzar un satélite al espacio, sino de enviar las primeras sondas de exploración a la Luna. Tras varios intentos, la Luna-3 consiguió rodear la Luna y fotografiar su cara oculta por primera vez en 1959.

La filosofía de la carrera espacial rusa empezó a basarse en trabajar sobre lo que funcionaba bien, mejorarlo en lo posible y utilizarlo hasta la saciedad. Después de los Vostok y Vosjod, meros prototipos para pruebas de supervivencia en el espacio, la oficina de diseño rusa de Serguei Koroliov empezó a trabajar en el diseño de la nave Soyuz, que efectuaría su primer vuelo en 1967. Todas estas naves espaciales volarían al espacio montadas sobre distintas versiones del mismo cohete que lanzó al Sputnik: el cohete R-7. Tal fue el éxito de este sistema de lanzamiento que, cuarenta y cuatro años más tarde, las naves Soyuz y sus cohetes R-7 modificados son actualmente el único sistema de lanzamiento tripulado en servicio «regular» que existen, después de la retirada de los transbordadores espaciales norteamericanos.

Evolución del lanzador R-7 soviético, desde el Sputnik hasta las modernas naves tripuladas Soyuz. Origen: Wikimedia Commons.


Comparativa a escala de los lanzadores lunares Saturno V (norteamericano) y Nositel N-1 (soviético). Origen: Wikimedia Commons.

Sin embargo, para enviar una expedición tripulada a la Luna hacía falta algo con más… reprís. De hecho, hacía falta un cohete monstruoso de al menos tres etapas, capaz de poner en órbita baja terrestre una masa equivalente a más de 1.000 sputniks, aproximadamente unas 100 toneladas. Mientras Wernher von Braun elaboraba el programa Apolo-Saturno para los Estados Unidos, los ingenieros soviéticos de Serguei Koroliov diseñaron el cohete Nositel-1 o N-1.

Pero el cohete N-1 demostró ser una pesadilla para los rusos. Los 30 motores de su primera etapa nunca llegaron a funcionar con la efectividad necesaria como para hacer despegar el cohete de forma segura, y sus cuatro lanzamientos de prueba entre 1969 y 1972 se saldaron con estruendosas explosiones, de manera que mientras Koroliov se daba cabezazos contra aquel diseño claramente deficiente, los norteamericanos colocaron a una docena de hombres sobre la Luna y les hicieron volver con seguridad a casa.

En realidad, toda la misión lunar rusa parecía un poco cogida por los pelos, ya que requería de un paseo espacial en órbita lunar para transportar a un único astronauta desde la nave soyuz hasta el exiguo módulo de descenso lunar en el que tendría que realizar él solo toda la misión en la superficie y volver a la órbita para, con un nuevo paseo espacial, regresar a la soyuz antes de poner rumbo de vuelta a la Tierra.

Diferentes configuraciones del cohete UR-500, también conocido como "Protón". Origen. Wikimedia Commons

Por si la competencia norteamericana fuera poco, en la misma Unión Soviética había surgido un serio oponente al cohete lunar N-1: Vladimir Cheloméi, un ingeniero constructor de misiles intercontinentales proponía la construcción del cohete UR-700, con mayor capacidad de carga que el N-1. Los fracasos continuos del N-1, la muerte de Koroliov en 1967 y los éxitos de los cohetes de Cheloméi como el UR-500 (hoy conocido popularmente como «Protón» y que ya por entonces estaba enviando con éxito sondas a la Luna y poniendo en órbita las estaciones espaciales Salyut) dieron definitivamente la puntilla al programa lunar tripulado ruso.

Mis imágenes de cabecera (VIII): Trang Bang, 1972

La mañana del 8 de junio de 1972 se produjo uno de tantos miles de crímenes contra la humanidad que sazonan todos los conflictos bélicos de la historia. Aquel día, un bombardero Douglas A-1 Skyraider sudvietnamita dejó caer sobre la aldea de Trang Bang toda su munición de bombas explosivas e incendiarias. Para entonces, todos los combatientes se habían retirado de la zona, incluyendo las fuerzas norvietnamitas. En Trang Bang sólo quedaban los aldeanos, acorralados entre los contendientes, que fueron al final los que sufrieron lo peor del bombardeo.

Cuando la cortina de fuego provocada por el ataque cesó, un pequeño grupo de civiles supervivientes salió huyendo de la aldea. La mayor parte de ellos eran niños, aunque también había madres que llevaban en brazos a sus bebés calcinados por aquella mierda inflamable y pegajosa creada en la universidad de Harvard para mayor gloria de los Estados Unidos de América: el napalm.

Para desgracia de los autores intelectuales y materiales de este nuevo crimen, esa mañana se encontraba cerca de la aldea el fotógrafo Nick Ut, que inmortalizó el inmenso sufrimiento de unos niños achicharrados y aterrorizados que escapaban como podían del infierno en el que se habían convertido sus casas. La pequeña Kim Phuc, desnuda tras arrancarse sus ropas en llamas, quemada, llorando, se convirtió en un icono del antibelicismo para el mundo entero, mientras el autor de la foto obtenía el premio Pulitzer por su puntería al retratar el horror de la guerra en toda su crudeza.

Fotografía de Nick Ut tras el bombadeo de la aldea de Trang Bang.

Por cierto, cabe señalar que la mayor parte de los impedimentos para publicar esta fotografía en los Estados Unidos se centraron en el desnudo de la niña, y no en los efectos del bombardeo indiscriminado contra civiles. En ese tenebroso aspecto de la moral estadounidense, no creo que la cosa haya cambiado mucho desde entonces.

Para finalizar esta entrada no podía dejar de insertar el vídeo del ataque, que cuarenta años más tarde sigue inspirando las mismas náuseas que cuando se filmó.

Semana de la crisis (VI): 1973 – ¡Se acabó el Petróleo!

No vamos aquí a entrar en detalles sobre el enquistado conflicto entre árabes e israelíes. Baste decir por ahora que, en 1973, la situación había alcanzando el máximo de tensión: los países árabes no toleraron nunca que la Guerra de los Seis Días de 1967 se saldara con una derrota tan estrepitosa ni que Israel ocupara los territorios de Cisjordania, el Sinaí y los Altos del Golán. Desde entonces, la región había vivido en un estado de guerra continua, donde las agresiones entre Israel y sus vecinos eran constantes.

Extracto del diario La Vanguardia del 7 de octubre de 1973 donde se da noticia del inicio de la Guerra del Yom Kipur. Origen: Hemeroteca de La Vanguardia.

El 6 de octubre de 1973, Egipto y Siria, con la ayuda de la práctica totalidad de los países árabes de la región, efectuaron un ataque coordinado y por sorpresa contra Israel aprovechando la festividad religiosa hebrea del Yom Kipur. La superioridad numérica abrumadora de los árabes puso en un aprieto al ejército israelí, que estuvo a punto de ser desbordado por los ataques enemigos en dos frentes: uno en el norte a través del Golán, y otro en el sur por la península del Sinaí.

Evacuated Casualties of the Yom Kippur War - Flickr - Israel Defense Forces

Soldados del ejército israelí evacuan heridos durante la Guerra del Yom Kipur. Origen: Wikimedia Commons.

Pero la contraofensiva israelí, apoyada por una ingente cantidad de maquinaria bélica y armamento suministrada por los Estados Unidos, consiguió dar la vuelta a aquella guerra, y a mediados de octubre de 1973 las tropas israelíes se encontraban ya a tiro de piedra de El Cairo y Damasco, forzando pocos días después un alto el fuego entre los países beligerantes con ventajosas condiciones para Israel.

De forma paralela a estos acontecimientos, los países árabes productores de petróleo acordaron imponer un embargo de crudo a aquellos estados de Occidente que apoyaran a Israel en la guerra, subiendo de forma inmediata además los precios de venta del oro negro del que dependía la economía mundial.

El embargo se vivió con bastante crudeza en Europa, pero sobre todo fue duro para los Estados Unidos, donde la escasez del crudo, unida a la imposibilidad material de adaptarse a la nueva situación, provocó un importante desabastecimiento, la pérdida de productividad de sus empresas y, en los años siguientes, una recesión económica que se prolongaría hasta entrada la década siguiente.

Por primera vez en su historia, los americanos se daban cuenta de lo delicado que era su suministro energético, y de que éste dependía de una serie de países que distaban mucho de ser sus aliados. Por su parte, los países productores de petróleo, agrupados en la OPEP, tomaban conciencia del poder que tenían en sus manos, y de la capacidad que tenía el suministro de petróleo utilizado como un arma económica. A partir de aquel momento, las relaciones entre los productores y Occidente nunca volvieron a ser las mismas.

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Evolución de los precios del petróleo entre 1861 y 2007. Pueden apreciarse en el gráfico los picos de las crisis de 1973 y 1979, así como la evolución actual. Origen: Wikimedia Commons.

Pocos años después, en 1979, el derrocamiento del Sha en Irán y el comienzo de la guerra Irán-Iraq provocó una nueva crisis de precios del petróleo que se prolongaría hasta 1981. Tras esta última crisis, el precio del crudo se mantuvo más o menos estable hasta inicios del siglo XXI. En la actualidad, los precios del petróleo superan con creces los de los peores momentos de las crisis de 1973 y 1979.

Semana de la crisis (V): Martes negro

El martes 29 de octubre de 1929 los Estados Unidos de América iban a despertar bruscamente de un sueño dorado que había durado una década. La historia lo recuerda con el nombre de Martes Negro, pero en realidad fue el resultado de un montón de malas decisiones tomadas por un número nunca antes visto de personas.

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El actor Douglas Fairbanks arenga a la multitud para que compren bonos Liberty en 1918. Origen: Wikimedia Commons.

Tras la victoria en la Primera Guerra Mundial, los Estados Unidos experimentaron el mayor auge económico desde su creación: el dinero fluía en abundancia; el empleo abundaba; las empresas se creaban y crecían a un ritmo vertiginoso, dando origen a la primera economía basada en el consumo de la historia humana. Se animaba a la gente a comprar productos nuevos: electrodomésticos, vehículos, inmuebles… eran los Años Locos, en los que el destino de los norteamericanos era hacerse ricos y divertirse. El gobierno federal, además, continuó con la emisión de bonos patrióticos Liberty, utilizados para financiarse durante la guerra y que siguieron ofreciendo atractivos intereses a los compradores. Estos bonos fueron fundamentales en la creación de una cultura de la inversión, desplazando al ahorro como base de la seguridad económica en muchas familias.

En la Bolsa de Nueva York, además, una nueva clase de inversores estaba tomando el protagonismo: a los ya clásicos inversores capitalistas, respaldados por grandes fondos o fortunas se sumaban un tropel de pequeños inversores que querían tomar parte de los extraordinarios beneficios que generaba el mercado de valores. Cuando estos pequeños inversores habían invertido todo su capital, empezaron a pedir prestado para seguir aumentando sus inversiones. No había miedo, porque los valores no hacían más que subir día tras día, e invertir en bolsa se consideraba tan seguro como cualquier otra actividad económica.

Pero tras varios años de bonanza económica, algo empezó a tambalearse bajo el parquet de Wall Street. Durante todo el mes de octubre de 1929 se habían estado produciendo picos de bajada en las acciones que los bancos habían estado compensando con inyecciones de capital, recomprando acciones con el fin de que éstas no perdieran su valor. Por regla general, estas bajadas venían luego acompañadas de rebotes al alza que tranquilizaban a los inversores. Sin embargo, se estaba marcando una tendencia peligrosa, sólo compensada por fortísimas inyecciones de capital en el mercado. El jueves 24 de octubre se vivió un primer aviso de lo que estaba por venir en el llamado Jueves Negro, y la confianza de los inversores empezó a desvanecerse. Empezaba a quedar claro que debajo de toda aquella enloquecida especulación no había absolutamente nada tangible; que todo el sistema financiero estaba fundamentado en una mera ilusión de prosperidad que más temprano que tarde acabaría por desaparecer.

La multitud se congrega a las puertas de la Bolsa de Nueva York durante el Martes Negro. Origen: Wikimedia Commons

Así que aquel famoso Martes Negro, cuando las órdenes de venta de acciones volvieron a dispararse, de repente ya no hubo ninguna entidad bancaria que se hiciera cargo de comprar, y en cuestión de minutos cundió el pánico en la Bolsa. Gente que estaba endeudada hasta las cejas con la promesa de un beneficio rápido y seguro se dio cuenta de pronto que lo habían perdido todo. Agresivos brokers que habían hecho grandes fortunas jugando a la Bolsa eran al final del día indigentes que tenían que dormir en un banco del parque, si es que no decidían arrojarse por una ventana de su rascacielos de oficinas. Cuando los bancos acudieron al rescate de la situación creada ya era demasiado tarde: la Bolsa de Wall Street había caído como lo que realmente era: un inmenso castillo de naipes donde las acciones ya no valían ni el precio del papel en el que estaban impresas. Mientras tanto, miles de personas se congregaban a las puertas de la Bolsa, ansiosas por conocer alguna noticia sobre el devenir de la catastrófica sesión bursátil; ansiosas por saber qué había sido de sus modestos ahorros allí invertidos.

América despertaba de un sueño dorado para caer en una delirante pesadilla a la que arrastraría al resto del mundo durante más de una década y que nos terminaría conduciendo hacia el conflicto bélico más sangriento nunca visto por la humanidad.

Semana de la crisis (IV): Los ciclos económicos del capitalismo

Clément Juglar

Clément Juglar, un médico y economista francés del siglo XIX (sí, antes se podían cultivar simultáneamente ramas tan dispares del saber), se preguntó ya antes de la Gran Depresión de 1873 el porqué de la aparición de las crisis económicas, y si éstas eran resultado del azar o un indeseado subproducto del sistema capitalista con un patrón previsible.

El resultado de su estudio estadístico fue, cuanto menos, esclarecedor: La economía capitalista está sujeta a unas fluctuaciones de crecimiento y depresión más o menos regulares en el tiempo. Según Juglar, las crisis económicas se sucedían en intervalos de entre 7 y 11 años.

Ejemplo de ciclos de Juglar basado en el PIB de España en las últimas décadas. Origen: Aula de Historia Contemporánea.

Nikolai Kondratiev

También Karl Marx vio un patrón cíclico en la economía capitalista, aunque él lo interpretó desde una óptica social encuadrada en la lucha de clases. Estas crisis cíclicas contribuirían a mantener el bajo poder adquisitivo de la clase obrera mientras propiciaba la acumulación de capital en manos de unos pocos.

Años más tarde, ya entrado el siglo XX, un economista ruso llamado Nikolai Kondratiev amplió el trabajo de Juglar, llegando a la conclusión de que los llamados ciclos de Juglar se encontraban circunscritos dentro de otros ciclos más largos, de una duración aproximada de 50 años, conocidos desde entonces como ciclos de Kondratieff.

Ciclos de Kondratiev desde finales del siglo XVIII con los acontecimientos económicos más destacados. Origen: Aula de Historia Contemporánea.

Visto lo cual, cabría preguntarse por qué responsabilizamos a los gobiernos de la buena o mala gestión de la economía, cuando está demostrado que ésta obedece a unos patrones más o menos estables y fuera del control de las decisiones políticas.

Para saber más: