Efemérides: De repente, una estrella

Las noches de la antigüedad, al contrario que hoy, estaban dominadas por el omnipresente cielo estrellado; un cielo estrellado que la luz eléctrica y el alumbrado público ha borrado de los cielos para el hombre urbano, más preocupado por el ocio nocturno y sus avatares diurnos que por los fenómenos celestes.

Sin embargo, no hace tanto tiempo, la llegada de la noche suponía un espectáculo del que no era fácil sustraerse, un espectáculo de miles de estrellas y planetas que parecían responder a leyes inmutables y -hasta hace bien poco- desconocidas. Por eso, cualquier alteración de ese orden celeste era motivo de interesada observación e incluso de preocupación social. Un acontecimiento imprevisto en el cielo podía significar que fuerzas titánicas desconocidas pronto se dejarían notar en la superficie del mundo, trastornando las vidas de la gente. Así, cometas, estrellas fugaces o meteoritos se convirtieron en heraldos del desastre, y fueron vistos como signos de mal agüero incluso entrado el siglo XX en el “civilizado” Occidente.

Viñeta alusiva al paso del cometa Halley en 1910, donde se anunciaba el fin del mundo debido al envenenamiento de la atmósfera terrestre por los vapores venenosos del cometa.

Y si esto era así en 1910, imaginen cómo debió ser aquella madrugada del 5 de julio de 1054, cuando por todo el hemisferio norte pudo observarse de repente una brillante estrella donde antes no había nada. Los astrónomos de los grandes imperios chino y japonés dejaron inmediatamente constancia escrita de la aparición de esta “estrella invitada”, y de cómo durante el siguiente año fue desapareciendo gradualmente. También en el otro extremo del mundo los indios anasazi de Norteamérica, en un estadio cultural totalmente diferente aunque profundamente interesados por los fenómenos celestes, dejaron impreso en las rocas de su entorno tan extraño acontecimiento.

Petroglifos de la cultura anasazi que supuestamente hacen referencia a la aparición de la supernova de 1054. Imagen: Wikimedia Commons.

Curiosamente, en una Europa más preocupada por sus problemas políticos y religiosos, en plena Edad Media, la aparición de esta nueva estrella no mereció ninguna reseña en las crónicas. Aquel 1054 fue un año muy duro para Occidente, en el que finalmente se rompió la unidad entre las iglesias de Oriente y Occidente en el Gran Cisma. Mientras tanto, los reyes cristianos en la Península Ibérica luchaban entre sí por los terrenos ganados a los reinos musulmanes tras la desintegración del Califato de Córdoba.

Pero el evento cósmico en sí no se produjo en aquel lejano año de 1054, sino mucho antes. La estrella que explotó en supernova, incrementando su brillo y haciéndose visible desde casi cada rincón de la Vía Láctea se encuentra a unos 6.500 años-luz de distancia de nosotros, de manera que la luz tardó todo ese tiempo en llegar hasta la Tierra. Cuando la supernova SN 1054 explotó, el hombre aún averiguaba cómo cultivar los primeros vegetales y cómo amaestrar a los primeros animales para asegurarse la manutención. El evento que provocó la supernova es mucho más antiguo que la historia escrita del hombre, y su reflejo en el cielo, la espectacular Nebulosa del Cangrejo, seguirá siendo visible durante miles de años más.

Nebulosa del Cangrejo fotografiada por el telescopio espacial Hubble. Imagen: Wikimedia Commons.

La Nebulosa del Cangrejo es el objeto celeste más estudiado fuera de nuestro sistema solar. La precisión en la datación de la supernova de 1054 permitió a los astrónomos conocer más a fondo la dinámica de este tipo de acontecimientos estelares. En el interior de esta colorida nube se encuentra aún lo que un día fue la estrella que explotó, convertida en un púlsar: un cuerpo supermasivo de pequeño tamaño, también conocido como “estrella de neutrones”, que gira sobre sí mismo treinta veces por segundo. Su existencia fue descubierta en 1969, y fue la primera vez que pudo relacionarse este tipo de estrellas con los restos de antiguas explosiones estelares.

The Wall

Tal día como hoy, 30 de noviembre, en 1979, se publicaba en Londres el álbum “The Wall”, de Pink Floyd. Pocos podrán dejar de reconocer la importancia que este disco ha tenido en la evolución de la música rock desde el momento de su aparición hasta la actualidad.

El genocidio filipino

Hasta las más rancias democracias tienen en sus sótanos trastos olvidados que nadie quiere recordar. Es necesario dejar esos oscuros episodios de la historia guardados en el rincón oscuro porque en caso contrario sería mucho más difícil llenarse la boca de expresiones como «derechos humanos» a la hora de echar en cara a terceros países sus prácticas poco éticas para con sus ciudadanos.

Y ése es el caso del genocidio filipino.

Corrían los últimos años del siglo XIX cuando los Estados Unidos de América decidieron meterse de lleno en el negocio del colonialismo por el expeditivo procedimiento de arrebatar a una decadente España lo poco que quedaba de aquel imperio donde nunca se ponía el sol. Tras declararle la guerra en 1898, los Estados Unidos expulsaban a España de Cuba y Filipinas con la ayuda de la insurgencia indígena y criolla, deseosa de obtener la libertad prometida por el «hermano americano» después de echar a los españoles.

Pero muy pronto se demostró que hacer tratos con los Estados Unidos significaba poco menos que vender el alma al Diablo: al finalizar la guerra hispano-estadounidense, el presidente McKinley y sus secuaces decidieron que los territorios «liberados» debían pasar a formar parte del nuevo imperio colonial norteamericano. Cuba, que en virtud del Tratado de París debía ser un estado independiente, terminó con un gobierno títere y con la obligación de ceder a los Estados Unidos la base naval de Guantánamo. Otros territorios «liberados» no tuvieron tanta suerte: Puerto Rico, Guam y Filipinas se convirtieron en colonias estadounidenses.

Pero esta solución no fue ni mucho menos del agrado de los independentistas filipinos, quienes habían luchado contra los españoles durante medio siglo para ahora caer en manos de unos nuevos dueños. Cuando los filipinos instauraron un gobierno propio, la nueva potencia colonial persiguió sin piedad al movimiento independentista, dando inicio a la llamada Guerra Filipino-Estadounidense.

«Kill everyone over ten» (Maten a todos los mayores de diez años). Grabado del diario The Evening Journal mostrando el fusilamiento de unos niños según la orden del general Jacob Smith. Origen: Wikimedia Commons.

Lo que pasó después ha sido varias veces revisado por los historiadores, desde los que lo consideraron una rebelión filipina, pasando por quienes reconocen que el conflicto fue una guerra en toda regla, hasta los que, en base a los resultados del conflicto, llaman a estos sucesos el «genocidio filipino». En efecto, los norteamericanos aplastaron sin contemplaciones el levantamiento filipino, pero de camino se llevaron por delante a un millón de civiles filipinos, masacrados de numerosas formas a cual más cruel. En uno de los más vergonzosos episodios de esta sangrienta represión, el general Jacob Smith llegó a ordenar la ejecución de cualquier filipino mayor de diez años.

Las masacres indiscriminadas de filipinos se prolongaron hasta 1913. Después, el país siguió siendo de facto una colonia de los Estados Unidos hasta que se reconoció su independencia en 1946, tras la Segunda Guerra Mundial. Si se me permite dar mi humilde opinión, los filipinos salieron de Málaga y se fueron a Malagón.

Tal día como hoy, el 5 de mayo de 1902, las primeras denuncias públicas del genocidio filipino llegaban a las páginas de los diarios estadounidenses; denuncias como la que ilustra esta entrada.

Efemérides: Urano

En enero de 1986 yo iba al instituto en Barcelona. Estudiaba todavía el BUP de ciencias puras, aunque en honor a la verdad, decir “iba al instituto” y “estudiaba” no son más que eufemismos para ocultar la cruda realidad. ;-)

Esquema de los componentes de la sonda espacial Voyager 2. Imagen: Wikimedia Commons

Pero sí que me interesaban realmente las ciencias, y en aquella época, la punta de lanza de los descubrimientos científicos era un pequeño montón de piezas metálicas y componentes electrónicos que viajaba por el espacio desde hacía casi diez años y que en los inicios de 1986 se acercaba a un planeta prácticamente desconocido. Aquel montón de hierros espaciales era la sonda Voyager 2, y el desconocido planeta era Urano.

Voyager 2 sobrevoló Urano aquel enero de 1986 y el día 24 tuvo su máxima aproximación al planeta. Era una aproximación cuidadosamente calculada para lanzar la nave a una nueva trayectoria interplanetaria que la pondría rumbo a Neptuno, último destino de su viaje al que llegaría en 1989. En Urano, la Voyager 2 descubrió diez nuevas lunas del helado gigante, y recogió datos sobre su atmósfera y su clima. Urano gira con una enorme inclinación respecto al plano de su órbita (97,77º), algo insólito dentro de la familia de planetas que orbitan alrededor del Sol.

El planeta Urano fotografiado por la sonda Voyager 2. Su atmósfera de hidrógeno, helio y metano congelada a -242º C es de un color azulado uniforme.

Debo reconocer, con un puntito de nostalgia, que esperaba ansiosamente el momento de correr hasta el kiosko para comprar el ejemplar del Muy Interesante con las últimas imágenes de la sonda espacial Voyager 2. En aquellos tiempos, por supuesto, nada de Internet, ni de televisión vía satélite; ni siquiera cadenas privadas de televisión. Todo lo que teníamos a nuestro alcance eran las dos cadenas públicas nacionales y una bisoña TV3 cuyo mayor empeño parecía demostrar que John Waine también podía hablar en catalán.

Así que aquellas fotografías nunca antes vistas junto a los nuevos datos sobre la composición del planeta y sus recién descubiertas lunas eran un auténtico tesoro para los aficionados a la astronomía, y el origen de las mismas, aquella pequeña nave espacial con sus obsoletos ordenadores, un alarde de tecnología que ponía un hasta entonces desconocido sistema solar al alcance de nuestros ojos.

Fotografía de la luna de Urano Oberon tomada por la Voyager 2. Imagen: Wikimedia Commons.

Hoy, treinta y cinco años después de su lanzamiento, la sonda Voyager 2 aún sigue transmitiendo valiosos datos desde lo que los científicos consideran que es ya el exterior del sistema solar, más allá de la influencia del Sol, y se espera que continúe funcionando al menos durante otros dieciocho años. Su longevidad se debe a un reactor de plutonio cuya radiactividad genera la electricidad suficiente para alimentar los circuitos de la nave, pero sobre todo se debe a la pericia de los ingenieros del Jet Propulsion Laboratory de Pasadena que diseñaron la nave y cuidan con mimo cada uno de sus elementos para prolongar su vida lo más posible.

Efemérides: Domingo Sangriento

Es posible que la monarquía rusa se jugara su futuro y lo perdiera en un solo día, aquel 22 de enero de 1905.

El Gran Duque Vladimir Alexandrovich, responsable de la matanza del Domingo Sangriento en San Petersburgo. Origen: Wikimedia Commons.

Casualmente, ese día también era domingo, y casi un cuarto de millón de trabajadores aprovecharon el día libre para ir al Palacio de Invierno de San Petersburgo a pedir al Zar de todas las rusias unas mejores condiciones laborales y que les aliviara un poco las insoportables condiciones a las que se veía abocada la clase obrera.

Pero ese día el Zar Nicolás II no se encontraba en casa, y la persona al cargo era el Gran Duque Vladímir Aleksándrovich, que a pesar de las intenciones pacíficas de los manifestantes, decidió mostrarles quién mandaba allí por el expeditivo procedimiento de hacer que la guardia imperial disparara contra la masa de gente.

La guardia imperial dispara contra los manifestantes frente al Palacio de Invierno. Obra de Iván Vladimiriv. Origen: Wikimedia Commons

El resultado fue el que cabía esperar de una orden como esa: una masacre de más de mil muertos y miles de heridos que dejaba bien a las claras que en la Rusia de los zares protestar se pagaba con la muerte. Lejos de amilanarse, los trabajadores rusos radicalizaron sus reivindicaciones, y la matanza del Domingo Sangriento contribuyó en gran medida a destruir la credibilidad de la monarquía.

Cuando Nicolás II quiso reaccionar y convertir el régimen político en una monarquía parlamentaria ya era demasiado tarde: años de abusos y crímenes contra el pueblo habían abonado el terreno para que en 1917 los bolcheviques tomaran el poder y acabaran con la dinastía de los Romanov dando origen en 1922 a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Batallas de la Edad Media (III): Guadalete

A principios del siglo VIII, el poder musulmán que emanaba del califato Omeya de Damasco se extendía desde las orillas del río Indo hasta las costas atlánticas de África. Se trataba de una fuerza irresistible, unida por una fe inquebrantable, que únicamente se había estrellado al toparse con los inexpugnables muros de Constantinopla. De no haberse encontrado allí el aún fuerte y rico Imperio bizantino impidiendo la expansión árabe hacia una Europa occidental descompuesta y en estado de barbarie, puede que hoy todos habláramos árabe en Europa.

A miles de kilómetros de Damasco, en el reino visigodo de Hispania, estaban produciéndose unos sucesos que iban a cambiar para siempre nuestra historia. El reino visigodo estaba en franca decadencia, enfrentado a las seculares luchas intestinas entre sus nobles y a la desafección de la población civil, harta de las guerras civiles y de las hambrunas recurrentes. La última de estas guerras civiles enfrentaba al rey Rodrigo con los hijos del fallecido rey Witiza, presumiblemente asesinado por el primero. Es un hecho notable que muchos de los reyes godos tuvieron un final bastante violento, y la nobleza visigoda tenía la sana intención de continuar su macabra tradición de acabar con los reinados incómodos por las bravas.

En esas estaban cuando los hijos del rey Witiza pidieron ayuda en su lucha contra Rodrigo al gobernador árabe del norte de África Musa ibn Nusair. en principio se trataba de enviar ayuda militar para deponer a Rodrigo, pero Musa pensó que podría sacar mucho más provecho de las disputas visigodas. El gobernador Musa encargó a su lugarteniente Táriq ibn Ziyad una campaña en Hispania, y éste a su vez ordenó a su comandante Tarif Abu Zara que encabezara una fuerza expedicionaria. En 710, los árabes ponían por primera vez los pies sobre la Península Ibérica cerca de la localidad de Tarifa, que aún lleva el nombre del famoso comandante árabe.

Tras un reconocimiento del terreno, Tarif constató que la resistencia era escasa o nula, y que las condiciones eran inmejorables para enviar a una fuerza mayor; una verdadera fuerza de conquista. Al año siguiente, entre siete mil y nueve mil soldados musulmanes (la mayoría de ellos tropas bereberes al mando de líderes árabes) desembarcaron en el peñón de Gibraltar (cuyo nombre deriva del caudillo Tariq, y significa «montaña de Tariq»).

La invasión pilló al rey Rodrigo con el carrito de los helados, luchando en el norte contra los siempre díscolos vascones. Las primeras noticias de la invasión tardaron semanas en llegar. Para cuando pudo reunir un ejército de unos 40.000 hombres en Córdoba, los árabes ya habían establecido su cabeza de playa, y el número de tropas invasoras aumentaba a diario. Ambos ejércitos se encontraron a mediados de julio del año 711 cerca del río Guadalete, en la actual provincia de Cádiz. Consumando su traición, los hijos de Witiza, cuyas tropas protegían los flancos visigodos, se retiraron en medio de la batalla, dejando desprotegido al ejército de Rodrigo ante las cargas de la legendaria y temible caballería ligera árabe. En poco tiempo, las únicas fuerzas que el reino visigodo podía oponer al avance musulmán fueron totalmente destruidas, y el rey Rodrigo desapareció, presumiblemente arrastrado por las aguas del Guadalete.

«…ya me come, ya me come, por do más pecado había.»

La literatura épica de los siglos posteriores reflejaron a un Rodrigo vicioso y prepotente, cuyos gravísimos pecados propiciaron la destrucción de su reino y de la cristiandad en España. Poco o nada se critica la traición de los hijos de Witiza, que contribuyeron decisivamente a tan clamorosa derrota. De hecho, Agila y sus hermanos heredaron los restos del reino, que rápidamente iban siendo consumidos por el avance árabe, a pesar de las ridículas demandas visigodas de legitimidad ante los invasores. Los árabes habían venido para quedarse, y los visigodos y sus disputas no eran más que un residuo del pasado.

La batalla de Guadalete cambió para siempre la historia, no sólo de España, sino de Europa. ¿Qué hubiera pasado de haber conseguido el reino visigodo detener el avance musulmán? ¿Hubiera resistido la monarquía visigoda en un país empobrecido y con constantes luchas por el poder entre su nobleza? Es difícil aventurarlo, pero gracias a la derrota visigoda en Guadalete, unos años más tarde, en 732, el avance árabe llegó a tierras francesas, donde Carlos Martel, mayordomo de palacio del reino merovingio de Austrasia, consiguió derrotarles en la batalla de Poitiers, ganándose con ello la reputación de defensor de la cristiandad, y el apoyo político suficiente como para elevar a su descendencia al trono de una Francia unificada y plantar la semilla del futuro Imperio carolingio.

A España le aguardaba un destino bien distinto: integrada dentro del califato Omeya de Damasco, al-Ándalus se convirtió en una provincia más de uno de los imperios más extensos de la historia, y tras el asesinato de los Omeya a manos de los Abbasíes y la fuga de Abderramán I a al-Andalus, pasó a ser uno de los primeros reinos en independizarse del Califato Abasí de Bagdad. Al-Andalus compitió de hecho con Bagdad en progreso y cultura, convirtiéndose su capital, Córdoba, en un referente para el mundo musulmán que incluso hoy en día sigue siendo rememorado con nostalgia.

Fra Mauro

Poco podía imaginar el modesto monje veneciano del siglo XV Fra Mauro cuando elaboró su mapamundi que su nombre iba a dar tanto que hablar a principios de los años 70 del siglo XX. Fra Mauro dedicó años de su vida a recopilar información de los escritores clásicos y de los aventureros navegantes de su tiempo para dibujar el mundo conocido, y lo hizo con tal nivel de detalle que su obra se convirtió en una preciada reliquia histórica. La única copia que queda de aquella obra aún se puede contemplar en la Biblioteca Nazionale Marciana, situada en la Plaza de San Marcos de Venecia.

Su legado fue tan importante que cuando el astrónomo alemán Johann Heinrich von Mädler realizó el primer mapa detallado de la cara visible de la Luna, ya en el sigo XIX, puso el nombre de Fra Mauro a una formación geológica de terrenos elevados situada entre las grandes planicies de los mares Cognitum e Insularum, muy cerca del ecuador y un poco hacia el este de la cara visible nuestro satélite. La obra y el nombre de Fra Mauro serían así homenajeados para siempre en todos los mapas lunares.

Pero, con el correr de los siglos, llegó el momento de poner un pie en la Luna, y tras dos alunizajes exitosos en las amplias llanuras sin «sorpresas», la NASA decidió que ya era hora de investigar en un lugar algo más arriesgado, pero posiblemente mucho más interesante a nivel científico, y ese lugar eran las tierras altas de Fra Mauro. El 11 de Abril de 1970 despegaba desde Cabo Cañaveral el cohete Saturno V que transportaba la misión Apolo XIII, cuya misión era, precisamente, aterrizar en Fra Mauro.

Se trataba de una misión difícil ya que, aunque cerca del ecuador lunar, era necesaria una corrección orbital extra para poner la nave en órbita sobre aquella zona, y eso era incompatible con una trayectoria de «retorno libre» que permitiera a la nave regresar a la Tierra sin ayuda de los motores.

Lo que nadie podía imaginar es que, un error cometido en tierra semanas antes del despegue iba a dar al traste con la misión y a poner en peligro la vida de los tres astronautas en el que ya es el viaje espacial más dramático de la historia. Muchos astronautas han muerto antes y después de aquel viaje, pero ninguno de ellos tuvo al mundo entero en vilo durante días como sucedió con los tripulantes del Apolo XIII, que tuvieron que rodear la Luna, regresar a la Tierra y amerizar en una nave espacial seriamente averiada. Aunque se dice que aquel fracaso fue uno de los éxitos más sonados de la NASA, el siguiente año fue dedicado por completo a investigar el accidente, a pulir los procedimientos de emergencia y a replantear el futuro del programa lunar Apolo, que a partir de ese momento estaba ya condenado debido a su altísimo coste y a los riesgos inherentes a los viajes hacia la Luna.

En todo caso, aún había que lanzar todas las misiones que estaban comprometidas, para las cuales se habían construido carísimos y sofisticados cohetes y módulos espaciales, y entrenado hasta la extenuación a los mejores y más selectos astronautas de la nómina de la NASA. La siguiente misión, Apolo XIV, fue rediseñada para visitar Fra Mauro, el lugar que el Apolo XIII no pudo alcanzar.

Paradojas del destino, el astronauta que debía comandar la misión Apolo XIII era el héroe de la carrera espacial americana Alan Shepard, el primer hombre americano en alcanzar el espacio; sin embargo, un problema de oído le apartó de la misión Apolo XIII y, al solucionar su problema médico, fue nombrado comandante de la siguiente misión Apolo.

Así que, tal día como hoy, 5 de febrero, en 1971, los veteranos astronautas Al Sheppard y Ed Mitchell ponían su pie sobre las alturas de Fra Mauro, cerrando un círculo histórico que un sencillo monje veneciano inició dibujando sobre un pergamino a la luz de una vela.