¡Esto es un sindiós! (XXIX): Analfabetización

El otro día me encontré con el cartel que podéis ver en la imagen contigua, y su exótico título me impulsó a fotografiarlo con la sana intención de chotearme en Twitter por semejante metedura lingüística de pata; lo que en argot internauta se podría considerar como un owned de libro.

Estoy seguro de que lo que pretendían los -mejor intencionados que informados- responsables de la susodicha campaña era, en realidad, reducir la tasa de analfabetismo entre los adultos de la población rural, especialmente entre los mayores, que nunca tuvieron la oportunidad de recibir una educación medianamente decente. Por otro lado, y después de un rato dándole vueltas al asunto, llegué a la conclusión de que mezclar analfabetismo y alfabetización es más fácil de lo que parece, así que no me parece ético hacer demasiada leña de este árbol caído. Otra cosa es que uno deba leer lo que escribe -e incluso consultarlo con algún amiguete más ducho en el uso de la lengua española- antes de sacar un montón de copias a color y pegarlas por el pueblo, porque un fallo como éste, tratándose de un programa contra el analfabetismo nos puede llevar de la gloria al ridículo en cuestión de segundos.

Pero lo que de verdad me movió a escribir esta entrada fue una reflexión a posteriori sobre la necesidad de elaborar programas contra la analfabetización, porque mucho me temo que, aun siendo un término incorrecto, que no aparece en el diccionario de la Real Academia, la analfabetización es un fenómeno que se produce realmente en nuestra sociedad, con unos resultados demoledores para al menos tres generaciones de españoles.

En primer lugar habría que definir el nuevo término, la palabra: analfabetización. Yo me inventaré aquí que analfabetización es el “efecto de sustraer el alfabeto a una persona o grupo de personas que previamente gozaban del uso del mismo”. Dicho de otro modo: convertir en analfabetos a los que antes no lo eran.

Sobre la base de este palabro inventado, soy de la opinión de que, en la actualidad, la sociedad está organizada de tal forma que trata de someter al ciudadano medio a un estado de idiotismo inducido, utilizando para ello los más avanzados medios audiovisuales y tecnológicos, ahora al alcance de cualquier bolsillo. La analfabetización es un proceso largo y sostenido que nos lleva desde nuestra infancia hasta la vejez, y que puede imponerse a cualquier sistema educativo, por bueno que este sea, a menos que la persona que sufre el proceso lo combata con una abundante dosis de fuerza de voluntad.

La analfabetización ha conseguido en pocos años, por ejemplo,  convertir al usuario de un ordenador, autodidacta, que leía manuales en inglés, que escribía sus propios programas y al que incluso le sonaba la expresión “código máquina”, en un simple usuario desorientado, casi siempre sin nociones básicas de informática, que se ve asaltado por sistemas operativos hostiles, de funcionamiento oscuro, artero y tortuoso, agredido por licencias de programas ilegibles e ininteligibles, abrumado por agresivos powerpoints, por correos electrónicos de vendendores de Viagra, cuando no por gusanos, virus, malwares y todo tipo de fauna virtual. Para muchos de estos usuarios, sin embargo, todo esto casi no importa, porque con leer unos correos, ver unas páginas web y chatear por Messenger tienen suficiente. El hecho de que una parte de su ordenador y de su ancho de banda en la red pertenezcan en realidad a unos desconocidos que se lo roban y usan para sus propios fines es algo que no les preocupa en absoluto.

Pero la analfabetización va mucho más allá, comenzando por un sistema educativo donde lo que importa es asistir a clase hasta los dieciséis años, conseguido lo cual el Estado considera que has obtenido una educación secundaria. La ley te obliga como ciudadano a recibir esa educación, al Estado a procurártela y a tus padres a facilitarte el acceso y la asistencia a la misma. El efecto perverso de este sistema es que las aulas españolas están llenas de gente que, en realidad, no quiere estar allí, y que asiste de mala gana a clase, molestando a los que sí que quieren adquirir los conocimientos que allí se imparten. En realidad, el sistema educativo no merece tal nombre, porque los niños deberían llegar a los colegios educados de casa, mientras en los centros educativos deberían limitarse a impartir conocimientos y cultura. Para detener la analfabetización de los jóvenes que quieren progresar en sus estudios, habría que sacar de las aulas a todos aquellos que no tengan el más mínimo interés por educarse. Esto contribuiría, por una parte, a revalorizar la educación secundaria, mejorando sus resultados, y por otra, a aumentar la mano de obra no cualificada, que ya averiguaremos en otro momento para qué iba a servir. El Estado debería garantizar una oferta educativa gratuíta y de calidad, pero sólo para aquellos que quieran recibirla. Obligar a los que no quieren a pasar por la educación secundaria no les convertirá por arte de magia en preuniversitarios, por mucho que los políticos se empeñen en ello. De hecho, parece que nos están enseñando desde pequeñitos que lo importante de un trabajo es llegar al puesto y calentar la silla hasta la hora de salir; una lección muy mala que repercute en la futura productividad de los trabajadores.

Y luego está la televisión, la punta de lanza de la analfabetización a nivel mundial. La pequeña pantalla que unía a las familias (e incluso vecindarios de calles enteras) en los años sesenta y setenta ha dado paso a pantallas gigantescas, TDT, full HD, HDMI, USB, Firewire, LCD, LED… casi un siglo de tecnología al servicio de la comunicación de masas, y todo ello para que Belén Estéban nos enseñe su particular concepto de la Edad Media, para que los informativos nos traigan a casa lo peor de lo que pase en el mundo (y en este punto me voy a ahorrar enlaces escabrosos), y nos ponga sobre la mesa del almuerzo las vísceras a todo color de las incontables víctimas de este tiempo y sus azares. Una televisión, en definitiva, que aunque pagada en gran parte con los impuestos de los ciudadanos, o como concesiones administrativas a empresas privadas de un espacio radiológico que nos pertenece a todos, se dedica más que nada a embrutecer a la masa, a hacernos mala sangre o a acojonarnos con nuevas y terroríficas enfermedades, amenazas terroristas o catástrofes medioambientales inminentes.

Tal vez lo peor de todo el asunto es que el individuo “analfabetizado” es una persona orgullosa de su condición, para quien leer los titulares del Marca es todo un ejercicio intelectual, y para quien el “mundo de la cultura” está formado por cantantes de moda y actores de cine subvencionados. ¿Cómo dice? ¿Que se han muerto Ayala y Delibes? ¿Y esos de qué equipo de fútbol eran?

Por todo lo anterior, animo a cualquier lector que haya llegado a este punto de la entrada -después de felicitarle por soportar mi diatriba- a proponer soluciones para combatir la analfabetización. Cualesquiera que sean, bienvenidas serán.

¡Esto es un sindiós! (XXVI): La demolición de la cultura en Sevilla

He leído mucho (aunque probablemente nunca lee uno lo suficiente) para poder formarme una opinión sobre este asunto. No en vano existe una sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Andalucía sobre el tema, y antes de cargar contra los jueces y sus decisiones, me gusta saber de qué hablo. Vamos allá:

Maqueta de la nueva biblioteca universitariaDicen en Ecologistas en Acción que la construcción de la nueva biblioteca de la Universidad de Sevilla en los terrenos del Prado de San Sebastian supone un arboricidio y poco menos que un atentado ecológico con grave alteración del ecosistema y blá, blá, blá… Los vecinos de la calle Diego de Riaño, por su parte, argumentan que la pérdida de una parte del parque que actualmente existe en el Prado de San Sebastian supone un intolerable menoscabo de su calidad de vida y una tropelía urbanística realizada en un terreno público, etc. Los partidos políticos de oposición en la ciudad de Sevilla cargan las tintas contra el alcalde, contra el rector de la Universidad de Sevilla, y aseguran que se podría haber escogido un emplazamiento mejor para la biblioteca de la universidad.

Al final, y tras un prolongado pleito, la denuncia de la comunidad de vecinos del número nueve de la calle Diego de Riaño ante el TSJA ha conseguido la paralización de las obras y la orden de demolición de lo ya construido. Es una gran noticia para la ciudad, pero las grandes noticias no tienen porqué ser buenas. Ésta en concreto es una muy, muy mala noticia.

Feria de Abril en el Prado de San SebastiánSeñores ecologistas y vecinos de Diego de Riaño: les recuerdo que el Prado de San Sebastián no es ni mucho menos un parque integrado en la ciudad, como ustedes lo quieren pintar. Se trata de un espacio público -es decir, de todos, no sólo de estos pudientes vecinos- en pleno centro de la ciudad que ha tenido muchos usos a lo largo de la historia. Fue desde su inicio el lugar donde se celebraba la Feria de Abril de Sevilla, cosa que muchos de los vecinos de la zona aún podrán recordar. Luego fue trasladada su actual emplazamiento, donde se convirtió en el monstruo gigantesco que ahora es para delicia o espanto de los vecinos de Los Remedios, según se mire.

Después del traslado de la Feria, y durante muchos, muchos años, el Prado de San Sebastián fue un descampado de tierra, lugar idóneo para aparcar el coche cuando uno iba al centro, para montar en los años 80 y 90 los conciertos de Cita en Sevilla, para celebrar mítines políticos en todas las campañas electorales de la época, como parada de autobuses o para meterle mano a la novia discretamente en las noches de verano. No hace falta ser demasiado viejo para recordar cómo era el Prado hace algunos años, hasta que algún político listillo decidió que se podía sacar un dinerito de aquel solar, y montó un aparcamiento de pago.

Al final, y con una subvención de la Unión Europea -sin la cual el Prado seguiría siendo una llanura más estéril que el desierto de Gobi- se construyó el actual parque, hará cosa de doce años, más o menos. DOCE AÑOS, señores. No estamos hablando de que la construcción de la biblioteca vaya a derribar los Jardines de Murillo o los del Alcázar, sino un parque construido hace sólo unos añitos. Y por cierto, no estamos hablando de que la biblioteca se vaya a comer el parque entero, sino escasamente una cuarta parte del terreno del mismo.

También están los que dicen que no es la ubicación adecuada, que existen alternativas, que hay otros terrenos… Bien, supongo que se lo habran pensado para decir esas cosas, pero si tenemos en cuenta que los terrenos del Prado son los más cercanos al histórico edificio de la Universidad de Sevilla, y si consideramos que este nuevo edificio será utilizado principalmente por estudiantes que asisten a la misma (además de los que estudian en las facultades de la cercana calle Ramón y Cajal), no creo que se pueda elegir una ubicación mejor que ésta para situar la biblioteca. Algunas voces piden que la biblioteca se construya en los terrenos de los Gordales, o en la Cartuja, pero seguramente no estén pensando en los problemas de transporte que eso significará para sus futuros usuarios.

No, seguramente los que claman tanto contra la biblioteca universitaria estén más preocupados porque los acaudalados vecinos  de la calle Diego de Riaño puedan bajar a sus mascotas con pedigrí al parque para que hagan sus necesidades sin la molestia de tener que rodear tan inconveniente edificio. Eso por no hablar de la indeseable presencia de estudiantes por las aceras de su calle. ¡Pobres vecinos! Si llegara a construirse semejante engendro urbanístico, sólo dispondrían del Parque de María Luisa para su esparcimiento, y eso recorriendo la tremenda distancia de doscientos metros. Sus mascotas regresarían a casa asfixiadas por el largo paseo. Sería un agravio comparativo insoportable respecto del resto de los sevillanos, todos los cuales disfrutan de parques emblemáticos a pocos metros de sus casas…

Pues les voy a decir una cosa, para que les quede claro: Si el ayuntamiento decidiera utilizar el parque más cercano a mi casa para construir una biblioteca pueden estar seguros de que iría al siguiente pleno para hacerles la ola en señal de agradecimiento. La educación en España, y más concretamente en Sevilla, no está como para ponerle palos en las ruedas, que es justamente lo que ustedes, señores vecinos, acaban de hacer. Se quejan de una supuesta tropelía urbanística sobre un espacio público, pero el derribo de la biblioteca supondría una tropelía aún mayor sobre un importantísimo proyecto también realizado con dinero público y cuyos beneficiarios somos todos los ciudadanos. Ustedes son un impedimento al progreso de nuestra ciudad, porque quieren una Sevilla costumbrista, pintoresca y analfabeta. Le han hecho un flaco favor a nuestra ciudad y a la difusión de la cultura, y todo con la administración de justicia de su parte, administración de justicia que, por cierto, se distingue por tomar las decisiones más estrambóticas y alejadas del sentido común.

En fin, ya estamos acostumbrados; por lo menos podremos seguir diciendo aquello de: “esto es Sevilla”.

El proyecto Ceibal

En el último Debate sobre el Estado de la Nación, el presidente del gobierno José Luis Rodríguez Zapatero ha propuesto la entrega a un ordenador portátil a cada alumno de los colegios públicos y concertados, comenzando el próximo mes de septiembre con los de quinto de primaria. La promesa se enmarca dentro del proyecto Escuela 2.0, que pretende modernizar el sistema educativo.

Está bien eso de modernizar la educación, especialmente porque nuestro país arrastra un considerable retraso en materia educativa respecto a los países de su entorno por razones que, aunque no vengan al caso, tienen mucho que ver con la estúpida disputa entre partidos políticos, con reformas educativas de mierda -con perdón- que nunca han contado con el consenso de la comunidad educativa, y con la lamentable situación social y laboral del colectivo de docentes, muchos de ellos adocenados en un mero funcionariado impersonal cuando deberían ser para nuestros hijos los profetas del conocimiento y contar con la reverencia de una sociedad agradecida.

Por eso hoy, al encontrar esta entrada en el blog de Jordi Adell, siento envidia, frustración e indignación por vivir en un país incapaz de dar a la educación el papel que merece en las vidas de los jóvenes como hacen algunos países como Uruguay que, con una renta per cápita muy inferior a la española, saben consensuar las inversiones en educación para crear proyectos tan ilusionantes como CEIBAL (Conectividad Educativa de Informática Básica para el Aprendizaje en Línea). ¡Ojalá el plan del presidente Zapatero se parezca en algo a Ceibal!

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Documental Plan Ceibal from Damian Montans on Vimeo.

¡Esto es un sindiós! (XII): La educación en España

Que la Educación en España es un sindiós es algo que pocos querrán negar. No voy a entrar en los motivos que hacen que, para algunos, la educación que impartimos a nuestros hijos sea de las mejores del mundo, ya que opiniones hay para todos los gustos, y siempre habrá quien saque conclusiones positivas hasta del desastre más desolador. Yo voy a centrarme en los aspectos que convierten a la educación española en un sindiós, generalizando mucho y obviando las cosas positivas (que estoy seguro de que las tiene). No traten de verse reflejados de forma individual en esta entrada y contemplen a la educación como un todo, a nivel nacional.

  • Diecisiete autonomías; diecisiete educaciones – Todo eso de la diversidad cultural está muy bien, y de hecho estoy muy de acuerdo en que se enseñe bajo el prisma de esa diversidad, pero por lo menos podrían respetarse unas materias básicas comunes, como la Lengua Española, la Geografía y la Historia. Digo esto, en primer lugar, para que un niño de, digamos, Bermeo, pueda comunicarse con normalidad con otro de Úbeda y, es más, que el niño de Bermeo sepa dónde está Jaén, por si quiere hacer un día turismo. Y al contrario, claro. No quiero ser mal pensado en este aspecto, pero diría que hay una voluntad política de que esto no sea así; de que es mejor para algunos políticos mantener la ignorancia ciudadana respecto a otras comunidades de España para desunir a la gente desde pequeñitos. Para no parecer “españolista” en mi razonamiento, pongo el ejemplo contrario: En Madrid o Valencia, los niños no podrán estudiar con normalidad la asignatura de Educación para la Ciudadanía, una materia diría yo que esencial para que esta sociedad pase de ser una amalgama de individualidades e individualismos sin ética colectiva alguna, a un grupo cohesionado de ciudadanos que, independientemente de sus credos o ideologías, sepan respetar a los demás haciéndose respetar a sí mismos al tiempo. En Madrid, la señora Aguirre ha decidido convertirla en una especie de “voluntariado de la srta. Pepis”, mientras en Valencia, el otro paladín del centrismo pepero, Francisco Camps, quiere que se imparta en inglés (con la declarada intención de que los niños no se enteren de qué coño están estudiando). El caso de la Educación para la Ciudadanía es el paradigma del uso de la educación como arma política, de lo que hablaré más adelante.
  • “La culpa es tuya” – Como padre, he tenido la oportunidad de participar en una asociación de padres (asociaciones a las que, en un alarde de histeria de corrección política lingüística se le ha dado en llamar “AMPAS”, por lo de “madres y padres”… ¡pffff!) así como en el consejo escolar de un colegio. Eso me ha dado una visión bastante pesimista del funcionamiento de la educación, a la que comparo con un autobús antiguo, mil veces reparado con piezas que no encajan, cuyos mecánicos no están preparados para encontrar el origen de las averías y se conforman con poner un parche tras otro, mientras el dueño del vehículo se gasta el dinero en poner elevalunas eléctricos para cada asiento, mientras escatima el gasoil necesario para que el autobús circule, repleto hasta los topes de gente que, en realidad, no quiere ir por la ruta que les lleva el autobús. Perdón por la tonta analogía. Lo cierto es que en la educación son muchas las cosas que funcionan mal. Como padre, me pondré entre los primeros:
  1. Padres desinteresados por la educación de sus hijos. Los que ahora somos padres nos educamos en una época en la que el éxito o el fracaso social se podía medir por la educación que recibías. Nuestros padres (en mi caso, al menos) nos aseguraban que, o hincábamos los codos, o terminaríamos con suerte recogiendo basura por la calle. Sin embargo, a medida que crecíamos pudimos ver cómo la sociedad cambiaba sin previo aviso. La gran mayoría de los compañeros que estudiaron conmigo y terminaron sus carreras universitarias languidecen refugiados en sus negocios familiares, sin haber tenido nunca la oportunidad de ejercer la profesión que su titulación acredita, tan duramente obtenida tras largos años de estudio y sacrificio. Hoy el éxito social se mide en dinero, y por poco que hayas estudiado, puedes hacerte rico si eres lo suficientemente avispado como para arrimarte al dinero. Un fontanero o un encofrador en Madrid gana mucho más dinero que un profesor de instituto o un informático, por ejemplo. En mi pueblo, los licenciados viajan en autobús a sus precarios empleos, mientras los agricultores lo hacen en grandes todo terrenos de muchos millones de las antiguas pesetas hacia sus subvencionadas explotaciones. Perdida la perspectiva de lo importante que es la educación, algunos padres (muchos, depende del lugar; en el entorno rural es una verdadera lacra) prefieren asegurar el futuro de sus hijos procurándoles un empleo “seguro”, para el que no necesitan más preparación que la mínima. Si a eso sumamos padres urbanos con trabajos-basura y horarios imposibles, parejas obligadas económicamente a que trabajen ambos, en turnos partidos de mañana y tarde que sólo ven a sus hijos a la hora de la cena, tenemos a un importante segmento de la población infantil que no ve a sus padres más que esporádicamente, criados por sus abuelos en el mejor de los casos, y supervivientes en casas “abandonadas” en un importante porcentaje. Deshecha la familia en aras de la productividad y el beneficio empresarial, ¿Cómo se educará la generación que ahora estudia Primaria? ¿Cómo va a intentar educar un padre a sus hijos después de una jornada laboral de ocho horas que en realidad es de doce? Y la tendencia es a empeorar esta situación, porque los sucesivos gobiernos neoconservadores tienden a permitir horarios libres en el comercio, lo que a la postre se convierte en horarios laborales encubiertos más prolongados.
  2. Profesores desmotivados. Vamos a ver, porque aquí seguro que aparece alguien comentando mi cicatería y mis tergiversaciones. Trataré de ser concreto: No todos los profesores son unos pasotas, cuyo único objetivo es cumplir su horario y cobrar a fin de mes; ni siquiera la mayoría lo son, pero tampoco hace falta que lo sean. A estadísticas reales me remito, de esas que en los consejos escolares de fin de curso hacen que no te llegue la camisa al cuerpo: Si en una clase de treinta alumnos de segundo de Primaria, quince de ellos tienen que repetir curso porque no han alcanzado los objetivos mínimos para pasar de curso, está claro que deben despedir al profesor. No hay otra. Por muy dejados que sean los padres; por muy perros que sean los críos, ¡No se puede hacer repetir a media clase de segundo, hombre! Hay un error fundamental de concepto incluso en el nombre de la Educación. No. A los niños los educan sus padres en su casa (si es que pueden, véase punto anterior), y al colegio van para adquirir conocimientos. Si un niño no consigue adquirir los conocimientos exigidos por los objetivos del curso, puede ser un problema puntual de un niño, de dos… pero si media clase no consigue alcanzar estos objetivos, la culpa es del profesor. Esto vale para segundo de Primaria, pero también para cualquier otro nivel educativo. Para enseñar, hay que saber motivar, y sobre todo, hay que tener ganas de enseñar. El profesorado no es un cuerpo de funcionarios cualquiera, porque requiere una vocación, y vamos a dejarnos de paños calientes: ¿Cuántos profesores tienen una auténtica vocación de enseñantes? Sumemos este punto con el anterior, y conseguimos la tasa de fracaso escolar más alta de Europa y, lo que es peor, una nueva sociedad de borregos sin formación.
  3. Administraciones en la “realidad virtual”. Estos son “los del dinero”. La educación es para muchos políticos una mala inversión. Según ellos, una sociedad formada en el estudio es una sociedad protestona, de gente que conoce sus derechos y sabe exigirlos. Todo lo contrario a la masa aborregada de trabajadores sin cualificación cuyos idearios los políticos consideran, por simplistas  e irreales, totalmente inocuos e inofensivos para sus carreras. Nada más lejos de la realidad. La ignorancia es la madre de los extremismos, y una sociedad de ignorantes siempre será un animal de reacciones imprevisibles. Los mayores males de este siglo y el pasado han sido (y están siendo) provocados por la utilización de la ignorancia popular por extremismos populistas. Al parecer, la mal llamada “clase política” no tiene muy claro este punto. Estos son los que, en mi analogía anterior, dan el dinero para ponerle los elevalunas eléctricos a cada asiento mientras ignoran que lo que necesita el autobús para circular es gasoil. En el mundo real, esto se traduce en que otorgan subvenciones y fondos para todo tipo de tonterías, mientras dejan caerse colegios de puro viejo, escatiman el material imprescindible o andan regateando con el sueldo de los profesores. No importa el color político; la administración educativa es un desastre allá donde estemos, con un sistema burocrático monstruoso que se come gran parte de los recursos que se le asignan en los presupuestos.
  • La educación como arma política – En el despiadado juego político, todo vale. Unos y otros partidos se arrojan a la cara temas como el terrorismo, la economía, la corrupción… la educación no iba a ser menos. Lejos de ser tratada como un tema de estado (que lo es), cada gobierno, local, autonómico o central, hace de su capa un sayo con ella, al igual que las respectivas oposiciones. Reforma tras reforma, han conseguido reducir el sistema educativo al absurdo, aumentando, en lugar de reducir, el fracaso escolar, desmotivando a todos los que formamos parte de la maquinaria educativa (padres, profesores, alumnos…). Para colmo, los simpatizantes de uno u otro partido (entre los cuales me incluyo) jaleamos a nuestros “simpatizados” para que hagan valer nuestro particular concepto de la educación. Mal. Es hora ya, y además corre prisa, de que haya un pacto de estado por la educación donde se articule un sistema cuyo objetivo sea reducir el fracaso escolar a toda costa. Todo lo que sea retrasar esta iniciativa supone un daño irreparable para nuestros hijos y para el país que tendrán que conformar cuando maduren.

Podría seguir hasta hartarme, pero me imagino que si alguien ha llegado leyendo hasta aquí, debe estar tan agotado y deprimido como yo, así que si acaso, ya sigo otro día hablando de este sindiós que es la Educación en España.