Coptos

A la persona no familiarizada con la historia que escuche las noticias de estos días sobre disturbios provocados por (o contra) los cristianos coptos en Egipto, le debe sorprender mucho que en un país eminentemente musulmán como éste persista entre un diez y un veinte por ciento de población cristiana. No en vano, Egipto es el país de Nasser, la cuna del panarabismo y el lugar de origen de algunos de los más famosos líderes del extremismo islámico que se dedican a difundir su desquiciado mensaje regado con sangre.

Bien, pues no siempre fueron así las cosas: Egipto, con toda su herencia histórica y su antiguo exotismo, ha formado parte durante siglos del mundo occidental, especialmente tras la conquista del país de los faraones por parte de Alejandro Magno en el siglo IV a.C. Los Ptolomeos, sucesores de Alejandro, introdujeron el mundo griego en Egipto, dejando una impronta que perduraría durante siglos.

Por entonces la población egipcia hablaba la lengua copta, una evolución del egipcio antiguo mezclado con griego, que se escribía con un alfabeto también prestado del griego conocido como demótico. Eran tiempos en los que los edictos y mensajes importantes como la famosa Piedra de Rosetta eran grabados en piedra utilizando los tres alfabetos usados en el país para que todas las comunidades pudieran entenderlos.

Y en esas estaba Egipto en el siglo I, ya convertido en provincia romana, cuando apareció el cristianismo en Palestina. La tradición dice que Egipto fue uno de los primeros países en ser convertido al cristianismo, y nada menos que por el mismísimo San Marcos, presunto autor del evangelio de La Biblia que lleva su nombre. A partir de las primeras congregaciones cristianas en Alejandría, el resto del país adoptó el cristianismo en tan solo medio siglo.

Desde ese momento, Egipto jugó un papel fundamental en la expansión y el modelado de lo que hoy conocemos como cristianismo. Fueron los patriarcas de Alejandría, Alejandro y Atanasio, quienes se opusieron en el Concilio de Nicea de 325 a las posturas del también egipcio Arrio sobre las naturalezas humana y divina de Cristo, dando lugar al credo niceno.

Creo en un solo Señor, Jesucristo,
Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos:
Dios de Dios, Luz de Luz.
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado,
de la misma naturaleza del Padre,
por quien todo fue hecho;

Estas pocas frases han sido motivo de infinitas controversias y luchas dentro de las diferentes iglesias cristianas, especialmente en las iglesias orientales bajo el gobierno del Imperio Bizantino, dando lugar a multitud de cismas y herejías, resultas a veces de la forma más violenta. Tanto es así que la expresión «discusiones bizantinas (pdf)» ha sobrevivido con el significado de «discusión interminable que no conduce a ningún resultado práctico».

Y entre todas estas discusiones, la surgida en 381 en el Primer Concilio de Constantinopla acerca de la prevalencia de las naturalezas divina y humana de Cristo, enfrentó finalmente al patriarca de Constantinopla, Nestorio, con el de Alejandría, Cirilo. Era un enfrentamiento religioso donde la lucha por el poder político entre los patriarcados estaba muy presente, que se resuelve a medias tras varias excomuniones y la retirada de Nestorio a un monasterio. El Papa de Roma (a quien no se le reconocía en Oriente más autoridad que a cualquiera de los otros patriarcas) apoyó las tesis de Cirilo, quien argumentaba que Cristo poseía dos naturalezas separadas e inconfundibles, una divina y otra humana.

Los postulados de Cirilo darían una nueva vuelta de tuerca cuando el abad Eutiques propuso que la naturaleza humana de Cristo era distinta a la del común de los mortales. (nótese a estas alturas lo absurdo y arbitrario de todos estos postulados, todos ellos interpretaciones arriesgadas de los textos evangélicos realizadas por personajes más pendientes de sus disputas por el poder político en el Imperio que por el verdadero sentido de su fe). De las tesis de Eutiques surgiría una nueva doctrina conocida como Monofisismo, que tendría gran aceptación en tierras egipcias.

Tras un nuevo concilio en Éfeso en 449 que aceptó el monofisismo (considerado por la Iglesia de Roma como «el Latrocinio de Éfeso»), y otro en Calcedonia en 451 que no fue reconocido por el patriarcado de Alejandría, celebrado para desdecir al anterior, la iglesia egipcia se separó de la doctrina del resto de patriarcas, formándose lo que hoy se conoce como «Iglesia Copta». Como ya he dicho, la desafección política entre egipcios y bizantinos era palpable, y el cisma fue en gran medida resultado de esta lucha, ajena a las creencias religiosas. La Iglesia egipcia había acumulado un gran poderío tanto humano como económico, hasta el punto de que sus obispos eran coloquialmente conocidos como «los nuevos faraones». Los precursores del ascetismo y el cenobismo (pasos iniciales del monacato) se dieron en Egipto, con figuras de tanta relevancia como Simón el Estilita o San Antonio Abad. Indudablemente, la Iglesia no habría sido lo que es hoy sin la inestimable colaboración de los cristianos egipcios.

Esta separación entre iglesias cristianas y el desapego de los egipcios por los griegos que les gobernaban desde el otro lado del mar hizo que Egipto fuera un terreno abonado para la entrada del Islam a partir del siglo VII, formando desde entonces una parte fundamental del mundo islámico, en la encrucijada entre África y Oriente Medio. A pesar de todo, catorce siglos de predominio musulmán no han sido suficientes para diluir el importante poso dejado por una de las iglesias cristianas más antiguas del mundo.

Y así estamos hoy.

Efemérides: El obelisco de Luxor


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Esta gran explanada, en pleno centro del moderno París monumental, hoy lugar de paso obligado para millones de turistas, se instaló la guillotina durante los años del Terror de la Revolución Francesa para acabar con la vida de miles de franceses. La plaza que fuera en tiempos llamada “de Luis XV”, pasó a convertirse en “Plaza de la Revolución”, y durante aquellos convulsos años fue el escenario de actos públicos multitudinarios, especialmente del ajusticiamiento de Luis XVI y de su esposa María Antonieta. Superados aquellos años del Terror, el gobierno de la I República Francesa la rebautizó como “Plaza de la Concordia“, en un intento de limpiar de la memoria colectiva las atrocidades cometidas en aquel lugar.

Pasado un tiempo, la Revolución pasó a la Historia, como también pasó el reinado de Napoleón Bonaparte. Con el regreso de los borbones, un acontecimiento inesperado iba a dar a la Plaza de la Concordia una nueva relevancia histórica inesperada: El joven Jean François Champollion descifró el lenguaje jeroglífico egipcio gracias a una copia en papel de las inscripciones de la Piedra de Rosetta. Posteriormente, Champollion viajaría a Egipto para descubrir con asombro que la Historia de aquel milenario país se encontraba tallada en las piedras de sus imponentes monumentos. Durante su viaje, el virrey otomano de Egipto, Mehmet Ali, regaló a Francia los dos obeliscos que flanqueaban la entrada al Templo de Luxor.

Aunque Chapollion murió en marzo de 1832, uno de los obeliscos de Luxor emprendió un largo viaje en barco desde su emplazamiento original en Egipto que le llevaría hasta París. Fue el último de los reyes de Francia, Luis Felipe de Orleans, quien decidió su destino final. Fue erigido tal día como hoy, el 25 de octubre de 1836, sobre un pedestal en pleno centro de la Plaza de la Concordia. Allí sigue en la actualidad. En la imagen pueden verse al fondo el Arco de Triunfo y la Torre Eiffel.

A vista de pájaro: La presa de Asuán

El río Nilo cerca de Asuán. Imagen: Wikimedia Commons.

El río Nilo ha recorrido las tierras de Egipto de sur a norte durante millones de años, convirtiendo una estrecha franja del desierto del Sahara en un rico vergel. Gracias a él pudo desarrollarse una de las más ricas civilizaciones de la historia humana, cuyas maravillas aún asombran al prepotente hombre moderno. El secreto del Nilo era su naturaleza salvaje e imprevisible; una naturaleza que podía llevar a Egipto a la abundancia o a la muerte por inanición, y que creó todo un culto religioso alrededor de sus crecidas. El Nilo debía desbordarse anualmente para anegar los campos circundantes, en los cuales crecía el grano que alimentaba al país de los faraones. Cuando la inundación era escasa o demasiado abundante, buena parte de África, Oriente Medio, y llegado el momento, Roma, sufrían las consecuencias en forma de hambrunas, inestabilidad política y guerras.

Y esto fue así durante siglos y siglos. Montones de dinastías faraónicas, los persas, griegos, romanos, bizantinos, árabes, franceses e ingleses conocieron el Egipto de siempre, y exprimieron sus riquezas inagotables, gran parte de las cuales eran otorgadas por el fluir eterno del gran río. A mediados del siglo XX, un nuevo Egipto asomaba a la modernidad tras el paso de sus últimos colonizadores. A la cabeza de ese nuevo Egipto estaba Gamal Abdel Nasser, un líder carismático decidido a unir al depauperado pueblo árabe bajo una misma bandera. Para conseguirlo necesitaba primero modernizar Egipto, equiparándolo en progreso a las potencias europeas que antes fueran metrópolis del país del Nilo.

Nasser contaba para ello con dos recursos económicos inagotables: el Canal de Suez y el río Nilo. Para hacer de Egipto un país moderno necesitaba domesticar al Nilo, dejar de depender de sus caprichosas crecidas construyendo una gran presa que almacenara el agua, controlara el caudal del río y generara la necesaria electricidad para hacer funcionar al país. Para conseguirlo, primero necesitaba hacerse con el control del canal, todavía en manos de los ingleses, para financiar aquella obra pública de envergadura colosal. El 26 de julio de 1956 era nacionalizado el Canal de Suez, y pocos meses más tarde Inglaterra, Francia e Israel atacaron a Egipto en la zona del canal y la península del Sinaí, aunque con un resultado desastroso. Fue una guerra breve, pero para todo el mundo quedó claro que el canal no podría ser controlado en contra de la voluntad de Egipto, que los egipcios podían administrar el tráfico por el canal y que la época de los colonialismos en Oriente Medio había finalizado.

Gamal Nasser y Nikita Kruschev visitan las obras de la presa de Asuán.

Una vez con el control del canal, Nasser se dispuso a emprender la construcción de la presa de Asuán. Aunque a principios del siglo XX se había edificado una primera presa, ésta se demostró ineficiente para las necesidades del país. La nueva presa sería construida ocho kilómetros río arriba de la primera. Sin embargo, y a pesar de la ayuda económica que suponía el control del Canal de Suez, Egipto necesitaba recurrir a la financiación internacional para esta obra. Los Estados Unidos, que habían ofrecido su ayuda económica en las primeras fases del proyecto, la retiraron a mediados de 1956 (cuando al derrotar a las potencias ocupantes del canal, Egipto demostró ser un país fuerte y decidido). Supongo que les preocupaba la existencia de un país árabe desarrollado y potente. Bien, Estados Unidos iba a tener tiempo de arrepentirse de su decisión, porque la retirada del apoyo económico a Nasser le arrojó de lleno en los brazos de otra potencia que sí estaba dispuesta a ayudar a Egipto: la Unión Soviética.

Templo de Abu Simbel, trasladado de su ubicación original por la UNESCO para impedir que quedara sumergido bajo las aguas del lago Nasser. Imagen: Wikimedia Commons.

Así fue cómo entre 1960 y 1970 se contruyó la presa de Asuán, con dinero, técnicos y diseños rusos. Para impedir la desaparición bajo las aguas del embalse de templos tam importantes como Abu Simbel hubo que trasladarlos piedra a piedra hasta otros emplazamientos, una ingente tarea emprendida por la UNESCO y en la que participaron varios países. Egipto regaló a España el rescatado templo de Debod como agradecimiento por la ayuda prestada en esta labor de rescate cultural. El templo de Debod puede hoy ser admirado en el Parque del Oeste de Madrid. El milenario río Nilo fue finalmente domesticado para servir a los intereses de los hombres, y a pesar de las graves secuelas medioambientales que supuso la construcción de esta presa, hoy riega los campos egipcios mansamente, con sus aguas canalizadas por acequias después de haber movido las grandes turbinas generadoras que producen un buen porcentaje de la electricidad consumida por Egipto. Nasser murió en 1970 convertido en un controvertido personaje, y no pudo ver la mayor de sus obras en pleno funcionamiento. La presa de Assuán no alcanzó su máxima capacidad hasta el año 1976.

Aquí tienen la presa de Assuán; una obra pública que costó una guerra y que ha cambiado para siempre la historia de un país.

La Segunda Revolución Industrial (II): Lesseps

Para el occidental medio, Egipto sigue siendo un exótico y misterioso país, destino preferente del turista que busca el encuentro con la naturaleza implacable del desierto y con los restos de una de las culturas más antiguas de la humanidad. Sin embargo, Egipto ha reunido y reune en su territorio algunas de las construcciones humanas más imponentes y relevantes del mundo. Algunas de ellas, como la Gran Pirámide o el Faro de Alejandría, fueron reconocidas en la antigüedad como maravillas del mundo. Otras siguen siendo hoy en día construcciones de vital importancia estratégica para Egipto y para todo el mundo, como la Presa de Asuán o el Canal de Suez.

Ferdinand de Lesseps 1Y precisamente fue el Canal de Suez, una magna obra de ingeniería ideada por el francés Ferdinand de Lesseps, el que permitió revolucionar el transporte marítimo, uniendo Europa y Asia en un atajo que evitaba la larga, penosa (y a veces peligrosa) travesía de circunnavegación de África. El Canal de Suez marcó un hito en la Segunda Revolución Industrial. En tan sólo diez años se excavó un canal a lo largo de 167 kilómetros de desierto (193 kilómetros de longitud total, c0ntando con sus dos lagos intermedios) de 54 metros de anchura (que hoy se han convertido en 151 metros) utilizando para ello por primera vez maquinaria expresamente diseñada para una obra civil concreta. En lugar de recurrir a la mano de obra y la tracción animal (que aunque también tuvieron su importancia, quedaron relegadas a un segundo plano), la mayor parte de la obra fue llevada a cabo por dragas impulsadas con máquinas de vapor, que se encargaron del vaciado de aproximadamente 75 millones de metros cúbicos de tierra. Éstas son cifras que marcan un antes y un después en la ingeniería civil.

El canal de Suez visto desde el espacio.Para llevar a término esta ingente obra, Lesseps contó con el apoyo del Pashá de Egipto, Mehmet Said, gobernante del que toma su nombre el puerto de partida del Canal en su vertiente mediterránea: Port Said. También contó con la ayuda financiera del Segundo Imperio Francés de Napoleón III, muy interesado en promover a Francia como punta de lanza del progreso en la época. En efecto, la inauguración del nuevo canal, con la mayor de las coberturas mediáticas posibles de la época, fue el canto de cisne del Segundo Imperio Francés, justo un año antes de que Napoleón III cayera derrotado en Sedán por Prusia. En 1868, una exultante emperatriz francesa Eugenia de Montijo, granadina descendiente de la añeja casa nobiliaria española de Alba, inauguraba el canal al tránsito marítimo abierto para todas las naciones del mundo (pagando eso sí un suculento peaje, que sigue siendo hoy una inagotable fuente de beneficios para Egipto). Cinco años después de su inauguración, el Reino Unido compraba el paquete de acciones egipcio del canal para poder así gestionar una arteria vital para el mantenimiento de su imperio comercial.

Resulta irónico el interés del Reino Unido por controlar el canal, ya que durante la planificación de la obra hizo todo lo posible para paralizar el proyecto, poniendo todo tipo de trabas diplomáticas a Lesseps que sólo se levantaron cuando éste aceptó el control británico sobre el tráfico por el canal.

Tras la construcción del Canal de Suez, Lesseps se veía a sí mismo capaz de llevar a término cualquier hazaña que se le ocurriera. Entre los proyectos adoptados por el ingeniero francés estuvo la conversión del desierto del Sahara en un mar interior; una idea original de François Roudaire. Este proyecto también contó con un gran eco mediático en Francia y dio lugar a intensas exploraciones del desierto del Sahara para determinar qué zonas quedaban por debajo del nivel del mar con el fin de excavar un canal que las conectara con el Mar Mediterráneo. Se suponía que con la creación de un mar interior en el Sahara podrían cambiarse sensiblemente las condiciones climatológicas de una gran extensión de desierto y transformarlo en tierras cultivables. Finalmente el proyecto se canceló, aunque incluso entrada la segunda mitad del siglo XX aún se rescataba esta idea, añadiéndole detalles curiosos como el uso de potentes bombas H de veinte megatones para producir grandes cráteres que inundar con agua. Tal vez algún día la humanidad se decida a emprender una empresa como ésta; entonces habrá que recordar que Ferdinand de Lesseps ya estuvo sobre esa idea hace un siglo y medio.

Corte transversal del Canal de PanamáDiez años después de la inauguración del Canal de Suez, en 1879, Ferdinand de Lesseps se embarcó en otra aventura que podría suponer una nueva revolución en el transporte marítimo: la apertura de un canal a través del itsmo que une ambas américas. En un principio, Lesseps pretendía ejecutar un canal a nivel del mar, pero las tremendas dificultades del terreno hicieron que esta opción se presentase inviable. En su lugar se escogió la opción de construir una serie de esclusas que elevaran a los barcos hasta el lago Gatún, excavando para ello las paredes rocosas del Macizo de la Culebra. Las compuertas de estas esclusas fueron encargadas a Gustave Eiffel (el diseñador de la Torre Eiffel).

Los Estados Unidos se negaron tajantemente a permitir que una obra semejante fuera ejecutada por capitales no norteamericanos en lo que ya consideraban su patio trasero y su terreno natural de expansión económica. En 1888 la empresa fundada para la construcción del Canal quebró, provocando un gran escándalo financiero a causa de la ingente cantidad de dinero invertida en la misma. Ferdinand de Lesseps, su hijo Charles, Eiffel y el ex-ministro de Obras Públicas francés Baihaut fueron condenados a cinco años de cárcel (aunque por su avanzada edad, Lesseps no tuvo que ingresar en prisión). También Eiffel conseguiría eludir la cárcel, y Charles de Lesseps sólo cumplió seis meses de arresto. Alrededor de 85.000 inversionistas quedaron arruinados por el fiasco del Canal, y la reputación de Lesseps se vio gravemente afectada.

Este escándalo fue aprovechado por algunos sectores de la derecha radical para criticar el papel que los inversionistas judíos habían tenido en el escándalo (a pesar de que ninguno de ello fue acusado por la quiebra), y la ola de antisemitismo que recorrió Francia a raiz de esta campaña de difamaciones tuvo su climax en 1894 con el inicio del Caso Dreyfus, que casi le cuesta una guerra civil al país.

La construcción del Canal de Panamá fue retomada por el gobierno de los Estados Unidos, el cual consiguió arrancar de Colombia (bajo cuya soberanía se encontraba el territorio del Canal) la independencia de Panamá como país independiente. Panamá se convirtió desde entonces en un país creado por-y-para el Canal, sometido a la voluntad de los Estados Unidos. Los norteamericanos obtuvieron el control “a perpetuidad” del Canal y su zona circundante, lo que le permitió de paso tener un territorio administrado por ellos, pero libre de la soberanía y las leyes de los Estados Unidos. En la zona del Canal se crearon ciudades de ensueño en medio de la jungla del Darién para los administradores estadounidenses del Canal, además de bases militares “alegales” del Southern Command, donde se entrenaron casi todas las guerrillas contrarrevolucionarias americanas del siglo XX y donde recibieron instrucción numerosos militares de alta graduación sudamericanos que luego se convertirían en dictadores y torturadores en sus respectivos países, cumpliendo los designios del gobierno de Estados unidos y de sus agentes de la CIA. Se puede afirmar que aquel proyecto de ingeniería tan beneficioso para la humanidad se convirtió en manos de los Estados Unidos en una de las mayores desgracias padecidas por Sudamérica, siendo utilizado como instrumento implacable de la dominación política imperialista estadounidense sobre el resto de las naciones soberanas del continente.

Afortunadamente, la Historia siempre pone a cada uno en el lugar que merece, y Ferdinand de Lesseps, que murió en 1894 sin ver concluido su Canal, está hoy en día considerado como el precursor de las más grandes obras de ingeniería de la Historia; un idealista que soñaba con unir a los pueblos facilitando las comunicaciones, el transporte y que incluso se permitió soñar en convertir el desierto en un vergel. Con él murió todo un símbolo del progreso que supuso la Segunda Revolución Industrial.

Para saber más:

Champollion

Templo de Abu SimbelDurante siglos, generaciones de eruditos intentaron sin éxito desentrañar los misterios de una de las civilizaciónes más antiguas del mundo: el antiguo Egipto. Todos estos intentos topaban con un obstáculo casi insalvable, y es que desde el siglo IV, cuando los últimos restos del paganismo fueron barridos por la incipiente religión cristiana, nadie había sido capaz de leer las antiguas escrituras egipcias. A esta escritura se le llamó jeroglífica, procedentes de palabras griegas que significan “escrituras sagradas”.

Jean-François ChampollionPero la complejidad de esta escritura y la imposibilidad de conocer su significado convirtió a la palabra “jeroglífico” en sinónimo de enigma de difícil o imposible interpretación. Sólo un genio podría solucionar el enigma, y ese genio sería Jean-François Champollion.

Para llegar a las investigaciones de Champollion hay que remontarse a varios años antes, cuando nuestro personaje no era más que un niño. En 1798, cuando Champollion tenía sólo ocho años y hacía sus primeros pinitos con el latín, Napoleón Bonaparte emprendió una expedición a Egipto con el fin de cortar las comunicaciones de Inglaterra (el eterno enemigo de la Francia republicana). De esa expecidión quedaron para la historia militar las célebres batallas de las Pirámides y de Aboukir, donde la muerte y la gloria se repartieron por igual a cañonazos, sablazos y disparos de mosquete. Militarmente, la expedición fue un fracaso muy costoso en vidas humanas, y no sirvió a los propósitos de obstaculizar las rutas comerciales de los ingleses.

La Piedra de RosettaSin embargo, Napoleón se había llevado consigo a Egipto a un buen número de eruditos franceses que, nada más desembarcar en las playas del ancestral país de los faraones, se dedicaron a recopilar todo tipo de antigüedades, a elaborar mapas y a estudiar la flora y la fauna del entorno. Tras la claudicación de las tropas francesas, parte de estos tesoros pudieron ser llevados a Francia, y hoy pueden ser admirados por los turistas en el museo del Louvre. Por desgracia para Francia, la mayor joya de todas, y desde luego la más pesada, quedó como botín de guerra de Inglaterra, siendo trasladada a Londres. Se trataba de la Piedra de Rosetta.

Champollion basó el trabajo de su vida en la traducción de los jeroglíficos inscritos en la Piedra de Rosetta, aunque curiosamente, él jamás llegó a ver con sus propios ojos la famosa piedra. Antes de ser cedida a los ingleses, los estudiosos franceses de la expedición egipcia realizaron copias de las inscripciones que terminaron llegando a manos de Champollion. Con estas inscripciones, con jeroglíficos procedentes de otros monumentos egipcios (entre ellos las del templo de Abu Simbel que encabeza esta entrada) y con muchos años de arduo estudio del idioma copto (idioma que desciende directamente del egipcio hablado en tiempos de los faraones), Jean-François consigió al fin desentrañar los secretos de la Piedra de Rosetta y, por ende, de la escritura egipcia.

Carta de Champollion a M. Darcier con el alfabeto jeroglíficoY todo esto lo realizó en un periodo histórico en el que Francia se convulsionaba políticamente. Mientras Champollion se devanaba los sesos sobre los enigmáticos jeroglíficos, Napoleón llegaba a la cima de su poder para luego caer bajo la séptima coalición de las naciones europeas. Luego, Luis XVIII enviaría a Champollion (de declarada simpatía bonapartista) a un exilio al campo que duraría poco tiempo. Al parecer, Francia estaba necesitada de mentes brillantes, y Champollion fue pronto repuesto como profesor. En 1822, nuestro genio ya había sentado las bases de su descubrimiento y finalmente en 1824 publicaba su Resumen del sistema jeroglífico de los antiguos egipcios, iniciando una nueva era en la egiptología.

En los años siguientes, Jean-François Champollion fue nombrado conservador de las antiguedades egipcias del museo del Louvre, y contribuyó a identificar y adquirir colecciones valiosísimas para el museo. En 1828 consiguió por fin realizar el sueño de su vida, organizando una expedición de estudio a Egipto. Durante los dos años siguientes, Champollion recorrió los lugares más importantes del país del Nilo, visitando todos sus monumentos importantes y recopilando y traduciendo sobre el terreno las inscripciones talladas en las ancestrales piedras.

Gracias al trabajo de Champollion, la historia del Antiguo Egipto no está ya envuelta en el misterio, y se ha conseguido poner a nuestro alcance miles de años de cultura escrita en piedra y en papiro, recuperando las glorias pasadas de los faraones, su religión, sus guerras, su diplomacia, su comercio y sus innumerables intrigas cortesanas.

Documental de la BBC sobre Champollion y la Piedra de Rosetta:

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Videos tu.tv

Champollion y la Piedra de Rosetta, pasaje de la Historia de Juan Antonio Cebrián:

La Gran Pirámide

¡Extranjero! Detente por un momento a contemplarme con los ojos de la Historia. Llevo apuntando al cielo tanto tiempo que hasta las estrellas y las constelaciones han cambiado de forma y de lugar. Durante cuarenta y cinco siglos he visto desfilar a innumerables ejércitos y presenciado gloriosas batallas condenadas al olvido. Millones de vosotros han osado escalar mis paredes para contemplar el inmenso desierto desde lo más alto. Incansable, toda el agua que existe en el mundo ha corrido a mis pies, conducida hacia el Mar por el viejo Nilo.

A lo largo de tanto tiempo he visto a hombres sabios y preeminentes asombrarse ante mi pétrea majestad. Cientos de faraones y reyes del inmortal Egipto, sí, pero también otros. Los poderosos reyes persas me reclamaron como monumental trofeo. Uno de vuestros primeros matemáticos, Tales de Mileto, consiguió medir mi altura, más o menos por aquella época; luego, Heródoto me incluyó en sus escritos, en un vano intento por describirme con palabras.  El mismo Alejandro, cuya gloria fue para mí como un chispazo en el tiempo, me contempló extasiado, al igual que poco después lo harían el gran Julio César y mi última faraona, Cleopatra.

Construida para honrar a antiguos reyes, he vivido para ver cómo surgía el cristianismo y apagaba las voces de todos los demás dioses. Casi al mismo tiempo, las palabras de Mahoma se extendían como una inundación por el desierto, de boca en boca, de tribu en tribu. Refugiados a la sombra de mis paredes de piedra han rezado mirando hacia el este todos los grandes sultanes de Egipto, incluído Saladino, el añorado.

A mis pies lucharon inútilmente los mamelucos contra el último de los grandes conquistadores, Napoleón, cuya asombrada expresión al contemplarme se asemejaba mucho a la de aquel Alejandro de brillante armadura. Napoleón fue otro chispazo en mi Historia, y tan pronto como llegó, se marchó para siempre.

Ahora eres tú el que llega hasta mis pies, hollando la misma arena que pisaron todos los anteriores. Lo único que te pido es que honres por un momento a estas piedras que maravillaron a cuantos te han precedido.

(Imagen: Wikimedia Commons)