Mis imágenes de cabecera explicadas (IX): Trois Glorieuses

Parecía en 1830 que los tiempos de las revoluciones en Francia habían terminado. La aventura militar del emperador Napoleón Bonaparte contra el resto del mundo había dado como resultado la restauración de los borbones en la persona de Luis XVIII, hermano del decapitado Luis XVI.

Retrato de Luis XVIII. Origen: Wikimedia Commons.

Luis XVIII había pasado todos aquellos años convulsos entre 1791 y 1814 en el exilio, amparado por las monarquías europeas que renegaban tanto de los revolucionarios republicanos como del usurpador Bonaparte, y que esperaban una oportunidad para colocar en el trono a un representante de la familia reinante tradicional que restaurara el régimen absolutista en Francia.

Así que la caída de Napoleón y su exilio forzoso a la isla de Elba propició la llegada al trono de Luis XVIII, donde se mantuvo hasta su muerte en 1824 (excepción hecha de los famosos cien días transcurridos entre el regreso de Napoleón desde Elba en 1815 y la batalla de Waterloo, donde fue definitivamente derrotado). Sin embargo, las circunstancias habían cambiado: Francia ya no sería nunca más la de antes de la Revolución de 1789, y el camaleónico primer ministro Talleyrand, heredado del anterior gobierno de Napoleón, convenció al nuevo rey para promulgar la Carta de 1814, en la que se adoptaba un sistema parlamentario bicameral que por lo menos mantenía la ilusión de la representación popular en el gobierno de la nación.

Retrato de Carlos X. Origen: Wikimedia Commons.

A partir de 1824, Carlos X, hermano menor de Luis XVIII (y por lo tanto, hermano también de Luis XVI), asumió el trono de una Francia en la que todo parecía atado y bien atado. Carlos había sido durante años el instigador del Terror Blanco durante el reinado de su hermano, y carecía del talante conciliador de Luis XVIII, que permitió el perdón de los bonapartistas y revolucionarios. Carlos asumió el trono, pero no los compromisos sociales que éste conllevaba.

El sistema bicameral permitía que la nueva clase burguesa tuviera cierta representación en el gobierno del país. Aunque los pares de la Cámara Alta eran nombrados por el Rey y la dignidad del título de par era hereditaria, los diputados de la Cámara Baja eran elegidos por sufragio censitario cada siete años. Carlos X basó su reinado en el fraude electoral y en el debilitamiento de las cámaras, promulgando leyes destinadas a incrementar su poder y a represaliar a los elementos liberales y revolucionarios.

Pero en 1830 ya no se pudo ocultar más la abrumadora mayoría liberal en las elecciones al Congreso de los Diputados, y Carlos X tomó la decisión de disolver la recién elegida cámara y promulgar una serie de decretos que limitaban la libertad de prensa y restringían aún más los poderes de los diputados. Eso, unido a la severa crisis económica y la hambruna que azotaba a Francia desde hacía años, hizo que el pueblo se echara a la calle durante los días 27, 28 y 29 de julio, conocidos por la historia como les trois glorieuses; los tres días gloriosos durante los cuales el pueblo se enfrentó a la tiranía, enfrentándose al ejército real y derrocando a Carlos X, que se vio forzado a exiliarse.

La Libertad guiando al Pueblo, obra de Eugène Delacroix. Origen: Wikimedia Commons.

La imagen de cabecera que ilustra esta entrada pertenece al cuadro La Libertad guiando al pueblo, de Eugène Delacroix, una obra alegórica sobre los sucesos de julio de 1830 que suele ser erróneamente relacionada con la Revolución Francesa, pero que en realidad pertenece a una época y unos hechos bien distintos.

Mis imágenes de cabecera explicadas (VI): París, 1789 – El juramento del Juego de Pelota

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Considerando la Asamblea Nacional que se solicitó fijar la constitución del reino, producir la regeneración del orden público y conservar los verdaderos principios de la monarquía, nada puede impedir que prosiga con sus deliberaciones en cualquier lugar en que se vea forzada a establecer que, por último, en todo sitio en que sus miembros estén reunidos, allí se encuentra la Asamblea Nacional.

Decide que todos los miembros de esta Asamblea al momento presten juramento solemne de jamás separarse, y de reunirse en todo sitio en que las circunstancias lo exijan, hasta que la constitución del reino esté establecida y apoyada sobre fundamentos sólidos; y que, al prestarse el dicho juramento, todos los miembros y cada uno de ellos en particular confirmarán por su firma esta resolución inquebrantable.

Juramos jamás separarnos de la Asamblea nacional y reunirnos allí donde las circunstancias lo exijan, hasta que la constitución del reino esté establecida y apoyada sobre fundamentos sólidos.

Con este juramento, realizado por los representantes del Tercer Estado de Francia constituidos en Asamblea Nacional, se sentaban las bases para poner fin a la Edad Moderna, marcada por las monarquías absolutas y las divisiones de clases sociales heredadas del feudalismo, y dar inicio a la Edad Contemporánea, caracterizada por el auge de las democracias, el liberalismo económico y la lucha de clases entre el proletariado urbano y los patronos de las nuevas industrias.

Así que este es un día que debería ser conmemorado con todos los honores, porque nuestras libertades y derechos tuvieron su origen en las decisiones que un puñado de franceses cabreados tomaron en aquella sala de frontón aquel caluroso día 20 de junio de 1789.

Batallas de la Edad Media: Agincourt

A principios del siglo XV la Guerra de los Cien Años se encontraba estancada. El rey inglés Enrique IV, el primero de los monarcas de la dinastía Láncaster, había mantenido una política pacificadora con Francia, si bien antes se había asegurado de recuperar y conservar sus cabezas de playa en el continente, evitando los ataques franceses sobre las islas.

Su heredero, sin embargo, era un joven aventurero, con ganas de alcanzar la gloria. A la muerte de su padre, y ya coronado rey de Inglaterra, Enrique V hizo saber a los franceses que reclamaba para sí la corona francesa por derecho dinástico. En Francia, mientras tanto, el rey Carlos VI padecía una grave enfermedad mental que debilitaba toda la estructura del Estado, propiciando los enfrentamientos entre armagnacs y borgoñones por el poder.

Y en el verano de 1415, los planes de Enrique V se hacen realidad con el inicio de su expedición a Francia. Aunque su ejército no era demasiado numeroso (algo menos de 10.000 hombres), contaba con el apoyo borgoñón, que pretendía desalojar al rey francés y a su delfín del trono. Enrique V desembarcó en la desembocadura del Sena, y tras tomar la cercana ciudad de Harfleur se dirigió hacia Calais.

El sitio de Harfleur resultó muy costoso para el rey de Inglaterra, y una buena parte de su ejército murió o enfermó gravemente de disentería, viéndose sus tropas mermadas a casi la mitad de los hombres, que además padecían unas condiciones de vida miserables entre la enfermedad y el hambre. Aún así, el monarca inglés prohibió a los hombres bajo pena de muerte los saqueos, robos violaciones o cualquier otro tipo de molestias a los civiles, dejando muy claro que no estaba conquistando un territorio enemigo, sino recuperando un reino que le pertenecía por derecho.

Al encontrar una fuerte resistencia francesa en el río Somme, Enrique V desvió a su ejército hacia el sur, buscando un vado para atravesarlo, cosa que consiguió en las cercanías de Voyennes. Al otro lado del río, un ejército francés mucho mayor que el inglés aunque menos organizado que éste esperaba el momento de lanzarse contra la fuerza invasora.

Ambos ejércitos se encontraron finalmente el 25 de octubre de 1415 cerca de la localidad de Agincourt. La desproporción de fuerzas era tan evidente que incluso los franceses tuvieron la deferencia de parlamentar con Enrique para evitar la más que probable masacre de los ingleses. Enrique, sin embargo, no quería ni oír hablar del tema, y aseguró que se enfrentaria a su enemigo con las fuerzas de que dispusiera, fuera cual fuese el resultado.

La disposición de las fuerzas fue parecida a la que contamos en la batalla de Aljubarrota, situándose los arqueros ingleses en ambos flancos, mientras la infantería defendía el centro. Los franceses, por su parte, seguían confiando en la fuerza de su caballería, a pesar de las dificultades que ofrecía un terreno muy accidentado. Al desencadenarse los combates se pudo comprobar la ineficacia de la caballería contra los flancos de arqueros, produciéndose una gran mortalidad entre los franceses, que cayeron víctimas de la lluvia de flechas cruzadas y del terreno desigual donde los caballos no podían desenvolverse con facilidad.

De hecho, en esta batalla se enfrentaban dos ejércitos muy diferentes: el francés, de corte feudal, basado en los caballeros, y el inglés, formado por levas populares de gentes de toda condición. Estos últimos no entendían de modales caballerescos, y se emplearon a fondo en la matanza, sin dar cuartel al enemigo hasta que, finalmente, el ejército francés fue vencido y puesto en fuga.

La inesperada victoria inglesa puso en un muy serio aprieto a la corona francesa, que vio como una gran parte de sus territorios en el norte del país pasaban a manos inglesas, y que además tuvo que consentir el matrimonio de Catalina, la hija de Carlos VI con Enrique V y aceptar que el hijo de ambos fuera herederos al trono de ambos países. Ni que decir tiene que el delfín Carlos no estaba dispuesto a aceptar estas condiciones, pero poco podía hacer en aquellos momentos por evitarlo, ya que Francia estaba acosada por el dominio inglés en el norte y por los borgoñones en el este. Unos años más tarde, Juana de Arco vendría a cambiar este estado de cosas y a decantar la guerra en favor de Francia, pero eso es ya otra historia.

Para finalizar, os dejo con esta escena de la película de Kenneth Branagh Enrique V, basada en la obra homónima de William Shakespeare, donde el rey inglés arenga a sus tropas justo antes de la batalla de Agincourt. Si os gusta, os recomiendo ver la película completa, que es una estupenda adaptación de la obra teatral.

Batallas de la Edad Media (VIII): Bouvines

¿Sabéis ese dicho de «de aquellos polvos, estos lodos»? Pues bien, para la historia de la Edad Media, la batalla de Bouvines son «aquellos polvos».

Corría el verano del año 1214, y en Inglaterra reinaba Juan I, conocido popularmente como «Juan sin Tierra» y tachado de malvado por la tradición popular como instigador del cautiverio de su hermano, el cruzado Ricardo Corazón de León. Si bien es cierto que Juan hizo todo lo posible por mantener a su hermano a buen recaudo, no es menos cierto que con él se limitó el poder de los reyes mediante la promulgación de la Carta Magna, un tímido paso en la dirección de las monarquías parlamentarias.

Por aquellos años, el rey de Inglaterra poseía una gran parte del occidente francés: unos territorios conocidos como el Imperio Angevino. Como señor feudal de aquellos territorios (heredados de su madre Leonor de Aquitania) Juan debía vasallaje al rey de Francia, lo que le colocaba en una posición bastante incómoda. Los territorios ingleses del continente eran esenciales para la subsistencia económica de Inglaterra.

Pero al mismo tiempo, el rey de Francia, Felipe II Augusto, trataba por todos los medios de consolidar su dominio sobre el país, y para ello debía meter en cintura a sus díscolos vasallos feudales, de entre los cuales el más peligroso era sin duda el rey de Inglaterra. Como forma de presionarlo para romper aquel delicado e incómodo equilibrio, Felipe Augusto citó al monarca inglés para ser juzgado por un asunto nímio. Al no comparecer Juan, el rey de Francia le declaró en felonía contra su señor, y por lo tanto decretó la confiscación de sus territorios en Francia. De un plumazo, y nunca mejor dicho, Felipe II arrebató a los ingleses el control de un importante porcentaje de Francia.

Algunos otros señores feudales vasallos del rey de Francia como el conde de Flandes se negaron a reconocer la supremacía de Felipe Augusto, y buscaron una coalición que derrotara al rey francés y consiguiera mantener sus privilegios. A Felipe no le faltaban enemigos: por una parte, el acoso contra los ingleses le estaba costando el dinero a Flandes y a Boulogne, y por otra parte, el apoyo prestado por Felipe al pretendiente a la corona imperial Federico Hohenstaufen había sentado muy mal al emperador Otón IV de Brunswick, enemigo declarado del primero.

Entre todos ellos montaron un ejército de más de 25.000 hombres, divididos en dos cuerpos cuyo plan era atrapar al rey de Francia en una pinza. Por el sudoeste entrarían las tropas inglesas de Juan sin Tierra, que avanzarían hacia el norte buscando entrar en París, mientras por el noreste las tropas imperiales y flamencas enfrentaban al ejército francés. Felipe, sin embargo, no se iba a amilanar ante la amenaza, y también dividió su ejército, enviando a su hijo Luis (el futuro Luis VIII, el León) a enfrentarse al avance inglés mientras él se las veía con el Emperador. Luis cumplió su cometido e infligió una importante derrota a los ingleses el 2 de julio de 1214. El 27 de aquel mismo mes, en la batalla de Bouvines, las fuerzas francesas dieron buena cuenta del ejército imperial, derrotando al emperador Otón IV.

Esta batalla podría haber sido como cualquier otra: salvaje, sangrienta e intrascendente, de no ser porque sí que tuvo su trascendencia. Para empezar, Otón IV tuvo que huir del campo de batalla, vergonzosamente derrotado y con su prestigio por los suelos. Al año siguiente sería depuesto, y Federico II Hohenstaufen ocuparía su puesto, convirtiéndose en el centro de la política europea de esa mitad del siglo. Por otro lado, Inglaterra perdió prácticamente todos sus territorios franceses, conservando sólo la Aquitania. La pérdida de estos territorios significó el enfrentamiento de Juan con sus nobles, que veían perdidos una importante parte de sus ingresos, unos enfrentamientos que se saldaron con la concesión de la Carta Magna en 1215 y el debilitamiento del poder real.

Para Francia esta batalla significó la afirmación de la identidad nacional francesa (muchos franceses acudieron a la lucha incluso sin estar obligados por los lazos feudales de vasallaje). También significó el inicio de una época de esplendor que los siguientes monarcas afianzarían, colocando a Francia como primera potencia europea del siglo XIII.

Pero como dijimos al principio: «de aquellos polvos, estos lodos». Años más tarde, la pérdida de los territorios en Francia, sumados al anhelo inglés por recuperar su influencia en Europa y las pretensiones al trono de un joven monarca desencadenarían la catastrófica Guerra de los Cien Años, que sumiría a Europa en el caos y en la miseria.

Batallas de la Edad Media (IV): Fontenoy-en-Puisaye

Antes de detenernos en esta poco conocida batalla, demos una vuelta por el convulso mundo de mediados del siglo IX:

En Oriente, Bizancio se enfrentaba al empuje musulmán por el este, mientras en el interior se vivían tiempos revueltos debido a las querellas religiosas entre iconoclastas e iconodulas, en las que los emperadores siempre tomaron partido por uno u otro bando.

En Gran Bretaña, los pueblos anglos, sajones y jutos que habían ocupado la isla durante el siglo V y formado la llamada Heptarquía se iban agrupando a sangre y espada en el embrión de lo que sería el reino de Inglaterra. Al mismo tiempo, aumentaban las incursiones vikingas, a las que los caudillos anglosajones tendrían que hacer frente.

En España, al-Ándalus era ya una realidad consolidada, y los cristianos habían quedado relegados a las zonas montañosas del norte peninsular. Abderramán I, el único superviviente de la matanza de los Omeya, había llegado a mediados del pasado siglo y establecido en al-Ándalus un emirato independiente de los abasíes de Bagdad.

Pero en Francia había surgido un reino nuevo y poderoso; un imperio que durante medio siglo consiguió unificar vastas extensiones de terreno bajo un solo gobierno. Descendiente de los mayordomos de Palacio que ostentaban el poder real en los diferentes reinos merovingios, Carlomagno unificó Austrasia y Neustria; mantuvo a raya a los musulmanes, conquistando unos territorios en la Península Ibérica que serían el germen de la actual Cataluña; venció y conquisto al reino lombardo del norte de Italia, que amenazaba la seguridad del Papa de Roma y sus dominios territoriales; se enfrentó a los irreductibles sajones en el este, domeñándolos y convirtiéndolos al catolicismo… Incluso se permitió atacar a los ávaros, que tantos problemas habían dado al Imperio bizantino durante el siglo anterior. Al terminar el siglo VIII, Carlomagno era coronado Emperador romano por el Papa de Roma, considerando éste que el antiguo Imperio había sido restaurado en Occidente. Aunque en Constantinopla no se aceptaba la presencia de otro emperador, y mucho menos de origen bárbaro como Carlomagno, no podía negarse que el poder en Occidente estaba por completo en sus manos.

Carlomagno obtuvo su Imperio por la espada, y hubo de mantenerlo por la espada durante todo su reinado. Sin embargo, creó una burocracia muy eficiente a la hora de manejar de forma eficaz tan amplio territorio, con un funcionariado muy jerarquizado en un organigrama donde él era la cúspide, y donde unos funcionarios vigilaban a otros para impedir los excesos y el desgobierno en los distintos territorios bajo su control.

A la muerte de Carlomagno en 814, el Imperio pasó a manos de su hijo Ludovico, conocido como Ludovico Pío o Luis el Piadoso. Carlomagno le entregó un Imperio que comprendía las actuales Francia y gran parte de Alemania, además del reino de Italia, que estaba gobernado por su sobrino Bernardo aunque bajo el control Imperial. Ludovico Pío era un personaje aficionado al mundo eclesiástico, afición por la cual obtuvo su sobrenombre. Sin la fuerte mano del fundador del Imperio, éste entró en franca decadencia, con crecientes problemas fronterizos y constantes intrigas y guerras civiles entre el Emperador y sus propios hijos, deseosos de hacerse con su propio trozo del pastel imperial. Los hijos de Ludovico llegaron incluso a deponer al Emperador durante un tiempo en el transcurso de estas guerras. Cuando Ludovico murió en 840, las ambiciones de sus herederos eran ya irreconciliables.

El Imperio se dividió de Occidente a Oriente entre los hijos de Ludovico de la siguiente forma: Pipino II, hijo de Pipino I (fallecido en 838) y nieto de Ludovico, heredó el ducado de Aquitania; Carlos el Calvo heredó la Francia occidental; Lotario heredó la Francia media y el título de Emperador, y Luis el Germánico heredó la parte oriental del Imperio, situada en la actual Alemania. Aunque Pipino, Carlos y Luis estaban sometidos a la autoridad imperial, en la práctica eran reyes de reinos independientes. Lotario trató de hacer efectivo este control, sometiendo a sus hermanos a su autoridad, pero la disgregación del Imperio era ya inevitable.

Carlos el Calvo y Luis el Germánico se declararon en rebeldía y reunieron un ejército que se enfrentó a las tropas de Lotario el 25 de junio de 841 en la localidad francesa de Fontenoy-en-Puisaye. A pesar del apoyo del duque Pipino de Aquitania, el Emperador fue vencido en esta batalla por sus hermanos y hubo de aceptar en un tratado posterior la división y el fin del Imperio carolingio. La batalla de Fontenoy-en-Puisaye no está considerada como muy importante, pero supuso la constatación de que los tiempos del Imperio franco y del sueño de una Europa unida bajo un mismo gobierno habían terminado. Los reinos que surgieron de esta división serían la semilla de la futura composición política de Europa durante el resto de la Edad Media.

Aunque el título de Emperador siguió pasando de unas manos a otras, su importancia política fue decayendo y jamás volvió a tener la trascendencia de los tiempos de Carlomagno o de Ludovico. En el siglo X, tras varios años de interregno, el título imperial pasaría a manos germánicas, con la creación del Sacro Imperio Romano Germanico, pero eso ya es otra historia.

Lugares con Historia (VIII): Cabrera

La tarde no podía ser más hermosa: el sol se deslizaba lentamente, enrojeciendo el cielo a medida que se ocultaba en el horizonte. Como allí no había otra cosa que hacer, grupos de hombres harapientos se reunían cada tarde en playas y acantilados para contemplar el bello espectáculo del ocaso, generalmente sumidos en sus melancólicos recuerdos que les transportaban muy lejos de allí. Después de un largo rato de silencio, Jean rompió el silencio, comentando a su camarada François:

-C’est beau, oui? (Bonito, ¿verdad?)

-Oui, très agréable. Je n’ai jamais pensé que l’enfer était si belle. (Sí, muy bonito. Nunca pensé que el infierno fuera tan bello.)

Jean sabía que a François no le quedaba mucho tiempo de vida. En los últimos días había tenido que arrastrarle hasta la cola del agua, a esperar durante horas la escasa ración del preciado líquido que mitigara un poco aquella sed que nunca se apagaba. Sabía también que su propio estado de debilidad no le permitiría hacerlo al día siguiente. Estaba seguro de que François moriría si no conseguía beber un poco más de agua en las próximas horas.

Pero Jean tenía asuntos más importantes de los que preocuparse. La chalupa con los escasos víveres que los españoles les traían de Mallorca no aparecía desde hacía varios días, y ya recorrían la isla varias bandas de prisioneros que secuestraban, asesinaban y devoraban a cualquier incauto que se atreviera a andar solo por ahí. La verdad es que no se les podía reprochar ese comportamiento después de seis largos años de privaciones y miserias. Cualquier atisbo de humanidad había desaparecido hacía mucho tiempo en aquella isla. Por eso era prudente acercarse hasta el puerto, donde se reunía cada noche un gran número de hombres parta dormir al amparo de la multitud.

Jean miró de nuevo las últimas luces del día y contempló en el cielo las primeras estrellas de aquel cielo impoluto que pronto ofrecería el mismo magnífico espectáculo de todas las noches. No había candelas que perturbaran la visión de las estrellas en aquella abarrotada isla, porque incluso la madera de los pocos árboles que crecían allí hacía tiempo que había servido de alimento a los más desesperados. Jean sacó de un bolsillo un mugriento papel e hizo sus cálculos: 15 de mayo de 1814. Mañana era la fiesta de Saint Honoré de Amiens, el patrón de los panaderos y los pasteleros. Le resultaba tragicómico pensar que, mientras en su pueblo la gente aprovecharía la ocasión para festejar al santo comiendo pasteles, él probablemente muriera de hambre ese mismo día.

Miró a su lado, donde François se había quedado acostado boca arriba con los ojos abiertos. No se molestó en tocarle, porque si no estaba muerto, seguramente lo estaría a la mañana siguiente. Tampoco él tenía muchas esperanzas de sobrevivir, así que desistió de caminar hasta el puerto: no merecía la pena tomarse el trabajo. Era preferible quedarse allí, junto al acantilado, mirando el cielo estrellado sin tener que soportar el hedor de toda aquella gente que un día fueran sus animosos compañeros de armas del mejor ejército del mundo, y que hoy no eran sino animales acorralados.

La luz del sol le molestaba en los párpados cerrados cuando por fin abrió los ojos. Jean escuchaba unos gritos que subían desde el puerto, en la lejanía.

-Nous sommes libres! Nous été libéré! (¡Somos libres! ¡Nos han liberado!)

Se levantó con esfuerzo, sintiendo el mareo de los muchos días que llevaba sin nada que comer, y pudo ver una goleta fondeada en la bahía. Sabía que aquello no podría durar para siempre, aunque tenía sus dudas sobre si él mismo viviría para ver el fin de aquel infierno. Observó que muchos hombres se arremolinaban en el puerto, y oyó los gritos de alegría de la multitud. Jean se agachó y zarandeó a su compañero.

-François, nous revenons à la France. (François, volvemos a Francia.)

Pero François estaba tieso como un palo, con los mismos ojos abiertos de la noche anterior. Jean había visto morir a muchos hombres en aquella isla, así que estaba curtido por el contacto permanente con la muerte. Simplemente se incorporó y abandonó el cuerpo de François al sol, caminando despacio, tambaleante, en dirección al puerto.

Aquí está la paradisíaca isla de Cabrera, situada al suroeste de Mallorca: un paraíso natural dentro del amplio conjunto de maravillas que ofrecen las Islas Baleares. Viendo los veleros fondeados en sus calas y bahías, mecidos apaciblemente por la brisa, nadie podría imaginar que, hace exactamente doscientos años, Cabrera fue un infierno donde miles de hombres vivieron y murieron en condiciones infrahumanas, abandonados al hambre y la desesperación en aquella isla sin recursos para alimentarles.

Durante cinco largos años, la isla de Cabrera fue un campo de concentración -el primer campo de concentración documentado de la historia- para los prisioneros franceses derrotados en la batalla de Bailén. Estos soldados fueron víctimas por partida doble de un emperador egocéntrico que les despreciaba por perdedores y de unas autoridades españolas negligentes y despiadadas a las que no les importó abandonar en aquel paraje desierto a combatientes que hubieran merecido un trato más humanitario.

Después de languidecer hacinados en pontones durante un año cerca de Sanlúcar, los más de nueve mil prisioneros franceses fueron conducidos a un nuevo presidio, lejos de la población española que no quería saber nada de aquellos invasores y que temía contagiarse de las muchas enfermedades que el hacinamiento de estos hombres estaba provocando. Su viaje terminó en la isla de Cabrera, donde se les puso en libertad para que esperaran allí hasta el final de la contienda.

Ni qué decir tiene que aquella isla tan pequeña carecía de los recursos naturales suficientes como para mantener a una población tan elevada, por lo que, en principio, los prisioneros eran abastecidos desde Mallorca por barco. Esto era la teoría, porque en realidad, el alimento era siempre escaso, y los soldados se vieron sometidos al hambre. Tras un intento frustrado de fuga, el abastecimiento fue cortado durante varias semanas, lo que provocó una gran mortandad entre los más débiles. En aquellos años se produjeron todo tipo de macabras escenas de rapiña humana, incluyendo el canibalismo. De los más de nueve mil hombres que desembarcaron en Cabrera como prisioneros, tan sólo algo más de tres mil volvieron a Francia para poder relatar a los suyos la trágica historia de los franceses de Cabrera.

Para saber más: