Lugares con Historia (VIII): Cabrera

La tarde no podía ser más hermosa: el sol se deslizaba lentamente, enrojeciendo el cielo a medida que se ocultaba en el horizonte. Como allí no había otra cosa que hacer, grupos de hombres harapientos se reunían cada tarde en playas y acantilados para contemplar el bello espectáculo del ocaso, generalmente sumidos en sus melancólicos recuerdos que les transportaban muy lejos de allí. Después de un largo rato de silencio, Jean rompió el silencio, comentando a su camarada François:

-C’est beau, oui? (Bonito, ¿verdad?)

-Oui, très agréable. Je n’ai jamais pensé que l’enfer était si belle. (Sí, muy bonito. Nunca pensé que el infierno fuera tan bello.)

Jean sabía que a François no le quedaba mucho tiempo de vida. En los últimos días había tenido que arrastrarle hasta la cola del agua, a esperar durante horas la escasa ración del preciado líquido que mitigara un poco aquella sed que nunca se apagaba. Sabía también que su propio estado de debilidad no le permitiría hacerlo al día siguiente. Estaba seguro de que François moriría si no conseguía beber un poco más de agua en las próximas horas.

Pero Jean tenía asuntos más importantes de los que preocuparse. La chalupa con los escasos víveres que los españoles les traían de Mallorca no aparecía desde hacía varios días, y ya recorrían la isla varias bandas de prisioneros que secuestraban, asesinaban y devoraban a cualquier incauto que se atreviera a andar solo por ahí. La verdad es que no se les podía reprochar ese comportamiento después de seis largos años de privaciones y miserias. Cualquier atisbo de humanidad había desaparecido hacía mucho tiempo en aquella isla. Por eso era prudente acercarse hasta el puerto, donde se reunía cada noche un gran número de hombres parta dormir al amparo de la multitud.

Jean miró de nuevo las últimas luces del día y contempló en el cielo las primeras estrellas de aquel cielo impoluto que pronto ofrecería el mismo magnífico espectáculo de todas las noches. No había candelas que perturbaran la visión de las estrellas en aquella abarrotada isla, porque incluso la madera de los pocos árboles que crecían allí hacía tiempo que había servido de alimento a los más desesperados. Jean sacó de un bolsillo un mugriento papel e hizo sus cálculos: 15 de mayo de 1814. Mañana era la fiesta de Saint Honoré de Amiens, el patrón de los panaderos y los pasteleros. Le resultaba tragicómico pensar que, mientras en su pueblo la gente aprovecharía la ocasión para festejar al santo comiendo pasteles, él probablemente muriera de hambre ese mismo día.

Miró a su lado, donde François se había quedado acostado boca arriba con los ojos abiertos. No se molestó en tocarle, porque si no estaba muerto, seguramente lo estaría a la mañana siguiente. Tampoco él tenía muchas esperanzas de sobrevivir, así que desistió de caminar hasta el puerto: no merecía la pena tomarse el trabajo. Era preferible quedarse allí, junto al acantilado, mirando el cielo estrellado sin tener que soportar el hedor de toda aquella gente que un día fueran sus animosos compañeros de armas del mejor ejército del mundo, y que hoy no eran sino animales acorralados.

La luz del sol le molestaba en los párpados cerrados cuando por fin abrió los ojos. Jean escuchaba unos gritos que subían desde el puerto, en la lejanía.

-Nous sommes libres! Nous été libéré! (¡Somos libres! ¡Nos han liberado!)

Se levantó con esfuerzo, sintiendo el mareo de los muchos días que llevaba sin nada que comer, y pudo ver una goleta fondeada en la bahía. Sabía que aquello no podría durar para siempre, aunque tenía sus dudas sobre si él mismo viviría para ver el fin de aquel infierno. Observó que muchos hombres se arremolinaban en el puerto, y oyó los gritos de alegría de la multitud. Jean se agachó y zarandeó a su compañero.

-François, nous revenons à la France. (François, volvemos a Francia.)

Pero François estaba tieso como un palo, con los mismos ojos abiertos de la noche anterior. Jean había visto morir a muchos hombres en aquella isla, así que estaba curtido por el contacto permanente con la muerte. Simplemente se incorporó y abandonó el cuerpo de François al sol, caminando despacio, tambaleante, en dirección al puerto.

Aquí está la paradisíaca isla de Cabrera, situada al suroeste de Mallorca: un paraíso natural dentro del amplio conjunto de maravillas que ofrecen las Islas Baleares. Viendo los veleros fondeados en sus calas y bahías, mecidos apaciblemente por la brisa, nadie podría imaginar que, hace exactamente doscientos años, Cabrera fue un infierno donde miles de hombres vivieron y murieron en condiciones infrahumanas, abandonados al hambre y la desesperación en aquella isla sin recursos para alimentarles.

Durante cinco largos años, la isla de Cabrera fue un campo de concentración -el primer campo de concentración documentado de la historia- para los prisioneros franceses derrotados en la batalla de Bailén. Estos soldados fueron víctimas por partida doble de un emperador egocéntrico que les despreciaba por perdedores y de unas autoridades españolas negligentes y despiadadas a las que no les importó abandonar en aquel paraje desierto a combatientes que hubieran merecido un trato más humanitario.

Después de languidecer hacinados en pontones durante un año cerca de Sanlúcar, los más de nueve mil prisioneros franceses fueron conducidos a un nuevo presidio, lejos de la población española que no quería saber nada de aquellos invasores y que temía contagiarse de las muchas enfermedades que el hacinamiento de estos hombres estaba provocando. Su viaje terminó en la isla de Cabrera, donde se les puso en libertad para que esperaran allí hasta el final de la contienda.

Ni qué decir tiene que aquella isla tan pequeña carecía de los recursos naturales suficientes como para mantener a una población tan elevada, por lo que, en principio, los prisioneros eran abastecidos desde Mallorca por barco. Esto era la teoría, porque en realidad, el alimento era siempre escaso, y los soldados se vieron sometidos al hambre. Tras un intento frustrado de fuga, el abastecimiento fue cortado durante varias semanas, lo que provocó una gran mortandad entre los más débiles. En aquellos años se produjeron todo tipo de macabras escenas de rapiña humana, incluyendo el canibalismo. De los más de nueve mil hombres que desembarcaron en Cabrera como prisioneros, tan sólo algo más de tres mil volvieron a Francia para poder relatar a los suyos la trágica historia de los franceses de Cabrera.

Para saber más:

Las amapolas rojas

Jaroslav no había cogido un libro en su vida. Las únicas letras que conocía eran las que le enseñaron en la escuela elemental de pequeño y las de la biblia del párroco de su pueblo, que los muchachos solían leer los domingos durante la misa. Por eso para él aquel maldito lugar del infierno era como cualquier otro: una puñetera roca empinada como una pared, descarnada por los intensos bombardeos y plagada de enemigos agazapados y dispuestos a pegarle un tiro a cualquier cosa que se moviera.

De haber estudiado un poco de historia, siquiera un poco de la historia de su Iglesia, de la que era un fervoroso creyente, Jaroslav sabría que aquellos fragmentos de columnas y aquellas antiquísimas figuras talladas que ahora aparecían esparcidas por toda la ladera de la colina otrora habían pertenecido a uno de los centros espirituales más importantes del Occidente cristiano. Para Jaroslav, Montecasino era sólo una cota más a conquistar, una posición estratégica que arrebatar a los boches antes de poder tomar la misma Roma y expulsarlos para siempre de Italia. Para el resto del mundo, aquel era el mágico lugar donde un templo sucedía a otro desde la antigüedad sin memoria; el lugar donde San Benito escribió la regla monástica que había regido la vida de millones de monjes durante los últimos mil quinientos años; uno de los pocos lugares donde la sabiduría de los pensadores clásicos se había refugiado durante los oscuros siglos del medioevo.

La abadía de Montecasino había sido destruida en multitud de ocasiones. Su privilegiada ubicación era al mismo tiempo su maldición. Lombardos, Sarracenos, Napoleón e incluso la propia naturaleza en forma de terremotos parecían haberse coaligado para borrar del mapa aquel monasterio erigido sobre la montaña. En febrero de 1944, un general neozelandés sin dos dedos de frente había decidido sacar a los alemanes del monasterio por el expeditivo procedimiento de bombardear el complejo hasta sus cimientos. Craso error: los alemanes observaron con toda la parsimonia del mundo cómo más de doscientos bombarderos aliados reducían aquella obra maestra de la arquitectura religiosa a un montón de escombros humeantes, provocando de paso un verdadero escándalo en la Iglesia. Afortunadamente, los demonios nazis habían sido previsores, y la mayor parte de los tesoros de la abadía habían sido transportados a Roma para preservarlos de la destrucción. Tras el bombardeo, la 1ª división de paracaidistas alemanes ocupó lo que quedaba del recinto y se atrincheraron entre las ruinas. Un montón de tíos duros, acostumbrados a encontrarse  con el enemigo en inferioridad de condiciones, a pelear acorralados y pegados al terreno. Los aliados lo iban a tener muy difícil sacarles de allí.

Inmediatamente después del intenso bombardeo se fueron sucediendo los asaltos contra la cima de la montaña. Primero los ingleses, luego los gurkas indios y luego el batallón mahorí neozelandés. En aquellos días de mediados de febrero de 1944, la montaña a la que un día subiera San Benito para retirarse de las miserias del mundo se había convertido en un cementerio sin lápidas. Centenares de soldados muertos yacían en las laderas pudriéndose, mientras los supervivientes de uno y otro lado continuaban disparándose entre el olor a sangre y  a carne putrefacta. Los alemanes iban a aguantar todo lo que los ejércitos aliados tuvieran para arrojarles encima durante otros tres meses. Ochocientos paracaidistas alemanes contra dos divisiones enemigas completas: más de veinte mil hombres paralizados en una sangrienta batalla sin final por la toma de Montecasino.

Jaroslav llegó junto con sus compañeros del II cuerpo de ejército polaco a mediados de mayo. La situación parecía estancada, a pesar de los pequeños avances aliados por hacerse con las posiciones defendidas por los paracaidistas alemanes.  Todos sabían que los polacos tenían una especial inquina a los alemanes. No en vano, Polonia fue la primera nación en caer víctima de la guerra relámpago de Hitler. Lo poco que los alemanes no tomaron de Polonia cayó rápidamente en manos de los rusos. Los polacos libres que luchaban en las filas aliadas tenían mucho que demostrar, y estaban dispuestos a hacerlo. Subir a Montecasino iba a convertirse en otra de las gloriosas gestas protagonizadas por unos soldados que nada tenían ya que perder excepto una vida sin patria y sin derechos. Ni siquiera tenían derecho a rendirse, ya que los alemanes solían ejecutar inmediatamente a todo soldado polaco que cayera en sus manos.

Ahora Jaroslav se arrastraba entre cenizas y restos que una vez fueron humanos hacia la cumbre de aquella maldita colina. No se atrevía a levantar la cabeza por miedo a que un francotirador se la volara. Durante la carga que él y sus compañeros habían protagonizado unos minutos antes, las ametralladoras MG-42 alemanas habían provocado una verdadera carnicería. Jaroslav vio caer a la mayor parte de sus compañeros víctimas de la lluvia de balas que les había caído desde las posiciones elevadas del enemigo. No veía a nadie, no podía contactar con nadie, y ni siquiera se atrevía a hacer ruido en el sepulcral silencio que sucedió a la carga de los polacos. Se agazapó tras el cuerpo de un soldado norteamericano que, por su olor y aspecto, debía llevar muerto allí por lo menos dos semanas. Fue entonces cuando un soldado alemán apareció gateando de detrás de una roca y le miró muy fijamente. Jaroslav vio su mirada, espantada como la de él mismo por la destrucción que le rodeaba. Le pareció que era un muchacho joven como otro cualquiera; un camarada en medio de la desolación y la muerte, pero aquella sensación de fraternidad duró poco: ese soldado era su enemigo, el mismo que acababa de masacrar a casi todos sus compatriotas que le habían acompañado hasta estos riscos. Tenía que matarle antes de que el enemigo le matara a él.

No había tiempo de disparar, y tampoco hubiera sido bueno hacerlo, ya que podría revelar su posición a los alemanes y que estos le frieran a morterazos. Sacó la bayoneta de su funda y se abalanzó contra el alemán, clavándole el cuchillo en el vientre. El alemán gimió, y en ese mismo momento, Jaroslav sintió un dolor tremendo en el costado izquierdo, justo en el lugar donde el alemán agonizante acababa de apuñalarle. En los pocos segundos de vida que le quedaron a ambos, se quedaron mirándose fijamente uno al otro; una mirada que no era ya de odio, ni siquiera de temor. Abandonaban este mundo, pero ningún infierno podría ser peor que aquello, de manera que ambos parecían congraciarse con la muerte en la esperanza de, por lo menos, descansar para siempre de los terrores de la guerra.

Una semana más tarde, la bandera polaca ondeaba sobre los restos de Montecasino, mientras  la corneta del soldado polaco Emil Czech entonaba el toque tradicional polaco Hejnał mariacki. Los alemanes habían abandonado finalmente Montecasino y se retiraban, dejando expedito el camino de los aliados hacia Roma. Jaroslav pasó a formar parte de aquel lugar, enterrado junto a sus casi cuatro mil compañeros de armas en el cercano cementerio polaco. Casi el mismo día en que Montecasino era tomado, uno de aquellos soldados polacos llamado Alfred Schultz compuso el himno Czerwone maki na Monte Cassino (Las amapolas rojas de Montecasino), en honor a sus compañeros caídos en combate, donde compara la gesta polaca en la famosa montaña italiana con la legendaria carga de los lanceros polacos en la batalla de Somosierra de 1808 y con la carga de la II brigada de legiones polaca contra los rusos en Rokitno en 1915.

Czy widzisz te gruzy na szczycie?
Tam wróg twój się kryje jak szczur!
Musicie, musicie, musicie!
Za kark wziąć i strącić go z chmur!
I poszli szaleni, zażarci,
I poszli zabijać i mścić,
I poszli jak zawsze uparci,
Jak zawsze za honor się bić.

Czerwone maki na Monte Cassino
Zamiast rosy piły polską krew…
Po tych makach szedł żołnierz i ginął,
Lecz od śmierci silniejszy był gniew!
Przejdą lata i wieki przeminą.
Pozostaną ślady dawnych dni!.
I tylko maki na Monte Cassino
Czerwieńsze będą, bo z polskiej wzrosną krwi.

Runęli przez ogień, straceńcy!
Niejeden z nich dostał i padł…
Jak ci z Samosierry szaleńcy,
Runęli impetem szalonym
Jak ci spod Rokitny, sprzed lat.
I doszli. I udał się szturm.
I sztandar swój biało-czerwony
Zatknęli na gruzach wśród chmur.

Czerwone maki na Monte Cassino…

Czy widzisz ten rząd białych krzyży?
To Polak z honorem brał ślub.
Idź naprzód – im dalej, im wyżej,
Tym więcej ich znajdziesz u stóp.
Ta ziemia do Polski należy,
Choć Polska daleko jest stąd,
Bo wolność krzyżami się mierzy
Historia ten jeden ma błąd.

Czerwone maki na Monte Cassino…

Ćwierc wieku, koledzy, za nami,
Bitewny ulotnił się pył
I klasztor białymi murami
Na nowo do nieba się wzbił…
Lecz pamięć tych nocy upiornych
I krwi, co przelała się tu
Odzywa sie w dzwonach klasztornych,
Grających poległym do snu…!

¿Ves estas ruinas en lo alto?
¡Allí se esconden como ratas tus enemigos!
Debes, debes, debes
agarrarlos por el cuello y echarles de las nubes.
Y ellos fueron, locos, sin hacer caso [del enemigo],
y ellos fueron, para matar y vengarse,
y ellos fueron, tercos como siempre,
como siempre, por el honor, a luchar.

Las rojas amapolas de Montecasino
en lugar de rocío, bebieron sangre polaca…
Sobre ellas los soldados fueron y murieron,
pero la rabia fue más poderosa que la muerte.
Pasarán los años y cambiarán los tiempos,
sólo huellas de los días pasados quedarán.
Sólo las amapolas de Montecasino
serán más rojas por la sangre polaca que bebieron.

Ellos cargaron a través del fuego, condenados,
incontables fueron heridos y cayeron.
Como la caballería [polaca] en Somosierra,
ellos cargados con su furioso empuje.
Como aquellos en Rotikno hace años.
Y alcanzaron su objetivo, y vencieron.
Y su estandarte blanco y escarlata
fue izado sobre las ruinas, en medio de las nubes.

Rojas amapolas de Montecasino.

¿Ves esa fila de cruces blancas?
Allí dejaron su honor los soldados polacos.
adelante, más lejos, más alto,
los mejores que encontrarás a tus pies.
Este suelo pertenece a Polonia
aunque Polonia se encuentre muy lejos,
para la libertad [la distancia] se mide en cruces
A la Historia le falta éstas.

Rojas amapolas de Montecasino…

Detrás nuestra, camaradas, un cuarto de siglo,
el polvo de la batalla se ha ido,
y los blancos muros del monasterio
de nuevo alcanzan el cielo…
Pero la memoria de aquellas terribles noches
y la sangre que allí fue derramada
provocan ecos en las campanas del monasterio
dejando a los caidos descansar.

La Guerra de Granada

Entre 1480 y 1492, durante el reinado de los Reyes Católicos, se completó en Andalucía la conquista de lo que antaño había sido la Al-Andalus musulmana, cuyo último episodio fue la guerra contra el reino nazarí de Granada. Fue una guerra de conquista inspirada desde la corona, pero muchas veces animada por la ambición de algunos notables del reino de Castilla, que deseaban obtener más territorio y riquezas por medio de las armas.

Sin embargo, como todas las guerras, la de Granada fue una guerra cara. Las tropas debían ser pagadas, alojadas y alimentadas, y la sociedad castellana no disponía de los suficientes recursos económicos para aportar el capital necesario. Bueno, en realidad, sí que existía un sector de la sociedad que disponía de esos recursos, y los Reyes Católicos harían valer sus altos ideales religiosos para que todo aquel dinero cambiara de manos…

El historiador y humanista Alonso de Palencia nos relata estos acontecimientos y muchos otros de importancia en sus crónicas sobre la Guerra de Granada:

(…) En Sevilla se procedió al castigo de los conversos de la ciudad, que, como los demás andaluces de su ralea, eran conocidamente refractarios a la fe católica. Titubeaban, sin embargo, los cristianos en señalar los sospechosos de herejía, y reputaban por más inficionada a la plebe de los conversos que a los principales de entre ellos; pero convencidos de la perversión de los que la habían inducido a los mayores errores, castigaron a los cabezas juntamente con sus prosélitos, entregándolos a las llamas o sepultándolos en lóbregos calabozos. Estos casos fueron mucho más terribles que en parte alguna en Sevilla, porque aquí tuvo principio la Inquisición y porque de día en día aumentaban los delitos y se iban descubriendo las maldades y traiciones de los conversos, que encaminaban sus inicuos, propósitos a mayor daño del nombre cristiano. Mas no aprovechándoles toda su astucia para escapar al castigo, y no contando ninguno con segura morada, porque a muy pocos les aconsejaba su conciencia permanecer en la ciudad, encontraron pretexto para salir de ella en la terrible peste que allí estalló a principios de 1481. Ella fue tal, que hizo entre ellos cerca de 16.000 víctimas. Otros tantos hablan escapado al castigo con la fuga, de modo que el aspecto de la ciudad era tristísimo y parecía casi deshabitada.

(…) El establecimiento de la Inquisición, recurso indispensable para castigar la herética pravedad, había aumentado también la penuria. Cierto que ésta se consideraba baladí respecto a la felicidad eterna; como las verdaderas riquezas sean la posesión de la verdad católica. Así D. Fernando y D a Isabel antepusieron a cualquier inconveniente el arrancar de entre las gentes andaluzas la multitud de judaizantes, de modo que aquellos hombres, inficionados del error, volviesen al camino de la salud eterna por medio de una reconciliación verdadera o pereciesen entre las llamas si se mantenían pertinaces.

Sin contar los numerosos fugitivos y los condenados a cárcel perpetua, cerca de 500 fueron quemados en Sevilla en el espacio de tres años en los casos en que se hacía imposible la aplicación de pena más leve.

Entre los conversos, la mayor parte de las mujeres se entregaban a ritos judaicos. Los hombres, que erróneamente creyeron encontrar su salvación en la fuga, se llevaron cuantas riquezas pudieron, escondiendo otras muchas con la esperanza de regresar algún día. Quedó exhausta Andalucía de oro y plata, y como para pagar a las tropas no bastaban ni con mucho las rentas reales, había que recurrir a los pechos(1), principalmente por la imposibilidad de sostener la guarnición de Alhama, contigua a los dominios granadinos, si dos o tres veces al año no la entraba un convoy custodiado por fuerte ejército. Todo esto sufrían con paciencia los pueblos leales, con la esperanza de obtener al cabo algún día el deseado descanso.

Los toledanos, sin embargo, temiendo la pobreza a que quedaría reducida la ciudad si se hacía inquisición de la vida y costumbres de los conversos allí donde tres o cuatro veces la infame conducta de los judaizantes había causado daños tan terribles, trabajaban con empeño por impedir tales pesquisas. Convencido por el juicio unánime de los ciudadanos el noble y prudentísimo corregidor Gómez Manrique, de gran prestigio entre ellos, logró persuadir a la Reina con muchos argumentos de las ventajas de aplazar semejante inquisición, sobre todo en aquellas circunstancias.

Alonso de Palencia, La Guerra de Granada.

(1) Pechos: Impuestos, contribuciones.

Irreductibles legendarios (V): La fábrica de tractores

Parecía que el mundo había acabado, y que todos habían caído en un infierno helado de cascotes, cadáveres corrompidos y barro. Todos los que combatían en Stalingrado tenían la convicción de que jamás saldrían vivos de aquella ruina inmensa donde la muerte acechaba detrás de todas las esquinas, escondida en la oscuridad de las ventanas rotas de las casas bombardeadas.

Por muy dura que fuese aquella guerra, ninguna batalla fue tan cruel como la que se libró entre las ruinas de la fábrica de tractores Dzerzhinsky en el otoño de 1942. La fábrica de tractores era el orgullo de la maquinaria industrial soviética, y sus obreros produjeron tanques T-34 hasta el último momento, hasta que los bombardeos redujeron el complejo a un montón de escombros. Entonces fue cuando la fábrica pasó a convertirse en un baluarte para impedir el avance alemán hacia el Volga. La consigna del camarada Stalin no dejaba lugar a dudas: Ni un paso atrás. Los defensores de la fábrica de tractores resistirían la acometida del enemigo o perecerían en su puesto de combate. Era vital que el ejército ruso siguiera controlando la ribera del Volga, manteniendo una cabeza de playa por la que poder introducir los suministros y refuerzos que atravesaban constantemente el río; unos suministros que llegaban pese al intenso fuego artillero, pese a los constantes ataques de la aviación alemana, y pese a la certeza de los que llegaban de que se estaban internando en una pesadilla sin salida.

Y protegiéndolos a todos del enemigo se encontraban los defensores de la fábrica Dzerzhinsky. Eran soldados de reemplazo venidos de todos los puntos de la Unión Soviética, trabajadores de la fábrica que ya no podían hacer otra cosa que luchar, voluntarios y forzados, todos ellos unidos en la desesperación de quienes se encuentran acorralados. En muchas ocasiones, asomar la cabeza a más de un palmo del suelo significaba la muerte instantánea por el fuego enemigo. En demasiadas, retroceder aunque sólo fuera para encontrar un hueco donde esconderse podía significar la muerte a manos de los comisarios políticos.

La infantería y los blindados alemanes se abalanzaron contra la fábrica de tractores el 6 de octubre de 1942. A partir de ese momento, y durante más de una semana, los combates en aquel lugar maldito se producirían a muy corta distancia. En muchas ocasiones cuerpo a cuerpo. De nada servían los fusiles cuando tu enemigo se te echaba encima a menos de un metro; había que tirar de bayonetas y cuchillos. Los soldados alemanes no creían posible tal tenacidad por parte de sus enemigos. Los soviéticos se lanzaban a la muerte de forma irreflexiva, fanática, defendiendo cada nave, cada agujero, cada alcantarilla, como si se trataran del mismísimo Kremlin. Aquella ofensiva fue a duras penas detenida, con terribles pérdidas en ambos bandos. La fábrica seguiría siendo rusa de momento.

Pero entre el 14 y el 15 de octubre, los alemanes pusieron toda la carne en el asador, literalmente. Precedidos de un bombardeo masivo de artillería y aviación, los tanques alemanes se introdujeron finalmente en el complejo industrial, arrasando con sus defensas. Los defensores de la fábrica de tractores nunca se rindieron, y el enemigo, horrorizado, sólo pudo tomar aquel lugar pasando sobre cientos de muertos amontonados por doquier; soldados que habían quedado en los mismos lugares donde habían sido alcanzados por las balas o las bombas. Era un desolado paisaje dominado por el olor a muerte y por el humo.

Unos meses más tarde, el mariscal Von Paulus rendía las fuerzas alemanas sitiadas en Stalingrado. Lejos, muy lejos de Alemania, sin suministros ni alimentos, los alemanes se enfrentaban al invierno ruso y a la perspectiva de morir de hambre o morir a manos del enemigo. El VI ejército alemán se rindió el 29 de enero de 1943, pero los soldados alemanes destacados en la fábrica de tractores arrebatada a los rusos en octubre resistieron aún tres días más en medio de intensos combates antes de rendirse por falta de munición. Alemania perdió Stalingrado para siempre, pero la historia ganó un lugar donde admirar para siempre el valor y el sacrificio de unos hombres que nunca se rindieron.

Enlaces:

Efemérides: La rendición del Japón

Lo inconcebible, lo nunca visto, estaba sucediendo ante las miradas atónitas de millones de japoneses.

Durante cuatro largos años el pueblo y el ejército del Japón habían soportado una cruel guerra en las aguas del Pacífico contra los Estados Unidos, al tiempo que luchaban en las junglas del sudeste asiático contra los ingleses y sus aliados, y desde muchos años antes sostenían una guerra de ocupación en Corea y otra en China contra los nacionalistas de Chian Kai-shek y los comunistas de Mao Tse-tung. Pocos meses después de comenzar la guerra contra los Estados Unidos, el viento comenzó a soplar en contra del Japón, y aunque defendieron con encarnizamiento cada una de sus posiciones, la sagrada tierra del sol naciente muy pronto comenzaría a La ciudad de Osaka tras el bombardeo aéreo de 1945.padecer la escasez de materias primas, el desabastecimiento de sus mercados, y lo que era mucho peor, la impresionante lluvia de fuego que los miles de bombarderos norteamericanos dejarían caer sobre las ciudades niponas.

Tras la pérdida de Iwo Jima, las aeronaves estadounidenses alcanzaban casi impunemente las costas japonesas, sucediéndose una tras otra las carnicerías contra la población civil. Tokio, Osaka, Kobe, Nagoya… todas ellas fueron arrasadas por las bombas incendiarias del enemigo, pero lo peor estaba por llegar

El 6 de agosto de 1945 una bomba atómica hacía explosión sobre la vertical de la ciudad de Hiroshima, destruyendo la ciudad en un instante y provocando decenas de miles de muertos. Ahora los Estados Unidos estaban en posesión del arma definitiva; un arma que no iba a cambiar el destino de una guerra que Japón ya tenía perdida, pero que significaba que el Emperador y sus ministros tendrían que sopesar la posibilidad real del exterminio de su país por parte de sus enemigos. Tres días más tarde, mientras el gobierno japonés aún se pensaba su respuesta ante la exigencia de una rendición incondicional, un segundo artefacto nuclear destruía la ciudad portuaria de Nagasaki. En los laboratorios de Los Álamos se trabajaba febrilmente para construir nuevas bombas, y esperaban tener al menos cuatro bombas más listas para septiembre. No hicieron falta. El gobierno japonés, con su sagrado emperador a la cabeza, rendía el país el 14 de agosto de 1945 a las fuerzas aliadas. La Segunda Guerra Mundial había terminado.

Al día siguiente, un pueblo desesperado escuchaba por primera vez la voz de su emperador que les hablaba, y su mensaje no podía ser más trágico. Muchas personas se quitaron la vida, incapaces de soportar la indignidad sufrida por su patria y por el que durante generaciones había sido considerado un dios viviente. El emperador Hiro Hito, sin embargo, no se quitó la vida, sino que consiguió de los vencedores -por puro Firma del documento de rendición de Japón a bordo del acorazado USS Missouri.interés en mantener apaciguado al pueblo japonés- su permanencia en el trono como una figura inviolable. Mientras sus generales fueron juzgados y condenados por crímenes de guerra, el emperador dedicó a partir de entonces sus días al estudio de los animales marinos y a las relaciones públicas. El mundo había perdido un dios y había ganado un biólogo.

El 2 de septiembre de 1945, sobre la cubierta del crucero USS Missouri atracado en la bahía de Tokio, las autoridades japonesas firmaban oficialmente la rendición del país ante las miradas de toda la tripulación del buque agolpada en cubierta.

Hiro Hito, fotografiado mientras graba el discurso de rendición del Japón.Yo, el Emperador, después de reflexionar profundamente sobre la situación mundial y el estado actual del Imperio Japonés, he decidido adoptar como solución a la presente situación el recurso a una medida extraordinaria. Con la intención de comunicároslo me dirijo a vosotros, mis buenos y leales súbditos.

He ordenado al Gobierno del Imperio que comunique a los países de EEUU., Gran Bretaña, China y Rusia la aceptación de su Declaración Conjunta.

Ahora bien, conseguir la paz y el bienestar de los súbditos japoneses y disfrutar de la mutua prosperidad y felicidad con todas las naciones ha sido la solemne obligación que me legaron, como modelo a seguir, los antepasados imperiales y de la cual no he pretendido apartarme, llevándola siempre presente en mi corazón.

Por consiguiente, aunque en un principio se declarase la guerra a los dos países de EE.UU. y Gran Bretaña, la verdadera razón fue el sincero deseo de asegurar la autoconservación del Imperio y la seguridad de Asia Oriental, no siendo en ningún caso mi intención, el interferir en la soberanía de otras naciones ni la invasión expansiva de otros territorios.

Sin embargo, la guerra tiene ya cuatro años de duración. Y a pesar de que los generales y soldados del ejército de tierra y marina han luchado en cada lugar valientemente, los funcionarios han trabajado en sus puestos realizando todos los esfuerzos posibles y todos los habitantes han servido con devota dedicación, poniendo cuanto estaba en sus manos; la trayectoria de la guerra no ha evolucionado necesariamente en beneficio de Japón y la situación internacional tampoco nos ha sido ventajosa. Además, el enemigo ha lanzado una nueva y cruel bomba, que ha matado a muchos ciudadanos inocentes y cuya capacidad de perjuicio es realmente incalculable.

Por eso, si continuamos esta situación la guerra al final no sólo supondrá la aniquilación de la nación japonesa sino también, la destrucción total de la propia civilización humana. Y si esto fuese así, cómo podría proteger a mis súbditos, mis hijos, y cómo podría solicitar el perdón ante los sagrados espíritus de mis antepasados imperiales. Esta es la razón por la que he hecho al gobierno del Imperio aceptar la Declaración Conjunta de las Potencias.

Me siento obligado a expresar mi más profundo sentimiento de pesar con las naciones aliadas que han colaborado permanentemente junto con el Imperio Japonés para la emancipación de Asia Oriental. Asimismo, pensar en aquellos de mis súbditos que han muerto en el campo de batalla, así como en aquellos que dieron su vida ocupando sus puestos de trabajo, cumpliendo con su deber, o aquellos que fueron víctimas de una muerte desafortunada y en sus familias destrozadas es un sufrimiento presente en mi corazón noche y día. Del mismo modo, el bienestar de los heridos y de las víctimas de la guerra, de aquellos que han perdido sus hogares y sus medios de vida constituye el objeto de mi más honda preocupación.

Soy consciente de que los sacrificios y sufrimientos que tendrá que soportar el Imperio a partir de ahora son, sin duda, de una magnitud indescriptible. Y comprendo bien el sentimiento de mortificación de todos vosotros, mis súbditos. Sin embargo, en consonancia con los dictados del tiempo y el destino quiero, aún soportando lo insoportable y padeciendo lo insufrible, abrir un camino hacia la paz duradera para todas las generaciones futuras.

Confirmo vuestra lealtad al defender la estructura del Imperio y me siento unido a vosotros, mis buenos y leales súbditos. Por eso, os exijo que evitéis cualquier explosión de emociones que pueda desencadenar complicaciones innecesarias, o enfrentamientos que pudieran desuniros, causando desorden y conduciéndoos por un camino equivocado que haría al mundo perder la confianza en vosotros.

Continuad adelante como una sola familia, de generación en generación, confiando firmemente en la inmortalidad del Japón divino, conscientes del peso de las responsabilidades y del largo camino que os queda por delante. Dedicad todos vuestros esfuerzos para la construcción del futuro. Manteneos fieles a una firme moral, seguros de vuestro propósito, y trabajad duro aprovechando al máximo vuestras virtudes sin retrasaros de la línea de progreso del mundo.

Poned en práctica, según lo he dicho, mi voluntad.

14 de Agosto del año 20 de la era Showa (1945)

Napoleón (VIII): Pratzen

La batalla estaba ganada de antemano. Existía una desproporción considerable entre las fuerzas combinadas de Rusia y Austria y las del ejército francés de Napoleón. Tanto el Zar Alejandro como el Emperador Francisco estaban convencidos de que la fortuna del advenedizo emperador francés estaba por terminar aquel 2 de diciembre de 1805. Pronto toda Europa volvería a ser la misma de antes de la desgraciada revolución de 1789 en Francia.

Y para colmo, Napoleón parecía haber cometido un error táctico de bulto impropio de su talento militar, dejando expedita la colina de Pratzen en el centro del campo de batalla, para que fuera ocupada por el enemigo. Tropas aliadas habían ocupado este lugar estratégico durante la tarde y la madrugada anterior, y ahora aguardaban bajo una densa niebla mientras el resto del ejército atacaba a los franceses por los flancos, sobre todo por su flanco derecho, que ocupaba la ruta hacia Viena. Tal como los comandantes aliados esperaban, las fuerzas francesas eran débiles y no hacían más que retroceder, así que fueron reforzando el ataque enviando tropas de refuerzo desde la colina de Pratzen. Pronto habrían rodeado a los franceses y ganado aquella sencilla batalla. Entonces, sobre las nueve de la mañana, la niebla se disipó y salió el Sol.

Austerlitz-baron-PascalLos soldados aliados que ocupaban la colina de Pratzen observaron espantados cómo entre jirones de niebla aparecían miles de franceses que avanzaban decididos hacia ellos como salidos de la nada. A medida que se deshacía la niebla iban apareciendo más y más columnas de infantería francesa que aclamaban al Sol con fuertes gritos de entusiasmo.  El mismo Zar Alejandro exclamó que los soldados franceses parecían haber salido del cielo, a lo que un ayudante de campo respondió que más bien  aparecían del Infierno. Pocos minutos más tarde el centro del ejército aliado había desaparecido devorado por el avance francés, y aunque aún restaban largas horas de combates, la Batalla de Austerlitz ya estaba decidida en favor de Napoleón.

Dos días más tarde, mientras aún eran recogidos del campo de batalla los cadáveres de más de veinte mil austriacos y rusos, el Emperador Francisco I de Austria firmaba la Paz de Pressburg con las condiciones impuestas por Napoleón, perdiendo gran parte de sus posesiones en Alemania y la totalidad de Italia, incluida Venecia. El Zar Alejandro se retiró más allá de las fronteras de Rusia y ya no volvió a dirigir a un ejército en batalla. Aún le quedaban por lamentar muchas derrotas importantes contra el pequeño emperador corso, y aún debía verle ocupar el mismísimo Kremlin años más tarde.

Napoleón celebró su victoria arengando a sus tropas en el aniversario de su coronación:

Soldados: Estoy satisfecho de vosotros.

En la Batalla de Austerlitz habéis justificado todo lo que esperaba de vuestra audacia. Habéis decorado vuestras águilas con una gloria inmortal.

Una armada de cien mil hombres, comandada por los emperadores de Rusia y Austria ha sido descuartizada y dispersada en menos de cuatro horas. De este modo, la Tercera Coalición contra Francia ha sido vencida y disuelta.

Ahora la paz no puede estar lejos, pero sólo haremos esa paz cuando nos ofrezca garantías de futuro y asegure las recompensas a nuestros aliados.

Cuando obtengamos todo lo necesario para asegurar la felicidad y la prosperidad de nuestro país, yo os llevaré de vuelta a Francia. Mi pueblo os recibirá de nuevo con entusiasmo. Para cada uno de vosotros será suficiente con decir: “Yo estuve en la Batalla de Austerlitz”, y todos vuestros conciudadanos exclamarán: “Ahí va un valiente”.

We shall never surrender (Nunca nos rendiremos)

(…) We shall go on to the end, we shall fight in France, we shall fight on the seas and oceans, we shall fight with growing confidence and growing strength in the air, we shall defend our Island, whatever the cost may be, we shall fight on the beaches, we shall fight on the landing grounds, we shall fight in the fields and in the streets, we shall fight in the hills; we shall never surrender, and even if, which I do not for a moment believe, this Island or a large part of it were subjugated and starving, then our Empire beyond the seas, armed and guarded by the British Fleet, would carry on the struggle, until, in God’s good time, the New World, with all its power and might, steps forth to the rescue and the liberation of the old.

(…) Llegaremos hasta el final; lucharemos en Francia; lucharemos sobre los mares y océanos; lucharemos con creciente confianza y creciente fuerza en el aire; defenderemos nuestra isla, cualquiera que sea el coste; lucharemos en las playas; lucharemos sobre las pistas de aterrizaje; lucharemos en los campos y en las calles; lucharemos en las colinas; nunca nos rendiremos, e incluso si, cosa que por el momento no creo que suceda, esta isla o una gran parte de ella fuera subyugada y estuviera hambrienta, entonces nuestro Imperio más allá de los mares, armado y protegido por la flota británica, cargaría con el peso de la resistencia, hasta que, cuando sea la voluntad de Dios, el Nuevo Mundo, con todo su poder y su fuerza, avance al rescate y a la liberación del Viejo.

Winston Churchill, Cámara de los Comunes, 4 de junio de 1940.

Origen del texto en inglés: Wikisource. Traducción propia.

Efemérides: El hundimiento del RMS Lusitania

Parece que últimamente la cosa va de barcos hundidos. En esta ocasión nos transportaremos a 1915, en plena Primera Guerra Mundial, y a un luctuoso hecho que cambiaría el curso de la contienda: el hundimiento del transatlántico RMS Lusitania por el submarino alemán U-20, acontecido el 7 de mayo de 1915.

En 1915 la Primera Guerra Mundial había entrado en un estancamiento que se prolongaría hasta 1917. Los frentes en Europa se habían estabilizado, y los soldados alemanes, franceses e ingleses luchaban penosamente en las trincheras dentro del territorio francés y belga. En aquellos momentos, tanto para Inglaterra como para Francia, el suministro de material bélico desde los Estados Unidos era esencial para mantener sus posiciones. Este constante fluir de mercancías y las deudas contraídas por los aliados con los Estados Unidos influiría de manera más que decisiva en el despegue económico del país americano tras la contienda.

Los Estados Unidos se declararon oficialmente neutrales en el conflicto, aunque la gran mayoría de su población mostraba abiertamente sus simpatías hacia el bando aliado franco-británico. En ese contexto, el transporte marítimo entre América y Europa se convirtió en una indispensable línea de abastecimiento para los aliados, y los grandes translatlánticos eran una pieza clave en el aprovisionamiento de Europa mientras Alemania permanecía aislada por el férreo bloqueo naval al que le sometía el Reino Unido.

Pero desde el primer momento los submarinos alemanes se habían mostrado muy eficaces a la hora de burlar los bloqueos e infligir importantes daños al enemigo. Pequeños, silenciosos y mortíferos, estos buques de guerra se estaban convirtiendo en una pieza clave de la estrategia militar alemana. Una de las funciones principales de la flota alemana de submarinos era impedir el abastecimiento del enemigo por mar, hundiendo a cuantos cargueros pudieran transportar mercancías por el Atlántico hacia Francia o Inglaterra. El problema, por supuesto, era que numerosas naciones comerciaban con estos dos países, lo que suponía un importante tráfico de barcos mercantes por aguas que ahora eran un verdadero campo de batalla. Precisamente sería el ataque a estos barcos mercantes lo que internacionalizaría el conflicto, convirtiéndolo realmente en una guerra mundial.

Al Reino Unido le interesaba sobremanera la nueva y profundamente errónea estrategia alemana. A pesar de las pérdidas materiales y humanas, era mucho más lo que los ingleses obtenían en términos de adhesiones internacionales y de pérdida del prestigio alemán por estas acciones. Por ello, y a pesar del evidente peligro, los transatlánticos ingleses continuaban cruzando el océano cargados de pasajeros, algunos de los cuales representaban a la flor y nata de la sociedad de la época. Entre los barcos que recorrían las peligrosas aguas del Atlántico Norte en 1915 se encontraba el RMS Lusitania.

El Lusitania atracado en el puerto de Nueva York en 1907. Imagen derivada de Wikimedia Commons.El RMS Lusitania era el mejor barco de la emblemática compañía naviera británica Cunard Line. Con un diseño basado en la máxima seguridad disponible en la época, estaba decorado interiormente con el mayor lujo posible. Además estaba equipado con potentes calderas que le permitían alcanzar más de 26 nudos de media, ostentando junto con su gemelo RMS Mauritania todos los records de velocidad en el trayecto América-Europa y viceversa. Este record de velocidad fue el que trataba de batir en 1912 el Titanic, propiedad de la naviera de la competencia White Star Line, cuando encontró su fatal destino en medio del Océano Atlántico.

Pero en aquél 1915 la preocupación no era la velocidad. El Lusitania había sido requisado por el almirantazgo inglés y a todos los efectos era una nave militar (aunque no armada). En sus enormes bodegas se habían cargado toneladas de mercancías, muchas de las cuales no constaban en los manifiestos de carga. Indudablemente, el Lusitania transportaba mucho más de lo que los gobiernos estadounidense y británico querían reconocer.

Ante lo evidente del asunto, la embajada alemana en Estados Unidos había estado publicando anuncios en prensa advirtiendo a los posibles pasajeros de que podían ser atacados como un objetivo militar por la armada de guerra alemana, pero estos avisos tuvieron poco eco entre el pasaje. El Lusitania salió del puerto de Nueva York el primer día de Mayo de 1915 con 1.959 personas a bordo entre pasaje y tripulación. Entre el pasaje había 136 norteamericanos, desde bebés hasta algunos personajes célebres del momento.

Siete días más tarde, el submarino alemán U-20 que tenía su zona de operaciones en aguas al sur de Irlanda se encontró con el gran transatlántico y le disparó el último de sus torpedos. El Lusitania se hundió en poco menos de media hora entre un terrible caos humano desatado en el pasaje. La rápida escora de la nave a causa de la inundación impidió que fueran botados los botes salvavidas del costado de estribor, lo que supuso la muerte de un gran número de pasajeros.

Postal conmemorativa del ataque al LusitaniaEn total, 1.198 personas perdieron la vida, provocando una conmoción internacional y la condena unánime de las naciones aliadas contra la barbarie perpetrada por la marina alemana. Alemania justificó la acción aduciendo que el buque transportaba contrabando de guerra (lo que era cierto), pero eso no impidió que el clamor popular en los Estados Unidos por la pérdida de 124 ciudadanos norteamericanos del pasaje desembocara en la entrada de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. Oficialmente, los Estados Unidos no entraron en la guerra hasta 1917, pero ello se debió sólo a la necesidad de preparar un ejército suficientemente numeroso y bien entrenado como para enfrentarse a las fuerzas veteranas de las potencias centroeuropeas. A la postre, la participación norteamericana en el conflicto inclinó la balanza definitivamente del lado aliado. Alemania sería derrotada el siguiente año, dando fin a la Primera Guerra Mundial y abriendo para el mundo un nuevo periodo de la historia.

La Semana Trágica

Desde la restauración de los Borbones en España en 1874, el país había sido gobernado por una alternancia de dos partidos, el conservador y el liberal. Durante más de treinta años, el caciquismo y el pucherazo electoral habían asegurado el funcionamiento de este antidemocrático sistema de gobierno.

Antonio MauraPero a principios del siglo XX las cosas empezaron a cambiar. Una creciente ola de regionalismo empezaba a aglutinar a los descontentos con el sistema. La burguesía periférica -sobre todo la catalana- empezaba a estar harta de ser gobernada por los de siempre y de no ocupar el lugar que creían merecer en los círculos del poder. Los burgueses catalanistas de Francesc Cambó criticaban abiertamente al gobierno desde la prensa, consiguiendo incluso capitalizar la reacción del ejército en incidentes como el del semanario Cu-Cut! Gracias a este incidente, Solidaritat Catalana arrasó en las elecciones de 1907 en Cataluña, arrollando a los republicanos de Lerroux. Por su parte, los obreros catalanes empezaban a aglutinarse alrededor del sindicato Solidaritat Obrera, en vista de los flirteos que Cambó se traía con los conservadores de Antonio Maura, ganador en las recientes elecciones y nuevo presidente del gobierno.

Un año antes, en 1906, las potencias habían concedido a España el control colonial del norte de Marruecos, y poderosos oligarcas como el Conde de Romanones o el Marqués de Comillas empezaron a construir un ferrocarril que les permitiera rentabilizar sus nuevas minas en Beni-Buifur. En 1909, los cabileños decidieron que ya estaba bien de dejarse robar por los españoles, y atacaron el ferrocarril y las minas, dando comienzo a una guerra que se prolongaría hasta 1927. Maura pensó que la guerra sería una excelente excusa para extender el poder colonial español en África, pero en realidad, los cabileños le estaban dando la del pulpo a los mal preparados y peor equipados soldados españoles. Las noticias sobre matanzas de españoles en Marruecos habían corrido como la pólvora por España cuando llegó la orden de movilización de los reservistas.

Para comprender el estallido social que se produjo acto seguido hay que comprender primero lo injusto del servicio militar español de entonces. Si eras rico y tenías los 6.000 reales necesarios para librarte de la llamada a filas, podías evitar ser asesinado por un moro en una emboscada. Si por el contrario, y como pasaba con la gran mayoría de la población, no podías disponer de ese dinero porque tu sueldo de obrero no pasaba de los 10 reales diarios, estabas obligado a abandonar a tu familia y tu trabajo para incorporarte al ejército y que sea lo que dios quiera. Ni qué decir tiene que tu familia quedaba igualmente condenada a subsistir sin tu ayuda y eso, en unos tiempos donde los salarios eran de verdadera miseria, era condenarles al hambre de forma irremisible.

Los primeros reservistas salieron de Barcelona el 18 de julio, y ya entonces la cosa se había puesto bastante tensa. Solidaritat Obrera organizó una huelga general para el lunes 26 de julio, y Cataluña entera se echó a la calle. Aunque ese día las manifestaciones fueron más o menos pacíficas, al día siguiente se recibieron noticias sobre los desgraciados que habían salido en barco el anterior 18 de julio: los cabileños les habían emboscado en el Barranco del Lobo, un paraje cercano al famoso monte Gurugú, organizando una matanza considerable. Esto fue más de lo que podían soportar los trabajadores catalanes, muchos de los cuales esperaban a ser embarcados en cualquier momento.

Barricadas en Barcelona durante la Semana TrágicaAsí que el martes 27 de julio la movilización obrera se radicalizó bastante, pero es que la reacción del gobierno también. Maura declaró el estado de guerra, y ordenó al ejército reprimir con dureza las manifestaciones. Las Ramblas se convirtieron en un campo de batalla, con el ejército y los manifestantes cruzándose disparos. Los primeros muertos empezaban ya a tapizar las calles, y los huelguistas empezaron a pegarle fuego a iglesias y conventos, aprovechando la ocasión para mostrar su anticlericalismo. En los días siguientes se produjeron nuevos enfrentamientos, si bien la revuelta carecía de líderes y objetivos. Al parecer, era sólo una reacción popular contra la intención del gobierno de Madrid de enviarles al matadero marroquí por la cara. El gobierno de Maura hubo de hilar fino para aislar a los sublevados. Para impedir que la revuelta se extendiera al resto de España difundieron el bulo de que las manifestaciones estaban promovidas por los separatistas (cuando en realidad la burguesía catalanista se mantuvo prudentemente al margen de las protestas); además, y en vista de que la guarnición de Barcelona se negó a atacar a los huelguistas, enviaron refuerzos procedentes de las principales ciudades vecinas, que consiguieron acabar con las protestas aquel mismo fin de semana.

Francisco Ferrer GuardiaAl final, la Semana Trágica dejó un balance de 75 manifestantes y tres militares muertos, además de cientos de heridos y numerosos destrozos en la ciudad. Luego, el gobierno de Maura empezó con la represión y la revancha, encarcelando a miles de personas, clausurando partidos, sindicatos y escuelas y dictando arbitrariamente cinco condenas a muerte, entre las cuales se contaba la del pedagogo Francisco Ferrer Guardia, fundador de la Escuela Moderna de Cataluña. Al parecer, Ferrer sólo pasaba por allí, pero a los mandos encargados de la represión y a algunos estamentos eclesiásticos dolidos por la quema de sus inmuebles les pareció que la situación era propicia para, aprovechando el clima, deshacerse de un elemento tan molesto. Los condenados a muerte fueron fusilados en el foso del castillo de Montjuich en octubre de aquel año. A otros muchos les esperaban largos años de prisión o destierro, y a miles de trabajadores, dejarse la vida en África para defender los intereses económicos de unos cuantos oligarcas.

Al final, el gobierno de Maura perdió el favor de Alfonso XIII, aunque más por la condena internacional ante la brutalidad de la represión que por los sangrientos acontecimientos de Barcelona que el gobierno de Maura no supo ni quiso evitar.

La Segunda Revolución Industrial (I): Bessemer

La Segunda Revolución Industrial fue una consecuencia directa de la Primera. Si hasta mediados del siglo XIX se habían sentado las bases de la producción industrial, de los conceptos de mercado, de empresariado y de proletariado y, en definitiva, del capitalismo, la segunda mitad del siglo iba a ver cómo estos nuevos conceptos eran adoptados de forma extensiva tanto en Europa y América como en Asia. Nuevas fuentes de energía como el petróleo y la electricidad serían utilizadas para elevar el desarrollo y el bienestar humano a niveles nunca antes conocidos. Nuevas técnicas de producción permitirían la construcción de nuevas máquinas, utilizando el acero como elemento fundamental en la producción. Esta nueva revolución de la técnica nos traería los ferrocarriles, los barcos de acero, el automóvil… pero también daría al hombre los medios para desarrollar nuevas y terroríficas armas que muy pronto serían probadas en combate, transformando el trágico fenómeno de la guerra en un acontecimiento de dimensiones catastróficas.

Henry BessemerY de entre todos los personajes e invenciones que permitieron los adelantos de la Segunda Revolución Industrial sobresale uno sin el cual nada hubiera sido lo mismo; un ingeniero que concibió un invento fundamental para el progreso. Su nombre era Henry Bessemer, y su invento se llamó el Convertidor Bessemer.

Para el urbanita moderno, generalmente trabajador del sector servicios y poco familiarizado con los procesos industriales de producción de acero, nuestro personaje de hoy podría no tener importancia; sin embargo, toda nuestra actual existencia post-tecnológica gira de una u otra forma en torno a la producción del acero. Aunque el Convertidor Bessemer ha sido sustituido en muchos casos por otros procesos más eficientes, aún existen muchas fábricas que lo utilizan. El progreso sin acero, sencillamente, no hubiera sido posible.

A scene in a steel mill, Republic Steel, Youngstown, Ohio

Básicamente, el convertidor Bessemer consiste en una cubeta donde se vierte el hierro fundido, junto con el resto de los minerales a alear con éste para conseguir un acero con las características deseadas. Cuando esta mezcla fundida se encuentra dentro de la cubeta se inyecta por su base un chorro de aire a alta presión. A las temperaturas que se producen dentro de esta cubeta, la inyección de aire produce una rápida oxidación de elementos como el carbono, el silicio o el manganeso; una oxidación que, al ser muy exotérmica, aumenta aún más la temperatura del hierro fundido, con lo que, además de limpiar las impurezas de la mezcla, el proceso ahorra una gran cantidad de combustible que antes era necesario para mantener fundido el hierro.

Ahí es, precisamente, donde reside la novedad de este procedimiento. El coste de fabricar acero en los convertidores Bessemer es diez veces menor que en el proceso de fabricación tradicional, siendo además mucho más sencillo obtener un acero con las propiedades requeridas, al poder mezclar el hierro con las cantidades exactas de aleación necesarias en cada caso.

Así fue cómo un producto tan necesario como costoso de obtener empezó a poder ser utilizado para todo tipo de cosas, desde la construcción de nuevos barcos con casco de hierro que revolucionarían el transporte marítimo hasta los edificios de cristal y acero que marcarían el estilo de construcción de finales del siglo XIX o  las vías del tren que recorrerían toda Europa; desde las latas de conserva que revolucionarían la industria alimenticia hasta los más poderosos cañones.

Precisamente fue la necesidad militar de un nuevo tipo de aleación para los cañones la que inspiró a Bessemer para diseñar el Convertidor. Durante la Guerra de Crimea de 1853-56 Bessemer había ideado un nuevo tipo de proyectil más preciso y destructivo: un obús que giraba en vuelo, lo que le daba mayor estabilidad; pero los militares le informaron que sus cañones de hierro fundido no estaban preparados para disparar ese tipo de bala, así que Bessemer se puso a trabajar en una forma de obtener mejores aleaciones que soportaran el disparo de su nuevo proyectil. Aunque suene lamentable, es frecuente que los más significativos avances tecnológicos de la humanidad tengan su origen casi siempre en la necesidad de matar a otros de una forma más eficiente y barata.

Henry Bessemer fue uno de los primeros industriales en entender la utilidad del sistema de patentes y del secreto industrial, registrando varios inventos propios y llegando a hacer una pequeña fortuna gracias al secreto bajo el que fabricó una nueva pintura dorada cuyo coste de producción era mucho más barato que el de los anteriores polvos de oro. Cuando diseñó el Convertidor de acero, ninguna acería parecía interesada en comprar su nuevo proceso patentado. Entonces invirtió todo su capital para montar una acería propia con la que hacerles la competencia vendiendo acero más barato, hasta que los fabricantes de acero se vieron obligados a comprarle su invento. Bessemer obtuvo pingües beneficios por éste y otros inventos, e incluso el título de sir y un puesto en la Royal Society.

Para saber más: