Efemérides: Urano

En enero de 1986 yo iba al instituto en Barcelona. Estudiaba todavía el BUP de ciencias puras, aunque en honor a la verdad, decir “iba al instituto” y “estudiaba” no son más que eufemismos para ocultar la cruda realidad. ;-)

Esquema de los componentes de la sonda espacial Voyager 2. Imagen: Wikimedia Commons

Pero sí que me interesaban realmente las ciencias, y en aquella época, la punta de lanza de los descubrimientos científicos era un pequeño montón de piezas metálicas y componentes electrónicos que viajaba por el espacio desde hacía casi diez años y que en los inicios de 1986 se acercaba a un planeta prácticamente desconocido. Aquel montón de hierros espaciales era la sonda Voyager 2, y el desconocido planeta era Urano.

Voyager 2 sobrevoló Urano aquel enero de 1986 y el día 24 tuvo su máxima aproximación al planeta. Era una aproximación cuidadosamente calculada para lanzar la nave a una nueva trayectoria interplanetaria que la pondría rumbo a Neptuno, último destino de su viaje al que llegaría en 1989. En Urano, la Voyager 2 descubrió diez nuevas lunas del helado gigante, y recogió datos sobre su atmósfera y su clima. Urano gira con una enorme inclinación respecto al plano de su órbita (97,77º), algo insólito dentro de la familia de planetas que orbitan alrededor del Sol.

El planeta Urano fotografiado por la sonda Voyager 2. Su atmósfera de hidrógeno, helio y metano congelada a -242º C es de un color azulado uniforme.

Debo reconocer, con un puntito de nostalgia, que esperaba ansiosamente el momento de correr hasta el kiosko para comprar el ejemplar del Muy Interesante con las últimas imágenes de la sonda espacial Voyager 2. En aquellos tiempos, por supuesto, nada de Internet, ni de televisión vía satélite; ni siquiera cadenas privadas de televisión. Todo lo que teníamos a nuestro alcance eran las dos cadenas públicas nacionales y una bisoña TV3 cuyo mayor empeño parecía demostrar que John Waine también podía hablar en catalán.

Así que aquellas fotografías nunca antes vistas junto a los nuevos datos sobre la composición del planeta y sus recién descubiertas lunas eran un auténtico tesoro para los aficionados a la astronomía, y el origen de las mismas, aquella pequeña nave espacial con sus obsoletos ordenadores, un alarde de tecnología que ponía un hasta entonces desconocido sistema solar al alcance de nuestros ojos.

Fotografía de la luna de Urano Oberon tomada por la Voyager 2. Imagen: Wikimedia Commons.

Hoy, treinta y cinco años después de su lanzamiento, la sonda Voyager 2 aún sigue transmitiendo valiosos datos desde lo que los científicos consideran que es ya el exterior del sistema solar, más allá de la influencia del Sol, y se espera que continúe funcionando al menos durante otros dieciocho años. Su longevidad se debe a un reactor de plutonio cuya radiactividad genera la electricidad suficiente para alimentar los circuitos de la nave, pero sobre todo se debe a la pericia de los ingenieros del Jet Propulsion Laboratory de Pasadena que diseñaron la nave y cuidan con mimo cada uno de sus elementos para prolongar su vida lo más posible.

¿Estamos solos en el Universo?

Esto es un fotograma extraído del documental «Alienígenas», perteneciente a la serie El Universo de Stephen Hawking que hoy vende el diario Público junto con su tirada dominical. Se trata de parte de un gráfico tridimensional del Universo observable donde cada minúsculo punto de luz representa una galaxia. Las zonas más iluminadas corresponden a ¡acumulaciones de galaxias!, y esta imagen es sólo una parte del Universo «observable», que ni mucho menos tiene la magnitud del Universo real.

Esta imagen, por sí sola, contesta muchas de las preguntas que frecuentemente nos hacemos respecto a lo común que es el fenómeno de la vida y la inteligencia en el Universo. Hasta donde podemos observar, existen cientos de miles de millones de galaxias, cada una de las cuales contiene cientos de miles de millones de estrellas. Nuestro sol no es más que una estrella perdida en el interior de uno de los brazos espirales de una galaxia perdida en el interior de uno de los inmensos ríos de galaxias que podemos observar en esta imagen; nuestro planeta no es más que una minúscula esfera rocosa que gira alrededor de esa diminuta estrella, junto con otros muchos planetas, lunas y cometas que la rodean.

Es importante hacer este ejercicio de perspectiva cósmica porque, basándonos en nuestra insignificancia y en la magnitud del Universo, es fácil afirmar que cualquier cosa es no sólo posible, sino probable, dentro de su vastedad. Existen cientos de miles de millones de estrellas semejantes a la nuestra, perdidas dentro de cientos de miles de millones de galaxias semejantes a la Vía Láctea. ¿Cómo sería entonces posible que nuestro planeta fuera el único en todo el Universo donde se ha desarrollado la vida y la inteligencia? ¿Qué clase de pretencioso chovinismo nos lleva a decir algo semejante? No tenemos nada de especial para presumir de ser los únicos seres vivos en el Universo. En todo caso, y como algunos argumentan, tal vez la existencia de un satélite gigante (la Luna), que provoca fuerzas de marea en la Tierra que podrían ser fundamentales en el proceso de creación de la vida (hipótesis que está por demostrar). Aún admitiendo esa peculiaridad, ¿cuántos cientos de miles de millones de planetas tendrán lunas semejantes a la nuestra, o incluso mejores condiciones que favorezcan la aparición de la vida que la Tierra? Me atrevo a decir más: ¿Por qué la vida debería ser en otros lugares como la conocemos en la Tierra? ¿Cuántas formas de organización de la materia o de la energía podrían considerarse ellas mismas como vivas?

Puede que sea verdad que estemos aislados en el Universo: que las distancias cósmicas sean demasiado grandes para encontrar algún día formas de vida desarrolladas en mundos que giran alrededor de otras estrellas, o ni siquiera para comunicarnos con ellas, pero la pregunta «¿estamos solos en el Universo?» se contesta a sí misma con esta imagen: NO.