El franquismo en la cultura popular andaluza: el paseo

Parece mentira que, a día de hoy, decenas de miles de españoles permanezcan enterrados en miserables cunetas, mientras la justicia hace oídos sordos a las reclamaciones de sus familiares y mientras el gobierno les insulta, acusándoles de “querer reabrir viejas heridas”. Haciendo una analogía cercana, es como si el gobierno alemán se negara a dar una sepultura digna a los millones de asesinados por el régimen nazi.

Y sin embargo, aquí seguimos, desenterrando por nuestra cuenta cadáveres de ciudadanos asesinados sin que ningún juez de guardia se digne a hacer siquiera acto de presencia.

Nadie está pidiendo venganza. No es una cuestión de revanchismo político. España necesita una declaración formal que repare el genocidio cometido por las tropas franquistas durante la guerra y la posguerra. España necesita que ni uno solo de sus ciudadanos tenga que soportar la humillación de tener a sus familiares enterrados al lado de una carretera, o en una fosa común anónima de cualquier cementerio. Sólo así podrán cerrarse de verdad las heridas que tanto molestan a nuestro actual presidente del gobierno.

Para ilustrar esta entrada, hoy os dejo con el Romance de Juan García, un valiente martinete grabado en 1968 por José Menese con letra de Francisco Moreno Galván. Al igual que Juan García, fueron muchos los españoles sentenciados “a golpe de mosquetón, sin jueces ni defensor”.

Fernando Ruiz Vergara

El pasado miércoles, mientras la cabra de la Legión española hacía su anual paseo triunfal por las calles madrileñas entre el fervor patriótico de los que nunca abuchearon a un gobierno de derechas, un andaluz moría en el exilio.

Sí, en el exilio, porque Fernando Ruiz Vergara murió el día 12 de octubre en el pueblo de Portugal donde vivía desde que en 1984 los tribunales de la supuestamente democrática España le condenaran -de forma manifiestamente injusta- por el simple hecho de mostrar al mundo una realidad alternativa a la que nos venden desde la prensa, las televisiones y la Iglesia; por contar la dramática historia de unos crímenes cuyos autores tienen nombres y apellidos (apellidos ilustres, algunos de ellos) y gozan incluso hoy de la más absoluta impunidad, de tal modo que incluso pueden permitirse llevar a los tribunales y hacer que se condene a quienes pretendan rescatar la memoria de las atrocidades que cometieron.

Hoy traigo a esta página el flagrante delito de Fernando Ruiz: el documental «Rocío», que le costó su carrera profesional y su futuro en esta España en la que, como dijera Alfonso Guerra, quien se mueve no sale en la foto. Se trata de una versión censurada del mismo que sí terminó emitiéndose (no sin provocar, incluso censurado, grandes protestas por parte de algunos sectores de la derecha y de la Iglesia). Por más que he buscado, no he encontrado la versión completa, prohibida todavía hoy por las autoridades «democráticas» de nuestro país. No dejen de verlo y de escandalizarse por las revelaciones que contiene, porque fue un precio muy alto el que su autor hubo de pagar para que conociéramos estos hechos.

Va por ti, Fernando.

La prostitución de la memoria

Relato novelado basado en un hecho real:

Aquel día 10 de agosto había sido asfixiante, especialmente allí, encerrado entre las cuatro sucias paredes de la improvisada celda falangista cercana a la sevillana Puerta Osario. Constantemente entraba y salía gente, aunque siempre entraba más de la que salía, y era complicado echar una cabezada para evadirse del calor y del mal olor con ese atronar de botas militares y gritos. De los que compartían la celda con Blas, ninguno se hacía ilusiones: aquello era la antesala de la muerte. Casi todos estaban allí encerrados por algún motivo: enemistades personales, rencillas familiares, asuntos de dineros… los había incluso que estaban detenidos por motivos políticos, y Blas era uno de esos pocos.

Aunque llevaba varios días preso, nadie le había dicho el porqué de su encarcelamiento. Él, que siempre había vivido por y para el derecho, observaba atónito que cualquier atisbo de unas garantías procesales había desaparecido de la mano de aquellos camisas azules con pistola al cinto, cuyos puños eran lo único más rápido que sus gatillos. Había dejado de preguntarse los motivos de su detención, ya que pareciera que la lógica se había roto como un vidrio fino bajo el peso de aquellas botas militares que zapateaban por los corredores.

Y en un momento como otro cualquiera, cuando ya se habían apagado las últimas luces del día, la puerta se abrió violentamente –estos todo lo hacían con mucha violencia, acojonando al personal a cada paso que daban– y una voz autoritaria bramó su nombre:

-¡Blas Infante Pérez! ¡Que salga!

Se levantó con expectación y salió de la celda, donde un grupo de falangistas armados con fusiles le estaba esperando. Antes, intentó recomponer un poco su sucio y arrugado traje. De sobra sabía que ese traje le había ahorrado más de un golpe. Los falangistas dudaban ante aquel detenido a la hora de repartir bofetadas y puñetazos, ya que no se parecía en nada al resto de los muertos de hambre a los que custodiaban. Si en algún momento se había hecho ilusiones de salir con vida, ya se podía ir olvidando del tema. En fin, si había que afrontar la muerte, al menos esperaba poder hacerlo con un poco de dignidad. Al llegar a la camioneta que esperaba en la puerta ya había otros tres presos esperando sentados en la caja.

Una vez que el camión enfiló hacia la Puerta Osario, las casas dieron muy pronto paso a los numerosos huertos y sembrados de los que se alimentaba Sevilla, extendidos a uno y otro lado de la carretera de Madrid. Cuando el jefe del pelotón consideró que ya estaban bastante alejados ordenó detener el camión. El resto de la macabra ceremonia transcurrió con rapidez y profesionalidad. Se notaba que aquellos tipos estaban acostumbrados a dar paseos; probablemente en poco tiempo se convertirían en los maestros de los verdugos que estaban por llegar. Todo fue muy sórdido y prosaico: les pusieron en fila frente al pelotón, y mientras los camisas azules cargaban los fusiles y se disponían para la ejecución, a Blas le dio por gritar:

-¡Viva Andalucía libre!

Tuvo la sensación de que aquello era como predicar en el desierto, y por un momento sintió un poco de pudor por haber dado a sus verdugos motivos para la mofa. Por lo menos, gritando aquello sintió que el miedo cedía ante lo enardecido de su grito, y al fin y al cabo, peor ya no le podía ir. Dos órdenes cortantes del jefe del pelotón, y todo terminó tan de prisa como había comenzado. Blas estaba en el suelo, muerto de un disparo certero y casi a bocajarro.

Cuatro años más tarde, un tribunal a las órdenes del gobierno formado por los rebeldes vencedores de la guerra le declaró culpable y le sentenció a muerte, dando legitimidad a aquel crimen cometido con nocturnidad y alevosía. Luego siguieron décadas de represión y cientos de miles de crímenes más que quedarían para siempre impunes, igual que el suyo. Después de tantos años, de nuevo la democracia y, por fin, el sueño cumplido de Blas Infante de un autogobierno para Andalucía.

Pero ¡ay!, vivimos en un país de memoria frágil, y este año 2010 en que se cumplen 74 años del fusilamiento de Blas Infante, el Partido Popular, heredero ideológico del franquismo, se permite el macabro lujo de homenajear a aquél que fuera abatido por las balas del franquismo. Y no contentos con eso, se permite reprochar a otros su comparecencia o no a semejante acto de hipocresía suprema.

Blas Infante es un personaje controvertido: para algunos, un burgués; para otros, un anarquista. Hay quien dice que era un criptomusulmán (convertido al Islam en secreto durante un viaje a marruecos). Anarquista, derechista, federalista, independentista… Al final podría ser que Blas Infante sólo fuera un hombre como cualquiera, con sus propias ideas que tal vez no casaran en ninguno de los corsés políticos de su época ni de la actualidad; un hombre que tuvo un sueño de libertad para Andalucía y que perdió su vida por ello.

Contra la impunidad

Siempre he sostenido que actores y cantantes no son los mejores representantes de nuestra cultura, y que el hecho de que se autoproclamen como “el mundo de la cultura” desvirtúa de hecho la verdadera cultura de nuestro país. Sin embargo, este video tiene para mí mucho interés, porque muestra los casos concretos de ciudadanos que en su día sufrieron la injusticia del franquismo; injusticias perpetradas por criminales que, a día de hoy, permanecen impunes. Es por eso por lo que quiero difundirlo en mi página: la verdadera paz no es la ausencia de la guerra, sino el imperio de la justicia.

PD: Espero que esta gente no quiera cobrarme por publicarlo…

El franquismo en la cultura popular andaluza: El destierro

A Luis Cernuda le arrancaron España como a quien le arrancan un brazo o una pierna. También le arrancaron de la memoria de dos generaciones de españoles. En el nuevo ideario fascista de la España de Franco no interesaba un poeta andaluz, rojo y maricón como él, cuya única ventaja era haber escapado del destino que le esperaba a manos de los sublevados; el mismo destino que había sufrido Federico: un paseo por el campo al despuntar el alba y un tiro a traición por la espalda. Sólo un cuerpo más que enterrar en los cementerios de la Historia que son las cunetas de las carreteras españolas.

No, Cernuda tuvo la suerte de poder sobrevivir, de alejarse de aquella España negra y sin futuro, detenida en el tiempo, y seguir adelante en Inglaterra y en América. Sin embargo, Luis Cernuda ya no volvió a ser el mismo. Durante el resto de su vida se vio consumido por la nostalgia y el recuerdo de su patria; una nostalgia que se manifiesta en poemas como Quisiera estar solo en el sur, o en éste que hoy traigo, Un español habla de su tierra.

Hoy, casi cincuenta años después de su muerte, algunos españoles volvemos la vista atrás y buscamos entre las ruinas de una época para encontrar los retales de nuestra cultura. Cernuda ya lo vaticinó en su poema: “Un día tú, ya libre de la mentira de ellos, me buscarás. Entonces ¿qué ha de decir un muerto?” Creo sinceramente -y espero- que mucho, por nuestro propio bien.

Las playas, parameras
al rubio sol durmiendo,
los oteros, las vegas
en paz, a solas, lejos;

los castillos, ermitas,
cortijos y conventos,
la vida con la historia,
tan dulces al recuerdo.

Ellos, los vencedores
Caínes sempiternos,
de todo me arrancaron.
Me dejan el destierro.

Una mano divina
tú tierra alzó en mi cuerpo
y allí la voz dispuso
que hablase tu silencio.

Contigo solo estaba,
en ti sola creyendo;
pensar tu nombre ahora
envenena mis sueños.

Amargos son los días
de la vida, viviendo
sólo una larga espera
a fuerza de recuerdos.

Un día, tú ya libre
de la mentira de ellos,
me buscarás. Entonces
¿qué ha de decir un muerto?