Galería de personajes siniestros (VI): Carlos Arias Navarro

“Españoles: Franco… ha muerto”.

(No es necesario tragarse el vídeo, incluido aquí sólo para documentar la entrada)

Carlos Arias Navarro

Mucho sentimiento desprendían en noviembre de 1975 las palabras del entonces presidente del gobierno de España, designado por el fallecido dictador Francisco Franco. Demasiado sentimiento para quien sin compasión alguna participó desde 1937 en el asesinato masivo de miles de malagueños tras la conquista de Málaga por las tropas sublevadas. Ya he hablado en otras ocasiones sobre la brutal represión ejercida por los fascistas en Málaga; pues bien: Arias Navarro fue uno de los fiscales más activos en aquellos juicios sumarísimos en los que las sentencias estaban dictadas de antemano, una actuación que le valió el apodo de “El Carnicerito de Málaga”, atendiendo además de a su mala leche, a su reducida estatura.

Tras la guerra, Arias fue escalando puestos en el escalafón del Régimen, siendo gobernador civil en varias provincias y llegando incluso a alcalde de Madrid, donde fueron sonados algunos de sus pelotazos/atentados urbanísticos. En los últimos años del franquismo fue ministro de la gobernación (lo que hoy se conoce como ministro del Interior) y, tras la muerte de Carrero Blanco, presidente del gobierno, culminando así una carrera política iniciada sobre miles de cadáveres de republicanos en la ciudad mártir de Málaga.

Como colofón a esta sangrienta ascensión por los vericuetos del poder, Arias Navarro fue corresponsable del asesinato de Salvador Puig Antich en 1974 y de los cinco fusilados de ETA y FRAP en 1975. Tras la muerte del dictador, el rey Juan Carlos I se dio toda la prisa posible en deshacerse de un individuo tan desacreditado a nivel nacional e internacional, y sólo entonces pudieron llevarse a cabo las primeras reformas que condujeran a un sistema democrático en España.

Arias Navarro terminó su carrera política como muchos otros altos cargos del régimen franquista: afiliado a Alianza Popular (conocido actualmente como Partido Popular, partido que hoy ostenta el gobierno del país y, qué curioso, también la alcaldía de Málaga), y murió en 1989. Aún hoy recibe los homenajes de sus herederos ideológicos del Partido Popular, como el que en 2010 dio nombre a un parque de Madrid a pesar de la Ley de Memoria Histórica que prohíbe expresamente el enaltecimiento de los altos cargos de la dictadura franquista.

El franquismo en la cultura popular andaluza: el paseo

Parece mentira que, a día de hoy, decenas de miles de españoles permanezcan enterrados en miserables cunetas, mientras la justicia hace oídos sordos a las reclamaciones de sus familiares y mientras el gobierno les insulta, acusándoles de “querer reabrir viejas heridas”. Haciendo una analogía cercana, es como si el gobierno alemán se negara a dar una sepultura digna a los millones de asesinados por el régimen nazi.

Y sin embargo, aquí seguimos, desenterrando por nuestra cuenta cadáveres de ciudadanos asesinados sin que ningún juez de guardia se digne a hacer siquiera acto de presencia.

Nadie está pidiendo venganza. No es una cuestión de revanchismo político. España necesita una declaración formal que repare el genocidio cometido por las tropas franquistas durante la guerra y la posguerra. España necesita que ni uno solo de sus ciudadanos tenga que soportar la humillación de tener a sus familiares enterrados al lado de una carretera, o en una fosa común anónima de cualquier cementerio. Sólo así podrán cerrarse de verdad las heridas que tanto molestan a nuestro actual presidente del gobierno.

Para ilustrar esta entrada, hoy os dejo con el Romance de Juan García, un valiente martinete grabado en 1968 por José Menese con letra de Francisco Moreno Galván. Al igual que Juan García, fueron muchos los españoles sentenciados “a golpe de mosquetón, sin jueces ni defensor”.

Fernando Ruiz Vergara

El pasado miércoles, mientras la cabra de la Legión española hacía su anual paseo triunfal por las calles madrileñas entre el fervor patriótico de los que nunca abuchearon a un gobierno de derechas, un andaluz moría en el exilio.

Sí, en el exilio, porque Fernando Ruiz Vergara murió el día 12 de octubre en el pueblo de Portugal donde vivía desde que en 1984 los tribunales de la supuestamente democrática España le condenaran -de forma manifiestamente injusta- por el simple hecho de mostrar al mundo una realidad alternativa a la que nos venden desde la prensa, las televisiones y la Iglesia; por contar la dramática historia de unos crímenes cuyos autores tienen nombres y apellidos (apellidos ilustres, algunos de ellos) y gozan incluso hoy de la más absoluta impunidad, de tal modo que incluso pueden permitirse llevar a los tribunales y hacer que se condene a quienes pretendan rescatar la memoria de las atrocidades que cometieron.

Hoy traigo a esta página el flagrante delito de Fernando Ruiz: el documental «Rocío», que le costó su carrera profesional y su futuro en esta España en la que, como dijera Alfonso Guerra, quien se mueve no sale en la foto. Se trata de una versión censurada del mismo que sí terminó emitiéndose (no sin provocar, incluso censurado, grandes protestas por parte de algunos sectores de la derecha y de la Iglesia). Por más que he buscado, no he encontrado la versión completa, prohibida todavía hoy por las autoridades «democráticas» de nuestro país. No dejen de verlo y de escandalizarse por las revelaciones que contiene, porque fue un precio muy alto el que su autor hubo de pagar para que conociéramos estos hechos.

Va por ti, Fernando.

La prostitución de la memoria

Relato novelado basado en un hecho real:

Aquel día 10 de agosto había sido asfixiante, especialmente allí, encerrado entre las cuatro sucias paredes de la improvisada celda falangista cercana a la sevillana Puerta Osario. Constantemente entraba y salía gente, aunque siempre entraba más de la que salía, y era complicado echar una cabezada para evadirse del calor y del mal olor con ese atronar de botas militares y gritos. De los que compartían la celda con Blas, ninguno se hacía ilusiones: aquello era la antesala de la muerte. Casi todos estaban allí encerrados por algún motivo: enemistades personales, rencillas familiares, asuntos de dineros… los había incluso que estaban detenidos por motivos políticos, y Blas era uno de esos pocos.

Aunque llevaba varios días preso, nadie le había dicho el porqué de su encarcelamiento. Él, que siempre había vivido por y para el derecho, observaba atónito que cualquier atisbo de unas garantías procesales había desaparecido de la mano de aquellos camisas azules con pistola al cinto, cuyos puños eran lo único más rápido que sus gatillos. Había dejado de preguntarse los motivos de su detención, ya que pareciera que la lógica se había roto como un vidrio fino bajo el peso de aquellas botas militares que zapateaban por los corredores.

Y en un momento como otro cualquiera, cuando ya se habían apagado las últimas luces del día, la puerta se abrió violentamente –estos todo lo hacían con mucha violencia, acojonando al personal a cada paso que daban– y una voz autoritaria bramó su nombre:

-¡Blas Infante Pérez! ¡Que salga!

Se levantó con expectación y salió de la celda, donde un grupo de falangistas armados con fusiles le estaba esperando. Antes, intentó recomponer un poco su sucio y arrugado traje. De sobra sabía que ese traje le había ahorrado más de un golpe. Los falangistas dudaban ante aquel detenido a la hora de repartir bofetadas y puñetazos, ya que no se parecía en nada al resto de los muertos de hambre a los que custodiaban. Si en algún momento se había hecho ilusiones de salir con vida, ya se podía ir olvidando del tema. En fin, si había que afrontar la muerte, al menos esperaba poder hacerlo con un poco de dignidad. Al llegar a la camioneta que esperaba en la puerta ya había otros tres presos esperando sentados en la caja.

Una vez que el camión enfiló hacia la Puerta Osario, las casas dieron muy pronto paso a los numerosos huertos y sembrados de los que se alimentaba Sevilla, extendidos a uno y otro lado de la carretera de Madrid. Cuando el jefe del pelotón consideró que ya estaban bastante alejados ordenó detener el camión. El resto de la macabra ceremonia transcurrió con rapidez y profesionalidad. Se notaba que aquellos tipos estaban acostumbrados a dar paseos; probablemente en poco tiempo se convertirían en los maestros de los verdugos que estaban por llegar. Todo fue muy sórdido y prosaico: les pusieron en fila frente al pelotón, y mientras los camisas azules cargaban los fusiles y se disponían para la ejecución, a Blas le dio por gritar:

-¡Viva Andalucía libre!

Tuvo la sensación de que aquello era como predicar en el desierto, y por un momento sintió un poco de pudor por haber dado a sus verdugos motivos para la mofa. Por lo menos, gritando aquello sintió que el miedo cedía ante lo enardecido de su grito, y al fin y al cabo, peor ya no le podía ir. Dos órdenes cortantes del jefe del pelotón, y todo terminó tan de prisa como había comenzado. Blas estaba en el suelo, muerto de un disparo certero y casi a bocajarro.

Cuatro años más tarde, un tribunal a las órdenes del gobierno formado por los rebeldes vencedores de la guerra le declaró culpable y le sentenció a muerte, dando legitimidad a aquel crimen cometido con nocturnidad y alevosía. Luego siguieron décadas de represión y cientos de miles de crímenes más que quedarían para siempre impunes, igual que el suyo. Después de tantos años, de nuevo la democracia y, por fin, el sueño cumplido de Blas Infante de un autogobierno para Andalucía.

Pero ¡ay!, vivimos en un país de memoria frágil, y este año 2010 en que se cumplen 74 años del fusilamiento de Blas Infante, el Partido Popular, heredero ideológico del franquismo, se permite el macabro lujo de homenajear a aquél que fuera abatido por las balas del franquismo. Y no contentos con eso, se permite reprochar a otros su comparecencia o no a semejante acto de hipocresía suprema.

Blas Infante es un personaje controvertido: para algunos, un burgués; para otros, un anarquista. Hay quien dice que era un criptomusulmán (convertido al Islam en secreto durante un viaje a marruecos). Anarquista, derechista, federalista, independentista… Al final podría ser que Blas Infante sólo fuera un hombre como cualquiera, con sus propias ideas que tal vez no casaran en ninguno de los corsés políticos de su época ni de la actualidad; un hombre que tuvo un sueño de libertad para Andalucía y que perdió su vida por ello.

Contra la impunidad

Siempre he sostenido que actores y cantantes no son los mejores representantes de nuestra cultura, y que el hecho de que se autoproclamen como “el mundo de la cultura” desvirtúa de hecho la verdadera cultura de nuestro país. Sin embargo, este video tiene para mí mucho interés, porque muestra los casos concretos de ciudadanos que en su día sufrieron la injusticia del franquismo; injusticias perpetradas por criminales que, a día de hoy, permanecen impunes. Es por eso por lo que quiero difundirlo en mi página: la verdadera paz no es la ausencia de la guerra, sino el imperio de la justicia.

PD: Espero que esta gente no quiera cobrarme por publicarlo…