Hace demasiado tiempo que estoy reprimiendo las ganas de escribir sobre la crisis. Aunque afortunadamente todavía no me ha afectado personalmente la crisis, no dudo que en un futuro no muy lejano, también a mí me perjudique la actual situación. Hoy por hoy, sin embargo, me puedo permitir el lujo de ver pasar la crisis desde la barrera. Lo que me ha decidido a poner sobre el papel mis impresiones sobre este tema es la indignación que me produce que unos cuantos sinvergüenzas se estén cachondeando de nosotros en la cara, y que nadie parezca ser capaz de impedirlo.
Pero vamos a empezar por el principio, que no se diga que estoy divagando (cosa que realmente es lo que estoy haciendo). Crisis económicas ha habido muchas. Ésta no es la primera, y estoy seguro de que no será la última. La primera crisis mundial del capitalismo se produjo en 1873, y el consiguiente impulso proteccionista, unido al imperialismo colonialista tuvo como consecuencia final la Primera Guerra Mundial. La segunda gran crisis de la economía capitalista tuvo lugar en el año 1929 (el famoso “crack” bursátil que derivó en la llamada “Gran Depresión”). En los años siguientes, las consecuencias económicas de esta depresión, sumadas a las condiciones abusivas impuestas a Alemania por las potencias vencedoras de la guerra en el Tratado de Versalles dieron como resultado el auge del nazismo alemán y de los fascismos italiano y español. Diez años más tarde, en 1939, estallaba la Segunda Guerra Mundial, que costó al mundo decenas de millones de muertos y una destrucción sin precedentes.
Entonces, ¿deberíamos acostumbrarnos a que las crisis económicas desemboquen necesariamente en grandes guerras? Espero que no, porque si los anteriores conflictos mundiales resultaron catastróficos, un conflicto mundial en la actualidad podría tener consecuencias apocalípticas. De hecho, hay quien dice que ya nos encontramos inmersos en la Tercera Guerra Mundial. Los que afirman esto se basan en la multitud de pequeños conflictos bélicos que sacuden simultáneamente al mundo en la actualidad. Muchos de estos conflictos actuales tienen como motivación el interés por acaparar las fuentes de energía (Iraq), las rutas comerciales (Georgia), o las materias primas vitales para la industria tecnológica (Congo). El hecho de que estas “miniguerras” no se hayan convertido en una guerra global hay que considerarlo desde el interés de las potencias económicas en no dañarse mutuamente, aunque ese delicado equilibrio diplomático podría romperse en cualquier momento.
Vayamos entonces a buscar los motivos que han causado la actual crisis económica, y también a sus culpables. Porque hay culpables. La gente suele pensar que la economía mundial es un monstruo sin cabeza que no sabe dónde va, pero la realidad es muy distinta. Existen grandes corporaciones que controlan los movimientos económicos globales, y del acierto de sus previsiones depende la calidad de vida de miles de millones de personas. En esta ocasión, las previsiones de los responsables de estas corporaciones no han podido ser más erróneas.
Como bien cuenta con la afabilidad que le caracteriza el profesor Leopoldo Abadía, esta crisis (la “Crisis NINJA”) se originó por la concesión indiscriminada en Estados Unidos de créditos hipotecarios a miles de personas que, en realidad, no disponían de la suficiente estabilidad económica para devolverlos. Todo el sistema se basaba en que la garantía de estos créditos hipotecarios era la misma propiedad que se hipotecaba; propiedades cuyo valor se suponía que seguiría aumentando de forma indefinida. Mientras sucedía esto en la primera economía del mundo, en España nos dedicábamos a construir sin freno, en lo que se conoció como la “burbuja inmobiliaria”. Decenas de miles de nuevas viviendas eran construidas al tiempo que el precio de las casas se multiplicaba por tres. De todas formas, la gente seguía comprando bajo los argumentos de que: a) mañana las casas costarían más y b) los créditos estaban baratos, y podían permitirse un mayor endeudamiento. Como puede verse, dos premisas más falsas que un euro de madera.
Al final, como no podía ser de otro modo, se descubrió el pastel de las “hipotecas-basura” en los Estados Unidos. El precio de la vivienda comenzó a descender, y los bancos se dieron cuenta de repente de que habían estado negociando con una serie de activos que ahora no valían ni el papel con el que estaban escritos. Mucha gente, al darse cuenta de que sus nuevas casas valían mucho menos que el dinero que les debían al banco, simplemente dejaban de pagarlas. Preferían ser embargados antes que seguir hipotecados por un valor que ya no les merecía la pena. Como un banco tiene el mismo valor que los clientes que le deben dinero, de repente sucedió que ningún banco podía fiarse de los otros bancos, ya que cada uno de ellos desconocía el agujero financiero que esta crisis de las hipotecas había causado a los demás y, lo que es peor, tampoco podían saber hasta qué punto el problema les afectaba a ellos mismos, ya que nadie podía conocer el valor de los paquetes de activos financieros comprados, basados en hipotecas de terceros bancos. Visto lo visto, la reacción de los bancos fue recoger velas, negando el crédito a otras entidades bancarias e incluso a sus clientes. En cuestión de pocos días, la economía, basada actualmente en el crédito, se paró en seco.
Al negar los bancos el crédito a otros bancos, la crisis que había empezado en Estados Unidos se extendió como la pólvora por el resto del mundo. Incluso el mercado del petróleo, hinchado hasta el verano de 2008 por culpa de las operaciones especulativas a futuro, se vino abajo hacia finales de ese mismo año al no disponerse de liquidez en los mercados para afrontar las compras. En todo el planeta, los bancos vieron rapar las barbas de sus vecinos, y decidieron ponerse a resguardo, protegiendo sus activos de posibles riesgos, es decir, cortando el grifo del crédito. Algunos bancos cuyos agujeros financieros eran demasiado evidentes no pudieron resistir este primer parón y acabaron en la quiebra o intervenidos urgentemente por los gobiernos. Resulta irónico que los Estados Unidos y el Reino Unido, defensores a ultranza del capitalismo, el libre mercado y la no intervención del estado en la economía, hayan sido los primeros en correr con el dinero público a salvar a sus entidades financieras. Más adelante contaré qué es realmente lo que los bancos han hecho con las ayudas estatales por todo el mundo.
Aquí, en España, sucedió más o menos los mismo. Aunque el sistema bancario no se había visto demasiado afectado por la crisis de los “activos tóxicos”, como se dio en llamar a los paquetes de valores basados en hipotecas-basura, todos los bancos eran conscientes de que millones de españolitos se habían endeudado hasta las cejas para comprar unas viviendas que, viendo la que estaba cayendo, quién sabía el valor que tendrían en el futuro. Además, estaban todas esas promotoras inmobiliarias, cuyos dueños habían ganado verdaderas fortunas, pero que también estaban fuertemente endeudadas, y la mayor parte de ellas con obras por terminar. Cuando los bancos españoles decidieron restringir el crédito, toda esta gente se quedó en la estacada. Ni las promotoras podrían terminar de construir las viviendas en obras, ni los nuevos propietarios tendrían posibilidad de obtener créditos para comprar las casas. Así las cosas, el mercado inmobiliario en España también se fue al cuerno en un tres por cuatro. El resultado evidente fueron decenas de miles de trabajadores de la construcción en el paro, muchas promotoras en quiebra y cientos de empresas proveedoras arruinadas al no cobrar sus materiales por parte de las promotoras.
Pero en nuestro país teníamos un problema añadido: Los ayuntamientos habían basado durante años su modelo de crecimiento económico en la construcción. Al paralizarse el sector, la mayor parte de las corporaciones locales españoles se quedaron de repente sin su mejor fuente de ingresos. El chollo de la construcción se había terminado para siempre. En la actualidad, muchos ayuntamientos españoles languidecen al borde (o más allá del borde) de la bancarrota, sin capacidad de gobierno alguna, debido a la falta de liquidez, a pesar de los intentos del gobierno central por reactivar las economías locales mediante la realización de obras públicas. En realidad, un triste consuelo para muchos pueblos y ciudades, algunos de los cuales ya no pueden pagar ni el gasóil del camión de la basura. En esto, sólo los políticos locales tienen la culpa, ya que un ayuntamiento debe funcionar en base a sus presupuestos anuales, y no en base al crédito o a dudosas previsiones sobre ingresos.
Y claro, sólo era cuestión de tiempo que esta crisis se extendiera al resto de la economía. La segunda en padecer las consecuencias del parón bancario fue la industria automovilística. Unos vehículos lujosos y caros, y un modelo de producción basado en la rápida obsolescencia del producto, provocó la crisis del sector cuando la ciudadanía tomó conciencia de que, con la que estaba cayendo, no era el momento de dejarse quince o veinte mil euros en comprar un coche… en el improbable caso de que los bancos dieran el crédito para adquirirlo. Hoy, miles de vehículos nuevos se encuentran almacenados en inmensos solares sin que la industria consiga compradores para ellos. Como no, la consecuencia inmediata es el despido de miles de trabajadores de las cadenas de montaje y de las industrias auxiliares.
Herida de muerte la construcción, que a lo largo de los últimos años se había convertido en el motor de la economía española, el resto de los sectores han ido cayendo como fichas de dominó. Además de la industria automovilística, el sector servicios, el turismo y la industria de bienes de consumo en general han visto drásticamente reducidos sus ingresos. La gente, sea porque sus deudas les acosan, por falta de financiación, porque han perdido su empleo o porque ven en el horizonte un futuro bastante oscuro, han dejado de gastar su dinero en cosas prescindibles. Como nuestra sociedad está basada en el consumo, esta reacción nos arrastra a todos hacia un empobrecimiento generalizado, con menor actividad industrial y comercial y un aumento del paro que retroalimenta toda esta situación en un círculo vicioso.
Y si alguien ha leído todo el texto hasta aquí, se habrá dado cuenta de que en toda esta exposición de hechos hay un componente común: la banca. La banca inició la crisis con su irresponsable expansión crediticia y su posterior retraimiento; la banca mantiene el estado de crisis económica con su actual racanería, y la banca es la única que puede sacar a la economía del atolladero en que se encuentra. Cuando el ministro de Industria Miguel Sebastián afirmó que al gobierno se le estaba acabando la paciencia con la banca, debería haber dicho más bien que a todos los españoles se nos está acabando la paciencia con esta banda de ladrones y usureros que componen el panorama bancario español.
Con la intención de paliar la crisis, el gobierno español comenzó a inyectar en la banca a finales de 2008 una cantidad de dinero impresionante. Decenas de miles de millones de euros se repartieron en una suerte de “lotería nacional” con unos personajes agraciados de antemano en el sorteo: los banqueros. Lo que los bancos han hecho con todo ese dinero procedente de nuestros impuestos ha sido, sencillamente, sentarse sobre el tesoro cual dragón dormido y esperar mejores tiempos para prestarlo. Justo lo contrario de lo que el gobierno pretendía, ya que para eso, mejor hubiera hecho en usar el dinero para prestarlo directamente a través de las líneas de crédito ICO (cosa que al final ha tenido que hacer de todos modos ante la pasividad de los banqueros). Incluso así, la banca trata de obstaculizar estos créditos por todos los medios, ya que no les conviene que el Estado sea su competidor.
Desgraciadamente, años de liberalismo económico nos han despojado de la banca pública, que podría haber hecho mucho por remediar esta situación. Lo único que espero, como triste consuelo, es que algunos de aquellos que siempre han vociferado por la privatización de empresas, servicios y bancos estén ahora boqueando como peces fuera del agua porque sus amiguetes de la banca privada estén negándoles el pan y la sal cuando más falta les hace.
Como buenos capitalistas.
(Viñeta: Forges, diario El País)