Semana de la crisis (VI): 1973 – ¡Se acabó el Petróleo!

No vamos aquí a entrar en detalles sobre el enquistado conflicto entre árabes e israelíes. Baste decir por ahora que, en 1973, la situación había alcanzando el máximo de tensión: los países árabes no toleraron nunca que la Guerra de los Seis Días de 1967 se saldara con una derrota tan estrepitosa ni que Israel ocupara los territorios de Cisjordania, el Sinaí y los Altos del Golán. Desde entonces, la región había vivido en un estado de guerra continua, donde las agresiones entre Israel y sus vecinos eran constantes.

Extracto del diario La Vanguardia del 7 de octubre de 1973 donde se da noticia del inicio de la Guerra del Yom Kipur. Origen: Hemeroteca de La Vanguardia.

El 6 de octubre de 1973, Egipto y Siria, con la ayuda de la práctica totalidad de los países árabes de la región, efectuaron un ataque coordinado y por sorpresa contra Israel aprovechando la festividad religiosa hebrea del Yom Kipur. La superioridad numérica abrumadora de los árabes puso en un aprieto al ejército israelí, que estuvo a punto de ser desbordado por los ataques enemigos en dos frentes: uno en el norte a través del Golán, y otro en el sur por la península del Sinaí.

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Soldados del ejército israelí evacuan heridos durante la Guerra del Yom Kipur. Origen: Wikimedia Commons.

Pero la contraofensiva israelí, apoyada por una ingente cantidad de maquinaria bélica y armamento suministrada por los Estados Unidos, consiguió dar la vuelta a aquella guerra, y a mediados de octubre de 1973 las tropas israelíes se encontraban ya a tiro de piedra de El Cairo y Damasco, forzando pocos días después un alto el fuego entre los países beligerantes con ventajosas condiciones para Israel.

De forma paralela a estos acontecimientos, los países árabes productores de petróleo acordaron imponer un embargo de crudo a aquellos estados de Occidente que apoyaran a Israel en la guerra, subiendo de forma inmediata además los precios de venta del oro negro del que dependía la economía mundial.

El embargo se vivió con bastante crudeza en Europa, pero sobre todo fue duro para los Estados Unidos, donde la escasez del crudo, unida a la imposibilidad material de adaptarse a la nueva situación, provocó un importante desabastecimiento, la pérdida de productividad de sus empresas y, en los años siguientes, una recesión económica que se prolongaría hasta entrada la década siguiente.

Por primera vez en su historia, los americanos se daban cuenta de lo delicado que era su suministro energético, y de que éste dependía de una serie de países que distaban mucho de ser sus aliados. Por su parte, los países productores de petróleo, agrupados en la OPEP, tomaban conciencia del poder que tenían en sus manos, y de la capacidad que tenía el suministro de petróleo utilizado como un arma económica. A partir de aquel momento, las relaciones entre los productores y Occidente nunca volvieron a ser las mismas.

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Evolución de los precios del petróleo entre 1861 y 2007. Pueden apreciarse en el gráfico los picos de las crisis de 1973 y 1979, así como la evolución actual. Origen: Wikimedia Commons.

Pocos años después, en 1979, el derrocamiento del Sha en Irán y el comienzo de la guerra Irán-Iraq provocó una nueva crisis de precios del petróleo que se prolongaría hasta 1981. Tras esta última crisis, el precio del crudo se mantuvo más o menos estable hasta inicios del siglo XXI. En la actualidad, los precios del petróleo superan con creces los de los peores momentos de las crisis de 1973 y 1979.

Semana de la crisis (V): Martes negro

El martes 29 de octubre de 1929 los Estados Unidos de América iban a despertar bruscamente de un sueño dorado que había durado una década. La historia lo recuerda con el nombre de Martes Negro, pero en realidad fue el resultado de un montón de malas decisiones tomadas por un número nunca antes visto de personas.

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El actor Douglas Fairbanks arenga a la multitud para que compren bonos Liberty en 1918. Origen: Wikimedia Commons.

Tras la victoria en la Primera Guerra Mundial, los Estados Unidos experimentaron el mayor auge económico desde su creación: el dinero fluía en abundancia; el empleo abundaba; las empresas se creaban y crecían a un ritmo vertiginoso, dando origen a la primera economía basada en el consumo de la historia humana. Se animaba a la gente a comprar productos nuevos: electrodomésticos, vehículos, inmuebles… eran los Años Locos, en los que el destino de los norteamericanos era hacerse ricos y divertirse. El gobierno federal, además, continuó con la emisión de bonos patrióticos Liberty, utilizados para financiarse durante la guerra y que siguieron ofreciendo atractivos intereses a los compradores. Estos bonos fueron fundamentales en la creación de una cultura de la inversión, desplazando al ahorro como base de la seguridad económica en muchas familias.

En la Bolsa de Nueva York, además, una nueva clase de inversores estaba tomando el protagonismo: a los ya clásicos inversores capitalistas, respaldados por grandes fondos o fortunas se sumaban un tropel de pequeños inversores que querían tomar parte de los extraordinarios beneficios que generaba el mercado de valores. Cuando estos pequeños inversores habían invertido todo su capital, empezaron a pedir prestado para seguir aumentando sus inversiones. No había miedo, porque los valores no hacían más que subir día tras día, e invertir en bolsa se consideraba tan seguro como cualquier otra actividad económica.

Pero tras varios años de bonanza económica, algo empezó a tambalearse bajo el parquet de Wall Street. Durante todo el mes de octubre de 1929 se habían estado produciendo picos de bajada en las acciones que los bancos habían estado compensando con inyecciones de capital, recomprando acciones con el fin de que éstas no perdieran su valor. Por regla general, estas bajadas venían luego acompañadas de rebotes al alza que tranquilizaban a los inversores. Sin embargo, se estaba marcando una tendencia peligrosa, sólo compensada por fortísimas inyecciones de capital en el mercado. El jueves 24 de octubre se vivió un primer aviso de lo que estaba por venir en el llamado Jueves Negro, y la confianza de los inversores empezó a desvanecerse. Empezaba a quedar claro que debajo de toda aquella enloquecida especulación no había absolutamente nada tangible; que todo el sistema financiero estaba fundamentado en una mera ilusión de prosperidad que más temprano que tarde acabaría por desaparecer.

La multitud se congrega a las puertas de la Bolsa de Nueva York durante el Martes Negro. Origen: Wikimedia Commons

Así que aquel famoso Martes Negro, cuando las órdenes de venta de acciones volvieron a dispararse, de repente ya no hubo ninguna entidad bancaria que se hiciera cargo de comprar, y en cuestión de minutos cundió el pánico en la Bolsa. Gente que estaba endeudada hasta las cejas con la promesa de un beneficio rápido y seguro se dio cuenta de pronto que lo habían perdido todo. Agresivos brokers que habían hecho grandes fortunas jugando a la Bolsa eran al final del día indigentes que tenían que dormir en un banco del parque, si es que no decidían arrojarse por una ventana de su rascacielos de oficinas. Cuando los bancos acudieron al rescate de la situación creada ya era demasiado tarde: la Bolsa de Wall Street había caído como lo que realmente era: un inmenso castillo de naipes donde las acciones ya no valían ni el precio del papel en el que estaban impresas. Mientras tanto, miles de personas se congregaban a las puertas de la Bolsa, ansiosas por conocer alguna noticia sobre el devenir de la catastrófica sesión bursátil; ansiosas por saber qué había sido de sus modestos ahorros allí invertidos.

América despertaba de un sueño dorado para caer en una delirante pesadilla a la que arrastraría al resto del mundo durante más de una década y que nos terminaría conduciendo hacia el conflicto bélico más sangriento nunca visto por la humanidad.

Semana de la crisis (IV): Los ciclos económicos del capitalismo

Clément Juglar

Clément Juglar, un médico y economista francés del siglo XIX (sí, antes se podían cultivar simultáneamente ramas tan dispares del saber), se preguntó ya antes de la Gran Depresión de 1873 el porqué de la aparición de las crisis económicas, y si éstas eran resultado del azar o un indeseado subproducto del sistema capitalista con un patrón previsible.

El resultado de su estudio estadístico fue, cuanto menos, esclarecedor: La economía capitalista está sujeta a unas fluctuaciones de crecimiento y depresión más o menos regulares en el tiempo. Según Juglar, las crisis económicas se sucedían en intervalos de entre 7 y 11 años.

Ejemplo de ciclos de Juglar basado en el PIB de España en las últimas décadas. Origen: Aula de Historia Contemporánea.

Nikolai Kondratiev

También Karl Marx vio un patrón cíclico en la economía capitalista, aunque él lo interpretó desde una óptica social encuadrada en la lucha de clases. Estas crisis cíclicas contribuirían a mantener el bajo poder adquisitivo de la clase obrera mientras propiciaba la acumulación de capital en manos de unos pocos.

Años más tarde, ya entrado el siglo XX, un economista ruso llamado Nikolai Kondratiev amplió el trabajo de Juglar, llegando a la conclusión de que los llamados ciclos de Juglar se encontraban circunscritos dentro de otros ciclos más largos, de una duración aproximada de 50 años, conocidos desde entonces como ciclos de Kondratieff.

Ciclos de Kondratiev desde finales del siglo XVIII con los acontecimientos económicos más destacados. Origen: Aula de Historia Contemporánea.

Visto lo cual, cabría preguntarse por qué responsabilizamos a los gobiernos de la buena o mala gestión de la economía, cuando está demostrado que ésta obedece a unos patrones más o menos estables y fuera del control de las decisiones políticas.

Para saber más:

Semana de la crisis (III): España, 1917

Soldados alemanes muertos en una trinchera.

El mundo se desangraba en 1917 en lo que se conoció entonces como «La Gran Guerra», la madre de todas las guerras o la guerra que acabaría para siempre con las guerras. Los gobernantes de las potencias auguraban un futuro prometedor, bañado en la sangre de millones de jóvenes destripados en las trincheras de Europa.

España, alejada de los compromisos y alianzas que propiciaron semejante sinsentido, se mantuvo neutral durante todo el conflicto, y las burguesías catalana y vasca aprovecharon para hacer su particular agosto, produciendo todo aquello que los países beligerantes necesitaran. La paupérrima España iba a convertirse en suministradora de bienes de equipo (maquinaria, acero y buques fabricados en el País Vasco), de consumo (textiles catalanes) e incluso de alimentos procedentes de los latifundios del sur del país.

Era una oportunidad de oro para la economía española: vender mucho, vender pronto y cobrar al contado a precios de guerra todo tipo de productos. Nunca nos habíamos visto ante una oportunidad semejante: por fin arribaba un tren a nuestra estación al que nos podíamos subir para situarnos en el lugar que merecíamos entre las potencias.

Y, en efecto, España aprovechó la ocasión para situarse en el lugar que merecía.

El incremento de la demanda exterior, unido a la avaricia sin límites de la burguesía que controlaba los medios de producción, provocó el aumento galopante de los precios dentro del mercado español, donde los salarios se habían mantenido prácticamente congelados supuestamente en aras del incremento de la productividad. ¿Les suena esta canción?

La oferta interna no había aumentado un ápice, ya que lo que más interesaba al empresariado era colocar sus productos fuera del país, y eso contribuyó a incrementar la escalada inflacionista en España. El poder adquisitivo de las clases populares (obreros y campesinos sobre todo) se hundió por completo, aunque el auge de los sindicatos en las zonas industriales permitió ejercer presión sobre los empresarios para que mejoraran un poco los salarios.

Manifestación contra la carestía de la vida, 1916. Origen: CNT

Para contener las demandas de los obreros, los empresarios recurrieron a la contratación de matones a sueldo, dando inicio al fenómeno del pistolerismo, que se cobró varios cientos de vidas durante todo el primer cuarto de siglo. La respuesta de los sindicatos no se hizo esperar, en lo que se dio en llamar «terrorismo anarcosindicalista». Las reivindicaciones obreras empezaban a dirimirse a tiros por las calles.

Pero en el campo la situación se estaba volviendo aún más dramática: cientos de miles de jornaleros sin más propiedades que sus manos se vieron reducidos al hambre, obligados a realizar un penoso éxodo desde el campo hacia las ciudades para buscar un futuro algo menos negro que la muerte por inanición.

En un país donde el contraste entre la prosperidad de las grandes ciudades industriales y la miseria del campo ya era más que palpable, el problema se agudizó más si cabe, dejando a las regiones del sur (Andalucía, Extremadura, Murcia, La Mancha) totalmente descolgadas del progreso y abandonadas a su suerte, mientras el beneficio de la producción industrial terminaba en Cataluña y en el País Vasco, en manos de muy pocos, y se concretaba la formación de una depauperada clase obrera industrial en la periferia de las grandes ciudades cuyas exigencias sociales y la posterior reacción de las clases altas iban a marcar el futuro del país en las décadas siguientes.

Semana de la crisis (II): El pánico de 1873

Se dice que en la historia todos los hechos están relacionados en una intrincada red de acontecimientos donde un evento puede tener las consecuencias más inesperadas en el transcurso de varios años. El pánico de 1873 podría ser un ejemplo de ello.

Leopold von Hohenzollern

Leopoldo de Hohenzollern.

En 1870 España se encontraba sin monarca, después del derrocamiento de Isabel II en la Revolución Gloriosa de 1868. Puesto que las Cortes españolas deseaban evitar el advenimiento de la República, el presidente del Consejo de Ministros Juan Prim se dedicó a buscar un candidato aceptable para ocupar el trono español en sustitución de los recién expulsados borbones. Una de sus primeras opciones era Leopoldo de Hohenzollern, uno de los más prometedores príncipes de una de las más importantes casas reales de Europa.

La elección del Hohenzollern gustó mucho al primer ministro prusiano Otto von Birmarck, ya que Leopoldo sería un firme apoyo pro-germánico al otro lado de los Pirineos. Sin embargo, el emperador francés Napoleón III no quiso ni oír hablar del tema. No deseaba tener a un alemán en el este y a otro por el sur amenazando su bien ganada hegemonía europea. Los agresivos movimientos diplomáticos de Francia consiguieron la renuncia de Leopoldo al trono español, pero también provocó una hostilidad abierta entre Francia y Prusia que desembocó en la Guerra Franco-prusiana.

Napoleón III quería hincar el diente sobre lo que a todas luces era un bocado demasiado grande para Francia, y Bismarck quería una excusa para unificar a la multitud de estados alemanes ante un enemigo común, bajarle los humos al francés y, de camino, terminar de aclarar que Alsacia y Lorena debían ser Alemanas para siempre. En efecto, ésta fue una guerra breve donde la batalla más importante, librada en Sedán, se saldó con una estrepitosa derrota francesa y con la captura del emperador Napoleón III. Allí mismo terminó el Segundo Imperio Francés y comenzó la Tercera República en medio de un gran desorden social.

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Napoleón III derrotado junto al canciller Otto von Bismarck en la batalla de Sedán, 1870.

Como suele ocurrir en estos casos, las condiciones impuestas por los vencedores a los vencidos fueron de todo punto excesivas, ya que además de soportar las pérdidas territoriales, Francia se vio obligada a pagar una elevadísima indemnización a Alemania en oro, y es aquí donde de verdad iba a comenzar un problema que deprimiría la economía mundial hasta el final del siglo XIX.

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Trade Dollar, moneda de plata acuñada exclusivamente para el comercio con Oriente a partir de 1873.

Gracias a esta indemnización, Otto von Bismarck decidió prescindir del patrón plata que había guiado la acuñación de monedas desde hacía cuatro siglos, y por lo tanto, dejó también de acuñar los famosos y prestigiosos Táleros de plata. El efecto inmediato de este cambio fue la depreciación del valor de dicho metal y de las monedas acuñadas con el mismo, y el hundimiento del mercado de valores de Viena. La crisis se extendió rápidamente a los Estados Unidos, de cuyas minas se extraía la mayor parte de la plata, y en 1873 el gobierno federal del entonces presidente Ulysses S. Grant promulgó el Acta de Acuñación, dejando de forma inmediata de acuñar dólares de plata y pasando de facto el patrón monetario al oro, metal en el que se acuñarían las nuevas monedas.

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Ulysses S. Grant, presidente de los Estados Unidos en 1873.

Esto sentó como un jarro de agua fría para muchas empresas norteamericanas, fuertemente endeudadas o necesitadas de liquidez debido a que se encontraban en un ciclo económico expansivo tras el final de la Guerra Civil Americana: De repente se produjo una falta de liquidez generalizada en el país que llevó a la quiebra a un considerable número de compañías y particulares. No hay que olvidar que la mayor parte de los países occidentales se hallaban inmersos en plena Segunda Revolución Industrial, con unas necesidades de materias primas y de financiación para proyectos industriales nunca vistas hasta entonces.

La banca de los Estados Unidos no iba a salvarse de las consecuencias, ya que era de las más endeudadas en los grandes proyectos de infraestructuras del país. La Jay Cooke & Company, que financiaba la construcción del ferrocarril Northern Pacific, se declaró en bancarrota al no poder colocar sus títulos en el mercado. La caída de Jay Cooke provocó una reacción en cadena de bancarrotas entre las entidades financieras, terminando de ahogar a la economía americana.

Esta crisis se prolongó en los Estados Unidos hasta 1879, pero en Europa se vivió una depresión prolongada que no remitió hasta 1896, con episodios verdaderamente dramáticos como la hambruna irlandesa de 1879 entre otros. Ésta fue una de las primeras crisis económicas globales, y todo el mundo la conoció en su momento como la Gran Depresión, ignorantes de que el nuevo siglo que llegaba traería consigo nuevas depresiones que dejarían pequeña a ésta.