Batallas de la Edad Media (V): Lechfeld

Que «la unión hace la fuerza» es un dicho cuya veracidad está comprobada desde la oscuridad de los tiempos, cuando las tribus prehistóricas se aliaban unas con otras para conquistar territorios y pueblos. Por desgracia para la Europa del siglo X, los ambiciosos hijos de Luis el Piadoso, de cuyas correrías hablamos en la entrada anterior, no habían aprendido la lección: ellos prefirieron dividir el antaño poderoso Imperio carolingio en una sucesión de reinos enfrentados entre sí, sin importarles lo más mínimo que el resultado de aquella nueva debilidad de Europa significara también una nueva época de invasiones bárbaras procedentes del exterior.

Y esta época, conocida como de las «segundas invasiones», se prolongó desde mediados del siglo IX (con posterioridad a la batalla de Fontenoy) hasta mediados del siglo XII. Por regla general se trataron de invasiones violentas, de partidas de saqueo que llegaban desde tres frentes distintos: el norte, con los normandos; el este, con los magiares y el sur, con los sarracenos.

Por el norte avanzaban hacia Europa los temibles vikingos o normandos (palabra procedente del inglés antiguo que significa «hombre del norte», north man). Se adueñaron de Dinamarca y de la península noroccidental de Francia, hoy conocida como Normandía. Además, sus expediciones de saqueo asolaron Gran Bretaña, Irlanda y toda la cornisa atlántica de Europa, llegando incluso a saquear la ciudad andalusí de Sevilla en 844. A los debilitados reyes europeos no les quedó más remedio que establecer compromisos con los normandos, cuya influencia iría aumentando con el paso de los años.

Por el sur, las partidas musulmanas aglabíes, con base en Túnez, dominaban el Mediterráneo occidental invadiendo Sicilia, Cerdeña, el sur de Italia e incluso las Islas Baleares. Lo poco que pudiera quedar del comercio marítimo en esta región acabó destruida por completo por los piratas sarracenos, que además saqueaban con frecuencia las costas meridionales europeas sembrando el pánico entre la población.

Y para rematar este cuadro dantesco faltaba un pueblo procedente de las estepas ucranianas: los magiares o húngaros, que habían sido empujados hacia Europa por la presión de otro grupo étnico: los pechenegos. Las hábiles maniobras bizantinas se enfrentar a unos bárbaros contra otros alejándolos de los territorios imperiales (húngaros contra búlgaros, pechenegos contra húngaros, etc.) terminaron con el establecimiento del pueblo húngaro aproximadamente donde se sitúa en la actualidad el estado de Hungría. Esto fue el comienzo de una larga pesadilla para la Europa central, ya que los húngaros se dedicaron con asiduidad al pillaje, al vandalismo y al saqueo, llegando en sus incursiones a Alemania, a Francia, al interior de Italia e incluso a la Península Ibérica. Allá por donde pasaban las partidas húngaras sembraban la destrucción y el caos, y no existía fuerza alguna que pudiera oponerles resistencia.

Así estaban las cosas cuando en el año 936 Otón I fue coronado Rey de Germania. Otón I contaba con el apoyo político y militar de varios principados entre los muchos en los que se había disgregado el antiguo Imperio carolingio, y su vocación fue desde el principio restaurar la autoridad imperial en su persona. Para empezar, Otón afirmó su dominio en el norte de Italia, y contrajo matrimonio con una princesa inglesa. Poco a poco, Otón fue ganando influencia en Europa, pero aún necesitaba el carisma necesario para ser coronado Emperador, y los húngaros iban a darle esa oportunidad.

El 10 de agosto de 955, las tropas reunidas por Otón I se enfrentaron a una enorme partida húngara en las márgenes del río Lech, cerca de la ciudad alemana de Augsburgo. Los húngaros se habían lanzado a una de sus habituales campañas de saqueo. Basando su éxito en la rapidez de su ataque y el la posibilidad de una huida igualmente rápida, los húngaros formaban un cuerpo irregular de caballería ligera de unos 17.000 jinetes, comandados por diferentes caudillos tribales. Frente a ellos, las tropas reunidas por Otón I eran básicamente de caballería pesada: unos 8.000 soldados con armadura sobre grandes caballos de batalla. Los alemanes cortaron la retirada a los húngaros, que situados entre el enemigo y el río, se vieron obligados a enfrentarse a aquellos jinetes acorazados. El resultado fue bastante sangriento, y el número de bajas en uno y otro bando estuvo muy igualado. Sin embargo, los alemanes consiguieron mantener el orden en sus filas y conservar el terreno, mientras los húngaros fueron puestos en fuga atravesando el río, lo que les supuso buena parte de sus bajas. De los húngaros que salieron con vida del combate, muchos de ellos resultaron heridos.

La victoria alemana en Lechfeld significó para Europa el fin de las incursiones de saqueo húngaras, y también el auge de un nuevo monarca fuerte que iba a restaurar la grandeza del título imperial. En 962, siete años después de la histórica batalla de Lechfeld, Otón I fue coronado Emperador Romano por el Papa de Roma (Desde los inicios del Imperio carolingio, los Papas se había arrogado el derecho de coronar a los emperadores merced a una supuesta -y descaradamente falsa- donación de los poderes imperiales por parte de Constantino I a la Iglesia). Con Otón I se inició una época nueva para Europa, la del Renacimiento Otoniano, con una cierta proliferación  de las artes y de la arquitectura civil. También comenzaron con Otón I las primeras disputas serias entre papas y emperadores por el control político en el Imperio y en la Iglesia, pero en general, se fue recuperando una cierta estabilidad en Europa Central que permitía el progreso de un pueblo al fin libre de la amenaza constante de matanzas y saqueos por parte de los bárbaros magiares.

En los frentes norte y sur, serían los propios normandos quienes expulsaran a los sarracenos de Italia y Sicilia, llegando incluso a establecer un reino normando en esta parte del Mediterráneo que tendría su importancia en las futuras cruzadas hacia Tierra Santa, pero eso ya es otra historia.

Batallas de la Edad Media (IV): Fontenoy-en-Puisaye

Antes de detenernos en esta poco conocida batalla, demos una vuelta por el convulso mundo de mediados del siglo IX:

En Oriente, Bizancio se enfrentaba al empuje musulmán por el este, mientras en el interior se vivían tiempos revueltos debido a las querellas religiosas entre iconoclastas e iconodulas, en las que los emperadores siempre tomaron partido por uno u otro bando.

En Gran Bretaña, los pueblos anglos, sajones y jutos que habían ocupado la isla durante el siglo V y formado la llamada Heptarquía se iban agrupando a sangre y espada en el embrión de lo que sería el reino de Inglaterra. Al mismo tiempo, aumentaban las incursiones vikingas, a las que los caudillos anglosajones tendrían que hacer frente.

En España, al-Ándalus era ya una realidad consolidada, y los cristianos habían quedado relegados a las zonas montañosas del norte peninsular. Abderramán I, el único superviviente de la matanza de los Omeya, había llegado a mediados del pasado siglo y establecido en al-Ándalus un emirato independiente de los abasíes de Bagdad.

Pero en Francia había surgido un reino nuevo y poderoso; un imperio que durante medio siglo consiguió unificar vastas extensiones de terreno bajo un solo gobierno. Descendiente de los mayordomos de Palacio que ostentaban el poder real en los diferentes reinos merovingios, Carlomagno unificó Austrasia y Neustria; mantuvo a raya a los musulmanes, conquistando unos territorios en la Península Ibérica que serían el germen de la actual Cataluña; venció y conquisto al reino lombardo del norte de Italia, que amenazaba la seguridad del Papa de Roma y sus dominios territoriales; se enfrentó a los irreductibles sajones en el este, domeñándolos y convirtiéndolos al catolicismo… Incluso se permitió atacar a los ávaros, que tantos problemas habían dado al Imperio bizantino durante el siglo anterior. Al terminar el siglo VIII, Carlomagno era coronado Emperador romano por el Papa de Roma, considerando éste que el antiguo Imperio había sido restaurado en Occidente. Aunque en Constantinopla no se aceptaba la presencia de otro emperador, y mucho menos de origen bárbaro como Carlomagno, no podía negarse que el poder en Occidente estaba por completo en sus manos.

Carlomagno obtuvo su Imperio por la espada, y hubo de mantenerlo por la espada durante todo su reinado. Sin embargo, creó una burocracia muy eficiente a la hora de manejar de forma eficaz tan amplio territorio, con un funcionariado muy jerarquizado en un organigrama donde él era la cúspide, y donde unos funcionarios vigilaban a otros para impedir los excesos y el desgobierno en los distintos territorios bajo su control.

A la muerte de Carlomagno en 814, el Imperio pasó a manos de su hijo Ludovico, conocido como Ludovico Pío o Luis el Piadoso. Carlomagno le entregó un Imperio que comprendía las actuales Francia y gran parte de Alemania, además del reino de Italia, que estaba gobernado por su sobrino Bernardo aunque bajo el control Imperial. Ludovico Pío era un personaje aficionado al mundo eclesiástico, afición por la cual obtuvo su sobrenombre. Sin la fuerte mano del fundador del Imperio, éste entró en franca decadencia, con crecientes problemas fronterizos y constantes intrigas y guerras civiles entre el Emperador y sus propios hijos, deseosos de hacerse con su propio trozo del pastel imperial. Los hijos de Ludovico llegaron incluso a deponer al Emperador durante un tiempo en el transcurso de estas guerras. Cuando Ludovico murió en 840, las ambiciones de sus herederos eran ya irreconciliables.

El Imperio se dividió de Occidente a Oriente entre los hijos de Ludovico de la siguiente forma: Pipino II, hijo de Pipino I (fallecido en 838) y nieto de Ludovico, heredó el ducado de Aquitania; Carlos el Calvo heredó la Francia occidental; Lotario heredó la Francia media y el título de Emperador, y Luis el Germánico heredó la parte oriental del Imperio, situada en la actual Alemania. Aunque Pipino, Carlos y Luis estaban sometidos a la autoridad imperial, en la práctica eran reyes de reinos independientes. Lotario trató de hacer efectivo este control, sometiendo a sus hermanos a su autoridad, pero la disgregación del Imperio era ya inevitable.

Carlos el Calvo y Luis el Germánico se declararon en rebeldía y reunieron un ejército que se enfrentó a las tropas de Lotario el 25 de junio de 841 en la localidad francesa de Fontenoy-en-Puisaye. A pesar del apoyo del duque Pipino de Aquitania, el Emperador fue vencido en esta batalla por sus hermanos y hubo de aceptar en un tratado posterior la división y el fin del Imperio carolingio. La batalla de Fontenoy-en-Puisaye no está considerada como muy importante, pero supuso la constatación de que los tiempos del Imperio franco y del sueño de una Europa unida bajo un mismo gobierno habían terminado. Los reinos que surgieron de esta división serían la semilla de la futura composición política de Europa durante el resto de la Edad Media.

Aunque el título de Emperador siguió pasando de unas manos a otras, su importancia política fue decayendo y jamás volvió a tener la trascendencia de los tiempos de Carlomagno o de Ludovico. En el siglo X, tras varios años de interregno, el título imperial pasaría a manos germánicas, con la creación del Sacro Imperio Romano Germanico, pero eso ya es otra historia.

Batallas de la Edad Media (II): al-Qādisiyyah

A principios del siglo VII los imperios bizantino y sasánida se desangraban con saña en una cruenta guerra. El emperador bizantino Heraclio, considerado por el sasánida Cosroes II como un usurpador, emprendió una atrevida campaña por el Próximo Oriente que le llevó hasta las puertas de Ctesifonte en el año 628, forzando a los nobles persas a deponer a su emperador y a buscar la paz con la inexpugnable Constantinopla. El antaño floreciente Imperio sasánida jamás se recuperó de esta derrota, y también resultó gravemente debilitado el Imperio bizantino, que aunque victorioso, debía hacer frente a numerosas amenazas tanto por el este como por el oeste.

Y mientras sucedía todo esto, en la árida Arabia se estaban produciendo unos acontecimientos que cambiarían el mundo para siempre. En el año 622, Mahoma abandonaba la ciudad de La Meca, acosado por sus enemigos. En los años siguientes, y gracias a la guerra entre los dos grandes imperios, los asuntos árabes quedaron desatendidos y en manos de los propios árabes. Mahoma reunió un ejército que derrotó a sus enemigos mequíes, y entró triunfante en La Meca en 630. Alrededor de la nueva religión islámica se estaba formando también un nuevo estado fuertemente jerarquizado y belicoso, ansioso por expandirse más allá de los desiertos y conquistar las llanuras fértiles de Oriente Próximo.

Tras la muerte del Profeta, los califas Abu Bakr y Umar, sucesores de Mahoma, continuaron llevando a cabo numerosas partidas de saqueo contra las posesiones persas en Mesopotamia. El entonces emperador sasánida Yazdgerd III intentó detener estos saqueos enviando a lo que quedaba de las fuerzas persas a luchar contra los árabes. El enfrentamiento decisivo entre ambas fuerzas tuvo lugar en la localidad de al-Qādisiyyah, en las orillas del río Éufrates. Los árabes, confiados en su caballería ligera, a pesar de la tremenda inferioridad numérica respecto a los persas (30.000 contra 120.000, aproximadamente), exigieron a estos la conversión al Islam o el pago de un tributo, cosa a la que el general sasánida Rostam se negó.

Al desatarse la batalla, los persas recurrieron a las tácticas que tanto éxito les habían proporcionado en otras ocasiones: la línea de elefantes de guerra y la caballería pesada. Por desgracia para ellos, la legendaria movilidad y velocidad de la caballería ligera árabe se terminó imponiendo tras tres días de combates, y las líneas persas se rompieron. Cuando el general Rostam fue capturado y decapitado, el ejército sasánida entró en pánico y fue prácticamente destruido allí mismo.

Al-Qādisiyyah abrió a los árabes las puertas de un Imperio que, aunque debilitado, seguía siendo riquísimo. El avance árabe no se detuvo hasta capturar la capital sasánida, Ctesifonte. En su precipitada huida, los persas abandonaron en Ctesifonte un impresionante tesoro, que una vez saqueado, contribuyó a acelerar aún más las conquistas árabes. El emperador Yazdgerd III, desposeído de su imperio, huyó hacia Media entre la hostilidad de los que le consideraban responsable de la debacle persa y la de aquellos que no le tenían por un monarca legítimo. Finalmente, el último de los emperadores de uno de los imperios más refinados y cultos de la historia fue asesinado por un vulgar ladrón.

Se puede considerar que a los árabes les tocó la lotería en al-Qādisiyyah. De ser una amalgama de tribus nómadas guerreras pasaron a gobernar el antiquísimo Imperio persa, las llanuras de Mesopotamia, la ciudad santa de Jerusalén, donde según la tradición el profeta Mahoma subió a los cielos. Con el Imperio persa, los árabes obtuvieron también todo el conocimiento adquirido por éste, incluyendo avanzados conceptos matemáticos entre los cuales se cuentan los números modernos que después transmitirían a Occidente; la literatura, la delicada confección de telas y tapices, y un largo etcétera que convertiría a los árabes no sólo en una fuerza militar arrolladora, sino también en un elemento de difusión cultural que fundiría a Oriente con Occidente.

Batallas de la Edad Media (I): Tricamerón

El Imperio romano de Occidente había caído oficialmente a finales del verano de 476. Acosado por godos, hunos y vándalos, y con su poderío militar puesto en manos de caudillos bárbaros, con su economía y su comercio prácticamente destruido, lo único que quedaba del Imperio de Occidente eran las insignias imperiales del joven Rómulo Augusto, que el jefe hérulo Odoacro envió a Constantinopla, significando que el emperador de Oriente, Zenón, reinaba ahora sobre todo el Imperio.

Eso sobre el papel, porque en la práctica la cosa distaba mucho de ser así. En los años siguientes se afianzó el reino vándalo del norte de África, los visigodos terminaron de adueñarse de Hispania, e Italia pasó a manos del rey ostrogodo Teodorico, mientras la Galia sufría la invasión de los pueblos francos. De todo este caos surgiría en los siguientes siglos el equilibrio de poderes de la Europa medieval.

Pero en el año 533 había un nuevo emperador en Constantinopla: Justiniano, cuya idea de restaurar la antigua gloria del Imperio romano contaba con los medios necesarios para llevarla a la práctica. Los tiempos eran propicios para ello. En Oriente reinaba una paz comprada a base de mucho oro con el emperador sasánida Cosroes I. El reino vándalo ya no estaba dirigido por el legendario Genserico, y las disputas en el reino ostrogodo de Italia así como en el reino visigodo de Hispania había dejado a estos reinos en una situación muy inestable, propicia para el ataque.

Y ese ataque comenzaría derribando la ficha más débil del delicado dominó de Occidente, que en aquel momento era el reino vándalo. Para empezar, los vándalos eran fanáticamente arrianos, y llegaron durante el siglo anterior a África iniciando una guerra de conquista con marcados tintes religiosos y persiguiendo ferozmente a la población católica. Aunque los herederos de Genserico tratarían de reconciliarse con los católicos, la brecha abierta por su fanatismo religioso les restaría el apoyo del pueblo. El viejo rey Hilderico mantuvo buenas relaciones con los bizantinos y fue permisivo con las prácticas religiosas católicas, pero la nobleza vándala, arriana, le depuso poniendo en su lugar a Gelimer. Justiniano se tomó muy mal la deposición de su viejo aliado y declaró la guerra al reino vándalo.

Para colmo de males para los vándalos, Constantinopla tenía un nuevo y ambicioso general, curtido en la guerra contra el Imperio sasánida y con el favor del Emperador desde que le sacó las castañas del fuego durante la revuelta Niké. Belisario comandaba una flota con 15.000 hombres que desembarcó en Leptis Magna, en la actual Trípoli, y tomó el camino de Cartago, capital de los vándalos. El primer encuentro entre ambos ejércitos tuvo lugar el 13 de septiembre de 533 en Ad Decimum, en un desfiladero a diez millas al sur de Cartago, y se saldó con una ajustada victoria bizantina.

El siguiente encuentro tendría lugar el 15 de diciembre de aquel mismo año cerca de Tricamarum (Tricamerón). Los vándalos habían reunido a un ejército que superaba por cinco a uno a los bizantinos. Para colmo, el rey Gelimer estaba intentando sobornar a las tropas hunas de Belisario con el fin de que éstas se volvieran contra él. El general bizantino, viendo que el tiempo jugaba en su contra, atacó por sorpresa y desbarató las líneas enemigas, poniendo al rey vándalo en fuga y obteniendo una de sus victorias más resonantes y decisivas. El rey se rindió poco más tarde y el reino de los vándalos desapareció para siempre.

La victoria bizantina en Tricamerón significó muchas cosas. La primera es que el dominio del Mediterráneo occidental, hasta entonces en manos del reino vándalo, pasó a manos del Imperio bizantino, quien además se anexionó los territorios africanos comenzando la ansiada restauración de la gloria imperial romana. Además, gracias a sus nuevos dominios, Justiniano tenía campo libre hasta su próximo objetivo: el reino ostrogodo de Italia. Con el tiempo, la influencia bizantina se dejaría sentir incluso en la vieja Hispania, donde el Imperio ocuparía una importante porción del sudeste peninsular.

A Belisario, sin embargo, le esperaba un destino más prosaico. Tras conquistar África e Italia para su emperador fue reclamado por Justiniano de vuelta a Constantinopla, preocupado porque la fama militar de su general supusiera un riesgo para su reinado. Cuenta la leyenda que Belisario fue acusado de corrupción y cegado, y que acabó mendigando por la calle «una limosna para el general Belisario», aunque estas historias son probablemente falsas. Hasta cierto punto, Belisario consiguió el sueño de restaurar el Imperio romano a su antiguo esplendor, aunque nada podía ya detener la desintegración del Occidente en distintos reinos cuyas luchas intestinas caracterizarían el resto de la Edad Media.

Nueva serie: Batallas de la Edad Media

Vamos a darle un poco de vida a este blog, que lleva demasiado tiempo en el congelador de las ideas.

Voy a empezar una nueva serie sobre Historia, centrada en las batallas de la Edad Media. La Edad Media comprende un periodo de tiempo tan largo (alrededor de los mil años), y tan convulso para el mundo, que es imposible compilar en una simple página todos los conflictos que desangraron a Europa y al resto del mundo con, literalmente, cientos de batallas.

Y no es que considere que sea la guerra la única que altera los designios de la Historia, pero sí es cierto que algunos de los cambios más trascendentes de la Edad Media se produjeron a golpe de espada, a tiro de flecha y, finalmente, a disparos de cañón.

En esta nueva serie reuniré diez batallas representativas de la Edad Media; una por cada siglo, empezando por el siglo VI y terminando por el siglo XV. Puede que no fueran las más importantes, puede que tampoco las más sangrientas, pero todas ellas significaron un doloroso peldaño en la carrera de la civilización hacia la Edad Moderna.

Éste es el programa de la serie Batallas de la Edad Media:

  1. Tricamerón
  2. al-Qādisiyyah
  3. Guadalete
  4. Fontenoy
  5. Lechfeld
  6. Jerusalén
  7. Los Cuernos de Hattin
  8. Bouvines
  9. Aljubarrota
  10. Agincourt

Efemérides: Alcazarquivir

Un 4 de agosto como hoy, en 1578, una épica batalla acontecida en tierras de Marruecos iba a cambiar la historia de España y Portugal durante sesenta años. Ese día, el rey portugués Sebastián I pereció en la batalla de Alcazarquivir en combate contra las tropas del sultán Abd el-Malik, quien también perdió la vida en el enfrentamiento. A la batalla de Alcazarquivir se la conoce también como «La Batalla de los Tres Reyes», ya que en ella murió también el depuesto sultán Muley al-Mutawakil, a quien Sebastián ayudaba a recuperar el trono contra Abd el-Malik.

La desaparición de Sebastián, cuyo cuerpo nunca fue encontrado, provocó el luto en Portugal, y con el tiempo degeneró en una legendaria profecía según la cual el rey Sebastián volvería algún día para regir los destinos del país. Mucho más prosaicamente, el poderosísimo rey de España, Felipe II, aprovechó el vacío de poder para reclamar el trono portugués, y en 1580 se proclamó rey de Portugal, unificando políticamente todos los territorios ibéricos por primera vez desde tiempos de los visigodos. Esta unión se mantuvo durante los siguientes sesenta años, hasta que Portugal recuperó su independencia en 1640, durante el reinado en España de Felipe IV.

Para la población judía de Marruecos, esta efeméride se convirtió en motivo de celebración, toda vez que el joven e impulsivo rey Sebastián, en un alarde de fanatismo religioso, prometió pasar a cuchillo a todo judío de Marruecos que no aceptara la conversión al catolicismo como acto de «acción de gracias» por su victoria.

Más información:

Las amapolas rojas

Jaroslav no había cogido un libro en su vida. Las únicas letras que conocía eran las que le enseñaron en la escuela elemental de pequeño y las de la biblia del párroco de su pueblo, que los muchachos solían leer los domingos durante la misa. Por eso para él aquel maldito lugar del infierno era como cualquier otro: una puñetera roca empinada como una pared, descarnada por los intensos bombardeos y plagada de enemigos agazapados y dispuestos a pegarle un tiro a cualquier cosa que se moviera.

De haber estudiado un poco de historia, siquiera un poco de la historia de su Iglesia, de la que era un fervoroso creyente, Jaroslav sabría que aquellos fragmentos de columnas y aquellas antiquísimas figuras talladas que ahora aparecían esparcidas por toda la ladera de la colina otrora habían pertenecido a uno de los centros espirituales más importantes del Occidente cristiano. Para Jaroslav, Montecasino era sólo una cota más a conquistar, una posición estratégica que arrebatar a los boches antes de poder tomar la misma Roma y expulsarlos para siempre de Italia. Para el resto del mundo, aquel era el mágico lugar donde un templo sucedía a otro desde la antigüedad sin memoria; el lugar donde San Benito escribió la regla monástica que había regido la vida de millones de monjes durante los últimos mil quinientos años; uno de los pocos lugares donde la sabiduría de los pensadores clásicos se había refugiado durante los oscuros siglos del medioevo.

La abadía de Montecasino había sido destruida en multitud de ocasiones. Su privilegiada ubicación era al mismo tiempo su maldición. Lombardos, Sarracenos, Napoleón e incluso la propia naturaleza en forma de terremotos parecían haberse coaligado para borrar del mapa aquel monasterio erigido sobre la montaña. En febrero de 1944, un general neozelandés sin dos dedos de frente había decidido sacar a los alemanes del monasterio por el expeditivo procedimiento de bombardear el complejo hasta sus cimientos. Craso error: los alemanes observaron con toda la parsimonia del mundo cómo más de doscientos bombarderos aliados reducían aquella obra maestra de la arquitectura religiosa a un montón de escombros humeantes, provocando de paso un verdadero escándalo en la Iglesia. Afortunadamente, los demonios nazis habían sido previsores, y la mayor parte de los tesoros de la abadía habían sido transportados a Roma para preservarlos de la destrucción. Tras el bombardeo, la 1ª división de paracaidistas alemanes ocupó lo que quedaba del recinto y se atrincheraron entre las ruinas. Un montón de tíos duros, acostumbrados a encontrarse  con el enemigo en inferioridad de condiciones, a pelear acorralados y pegados al terreno. Los aliados lo iban a tener muy difícil sacarles de allí.

Inmediatamente después del intenso bombardeo se fueron sucediendo los asaltos contra la cima de la montaña. Primero los ingleses, luego los gurkas indios y luego el batallón mahorí neozelandés. En aquellos días de mediados de febrero de 1944, la montaña a la que un día subiera San Benito para retirarse de las miserias del mundo se había convertido en un cementerio sin lápidas. Centenares de soldados muertos yacían en las laderas pudriéndose, mientras los supervivientes de uno y otro lado continuaban disparándose entre el olor a sangre y  a carne putrefacta. Los alemanes iban a aguantar todo lo que los ejércitos aliados tuvieran para arrojarles encima durante otros tres meses. Ochocientos paracaidistas alemanes contra dos divisiones enemigas completas: más de veinte mil hombres paralizados en una sangrienta batalla sin final por la toma de Montecasino.

Jaroslav llegó junto con sus compañeros del II cuerpo de ejército polaco a mediados de mayo. La situación parecía estancada, a pesar de los pequeños avances aliados por hacerse con las posiciones defendidas por los paracaidistas alemanes.  Todos sabían que los polacos tenían una especial inquina a los alemanes. No en vano, Polonia fue la primera nación en caer víctima de la guerra relámpago de Hitler. Lo poco que los alemanes no tomaron de Polonia cayó rápidamente en manos de los rusos. Los polacos libres que luchaban en las filas aliadas tenían mucho que demostrar, y estaban dispuestos a hacerlo. Subir a Montecasino iba a convertirse en otra de las gloriosas gestas protagonizadas por unos soldados que nada tenían ya que perder excepto una vida sin patria y sin derechos. Ni siquiera tenían derecho a rendirse, ya que los alemanes solían ejecutar inmediatamente a todo soldado polaco que cayera en sus manos.

Ahora Jaroslav se arrastraba entre cenizas y restos que una vez fueron humanos hacia la cumbre de aquella maldita colina. No se atrevía a levantar la cabeza por miedo a que un francotirador se la volara. Durante la carga que él y sus compañeros habían protagonizado unos minutos antes, las ametralladoras MG-42 alemanas habían provocado una verdadera carnicería. Jaroslav vio caer a la mayor parte de sus compañeros víctimas de la lluvia de balas que les había caído desde las posiciones elevadas del enemigo. No veía a nadie, no podía contactar con nadie, y ni siquiera se atrevía a hacer ruido en el sepulcral silencio que sucedió a la carga de los polacos. Se agazapó tras el cuerpo de un soldado norteamericano que, por su olor y aspecto, debía llevar muerto allí por lo menos dos semanas. Fue entonces cuando un soldado alemán apareció gateando de detrás de una roca y le miró muy fijamente. Jaroslav vio su mirada, espantada como la de él mismo por la destrucción que le rodeaba. Le pareció que era un muchacho joven como otro cualquiera; un camarada en medio de la desolación y la muerte, pero aquella sensación de fraternidad duró poco: ese soldado era su enemigo, el mismo que acababa de masacrar a casi todos sus compatriotas que le habían acompañado hasta estos riscos. Tenía que matarle antes de que el enemigo le matara a él.

No había tiempo de disparar, y tampoco hubiera sido bueno hacerlo, ya que podría revelar su posición a los alemanes y que estos le frieran a morterazos. Sacó la bayoneta de su funda y se abalanzó contra el alemán, clavándole el cuchillo en el vientre. El alemán gimió, y en ese mismo momento, Jaroslav sintió un dolor tremendo en el costado izquierdo, justo en el lugar donde el alemán agonizante acababa de apuñalarle. En los pocos segundos de vida que le quedaron a ambos, se quedaron mirándose fijamente uno al otro; una mirada que no era ya de odio, ni siquiera de temor. Abandonaban este mundo, pero ningún infierno podría ser peor que aquello, de manera que ambos parecían congraciarse con la muerte en la esperanza de, por lo menos, descansar para siempre de los terrores de la guerra.

Una semana más tarde, la bandera polaca ondeaba sobre los restos de Montecasino, mientras  la corneta del soldado polaco Emil Czech entonaba el toque tradicional polaco Hejnał mariacki. Los alemanes habían abandonado finalmente Montecasino y se retiraban, dejando expedito el camino de los aliados hacia Roma. Jaroslav pasó a formar parte de aquel lugar, enterrado junto a sus casi cuatro mil compañeros de armas en el cercano cementerio polaco. Casi el mismo día en que Montecasino era tomado, uno de aquellos soldados polacos llamado Alfred Schultz compuso el himno Czerwone maki na Monte Cassino (Las amapolas rojas de Montecasino), en honor a sus compañeros caídos en combate, donde compara la gesta polaca en la famosa montaña italiana con la legendaria carga de los lanceros polacos en la batalla de Somosierra de 1808 y con la carga de la II brigada de legiones polaca contra los rusos en Rokitno en 1915.

Czy widzisz te gruzy na szczycie?
Tam wróg twój się kryje jak szczur!
Musicie, musicie, musicie!
Za kark wziąć i strącić go z chmur!
I poszli szaleni, zażarci,
I poszli zabijać i mścić,
I poszli jak zawsze uparci,
Jak zawsze za honor się bić.

Czerwone maki na Monte Cassino
Zamiast rosy piły polską krew…
Po tych makach szedł żołnierz i ginął,
Lecz od śmierci silniejszy był gniew!
Przejdą lata i wieki przeminą.
Pozostaną ślady dawnych dni!.
I tylko maki na Monte Cassino
Czerwieńsze będą, bo z polskiej wzrosną krwi.

Runęli przez ogień, straceńcy!
Niejeden z nich dostał i padł…
Jak ci z Samosierry szaleńcy,
Runęli impetem szalonym
Jak ci spod Rokitny, sprzed lat.
I doszli. I udał się szturm.
I sztandar swój biało-czerwony
Zatknęli na gruzach wśród chmur.

Czerwone maki na Monte Cassino…

Czy widzisz ten rząd białych krzyży?
To Polak z honorem brał ślub.
Idź naprzód – im dalej, im wyżej,
Tym więcej ich znajdziesz u stóp.
Ta ziemia do Polski należy,
Choć Polska daleko jest stąd,
Bo wolność krzyżami się mierzy
Historia ten jeden ma błąd.

Czerwone maki na Monte Cassino…

Ćwierc wieku, koledzy, za nami,
Bitewny ulotnił się pył
I klasztor białymi murami
Na nowo do nieba się wzbił…
Lecz pamięć tych nocy upiornych
I krwi, co przelała się tu
Odzywa sie w dzwonach klasztornych,
Grających poległym do snu…!

¿Ves estas ruinas en lo alto?
¡Allí se esconden como ratas tus enemigos!
Debes, debes, debes
agarrarlos por el cuello y echarles de las nubes.
Y ellos fueron, locos, sin hacer caso [del enemigo],
y ellos fueron, para matar y vengarse,
y ellos fueron, tercos como siempre,
como siempre, por el honor, a luchar.

Las rojas amapolas de Montecasino
en lugar de rocío, bebieron sangre polaca…
Sobre ellas los soldados fueron y murieron,
pero la rabia fue más poderosa que la muerte.
Pasarán los años y cambiarán los tiempos,
sólo huellas de los días pasados quedarán.
Sólo las amapolas de Montecasino
serán más rojas por la sangre polaca que bebieron.

Ellos cargaron a través del fuego, condenados,
incontables fueron heridos y cayeron.
Como la caballería [polaca] en Somosierra,
ellos cargados con su furioso empuje.
Como aquellos en Rotikno hace años.
Y alcanzaron su objetivo, y vencieron.
Y su estandarte blanco y escarlata
fue izado sobre las ruinas, en medio de las nubes.

Rojas amapolas de Montecasino.

¿Ves esa fila de cruces blancas?
Allí dejaron su honor los soldados polacos.
adelante, más lejos, más alto,
los mejores que encontrarás a tus pies.
Este suelo pertenece a Polonia
aunque Polonia se encuentre muy lejos,
para la libertad [la distancia] se mide en cruces
A la Historia le falta éstas.

Rojas amapolas de Montecasino…

Detrás nuestra, camaradas, un cuarto de siglo,
el polvo de la batalla se ha ido,
y los blancos muros del monasterio
de nuevo alcanzan el cielo…
Pero la memoria de aquellas terribles noches
y la sangre que allí fue derramada
provocan ecos en las campanas del monasterio
dejando a los caidos descansar.

Lugares con Historia (VII): Castel Sant’Angelo

Anderson, James (1813-1877) - n. 0638 - Roma - Veduta del fiume

Ahí está esa imponente fortaleza: pura piedra, dominando la rivera occidental del Tíber desde que fuera construida en tiempos de los romanos. Puede que no sea el edificio más bonito de Roma, pero mientras la mayor parte de las construcciones de su época yacen en el suelo como ruinas o se han convertido en meras atracciones turísticas, el castillo de Sant’Angelo ha conservado casi hasta la actualidad su importancia estratégica dentro de la capital italiana. Edificado a principios del siglo II como mausoleo para el emperador romano Adriano, a lo largo de sus casi diecinueve siglos ha sido también una fortaleza, la residencia de los papas de Roma, una prisión y actualmente un museo.

Cuando el fotógrafo James Anderson tomó la fotografía de Castel Sant’Angelo que encabeza esta entrada, el compositor de ópera Giacomo Puccini aún no había hecho que la infeliz Tosca se arrojara desde lo alto de sus muros, desesperada por la muerte de su amado Mario. Sin embargo, al viejo castillo de Sant’Angelo le basta su propia historia para ser por sí mismo un lugar emblemático, sin necesidad de dramas líricos. Esas piedras han visto pasar por delante a muchos emperadores de Roma; han sido testigos y víctimas del fin del Imperio y de la destrucción provocada por las hordas visigodas, vándalas y hérulas. Desde lo alto de sus murallas bien podría haberse contemplado el ejército de los hunos de Atila, acechando a la indefensa ciudad.

Castel Sant'AngeloA finales del caótico siglo XIII, el papa Nicolás III ordenó edificar un paso elevado (el Passeto) que conectara la Ciudad del Vaticano con el castillo de Sant’Angelo. Este paso debía servir como vía de escape rápida para los papas, pudiendo refugiarse estos en el castillo en caso de peligro. La Historia demostraría que la idea de Nicolás III fue acertada, porque varios papas tuvieron que recorrer aquellos ochocientos metros con mucha, mucha prisa…

En 1495, mientras Cristóbal Colón terminaba de descubrir casi todas las islas del Caribe en su segundo viaje, el papa Alejandro VI (famoso por su apellido italianizado, Borgia) se apresuraba a refugiarse en Sant’Angelo ante la imparable invasión de Roma por el rey de Francia Carlos VIII, que en medio de su guerra contra los aragoneses en Nápoles, había decidido neutralizar la oposición papal a su campaña. No en vano, fueron los papas de Roma quienes otorgaron el reino de Nápoles a los Anjou franceses para quitarse de encima el estorbo que les suponían los Hohenstaufen, y Santa Rita, Santa Rita, lo que se da no se quita. Aunque Carlos VIII hubo de retirarse finalmente debido a la falta de logística y suministros que le permitieran continuar la campaña, y no precisamente por haber sido derrotado en combate, Alejandro VI lo tomó como una victoria personal. Unos años más tarde, sin embargo, cuando el nuevo monarca francés, Luis XII, volvió a la carga contra los aragoneses de Nápoles, el Papa Borgia tuvo mucho cuidado de no alinearse en contra de Francia. Dio lo mismo, porque el Gran Capitán se encargó de hacer morder el polvo al Valois para entregar el reino de Nápoles a su rey Fernando, el Católico, no sin antes ajustar cuentas con él.

Algunos años más tarde, las cosas entre Francia y España seguían tan mal como siempre: el nuevo Sacro Emperador era Carlos V de Alemania, a la sazón Carlos I de España, y dominaba un territorio como pocos monarcas habían conseguido aglutinar desde los tiempos de los emperadores romanos. Francia era una isla en medio de un océano dominado por los Habsburgo que incluía España, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, todo el Sacro Imperio Romano-Germánico y amplias zonas de Austria y Hungría. Aunque el nuevo emperador parecía la única figura en Europa capaz de enfrentarse al empuje turco que venía del este, al papado le interesaba más conservar el equilibrio de poderes entre las naciones que le rodeaban, y no verse supeditado al mandato de un poder temporal que desvirtuara la soberanía papal, inspirada por el mismísimo Dios. El recién estrenado papa Clemente VII, florentino de nacimiento y descendiente de los orgullosos Médicis, no estaba dispuesto a lamerle las botas al Emperador Carlos V, y pretendía resucitar el viejo enfrentamiento por el Dominium Mundi que ya mantuvieran el emperador Federico II Hohenstaufen y el papa Gregorio IX en el siglo XIII.

Por desgracia para el papa, Europa ya no vivía en el siglo XIII, y los reyes eran emperadores en sus reinos, no viéndose sometidos a la autoridad eclesiástica. Si esto era cierto para el común de los monarcas, no digamos ya para el Emperador Carlos. Las tropas hispano-alemanas habían estado sacudiendo de lo lindo al francés en el norte de Italia, en Navarra y en la misma Francia, deshaciendo las pretensiones de Francisco I de ampliar sus territorios a costa del Imperio y de las ciudades italianas. La debacle francesa fue total, y el rey francés tuvo que pasar una temporada en Madrid como “invitado” del Emperador.  Cuando el Papa, hasta entonces aliado del Imperio, se coaligó con Francia, Venecia y Florencia para parar los pies al creciente poder de Carlos V, el ejército imperial, que ya controlaba todo el norte de Italia, marchó “amotinado” hacia Roma. Al parecer, unas siempre mal pagadas tropas pretendían cobrarse la soldada con el botín arrancado a sus nuevos y ricos enemigos.

Los acontecimientos se precipitaron el 6 de mayo de 1527. Las defensas de Roma no podían resistir el avance de un ejército curtido en batalla que sextuplicaba en número a las fuerzas papales. Los lansquenetes, soldados profesionales alemanes que llevaban bastante tiempo sin cobrar, se cebaron en el saqueo de la Ciudad Eterna. Sólo la valentía y el arrojo de la guardia suiza que protegía al papa, compuesta de 150 hombres, consiguió salvar la vida de éste, aún a costa de ser masacrados por más de mil enemigos sedientos de sangre. Al final, en medio de una batalla encarnizada en el mismísimo altar de la basílica de San Pedro, consiguieron meter al papa Clemente VII en el Passeto di Borgo, 2006 Vatican €2desde donde corrieron por sus vidas hasta alcanzar la seguridad de Castel Sant’Angelo. A partir de aquel momento, el papa vivió recluido en aquella fortaleza un mes, hasta que se rindió el 6 de junio haciendo grandes concesiones territoriales al Imperio. Aunque Carlos V se hizo el disgustado, escribiendo lastimeras cartas al papa sobre lo infortunado del saqueo, Clemente VII no volvió a llevarle la contraria al Emperador en los años que le quedaron de vida. El Papa había aprendido muy bien la lección, y sabía ya cuál era su nueva posición en la política europea del siglo XVI. De hecho, su sumisión al Emperador fue tal a partir de ese momento que negó la anulación del matrimonio del rey inglés Enrique VIII con su esposa Catalina de Aragón, tía del emperador Carlos, lo que a la postre daría como resultado la desvinculación de Inglaterra de la obediencia religiosa a Roma y la creación de la iglesia anglicana.

Para la ciudad de Roma, el Saco fue lo peor que le había pasado en su historia. Ni siquiera las hordas bárbaras fueron tan exhaustivas en su recolección de botín, ni tan crueles con los habitantes de la ciudad, que quedó semidestruida y despojada de todas sus riquezas, incluyendo las del Vaticano. Sólo el castillo de Sant’Angelo y su ilustre inquilino se mantuvieron a salvo del enemigo.

Además de su función como fortaleza defensiva, el castillo también fue una prisión donde rumiaron su infortunio personajes tan destacados como Bartolomeo Platina (enlace a wikipedia en inglés, lo siento; al parecer el personaje no merece entrada en Wikipedia en español. Será porque no juega al fútbol o no se parece a Pikachu), Pomponio Leto, Giordano Bruno… podría decirse que lo mejorcito del humanismo italiano pasó por las mazmorras de este castillo por cortesía de unos papas no demasiado inclinados a las nuevas ideas. Hoy el castillo es un museo, el Museo Nazionale di Castel Sant’Angelo, de visita obligada para todo turista que visite Roma.

Para finalizar esta entrada, os dejo con E lucevan le stelle, de la ópera Tosca, donde Plácido Domingo, en el papel de Mario Cavaradossi, lamenta la inminente llegada de la muerte en una de las azoteas de Castel Sant’Angelo.

Entrada dedicada a @MrDodo, pájaro de cuenta que siempre tiene un puntito de inspiración para los mortales.

Irreductibles legendarios (V): La fábrica de tractores

Parecía que el mundo había acabado, y que todos habían caído en un infierno helado de cascotes, cadáveres corrompidos y barro. Todos los que combatían en Stalingrado tenían la convicción de que jamás saldrían vivos de aquella ruina inmensa donde la muerte acechaba detrás de todas las esquinas, escondida en la oscuridad de las ventanas rotas de las casas bombardeadas.

Por muy dura que fuese aquella guerra, ninguna batalla fue tan cruel como la que se libró entre las ruinas de la fábrica de tractores Dzerzhinsky en el otoño de 1942. La fábrica de tractores era el orgullo de la maquinaria industrial soviética, y sus obreros produjeron tanques T-34 hasta el último momento, hasta que los bombardeos redujeron el complejo a un montón de escombros. Entonces fue cuando la fábrica pasó a convertirse en un baluarte para impedir el avance alemán hacia el Volga. La consigna del camarada Stalin no dejaba lugar a dudas: Ni un paso atrás. Los defensores de la fábrica de tractores resistirían la acometida del enemigo o perecerían en su puesto de combate. Era vital que el ejército ruso siguiera controlando la ribera del Volga, manteniendo una cabeza de playa por la que poder introducir los suministros y refuerzos que atravesaban constantemente el río; unos suministros que llegaban pese al intenso fuego artillero, pese a los constantes ataques de la aviación alemana, y pese a la certeza de los que llegaban de que se estaban internando en una pesadilla sin salida.

Y protegiéndolos a todos del enemigo se encontraban los defensores de la fábrica Dzerzhinsky. Eran soldados de reemplazo venidos de todos los puntos de la Unión Soviética, trabajadores de la fábrica que ya no podían hacer otra cosa que luchar, voluntarios y forzados, todos ellos unidos en la desesperación de quienes se encuentran acorralados. En muchas ocasiones, asomar la cabeza a más de un palmo del suelo significaba la muerte instantánea por el fuego enemigo. En demasiadas, retroceder aunque sólo fuera para encontrar un hueco donde esconderse podía significar la muerte a manos de los comisarios políticos.

La infantería y los blindados alemanes se abalanzaron contra la fábrica de tractores el 6 de octubre de 1942. A partir de ese momento, y durante más de una semana, los combates en aquel lugar maldito se producirían a muy corta distancia. En muchas ocasiones cuerpo a cuerpo. De nada servían los fusiles cuando tu enemigo se te echaba encima a menos de un metro; había que tirar de bayonetas y cuchillos. Los soldados alemanes no creían posible tal tenacidad por parte de sus enemigos. Los soviéticos se lanzaban a la muerte de forma irreflexiva, fanática, defendiendo cada nave, cada agujero, cada alcantarilla, como si se trataran del mismísimo Kremlin. Aquella ofensiva fue a duras penas detenida, con terribles pérdidas en ambos bandos. La fábrica seguiría siendo rusa de momento.

Pero entre el 14 y el 15 de octubre, los alemanes pusieron toda la carne en el asador, literalmente. Precedidos de un bombardeo masivo de artillería y aviación, los tanques alemanes se introdujeron finalmente en el complejo industrial, arrasando con sus defensas. Los defensores de la fábrica de tractores nunca se rindieron, y el enemigo, horrorizado, sólo pudo tomar aquel lugar pasando sobre cientos de muertos amontonados por doquier; soldados que habían quedado en los mismos lugares donde habían sido alcanzados por las balas o las bombas. Era un desolado paisaje dominado por el olor a muerte y por el humo.

Unos meses más tarde, el mariscal Von Paulus rendía las fuerzas alemanas sitiadas en Stalingrado. Lejos, muy lejos de Alemania, sin suministros ni alimentos, los alemanes se enfrentaban al invierno ruso y a la perspectiva de morir de hambre o morir a manos del enemigo. El VI ejército alemán se rindió el 29 de enero de 1943, pero los soldados alemanes destacados en la fábrica de tractores arrebatada a los rusos en octubre resistieron aún tres días más en medio de intensos combates antes de rendirse por falta de munición. Alemania perdió Stalingrado para siempre, pero la historia ganó un lugar donde admirar para siempre el valor y el sacrificio de unos hombres que nunca se rindieron.

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La Noche Triste

El 30 de junio de 1520, acorralados por los guerreros mexica dentro de uno de los palacios de la ciudad de Tenochtitlan, Hernán Cortés decidió poner piés en polvorosa y abandonar la capital del Imperio Azteca.

Antes de eso, los españoles a las órdenes de Cortés habían perpetrado todo tipo de barbaridades contra los indios, apresando al emperador Moctezuma y asesinando a buena parte de la nobleza azteca a traición. El objetivo desde el primer momento no era otro que descabezar al Imperio con el fin de hacerse con sus riquezas. Los indígenas no estaban dispuestos a consentir el atropello. Cuando su emperador trató de apaciguarlos, sus propios guerreros le consideraron vendido a los españoles y le lanzaron flechas, piedras y todo tipo de objetos, hiriéndolo de muerte. Luego proclamaron un caudillo militar para enfrentarse a los españoles, que permanecían parapetados en los palacios reales.

Recreación de los combates de la Noche Triste. Imagen: Xarxa Telemàtica Educativa de Catalunya.Las tropas de Cortés y de sus aliados tlaxcaltecas salieron de Tenochtitlan a media noche, cobijados por la oscuridad. Iban cargados con todos los tesoros que habían podido robar; en algunos casos, demasiado cargados como para combatir. A pesar del intento por pasar desapercibidos, los guerreros aztecas les capturaron en uno de los puentes que unía la ciudad-isla con tierra firme, provocando una matanza terrible entre los invasores. Muchos tuvieron que arrojar los tesoros que portaban para poder enfrentarse a los numerosísimos enemigos que les acometían. La matanza entre los indios aliados de Cortés y los mexicas fue considerable, y los españoles perdieron a la mitad de sus efectivos.

Desde que supimos el concierto que Cortés había hecho de la manera que habíamos de salir e ir aquella noche a los puentes, y como hacía algo oscuro y había niebla y lloviznaba, antes de medianoche se comenzó a traer el puente y caminar el fardaje y los caballos y la yegua y los tlascaltecas cargados con el oro; y de presto se puso el puente, y pasó Cortés y los demás que consigo traía primero, y muchos de a caballo. Estando en esto suenan las voces y cornetas y gritas y silbidos de los mejicanos, y decían en su lengua a los de Tatelulco: ¡Salid presto con vuestras canoas, que se van los teúles, y tajadles que no quede ninguno con vida!. Cuando no me cato, vimos tantos escuadrones de guerreros sobre nosotros, y toda la laguna cuajada de canoas, que no nos podíamos valer. Muchos de nuestros soldados ya habían pasado, y estando de esta manera cargan tanta multitud de mejicanos a quitar el puente y a herir y matar en los nuestros, que no se daban a manos. Como la desdicha es mala en tales tiempos, ocurre un mal sobre otro; como llovía, resbalaron dos caballos y caen en la laguna. Cuando aquello vimos yo y otros de los de Cortés nos pusimos en salvo de esa parte del puente, y cargaron tanto guerrero, que por bien que peleábamos no se pudo más aprovechar de ella. De manera que aquel paso y abertura de agua de presto se llenó a caballos muertos y de indios e indias y naborías y fardaje y petacas.

Temiendo no nos acabasen de matar, tiramos por nuestra calzada adelante y hallamos muchos escuadrones que estaban aguardándonos con lanzas grandes, y nos decían palabras de vituperios, y entre ellas decían: ¡Oh, cuilones, y aún vivos quedáis!. A estocadas y cuchillas que les dábamos pasamos, aunque hirieron allí a seis de los que íbamos. Pues quizá había algún concierto de cómo lo habíamos concertado, maldito aquél; porque Cortés y los capitanes y soldados que pasaron primero a caballo, por salvarse y llegar a tierra firme y asegurar sus vidas, aguijaron por la calzada adelante, y no la erraron; también salieron en salvo los caballos con el oro y los tlascaltecas.

Bernal Díaz del Castillo
Historia verdadera de la conquista de Nueva España.

La Noche Triste, oleo sobre lienzo de autor desconocido. Imagen: Wikimedia Commons.Salvado in extremis del desastre, y aún con parte del tesoro robado a los aztecas, Hernán Cortés pasó un año reuniendo nuevos aliados a los que enfrentar contra los aztecas, y el 30 de junio de 1521, justo al año siguiente de los terribles acontecimientos de la Noche Triste, regresó a Tenochtitlan poniendo sitio a la ciudad. El 13 de agosto del mismo año la ciudad se rendía y los españoles y sus aliados se vengaban del ataque del año anterior asesinando a más de 40.000 de sus habitantes. El Imperio Azteca había caído y España ganaba de esta cruenta manera uno de sus más fértiles territorios americanos: el Virreinato de la Nueva España.