Batallas de la Edad Media: Agincourt

A principios del siglo XV la Guerra de los Cien Años se encontraba estancada. El rey inglés Enrique IV, el primero de los monarcas de la dinastía Láncaster, había mantenido una política pacificadora con Francia, si bien antes se había asegurado de recuperar y conservar sus cabezas de playa en el continente, evitando los ataques franceses sobre las islas.

Su heredero, sin embargo, era un joven aventurero, con ganas de alcanzar la gloria. A la muerte de su padre, y ya coronado rey de Inglaterra, Enrique V hizo saber a los franceses que reclamaba para sí la corona francesa por derecho dinástico. En Francia, mientras tanto, el rey Carlos VI padecía una grave enfermedad mental que debilitaba toda la estructura del Estado, propiciando los enfrentamientos entre armagnacs y borgoñones por el poder.

Y en el verano de 1415, los planes de Enrique V se hacen realidad con el inicio de su expedición a Francia. Aunque su ejército no era demasiado numeroso (algo menos de 10.000 hombres), contaba con el apoyo borgoñón, que pretendía desalojar al rey francés y a su delfín del trono. Enrique V desembarcó en la desembocadura del Sena, y tras tomar la cercana ciudad de Harfleur se dirigió hacia Calais.

El sitio de Harfleur resultó muy costoso para el rey de Inglaterra, y una buena parte de su ejército murió o enfermó gravemente de disentería, viéndose sus tropas mermadas a casi la mitad de los hombres, que además padecían unas condiciones de vida miserables entre la enfermedad y el hambre. Aún así, el monarca inglés prohibió a los hombres bajo pena de muerte los saqueos, robos violaciones o cualquier otro tipo de molestias a los civiles, dejando muy claro que no estaba conquistando un territorio enemigo, sino recuperando un reino que le pertenecía por derecho.

Al encontrar una fuerte resistencia francesa en el río Somme, Enrique V desvió a su ejército hacia el sur, buscando un vado para atravesarlo, cosa que consiguió en las cercanías de Voyennes. Al otro lado del río, un ejército francés mucho mayor que el inglés aunque menos organizado que éste esperaba el momento de lanzarse contra la fuerza invasora.

Ambos ejércitos se encontraron finalmente el 25 de octubre de 1415 cerca de la localidad de Agincourt. La desproporción de fuerzas era tan evidente que incluso los franceses tuvieron la deferencia de parlamentar con Enrique para evitar la más que probable masacre de los ingleses. Enrique, sin embargo, no quería ni oír hablar del tema, y aseguró que se enfrentaria a su enemigo con las fuerzas de que dispusiera, fuera cual fuese el resultado.

La disposición de las fuerzas fue parecida a la que contamos en la batalla de Aljubarrota, situándose los arqueros ingleses en ambos flancos, mientras la infantería defendía el centro. Los franceses, por su parte, seguían confiando en la fuerza de su caballería, a pesar de las dificultades que ofrecía un terreno muy accidentado. Al desencadenarse los combates se pudo comprobar la ineficacia de la caballería contra los flancos de arqueros, produciéndose una gran mortalidad entre los franceses, que cayeron víctimas de la lluvia de flechas cruzadas y del terreno desigual donde los caballos no podían desenvolverse con facilidad.

De hecho, en esta batalla se enfrentaban dos ejércitos muy diferentes: el francés, de corte feudal, basado en los caballeros, y el inglés, formado por levas populares de gentes de toda condición. Estos últimos no entendían de modales caballerescos, y se emplearon a fondo en la matanza, sin dar cuartel al enemigo hasta que, finalmente, el ejército francés fue vencido y puesto en fuga.

La inesperada victoria inglesa puso en un muy serio aprieto a la corona francesa, que vio como una gran parte de sus territorios en el norte del país pasaban a manos inglesas, y que además tuvo que consentir el matrimonio de Catalina, la hija de Carlos VI con Enrique V y aceptar que el hijo de ambos fuera herederos al trono de ambos países. Ni que decir tiene que el delfín Carlos no estaba dispuesto a aceptar estas condiciones, pero poco podía hacer en aquellos momentos por evitarlo, ya que Francia estaba acosada por el dominio inglés en el norte y por los borgoñones en el este. Unos años más tarde, Juana de Arco vendría a cambiar este estado de cosas y a decantar la guerra en favor de Francia, pero eso es ya otra historia.

Para finalizar, os dejo con esta escena de la película de Kenneth Branagh Enrique V, basada en la obra homónima de William Shakespeare, donde el rey inglés arenga a sus tropas justo antes de la batalla de Agincourt. Si os gusta, os recomiendo ver la película completa, que es una estupenda adaptación de la obra teatral.

Batallas de la Edad Media IX:Aljubarrota

Estamos a finales del siglo XIV, un siglo que debería ser recordado con angustia y temor por todos los europeos incluso hoy en día. Este siglo había sido testigo del final de la prosperidad económica y demográfica experimentadas durante el siglo anterior, que iban a ser sustituidas por la peste, la guerra y el hambre, especialmente en tierras de Francia. La Guerra de los Cien Años, que había destrozado económica y demográficamente a Inglaterra y Francia desde 1337, había entrado en 1360 en una fase de treguas provocadas precisamente por el brutal desgaste de ambos contendientes.

En España, por su parte, estaba ya todo el pescado vendido: la reconquista de los territorios bajo control musulmán había llegado prácticamente a su fin, y sólo el reino nazarí de Granada sobrevivía a la imparable expansión castellana, mientras Aragón se dedicaba a expandirse por el Mediterráneo, convirtiéndose en una potencia naval incontestable.

Pero el periodo de treguas entre Francia e Inglaterra acarreaba un problema añadido: recolocar a los miles de soldados que ahora vagaban sin empleo ni fortuna por tierras francesas provocando todo tipo de altercados y fechorías. La solución vino de la mano de Castilla, donde las luchas dinásticas entre  partidarios de Pedro I y Enrique II de Trastámara se convirtieron en un nuevo escenario del conflicto anglo-francés. Los ingleses apoyaron a Pedro I, mientras los franceses prestaron su apoyo y sus tropas a Enrique II. La victoria de este último, asesinando a Pedro I en Montiel en 1369, convirtió a Castilla en una firme aliada de Francia, a la que incluso prestó su flota para acosar a los ingleses en el mar.

Para sumar más conflictividad aún al contexto político europeo, la Iglesia también entró en 1378 en una profunda crisis que ya no se resolvería hasta bien entrado el siglo siguiente. Las disputas en el cónclave cardenalicio sobre la elección del nuevo Papa dieron lugar al llamado Cisma de Occidente, con la creación de una sede pontificia alternativa en la ciudad francesa de Avignon opuesta a la sede de Roma, y con la elección en cada una de estas sedes de sendos papas enfrentados por el poder en la Iglesia. En una Europa ya de por sí dividida, el cisma aumentó el abismo entre las naciones, que eligieron apoyar a uno u otro papa en  función de sus intereses estratégicos.

Con vecinos tan poderosos y acostumbrados a la conquista militar, Portugal, que también se encontraba en un periodo de cambios dinásticos con el ascenso al trono de Juan I de Avis, tuvo que buscar la alianza con Inglaterra para asegurar su supervivencia; una alianza que en la batalla de Aljubarrota se iba a demostrar imprescindible. Cuando en 1383 el heredero de Enrique II de Castilla (también llamado Juan I) reclamó para sí la corona de Portugal basándose en sus derechos por matrimonio, ambos reinos y sus respectivos aliados entraron en guerra.

Así las cosas, el ejército de Juan I de Castilla invadió tierras portuguesas con la asistencia de unos 2.000 caballeros franceses, y se encontraron el 14 de agosto de 1385 al ejército portugués de su tocayo Juan I de Portugal, al que auxiliaba un pequeño aunque decisivo número de los famosos arqueros de arco largo o longbow, cerca de la localidad portuguesa de Aljubarrota.

La ventaja de los arqueros ingleses era que el largo alcance de sus armas podía ofender al enemigo desde una gran distancia, sin que éste pudiera hacer nada por evitarlo, causando numerosas bajas antes del enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Por su parte, la caballería pesada francesa confiaba en la fuerza bruta de su carga demoledora para romper las líneas enemigas y desorganizar al ejército oponente.

Con lo que no contaban los franceses era con la preparación que el enemigo había hecho del campo de batalla, interponiendo una serie de obstáculos para el avance de la caballería y disponiendo a los arqueros en ambos flancos para atraparles en una lluvia de flechas cruzadas.

Tal como esperaban los portugueses, la caballería francesa fue presa fácil de esta trampa, y la práctica totalidad de los franceses fueron muertos o hechos prisioneros. El posterior ataque de la infantería castellana fue repelido por los portugueses en una dura jornada de lucha con numerosísimas bajas por ambas partes, incluyendo a los prisioneros franceses, que fueron ejecutados sin miramientos por los portugueses al no poder desviar hombres del combate para su custodia.

Al final del día la batalla estaba totalmente perdida para los castellanos, y Juan I dio la orden de retirada a sus tropas. La desbandada posterior fue aprovechada por el ejército portugués y los paisanos para terminar de masacrar a las tropas enemigas, convirtiendo la derrota castellana en un desastre total.

Las consecuencias de esta batalla se dejan sentir aún en el imaginario popular de ambos países: para Portugal, Aljubarrota fue la afirmación de su independencia frente a las ambiciones castellanas, y el afianzamiento de sus lazos de amistad con Inglaterra, que aún hoy perduran. Para conmemorar la victoria, Juan I ordenó la construcción del monasterio de Batalha (donde hoy reposan sus restos) y de la villa del mismo nombre.

Años más tarde, cuando Enrique V de Inglaterra invadió Francia en 1415, la táctica de repeler a la caballería francesa mediante el uso de los longbow volvió a repetirse, obteniendo las tropas inglesas una sonora victoria ante un ejército francés muy superior en número en la batalla de Agincourt.

En Castilla, la debilidad mostrada por su infantería y por la caballería francesa fue aprovechada por el noble inglés Juan de Gante, casado con una hija del asesinado Pedro I, para reclamar el trono aduciendo los mismos derechos matrimoniales que Juan I de Castilla esgrimió para atacar Portugal. Al año siguiente de la derrota de Aljubarrota, las tropas inglesas desembarcaron en Galicia, aunque la campaña sólo obtuvo un éxito parcial, arrancando a Juan I de Castilla el compromiso matrimonial de su heredero con una hija de Juan de Gante.

Batallas de la Edad Media (VII): Los cuernos de Hattin

Después de casi un siglo de presencia católica en los territorios de Próximo Oriente controlados por los cruzados, las cosas habían cambiado mucho en el mundo musulmán: de la desunión y el enfrentamiento que había propiciado la entrada y el asentamiento de los cruzados, con los desastrosos resultados que vimos en la entrada anterior sobre Jerusalén, había surgido una figura histórica aclamada para siempre por el mundo árabe como el más grande libertador que dieron los tiempos. Su nombre era Al-Nāsir Salāh ad-Dīn Yūsuf ibn Ayyūb, aunque la cristiandad le conoció como Saladino. Curiosamente, Saladino no era árabe, sino kurdo, un pueblo históricamente maltratado por los árabes.

Saladino fue criado desde pequeño en un ambiente militar, ya que su familia había entrado al servicio del despiadado y temido señor de Mosul y Aleppo, Zengi. Su carrera militar comenzó bajo las órdenes de su tío Shirkuk, quien a su vez servía al hijo de Zengi, Nur al-Din. Juntos participaron en la conquista de Egipto, convirtiendo en un títere al impotente califa fatimí, incapaz de hacer frente a las presiones de los cruzados.

Pero una vez conquistado Egipto, Shirkuk y Saladino decidieron que gobernarían el país en solitario, y que dejarían de estar a las órdenes de Nur al-Din, quien poco pudo hacer para evitarlo en vista del ejército que ambos mandaban y de los recursos que les proporcionaba su nuevo reino. Sobre 1171, y tras la muerte de su tío y la deposición del califa, Saladino se hizo con el control absoluto de Egipto.

Saladino empleó muchos de sus recursos en convertir a su nuevo reino al sunnismo, cosa que consiguió a través de la construcción de mezquitas y de madrasas donde se enseñaba esta doctrina «oficialista» del Islam contrapuesta al chiísmo que por entonces era mayoritario en Egipto. Sin embargo, su vista estaba puesta en el control de Siria, donde la muerte de Nur al-Din en 1174 había provocado un vacío de poder que pensaba aprovechar para convertirse en el señor de todo Próximo Oriente.

La guerra entre musulmanes se prolongó hasta el año 1186. Durante este periodo, y batalla tras batalla, Saladino se hizo con el control de Siria, de Arabia y de Mesopotamia, extendiendo su poder hasta las estribaciones de los montes Zagros. Tan pronto como terminó de afianzar su poder entre los musulmanes, puso toda su atención en el reino cristiano de Jerusalén.

Jerusalén era una herida abierta en el corazón de los musulmanes desde que fuera tomada a sangre y fuego en 1099 por los cruzados francos. Jerusalén: la ciudad sagrada desde donde Mahoma subió a los cielos a lomos de su caballo, ahora tomada por manos infieles que usaban la Gran Mezquita al-Aqsa como establo y que habían convertido la Cúpula de la Roca en una iglesia. Aquello era una afrenta, una bofetada diaria en la cara de todos los musulmanes que tenían que contemplar algunos de los lugares más venerados por el Islam profanados por aquellos infieles salvajes.

Pero no se trataba sólo de Jerusalén: Saladino había pedido durante muchos años el apoyo de las numerosas facciones y tribus de Siria con la promesa de unificar de nuevo el Islam y arrojar a sus enemigos de aquellas tierras, de manera que su propio prestigio estaba en juego. Saladino debía conquistar Jerusalén si quería perdurar en el poder.

Y las continuas provocaciones de los cruzados le iban a poner la oportunidad en bandeja de plata. El noble Reinaldo de Chatillón llevaba tiempo dirigiendo a sus caballeros templarios en reiterados ataques contra las caravanas que atravesaban o pasaban cerca del territorio cristiano, impidiendo el comercio entre Siria y Egipto. Por si fuera poco, Reinaldo había resistido los intentos de Saladino de tomar su inexpugnable fortaleza del Kerak, obligándole a firmar humillantes treguas con los cristianos.

Pero en 1187, la ruptura de la última tregua por el díscolo Reinaldo fue la gota que colmó el vaso de la paciencia de Saladino. El Sultán reunió a su ejército y marchó contra el reino de Jerusalén. En el bando contrario, el ejército cristiano se reunió y partió en busca del ejército sarraceno, encontrándose ambos en un lugar entre dos colinas conocidas como «Los cuernos de Hattin».

Desde el principio, Saladino aprovechó las circunstancias estratégicas favorables para vencer a su enemigo. En primer lugar, las reservas de agua, que en los desiertos de Próximo Oriente significaban la diferencia entre la vida y la muerte, estaban bajo su control. Sabía que los cristianos no tendrían más remedio que atacar para conseguir el acceso al preciado líquido. Por su parte, el ejército cristiano dudaba, ya que conocían de sobra la pericia militar de Saladino, y decidieron esperar a un momento propicio para el ataque. Saladino aprovechó el viento favorable para incendiar una gran cantidad de pastos, sofocando a las tropas enemigas con el humo. Desprovistos de agua, sofocados por el calor y por el humo, el ejército cristiano fue presa fácil para las tropas de Saladino, que masacró a casi 40.000 cristianos, desintegrando por completo la capacidad ofensiva cruzada en la región.

Se dice que al ser llevados el derrotado rey de Jerusalén Gui de Lusignan y su lugarteniente Raimundo de Chatillón como prisioneros ante Saladino, el Sultán cortó personalmente la cabeza de éste último como venganza por los años de ataques y provocaciones (y según se dice, por la muerte en uno de esos ataques de su propia hermana).

Las fuerzas musulmanas se presentaron ante las puertas de Jerusalén sólo unas semanas más tarde de esta clamorosa derrota cristiana, y tras resistir lo posible, la ciudad santa fue recuperada por Saladino para el Islam. Los territorios cristianos seguirían cayendo en los años siguientes hasta que finalmente la presencia de los cruzados en Próximo Oriente se convertiría sólo en un mal recuerdo para las gentes del lugar.

Batallas de la Edad Media (VIII): Bouvines

¿Sabéis ese dicho de «de aquellos polvos, estos lodos»? Pues bien, para la historia de la Edad Media, la batalla de Bouvines son «aquellos polvos».

Corría el verano del año 1214, y en Inglaterra reinaba Juan I, conocido popularmente como «Juan sin Tierra» y tachado de malvado por la tradición popular como instigador del cautiverio de su hermano, el cruzado Ricardo Corazón de León. Si bien es cierto que Juan hizo todo lo posible por mantener a su hermano a buen recaudo, no es menos cierto que con él se limitó el poder de los reyes mediante la promulgación de la Carta Magna, un tímido paso en la dirección de las monarquías parlamentarias.

Por aquellos años, el rey de Inglaterra poseía una gran parte del occidente francés: unos territorios conocidos como el Imperio Angevino. Como señor feudal de aquellos territorios (heredados de su madre Leonor de Aquitania) Juan debía vasallaje al rey de Francia, lo que le colocaba en una posición bastante incómoda. Los territorios ingleses del continente eran esenciales para la subsistencia económica de Inglaterra.

Pero al mismo tiempo, el rey de Francia, Felipe II Augusto, trataba por todos los medios de consolidar su dominio sobre el país, y para ello debía meter en cintura a sus díscolos vasallos feudales, de entre los cuales el más peligroso era sin duda el rey de Inglaterra. Como forma de presionarlo para romper aquel delicado e incómodo equilibrio, Felipe Augusto citó al monarca inglés para ser juzgado por un asunto nímio. Al no comparecer Juan, el rey de Francia le declaró en felonía contra su señor, y por lo tanto decretó la confiscación de sus territorios en Francia. De un plumazo, y nunca mejor dicho, Felipe II arrebató a los ingleses el control de un importante porcentaje de Francia.

Algunos otros señores feudales vasallos del rey de Francia como el conde de Flandes se negaron a reconocer la supremacía de Felipe Augusto, y buscaron una coalición que derrotara al rey francés y consiguiera mantener sus privilegios. A Felipe no le faltaban enemigos: por una parte, el acoso contra los ingleses le estaba costando el dinero a Flandes y a Boulogne, y por otra parte, el apoyo prestado por Felipe al pretendiente a la corona imperial Federico Hohenstaufen había sentado muy mal al emperador Otón IV de Brunswick, enemigo declarado del primero.

Entre todos ellos montaron un ejército de más de 25.000 hombres, divididos en dos cuerpos cuyo plan era atrapar al rey de Francia en una pinza. Por el sudoeste entrarían las tropas inglesas de Juan sin Tierra, que avanzarían hacia el norte buscando entrar en París, mientras por el noreste las tropas imperiales y flamencas enfrentaban al ejército francés. Felipe, sin embargo, no se iba a amilanar ante la amenaza, y también dividió su ejército, enviando a su hijo Luis (el futuro Luis VIII, el León) a enfrentarse al avance inglés mientras él se las veía con el Emperador. Luis cumplió su cometido e infligió una importante derrota a los ingleses el 2 de julio de 1214. El 27 de aquel mismo mes, en la batalla de Bouvines, las fuerzas francesas dieron buena cuenta del ejército imperial, derrotando al emperador Otón IV.

Esta batalla podría haber sido como cualquier otra: salvaje, sangrienta e intrascendente, de no ser porque sí que tuvo su trascendencia. Para empezar, Otón IV tuvo que huir del campo de batalla, vergonzosamente derrotado y con su prestigio por los suelos. Al año siguiente sería depuesto, y Federico II Hohenstaufen ocuparía su puesto, convirtiéndose en el centro de la política europea de esa mitad del siglo. Por otro lado, Inglaterra perdió prácticamente todos sus territorios franceses, conservando sólo la Aquitania. La pérdida de estos territorios significó el enfrentamiento de Juan con sus nobles, que veían perdidos una importante parte de sus ingresos, unos enfrentamientos que se saldaron con la concesión de la Carta Magna en 1215 y el debilitamiento del poder real.

Para Francia esta batalla significó la afirmación de la identidad nacional francesa (muchos franceses acudieron a la lucha incluso sin estar obligados por los lazos feudales de vasallaje). También significó el inicio de una época de esplendor que los siguientes monarcas afianzarían, colocando a Francia como primera potencia europea del siglo XIII.

Pero como dijimos al principio: «de aquellos polvos, estos lodos». Años más tarde, la pérdida de los territorios en Francia, sumados al anhelo inglés por recuperar su influencia en Europa y las pretensiones al trono de un joven monarca desencadenarían la catastrófica Guerra de los Cien Años, que sumiría a Europa en el caos y en la miseria.

Batallas de la Edad Media (VI): Jerusalén – Tercera parte

Allí, ante los ojos incrédulos de miles de cruzados, estaban las murallas de la ciudad santa de Jerusalén. Atrás quedaban tres años de largas marchas, penurias y sangrientas batallas en las que una gran parte del ejército cruzado se había perdido. Nicea, Dorilea, Edesa, Antioquía… Los sarracenos habían defendido su tierra tan bien como lo hubiera hecho el mejor de los caballeros cristianos, pero no habían podido resistir el empuje religioso que impulsaba a los cruzados hacia Palestina.

Habían conquistado ciudades, matado a miles de sarracenos; habían pasado todas las penalidades de las que era capaz el ser humano en un territorio hostil como jamás habían conocido ningún otro, pero también habían sembrado el caos y la destrucción a su paso, consumiendo cosechas y condenando a muchos inocentes a la muerte por inanición, arrasando pueblos enteros, algunos de los cuales ni siquiera sabían por qué eran exterminados. Habían cometido por el camino todo tipo de salvajes crímenes que en cualquier otro caso la Iglesia hubiera considerado intolerables, el peor de los cuales no fue el canibalismo.

Y aquel verano de 1099, por fin, todos aquellos trabajos estaban llegando a su fin. Ahora comenzaba otro penoso asedio que iba a prolongarse durante mes y medio. Sin embargo, la visión de la ciudad santa elevaba la moral de los invasores cruzados, que estaban dispuestos a todo para lograr su objetivo.

Los buques genoveses que habían llegado para auxiliar a los cruzados fueron desmantelados, y su madera transportada hasta Jerusalén para construir allí torres de asedio con las que asaltar las murallas. Atacados por varios frentes al mismo tiempo, la ciudad terminó cayendo el día 15 de julio de 1099, dando inicio a los sucesos más ignominiosos de la historia de la cristiandad.

En efecto: al tiempo que, exaltados después de su epopeya por Próximo Oriente durante años,  los cruzados entraban en Jerusalén, comenzaba la matanza indiscriminada de toda su población. Muy pocos se salvaron del genocidio, porque los invasores estaban determinados a limpiar la ciudad de infieles. Los cronistas de uno y otro lado del conflicto relataron con detalle aquel atropello a la humanidad:

Maravillosos espectáculos alegraban nuestra vista. Algunos de nosotros, los más piadosos, cortaron las cabezas de los musulmanes; otros los hicieron blancos de sus flechas; otros fueron más lejos y los arrastraron a las hogueras. En las calles y plazas de Jerusalén no se veían más que montones de cabezas, manos y pies. Se derramó tanta sangre en la mezquita edificada sobre el templo de Salomón, que los cadáveres flotaban en ella y en muchos lugares la sangre nos llegaba hasta la rodilla. Cuando no hubo más musulmanes que matar, los jefes del ejército se dirigieron en procesión a la Iglesia del Santo Sepulcro para la ceremonia de acción de gracias.

(Raimundo de Aguilers, cronista de la Primera Cruzada, relatando los hechos acontecidos tras la toma de Jerusalén por los cruzados en 1099)

Tras esta limpieza étnica por las bravas, de la que la piadosa Europa no dijo ni esta boca es mía, se instauró un reino cristiano en Jerusalén que duraría casi un siglo. Tras la cruzada, el ímpetu europeo por Tierra Santa fue perdiendo fuelle, ya que era costosísimo mantener la defensa de aquellos territorios contra unos gobernantes musulmanes cada vez más preparados y ansiosos por recuperar el terreno perdido. Sin embargo, el espíritu de la cruzada quedó impregnado en la épica caballeresca de la Alta Edad Media. Muchas otras cruzadas sucederían a ésta, y no todas repercutieron en una mayor seguridad para Europa contra el Islam. Alguna de ellas, de hecho, debilitaron nuestras fronteras casi destruyendo el Imperio bizantino, lo que a la larga repercutiría en el imparable auge del Imperio otomano.

Batallas de la Edad Media (VI): Jerusalén – Segunda parte

En la primera parte de esta entrada habíamos dejado a Europa movilizada por el llamamiento papal a reconquistar Tierra Santa. Muchos, pobres y ricos, recogieron el guante y empezaron a organizarse para el largo viaje. Los primeros que se pusieron en marcha fueron los que menos tenían que preparar: una enorme horda de gentes sin hacienda ni porvenir que se reunieron alrededor de un sujeto conocido como Pedro el Ermitaño. Procedentes en su mayor parte de Francia, recorrieron tierras de Alemania y Hungría sin que la mayor parte de ellos supiera realmente hacia dónde viajaban, robando y saqueando ganado, campos y aldeas en su camino hasta que finalmente se plantaron ante las imponentes murallas de Constantinopla en 1096.

El horrorizado Alejo I se dio cuenta rápidamente de que aquellas gentes sin conocimientos militares, sin armamento adecuado y sin suministros no llegarían muy lejos en el entorno hostil de Asia Menor, y les recomendó esperar hasta que llegaran los nobles con sus hombres de armas, que aún estaban preparando su propia expedición; sin embargo, la impaciencia de sus líderes por avanzar le obligó a suministrarles embarcaciones con las que cruzar los estrechos. De este modo, al menos, se libraba del problema de varios miles de cruzados hambrientos a las puertas de la capital del Imperio.

Pero al cruzar hacia Asia Menor, estos primeros cruzados perdieron también la protección que les daba su “misión divina”, que había impedido hasta entonces que los señores feudales europeos se enfrentaran a ellos por sus constantes pillajes. Los turcos Selyúcidas no iban a ser tan tolerantes con ellos.

Y, en efecto, cuando los cruzados, divididos y sin liderazgo por sus disputas internas, se encaminaban hacia la ciudad de Nicea, ahora en manos musulmanas, fueron emboscados por un ejército turco que les exterminó sin miramientos. Decenas de miles de cruzados murieron en aquella carnicería, de la que sólo se salvaron unos cuantos que pudieron volver a Constantinopla para dar cuenta del desastre de la Cruzada de los Pobres.

Sin embargo, los pobres, los campesinos y los sin tierra no formaban realmente parte de la que iba a convertirse en la verdadera Primera Cruzada. Su martirio a manos de los sarracenos sería un buen apoyo publicitario para la cruzada que nobles entre los que destacaban los franceses Godofredo de Bouillón y su hermano Balduino y los normandos Bohemundo de Tarento y Roberto II de Normandía ya tenían en marcha. Todos se iban a dar cita en 1097, viajando por diferentes rutas terrestres y marítimas, en Constantinopla. En el caso de Bohemundo, príncipe normando de la recientemente reconquistada Sicilia, además de ser una de las grandes esperanzas de los cruzados, era también una de las grandes preocupaciones del emperador bizantino Alejo, quien había luchado no hacía mucho contra sus huestes y prefería tenerle lo más lejos posible.

Las puertas de Constantinopla se abrieron a los nobles francos y normandos, pero permanecieron siempre herméticamente cerradas para el resto de los cruzados. Dentro, los nobles se comprometieron a respetar la soberanía bizantina de los territorios a reconquistar a cambio del apoyo logístico de Alejo, ya que la situación del ejército cruzado era muy delicada al carecer de abastecimiento. El Emperador respiró aliviado cuando les vio abandonar su capital hacia territorio enemigo, y no esperaba mucho más de ellos que de los desdichados que les habían precedido. No obstante, Alejo equivocó su predicción, ya que el paso de este ejército de 35.000 cruzados fanatizados por territorio sarraceno iba a escribir con sangre una de las páginas más ominosas de la Historia.

Batallas de la Edad Media (VI): Jerusalén – Primera parte

He tardado un poco más de lo habitual en empezar a escribir esta entrada porque puede que para algunos los hechos acontecidos hace casi mil años en Oriente Próximo no tengan más relevancia que la meramente histórica, pero yo no lo veo así, y eso me hace más difícil escribir sobre este tema. Observando la Historia Universal como un conjunto de acontecimientos conectados y entrelazados entre sí, es fácil darse cuenta de que aún hoy estamos pagando por errores y crímenes muy antiguos, por querellas y enemistades que se remontan a los tiempos de los primeros califas, allá por el siglo VII.

Jerusalén es la ciudad sagrada de tres religiones, situada en lo que algunos consideran «el centro del mundo». Su origen se pierde en la oscuridad de la Edad del cobre, y ha pertenecido a lo largo de su dilatada historia a cananeos, egipcios, jebuseos, hebreos, asirios, babilonios, persas, macedonios, asmoneos, romanos, bizantinos, árabes, cruzados, turcos y británicos. Hoy el estado de Israel y la Autoridad Palestina reclaman la ciudad como capital de sus respectivos países, y su futuro sigue siendo, como lo ha sido a lo largo de toda la historia, incierto.

Para los judíos, Jerusalén es su capital religiosa, la sede de los sucesivos templos donde el pueblo hebreo se ha congregado durante siglos para adorar a su dios innombrable. Para los cristianos es la ciudad donde Jesucristo fue crucificado y resucitó de entre los muertos. Para los musulmanes, el lugar desde donde el profeta Mahoma subió a los cielos en un revelador viaje astral. Ninguno de los tres credos ha renunciado jamás al derecho de propiedad sobre la ciudad de Jerusalén, a la que consideran como el ombligo de su fe. No en vano, fue hacia Jerusalén hacia donde los primeros musulmanes giraron sus rostros para realizar sus oraciones por mandato expreso de Mahoma, aunque con posterioridad La Meca se convirtió en el centro de sus oraciones.

En la expansión musulmana del siglo VII posterior a la muerte del Profeta, Jerusalén era un destino preferente. No les costó demasiado arrebatar la ciudad sagrada a un Imperio bizantino enfrascado en seculares guerras contra sus vecinos sasánidas. Pronto, todo el Oriente Próximo pertenecía a los guerreros árabes y a la fe musulmana.

Los derechos de los habitantes cristianos y de los peregrinos a Tierra Santa fueron más o menos respetados, pero a comienzos del siglo XI, Jerusalén estaba bajo el gobierno de la dinastía fatimí gobernante en Egipto. Un joven califa llamado al-Hakim, cuyo comportamiento se salía de lo puramente excéntrico para entrar de lleno en la más absoluta demencia, tuvo la genial idea de ordenar en 1009 la destrucción de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, el lugar donde, según la tradición cristiana, fue sepultado Jesús tras su crucifixión y resucitó de entre los muertos.

La intolerable afrenta recorrió la cristiandad entera a toda velocidad. Aunque unos años más tarde el hijo de al-Hakim permitió que el Santo Sepulcro fuera reconstruido por arquitectos y artistas bizantinos, en Europa Occidental quedó grabada la impronta de que algo marchaba muy mal en Tierra Santa, y de que era necesario restaurar el orden de las cosas, alterado por los musulmanes.

Pero al mismo tiempo, una nueva fuerza emergía desde las estepas rusas. Un pueblo nómada turcomano descendió hacia Persia, se convirtió al Islam y continuó expandiendo su dominio hasta dominar todo Oriente Próximo y Asia Menor. Era el Imperio Selyúcida. Al finalizar el siglo XI, los selyúcidas habían arrebatado a los bizantinos el control más allá de los estrechos. El emperador de Constantinopla, Alejo I, se vio en una situación tan apurada como para tener que pedir ayuda a Occidente. La carta que envió al Papa de Roma, única autoridad más o menos creíble y con influencia sobre toda Europa en aquella época, fue de lo más convincente.

Pero el Papa Urbano II tenía sus propias ideas sobre cómo ayudar a restablecer la fe cristiana en Tierra Santa, y no coincidía con lo que el emperador bizantino tenía en mente. Alejo I pretendía que Occidente le enviara un pequeño grupo de tropas de élite, con capacidad para mantener a raya a los turcos y evitar el saqueo de Asia Menor y la consiguiente presión sobre la capital del Imperio. Urbano II, en cambio, congregó un concilio en la ciudad francesa de Clermont en 1095, y allí proclamó la necesidad de reconquistar Tierra Santa para la cristiandad, prometiendo la salvación para todos aquellos que participaran de lo que se dio en llamar La Cruzada.

Hay que entender cómo estaba organizada la sociedad del siglo XI para comprender el alcance que tuvo el llamamiento del Papa. Se trataba de una sociedad muy influida por la religión, donde el exacerbado concepto del pecado y la búsqueda de la salvación eterna, además de la violencia y el constante enfrentamiento armado, eran el modo de vida más común. Desde los más pobres hasta los grandes señores, todos quisieron abrazar la cruz y marchar a la conquista de aquellas lejanas y desconocidas tierras de Oriente. Allí podrían, además de obtener riquezas y tierras, ganar el cielo luchando contra los infieles. Era lo que el mismísimo Papa había prometido y ¿acaso no hablaba Dios por boca del Papa?

En Europa, el llamamiento a «matar infieles» fue tomado al pie de la letra, y muchos empezaron por hacer la limpieza en sus propias casas, exterminando a todos aquellos que no profesaran la religión católica. Los más abundantes entre estos eran los miembros de las numerosas comunidades judías diseminadas por todo Occidente. Miles de ellos fueron asesinados mientras sus propiedades eran saqueadas por una masa fanatizada y espoleada por los mensajes de la Iglesia. Mientras tanto, miles de hombres sin fortuna, gentes de armas y nobles venidos a menos comenzaban a agruparse para formar ejércitos con los que asaltar la que de nuevo podía considerarse como la «tierra prometida».

Batallas de la Edad Media (V): Lechfeld

Que «la unión hace la fuerza» es un dicho cuya veracidad está comprobada desde la oscuridad de los tiempos, cuando las tribus prehistóricas se aliaban unas con otras para conquistar territorios y pueblos. Por desgracia para la Europa del siglo X, los ambiciosos hijos de Luis el Piadoso, de cuyas correrías hablamos en la entrada anterior, no habían aprendido la lección: ellos prefirieron dividir el antaño poderoso Imperio carolingio en una sucesión de reinos enfrentados entre sí, sin importarles lo más mínimo que el resultado de aquella nueva debilidad de Europa significara también una nueva época de invasiones bárbaras procedentes del exterior.

Y esta época, conocida como de las «segundas invasiones», se prolongó desde mediados del siglo IX (con posterioridad a la batalla de Fontenoy) hasta mediados del siglo XII. Por regla general se trataron de invasiones violentas, de partidas de saqueo que llegaban desde tres frentes distintos: el norte, con los normandos; el este, con los magiares y el sur, con los sarracenos.

Por el norte avanzaban hacia Europa los temibles vikingos o normandos (palabra procedente del inglés antiguo que significa «hombre del norte», north man). Se adueñaron de Dinamarca y de la península noroccidental de Francia, hoy conocida como Normandía. Además, sus expediciones de saqueo asolaron Gran Bretaña, Irlanda y toda la cornisa atlántica de Europa, llegando incluso a saquear la ciudad andalusí de Sevilla en 844. A los debilitados reyes europeos no les quedó más remedio que establecer compromisos con los normandos, cuya influencia iría aumentando con el paso de los años.

Por el sur, las partidas musulmanas aglabíes, con base en Túnez, dominaban el Mediterráneo occidental invadiendo Sicilia, Cerdeña, el sur de Italia e incluso las Islas Baleares. Lo poco que pudiera quedar del comercio marítimo en esta región acabó destruida por completo por los piratas sarracenos, que además saqueaban con frecuencia las costas meridionales europeas sembrando el pánico entre la población.

Y para rematar este cuadro dantesco faltaba un pueblo procedente de las estepas ucranianas: los magiares o húngaros, que habían sido empujados hacia Europa por la presión de otro grupo étnico: los pechenegos. Las hábiles maniobras bizantinas se enfrentar a unos bárbaros contra otros alejándolos de los territorios imperiales (húngaros contra búlgaros, pechenegos contra húngaros, etc.) terminaron con el establecimiento del pueblo húngaro aproximadamente donde se sitúa en la actualidad el estado de Hungría. Esto fue el comienzo de una larga pesadilla para la Europa central, ya que los húngaros se dedicaron con asiduidad al pillaje, al vandalismo y al saqueo, llegando en sus incursiones a Alemania, a Francia, al interior de Italia e incluso a la Península Ibérica. Allá por donde pasaban las partidas húngaras sembraban la destrucción y el caos, y no existía fuerza alguna que pudiera oponerles resistencia.

Así estaban las cosas cuando en el año 936 Otón I fue coronado Rey de Germania. Otón I contaba con el apoyo político y militar de varios principados entre los muchos en los que se había disgregado el antiguo Imperio carolingio, y su vocación fue desde el principio restaurar la autoridad imperial en su persona. Para empezar, Otón afirmó su dominio en el norte de Italia, y contrajo matrimonio con una princesa inglesa. Poco a poco, Otón fue ganando influencia en Europa, pero aún necesitaba el carisma necesario para ser coronado Emperador, y los húngaros iban a darle esa oportunidad.

El 10 de agosto de 955, las tropas reunidas por Otón I se enfrentaron a una enorme partida húngara en las márgenes del río Lech, cerca de la ciudad alemana de Augsburgo. Los húngaros se habían lanzado a una de sus habituales campañas de saqueo. Basando su éxito en la rapidez de su ataque y el la posibilidad de una huida igualmente rápida, los húngaros formaban un cuerpo irregular de caballería ligera de unos 17.000 jinetes, comandados por diferentes caudillos tribales. Frente a ellos, las tropas reunidas por Otón I eran básicamente de caballería pesada: unos 8.000 soldados con armadura sobre grandes caballos de batalla. Los alemanes cortaron la retirada a los húngaros, que situados entre el enemigo y el río, se vieron obligados a enfrentarse a aquellos jinetes acorazados. El resultado fue bastante sangriento, y el número de bajas en uno y otro bando estuvo muy igualado. Sin embargo, los alemanes consiguieron mantener el orden en sus filas y conservar el terreno, mientras los húngaros fueron puestos en fuga atravesando el río, lo que les supuso buena parte de sus bajas. De los húngaros que salieron con vida del combate, muchos de ellos resultaron heridos.

La victoria alemana en Lechfeld significó para Europa el fin de las incursiones de saqueo húngaras, y también el auge de un nuevo monarca fuerte que iba a restaurar la grandeza del título imperial. En 962, siete años después de la histórica batalla de Lechfeld, Otón I fue coronado Emperador Romano por el Papa de Roma (Desde los inicios del Imperio carolingio, los Papas se había arrogado el derecho de coronar a los emperadores merced a una supuesta -y descaradamente falsa- donación de los poderes imperiales por parte de Constantino I a la Iglesia). Con Otón I se inició una época nueva para Europa, la del Renacimiento Otoniano, con una cierta proliferación  de las artes y de la arquitectura civil. También comenzaron con Otón I las primeras disputas serias entre papas y emperadores por el control político en el Imperio y en la Iglesia, pero en general, se fue recuperando una cierta estabilidad en Europa Central que permitía el progreso de un pueblo al fin libre de la amenaza constante de matanzas y saqueos por parte de los bárbaros magiares.

En los frentes norte y sur, serían los propios normandos quienes expulsaran a los sarracenos de Italia y Sicilia, llegando incluso a establecer un reino normando en esta parte del Mediterráneo que tendría su importancia en las futuras cruzadas hacia Tierra Santa, pero eso ya es otra historia.

Batallas de la Edad Media (IV): Fontenoy-en-Puisaye

Antes de detenernos en esta poco conocida batalla, demos una vuelta por el convulso mundo de mediados del siglo IX:

En Oriente, Bizancio se enfrentaba al empuje musulmán por el este, mientras en el interior se vivían tiempos revueltos debido a las querellas religiosas entre iconoclastas e iconodulas, en las que los emperadores siempre tomaron partido por uno u otro bando.

En Gran Bretaña, los pueblos anglos, sajones y jutos que habían ocupado la isla durante el siglo V y formado la llamada Heptarquía se iban agrupando a sangre y espada en el embrión de lo que sería el reino de Inglaterra. Al mismo tiempo, aumentaban las incursiones vikingas, a las que los caudillos anglosajones tendrían que hacer frente.

En España, al-Ándalus era ya una realidad consolidada, y los cristianos habían quedado relegados a las zonas montañosas del norte peninsular. Abderramán I, el único superviviente de la matanza de los Omeya, había llegado a mediados del pasado siglo y establecido en al-Ándalus un emirato independiente de los abasíes de Bagdad.

Pero en Francia había surgido un reino nuevo y poderoso; un imperio que durante medio siglo consiguió unificar vastas extensiones de terreno bajo un solo gobierno. Descendiente de los mayordomos de Palacio que ostentaban el poder real en los diferentes reinos merovingios, Carlomagno unificó Austrasia y Neustria; mantuvo a raya a los musulmanes, conquistando unos territorios en la Península Ibérica que serían el germen de la actual Cataluña; venció y conquisto al reino lombardo del norte de Italia, que amenazaba la seguridad del Papa de Roma y sus dominios territoriales; se enfrentó a los irreductibles sajones en el este, domeñándolos y convirtiéndolos al catolicismo… Incluso se permitió atacar a los ávaros, que tantos problemas habían dado al Imperio bizantino durante el siglo anterior. Al terminar el siglo VIII, Carlomagno era coronado Emperador romano por el Papa de Roma, considerando éste que el antiguo Imperio había sido restaurado en Occidente. Aunque en Constantinopla no se aceptaba la presencia de otro emperador, y mucho menos de origen bárbaro como Carlomagno, no podía negarse que el poder en Occidente estaba por completo en sus manos.

Carlomagno obtuvo su Imperio por la espada, y hubo de mantenerlo por la espada durante todo su reinado. Sin embargo, creó una burocracia muy eficiente a la hora de manejar de forma eficaz tan amplio territorio, con un funcionariado muy jerarquizado en un organigrama donde él era la cúspide, y donde unos funcionarios vigilaban a otros para impedir los excesos y el desgobierno en los distintos territorios bajo su control.

A la muerte de Carlomagno en 814, el Imperio pasó a manos de su hijo Ludovico, conocido como Ludovico Pío o Luis el Piadoso. Carlomagno le entregó un Imperio que comprendía las actuales Francia y gran parte de Alemania, además del reino de Italia, que estaba gobernado por su sobrino Bernardo aunque bajo el control Imperial. Ludovico Pío era un personaje aficionado al mundo eclesiástico, afición por la cual obtuvo su sobrenombre. Sin la fuerte mano del fundador del Imperio, éste entró en franca decadencia, con crecientes problemas fronterizos y constantes intrigas y guerras civiles entre el Emperador y sus propios hijos, deseosos de hacerse con su propio trozo del pastel imperial. Los hijos de Ludovico llegaron incluso a deponer al Emperador durante un tiempo en el transcurso de estas guerras. Cuando Ludovico murió en 840, las ambiciones de sus herederos eran ya irreconciliables.

El Imperio se dividió de Occidente a Oriente entre los hijos de Ludovico de la siguiente forma: Pipino II, hijo de Pipino I (fallecido en 838) y nieto de Ludovico, heredó el ducado de Aquitania; Carlos el Calvo heredó la Francia occidental; Lotario heredó la Francia media y el título de Emperador, y Luis el Germánico heredó la parte oriental del Imperio, situada en la actual Alemania. Aunque Pipino, Carlos y Luis estaban sometidos a la autoridad imperial, en la práctica eran reyes de reinos independientes. Lotario trató de hacer efectivo este control, sometiendo a sus hermanos a su autoridad, pero la disgregación del Imperio era ya inevitable.

Carlos el Calvo y Luis el Germánico se declararon en rebeldía y reunieron un ejército que se enfrentó a las tropas de Lotario el 25 de junio de 841 en la localidad francesa de Fontenoy-en-Puisaye. A pesar del apoyo del duque Pipino de Aquitania, el Emperador fue vencido en esta batalla por sus hermanos y hubo de aceptar en un tratado posterior la división y el fin del Imperio carolingio. La batalla de Fontenoy-en-Puisaye no está considerada como muy importante, pero supuso la constatación de que los tiempos del Imperio franco y del sueño de una Europa unida bajo un mismo gobierno habían terminado. Los reinos que surgieron de esta división serían la semilla de la futura composición política de Europa durante el resto de la Edad Media.

Aunque el título de Emperador siguió pasando de unas manos a otras, su importancia política fue decayendo y jamás volvió a tener la trascendencia de los tiempos de Carlomagno o de Ludovico. En el siglo X, tras varios años de interregno, el título imperial pasaría a manos germánicas, con la creación del Sacro Imperio Romano Germanico, pero eso ya es otra historia.

Batallas de la Edad Media (III): Guadalete

A principios del siglo VIII, el poder musulmán que emanaba del califato Omeya de Damasco se extendía desde las orillas del río Indo hasta las costas atlánticas de África. Se trataba de una fuerza irresistible, unida por una fe inquebrantable, que únicamente se había estrellado al toparse con los inexpugnables muros de Constantinopla. De no haberse encontrado allí el aún fuerte y rico Imperio bizantino impidiendo la expansión árabe hacia una Europa occidental descompuesta y en estado de barbarie, puede que hoy todos habláramos árabe en Europa.

A miles de kilómetros de Damasco, en el reino visigodo de Hispania, estaban produciéndose unos sucesos que iban a cambiar para siempre nuestra historia. El reino visigodo estaba en franca decadencia, enfrentado a las seculares luchas intestinas entre sus nobles y a la desafección de la población civil, harta de las guerras civiles y de las hambrunas recurrentes. La última de estas guerras civiles enfrentaba al rey Rodrigo con los hijos del fallecido rey Witiza, presumiblemente asesinado por el primero. Es un hecho notable que muchos de los reyes godos tuvieron un final bastante violento, y la nobleza visigoda tenía la sana intención de continuar su macabra tradición de acabar con los reinados incómodos por las bravas.

En esas estaban cuando los hijos del rey Witiza pidieron ayuda en su lucha contra Rodrigo al gobernador árabe del norte de África Musa ibn Nusair. en principio se trataba de enviar ayuda militar para deponer a Rodrigo, pero Musa pensó que podría sacar mucho más provecho de las disputas visigodas. El gobernador Musa encargó a su lugarteniente Táriq ibn Ziyad una campaña en Hispania, y éste a su vez ordenó a su comandante Tarif Abu Zara que encabezara una fuerza expedicionaria. En 710, los árabes ponían por primera vez los pies sobre la Península Ibérica cerca de la localidad de Tarifa, que aún lleva el nombre del famoso comandante árabe.

Tras un reconocimiento del terreno, Tarif constató que la resistencia era escasa o nula, y que las condiciones eran inmejorables para enviar a una fuerza mayor; una verdadera fuerza de conquista. Al año siguiente, entre siete mil y nueve mil soldados musulmanes (la mayoría de ellos tropas bereberes al mando de líderes árabes) desembarcaron en el peñón de Gibraltar (cuyo nombre deriva del caudillo Tariq, y significa «montaña de Tariq»).

La invasión pilló al rey Rodrigo con el carrito de los helados, luchando en el norte contra los siempre díscolos vascones. Las primeras noticias de la invasión tardaron semanas en llegar. Para cuando pudo reunir un ejército de unos 40.000 hombres en Córdoba, los árabes ya habían establecido su cabeza de playa, y el número de tropas invasoras aumentaba a diario. Ambos ejércitos se encontraron a mediados de julio del año 711 cerca del río Guadalete, en la actual provincia de Cádiz. Consumando su traición, los hijos de Witiza, cuyas tropas protegían los flancos visigodos, se retiraron en medio de la batalla, dejando desprotegido al ejército de Rodrigo ante las cargas de la legendaria y temible caballería ligera árabe. En poco tiempo, las únicas fuerzas que el reino visigodo podía oponer al avance musulmán fueron totalmente destruidas, y el rey Rodrigo desapareció, presumiblemente arrastrado por las aguas del Guadalete.

«…ya me come, ya me come, por do más pecado había.»

La literatura épica de los siglos posteriores reflejaron a un Rodrigo vicioso y prepotente, cuyos gravísimos pecados propiciaron la destrucción de su reino y de la cristiandad en España. Poco o nada se critica la traición de los hijos de Witiza, que contribuyeron decisivamente a tan clamorosa derrota. De hecho, Agila y sus hermanos heredaron los restos del reino, que rápidamente iban siendo consumidos por el avance árabe, a pesar de las ridículas demandas visigodas de legitimidad ante los invasores. Los árabes habían venido para quedarse, y los visigodos y sus disputas no eran más que un residuo del pasado.

La batalla de Guadalete cambió para siempre la historia, no sólo de España, sino de Europa. ¿Qué hubiera pasado de haber conseguido el reino visigodo detener el avance musulmán? ¿Hubiera resistido la monarquía visigoda en un país empobrecido y con constantes luchas por el poder entre su nobleza? Es difícil aventurarlo, pero gracias a la derrota visigoda en Guadalete, unos años más tarde, en 732, el avance árabe llegó a tierras francesas, donde Carlos Martel, mayordomo de palacio del reino merovingio de Austrasia, consiguió derrotarles en la batalla de Poitiers, ganándose con ello la reputación de defensor de la cristiandad, y el apoyo político suficiente como para elevar a su descendencia al trono de una Francia unificada y plantar la semilla del futuro Imperio carolingio.

A España le aguardaba un destino bien distinto: integrada dentro del califato Omeya de Damasco, al-Ándalus se convirtió en una provincia más de uno de los imperios más extensos de la historia, y tras el asesinato de los Omeya a manos de los Abbasíes y la fuga de Abderramán I a al-Andalus, pasó a ser uno de los primeros reinos en independizarse del Califato Abasí de Bagdad. Al-Andalus compitió de hecho con Bagdad en progreso y cultura, convirtiéndose su capital, Córdoba, en un referente para el mundo musulmán que incluso hoy en día sigue siendo rememorado con nostalgia.