A la persona no familiarizada con la historia que escuche las noticias de estos días sobre disturbios provocados por (o contra) los cristianos coptos en Egipto, le debe sorprender mucho que en un país eminentemente musulmán como éste persista entre un diez y un veinte por ciento de población cristiana. No en vano, Egipto es el país de Nasser, la cuna del panarabismo y el lugar de origen de algunos de los más famosos líderes del extremismo islámico que se dedican a difundir su desquiciado mensaje regado con sangre.
Bien, pues no siempre fueron así las cosas: Egipto, con toda su herencia histórica y su antiguo exotismo, ha formado parte durante siglos del mundo occidental, especialmente tras la conquista del país de los faraones por parte de Alejandro Magno en el siglo IV a.C. Los Ptolomeos, sucesores de Alejandro, introdujeron el mundo griego en Egipto, dejando una impronta que perduraría durante siglos.
Por entonces la población egipcia hablaba la lengua copta, una evolución del egipcio antiguo mezclado con griego, que se escribía con un alfabeto también prestado del griego conocido como demótico. Eran tiempos en los que los edictos y mensajes importantes como la famosa Piedra de Rosetta eran grabados en piedra utilizando los tres alfabetos usados en el país para que todas las comunidades pudieran entenderlos.
Y en esas estaba Egipto en el siglo I, ya convertido en provincia romana, cuando apareció el cristianismo en Palestina. La tradición dice que Egipto fue uno de los primeros países en ser convertido al cristianismo, y nada menos que por el mismísimo San Marcos, presunto autor del evangelio de La Biblia que lleva su nombre. A partir de las primeras congregaciones cristianas en Alejandría, el resto del país adoptó el cristianismo en tan solo medio siglo.
Desde ese momento, Egipto jugó un papel fundamental en la expansión y el modelado de lo que hoy conocemos como cristianismo. Fueron los patriarcas de Alejandría, Alejandro y Atanasio, quienes se opusieron en el Concilio de Nicea de 325 a las posturas del también egipcio Arrio sobre las naturalezas humana y divina de Cristo, dando lugar al credo niceno.
Creo en un solo Señor, Jesucristo,
Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos:
Dios de Dios, Luz de Luz.
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado,
de la misma naturaleza del Padre,
por quien todo fue hecho;
Estas pocas frases han sido motivo de infinitas controversias y luchas dentro de las diferentes iglesias cristianas, especialmente en las iglesias orientales bajo el gobierno del Imperio Bizantino, dando lugar a multitud de cismas y herejías, resultas a veces de la forma más violenta. Tanto es así que la expresión «discusiones bizantinas (pdf)» ha sobrevivido con el significado de «discusión interminable que no conduce a ningún resultado práctico».
Y entre todas estas discusiones, la surgida en 381 en el Primer Concilio de Constantinopla acerca de la prevalencia de las naturalezas divina y humana de Cristo, enfrentó finalmente al patriarca de Constantinopla, Nestorio, con el de Alejandría, Cirilo. Era un enfrentamiento religioso donde la lucha por el poder político entre los patriarcados estaba muy presente, que se resuelve a medias tras varias excomuniones y la retirada de Nestorio a un monasterio. El Papa de Roma (a quien no se le reconocía en Oriente más autoridad que a cualquiera de los otros patriarcas) apoyó las tesis de Cirilo, quien argumentaba que Cristo poseía dos naturalezas separadas e inconfundibles, una divina y otra humana.
Los postulados de Cirilo darían una nueva vuelta de tuerca cuando el abad Eutiques propuso que la naturaleza humana de Cristo era distinta a la del común de los mortales. (nótese a estas alturas lo absurdo y arbitrario de todos estos postulados, todos ellos interpretaciones arriesgadas de los textos evangélicos realizadas por personajes más pendientes de sus disputas por el poder político en el Imperio que por el verdadero sentido de su fe). De las tesis de Eutiques surgiría una nueva doctrina conocida como Monofisismo, que tendría gran aceptación en tierras egipcias.
Tras un nuevo concilio en Éfeso en 449 que aceptó el monofisismo (considerado por la Iglesia de Roma como «el Latrocinio de Éfeso»), y otro en Calcedonia en 451 que no fue reconocido por el patriarcado de Alejandría, celebrado para desdecir al anterior, la iglesia egipcia se separó de la doctrina del resto de patriarcas, formándose lo que hoy se conoce como «Iglesia Copta». Como ya he dicho, la desafección política entre egipcios y bizantinos era palpable, y el cisma fue en gran medida resultado de esta lucha, ajena a las creencias religiosas. La Iglesia egipcia había acumulado un gran poderío tanto humano como económico, hasta el punto de que sus obispos eran coloquialmente conocidos como «los nuevos faraones». Los precursores del ascetismo y el cenobismo (pasos iniciales del monacato) se dieron en Egipto, con figuras de tanta relevancia como Simón el Estilita o San Antonio Abad. Indudablemente, la Iglesia no habría sido lo que es hoy sin la inestimable colaboración de los cristianos egipcios.
Esta separación entre iglesias cristianas y el desapego de los egipcios por los griegos que les gobernaban desde el otro lado del mar hizo que Egipto fuera un terreno abonado para la entrada del Islam a partir del siglo VII, formando desde entonces una parte fundamental del mundo islámico, en la encrucijada entre África y Oriente Medio. A pesar de todo, catorce siglos de predominio musulmán no han sido suficientes para diluir el importante poso dejado por una de las iglesias cristianas más antiguas del mundo.
Y así estamos hoy.







Y todo esto lo realizó en un periodo histórico en el que Francia se convulsionaba políticamente. Mientras Champollion se devanaba los sesos sobre los enigmáticos jeroglíficos, Napoleón llegaba a la cima de su poder para luego caer bajo la séptima coalición de las naciones europeas. Luego, Luis XVIII enviaría a Champollion (de declarada simpatía bonapartista) a un exilio al campo que duraría poco tiempo. Al parecer, Francia estaba necesitada de mentes brillantes, y Champollion fue pronto repuesto como profesor. En 1822, nuestro genio ya había sentado las bases de su descubrimiento y finalmente en 1824 publicaba su Resumen del sistema jeroglífico de los antiguos egipcios, iniciando una nueva era en la egiptología.





