Batallas de la Edad Media (V): Lechfeld

Que «la unión hace la fuerza» es un dicho cuya veracidad está comprobada desde la oscuridad de los tiempos, cuando las tribus prehistóricas se aliaban unas con otras para conquistar territorios y pueblos. Por desgracia para la Europa del siglo X, los ambiciosos hijos de Luis el Piadoso, de cuyas correrías hablamos en la entrada anterior, no habían aprendido la lección: ellos prefirieron dividir el antaño poderoso Imperio carolingio en una sucesión de reinos enfrentados entre sí, sin importarles lo más mínimo que el resultado de aquella nueva debilidad de Europa significara también una nueva época de invasiones bárbaras procedentes del exterior.

Y esta época, conocida como de las «segundas invasiones», se prolongó desde mediados del siglo IX (con posterioridad a la batalla de Fontenoy) hasta mediados del siglo XII. Por regla general se trataron de invasiones violentas, de partidas de saqueo que llegaban desde tres frentes distintos: el norte, con los normandos; el este, con los magiares y el sur, con los sarracenos.

Por el norte avanzaban hacia Europa los temibles vikingos o normandos (palabra procedente del inglés antiguo que significa «hombre del norte», north man). Se adueñaron de Dinamarca y de la península noroccidental de Francia, hoy conocida como Normandía. Además, sus expediciones de saqueo asolaron Gran Bretaña, Irlanda y toda la cornisa atlántica de Europa, llegando incluso a saquear la ciudad andalusí de Sevilla en 844. A los debilitados reyes europeos no les quedó más remedio que establecer compromisos con los normandos, cuya influencia iría aumentando con el paso de los años.

Por el sur, las partidas musulmanas aglabíes, con base en Túnez, dominaban el Mediterráneo occidental invadiendo Sicilia, Cerdeña, el sur de Italia e incluso las Islas Baleares. Lo poco que pudiera quedar del comercio marítimo en esta región acabó destruida por completo por los piratas sarracenos, que además saqueaban con frecuencia las costas meridionales europeas sembrando el pánico entre la población.

Y para rematar este cuadro dantesco faltaba un pueblo procedente de las estepas ucranianas: los magiares o húngaros, que habían sido empujados hacia Europa por la presión de otro grupo étnico: los pechenegos. Las hábiles maniobras bizantinas se enfrentar a unos bárbaros contra otros alejándolos de los territorios imperiales (húngaros contra búlgaros, pechenegos contra húngaros, etc.) terminaron con el establecimiento del pueblo húngaro aproximadamente donde se sitúa en la actualidad el estado de Hungría. Esto fue el comienzo de una larga pesadilla para la Europa central, ya que los húngaros se dedicaron con asiduidad al pillaje, al vandalismo y al saqueo, llegando en sus incursiones a Alemania, a Francia, al interior de Italia e incluso a la Península Ibérica. Allá por donde pasaban las partidas húngaras sembraban la destrucción y el caos, y no existía fuerza alguna que pudiera oponerles resistencia.

Así estaban las cosas cuando en el año 936 Otón I fue coronado Rey de Germania. Otón I contaba con el apoyo político y militar de varios principados entre los muchos en los que se había disgregado el antiguo Imperio carolingio, y su vocación fue desde el principio restaurar la autoridad imperial en su persona. Para empezar, Otón afirmó su dominio en el norte de Italia, y contrajo matrimonio con una princesa inglesa. Poco a poco, Otón fue ganando influencia en Europa, pero aún necesitaba el carisma necesario para ser coronado Emperador, y los húngaros iban a darle esa oportunidad.

El 10 de agosto de 955, las tropas reunidas por Otón I se enfrentaron a una enorme partida húngara en las márgenes del río Lech, cerca de la ciudad alemana de Augsburgo. Los húngaros se habían lanzado a una de sus habituales campañas de saqueo. Basando su éxito en la rapidez de su ataque y el la posibilidad de una huida igualmente rápida, los húngaros formaban un cuerpo irregular de caballería ligera de unos 17.000 jinetes, comandados por diferentes caudillos tribales. Frente a ellos, las tropas reunidas por Otón I eran básicamente de caballería pesada: unos 8.000 soldados con armadura sobre grandes caballos de batalla. Los alemanes cortaron la retirada a los húngaros, que situados entre el enemigo y el río, se vieron obligados a enfrentarse a aquellos jinetes acorazados. El resultado fue bastante sangriento, y el número de bajas en uno y otro bando estuvo muy igualado. Sin embargo, los alemanes consiguieron mantener el orden en sus filas y conservar el terreno, mientras los húngaros fueron puestos en fuga atravesando el río, lo que les supuso buena parte de sus bajas. De los húngaros que salieron con vida del combate, muchos de ellos resultaron heridos.

La victoria alemana en Lechfeld significó para Europa el fin de las incursiones de saqueo húngaras, y también el auge de un nuevo monarca fuerte que iba a restaurar la grandeza del título imperial. En 962, siete años después de la histórica batalla de Lechfeld, Otón I fue coronado Emperador Romano por el Papa de Roma (Desde los inicios del Imperio carolingio, los Papas se había arrogado el derecho de coronar a los emperadores merced a una supuesta -y descaradamente falsa- donación de los poderes imperiales por parte de Constantino I a la Iglesia). Con Otón I se inició una época nueva para Europa, la del Renacimiento Otoniano, con una cierta proliferación  de las artes y de la arquitectura civil. También comenzaron con Otón I las primeras disputas serias entre papas y emperadores por el control político en el Imperio y en la Iglesia, pero en general, se fue recuperando una cierta estabilidad en Europa Central que permitía el progreso de un pueblo al fin libre de la amenaza constante de matanzas y saqueos por parte de los bárbaros magiares.

En los frentes norte y sur, serían los propios normandos quienes expulsaran a los sarracenos de Italia y Sicilia, llegando incluso a establecer un reino normando en esta parte del Mediterráneo que tendría su importancia en las futuras cruzadas hacia Tierra Santa, pero eso ya es otra historia.

Batallas de la Edad Media (IV): Fontenoy-en-Puisaye

Antes de detenernos en esta poco conocida batalla, demos una vuelta por el convulso mundo de mediados del siglo IX:

En Oriente, Bizancio se enfrentaba al empuje musulmán por el este, mientras en el interior se vivían tiempos revueltos debido a las querellas religiosas entre iconoclastas e iconodulas, en las que los emperadores siempre tomaron partido por uno u otro bando.

En Gran Bretaña, los pueblos anglos, sajones y jutos que habían ocupado la isla durante el siglo V y formado la llamada Heptarquía se iban agrupando a sangre y espada en el embrión de lo que sería el reino de Inglaterra. Al mismo tiempo, aumentaban las incursiones vikingas, a las que los caudillos anglosajones tendrían que hacer frente.

En España, al-Ándalus era ya una realidad consolidada, y los cristianos habían quedado relegados a las zonas montañosas del norte peninsular. Abderramán I, el único superviviente de la matanza de los Omeya, había llegado a mediados del pasado siglo y establecido en al-Ándalus un emirato independiente de los abasíes de Bagdad.

Pero en Francia había surgido un reino nuevo y poderoso; un imperio que durante medio siglo consiguió unificar vastas extensiones de terreno bajo un solo gobierno. Descendiente de los mayordomos de Palacio que ostentaban el poder real en los diferentes reinos merovingios, Carlomagno unificó Austrasia y Neustria; mantuvo a raya a los musulmanes, conquistando unos territorios en la Península Ibérica que serían el germen de la actual Cataluña; venció y conquisto al reino lombardo del norte de Italia, que amenazaba la seguridad del Papa de Roma y sus dominios territoriales; se enfrentó a los irreductibles sajones en el este, domeñándolos y convirtiéndolos al catolicismo… Incluso se permitió atacar a los ávaros, que tantos problemas habían dado al Imperio bizantino durante el siglo anterior. Al terminar el siglo VIII, Carlomagno era coronado Emperador romano por el Papa de Roma, considerando éste que el antiguo Imperio había sido restaurado en Occidente. Aunque en Constantinopla no se aceptaba la presencia de otro emperador, y mucho menos de origen bárbaro como Carlomagno, no podía negarse que el poder en Occidente estaba por completo en sus manos.

Carlomagno obtuvo su Imperio por la espada, y hubo de mantenerlo por la espada durante todo su reinado. Sin embargo, creó una burocracia muy eficiente a la hora de manejar de forma eficaz tan amplio territorio, con un funcionariado muy jerarquizado en un organigrama donde él era la cúspide, y donde unos funcionarios vigilaban a otros para impedir los excesos y el desgobierno en los distintos territorios bajo su control.

A la muerte de Carlomagno en 814, el Imperio pasó a manos de su hijo Ludovico, conocido como Ludovico Pío o Luis el Piadoso. Carlomagno le entregó un Imperio que comprendía las actuales Francia y gran parte de Alemania, además del reino de Italia, que estaba gobernado por su sobrino Bernardo aunque bajo el control Imperial. Ludovico Pío era un personaje aficionado al mundo eclesiástico, afición por la cual obtuvo su sobrenombre. Sin la fuerte mano del fundador del Imperio, éste entró en franca decadencia, con crecientes problemas fronterizos y constantes intrigas y guerras civiles entre el Emperador y sus propios hijos, deseosos de hacerse con su propio trozo del pastel imperial. Los hijos de Ludovico llegaron incluso a deponer al Emperador durante un tiempo en el transcurso de estas guerras. Cuando Ludovico murió en 840, las ambiciones de sus herederos eran ya irreconciliables.

El Imperio se dividió de Occidente a Oriente entre los hijos de Ludovico de la siguiente forma: Pipino II, hijo de Pipino I (fallecido en 838) y nieto de Ludovico, heredó el ducado de Aquitania; Carlos el Calvo heredó la Francia occidental; Lotario heredó la Francia media y el título de Emperador, y Luis el Germánico heredó la parte oriental del Imperio, situada en la actual Alemania. Aunque Pipino, Carlos y Luis estaban sometidos a la autoridad imperial, en la práctica eran reyes de reinos independientes. Lotario trató de hacer efectivo este control, sometiendo a sus hermanos a su autoridad, pero la disgregación del Imperio era ya inevitable.

Carlos el Calvo y Luis el Germánico se declararon en rebeldía y reunieron un ejército que se enfrentó a las tropas de Lotario el 25 de junio de 841 en la localidad francesa de Fontenoy-en-Puisaye. A pesar del apoyo del duque Pipino de Aquitania, el Emperador fue vencido en esta batalla por sus hermanos y hubo de aceptar en un tratado posterior la división y el fin del Imperio carolingio. La batalla de Fontenoy-en-Puisaye no está considerada como muy importante, pero supuso la constatación de que los tiempos del Imperio franco y del sueño de una Europa unida bajo un mismo gobierno habían terminado. Los reinos que surgieron de esta división serían la semilla de la futura composición política de Europa durante el resto de la Edad Media.

Aunque el título de Emperador siguió pasando de unas manos a otras, su importancia política fue decayendo y jamás volvió a tener la trascendencia de los tiempos de Carlomagno o de Ludovico. En el siglo X, tras varios años de interregno, el título imperial pasaría a manos germánicas, con la creación del Sacro Imperio Romano Germanico, pero eso ya es otra historia.

Batallas de la Edad Media (II): al-Qādisiyyah

A principios del siglo VII los imperios bizantino y sasánida se desangraban con saña en una cruenta guerra. El emperador bizantino Heraclio, considerado por el sasánida Cosroes II como un usurpador, emprendió una atrevida campaña por el Próximo Oriente que le llevó hasta las puertas de Ctesifonte en el año 628, forzando a los nobles persas a deponer a su emperador y a buscar la paz con la inexpugnable Constantinopla. El antaño floreciente Imperio sasánida jamás se recuperó de esta derrota, y también resultó gravemente debilitado el Imperio bizantino, que aunque victorioso, debía hacer frente a numerosas amenazas tanto por el este como por el oeste.

Y mientras sucedía todo esto, en la árida Arabia se estaban produciendo unos acontecimientos que cambiarían el mundo para siempre. En el año 622, Mahoma abandonaba la ciudad de La Meca, acosado por sus enemigos. En los años siguientes, y gracias a la guerra entre los dos grandes imperios, los asuntos árabes quedaron desatendidos y en manos de los propios árabes. Mahoma reunió un ejército que derrotó a sus enemigos mequíes, y entró triunfante en La Meca en 630. Alrededor de la nueva religión islámica se estaba formando también un nuevo estado fuertemente jerarquizado y belicoso, ansioso por expandirse más allá de los desiertos y conquistar las llanuras fértiles de Oriente Próximo.

Tras la muerte del Profeta, los califas Abu Bakr y Umar, sucesores de Mahoma, continuaron llevando a cabo numerosas partidas de saqueo contra las posesiones persas en Mesopotamia. El entonces emperador sasánida Yazdgerd III intentó detener estos saqueos enviando a lo que quedaba de las fuerzas persas a luchar contra los árabes. El enfrentamiento decisivo entre ambas fuerzas tuvo lugar en la localidad de al-Qādisiyyah, en las orillas del río Éufrates. Los árabes, confiados en su caballería ligera, a pesar de la tremenda inferioridad numérica respecto a los persas (30.000 contra 120.000, aproximadamente), exigieron a estos la conversión al Islam o el pago de un tributo, cosa a la que el general sasánida Rostam se negó.

Al desatarse la batalla, los persas recurrieron a las tácticas que tanto éxito les habían proporcionado en otras ocasiones: la línea de elefantes de guerra y la caballería pesada. Por desgracia para ellos, la legendaria movilidad y velocidad de la caballería ligera árabe se terminó imponiendo tras tres días de combates, y las líneas persas se rompieron. Cuando el general Rostam fue capturado y decapitado, el ejército sasánida entró en pánico y fue prácticamente destruido allí mismo.

Al-Qādisiyyah abrió a los árabes las puertas de un Imperio que, aunque debilitado, seguía siendo riquísimo. El avance árabe no se detuvo hasta capturar la capital sasánida, Ctesifonte. En su precipitada huida, los persas abandonaron en Ctesifonte un impresionante tesoro, que una vez saqueado, contribuyó a acelerar aún más las conquistas árabes. El emperador Yazdgerd III, desposeído de su imperio, huyó hacia Media entre la hostilidad de los que le consideraban responsable de la debacle persa y la de aquellos que no le tenían por un monarca legítimo. Finalmente, el último de los emperadores de uno de los imperios más refinados y cultos de la historia fue asesinado por un vulgar ladrón.

Se puede considerar que a los árabes les tocó la lotería en al-Qādisiyyah. De ser una amalgama de tribus nómadas guerreras pasaron a gobernar el antiquísimo Imperio persa, las llanuras de Mesopotamia, la ciudad santa de Jerusalén, donde según la tradición el profeta Mahoma subió a los cielos. Con el Imperio persa, los árabes obtuvieron también todo el conocimiento adquirido por éste, incluyendo avanzados conceptos matemáticos entre los cuales se cuentan los números modernos que después transmitirían a Occidente; la literatura, la delicada confección de telas y tapices, y un largo etcétera que convertiría a los árabes no sólo en una fuerza militar arrolladora, sino también en un elemento de difusión cultural que fundiría a Oriente con Occidente.

Batallas de la Edad Media (I): Tricamerón

El Imperio romano de Occidente había caído oficialmente a finales del verano de 476. Acosado por godos, hunos y vándalos, y con su poderío militar puesto en manos de caudillos bárbaros, con su economía y su comercio prácticamente destruido, lo único que quedaba del Imperio de Occidente eran las insignias imperiales del joven Rómulo Augusto, que el jefe hérulo Odoacro envió a Constantinopla, significando que el emperador de Oriente, Zenón, reinaba ahora sobre todo el Imperio.

Eso sobre el papel, porque en la práctica la cosa distaba mucho de ser así. En los años siguientes se afianzó el reino vándalo del norte de África, los visigodos terminaron de adueñarse de Hispania, e Italia pasó a manos del rey ostrogodo Teodorico, mientras la Galia sufría la invasión de los pueblos francos. De todo este caos surgiría en los siguientes siglos el equilibrio de poderes de la Europa medieval.

Pero en el año 533 había un nuevo emperador en Constantinopla: Justiniano, cuya idea de restaurar la antigua gloria del Imperio romano contaba con los medios necesarios para llevarla a la práctica. Los tiempos eran propicios para ello. En Oriente reinaba una paz comprada a base de mucho oro con el emperador sasánida Cosroes I. El reino vándalo ya no estaba dirigido por el legendario Genserico, y las disputas en el reino ostrogodo de Italia así como en el reino visigodo de Hispania había dejado a estos reinos en una situación muy inestable, propicia para el ataque.

Y ese ataque comenzaría derribando la ficha más débil del delicado dominó de Occidente, que en aquel momento era el reino vándalo. Para empezar, los vándalos eran fanáticamente arrianos, y llegaron durante el siglo anterior a África iniciando una guerra de conquista con marcados tintes religiosos y persiguiendo ferozmente a la población católica. Aunque los herederos de Genserico tratarían de reconciliarse con los católicos, la brecha abierta por su fanatismo religioso les restaría el apoyo del pueblo. El viejo rey Hilderico mantuvo buenas relaciones con los bizantinos y fue permisivo con las prácticas religiosas católicas, pero la nobleza vándala, arriana, le depuso poniendo en su lugar a Gelimer. Justiniano se tomó muy mal la deposición de su viejo aliado y declaró la guerra al reino vándalo.

Para colmo de males para los vándalos, Constantinopla tenía un nuevo y ambicioso general, curtido en la guerra contra el Imperio sasánida y con el favor del Emperador desde que le sacó las castañas del fuego durante la revuelta Niké. Belisario comandaba una flota con 15.000 hombres que desembarcó en Leptis Magna, en la actual Trípoli, y tomó el camino de Cartago, capital de los vándalos. El primer encuentro entre ambos ejércitos tuvo lugar el 13 de septiembre de 533 en Ad Decimum, en un desfiladero a diez millas al sur de Cartago, y se saldó con una ajustada victoria bizantina.

El siguiente encuentro tendría lugar el 15 de diciembre de aquel mismo año cerca de Tricamarum (Tricamerón). Los vándalos habían reunido a un ejército que superaba por cinco a uno a los bizantinos. Para colmo, el rey Gelimer estaba intentando sobornar a las tropas hunas de Belisario con el fin de que éstas se volvieran contra él. El general bizantino, viendo que el tiempo jugaba en su contra, atacó por sorpresa y desbarató las líneas enemigas, poniendo al rey vándalo en fuga y obteniendo una de sus victorias más resonantes y decisivas. El rey se rindió poco más tarde y el reino de los vándalos desapareció para siempre.

La victoria bizantina en Tricamerón significó muchas cosas. La primera es que el dominio del Mediterráneo occidental, hasta entonces en manos del reino vándalo, pasó a manos del Imperio bizantino, quien además se anexionó los territorios africanos comenzando la ansiada restauración de la gloria imperial romana. Además, gracias a sus nuevos dominios, Justiniano tenía campo libre hasta su próximo objetivo: el reino ostrogodo de Italia. Con el tiempo, la influencia bizantina se dejaría sentir incluso en la vieja Hispania, donde el Imperio ocuparía una importante porción del sudeste peninsular.

A Belisario, sin embargo, le esperaba un destino más prosaico. Tras conquistar África e Italia para su emperador fue reclamado por Justiniano de vuelta a Constantinopla, preocupado porque la fama militar de su general supusiera un riesgo para su reinado. Cuenta la leyenda que Belisario fue acusado de corrupción y cegado, y que acabó mendigando por la calle «una limosna para el general Belisario», aunque estas historias son probablemente falsas. Hasta cierto punto, Belisario consiguió el sueño de restaurar el Imperio romano a su antiguo esplendor, aunque nada podía ya detener la desintegración del Occidente en distintos reinos cuyas luchas intestinas caracterizarían el resto de la Edad Media.

Nueva serie: Batallas de la Edad Media

Vamos a darle un poco de vida a este blog, que lleva demasiado tiempo en el congelador de las ideas.

Voy a empezar una nueva serie sobre Historia, centrada en las batallas de la Edad Media. La Edad Media comprende un periodo de tiempo tan largo (alrededor de los mil años), y tan convulso para el mundo, que es imposible compilar en una simple página todos los conflictos que desangraron a Europa y al resto del mundo con, literalmente, cientos de batallas.

Y no es que considere que sea la guerra la única que altera los designios de la Historia, pero sí es cierto que algunos de los cambios más trascendentes de la Edad Media se produjeron a golpe de espada, a tiro de flecha y, finalmente, a disparos de cañón.

En esta nueva serie reuniré diez batallas representativas de la Edad Media; una por cada siglo, empezando por el siglo VI y terminando por el siglo XV. Puede que no fueran las más importantes, puede que tampoco las más sangrientas, pero todas ellas significaron un doloroso peldaño en la carrera de la civilización hacia la Edad Moderna.

Éste es el programa de la serie Batallas de la Edad Media:

  1. Tricamerón
  2. al-Qādisiyyah
  3. Guadalete
  4. Fontenoy
  5. Lechfeld
  6. Jerusalén
  7. Los Cuernos de Hattin
  8. Bouvines
  9. Aljubarrota
  10. Agincourt