Batallas de la Edad Media (I): Tricamerón

El Imperio romano de Occidente había caído oficialmente a finales del verano de 476. Acosado por godos, hunos y vándalos, y con su poderío militar puesto en manos de caudillos bárbaros, con su economía y su comercio prácticamente destruido, lo único que quedaba del Imperio de Occidente eran las insignias imperiales del joven Rómulo Augusto, que el jefe hérulo Odoacro envió a Constantinopla, significando que el emperador de Oriente, Zenón, reinaba ahora sobre todo el Imperio.

Eso sobre el papel, porque en la práctica la cosa distaba mucho de ser así. En los años siguientes se afianzó el reino vándalo del norte de África, los visigodos terminaron de adueñarse de Hispania, e Italia pasó a manos del rey ostrogodo Teodorico, mientras la Galia sufría la invasión de los pueblos francos. De todo este caos surgiría en los siguientes siglos el equilibrio de poderes de la Europa medieval.

Pero en el año 533 había un nuevo emperador en Constantinopla: Justiniano, cuya idea de restaurar la antigua gloria del Imperio romano contaba con los medios necesarios para llevarla a la práctica. Los tiempos eran propicios para ello. En Oriente reinaba una paz comprada a base de mucho oro con el emperador sasánida Cosroes I. El reino vándalo ya no estaba dirigido por el legendario Genserico, y las disputas en el reino ostrogodo de Italia así como en el reino visigodo de Hispania había dejado a estos reinos en una situación muy inestable, propicia para el ataque.

Y ese ataque comenzaría derribando la ficha más débil del delicado dominó de Occidente, que en aquel momento era el reino vándalo. Para empezar, los vándalos eran fanáticamente arrianos, y llegaron durante el siglo anterior a África iniciando una guerra de conquista con marcados tintes religiosos y persiguiendo ferozmente a la población católica. Aunque los herederos de Genserico tratarían de reconciliarse con los católicos, la brecha abierta por su fanatismo religioso les restaría el apoyo del pueblo. El viejo rey Hilderico mantuvo buenas relaciones con los bizantinos y fue permisivo con las prácticas religiosas católicas, pero la nobleza vándala, arriana, le depuso poniendo en su lugar a Gelimer. Justiniano se tomó muy mal la deposición de su viejo aliado y declaró la guerra al reino vándalo.

Para colmo de males para los vándalos, Constantinopla tenía un nuevo y ambicioso general, curtido en la guerra contra el Imperio sasánida y con el favor del Emperador desde que le sacó las castañas del fuego durante la revuelta Niké. Belisario comandaba una flota con 15.000 hombres que desembarcó en Leptis Magna, en la actual Trípoli, y tomó el camino de Cartago, capital de los vándalos. El primer encuentro entre ambos ejércitos tuvo lugar el 13 de septiembre de 533 en Ad Decimum, en un desfiladero a diez millas al sur de Cartago, y se saldó con una ajustada victoria bizantina.

El siguiente encuentro tendría lugar el 15 de diciembre de aquel mismo año cerca de Tricamarum (Tricamerón). Los vándalos habían reunido a un ejército que superaba por cinco a uno a los bizantinos. Para colmo, el rey Gelimer estaba intentando sobornar a las tropas hunas de Belisario con el fin de que éstas se volvieran contra él. El general bizantino, viendo que el tiempo jugaba en su contra, atacó por sorpresa y desbarató las líneas enemigas, poniendo al rey vándalo en fuga y obteniendo una de sus victorias más resonantes y decisivas. El rey se rindió poco más tarde y el reino de los vándalos desapareció para siempre.

La victoria bizantina en Tricamerón significó muchas cosas. La primera es que el dominio del Mediterráneo occidental, hasta entonces en manos del reino vándalo, pasó a manos del Imperio bizantino, quien además se anexionó los territorios africanos comenzando la ansiada restauración de la gloria imperial romana. Además, gracias a sus nuevos dominios, Justiniano tenía campo libre hasta su próximo objetivo: el reino ostrogodo de Italia. Con el tiempo, la influencia bizantina se dejaría sentir incluso en la vieja Hispania, donde el Imperio ocuparía una importante porción del sudeste peninsular.

A Belisario, sin embargo, le esperaba un destino más prosaico. Tras conquistar África e Italia para su emperador fue reclamado por Justiniano de vuelta a Constantinopla, preocupado porque la fama militar de su general supusiera un riesgo para su reinado. Cuenta la leyenda que Belisario fue acusado de corrupción y cegado, y que acabó mendigando por la calle «una limosna para el general Belisario», aunque estas historias son probablemente falsas. Hasta cierto punto, Belisario consiguió el sueño de restaurar el Imperio romano a su antiguo esplendor, aunque nada podía ya detener la desintegración del Occidente en distintos reinos cuyas luchas intestinas caracterizarían el resto de la Edad Media.

La Peste Negra (III): Pogromo

Se acabaron los buenos tiempos. Se acabó la bonanza económica y el trabajo para todos. A mediados del siglo XIV las dueñas de ciudades y campos se llamaban hambre y guerra. Todos los reinos y principados de Europa se enfrentaban unos con otros por intereses económicos y territoriales, desgarrándose entre ellos por las migajas que la crisis y la misma guerra dejaban de lo que antes habían sido un comercio floreciente y unos campos fértiles. Hordas de mercenarios y proscritos, hambrientos y sin empleo, recorrían Europa saqueando y matando a cualquiera que se cruzara en su camino. No había forma de labrar los campos sin riesgo de morir, y aquellos campos que eran labrados no daban buenas cosechas porque el clima se había aliado con la guerra en contra los hombres: tormentas, heladas, inundaciones…

Para la gente sencilla, indudablemente, todo aquello se debía a la ira de Dios por sus muchos pecados, tal como los sacerdotes se empeñaban en predicar desde sus púlpitos. Sólo quedaba como remedio la resignación y el propósito de enmienda, para calmar al Señor y que la vida volviera a la normalidad cuanto antes. Muchos se entregaron a la vida contemplativa y mendicante, recorriendo campos y aldeas y rezando por aquellos que les proporcionaran un plato de comida o un lecho donde pasar la noche, porque rezar era lo único que podían –y sabían– hacer.

Pero cuando en 1348 desembarcó la peste en Europa y la gente, famélica y debilitada por décadas de penurias, empezó a morir por millones, el populacho empezó a pensar que no era sólo Dios quien se encontraba detrás de aquel castigo tan cruel que les había tocado vivir, que tenía que haber una mano negra detrás de todo aquello. Dios no podía ser tan cruel; aquello sólo podía ser obra del diablo. ¿Y quién representaba mejor que nadie los designios del Maligno? ¿Quién seguía enriqueciéndose a pesar de la ola de pobreza que les asolaba? ¿Quién, a pesar de la evidencia de su error, insistía en negar la salvación que Jesucristo había traído al mundo con su sacrificio supremo? ¿Quienes sino los judíos podían ser los verdaderos culpables de tanta desgracia?

Así que, ni cortos ni perezosos, los habitantes de ciudades como Narbona o Carcasona, donde la peste se había cebado especialmente en primavera, sacaron a los judíos de sus casas y los arrojaron a grandes hogueras donde fueron quemados vivos como escarmiento, acusados de envenenar los pozos de la ciudad con la mortal enfermedad.

Aquella atrocidad no disminuyó un ápice los funestos efectos de la peste, pero a buen seguro que calmó los ánimos de una población ignorante y supersticiosa. No así de las élites gobernantes, que temían una huida en masa de los judíos y sus imprescindible capitales debido a las matanzas. Incluso la Iglesia trató de detener los ataques contra la población hebrea, pero después de siglos de mensajes xenófobos contra el enemigo interior judaizante, el pueblo no estaba dispuesto a transigir: había dado forma física a sus males en las personas de los judíos y estaba decidido a exterminarlos.

En vista de cómo pintaban las cosas, al final los gobernantes decidieron darle al pueblo el chivo expiatorio que pedía, y por toda Europa los judíos fueron perseguidos, encarcelados y torturados, mientras sus propiedades eran confiscadas. El sistema legal del Medioevo era perfecto para conseguir un culpable: gracias a la tortura se podía conseguir cualquier clase de confesión, de manera que, finalmente, y con las confesiones en la mano, empezaron a quemar judíos por centenares en todo el continente. Ya no eran suficientes las hogueras, sino que empezaron a quemar a la gente hacinándolas en casas que posteriormente eran incendiadas.

Eventualmente, la peste terminó aplacándose, aunque desde luego, no fue gracias a las masacres de inocentes. El exterminio de miles de judíos tan sólo contribuyó a empeorar la crisis económica y la decadencia social de un mundo que evolucionaba rápidamente entre la Edad Media y la Edad Moderna; un nuevo oprobio que sumar a la dilatada historia de rencor y xenofobia promovida por la Iglesia.

Más información sobre el exterminio judío de 1348 en La Muerte Negra, de José López Jara.

La Peste Negra (II): Bocaccio

El Decamerón, ilustración de la Peste Negra. Imagen: Wikimedia Commons.

La peste bobúnica, miniatura de 1411. Imagen: Wikimedia Commons.

Digo, pues, que ya habían los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios llegado al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección que había comenzado algunos años antes en las partes orientales privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se había extendido miserablemente a Occidente. Y no valiendo contra ella ningún saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias ordenada por los encargados de ello y la prohibición de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos consejos dados para conservar la salubridad) ni valiendo tampoco las humildes súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas no una vez sino muchas ordenadas en procesiones o de otras maneras, casi al principio de la primavera del año antes dicho empezó horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos. Y no era como en Oriente, donde a quien salía sangre de la nariz le era manifiesto signo de muerte inevitable, sino que en su comienzo nacían a los varones y a las hembras semejantemente en las ingles o bajo las axilas, ciertas hinchazones que algunas crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un huevo, y algunas más y algunas menos, que eran llamadas bubas por el pueblo. Y de las dos dichas partes del cuerpo, en poco espacio de tiempo empezó la pestífera buba a extenderse a cualquiera de sus partes indiferentemente, e inmediatamente comenzó la calidad de la dicha enfermedad a cambiarse en manchas negras o lívidas que aparecían a muchos en los brazos y por los muslos y en cualquier parte del cuerpo, a unos grandes y raras y a otros menudas y abundantes. Y así como la buba había sido y seguía siendo indicio certísimo de muerte futura, lo mismo eran éstas a quienes les sobrevenían. Y para curar tal enfermedad no parecía que valiese ni aprovechase consejo de médico o virtud de medicina alguna; así, o porque la naturaleza del mal no lo sufriese o porque la ignorancia de quienes lo medicaban (de los cuales, más allá de los entendidos había proliferado grandísimamente el número tanto de hombres como de mujeres que nunca habían tenido ningún conocimiento de medicina) no supiese por qué era movido y por consiguiente no tomase el debido remedio, no solamente eran pocos los que curaban sino que casi todos antes del tercer día de la aparición de las señales antes dichas, quién antes, quién después, y la mayoría sin alguna fiebre u otro accidente, morían. Y esta pestilencia tuvo mayor fuerza porque de los que estaban enfermos de ella se abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, no de otro modo que como hace el fuego sobre las cosas secas y engrasadas cuando se le avecinan mucho. Y más allá llegó el mal: que no solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también el tocar los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por aquellos enfermos, que parecía llevar consigo aquella tal enfermedad hasta el que tocaba. Y asombroso es escuchar lo que debo decir, que si por los ojos de muchos y por los míos propios no hubiese sido visto, apenas me atrevería a creerlo, y mucho menos a escribirlo por muy digna de fe que fuera la persona a quien lo hubiese oído. Digo que de tanta virulencia era la calidad de la pestilencia narrada que no solamente pasaba del hombre al hombre, sino lo que es mucho más (e hizo visiblemente otras muchas veces): que las cosas que habían sido del hombre, no solamente lo contaminaban con la enfermedad sino que en brevísimo espacio lo mataban. De lo cual mis ojos, como he dicho hace poco, fueron entre otras cosas testigos un día porque, estando los despojos de un pobre hombre muerto de tal enfermedad arrojados en la vía pública, y tropezando con ellos dos puercos, y como según su costumbre se agarrasen y le tirasen de las mejillas primero con el hocico y luego con los dientes, un momento más tarde, tras algunas contorsiones y como si hubieran tomado veneno, ambos a dos cayeron muertos en tierra sobre los maltratados despojos. De tales cosas, y de bastantes más semejantes a éstas y mayores, nacieron miedos diversos e imaginaciones en los que quedaban vivos, y casi todos se inclinaban a un remedio muy cruel como era esquivar y huir a los enfermos y a sus cosas; y, haciéndolo, cada uno creía que conseguía la salud para sí mismo. Y había algunos que pensaban que vivir moderadamente y guardarse de todo lo superfluo debía ofrecer gran resistencia al dicho accidente y, reunida su compañía, vivían separados de todos los demás recogiéndose y encerrándose en aquellas casas donde no hubiera ningún enfermo y pudiera vivirse mejor, usando con gran templanza de comidas delicadísimas y de óptimos vinos y huyendo de todo exceso, sin dejarse hablar de ninguno ni querer oír noticia de fuera, ni de muertos ni de enfermos, con el tañer de los instrumentos y con los placeres que podían tener se entretenían. Otros, inclinados a la opinión contraria, afirmaban que la medicina certísima para tanto mal era el beber mucho y el gozar y andar cantando de paseo y divirtiéndose y satisfacer el apetito con todo aquello que se pudiese, y reírse y burlarse de todo lo que sucediese; y tal como lo decían, lo ponían en obra como podían yendo de día y de noche ora a esta taberna ora a la otra, bebiendo inmoderadamente y sin medida y mucho más haciendo en los demás casos solamente las cosas que entendían que les servían de gusto o placer. Todo lo cual podían hacer fácilmente porque todo el mundo, como quien no va a seguir viviendo, había abandonado sus cosas tanto como a sí mismo, por lo que las más de las casas se habían hecho comunes y así las usaba el extraño, si se le ocurría, como las habría usado el propio dueño. Y con todo este comportamiento de fieras, huían de los enfermos cuanto podían. Y en tan gran aflicción y miseria de nuestra ciudad, estaba la reverenda autoridad de las leyes, de las divinas como de las humanas, toda caída y deshecha por sus ministros y ejecutores que, como los otros hombres, estaban enfermos o muertos o se habían quedado tan carentes de servidores que no podían hacer oficio alguno; por lo cual le era lícito a todo el mundo hacer lo que le pluguiese. Muchos otros observaban, entre las dos dichas más arriba, una vía intermedia: ni restringiéndose en las viandas como los primeros ni alargándose en el beber y en los otros libertinajes tanto como los segundos, sino suficientemente, según su apetito, usando de las cosas y sin encerrarse, saliendo a pasear llevando en las manos flores, hierbas odoríferas o diversas clases de especias, que se llevaban a la nariz con frecuencia por estimar que era óptima cosa confortar el cerebro con tales olores contra el aire impregnado todo del hedor de los cuerpos muertos y cargado y hediondo por la enfermedad y las medicinas. Algunos eran de sentimientos más crueles (como si por ventura fuese más seguro) diciendo que ninguna medicina era mejor ni tan buena contra la peste que huir de ella; y movidos por este argumento, no cuidando de nada sino de sí mismos, muchos hombres y mujeres abandonaron la propia ciudad, las propias casas, sus posesiones y sus parientes y sus cosas, y buscaron las ajenas, o al menos el campo, como si la ira de Dios no fuese a seguirles para castigar la iniquidad de los hombres con aquella peste y solamente fuese a oprimir a aq
uellos que se encontrasen dentro de los muros de su ciudad como avisando de que ninguna persona debía quedar en ella y ser llegada su última hora. Y aunque estos que opinaban de diversas maneras no murieron todos, no por ello todos se salvaban, sino que, enfermándose muchos en cada una de ellas y en distintos lugares (habiendo dado ellos mismos ejemplo cuando estaban sanos a los que sanos quedaban) abandonados por todos, languidecían ahora. Y no digamos ya que un ciudadano esquivase al otro y que casi ningún vecino tuviese cuidado del otro, y que los parientes raras veces o nunca se visitasen, y de lejos: con tanto espanto había entrado esta tribulación en el pecho de los hombres y de las mujeres, que un hermano abandonaba al otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas veces la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi increíble, los padres y las madres a los hijos, como si no fuesen suyos, evitaban visitar y atender. Por lo que a quienes enfermaban, que eran una multitud inestimable, tanto hombres como mujeres, ningún otro auxilio les quedaba que o la caridad de los amigos, de los que había pocos, o la avaricia de los criados que por gruesos salarios y abusivos contratos servían, aunque con todo ello no se encontrasen muchos y los que se encontraban fuesen hombres y mujeres de tosco ingenio, y además no acostumbrados a tal servicio, que casi no servían para otra cosa que para llevar a los enfermos algunas cosas que pidiesen o mirarlos cuando morían; y sirviendo en tal servicio, se perdían ellos muchas veces con lo ganado. Y de este ser abandonados los enfermos por los vecinos, los parientes y los amigos, y de haber escasez de sirvientes se siguió una costumbre no oída antes: que a ninguna mujer por bella o gallarda o noble que fuese, si enfermaba, le importaba tener a su servicio a un hombre, como fuese, joven o no, ni mostrarle sin ninguna vergüenza todas las partes de su cuerpo no de otra manera que hubiese hecho a otra mujer, si se lo pedía la necesidad de su enfermedad; lo que en aquellas que se curaron fue razón de honestidad menor en el tiempo que sucedió. Y además, se siguió de ello la muerte de muchos que, por ventura, si hubieran sido ayudados se habrían salvado; de los que, entre el defecto de los necesarios servicios que los enfermos no podían tener y por la fuerza de la peste, era tanta en la ciudad la multitud de los que de día y de noche morían, que causaba estupor oírlo decir, cuanto más mirarlo. Por lo cual, casi por necesidad, cosas contrarias a las primeras costumbres de los ciudadanos nacieron entre quienes quedaban vivos. Era costumbre, así como ahora vemos hacer, que las mujeres parientes y vecinas se reuniesen en la casa del muerto, y allí, con aquellas que más le tocaban, lloraban; y por otra parte delante de la casa del muerto con sus parientes se reunían sus vecinos y muchos otros ciudadanos, y según la calidad del muerto allí venía el clero, y él en hombros de sus iguales, con funeral pompa de cera y cantos, a la iglesia elegida por él antes de la muerte era llevado. Las cuales cosas, luego que empezó a subir la ferocidad de la peste, o en todo o en su mayor parte cesaron casi y otras nuevas sobrevivieron en su lugar. Por lo que no solamente sin tener muchas mujeres alrededor se morían las gentes sino que eran muchos los que de esta vida pasaban a la otra sin testigos; y poquísimos eran aquellos a quienes los piadosos llantos y las amargas lágrimas de sus parientes fuesen concedidas, sino que en lugar de ellas eran por los más acostumbradas las risas y las agudezas y el festejar en compañía; la cual costumbre las mujeres, en gran parte pospuesta la femenina piedad a su salud, habían aprendido óptimamente. Y eran raros aquellos cuerpos que fuesen por más de diez o doce de sus vecinos acompañados a la iglesia; a los cuales no llevaban sobre los hombros los honrados y amados ciudadanos, sino una especie de sepultureros salidos de la gente baja que se hacían llamar faquines y hacían este servicio a sueldo poniéndose debajo del ataúd y, llevándolo con presurosos pasos, no a aquella iglesia que hubiese antes de la muerte dispuesto, sino a la más cercana la mayoría de las veces lo llevaban, detrás de cuatro o seis clérigos con pocas luces y a veces sin ninguna; los que, con la ayuda de los dichos faquines, sin cansarse en un oficio demasiado largo o solemne, en cualquier sepultura desocupada encontrada primero lo metían. De la gente baja, y tal vez de la mediana, el espectáculo estaba lleno de mucha mayor miseria, porque éstos, o por la esperanza o la pobreza retenidos la mayoría en sus casas, quedándose en sus barrios, enfermaban a millares por día, y no siendo ni servidos ni ayudados por nadie, sin redención alguna morían todos. Y bastantes acababan en la vía pública, de día o de noche; y muchos, si morían en sus casas, antes con el hedor corrompido de sus cuerpos que de otra manera, hacían sentir a los vecinos que estaban muertos; y entre éstos y los otros que por toda parte morían, una muchedumbre. Era sobre todo observada una costumbre por los vecinos, movidos no menos por el temor de que la corrupción de los muertos no los ofendiese que por el amor que tuvieran a los finados. Ellos, o por sí mismos o con ayuda de algunos acarreadores cuando podían tenerla, sacaban de sus casas los cuerpos de los ya finados y los ponían delante de sus puertas (donde, especialmente por la mañana, hubiera podido ver un sinnúmero de ellos quien se hubiese paseado por allí) y allí hacían venir los ataúdes, y hubo tales a quienes por defecto de ellos pusieron sobre alguna tabla. Tampoco fue un solo ataúd el que se llevó juntas a dos o tres personas; ni sucedió una vez sola sino que se habrían podido contar bastantes de los que la mujer y el marido, los dos o tres hermanos, o el padre y el hijo, o así sucesivamente, contuvieron. Y muchas veces sucedió que, andando dos curas con una cruz a por alguno, se pusieron tres o cuatro ataúdes, llevados por acarreadores, detrás de ella; y donde los curas creían tener un muerto para sepultar, tenían seis u ocho, o tal vez más. Tampoco eran éstos con lágrimas o luces o compañía honrados, sino que la cosa había llegado a tanto que no de otra manera se cuidaba de los hombres que morían que se cuidaría ahora de las cabras; por lo que apareció asaz manifiestamente que aquello que el curso natural de las cosas no había podido con sus pequeños y raros daños mostrar a los sabios que se debía soportar con paciencia, lo hacía la grandeza de los males aún con los simples, desaprensivos y despreocupados. A la gran multitud de muertos mostrada que a todas las iglesias, todos los días y casi todas las horas, era conducida, no bastando la tierra sagrada a las sepulturas (y máxime queriendo dar a cada uno un lugar propio según la antigua costumbre), se hacían por los cementerios de las iglesias, después que todas las partes estaban llenas, fosas grandísimas en las que se ponían a centenares los que llegaban, y en aquellas estibas, como se ponen las mercancías en las naves en capas apretadas, con poca tierra se recubrían hasta que se llegaba a ras de suelo. Y por no ir buscando por la ciudad todos los detalles de nuestras pasadas miserias en ella sucedidas, digo que con un tiempo tan enemigo que corrió ésta, no por ello se ahorró algo al campo circundante; en el cual, dejando los burgos, que eran semejantes, en su pequeñez, a la ciudad, por las aldeas esparcidas por él y los campos, los labradores míseros y pobres y sus familias, sin trabajo de médico ni ayuda de servidores, por las calles y por los collados y por las casas, de día o de noche indiferentemente, no como hombres sino como bestias morían. Por lo cual, és
tos, disolutas sus costumbres como las de los ciudadanos, no se ocupaban de ninguna de sus cosas o haciendas; y todos, como si esperasen ver venir la muerte en el mismo día, se esforzaban con todo su ingenio no en ayudar a los futuros frutos de los animales y de la tierra y de sus pasados trabajos, sino en consumir los que tenían a mano. Por lo que los bueyes, los asnos, las ovejas, las cabras, los cerdos, los pollos y hasta los mismos perros fidelísimos al hombre, sucedió que fueron expulsados de las propias casas y por los campos, donde las cosechas estaban abandonadas, sin ser no ya recogidas sino ni siquiera segadas, iban como más les placía; y muchos, como racionales, después que habían pastado bien durante el día, por la noche se volvían saciados a sus casas sin ninguna guía de pastor. ¿Qué más puede decirse, dejando el campo y volviendo a la ciudad, sino que tanta y tal fue la crueldad del cielo, y tal vez en parte la de los hombres, que entre la fuerza de la pestífera enfermedad y por ser muchos enfermos mal servidos o abandonados en su necesidad por el miedo que tenían los sanos, a más de cien mil criaturas humanas, entre marzo y el julio siguiente, se tiene por cierto que dentro de los muros de Florencia les fue arrebatada la vida, que tal vez antes del accidente mortífero no se habría estimado haber dentro tantas? ¡Oh cuántos grandes palacios, cuántas bellas casas, cuántas nobles moradas llenas por dentro de gentes, de señores y de damas, quedaron vacías hasta del menor infante! ¡Oh cuántos memorables linajes, cuántas amplísimas herencias, cuántas famosas riquezas se vieron quedar sin sucesor legítimo! ¡Cuántos valerosos hombres, cuántas hermosas mujeres, cuántos jóvenes gallardos a quienes no otros que Galeno, Hipócrates o Esculapio hubiesen juzgado sanísimos, desayunaron con sus parientes, compañeros y amigos, y llegada la tarde cenaron con sus antepasados en el otro mundo!

Giovanni Bocaccio

El Decamerón, prólogo a la Primera Jornada.

La Peste Negra (I): Teodosia

Éstas son las murallas de la fortaleza genovesa de Teodosia. Teodosia se encuentra en un lugar privilegiado de la península de Crimea, al norte del Mar Negro. Esta ciudad fue la colonia más alejada de entre todas las que componían los vastos dominios comerciales genoveses en el siglo XIV. Aquí tuvo lugar el prólogo de una tragedia que cambiaría para siempre la historia de Europa.

A mediados del siglo XIV Europa no atravesaba precisamente por su mejor momento. Tras varios siglos de prosperidad y crecimiento, la economía se había estancado y empezaba a dar muestras de retroceso. Años de un clima desfavorable –que algunos autores achacan a una miniglaciación– habían provocado grandes hambrunas y mortandades, el abandono de muchas tierras de labor y graves conflictos tanto en el campo como en las ciudades.

Después de la Cuarta Cruzada de 1204, el poder bizantino se había hecho mil pedazos, y el dividido imperio había caído en manos de los nuevos poderes económicos de Occidente: Venecia y Génova. Entre ambas se hicieron con el control de las más importantes plazas del Egeo, y dominaron las rutas comerciales de Oriente. Frente al desaparecido poder de Constantinopla, en la árida meseta de Anatolia, un nuevo poder arraigaba: el reino de los turcos otomanos. Sin embargo, los turcos tenían también sus propios problemas en aquella época. Situados entre las potencias de Europa y los sultanes de Oriente Próximo, los otomanos mantenían una delicada equidistancia, proporcionando mercenarios a uno u otro reino según su conveniencia. En la primera mitad del siglo XIV, tras conquistar las ciudades de Nicea y Bursa, cambiaron sus costumbres nómadas y empezaron a organizarse como un reino. Pronto se atreverían a cruzar el estrecho de los Dardanelos e invadir Europa, pero por el momento se conformaban con medrar, asegurando el control de Asia Menor. Aunque el Imperio Bizantino fue reunificado bajo el gobierno de Miguel VIII Paleólogo, el equilibrio de poder se había roto en aquel estratégico lugar del mundo.

En Crimea, por su parte, el peligro eran las tribus tártaras de la Horda de Oro, descendientes del poderío mongol que durante la mayor parte del siglo XIII había amenazado la seguridad de Europa, incursionando desde las estepas rusas y ucranianas en Polonia y Hungría. Las incursiones tártaras en Crimea ponían en peligro los intereses genoveses en el Mar Negro, y en 1347 el kan tártaro Jani Beg puso sitio a la ciudad de Caffa, la actual Teodosia. Mientras el ejército mongol cercaba la ciudad genovesa, la peste se adueñó de sus tropas, matando a un buen número de soldados. En uno de los primeros ejemplos documentados de guerra biológica, los tártaros lanzaron a sus propios soldados muertos sobre las murallas de la ciudad, infectando de ese modo a los defensores genoveses.

Y aunque Génova no perdió la ciudad, al menos de momento, los tártaros tuvieron éxito en su estrategia: la peste se extendió por la ciudad. Luego, los mismos barcos que abastecían a Caffa se encargaron de llevar la enfermedad hasta Europa. La peste era una vieja conocida de la humanidad, y se había manifestado a lo largo de la historia en numerosas ocasiones. En el año 541, cuando Justiniano gobernaba el Imperio Romano de Oriente, la epidemia de peste provocó la desolación en la Península Balcánica, contribuyendo a la llegada a aquellas tierras de numerosos pueblos eslavos que conforman la población actual de esa región.

Normalmente, la peste originaba una mortandad tan extrema y rápida que acababa con la vida de los afectados antes de poder extenderse demasiado, pero en 1348, con una Europa mucho más poblada y mejor comunicada, con un comercio incipiente y activo y con un ajetreada vida urbana, la peste iba a provocar una verdadera debacle humana que cambiaría para siempre nuestra historia.

Cantiga de los clérigos de Talavera

El celibato de los curas ha sido desde antiguo un tema polémico. Era práctica habitual durante la Edad Media que los sacerdotes convivieran con mujeres en amancebamiento, contra las órdenes expresas de Roma, que exigía la más estricta observancia de la castidad en el clero. Juan Ruiz, arcipreste de Hita se hace eco de esta circunstancia en su Cantiga de los clérigos de Talavera:

Allá por Talavera, a principios de abril,
llegadas son las cartas de Arzobispo don Gil,
en las cuales venía un mandato no vil
que, si a alguno agradó, pesó a más de dos mil.

Este pobre Arcipreste, que traía el mandado,
más lo hacía a disgusto, creo yo, que de grado.
Mandó juntar Cabildo; de prisa fue juntado,
¡pensaron que traía otro mejor recado!

Comenzó el Arcipreste a hablar y dijo así:
-«Si a vosotros apena, también me pesa a mí.
¡Pobre viejo mezquino! ¡En qué envejecí,
en ver lo que estoy viendo y en mirar lo que vi!»

Llorando de sus ojos comenzó esta razón:
Dijo: -«¡El Papa nos manda esta Constitución,
oS lo he de decir, sea mi gusto o no,
aunque por ello sufra de rabia el corazón.»

Las cartas recibidas eran de esta manera;
Que el cura o el casado, en toda Talavera,
no mantenga manceba, casada ni soltera:
el que la mantuviese, excomulgado era.

Con aquestas razones que el mandato decía
quedó muy quebrantada toda la clerecía;
algunos de los legos tomaron acedía.
Para tomar acuerdos juntáronse otro día.

Estando reunidos todos en la capilla,
levantóse el Deán a exponer su rencilla.
Dijo: -«Amigos, yo quiero que todos en cuadrilla
nos quejemos del Papa ante el Rey de Castilla.

»Aunque clérigos, somos vasallos naturales,
le servimos muy bien, fuimos siempre leales
demás lo sabe el Rey: todos somos carnales.
Se compadecerá de aquestos nuestros males.

»¿Dejar yo a Venturosa, la que conquisté antaño?
Dejándola yo a ella recibiera gran daño;
regalé de anticipo doce varas de paño
y aún, ¡por la mi corona!, anoche fue al baño.

»Antes renunciaría a toda mi prebenda
y a la mi dignidad y a toda la mi renta,
que consentir que sufra Venturosa esa afrenta.
Creo que muchos otros seguirán esta senda.»

Juró por los Apóstoles y por cuanto más vale,
con gran ahincamiento, así como Dios sabe,
con los ojos llorosos y con dolor muy grande:
-«Novis enim dimittere -exclamó – quoniam suave!-»

Habló en pos del Deán, de prisa, el Tesorero;
era, en aquella junta, cofrade justiciero.
Dijo: -«Amigos, si el caso llega a ser verdadero,
si vos esperáis mal, yo lo peor espero.

»Si de vuestro disgusto a mí mucho me pesa,
¡también me pesa el propio, a más del de Teresa!
Dejaré a Talavera, me marcharé a Oropesa,
antes que separarla de mí y de mi mesa.

»Pues nunca tan leal fue Blanca Flor a Flores,
ni vale más Tristán, con todos sus amores;
ella conoce el modo de calmar los ardores,
si de mí la separo, volverán los dolores.

»Como suele decirse: el perro, en trance angosto,
por el miedo a la muerte, al amo muerde el rostro;
isi cojo al Arzobispo en algún paso angosto,
tal vuelta le daría que no llegara a agosto!»

Habló después de aqueste, Chantre Sancho Muñoz.
Dijo: -«Aqueste Arzobispo, ¿qué tendrá contra nos?
Él quiere reprochamos lo que perdonó Dios;
por ello, en este escrito apelo, ¡avivad vos!

»Pues si yo tengo o tuve en casa una sirvienta,
no tiene el Arzobispo que verlo como afrenta;
que no es comadre mía ni tampoco parienta,
huérfana la crié; no hay nada en que yo mienta.

»Mantener a una huérfana es obra de piedad,
lo mismo que a viudas, ¡esto es mucha verdad!
Si el Arzobispo dice que es cosa de maldad,
¡abandonad las buenas y a las malas buscad!

»Don Gonzalo, Canónigo, según vengo observando,
de esas buenas alhajas ya se viene prendando;
las vecinas del barrio murmuran, comentando
que acoge a una de noche, contra lo que les mando.»

Pero no prolonguemos ya tanto las razones;
apelaron los clérigos, también los clerizones;
enviaron de prisa buenas apelaciones
y después acudieron a más procuraciones.

Yo sólo diré que, de aquellos polvos, estos lodos.

(Origen: A media voz)

Ciclo Juan Antonio Cebrián (VI): La Batalla de las Navas de Tolosa

A mediados del siglo XII, el fundamentalismo islámico había conseguido asentarse en la forma de un grande y poderoso imperio que abarcaba desde las costas libias hasta las islas baleares y la mitad sur de la Península Ibérica. Como guardianes de la pureza del Islam, estos fundamentalistas, de origen bereber, se hacían llamar Almohades, y su lider era considerado el Mahdi, nombre tomado de una tradición mesiánica musulmana.

Al internarse en Al-Ándalus, procedentes del Magreb africano, los almohades unificaron a los hasta entonces divididos reinos de taifas e impusieron una política beligerante contra los reinos cristianos del norte, deteniendo el proceso de reconquista en la Batalla de Alarcos (1195), donde los cristianos sufrieron una importante derrota.

Al tiempo que los Almohades construían la Giralda en Sevilla, también preparaban la conquista de los reinos cristianos. Su califa, el poderoso Muhammad An-Nasir, estaba reuniendo un imponente ejército a tal fin. Los reyes cristianos, aterrorizados ante tal perspectiva, decidieron olvidar por un tiempo sus disputas internas y unirse para poder enfrentar al más poderoso enemigo que jamás hubieran tenido. Pidieron al Papa Inocencio III que declarara la Santa Cruzada y se convocara a cuantos guerreros europeos fuese posible reunir. El magnífico enfrentamiento entre ambas fuerzas, acontecido al norte de la actual provincia de Jaén, se conoció como La Batalla de las Navas de Tolosa.

Como curiosidad, se puede destacar que las cadenas del escudo de Navarra tienen su origen en esta batalla, y en la épica carga de los tres reyes (Castilla, Aragón y Navarra) sobre las fuerzas almohades cuando el resultado de la batalla era aún más que incierto.

Por supuesto, Juan Antonio lo cuenta como nadie, en uno de sus mejores pasajes de la Historia.