Batallas de la Edad Media (VI): Jerusalén – Tercera parte

Allí, ante los ojos incrédulos de miles de cruzados, estaban las murallas de la ciudad santa de Jerusalén. Atrás quedaban tres años de largas marchas, penurias y sangrientas batallas en las que una gran parte del ejército cruzado se había perdido. Nicea, Dorilea, Edesa, Antioquía… Los sarracenos habían defendido su tierra tan bien como lo hubiera hecho el mejor de los caballeros cristianos, pero no habían podido resistir el empuje religioso que impulsaba a los cruzados hacia Palestina.

Habían conquistado ciudades, matado a miles de sarracenos; habían pasado todas las penalidades de las que era capaz el ser humano en un territorio hostil como jamás habían conocido ningún otro, pero también habían sembrado el caos y la destrucción a su paso, consumiendo cosechas y condenando a muchos inocentes a la muerte por inanición, arrasando pueblos enteros, algunos de los cuales ni siquiera sabían por qué eran exterminados. Habían cometido por el camino todo tipo de salvajes crímenes que en cualquier otro caso la Iglesia hubiera considerado intolerables, el peor de los cuales no fue el canibalismo.

Y aquel verano de 1099, por fin, todos aquellos trabajos estaban llegando a su fin. Ahora comenzaba otro penoso asedio que iba a prolongarse durante mes y medio. Sin embargo, la visión de la ciudad santa elevaba la moral de los invasores cruzados, que estaban dispuestos a todo para lograr su objetivo.

Los buques genoveses que habían llegado para auxiliar a los cruzados fueron desmantelados, y su madera transportada hasta Jerusalén para construir allí torres de asedio con las que asaltar las murallas. Atacados por varios frentes al mismo tiempo, la ciudad terminó cayendo el día 15 de julio de 1099, dando inicio a los sucesos más ignominiosos de la historia de la cristiandad.

En efecto: al tiempo que, exaltados después de su epopeya por Próximo Oriente durante años,  los cruzados entraban en Jerusalén, comenzaba la matanza indiscriminada de toda su población. Muy pocos se salvaron del genocidio, porque los invasores estaban determinados a limpiar la ciudad de infieles. Los cronistas de uno y otro lado del conflicto relataron con detalle aquel atropello a la humanidad:

Maravillosos espectáculos alegraban nuestra vista. Algunos de nosotros, los más piadosos, cortaron las cabezas de los musulmanes; otros los hicieron blancos de sus flechas; otros fueron más lejos y los arrastraron a las hogueras. En las calles y plazas de Jerusalén no se veían más que montones de cabezas, manos y pies. Se derramó tanta sangre en la mezquita edificada sobre el templo de Salomón, que los cadáveres flotaban en ella y en muchos lugares la sangre nos llegaba hasta la rodilla. Cuando no hubo más musulmanes que matar, los jefes del ejército se dirigieron en procesión a la Iglesia del Santo Sepulcro para la ceremonia de acción de gracias.

(Raimundo de Aguilers, cronista de la Primera Cruzada, relatando los hechos acontecidos tras la toma de Jerusalén por los cruzados en 1099)

Tras esta limpieza étnica por las bravas, de la que la piadosa Europa no dijo ni esta boca es mía, se instauró un reino cristiano en Jerusalén que duraría casi un siglo. Tras la cruzada, el ímpetu europeo por Tierra Santa fue perdiendo fuelle, ya que era costosísimo mantener la defensa de aquellos territorios contra unos gobernantes musulmanes cada vez más preparados y ansiosos por recuperar el terreno perdido. Sin embargo, el espíritu de la cruzada quedó impregnado en la épica caballeresca de la Alta Edad Media. Muchas otras cruzadas sucederían a ésta, y no todas repercutieron en una mayor seguridad para Europa contra el Islam. Alguna de ellas, de hecho, debilitaron nuestras fronteras casi destruyendo el Imperio bizantino, lo que a la larga repercutiría en el imparable auge del Imperio otomano.

Yo no te espero

Estimado señor Joseph Ratzinger, alias Benedicto XVI, alias «Su Santidad»:

Vaya por delante mi absoluto respeto por la libertad de aquellos que se declaren seguidores suyos o del presunto mensaje que usted pregona; aunque en el nombre de esa misma libertad que defiendo para ellos me veo obligado a escribir esta carta abierta, porque la libertad de muchos que nada tienen que ver con usted ni con su grupo de seguidores va a ser descaradamente pisoteada en España en los próximos días.

En primer lugar, tengo que protestar enérgicamente por el coste que su visita ocasiona a las arcas públicas de mi país; unas arcas públicas que se nutren de los impuestos pagados por todos los españoles, entre los cuales me incluyo. Debo indicarle que, como contribuyente, pago mis impuestos al Estado con la ilusión de que el dinero sustraído de mis ingresos será utilizado con responsabilidad en beneficio de todos, especialmente en forma de infraestructuras, sanidad y educación. No veo cómo el gasto ocasionado por su visita, parte del cual voy a sufragar personalmente con los ingresos obtenidos por mi trabajo y gestionado por el Estado en forma de impuestos va a contribuir a mejorar ninguna de estas áreas antes citadas. Podrá usted decir que la culpa es de los políticos que nos gobiernan, que se gastan el dinero en cualquier cosa, y no le faltará razón, pero en última instancia, usted será la causa primera de este gasto, por lo que le hago, como poco, corresponsable del mismo.

En segundo lugar, y no menos importante, viene usted a mi país a insultarme y escarnecerme públicamente, como ya ha hecho en otros países de nuestro entorno. Como ateo, escéptico y libre pensador que soy, me molesta de una forma superlativa que quiera usted compararme a los nazis; una comparación que sólo puedo calificar como hecha a la ligera, falaz y torticeramente por alguien que en su día vistiera el uniforme de las juventudes hitlerianas y que hoy, desde su posición de «líder espiritual» y jefe de un estado extranjero, debería ser más respetuoso con sus declaraciones. No me cabe duda de que en los próximos días volveré a oírle faltarme al respeto en los informativos nacionales, y eso, señor Ratzinger, dirá mucho más de su catadura moral que de la mía, pasivo sufridor de su verborrea intransigente.

En tercer lugar, su visita servirá a buen seguro para criticar, siempre bajo el estrecho prisma de sus particulares creencias, leyes que los españoles nos hemos dado a nosotros mismos de una forma democrática. No voy a enumerar estas leyes, pero sí le recordaré que, en España, la ley es lo que nuestros representantes electos deciden aprobar por mayoría parlamentaria. Afortunadamente, hace ya mucho tiempo que la Iglesia Católica no decide cómo debemos vivir los españoles. No espero que usted, jefe de un estado teocrático y considerado por sus adláteres como una mente «infalible», incapaz de cometer un error, vaya a comprender la grandeza de la democracia, aunque sí espero que llegue el día en que aprenda a respetar a la menos injusta de las formas de organización social existentes.

Para finalizar, debo felicitarle por ser usted un turista excepcional. Ya nos gustaría a muchos ir viajando de país en país a gastos pagados y rodeados de un séquito de incondicionales que nos vitoreen; que los gobiernos nos recibieran con honores a pesar de nuestro estrafalario atuendo y nos abrieran las puertas de sus más preciados monumentos, reservándonos la exclusividad del uso de los mismos; que cortaran el tráfico a nuestro paso sin importar las molestias que ello pudiera ocasionar a los demás, y permitirnos el lujo de proclamar donde vayamos nuestra moral y nuestras creencias como las únicas verdaderas, e imponerlas a otros si tenemos la oportunidad. Aunque pensándolo mejor, no creo que nadie que tenga un mínimo de vergüenza gustara de viajar avasallando de esta forma en que usted lo hace.

Atentamente,
Jorge Iglesias (Hispa)

La Guerra de Granada

Entre 1480 y 1492, durante el reinado de los Reyes Católicos, se completó en Andalucía la conquista de lo que antaño había sido la Al-Andalus musulmana, cuyo último episodio fue la guerra contra el reino nazarí de Granada. Fue una guerra de conquista inspirada desde la corona, pero muchas veces animada por la ambición de algunos notables del reino de Castilla, que deseaban obtener más territorio y riquezas por medio de las armas.

Sin embargo, como todas las guerras, la de Granada fue una guerra cara. Las tropas debían ser pagadas, alojadas y alimentadas, y la sociedad castellana no disponía de los suficientes recursos económicos para aportar el capital necesario. Bueno, en realidad, sí que existía un sector de la sociedad que disponía de esos recursos, y los Reyes Católicos harían valer sus altos ideales religiosos para que todo aquel dinero cambiara de manos…

El historiador y humanista Alonso de Palencia nos relata estos acontecimientos y muchos otros de importancia en sus crónicas sobre la Guerra de Granada:

(…) En Sevilla se procedió al castigo de los conversos de la ciudad, que, como los demás andaluces de su ralea, eran conocidamente refractarios a la fe católica. Titubeaban, sin embargo, los cristianos en señalar los sospechosos de herejía, y reputaban por más inficionada a la plebe de los conversos que a los principales de entre ellos; pero convencidos de la perversión de los que la habían inducido a los mayores errores, castigaron a los cabezas juntamente con sus prosélitos, entregándolos a las llamas o sepultándolos en lóbregos calabozos. Estos casos fueron mucho más terribles que en parte alguna en Sevilla, porque aquí tuvo principio la Inquisición y porque de día en día aumentaban los delitos y se iban descubriendo las maldades y traiciones de los conversos, que encaminaban sus inicuos, propósitos a mayor daño del nombre cristiano. Mas no aprovechándoles toda su astucia para escapar al castigo, y no contando ninguno con segura morada, porque a muy pocos les aconsejaba su conciencia permanecer en la ciudad, encontraron pretexto para salir de ella en la terrible peste que allí estalló a principios de 1481. Ella fue tal, que hizo entre ellos cerca de 16.000 víctimas. Otros tantos hablan escapado al castigo con la fuga, de modo que el aspecto de la ciudad era tristísimo y parecía casi deshabitada.

(…) El establecimiento de la Inquisición, recurso indispensable para castigar la herética pravedad, había aumentado también la penuria. Cierto que ésta se consideraba baladí respecto a la felicidad eterna; como las verdaderas riquezas sean la posesión de la verdad católica. Así D. Fernando y D a Isabel antepusieron a cualquier inconveniente el arrancar de entre las gentes andaluzas la multitud de judaizantes, de modo que aquellos hombres, inficionados del error, volviesen al camino de la salud eterna por medio de una reconciliación verdadera o pereciesen entre las llamas si se mantenían pertinaces.

Sin contar los numerosos fugitivos y los condenados a cárcel perpetua, cerca de 500 fueron quemados en Sevilla en el espacio de tres años en los casos en que se hacía imposible la aplicación de pena más leve.

Entre los conversos, la mayor parte de las mujeres se entregaban a ritos judaicos. Los hombres, que erróneamente creyeron encontrar su salvación en la fuga, se llevaron cuantas riquezas pudieron, escondiendo otras muchas con la esperanza de regresar algún día. Quedó exhausta Andalucía de oro y plata, y como para pagar a las tropas no bastaban ni con mucho las rentas reales, había que recurrir a los pechos(1), principalmente por la imposibilidad de sostener la guarnición de Alhama, contigua a los dominios granadinos, si dos o tres veces al año no la entraba un convoy custodiado por fuerte ejército. Todo esto sufrían con paciencia los pueblos leales, con la esperanza de obtener al cabo algún día el deseado descanso.

Los toledanos, sin embargo, temiendo la pobreza a que quedaría reducida la ciudad si se hacía inquisición de la vida y costumbres de los conversos allí donde tres o cuatro veces la infame conducta de los judaizantes había causado daños tan terribles, trabajaban con empeño por impedir tales pesquisas. Convencido por el juicio unánime de los ciudadanos el noble y prudentísimo corregidor Gómez Manrique, de gran prestigio entre ellos, logró persuadir a la Reina con muchos argumentos de las ventajas de aplazar semejante inquisición, sobre todo en aquellas circunstancias.

Alonso de Palencia, La Guerra de Granada.

(1) Pechos: Impuestos, contribuciones.

Semana del ateísmo (I): Richard Dawkins

De nuevo El ojo del tuerto inicia una semana temática. En esta ocasión quiero presentar a los lectores un resumen del panorama actual del pensamiento ateo, sus principales voces y los movimientos asociativos ateos y librepensadores, con especial atención a los españoles.

En los últimos años hemos vivido un auge imparable de los fanatismos religiosos, motivado principalmente por el miedo y el odio que profesan distintos grupos; grupos que enarbolan la religión como bandera de su motivación. La violencia se enseñorea del mundo en el nombre de Dios, y los ciudadanos somos sus víctimas propiciatorias, atrapados entre la obcecación de unos y los dogmas de otros, en un fuego cruzado donde los que se encuentran en tierra de nadie son los primeros en caer, víctimas de una barbarie justificada y, para algunos, moralmente intachable. Se trata de un fanatismo que se alimenta, por una parte, de la miseria extrema y la falta de perspectivas de futuro de países enteros, y por otra parte, del miedo que estas nuevas hordas de hambrientos causa en el mundo desarrollado occidental.

Por otro lado, asistimos a una ofensiva en toda regla por parte de los sectores religiosos con el fin de no perder un ápice de su influencia dentro de la sociedad española. Baste recordar las recientes polémicas sobre la ley del aborto, sobre el matrimonio homosexual, sobre la presencia de crucifijos en las aulas, etc. La iglesia parece olvidar que vivimos en un estado democrático de derecho, y no en la España del siglo XVI, donde su palabra era, además de dogma, ley. A los religiosos les cuesta aceptar que los tiempos han cambiado, y que la sociedad ya no se mueve al dictado de los púlpitos, sino por la voluntad de ciudadanos libres e informados. El monopolio de la moral y la virtud ya no les pertenece.

¿Cómo pueden convertirse en herramientas de difusión de odio, de enfrentamiento y de violencia unas religiones en cuyos idearios se promueve teóricamente el bien, la caridad y la compasión por el prójimo? ¿Por qué puede cuestionarse cualquier razonamiento político o filosófico, pero siempre es ofensivo cuestionar las creencias religiosas? ¿Es acaso la religión la raiz de todo mal? El profesor Richard Dawkins, una de las más claras voces ateas en la actualidad, trata de dar respuesta a estas y a otras preguntas en este documental basado en su libro El espejismo de Dios.

¡Esto es un sindiós! (XXIV): A las monjas les pone el "gore"

Ya decía yo que tanto cilicio y tanto latigazo nocturno no puede ser bueno. Ahora resulta que a las tiernas monjitas les ha dado por los powerpoint de temática gore, de esos que circulan por Internet. Yo, qué quieren que les diga, respeto la libertad de cada uno de excitarse con lo que mejor le parezca… con ciertos límites, claro.

Porque eso de exhibir sus preferencias sexuales delante de menores, especialmente cuando se trata de fetos descuartizados, sangre coagulada y políticos del PSOE, todo mezclado en un batiburrillo sin sentido, la verdad, no lo veo bien. Y conste que no les echo las culpas a las monjitas, ni a las profas adocenadas de instituto religioso/concertado. Al fin y al cabo no son sino personas ignorantes y dogmatizadas, acostumbradas a repetir como un magnetofón las consignas que reciben de sus superiores jerárquicos.

Los verdaderos culpables de toda esta porquería son los puñeteros obispos y su reciente campaña de politización de la religión a cuento del aborto, de los condones o de cualquier cosa que huela a sexo (¡Mmm! Oler a sexo, qué expresión más evocadora, ahora que lo pienso). La culpa la tienen también los políticos que les dan cancha jaleando su demagogia enfermiza, y los que, a la chita callando, les sostienen económicamente con nuestros impuestos. ¡Habrase visto gente más obsesionada y visceral! (lo de visceral, en vista de la coyuntura, es una expresión literal).

Además, si no entienden de gore, que no se metan a enseñar gore a los chavales. Porque para gore, gore, podían haber elegido Posesión Infernal, Holocausto Caníbal o muchas otras que son ya clásicos del cine. Yo recomiendo, estos títulos, y además los estudiantes suelen agradecerlo, porque el buen gore nos gusta a casi todos los que tenemos ya el estómago curtido de ver a tanto cura y a tanta monja por la tele, o tratando de convencernos de sus supercherías en clase.

…y luego dicen que el porno es perjudicial para los jóvenes. ¡Serán cínicos!

(Viñeta: Manel)

Y para que Google no se pierda, ¡Protege mi vida!

Actualización: Al final, puede que estas sangrientas aficiones de la directora del cole acaben saliéndole más caras de lo que en principio había creído.

Andrés, Javier y los cuervos

Andrés ha vivido siempre perseguido por la muerte. Su corta vida ha sido un constante ir y venir por hospitales y consultas donde a duras penas podían paliar su grave enfermedad congénita. Andrés padecía una anemia severa incurable desde que nació; una enfermedad escondida entre sus genes de la que sólo podía salvarse con el transplante de una nueva médula ósea. Por desgracia para él, sólo le servía la médula de un donante compatible al cien por cien.

Y entonces, gracias a los nuevos trabajos de investigación sobre células madre en Andalucía (sí, esos trabajos de investigación a los que se opuso tan firmemente la Iglesia), los médicos determinaron que podrían curar a Andrés efectuando una complicada carambola: Primero seleccionarían un embrión libre de la enfermedad que aquejaba a Andrés para darle un nuevo hermano, algo que sus padres siempre habían deseado. Luego transplantarían células madre del cordón umbilical del bebé para sustituir a la dañada médula ósea de Andrés para curar su enfermedad.

Andrés y Javier salen con sus padres del hospital Virgen del Rocío. Foto: EFEGracias a todo eso, hoy se encuentra en el mundo Javier, hermano de Andrés y libre de esa terrible y mortal enfermedad genética. Desde el punto de vista de un profano en todo lo que a medicina se refiere, sólo puedo ver la curación de Andrés como una genialidad realizada por gente virtuosa, por la élite de la medicina mundial que curiosamente trabaja a pocos kilómetros de mi casa (y no sabéis lo mucho que ese pensamiento me conforta).

Por desgracia, hay gente que parece venida a este mundo para meter la pata. Según la Iglesia, la selección de un embrión libre de la anemia congénita incurable que padecía Andrés es una aberración, una utilización indigna e inhumana de una persona con fines malignos e insanos. Dicho de otro modo: según la Santa Madre Iglesia (vaya madre) Andrés, a sus siete años, debería haberse enfrentado con resignación cristiana a la inevitable y prematura muerte que se le venía encima. Andŕes debería haberse enfrentado a una sucesión  interminable de transfusiones de sangre y al deterioro progresivo de sus órganos en un sufrimiento sin esperanza que sólo puedo calificar de atroz. Por su parte, su hermano Javier, de haber nacido según los cánones morales de esta gente, debería haberse enfrentado a la posibilidad más que probable de padecer la misma enfermedad que su hermano. Sus padres, según la Iglesia, deberían haber aceptado con la misma resignación el sufrimiento y la muerte segura de sus hijos, porque para eso este mundo es un valle de lágrimas, y para eso hemos venido aquí a sufrir todo lo que Dios nos mande.

Afortunadamente, cada vez somos más los que nos oponemos a esa visión medieval de la Iglesia sobre la vida y la muerte. Cada día aumenta la legión de los que preferimos conservar la vida a esperar la muerte y los que preferimos procurar la salud a consolar el sufrimiento. Somos cada vez más los que sabemos distinguir entre una persona y un embrión (que no es sino un conjunto más o menos organizado de células, por mucho que la Iglesia quiera hacernos creer que son seres humanos con nombres y apellidos), y damos a cada uno la importancia que realmente tienen. Afortunadamente para nosotros, y muy a su pesar, la Iglesia ya no puede imponernos su particular moralidad, como ha venido haciendo durante los últimos dos mil años.

Por suerte para Andrés y para Javier, los cuervos ya no pueden decidir sobre su vida, mal que les pese. Entretanto, la Santa Madre Iglesia ha perdido a otro buen montón de clientes insatisfechos con su producto espiritual. Mal negocio en tiempos de crisis… A ellos, a los cuervos, les dedico desde aquí este tema de Joan Manuel Serrat: Los macarras de la moral.

Sin prisa pero sin pausa,
como el “calabobos”,
desde la más tierna infancia
preparan el cebo:
“Si no te comes la sopa
te llevará el coco…”
“Los tocamientos impuros
te dejarán ciego…”.

Y te acosan de por vida
azuzando el miedo,
pescando en el río turbio
del pecado y la virtud,
vendiendo gato por liebre
a costa de un credo
que fabrica platos rotos
que acabas pagando tú.

Son la salsa
de la farsa.
El meollo,
del mal rollo.
La mecha
de la sospecha.
La llama
de la jindama.

Son el alma
de la alarma,
del recelo
y del canguelo.
Los chulapos
del gazapo.

Los macarras
de la moral.

Anunciando apocalipsis
van de salvadores
y si les dejas te pierdes
infaliblemente.
Manipulan nuestros sueños
y nuestros temores,
sabedores de que el miedo
nunca es inocente.

Hay que seguirlas a ciegas
y serles devoto.
Creerles a pies juntillas
y darles la razón
que: “El que no se quede quieto
no sale en la foto…”
“Quien se sale del rebaño,
destierro y excomunión”.

Sin prisa pero sin pausa,
esos carcamales
organizan sus cruzadas
contra el hombre libre
más o menos responsable
de todos los males
porque piensan por su cuenta.
Sueñan y lo dicen.

Si no fueran tan temibles
nos darían risa.
Si no fueran tan dañinos
nos darían lástima.
Porque como los fantasmas,
sin pausa y sin prisa,
no son nada si les quitas
la sábana.

El Papa de la sonrisa

Pablo VI. Imagen: Wikimedia Commons.

En verano de 1978 murió Pablo VI, uno de los papas más importantes del siglo XX. Pablo VI se había encargado de llevar a término la reforma de la Iglesia Católica iniciada por su predecesor Juan XXIII (apodado el Papa bueno). Aunque Pablo VI nunca fue tan popular como Juan XXIII, cuya fotografía adornaba las salitas y dormitorios de millones de ancianitas de multitud de países, realizó una importantísima labor modernizadora en la Iglesia; una labor discreta y no siempre grata que le granjeó la enemistad de los sectores católicos más extremistas. El arzobispo francés Lefebvre y su grupo de adláteres se negaron a aceptar estos cambios y fueron por ello apartados de la Iglesia (hasta este mismo año 2009 en que el actual pontífice Benedicto XVI les ha vuelto a readmitir sin que los “curas rebeldes” hayan llegado a retractarse nunca de su rebeldía).

Pero si complicado fue el papado de Pablo VI, su sucesor lo iba a tener aún más complicado. El elegido por el Cónclave de cardenales como cabeza de la Iglesia Católica fue Albino Luciani, un joven de 66 años que había participado activamente en la redacción del Concilio Vaticano II. Se dice de él que se sabía de memoria toda la documentación sobre el concilio de la reforma, y que era un ferviente partidario de su aplicación. Para la Curia romana, esta elección de los cardenales significó un varapalo impresionante, por varios motivos.

En primer lugar, Luciani, que adoptó el nombre de Juan Pablo I, era un idealista. Desde el principio rechazó el boato del Vaticano y sus ceremonias, basando su pontificado en el principio de la humildad. Inmediatamente, empezó a esbozar reformas que afectaban directamente al lujo y la ostentación con que se manejaban los asuntos de la Iglesia. Para el público, acostumbrado a una Iglesia mucho más introvertida y de aspecto grave y severo, el nuevo Papa comenzó a ser conocido como “el Papa de la sonrisa”. Luciani reflejaba en los medios de la época una frescura y una cercanía nunca antes vista.

Pero dentro de los pasillos del Vaticano, Luciani se enfrentaba con verdaderos tiburones religiosos y financieros. A lo largo de los años, la Iglesia había entrado en el mundo de las finanzas gracias a las ventajosas condiciones obtenidas en su concordato con la Italia de Mussolini. El Vaticano se había convertido en la práctica en un paraíso fiscal con ramificaciones en todo el mundo, donde capitales opacos financiaban oscuras operaciones comerciales, no siempre lícitas y ni mucho menos morales. Los Estados Unidos llegaron a utilizar esta red financiera para mover dinero destinado a la contra nicaragüense y a organizaciones clandestinas de la Europa del Este; pero más grave aún era la implicación de esta red en actividades de la mafia, de la logia masónica Propaganda Dos (P2) e incluso en la organización terrorista de ultraderecha Gladio.

Indudablemente, a la Curia se le había ido de madre su chiringuito financiero, que estaba totalmente descontrolado y en manos de criminales. Juan Pablo I, escandalizado, se puso manos a la obra para desmontar todo aquel tinglado, que años más tarde saldría a la luz pública con el escándalo de la quiebra del Banco Ambrosiano. Por desgracia para el pobre Albino Luciani y para la Iglesia en general, las mafias que traficaban con capitales en nombre de la Iglesia demostraron tener más poder que el mismo Papa, y Juan Pablo I apareció convenientemente muerto sólo treinta y un días después de su nombramiento como Pontífice Máximo. Al Papa le habían arrancado la sonrisa de la cara para siempre.

La muerte de Juan Pablo I significó una verdadera liberación para los gobernantes de ese estado soberano conocido como El Vaticano. La Curia se vio libre de aquel Papa utópico y molesto que pretendía regresar a las pías costumbres de la pobreza y la humildad, tan poco convenientes para los delicados huesos de los obispos y cardenales. Los banqueros de Dios, por su parte, pudieron continuar sus sucios negocios hasta que años más tarde la corrupción alcanzó tal nivel que fue imposible continuar. La gallina de los huevos de oro había muerto de pura indigestión monetaria.

Y la Iglesia eligió como nuevo Papa a Juan Pablo II, un polaco de extrema derecha, profundamente resentido con el comunismo, que se dedicó durante un cuarto de siglo a desmontar los logros del Concilio Vaticano II y a provocar la involución de  la Iglesia, abriendo una profunda brecha entre la moral oficial cristiana y la realidad social del siglo XXI; todo ello mientras las masas incondicionales gritaban que se le hiciera Santo súbito.