Semana de la Década Ominosa (VII): Calomarde

Francisco Tadeo CalomardeTodos los tiranos tienen una mano derecha. Franco tuvo a su cuñadísimo Serrano Súñer, y pasados los años, a Carrero Blanco. Hitler tenía a Goebbels y a Himmler. Fujimori tenía a Vladimiro Montesinos… Fernando VII tenía como mano derecha a Francisco Tadeo Calomarde.

Calomarde era, como se suele decir, más papista que el papa; era más absolutista que el propio Rey. De origen humilde y campesino, su carrera estuvo siempre ligada al poder absoluto del monarca. De hecho, él era la mano ejecutora de ese poder absoluto. Exceptuando el paréntesis de los tres años de gobierno constitucional liberal, permaneció durante casi todo el reinado de Fernando VII en los puestos más altos de la corte. Al gobierno formado por Fernando VII para el periodo 1824-1833 se le conoció como el Ministerio de los Diez Años, y estaba compuesto por Calomarde en Gracia y Justicia, González Salmón en Estado, Ballesteros en Hacienda, Zambrano en Guerra y Salazar en Marina.[1][2]

Como valido de los designios reales, Calomarde ejerció una acción de gobierno verdaderamente nefasta: Desmanteló los atisbos de reforma educativa iniciados por el trienio liberal; se dedicó a repartir prebendas entre los sectores más reaccionarios y se distinguió por su absoluta falta de interés en solucionar los gravísimos problemas del país, centrándose en la labor de perpetrar cohechos y distribuir el beneficio de los mismos entre él mismo y sus allegados. A tal punto llegó su nivel de felonía que hasta el Rey Fernando, el más felón de todos los que gobernaban España, tuvo que pararle los pies en más de una ocasión.[1]

Es una trágica ironía que el nombre de su ministerio fuese de Gracia y Justicia, dado que el gobierno realista de la Década Ominosa no se distinguió precisamente por su clemencia, y menos aún por la equidad de sus actos. Bien al contrario, Calomarde dirigió personalmente la brutal persecución contra los liberales, alimentando y promocionando a los Voluntarios Realistas: una milicia paramilitar que, fuera de todo control, ejercieron con mano de hierro la represión y el terror en el país durante los diez años de esta horrible década histórica de España.

De todo este gobierno de delincuentes e ineptos, el único que destacó por haber trabajado en bien del país fue el ministro de Hacienda, Luis López Ballesteros, quien supo reformar la economía española, haciendo lo humanamente posible para sacarla del pozo en el que se encontraba: Puso en práctica los Presupuestos Generales del Estado, legisló la creación de la Bolsa de Madrid, un Código de Comercio que perduraría más allá de su mandato e incluso durante casi todo el resto del siglo XIX y fomentó la creación de industrias y minerías. De la feroz crítica que Mesonero Romanos hace de este gobierno, el ministro Ballesteros es la única figura que consigue salvar los muebles.

Pero si por algo se recuerda a Calomarde en España es por un episodio -probablemente apócrifo- sucedido en 1832 cuando Fernando VII estaba ya en las últimas, gravemente enfermo y, al parecer, a punto de fallecer. En esos momentos, Calomarde presionaba a la Reina María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, que a la sazón actuaba como regente ante la incapacidad del Rey, para que derogara la Pragmática Sanción de 1830.

Esta Pragmática era un decreto real por el cual quedaba abolida la Ley Sálica que durante siglos había dado preferencia a los varones de la familia real sobre las mujeres a la hora de acceder al trono. Fernando, que sólo consiguió tener dos niñas -Isabel y Luisa Fernanda-, no quería que su hija primogénita quedara apartada en favor de Carlos María Isidro, hermano del Rey y sucesor a la Corona durante muchos años.

Carlos María Isidro de BorbónCarlos María Isidro era, si cabe, aún más canalla que el propio Fernando VII. Absolutista hasta el tuétano de los huesos y ansioso por alcanzar un poder que había anhelado durante décadas, no estaba dispuesto a ser apartado por una niña de tres años y su madre extranjera. Apoyado por el cuerpo de Voluntarios Realistas y por el propio ministro Calomarde, esperaba ocupar rápidamente el vacío de poder dejado por su agonizante hermano.

En efecto, María Cristina accedió a derogar la Pragmática Sanción, aunque sin hacer público el documento, con el fin de aplacar al infante Don Carlos y sus secuaces. Daba igual, porque para entonces era vox populi que el próximo Rey de España sería Carlos, y sus partidarios se jactaban de ello ante el espanto de los liberales que veían cómo se les caía encima al menos otra década de absolutismo cerril.

Pero alguien en la Corte no estaba dispuesta a consentir que Calomarde atropellara a la Reina regente y al derecho natural de Isabel a reinar en España. Su nombre era Luisa Carlota de Borbón, hermana de la reina y casada con un hermano del Rey, Francisco de Paula de Borbón (el mismo cuyo secuestro por los franceses dio origen al episodio del Dos de Mayo de 1808). Ni corta ni perezosa, y siempre según se cuenta, la infanta Luisa Carlota se fue para Calomarde y le arreó un bofetón ante toda la Corte por su deslealtad para con la familia real, a lo que el ministro respondió con una famosa frase:

Manos blancas no ofenden.

…Pero escuecen. Calomarde iba a tener la oportunidad de recordar ese escozor, porque Fernando VII no tuvo a bien morirse, sino que contra todo pronóstico, su salud mejoró. Y mejoró lo suficiente para darse cuenta de la clase de marrajos políticos de la que estaba rodeado, dispuestos a pegarle una puñalada por la espalda en cualquier momento. Para evitarlo, mandó a Calomarde a sus tierras en Teruel (que si ahora dicen que no existe, ya se pueden imaginar cómo debía estar en 1832). Luego, volvió a poner en vigor la Pragmática Sanción de 1830 para asegurar la sucesión de su hija. Este destierro dio tiempo a Calomarde para huir del país en tanto el monarca decidía lo que hacer con él, y así desapareció de nuestra historia uno de los gobernantes más ineptos, corruptos y desleales que ha tenido España… ¡Y mira que el listón está alto!

Este episodio tuvo un curioso efecto sobre la Historia de España, ya que la Reina María Cristina tuvo que pactar con los liberales a la muerte de su infame esposo el apoyo de estos a la sucesión de Isabel, mientras los partidarios de Carlos María Isidro se echaban al monte para dar comienzo a la Primera Guerra Carlista: una de las guerras más crueles que haya conocido España, y ha conocido muchas.

Con esta entrada finaliza la semana dedicada a la Década Ominosa, que espero haya sido de vuestro agrado. A mí me ha servido para aprender un buen montón de cosas que desconocía y para hacerme una idea cabal de las circunstancias que rodearon a este periodo de la Historia.

Notas:

1. Memorias de un setentón, natural y vecino de Madrid. Mesonero Romanos, Ramón. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

2. Ministerios españoles. Reinado de Fernando VII. Urquijo Goitia, José Ramón. Consejo Superior de Investigaciones Científicas; Instituto de Historia.

Semana de la Década Ominosa (VI): El Terror de 1824

¡Oh! Pasaron aquellos tiempos de gloria (…). ¡Todo ha caído, todo es desolación, muerte y ruinas! Aquellos adalides de la libertad, que arrancaron a la madre España de las garras del despotismo, aquellos fieros leones matritenses, que con sólo un resoplido de su augusta cólera desbarataron a la Guardia Real ¿qué se hicieron? ¿Qué se hizo de la elocuencia que relampagueaba tronando en los cafés, con luz y estruendo sorprendentes? ¿Qué se hizo de aquellas ideas de emancipación que inundaban de gozo nuestros corazones? Todo cayó, todo se desvaneció en tinieblas, como lumbre extinguida por la inundación. La oleada de fango frailesco ha venido arrasándolo todo. ¿Quién la detendrá volviéndola a su inmundo cauce? ¡Estamos perdidos! La patria muere ahogada en lodazal repugnante y fétido. Los que vimos sus días gloriosos, cuando al son de patrióticos himnos eran consagradas públicamente las ideas de libertad y nos hacíamos todos libres, todos igualmente soberanos, lo recordamos como un sueño placentero que no volverá. Despertamos en la abnegación, y el peso y el rechinar de nuestras cadenas nos indican que vivimos aún. (…)

***

Era que venían por el camino de Andalucía varias carretas precedidas y seguidas de gente de armas a pie y a caballo, y aunque no se veían sino confusos bultos a lo lejos, oíase un son a manera de quejido, el cual si al principio pareció lamentaciones de seres humanos, luego se comprendió provenía del eje de un carro, que chillaba por falta de unto. Aquel áspero lamento unido a la algazara que hizo de súbito la mucha gente salida de los paradores y ventas, formaba lúgubre concierto, más lúgubre a causa de la tristeza de la noche. Cuando los carros estuvieron cerca, una voz acatarrada y becerril gritó: ¡Vivan las caenas! ¡viva el Rey absoluto y muera la Nación! Respondiole un bramido infernal como si a una rompieran a gritar todas las cóleras del averno, y al mismo tiempo la luz de las hachas prontamente encendidas permitió ver las terribles figuras que formaban procesión tan espantosa. D. Patricio, quizás el único espectador enemigo de semejante espectáculo, sintió los escalofríos del terror y una angustia mortal que le retuvo sin movimiento y casi sin respiración por algún tiempo. (…)

Eran estos galeras comunes con cobertizo de cañas y cama hecha de pellejos y sacos vacíos. En el delantero venían tres hombres, dos de ellos armados, sanos y alegres, el tercero enfermo y herido, reclinado doloridamente sobre el camastrón, con grillos en los pies y una larga cadena que, prendida en la cintura y en una de las muñecas, se enroscaba junto al cuerpo como una culebra. Tenía vendada la cabeza con un lienzo teñido de sangre, y era su rostro amarillo como vela de entierro. Le temblaban las carnes, a pesar de disfrutar del abrigo de una manta, y sus ojos extraviados así como su anhelante respiración anunciaban un estado febril y congojoso. Cuando el coronel Garrote se acercó al carro y alzando la linterna que en la mano traía, miró con vivísima curiosidad al preso, este dijo a media voz:

-¿Estamos ya en Madrid?

Sin hacer caso de la pregunta, Garrote, cuyo semblante expresaba el goce de una gran curiosidad satisfecha, dijo:

-¿Con que es usted…?

Uno de los hombres armados que custodiaban al preso en el carro, añadió:

-El héroe de las Cabezas.

Y junto al carro sonó este grito de horrible mofa:

-¡Viva Riego!

Benito Pérez Galdós; El Terror de 1824.

Semana de la Década Ominosa (V): Torrijos

Plaza de la merced - Málaga

La verja que rodea a este obelisco, situado en la malagueña Plaza de la Merced es una de esas curiosidades administrativas a nivel internacional. Por orden de la reina Isabel II, la porción de terreno delimitada por dicha verja se encuentra bajo soberanía francesa, con el fin de impedir que ningún gobierno presente o futuro pudiera acceder a los restos mortales del general José María de Torrijos y Uriarte, enterrado junto a sus hombres en una fosa común bajo este monumento.

Torrijos fue otro de aquellos liberales inconformistas que decidió no quedarse de brazos cruzados mientras el sátrapa Fernando VII usurpaba la soberanía de España, que pertenecía por derecho natural al pueblo español. Luchó contra el francés en la guerra, obteniendo su graduación de general por méritos de guerra; sin embargo, al regreso de Fernando VII, se opuso frontalmente a la restauración absolutista, implicándose en los pronunciamientos del sexenio 1814-1820. Participó en la sublevación encabezada por el general Lacy, y fue por ello encarcelado en 1817. Lacy corrió peor suerte, ya que sería fusilado en el castillo de Bellver, en Palma de Mallorca, aquel mismo año.

La revolución encabezada por Riego le devolvió la libertad, y estuvo al frente de la resistencia contra los invasores reaccionarios franceses: los Cien Mil Hijos de San Luis. Torrijos consiguió huir del país in extremis, embarcándose en un viaje que le llevaría a Londres. Allí pudo tomar contacto con otros liberales en el exilio, organizando la resistencia activa contra el déspota Borbón.

En 1830 desembarca en Gibraltar, lugar donde los liberales del sur de España solían reunirse para conspirar contra el régimen. También Mariana Pineda frecuentaba aquellas reuniones. La intención de Torrijos no era otra que la de efectuar una incursión en España con la esperanza de sublevar al ejército para derribar al monarca.

Los realistas por su parte, conociendo las intenciones de Torrijos, estaban bien preparados, y protegían las costas de la bahía de Algeciras, de manera que a Torrijos no le quedó otra opción que tratar de ganar la costa de Málaga. En noviembre de 1831, una expedición de liberales partió de Gibraltar, desembarcando en Fuengirola. En realidad, se estaban metiendo de lleno en una emboscada realista. Una vez en tierra, fueron acosados hasta hacerles huir tierra adentro. La partida fue apresada en Alhaurín de la Torre. El mensaje del Rey no dejaba lugar a dudas:

“Que los fusilen a todos. Yo, el Rey”.

Ni separación de poderes del estado, ni garantías procesales… todo a la vieja usanza: el monarca era a la vez fiscal, juez y jurado, y la sentencia estaba escrita -como en otros muchos casos- desde hacía muchos años.

Fusilamiento de Torrijos (Gisbert)Así que Torrijos y sus cincuenta y dos camaradas de armas fueron conducidos a la playa malagueña de San Andrés y fusilados sin miramientos. El despotismo de Fernando VII acababa de dar a la Historia de España otro buen puñado de mártires por la libertad.

A la muerte de Torrijos y sus compañeros.

Helos allí: junto a la mar bravía
cadáveres están ¡ay! los que fueron
honra del libre, y con su muerte dieron
almas al cielo, a España nombradía.

Ansia de patria y libertad henchía
sus nobles pechos que jamás temieron,
y las costas de Málaga los vieron
cual sol de gloria en desdichado día.

Españoles, llorad; mas vuestro llanto
lágrimas de dolor y sangre sean,
sangre que ahogue a siervos y opresores,

y los viles tiranos con espanto
siempre delante amenazando vean
alzarse sus espectros vengadores.

(José de Espronceda)

Semana de la Década Ominosa (IV): Heredia

Olviden sus convenciones acerca de la Costa del Sol. Olviden por unos minutos que están en el siglo XXI y olviden la actual relación entre la localidad de Marbella y el turismo. De nuevo vamos a transportarnos en el tiempo a otra época, cuando ni siquiera las clases altas del país conocían el concepto de veraneo; cuando tomar el sol estaba francamente mal visto, y la tez morena era sinónimo de pobreza o, cuanto menos, de poca clase.

Estamos en 1826, en plena Década Ominosa, y a pesar de todo, una tímida burguesía pugnaba por salir a la luz para hacer lo que siempre ha hecho la burguesía: tratar de ganar dinero. España seguía siendo el mismo país atrasado y rural de los siglos precedentes, sometido a la voluntad absolutista de Fernando VII y sus desafasadas regulaciones sobre el comercio que constreñían a la economía y le impedían desarrollarse al ritmo de otros países de su entorno.

Pero nuevas ideas llegaban a España a través de sus fronteras. En la localidad malagueña de Ojén se descubrió una rica mina de mineral de hierro, y un industrial de origen riojano llamado Manuel Agustín Heredia, afincado en Málaga desde hacía décadas, obtuvo los derechos exclusivos de la explotación de dicho mineral. Hasta entonces, el hierro había sido manufacturado de forma artesanal, en pequeñas fraguas y herrerías, pero ahora España necesitaba ese hierro en grandes cantidades para la transformación del país y el inicio de la industrialización. Heredia sabía que iba a necesitar construir unos altos hornos donde procesar industrialmente este hierro y convertirlo en acero laminado con el que se podrá fabricar todo tipo de herramientas, máquinas y, por supuesto, armas.

Cientos de malagueños, entre ellos no pocos de étnia gitana, trabajaron en la extracción del hierro de las minas de Heredia, pero la tecnología y la experiencia necesaria para procesar este mineral no se encontraba en España, sino en Inglaterra. Para formar a su personal, Heredia envió a muchos de aquellos gitanos a Gran Bretaña, para lo cual hubo que “legalizarlos”, ya que la mayor parte ni siquiera tenían documentación. Para ello les inscribió con su apellido: Heredia. Incluso hoy, casi dos siglos más tarde, muchos gitanos apellidados “Heredia” afirman ser parientes del histórico industrial riojano-malagueño. (1)

Nubes bajas en la mañana.

El Río Verde a su paso por Sierra Blanca.

Y aprovechando el cauce del Río Verde, que proporcionaría la fuerza hidráulica necesaria para esta empresa; los bosques de Sierra Blanca, gracias a los cuales se obtendría el carbón vegetal que haría funcionar los hornos y, por supuesto, el mineral de hierro de las minas de Ojén, se crearon dos sociedades que iban a revolucionar el destino de la comarca durante los siguientes años: La Concepción y El Ángel. La primera estaba dirigida por Manuel Agustín Heredia, mientras la segunda la encabezaba la familia Ejiró. Ambas contaban con el apoyo económico de los comerciantes malagueños, que veían en el proyecto una oportunidad de negocio como nunca antes había existido en el país.

En efecto, la siderurgia malagueña alcanzó tal importancia que llegó a fabricar las tres cuartas partes del acero procesado en España, aventajando con creces a las ferrerías del norte. Por desgracia, estas industrias se vieron abocadas tras unos años al fracaso por la poca competitividad del carbón vegetal frente al mineral y por la absoluta falta de unos medios de transporte decentes. El ferrocarril, elemento imprescindible para el éxito de estas industrias, no empezó a desarrollarse en España hasta mediados del siglo XIX, y cuando finalmente empezaron a tenderse líneas férreas, se priorizó el transporte del carbón mineral de hulla asturiano hacia las costas y hacia las industrias siderúrgicas vascas, lo que acabó con la competitividad del primer proyecto serio de industrialización en España, así como con las acerías que se instalaron en 1832 en la localidad sevillana de El Pedroso, algunas de cuyas instalaciones siguen aún en pie, como testigos mudos de una aventura de progreso que pudo ser y no fue.

Semana de la Década Ominosa (III): La Pampa de la Quinua

Pampa de la Quinua

En medio de la llanura peruana se alza este gigantesco obelisco, que puede divisarse desde muchos kilómetros de distancia. Se erigió en honor a los héroes de la independencia del Perú, y a la gloriosa gesta que protagonizaron al derrotar al ejército realista en la Batalla de Ayacucho, que tuvo lugar el 9 de diciembre de 1824.

Aquel día se desintegraron los restos del moribundo Imperio Español en América del Sur tras un largo proceso que se inició con la Guerra de la Independencia Española contra Francia.

La América española estaba socialmente dividida: Los criollos, descendientes de españoles, pero que no sentían apego alguno por una patria a la que no conocían, anhelaban la independencia; mientras tanto, los peninsulares, nacidos en España, acaparaban el poder político y las influencias con la metrópoli, negando a los criollos el acceso a los puestos de relevancia.

Al igual que en España, las colonias tuvieron que cubrir el vacío de poder generado por el secuestro del gobierno durante la Guerra de Independencia, y se crearon “juntas” que ejercieron el autogobierno de las provincias y que iban a servir para articular el camino hacia la independencia. Al principio fue Argentina, que a partir de 1810 se declaró independiente y no volvió a control español. También Venezuela hizo un intento de independencia. Otros territorios, terminada la guerra, volvieron a ser controlados por España. Sin embargo, la semilla de la independencia había sido plantada, y geminaría en forma de rebeliones y alzamientos contra la autoridad real en los años siguientes.

BolivarDurante los años que mediaron entre 1814 y 1824 surgieron figuras como Simón Bolívar, José de San Martín, Antonio José de Sucre y otros, que lideraron el movimiento por la independencia acorralando lentamente al poder colonial dentro del Virreinato del Perú. En toda América del Sur se conoce a estos personajes como los Libertadores, por su decisiva contribución a la emancipación de las naciones de América.

En 1820, el ejército reunido en España para controlar estas rebeliones se levantó en armas contra el poder absolutista de la corona al mando de Rafael de Riego, y nunca llegó a América; de hecho, España nunca más envió otro ejército hacia América. Los problemas domésticos eran tan acuciantes y la situación económica tan extrema, que las colonias tendrían que contener el auge independentista con sus propios medios.

Y los medios no fueron suficientes. En el verano de 1824, una lucha encarnizada por el poder dentro de las filas realistas desembocó en una feroz batalla que casi exterminó a las fuerzas leales a la Corona, dejando con ello el camino expedito a los independentistas. En diciembre de aquel mismo año, las fuerzas combinadas de los independentistas derrotaron en la Pampa de la Quinua, cerca de la ciudad peruana de Ayacucho, al ejército realista, finiquitando así más de cuatro siglos de presencia española en el continente americano.

Semana de la Década Ominosa (I): Riego

Con esta entrada inauguro un ciclo temático dedicado a la Década Ominosa que se extenderá a lo largo de toda la semana. No voy a tratar de contar esta estapa de la Historia de España con pelos y señales, sino más bien de introducir diversos momentos, personajes e historias relacionados con los diez últimos años del reinado de Fernando VII, entre 1823 y 1833.

A estos diez años de reinado absolutista la historiografía ha puesto el nombre de La Década Ominosa, y no sin razón. En esta época, España iba a perder de nuevo el tren del progreso. No sería el primer tren que perdía, y tampoco iba a ser el último, pero éste tuvo mucha importancia, porque nos distanció del transcurrir de los acontecimientos en Europa, al tiempo que pasábamos de ser una potencia colonial a convertirnos en un país marginal, atrasado y aislado.

Rafael RiegoEl personaje del que hablaré hoy no pertenece a esta etapa concreta, pero creo que es importante hablar de él, por cuanto protagonizó el único pronunciamiento liberal exitoso, que llevó a la aplicación en España de la Constitución de Cádiz durante tres años: el llamado “Trienio Liberal” que precedió a la Década Ominosa. Además, en su honor se compuso uno de los más famosos himnos españoles, estando desde entonces su nombre unido al anhelo de libertad de los españoles. Rafael de Riego fue quien consiguió encender la chispa capaz de doblegar al déspota borbónico, de meter en cintura a ese truhán instalado en el Palacio Real; por ello mismo, la venganza que éste se tomó posteriormente sería terrible.

Como muchos españoles de diversas tendencias políticas, Rafael de Riego luchó en la Guerra de la Independencia, aunque cayó prisionero de los franceses en noviembre de 1808 tras la derrota española en la Batalla de Espinosa de los Monteros. Los siguientes seis años los pasó deportado en Francia donde, a pesar de su condición de prisionero, pudo tomar contacto con las ideas del liberalismo; unas ideas de las que se hizo un incondicional partidario. Al finalizar la guerra regresó a España para descubrir que Fernando VII el Deseado se había hecho con el poder, reinando como monarca absolutista y derogando la Constitución de Cádiz.

Los siguientes seis años transcurrieron entre oscuras conspiraciones, sociedades secretas y logias masónicas, que trataban de socavar el poder absolutista del rey, minando el ejército de oficiales desafectos. El callejero de Madrid está repleto de referencias a personajes de esta época, como el General Díaz Porlier, Francisco Espoz y Mina o el General Lacy, todos ellos ajusticiados por la corona por sublevarse contra el absolutismo. Valientes intentos, pero sin mucho éxito.

Riego lo iba a tener más fácil. A finales de 1819 estaba al mando de uno de los batallones del ejército reunido para aplastar los movimientos independentistas de las colonias americanas, que habían aprovechado la guerra española y el vacío de poder para deslindarse de la metrópoli. Se suponía que gracias a la campaña de este ejército, España volvería a dominar toda América del Sur; pero al contrario de lo que Fernando esperaba conseguir, Riego se sublevó el 1 de enero de 1820 en la localidad sevillana de Las Cabezas de San Juan. Al grito de “Viva la Constitución”, el cuerpo expedicionario que debía estar viajando hacia América empezó a recorrer las tierras de Andalucía, tratando de reunir adhesiones para derrocar al gobierno absolutista.

Aunque en Andalucía tuvieron poco éxito a la hora de arrastrar al pueblo a la rebelión, en otras regiones españolas, especialmente en Galicia, se produjeron nuevos pronunciamientos que terminaron desembocando en marzo de 1820 en una revuelta a las puertas del Palacio Real de Madrid. Allí el Rey se vio rodeado por una masa de gente que apoyaba la rebelión liberal, y sus oficiales le comunicaron que no podían contar con la fidelidad de la tropa destacada en el palacio. Encerrado sin salida, Fernando VII juró la Constitución que seis años atrás había declarado “nula y sin ningún valor”.

Después de eso, Riego fue nombrado Mariscal de Campo, Capitán General de Galicia, Capitán General de Aragón, Diputado por Asturias y Presidente de las Cortes durante los tres años que duró la etapa liberal. Incluso así, tuvo que enfrentarse con la oposición de los moderados y de los partidarios del absolutismo, que trataron de desprestigiarle por diversos motivos. Durante todo este tiempo, el Rey trataba de socavar a los distintos gobiernos liberales recabando el apoyo de las naciones extranjeras. Finalmente, consiguió que la Santa Alianza enviara en 1823 una fuerza expedicionaria para reponer el absolutismo: los Cien Mil Hijos de San Luis.

Riego trató de oponerse al nuevo enemigo, y organizó desde Cádiz la resistencia. Sin embargo, España no tenía capacidad militar ni económica para resistirse a la invasión, destrozado como se encontraba aún tras la Guerra de la Independencia, los seis años de marasmo absolutista y las tensiones políticas de los pasados tres años de gobiernos liberales. Rafael de Riego fue traicionado por sus hombres en Jaén, hecho prisionero y enviado a Madrid. Aunque pidió clemencia al Rey en un intento de salvar la vida, todo fue inútil. Su sentencia estaba firmada desde hacía años, y el siete de noviembre de 1823 fue conducido sobre una carreta hasta la madrileña plaza de la Cebada, donde murió ahorcado entre los insultos de los mismos madrileños que tres años antes aclamaban su figura como la de un liberador.

Pero aunque Riego murió y el absolutismo se impuso, sobrevivió su imagen como precursor de la democracia. El himno que compusiera en su honor José Melchor Gomis fue adoptado primero por los liberales, y luego por el republicanismo, en oposición al himno realista de la Marcha Real, que representaba la sumisión al poder de la corona:

Serenos y alegres,
valientes y osados
¡Cantemos, soldados,
el himno a la lid!

¡De nuestros acentos
el orbe se admire
y en nosotros mire
los hijos del Cid!

Soldados, la patria
nos llama a la lid,
¡Juremos por ella
vencer o morir!

¡Blandamos el hierro
que el tímido esclavo
del libre, del bravo,
la faz no osa ver!

Sus huestes cual humo
veréis disipadas,
y a nuestras espadas
fugaces correr.

Soldados, la patria
nos llama a la lid,
¡Juremos por ella
vencer o morir!

¿El mundo vio nunca
más libre osadía?
¿Lució nunca un día
más grande el valor,

que aquel que, inflamados,
nos vimos del fuego
que excitara a Riego
de Patria el amor?

Soldados, la patria
nos llama a la lid,
¡Juremos por ella
vencer o morir!

Honor al caudillo,
honor al primero
que el cívico acero
osó fulminar.

La patria afligida
oyó sus acentos
y vio sus tormentos
en gozo tornar.

Soldados, la patria
nos llama a la lid,
¡Juremos por ella
vencer o morir!

Su voz fue seguida,
su voz fue escuchada,
tuvimos en nada
soldados morir.

Y osados quisimos
romper la cadena
que de afrenta llena
del bravo el vivir.

Soldados, la patria
nos llama a la lid,
¡Juremos por ella
vencer o morir!

Ya la alarma tocan;
las armas tan sólo
el crimen, el dolo,
podrán abatir.

¡Que tiemblen, que tiemblen,
que tiemble el malvado,
al ver al soldado
la lanza esgrimir!

Soldados, la patria
nos llama a la lid,
¡Juremos por ella
vencer o morir!

La trompa guerrera
sus ecos da al viento,
de horrores sediento;
ya muge el cañón.

Ya Marte, sañudo,
la andana provoca
y el genio se invoca
de nuestra nación.

Soldados, la patria
nos llama a la lid,
¡Juremos por ella
vencer o morir!

Se muestran: ¡volemos,
volemos, soldados!
¿Los veis aterrados
la frente bajar?

¡Volemos, que el libre
por siempre ha sabido
al siervo rendido
la frente humillar.

Soldados, la patria
nos llama a la lid,
¡Juremos por ella
vencer o morir!

Cayetano Ripoll

Hay gente cuyo único mérito reseñable en este mundo ha sido, precisamente, su forma de abandonarlo. Creo que Cayetano Ripoll nunca pensó que llegaría a pasar a la Historia de España como un hito que pondría fin a su leyenda más negra: La Santa Inquisición.

Cayetano no era nadie; simplemente un liberal como tantos otros que había luchado contra los franceses durante la Guerra de Independencia, que incluso estuvo prisionero en Francia. Allí fue donde se inició en las creencias deístas. El deísmo es una corriente filosófica-religiosa que afirma que, de existir un Dios, éste no interviene en los asuntos de los hombres. Desde luego, un pensamiento muy alejado de la muy tradicionalista Iglesia Católica española de principios del siglo XIX.

A su vuelta a España, Cayetano consiguió un puesto de maestro en la localidad valenciana de Ruzafa (hoy convertida en un barrio de la capital). En 1824, sin embargo, las cosas para los liberales se habían puesto muy negras en España. Tras el breve Trienio Liberal y la rápida incursión de los Cien Mil Hijos de San Luis, había empezado una nueva era de absolutismo que duraría hasta la muerte del nefasto monarca español Fernando VII. A este periodo se le dio en llamar La Década Ominosa. La persecución política contra todo lo que oliera a liberal y a afrancesado estaba a la orden del día, y mire usted por dónde, Cayetano era sospechoso de ambas cosas.

Pero el bueno de Cayetano era justamente eso: bueno. Con humildad, se dedicaba a sus labores de enseñanza, procurando mantener una respetuosa distancia con todo lo que se relacionara con la Iglesia. A pesar de ello, a los sectores más reaccionarios de Ruzafa y Valencia debía parecerles una abominación que un personaje declaradamente liberal y que pasaba ampliamente de la Iglesia y sus ritos estuviera al cargo de la educación de los jóvenes. Puesto que Cayetano se comportaba con una total mansedumbre política, sólo podían meterle mano de una forma: acusándole de herejía.

Y dicho, y hecho. A la sazón, en España la Inquisición se había disgregado en numerosos tribunales de la fe, repartidos por las provincias y que actuaban… digamos… por su cuenta. De hecho, ni siquiera estaban reconocidos como tales por la autoridad del Rey, pero la influencia de sus miembros bastaba para imponerse ante las autoridades locales. Al parecer, Ripoll tuvo la mala suerte de que en Valencia se encontrara el más activo de estos tribunales ilegales, dirigido por un siniestro sujeto de nombre José María Despujol, canónigo de Valencia y procedente de una familia de amplia tradición inquisitorial.

Detenido el 8 de octubre de 1824, Cayetano Ripoll pasó casi dos años en prisión, antes de que el 31 de julio de 1826, sin defensa alguna ni notificación formal de las acusaciones que se le imputaban, y tras un juicio que sólo puede ser calificado como una macabra farsa, fuese conducido al patíbulo. Puesto que, al parecer, ya no estaba bien visto quemar a la gente viva (por aquello de los largos gritos de agonía, supongo), Ripoll fue ahorcado antes de que introdujeran su cadáver en un barril donde fue posteriormente incinerado.

Al tener conocimiento de este crimen horrendo, las potencias europeas pusieron su cínico grito en el Cielo. Cínico grito, digo, toda vez que fueron ellas a través de su Santa Alianza las que impusieron de nuevo el absolutismo en España y sus desfasadas manías religiosas. Para salvar los muebles ante tamaña atrocidad, incluso Fernando VII tuvo que reprender públicamente al “tribunal” ilegal que había asesinado de Ripoll, recordándole que no contaba con la licencia real para ejercer como tribunal, lo que a la postre, dejaba claro que esta ejecución no fue sino un crimen. Incluso así, pasaron ocho años más hasta que, muerto el inútil de Fernando, los regentes de Isabel II firmaran la disolución definitiva de los tribunales religiosos en España.

Todo esto acontecía hace, exactamente, ciento ochenta y dos años; menos de dos siglos. Y aunque técnicamente fuera el último de los crímenes “institucionales” de la Iglesia, a ningún español que tenga un mínimo de conocimientos de Historia se le escapa que hasta mucho después, incluso ya metidos en la segunda mitad del siglo XX, la Iglesia se ha encargado de entregar al “brazo seglar” a miles de ciudadanos para que fueran encarcelados o ejecutados por sus ideas políticas o por sus creencias religiosas. En el nombre del Señor…

Para más INRI, consultar: