Palacio de Malía, Creta
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Creta vivía inmersa en un intensa religiosidad que se plasmaba continuamente en sus representaciones artísticas. Los dioses comparten protagonismo con hombres, mujeres y animales en pinturas y esculturas de una factura exquisita que adornaban las paredes de los suntuosos palacios minoicos. A medida que la religión minoica evoluciona desde el animismo hacia un panteón organizado de seres sobrenaturales especializados en distintos aspectos de la vida, también lo hace su arte, dando forma a estas divinidades para facilitar el culto.
También era frecuente el culto al toro y la práctica de ciertas formas de tauromaquia. La figura del toro es muy frecuente en el arte minoico, y al igual que el culto de la Diosa Madre se remonta al periodo neolítico.
Estas evidencias de destrucciones se repetían a lo largo y ancho de la isla de Creta en diferentes momentos de la historia. Algunas parecían provocadas por guerras o revueltas internas, mientras otras parecían provocadas por fuertes movimientos sísmicos, bastante frecuentes en la isla.
La civilización minoica de Creta, que vivía por entonces su momento dorado, no llegó a reponerse nunca de los efectos de semejante catástrofe natural. Su influencia en el Mediterráneo y el Egeo decayó, dejando el camino libre para la expansión de la civilización micénica del continente griego, que con el tiempo llegaría también a dominar la isla de Creta.
Muchos siglos más tarde, Platón escribiría sobre lo que siempre había sido una antigua leyenda del el mundo griego: la historia de una ciudad que desapareció bajo las aguas; la leyenda de la Atlántida. En el siglo XX, el arqueólogo griego Marinatos, que había excavado los restos de la isla de Thera, propuso la hipótesis de que fuera aquella la legendaria ciudad conocida por la leyenda griega como la Atlántida.
A principios del siglo XX aún quedaba sitio para la aventura, para la exploración de lo desconocido. La historia aún contenía las suficientes lagunas como para ahondar en el conocimiento de civilizaciones todavía no descubiertas, y Arthur Evans era uno de aquellos hombres de espíritu aventurero, dispuesto si hacía falta a cruzar ilegalmente fronteras en guerra con una pistola al cinto para alcanzar sus propósitos.
Durante la década de los 70 del siglo XIX, Evans y su hermano Lewis recorrieron los Balcanes, en una época en la que el Imperio Otomano iba perdiendo paulatinamente el control de la región entre revueltas e insurrecciones. Allí tuvieron sus más y sus menos con las autoridades turcas, que llegaron a considerarles espías rusos.
Pero la inmortalidad para Evans llegaría a partir de 1900, cuando recaló en las costas de Creta con la intención de excavar lo que él consideraba el palacio del mítico rey Minos citado por Homero. El palacio, descubierto por el anticuario cretense Minos Caloquerinos en 1878, permanecía en 1900 casi sin excavar. Evans compró los terrenos y organizó una excavación exhaustiva con sus propios medios económicos que pusieron al descubierto la más antigua y magnífica construcción de la antigüedad prehelénica de Europa.
Gracias a los descubrimientos realizados en la excavación, Evans llegó a la conclusión de que había existido una cultura anterior incluso a la que edificó los palacios de Micenas en la Grecia continental a mediados del II milenio AEC; una civilización a la que él bautizó como minoica, con sus propias características en cuanto a representaciones artísticas, cerámica y escritura.
También descubrió que el palacio de Cnosos había sufrido diversas destrucciones y reconstrucciones a lo largo de la historia, siendo datada la construcción más antigua sobre el 1900 AEC. Evans diseñó una periodización de la civilización minoica, dividiéndola en tres grandes periodos: Minoico Antiguo, Minoico Medio y Minoico Reciente, cada una de las cuales estaba dividida a su vez en tres periodos, I, II y III. Con posterioridad, otros historiadores han propuesto nuevos esquemas de periodización y criticado la de Evans, aunque ésta todavía se sigue utilizando en la actualidad.
Arthur Evans concluyó la excavación del palacio de Cnosos sobre 1905, y luego hizo algo que muchos arqueólogos han lamentado en los años posteriores: hizo que un par de pintores franceses «restauraran» algunas de las pinturas del complejo, lo que significó la destrucción de los restos originales y su sustitución por lo que muchos consideran una mera aproximación diseñada por estos pintores. Sin embargo, hay que considerar el conjunto de la actividad de Arthur Evans como muy productiva y revolucionaria en cuanto a los conocimientos de la civilización minoica, de la que seguiremos hablando en próximas entradas.
Por otra parte, estoy convencido de que la tierra es muy grande, y que nosotros sólo habitamos la parte que se extiende desde el Faso hasta las columnas de Hércules, derramados a orillas de la mar como hormigas o como ranas alrededor de una laguna.
Platón. Fedón o del Alma.
Cuando Platón describió el mundo griego, a principios del siglo IV AEC*, Grecia llevaba ya a sus espaldas dos milenios de civilización; una civilización que tenía sus orígenes en la Creta minoica y los reinos micénicos del Peloponeso, y que había sido coetánea del Reino Antiguo de Egipto, del reino de Mitanni y de las civilizaciónes sumeria y babilónica de Mesopotamia. Aquella fue la civilización griega cuyas aventuras durante la mítica Guerra de Troya cantara Homero en su Iliada.
Grecia mantuvo durante el tercer y segundo milenio AEC un intenso y documentado intercambio comercial con todas estas civilizaciones, roto alrededor de 1200 AEC por la catástrofe que supuso la llamada invasión de los pueblos del mar. Después de la debacle de destrucción que arrasó toda la costa oriental del Mediterráneo, en Grecia se sucederían varios siglos conocidos como La Edad Oscura, donde incluso llegaron a perderse las escrituras minoica y micénica. Habría que esperar hasta mediados del primer milenio AEC para que se adoptaran los caracteres fenicios en lo que hoy conocemos como alfabeto griego.
Pero Grecia surgió con más fuerza que nunca de entre aquellos siglos oscuros. A partir del siglo VIII AEC sus ciudades (polis) empezaron a colonizar todo el Mar Egeo, las costas de Asia Menor, del Mar Negro e incluso la Península Itálica y algunos puntos de la costa de la Península Ibérica (hasta el Estrecho de Gibraltar, las Columnas de Hércules). Con ellos iba el comercio, pero también la civilización, las formas de entender la vida de los griegos, su arte y su lengua.
Ni siquiera el gran Imperio Persa pudo domeñar a los belicosos griegos, para los que la guerra no era sino algo consustancial con la vida, y sólo las luchas internas podrían arruinar su influencia en el mundo mediterráneo. Tras una larga y cruenta guerra entre las facciones ateniense y espartana al final del siglo V AEC, Grecia quedaría lo suficientemente deprimida como para terminar siendo dominada por un reino que hasta entonces había sido considerado inferior: Macedonia. Filipo II consiguió el control sobre las polis griegas, y su hijo Alejandro llevó el dominio griego hasta las orillas del río Indo, arrasando con el Imperio Persa en una campaña de conquista que se prolongaría durante doce años.
Ésta es la historia que me dispongo a contar en este blog durante los próximos meses. La historia de la civilización griega desde sus orígenes hasta su caída en manos de la potencia que estaría llamada a sucederla: Roma. Y mi pretensión es contar esta historia a partir de breves entradas sobre sucesos, personajes o piezas arqueológicas de interés, situando los mismos en su contexto histórico.
Espero por lo menos no hacerlo demasiado mal.
* AEC: Antes de la Era Común.






