Lo que puede el dinero

En estos días de convulsiones económicas y de reacciones sociales, es bueno remontarse a épocas pasadas para descubrir que nada ha cambiado. En los casi setecientos años transcurridos desde que Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, escribiera estos versos en su Libro de Buen Amor, el mundo ha seguido moviéndose por el puro interés económico.

Por otro lado, siempre es interesante constatar el punto de vista que sobre la Iglesia del siglo XIV tenía uno de sus miembros. También ellos siguen a lo suyo, como si el tiempo no hubiera pasado.

Este poema fue musicado por Paco Ibañez, quien lo cantó en su mítico concierto de 1969 en el teatro Olympia de París, y hoy es la recomendación musical de El ojo del tuerto:

“Del Arcipreste de Hita, esta canción de hace siete siglos que, cantada hoy, da la impresión de que ha sido escrita hoy. Ataca un poquitín a la Iglesia.”

Hace mucho el dinero, mucho se le ha de amar;
al torpe hace discreto, hombre de respetar,
hace correr al cojo al mudo le hace hablar;
el que no tiene manos bien lo quiere tomar.

También al hombre necio y rudo labrador
dineros le convierten en hidalgo doctor;
Cuanto más rico es uno, más grande es su valor,
quien no tiene dinero no es de sí señor.

Y si tienes dinero tendrás consolación,
placeres y alegrías y del Papa ración,
comprarás Paraíso, ganarás la salvación:
donde hay mucho dinero hay mucha bendición.

Él crea los priores, los obispos, los abades,
arzobispos, doctores, patriarcas, potestades;
a los clérigos necios da muchas dignidades,
de verdad hace mentiras; de mentiras hace verdades.

Él hace muchos clérigos y muchos ordenados,
muchos monjes y monjas, religiosos sagrados,
el dinero les da por bien examinados:
a los pobres les dicen que no son ilustrados.

Yo he visto a muchos curas en sus predicaciones,
despreciar el dinero, también sus tentaciones,
pero, al fin, por dinero otorgan los perdones,
absuelven los ayunos y ofrecen oraciones.

Dicen frailes y clérigos que aman a Dios servir,
más si huelen que el rico está para morir,
y oyen que su dinero empieza a retiñir,
por quién ha de cogerlo empiezan a reñir.

En resumen lo digo, entiéndelo mejor,
el dinero es del mundo el gran agitador,
hace señor al siervo y siervo hace al señor,
toda cosa del siglo se hace por su amor.

Semana de entreguerras (VI): Los Años Locos

Creo que la historia que voy a contar hoy sonará familiar a cualquiera que no haya vivido incomunicado en una isla desierta en los últimos dos o tres años. Se trata de una historia sobre el carácter recurrente de los acontecimientos a lo largo de los años; la demostración de la fatalidad que nos condena a repetir la historia por el hecho de haberla olvidado o ignorado. Señoras y señores: con todos ustedes, Los Años Locos.

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Desfile de confeti en Nueva York para recibir a la nadadora Gertrude Ederle tras atravesar el Canal de la Mancha a nado en 1926.

Mientras Europa se debatía entre la reconstrucción y la reorganización de sus fronteras tras la desastrosa Primera Guerra Mundial; mientras Rusia afianzaba a sangre y fuego su revolución, en los Estados Unidos comenzaba una época dorada de crecimiento económico, de expansión del consumo, de las artes y el ocio. La economía de guerra, que había conseguido abastecer de armamento y suministros los frentes de la Primera Guerra Mundial, fue uno de los principales motores del desarrollo económico del país en los años siguientes. Al terminar la guerra existía una enorme maquinaria industrial puesta en marcha que siguió produciendo sin cesar, aunque en lugar de armas, ahora produciría bienes de consumo.

Sin embargo, el despegue comenzó con una importante aunque breve crisis que se prolongó con consecuencias bastante limitadas hasta entrado el año 1921. La industria y la sociedad americana, que no habían sufrido las consecuencias del conflicto bélico, consiguieron adaptarse con rapidez a la nueva situación y reconvertir la producción para abastecer a su mercado interno, mientras la administración aprobaba leyes proteccionistas para favorecer a las empresas nacionales.

Durante los primeros años veinte empezaron a popularizarse inventos como el automóvil o el teléfono que cambiarían para siempre la forma de vivir de los norteamericanos. Buena parte del país comenzó a endeudarse para tener acceso a los nuevos electrodomésticos, para compar coches, y en definitiva, para vivir por encima de sus posibilidades económicas reales.  En las grandes ciudades americanas se contruían enormes rascacielos y edificios de oficinas. El dinero fluía sin cesar en el mercado, aunque muchos no tenía acceso al mismo: millones de campesinos, inmigrantes, negros… los pobres de América siguieron siendo tan pobres como antes, excluídos del reparto de la riqueza. Para la clase media, sin embargo, los años veinte fueron un auténtico paraíso. Era el tiempo del Jazz, del Swing, del Charleston… Era el momento de divertirse.

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Al Capone

La Ley Seca, que tanto satisfacía a los sectores más conservadores de la sociedad, sólo consiguió dar una pátina de clandestinidad a la multitud de locales de ocio nocturno que proliferaban por todo el país, atrayendo cada vez a más gente con el aliciente de la ilegalidad de la venta de alcohol. Esta prohibición dio alas a los gangsters, que adoptaron el negocio del contrabando de alcohol para enriquecerse con rapidez. Cuando la Ley Seca fue derogada en 1933 existían muchas más tabernas clandestinas que antes de la prohibición, y la mafia había tenido más de una década para medrar con el negocio. Los años veinte fueron una época dorada también para el gangsterismo y la corrupción. Aquella fue la época de Al Capone y de Eliot Ness y sus intocables.

En 1928 se hablaba ya abiertamente de la posiblidad de proscribir las guerras. El sueño de una prosperidad ininterrumpida parecía a punto de cumplirse cuando, de repente, sin que nadie la hubiera llamado, la Gran Depresión vino a despertar del sueño a todo el mundo. En 1929 terminó por estallar la burbuja económica en la que habían vivido los norteamericanos y buena parte del resto del planeta. Los bancos habían basado su rápido crecimiento en el crédito y en la inversión especulativa, de manera que cuando la producción superó con mucho las capacidades del mercado para absorber los productos empezó a dudarse de los valores accionariales de muchas empresas. Las acciones cayeron en picado en tres jornadas bursátiles consecutivas de infarto, y la gente corrió a los bancos para retirar sus depósitos, conscientes de que estos no podrían asumir las pérdidas ni garantizar los ahorros. Muchos bancos fueron directos a la quiebra por falta de liquidez, ya que los papeles en los que estaban basadas sus inversiones habían dejado de tener valor alguno. En un breve lapso de tiempo, el sueño americano de los felices años veinte se desvaneció como si nunca hubiera existido.

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Florence Owens Thompson, inmigrante madre de siete hijos. Esta foto es la más representativa de los efectos de la Gran Depresión sobre la clase obrera americana.

Por supuesto y como siempre sucede, los primeros que pagaron las consecuencias fueron los obreros y los campesinos. Los que antes habían sido excluídos del reparto, ahora quedaban en el paro y en la más absoluta miseria. Para colmo, las medidas (nuevamente proteccionistas) de la administración norteamericana no hicieron más que agravar el problema, reduciendo las importaciones y extendiendo la crisis económica al resto del mundo. El control de los precios provocó la caída de la economía en una espiral deflacionista, lo que a su vez llevó a miles de empresas a la quiebra. Oleadas de emigrantes recorrían campos y ciudades en busca de un trabajo que ya no existía. El PIB de los Estados Unidos se hundió a casi la mitad del que había sido antes de la Depresión, y permanecería así hasta entrada la Segunda Guerra Mundial.

Si después de esta sucinta narración cree usted haber encontrado alguna coincidencia entre la historia de los felices años veinte y la actual coyuntura económica, recuerde que cualquier parecido es mera coincidencia… o no.

Para saber más:

Futurólogo Reverte

Artículo escrito por Arturo Pérez-Reverte el 15 de noviembre de 1998 en El Semanal, vilmente copiado desde la página No más números 900. Está claro: Pérez-Reverte tiene en su casa una bola de cristal y dos velas negras.

Usted no lo sabe, pero depende de ellos. Usted no los conoce ni se los cruzará en su vida, pero esos hijos de la gran puta tienen en las manos, en la agenda electrónica, en la tecla intro del computador, su futuro y el de sus hijos. Usted no sabe qué cara tienen, pero son ellos quienes lo van a mandar al paro en nombre de un tres punto siete, o de un índice de probabilidad del cero coma cero cuatro.
Usted no tiene nada que ver con esos fulanos porque es empleado de una ferretería o cajera de Pryca, y ellos estudiaron en Harvard e hicieron un máster en Tokio -o al revés-, van por las mañanas a la Bolsa de Madrid o a la de Wall Street, y dicen en inglés cosas como long-term capital management, y hablan de fondos de alto riesgo, de acuerdos multilaterales de inversión y de neoliberalismo económico salvaje, como quien comenta el partido del domingo.
Usted no los conoce ni en pintura, pero esos conductores suicidas que circulan a doscientos por hora en un furgón cargado de dinero van a atropellarlo el día menos pensado, y ni siquiera le quedará a usted el consuelo de ir en la silla de ruedas con una recortada a volarles los huevos, porque no tienen rostro público, pese a ser reputados analistas, tiburones de las finanzas, prestigiosos expertos en el dinero de otros. Tan expertos que siempre terminan por hacerlo suyo; porque siempre ganan ellos, cuando ganan, y nunca pierden ellos, cuando pierden.
No crean riqueza, sino que especulan. Lanzan al mundo combinaciones fastuosas de economía financiera que nada tiene que ver con la economía productiva. Alzan castillos de naipes y los garantizan con espejismos y con humo, y los poderosos de la tierra pierden el culo por darles coba y subirse al carro.
Esto no puede fallar, dicen. Aquí nadie va a perder; el riesgo es mínimo. Los avalan premios Nóbel de Economía, periodistas financieros de prestigio, grupos internacionales con siglas de reconocida solvencia. Y entonces el presidente del banco transeuropeo tal, y el presidente de la unión de bancos helvéticos, y el capitoste del banco latinoamericano, y el consorcio euroasiático y la madre que los parió a todos, se embarcan con alegría en la aventura, meten viruta por un tubo, y luego se sientan a esperar ese pelotazo que los va a forrar aún más a todos ellos y a sus representados.
Y en cuanto sale bien la primera operación ya están arriesgando más en la segunda, que el chollo es el chollo, e intereses de un tropecientos por ciento no se encuentran todos los días.
Y aunque ese espejismo especulador nada tiene que ver con la economía real, con la vida de cada día de la gente en la calle, todo es euforia, y palmaditas en la espalda, y hasta entidades bancarias oficiales comprometen sus reservas de divisas. Y esto, señores, es Jauja.
Y de pronto resulta que no. De pronto resulta que el invento tenía sus fallos, y que lo de alto riesgo no era una frase sino exactamente eso: alto riesgo de verdad. Y entonces todo el tinglado se va a tomar por el saco. Y esos fondos especiales, peligrosos, que cada vez tienen más peso en la economía mundial, muestran su lado negro. Y entonces -¡oh, prodigio!- mientras que los beneficios eran para los tiburones que controlaban el cotarro y para los que especulaban con dinero de otros, resulta que las pérdidas, no.
Las pérdidas, el mordisco financiero, el pago de los errores de esos pijolandios que juegan con la economía internacional como si jugaran al Monopoly, recaen directamente sobre las espaldas de todos nosotros. Entonces resulta que mientras el beneficio era privado, los errores son colectivos y las pérdidas hay que socializarlas, acudiendo con medidas de emergencia y con fondos de salvación para evitar efectos dominó y chichis de la Bernarda.
Y esa solidaridad, imprescindible para salvar la estabilidad mundial, la pagan con su pellejo, con sus ahorros, y a veces con sus puestos de trabajo, Mariano Pérez Sánchez, de profesión empleado de comercio, y los millones de infelices Marianos que a lo largo y ancho del mundo se levantan cada día a las seis de la mañana para ganarse la vida.
Eso es lo que viene, me temo. Nadie perdonará un duro de la deuda externa de países pobres, pero nunca faltarán fondos para tapar agujeros de especuladores y canallas que juegan a la ruleta rusa en cabeza ajena.
Así que podemos ir amarrándonos los machos. Ése es el panorama que los amos de la economía mundial nos deparan, con el cuento de tanto neoliberalismo económico y tanta mierda, de tanta especulación y de tanta poca vergüenza.

¿Crisis? ¿Qué crisis?

Hace demasiado tiempo que estoy reprimiendo las ganas de escribir sobre la crisis. Aunque afortunadamente todavía no me ha afectado personalmente la crisis, no dudo que en un futuro no muy lejano, también a mí me perjudique la actual situación. Hoy por hoy, sin embargo, me puedo permitir el lujo de ver pasar la crisis desde la barrera. Lo que me ha decidido a poner sobre el papel mis impresiones sobre este tema es la indignación que me produce que unos cuantos sinvergüenzas se estén cachondeando de nosotros en la cara, y que nadie parezca ser capaz de impedirlo.

Pero vamos a empezar por el principio, que no se diga que estoy divagando (cosa que realmente es lo que estoy haciendo). Crisis económicas ha habido muchas. Ésta no es la primera, y estoy seguro de que no será la última. La primera crisis mundial del capitalismo se produjo en 1873, y el consiguiente impulso proteccionista, unido al imperialismo colonialista tuvo como consecuencia final la Primera Guerra Mundial. La segunda gran crisis de la economía capitalista tuvo lugar en el año 1929 (el famoso “crack” bursátil que derivó en la llamada “Gran Depresión”). En los años siguientes, las consecuencias económicas de esta depresión, sumadas a las condiciones abusivas impuestas a Alemania por las potencias vencedoras de la guerra en el Tratado de Versalles dieron como resultado el auge del nazismo alemán y de los fascismos italiano y español. Diez años más tarde, en 1939, estallaba la Segunda Guerra Mundial, que costó al mundo decenas de millones de muertos y una destrucción sin precedentes.

Entonces, ¿deberíamos acostumbrarnos a que las crisis económicas desemboquen necesariamente en grandes guerras? Espero que no, porque si los anteriores conflictos mundiales resultaron catastróficos, un conflicto mundial en la actualidad podría tener consecuencias apocalípticas. De hecho, hay quien dice que ya nos encontramos inmersos en la Tercera Guerra Mundial. Los que afirman esto se basan en la multitud de pequeños conflictos bélicos que sacuden simultáneamente al mundo en la actualidad. Muchos de estos conflictos actuales tienen como motivación el interés por acaparar las fuentes de energía (Iraq), las rutas comerciales (Georgia), o las materias primas vitales para la industria tecnológica (Congo). El hecho de que estas “miniguerras” no se hayan convertido en una guerra global hay que considerarlo desde el interés de las potencias económicas en no dañarse mutuamente, aunque ese delicado equilibrio diplomático podría romperse en cualquier momento.

Vayamos entonces a buscar los motivos que han causado la actual crisis económica, y también a sus culpables. Porque hay culpables. La gente suele pensar que la economía mundial es un monstruo sin cabeza que no sabe dónde va, pero la realidad es muy distinta. Existen grandes corporaciones que controlan los movimientos económicos globales, y del acierto de sus previsiones depende la calidad de vida de miles de millones de personas. En esta ocasión, las previsiones de los responsables de estas corporaciones no han podido ser más erróneas.

Como bien cuenta con la afabilidad que le caracteriza el profesor Leopoldo Abadía, esta crisis (la “Crisis NINJA”) se originó por la concesión indiscriminada en Estados Unidos de créditos hipotecarios a miles de personas que, en realidad, no disponían de la suficiente estabilidad económica para devolverlos. Todo el sistema se basaba en que la garantía de estos créditos hipotecarios era la misma propiedad que se hipotecaba; propiedades cuyo valor se suponía que seguiría aumentando de forma indefinida. Mientras sucedía esto en la primera economía del mundo, en España nos dedicábamos a construir sin freno, en lo que se conoció como la “burbuja inmobiliaria”. Decenas de miles de nuevas viviendas eran construidas al tiempo que el precio de las casas se multiplicaba por tres. De todas formas, la gente seguía comprando bajo los argumentos de que: a) mañana las casas costarían más y b) los créditos estaban baratos, y podían permitirse un mayor endeudamiento. Como puede verse, dos premisas más falsas que un euro de madera.

Al final, como no podía ser de otro modo, se descubrió el pastel de las “hipotecas-basura” en los Estados Unidos. El precio de la vivienda comenzó a descender, y los bancos se dieron cuenta de repente de que habían estado negociando con una serie de activos que ahora no valían ni el papel con el que estaban escritos. Mucha gente, al darse cuenta de que sus nuevas casas valían mucho menos que el dinero que les debían al banco, simplemente dejaban de pagarlas. Preferían ser embargados antes que seguir hipotecados por un valor que ya no les merecía la pena. Como un banco tiene el mismo valor que los clientes que le deben dinero, de repente sucedió que ningún banco podía fiarse de los otros bancos, ya que cada uno de ellos desconocía el agujero financiero que esta crisis de las hipotecas había causado a los demás y, lo que es peor, tampoco podían saber hasta qué punto el problema les afectaba a ellos mismos, ya que nadie podía conocer el valor de los paquetes de activos financieros comprados, basados en hipotecas de terceros bancos. Visto lo visto, la reacción de los bancos fue recoger velas, negando el crédito a otras entidades bancarias e incluso a sus clientes. En cuestión de pocos días, la economía, basada actualmente en el crédito, se paró en seco.

Al negar los bancos el crédito a otros bancos, la crisis que había empezado en Estados Unidos se extendió como la pólvora por el resto del mundo. Incluso el mercado del petróleo, hinchado hasta el verano de 2008 por culpa de las operaciones especulativas a futuro, se vino abajo hacia finales de ese mismo año al no disponerse de liquidez en los mercados para afrontar las compras. En todo el planeta, los bancos vieron rapar las barbas de sus vecinos, y decidieron ponerse a resguardo, protegiendo sus activos de posibles riesgos, es decir, cortando el grifo del crédito. Algunos bancos cuyos agujeros financieros eran demasiado evidentes no pudieron resistir este primer parón y acabaron en la quiebra o intervenidos urgentemente por los gobiernos. Resulta irónico que los Estados Unidos y el Reino Unido, defensores a ultranza del capitalismo, el libre mercado y la no intervención del estado en la economía, hayan sido los primeros en correr con el dinero público a salvar a sus entidades financieras. Más adelante contaré qué es realmente lo que los bancos han hecho con las ayudas estatales por todo el mundo.

Aquí, en España, sucedió más o menos los mismo. Aunque el sistema bancario no se había visto demasiado afectado por la crisis de los “activos tóxicos”, como se dio en llamar a los paquetes de valores basados en hipotecas-basura, todos los bancos eran conscientes de que millones de españolitos se habían endeudado hasta las cejas para comprar unas viviendas que, viendo la que estaba cayendo, quién sabía el valor que tendrían en el futuro. Además, estaban todas esas promotoras inmobiliarias, cuyos dueños habían ganado verdaderas fortunas, pero que también estaban fuertemente endeudadas, y la mayor parte de ellas con obras por terminar. Cuando los bancos españoles decidieron restringir el crédito, toda esta gente se quedó en la estacada. Ni las promotoras podrían terminar de construir las viviendas en obras, ni los nuevos propietarios tendrían posibilidad de obtener créditos para comprar las casas. Así las cosas, el mercado inmobiliario en España también se fue al cuerno en un tres por cuatro. El resultado evidente fueron decenas de miles de trabajadores de la construcción en el paro, muchas promotoras en quiebra y cientos de empresas proveedoras arruinadas al no cobrar sus materiales por parte de las promotoras.

Pero en nuestro país teníamos un problema añadido: Los ayuntamientos habían basado durante años su modelo de crecimiento económico en la construcción. Al paralizarse el sector, la mayor parte de las corporaciones locales españoles se quedaron de repente sin su mejor fuente de ingresos. El chollo de la construcción se había terminado para siempre. En la actualidad, muchos ayuntamientos españoles languidecen al borde (o más allá del borde) de la bancarrota, sin capacidad de gobierno alguna, debido a la falta de liquidez, a pesar de los intentos del gobierno central por reactivar las economías locales mediante la realización de obras públicas. En realidad, un triste consuelo para muchos pueblos y ciudades, algunos de los cuales ya no pueden pagar ni el gasóil del camión de la basura. En esto, sólo los políticos locales tienen la culpa, ya que un ayuntamiento debe funcionar en base a sus presupuestos anuales, y no en base al crédito o a dudosas previsiones sobre ingresos.

Y claro, sólo era cuestión de tiempo que esta crisis se extendiera al resto de la economía. La segunda en padecer las consecuencias del parón bancario fue la industria automovilística. Unos vehículos lujosos y caros, y un modelo de producción basado en la rápida obsolescencia del producto, provocó la crisis del sector cuando la ciudadanía tomó conciencia de que, con la que estaba cayendo, no era el momento de dejarse quince o veinte mil euros en comprar un coche… en el improbable caso de que los bancos dieran el crédito para adquirirlo. Hoy, miles de vehículos nuevos se encuentran almacenados en inmensos solares sin que la industria consiga compradores para ellos. Como no, la consecuencia inmediata es el despido de miles de trabajadores de las cadenas de montaje y de las industrias auxiliares.

Herida de muerte la construcción, que a lo largo de los últimos años se había convertido en el motor de la economía española, el resto de los sectores han ido cayendo como fichas de dominó. Además de la industria automovilística, el sector servicios, el turismo y la industria de bienes de consumo en general han visto drásticamente reducidos sus ingresos. La gente, sea porque sus deudas les acosan, por falta de financiación, porque han perdido su empleo o porque ven en el horizonte un futuro bastante oscuro, han dejado de gastar su dinero en cosas prescindibles. Como nuestra sociedad está basada en el consumo, esta reacción nos arrastra a todos hacia un empobrecimiento generalizado, con menor actividad industrial y comercial y un aumento del paro que retroalimenta toda esta situación en un círculo vicioso.

Y si alguien ha leído todo el texto hasta aquí, se habrá dado cuenta de que en toda esta exposición de hechos hay un componente común: la banca. La banca inició la crisis con su irresponsable expansión crediticia y su posterior retraimiento; la banca mantiene el estado de crisis económica con su actual racanería, y la banca es la única que puede sacar a la economía del atolladero en que se encuentra. Cuando el ministro de Industria Miguel Sebastián afirmó que al gobierno se le estaba acabando la paciencia con la banca, debería haber dicho más bien que a todos los españoles se nos está acabando la paciencia con esta banda de ladrones y usureros que componen el panorama bancario español.

Con la intención de paliar la crisis, el gobierno español comenzó a inyectar en la banca a finales de 2008 una cantidad de dinero impresionante. Decenas de miles de millones de euros se repartieron en una suerte de “lotería nacional” con unos personajes agraciados de antemano en el sorteo: los banqueros. Lo que los bancos han hecho con todo ese dinero procedente de nuestros impuestos ha sido, sencillamente, sentarse sobre el tesoro cual dragón dormido y esperar mejores tiempos para prestarlo. Justo lo contrario de lo que el gobierno pretendía, ya que para eso, mejor hubiera hecho en usar el dinero para prestarlo directamente a través de las líneas de crédito ICO (cosa que al final ha tenido que hacer  de todos modos ante la pasividad de los banqueros). Incluso así, la banca trata de obstaculizar estos créditos por todos los medios, ya que no les conviene que el Estado sea su competidor.

Desgraciadamente, años de liberalismo económico nos han despojado de la banca pública, que podría haber hecho mucho por remediar esta situación. Lo único que espero, como triste consuelo, es que algunos de aquellos que siempre han vociferado por la privatización de empresas, servicios y bancos estén ahora boqueando como peces fuera del agua porque sus amiguetes de la banca privada estén negándoles el pan y la sal cuando más falta les hace.

Como buenos capitalistas.

(Viñeta: Forges, diario El País)

Martes Negro: 79 años

No quisiera ser agorero, pero por nuestro bien espero que a los operadores de las bolsas norteamericanas no les apetezca conmemorar este aniversario con un remake de lo que sucedió hace hoy exactamente 79 años.

Aquel martes 29 de octubre de 1929 la cosa ya se veía venir. Al Martes Negro le había precedido un Jueves Negro y un Lunes Negro en el que los valores en bolsa no dejaban de caer en picado por falta de compradores. La caída del Martes Negro fue el tercer y más importante pechugazo de la bolsa. A pesar de los esfuerzos de los grandes bancos por insuflar confianza en el mercado, nadie se creía ya que el sistema tuviera salvación. A esto siguió un pánico generalizado por parte de los pequeños ahorradores que corrieron a retirar sus fondos de las entidades bancarias, lo que dejó a éstas sin liquidez, en la ruina.

Las caídas de la bolsa se prolongarían hasta mediados de noviembre, cuando empezaron a surtir efecto las medidas intervencionistas puestas en marcha por el gobierno estadounidense, que consistieron básicamente en inyectar liquidez en aquellos bancos que tenían posibilidades de salvarse. (En estos momentos estoy sufriendo un déjà vu)

Sin embargo, lo peor de esta crisis bursátil no sucedió en el año 1929, sino en el periodo entre 1930 y 1940. Estados Unidos tardó toda una década en superar los efectos de estos cracks, y si no tardó más fue porque la Segunda Guerra Mundial se convirtió en el motor de su industria y, curiosamente, levantó su economía aún a pesar de toda la destrucción humana y el gasto económico no productivo que la guerra conllevaba en Europa y en el Pacífico. Los años treinta fueron años de miseria para millones de trabajadores que quedaron sin empleo, para los jornaleros de los campos y para las poblaciones marginales como la comunidad negra. Muchos murieron de hambre, mientras la mayoría se vio abocada a la emigración o a la delincuencia para poder subsistir.

Europa también se vio gravemente afectada por la crisis económica, si bien por entonces la economía mundial no estaba tan globalizada como ahora, y los efectos no eran tan evidentes. En Alemania, la mala situación económica, junto con los problemas derivados de las compensaciones impuestas tras su derrota en la Primera Guerra Mundial terminaron provocando una crisis de gobierno, ascendiendo al poder en 1933 un tal Adolf Hitler, que pocos años más tarde la liaría parda.