El otro día me encontré con el cartel que podéis ver en la imagen contigua, y su exótico título me impulsó a fotografiarlo con la sana intención de chotearme en Twitter por semejante metedura lingüística de pata; lo que en argot internauta se podría considerar como un owned de libro.
Estoy seguro de que lo que pretendían los -mejor intencionados que informados- responsables de la susodicha campaña era, en realidad, reducir la tasa de analfabetismo entre los adultos de la población rural, especialmente entre los mayores, que nunca tuvieron la oportunidad de recibir una educación medianamente decente. Por otro lado, y después de un rato dándole vueltas al asunto, llegué a la conclusión de que mezclar analfabetismo y alfabetización es más fácil de lo que parece, así que no me parece ético hacer demasiada leña de este árbol caído. Otra cosa es que uno deba leer lo que escribe -e incluso consultarlo con algún amiguete más ducho en el uso de la lengua española- antes de sacar un montón de copias a color y pegarlas por el pueblo, porque un fallo como éste, tratándose de un programa contra el analfabetismo nos puede llevar de la gloria al ridículo en cuestión de segundos.
Pero lo que de verdad me movió a escribir esta entrada fue una reflexión a posteriori sobre la necesidad de elaborar programas contra la analfabetización, porque mucho me temo que, aun siendo un término incorrecto, que no aparece en el diccionario de la Real Academia, la analfabetización es un fenómeno que se produce realmente en nuestra sociedad, con unos resultados demoledores para al menos tres generaciones de españoles.
En primer lugar habría que definir el nuevo término, la palabra: analfabetización. Yo me inventaré aquí que analfabetización es el “efecto de sustraer el alfabeto a una persona o grupo de personas que previamente gozaban del uso del mismo”. Dicho de otro modo: convertir en analfabetos a los que antes no lo eran.
Sobre la base de este palabro inventado, soy de la opinión de que, en la actualidad, la sociedad está organizada de tal forma que trata de someter al ciudadano medio a un estado de idiotismo inducido, utilizando para ello los más avanzados medios audiovisuales y tecnológicos, ahora al alcance de cualquier bolsillo. La analfabetización es un proceso largo y sostenido que nos lleva desde nuestra infancia hasta la vejez, y que puede imponerse a cualquier sistema educativo, por bueno que este sea, a menos que la persona que sufre el proceso lo combata con una abundante dosis de fuerza de voluntad.
La analfabetización ha conseguido en pocos años, por ejemplo, convertir al usuario de un ordenador, autodidacta, que leía manuales en inglés, que escribía sus propios programas y al que incluso le sonaba la expresión “código máquina”, en un simple usuario desorientado, casi siempre sin nociones básicas de informática, que se ve asaltado por sistemas operativos hostiles, de funcionamiento oscuro, artero y tortuoso, agredido por licencias de programas ilegibles e ininteligibles, abrumado por agresivos powerpoints, por correos electrónicos de vendendores de Viagra, cuando no por gusanos, virus, malwares y todo tipo de fauna virtual. Para muchos de estos usuarios, sin embargo, todo esto casi no importa, porque con leer unos correos, ver unas páginas web y chatear por Messenger tienen suficiente. El hecho de que una parte de su ordenador y de su ancho de banda en la red pertenezcan en realidad a unos desconocidos que se lo roban y usan para sus propios fines es algo que no les preocupa en absoluto.
Pero la analfabetización va mucho más allá, comenzando por un sistema educativo donde lo que importa es asistir a clase hasta los dieciséis años, conseguido lo cual el Estado considera que has obtenido una educación secundaria. La ley te obliga como ciudadano a recibir esa educación, al Estado a procurártela y a tus padres a facilitarte el acceso y la asistencia a la misma. El efecto perverso de este sistema es que las aulas españolas están llenas de gente que, en realidad, no quiere estar allí, y que asiste de mala gana a clase, molestando a los que sí que quieren adquirir los conocimientos que allí se imparten. En realidad, el sistema educativo no merece tal nombre, porque los niños deberían llegar a los colegios educados de casa, mientras en los centros educativos deberían limitarse a impartir conocimientos y cultura. Para detener la analfabetización de los jóvenes que quieren progresar en sus estudios, habría que sacar de las aulas a todos aquellos que no tengan el más mínimo interés por educarse. Esto contribuiría, por una parte, a revalorizar la educación secundaria, mejorando sus resultados, y por otra, a aumentar la mano de obra no cualificada, que ya averiguaremos en otro momento para qué iba a servir. El Estado debería garantizar una oferta educativa gratuíta y de calidad, pero sólo para aquellos que quieran recibirla. Obligar a los que no quieren a pasar por la educación secundaria no les convertirá por arte de magia en preuniversitarios, por mucho que los políticos se empeñen en ello. De hecho, parece que nos están enseñando desde pequeñitos que lo importante de un trabajo es llegar al puesto y calentar la silla hasta la hora de salir; una lección muy mala que repercute en la futura productividad de los trabajadores.
Y luego está la televisión, la punta de lanza de la analfabetización a nivel mundial. La pequeña pantalla que unía a las familias (e incluso vecindarios de calles enteras) en los años sesenta y setenta ha dado paso a pantallas gigantescas, TDT, full HD, HDMI, USB, Firewire, LCD, LED… casi un siglo de tecnología al servicio de la comunicación de masas, y todo ello para que Belén Estéban nos enseñe su particular concepto de la Edad Media, para que los informativos nos traigan a casa lo peor de lo que pase en el mundo (y en este punto me voy a ahorrar enlaces escabrosos), y nos ponga sobre la mesa del almuerzo las vísceras a todo color de las incontables víctimas de este tiempo y sus azares. Una televisión, en definitiva, que aunque pagada en gran parte con los impuestos de los ciudadanos, o como concesiones administrativas a empresas privadas de un espacio radiológico que nos pertenece a todos, se dedica más que nada a embrutecer a la masa, a hacernos mala sangre o a acojonarnos con nuevas y terroríficas enfermedades, amenazas terroristas o catástrofes medioambientales inminentes.
Tal vez lo peor de todo el asunto es que el individuo “analfabetizado” es una persona orgullosa de su condición, para quien leer los titulares del Marca es todo un ejercicio intelectual, y para quien el “mundo de la cultura” está formado por cantantes de moda y actores de cine subvencionados. ¿Cómo dice? ¿Que se han muerto Ayala y Delibes? ¿Y esos de qué equipo de fútbol eran?
Por todo lo anterior, animo a cualquier lector que haya llegado a este punto de la entrada -después de felicitarle por soportar mi diatriba- a proponer soluciones para combatir la analfabetización. Cualesquiera que sean, bienvenidas serán.







