Batallas de la Edad Media IX:Aljubarrota

Estamos a finales del siglo XIV, un siglo que debería ser recordado con angustia y temor por todos los europeos incluso hoy en día. Este siglo había sido testigo del final de la prosperidad económica y demográfica experimentadas durante el siglo anterior, que iban a ser sustituidas por la peste, la guerra y el hambre, especialmente en tierras de Francia. La Guerra de los Cien Años, que había destrozado económica y demográficamente a Inglaterra y Francia desde 1337, había entrado en 1360 en una fase de treguas provocadas precisamente por el brutal desgaste de ambos contendientes.

En España, por su parte, estaba ya todo el pescado vendido: la reconquista de los territorios bajo control musulmán había llegado prácticamente a su fin, y sólo el reino nazarí de Granada sobrevivía a la imparable expansión castellana, mientras Aragón se dedicaba a expandirse por el Mediterráneo, convirtiéndose en una potencia naval incontestable.

Pero el periodo de treguas entre Francia e Inglaterra acarreaba un problema añadido: recolocar a los miles de soldados que ahora vagaban sin empleo ni fortuna por tierras francesas provocando todo tipo de altercados y fechorías. La solución vino de la mano de Castilla, donde las luchas dinásticas entre  partidarios de Pedro I y Enrique II de Trastámara se convirtieron en un nuevo escenario del conflicto anglo-francés. Los ingleses apoyaron a Pedro I, mientras los franceses prestaron su apoyo y sus tropas a Enrique II. La victoria de este último, asesinando a Pedro I en Montiel en 1369, convirtió a Castilla en una firme aliada de Francia, a la que incluso prestó su flota para acosar a los ingleses en el mar.

Para sumar más conflictividad aún al contexto político europeo, la Iglesia también entró en 1378 en una profunda crisis que ya no se resolvería hasta bien entrado el siglo siguiente. Las disputas en el cónclave cardenalicio sobre la elección del nuevo Papa dieron lugar al llamado Cisma de Occidente, con la creación de una sede pontificia alternativa en la ciudad francesa de Avignon opuesta a la sede de Roma, y con la elección en cada una de estas sedes de sendos papas enfrentados por el poder en la Iglesia. En una Europa ya de por sí dividida, el cisma aumentó el abismo entre las naciones, que eligieron apoyar a uno u otro papa en  función de sus intereses estratégicos.

Con vecinos tan poderosos y acostumbrados a la conquista militar, Portugal, que también se encontraba en un periodo de cambios dinásticos con el ascenso al trono de Juan I de Avis, tuvo que buscar la alianza con Inglaterra para asegurar su supervivencia; una alianza que en la batalla de Aljubarrota se iba a demostrar imprescindible. Cuando en 1383 el heredero de Enrique II de Castilla (también llamado Juan I) reclamó para sí la corona de Portugal basándose en sus derechos por matrimonio, ambos reinos y sus respectivos aliados entraron en guerra.

Así las cosas, el ejército de Juan I de Castilla invadió tierras portuguesas con la asistencia de unos 2.000 caballeros franceses, y se encontraron el 14 de agosto de 1385 al ejército portugués de su tocayo Juan I de Portugal, al que auxiliaba un pequeño aunque decisivo número de los famosos arqueros de arco largo o longbow, cerca de la localidad portuguesa de Aljubarrota.

La ventaja de los arqueros ingleses era que el largo alcance de sus armas podía ofender al enemigo desde una gran distancia, sin que éste pudiera hacer nada por evitarlo, causando numerosas bajas antes del enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Por su parte, la caballería pesada francesa confiaba en la fuerza bruta de su carga demoledora para romper las líneas enemigas y desorganizar al ejército oponente.

Con lo que no contaban los franceses era con la preparación que el enemigo había hecho del campo de batalla, interponiendo una serie de obstáculos para el avance de la caballería y disponiendo a los arqueros en ambos flancos para atraparles en una lluvia de flechas cruzadas.

Tal como esperaban los portugueses, la caballería francesa fue presa fácil de esta trampa, y la práctica totalidad de los franceses fueron muertos o hechos prisioneros. El posterior ataque de la infantería castellana fue repelido por los portugueses en una dura jornada de lucha con numerosísimas bajas por ambas partes, incluyendo a los prisioneros franceses, que fueron ejecutados sin miramientos por los portugueses al no poder desviar hombres del combate para su custodia.

Al final del día la batalla estaba totalmente perdida para los castellanos, y Juan I dio la orden de retirada a sus tropas. La desbandada posterior fue aprovechada por el ejército portugués y los paisanos para terminar de masacrar a las tropas enemigas, convirtiendo la derrota castellana en un desastre total.

Las consecuencias de esta batalla se dejan sentir aún en el imaginario popular de ambos países: para Portugal, Aljubarrota fue la afirmación de su independencia frente a las ambiciones castellanas, y el afianzamiento de sus lazos de amistad con Inglaterra, que aún hoy perduran. Para conmemorar la victoria, Juan I ordenó la construcción del monasterio de Batalha (donde hoy reposan sus restos) y de la villa del mismo nombre.

Años más tarde, cuando Enrique V de Inglaterra invadió Francia en 1415, la táctica de repeler a la caballería francesa mediante el uso de los longbow volvió a repetirse, obteniendo las tropas inglesas una sonora victoria ante un ejército francés muy superior en número en la batalla de Agincourt.

En Castilla, la debilidad mostrada por su infantería y por la caballería francesa fue aprovechada por el noble inglés Juan de Gante, casado con una hija del asesinado Pedro I, para reclamar el trono aduciendo los mismos derechos matrimoniales que Juan I de Castilla esgrimió para atacar Portugal. Al año siguiente de la derrota de Aljubarrota, las tropas inglesas desembarcaron en Galicia, aunque la campaña sólo obtuvo un éxito parcial, arrancando a Juan I de Castilla el compromiso matrimonial de su heredero con una hija de Juan de Gante.

Memoria inmortal de D. Pedro Girón, duque de Osuna, muerto en la prisión

Don Pedro Tellez-Girón y Velasco, duque de Osuna no necesitaba de poemas para tener su lugar en la historia: fue uno de los nobles de más rancio abolengo de la España del siglo XVII, con gran influencia en la corte y que, sin embargo, prefirió el azar de los campos de batalla a las intrigas palaciegas. Nombrado virrey de Sicilia y de Nápoles, gobernó media Italia en nombre del rey de España. No pudo, sin embargo, librarse de las conspiraciones de un Imperio convulso, y a él se le atribuye el oscuro episodio de la Conjuración de Venecia.

Tras organizar con gran éxito la flota española en el Mediterráneo, Pedro Girón cayó en desgracia en 1620, cuando el poder del monarca Felipe III cedía el testigo a la camarilla capitaneada por el Conde-Duque de Olivares, que gobernaría en nombre del sucesor del viejo rey, el impasible Felipe IV. El duque de Osuna fue encarcelado bajo la infundada acusación de secesión, y murió en prisión en 1625 para regocijo de los enemigos de España. Su fama, sin embargo, no decayó, y tanto en los territorios que gobernó como en Madrid, el pueblo le tuvo siempre en alta estima.


Uno de sus más leales servidores fue el genial escritor Francisco de Quevedo, quien compuso varias loas a su figura. Muerto el duque de Osuna, Quevedo compondría este Memoria Inmortal, donde resume el pago que este país históricamente desgobernado y cainita ofrece a sus grandes talentos. No es poco consuelo pasar a la historia gracias a los versos de uno de los mejores poetas de la lengua española.

Faltar pudo su patria al grande Osuna,

pero no a su defensa sus hazañas;
diéronle muerte y cárcel las Españas,
de quien él hizo esclava la Fortuna.

Lloraron sus envidias una a una
con las propias naciones las extrañas;
su tumba son de Flandes las campañas,
y su epitafio la sangrienta luna.

En sus exequias encendió el Vesubio
Parténope, y Trinacria al Mongibelo;
el llanto militar creció en diluvio.

Diole el mejor lugar Marte en su cielo;
la Mosa, el Rhin, el Tajo y el Danubio
murmuran con dolor su desconsuelo.

Francisco de Quevedo.

Nota: Escribí esta entrada tras escuchar este poema en una escena de la película Alatriste, que aunque carece de argumento, tiene una gran ambientación y una excelente fotografía. Y Juan Echanove lo borda en su papel de Quevedo.

La Guerra de Granada

Entre 1480 y 1492, durante el reinado de los Reyes Católicos, se completó en Andalucía la conquista de lo que antaño había sido la Al-Andalus musulmana, cuyo último episodio fue la guerra contra el reino nazarí de Granada. Fue una guerra de conquista inspirada desde la corona, pero muchas veces animada por la ambición de algunos notables del reino de Castilla, que deseaban obtener más territorio y riquezas por medio de las armas.

Sin embargo, como todas las guerras, la de Granada fue una guerra cara. Las tropas debían ser pagadas, alojadas y alimentadas, y la sociedad castellana no disponía de los suficientes recursos económicos para aportar el capital necesario. Bueno, en realidad, sí que existía un sector de la sociedad que disponía de esos recursos, y los Reyes Católicos harían valer sus altos ideales religiosos para que todo aquel dinero cambiara de manos…

El historiador y humanista Alonso de Palencia nos relata estos acontecimientos y muchos otros de importancia en sus crónicas sobre la Guerra de Granada:

(…) En Sevilla se procedió al castigo de los conversos de la ciudad, que, como los demás andaluces de su ralea, eran conocidamente refractarios a la fe católica. Titubeaban, sin embargo, los cristianos en señalar los sospechosos de herejía, y reputaban por más inficionada a la plebe de los conversos que a los principales de entre ellos; pero convencidos de la perversión de los que la habían inducido a los mayores errores, castigaron a los cabezas juntamente con sus prosélitos, entregándolos a las llamas o sepultándolos en lóbregos calabozos. Estos casos fueron mucho más terribles que en parte alguna en Sevilla, porque aquí tuvo principio la Inquisición y porque de día en día aumentaban los delitos y se iban descubriendo las maldades y traiciones de los conversos, que encaminaban sus inicuos, propósitos a mayor daño del nombre cristiano. Mas no aprovechándoles toda su astucia para escapar al castigo, y no contando ninguno con segura morada, porque a muy pocos les aconsejaba su conciencia permanecer en la ciudad, encontraron pretexto para salir de ella en la terrible peste que allí estalló a principios de 1481. Ella fue tal, que hizo entre ellos cerca de 16.000 víctimas. Otros tantos hablan escapado al castigo con la fuga, de modo que el aspecto de la ciudad era tristísimo y parecía casi deshabitada.

(…) El establecimiento de la Inquisición, recurso indispensable para castigar la herética pravedad, había aumentado también la penuria. Cierto que ésta se consideraba baladí respecto a la felicidad eterna; como las verdaderas riquezas sean la posesión de la verdad católica. Así D. Fernando y D a Isabel antepusieron a cualquier inconveniente el arrancar de entre las gentes andaluzas la multitud de judaizantes, de modo que aquellos hombres, inficionados del error, volviesen al camino de la salud eterna por medio de una reconciliación verdadera o pereciesen entre las llamas si se mantenían pertinaces.

Sin contar los numerosos fugitivos y los condenados a cárcel perpetua, cerca de 500 fueron quemados en Sevilla en el espacio de tres años en los casos en que se hacía imposible la aplicación de pena más leve.

Entre los conversos, la mayor parte de las mujeres se entregaban a ritos judaicos. Los hombres, que erróneamente creyeron encontrar su salvación en la fuga, se llevaron cuantas riquezas pudieron, escondiendo otras muchas con la esperanza de regresar algún día. Quedó exhausta Andalucía de oro y plata, y como para pagar a las tropas no bastaban ni con mucho las rentas reales, había que recurrir a los pechos(1), principalmente por la imposibilidad de sostener la guarnición de Alhama, contigua a los dominios granadinos, si dos o tres veces al año no la entraba un convoy custodiado por fuerte ejército. Todo esto sufrían con paciencia los pueblos leales, con la esperanza de obtener al cabo algún día el deseado descanso.

Los toledanos, sin embargo, temiendo la pobreza a que quedaría reducida la ciudad si se hacía inquisición de la vida y costumbres de los conversos allí donde tres o cuatro veces la infame conducta de los judaizantes había causado daños tan terribles, trabajaban con empeño por impedir tales pesquisas. Convencido por el juicio unánime de los ciudadanos el noble y prudentísimo corregidor Gómez Manrique, de gran prestigio entre ellos, logró persuadir a la Reina con muchos argumentos de las ventajas de aplazar semejante inquisición, sobre todo en aquellas circunstancias.

Alonso de Palencia, La Guerra de Granada.

(1) Pechos: Impuestos, contribuciones.

Noticias de la Historia, número 3

El rey Felipe Augusto de Francia recibe el homenaje de los derrotados en Bouvines.

Esta semana en Noticias de la Historia damos un repaso a los años 1212-1214. Se trata de un momento crucial para el futuro de los reinos cristianos de la Península Ibérica, que tras la aplastante victoria de las Navas de  Tolosa contra los almohades tienen la oportunidad de expandir sus territorios hacia el sur a costa de los terceros reinos de taifas. En Francia también se producen importantes cambios políticos y militares, con la victoria francesa en Bouvines, que le permitirá ampliar sus territorios a costa de la corona inglesa. Al mismo tiempo, una cruzada contra la herejía cátara levanta en armas a los señoríos del sur de Francia, implicando a la corona de Aragón en una guerra de religión que encubre la conquista territorial de una importante porción del país galo.

De repente, la Giralda

Hoy he tenido la oportunidad de subir a una de esas atalayas de Sevilla a la que pocos tienen acceso. Desde allí arriba he podido sacar esta foto, cuyo único mérito reside en que se trata de una perspectiva difícil de obtener. Por desgracia, no me permiten llevar el teleobjetivo al trabajo, así que habrá que conformarse con esta humilde foto de teléfono móvil.

De momento, la Giralda sigue dominando el horizonte sevillano en tanto se construye la Torre Pelli, que después de nueve siglos, dejará pequeño al mítico minarete almohade. Esta imponente torre de piedra y ladrillo, erigida para gritar al viento el pasado poderío del Islam y sus gobernantes, fue construida en parte gracias al botín obtenido en la batalla de Alarcos, la última de las grandes victorias musulmanas en suelo español. Su promotor fue el califa almohade Abu Yaqub Yusuf, uno de los gobernantes que más ha engrandecido a la ciudad de Sevilla, quien también ordenó la reconstrucción de los Caños de Carmona, uno de los principales acueductos de la antigua Hispalis romana, cuya construcción fue supervisada en el siglo I a.C. por el mismísimo Julio César.

Hitos más importantes de la Historia del Islam

Emilio González Ferrín es profesor titular de Pensamiento Árabe e Islámico de la Universidad de Sevilla. El día 13 de agosto de 2009 fue ponente de la conferencia titulada Hitos más importantes de la Historia del Islam dentro de los cursos de verano de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

Encontré este vídeo mientras buscaba documentación por Internet para complementar los temas de Historia Medieval que ahora estoy repasando para el examen de febrero. Tras casi una hora oyendo al profesor González Ferrín, mi impresión es que -afortunadamente- los historiadores empiezan a desligarse de la manida rigidez de la historiografía tradicional, haciendo un trabajo comparativo sobre diversas fuentes de épocas y localizaciones geográficas distintas para extraer la conclusión de que, en realidad, ni todo en la Historia es blanco, ni negro; que hemos sido víctimas en muchos casos de una enseñanza de la Historia interesada y falta de perspectiva; de una Historia escrita siempre por los vencedores.

Merece la pena hacer el esfuerzo de oír la conferencia a pesar de su sonido deficiente. Gran momento ese en el que compara las religiones con crisálidas de las que nunca se sabe qué va a surgir, para terminar apostillando que todas las religiones tienen su origen en un capullo. Hay que hacer un verdadero esfuerzo intelectual para no malinterpretar al profesor González Ferrín, pero yo no he sido capaz de conseguirlo. ;)

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El franquismo en la cultura popular andaluza: Los caciques

El cacique es como un pequeño virrey que hace su santa voluntad en el latifundio. Ha sido un fiel representante del colonialismo centrista y de sus consecuencias, como la emigración. Uno de los principales culpables de la emigración es “el señorito”, que hasta ha carecido del sentido de la explotación de sus propias tierras. Donde ha puesto la mano el cacique ha nacido paro y emigración, porque en el fondo no ha querido más que tener un coto de caza en Andalucía.

Carlos Cano (Biografía por Fernando González Lucini)

Forges - Villancicos muy tradicionales

La España caciquil echa sus raices en los años de la Restauración Borbónica, convirtiéndose durante el último cuarto del siglo XIX y el primer cuarto del siglo XX en un eficiente mecanismo para anular la voluntad popular y erigir a los gobiernos liberales o conservadores que se alternaron en el poder durante varias décadas. La dictadura de Primo de Rivera dio al traste con la alternancia de la Restauración, descabezando la organización caciquil, pero sin hacer desaparecer a los caciques, que siguieron imponiendo su influencia sobre las poblaciones rurales. Al finalizar la dictadura de Primo de Rivera fue en gran medida la falta de esta organización, que salvaguardaba los esquemas de la Restauración, lo que provocó el advenimiento de la Segunda República. Los caciques rurales, alarmados por la intención de los gobiernos republicanos de efectuar la tan necesaria reforma agraria, alentaron, respaldaron y financiaron el golpe de estado de julio de 1936. Terminada la guerra empezaba para las pocas familias terratenientes de Andalucía una época dorada donde ellos ejercían un poder efectivo sobre el mundo rural. Ellos ponían y quitaban alcaldes, mandos de la guardia civil e incluso párrocos. Ellos elegían diaria y personalmente qué jornaleros podrían trabajar y cuáles no. El más mínimo gesto de protesta, la más mínima muestra muestra de insumisión al cacique, podía significar el hambre para toda una familia. Aunque en las ciudades no fue un fenómeno demasiado evidente o relevante, la figura del cacique fue decisiva en el entorno rural durante los años del franquismo, y así lo relata Francisco Moreno Galván en esta guajira que José Menese incluyó en su disco de 1976 La Palabra.

Esta familia honorable
de mi pueblo, donde dicen
que a mil ochocientos quince
se remonta su linaje.
Con un mediano pelaje,
pero llevaban prendío
un largo y sonao apellío,
dones, doñas y excelencias
y que traían con paciencia
a su pueblo protegío.
Ellos no malgastarían
el lujos ni en vanidad,
sus obras de caridad
que jamás olvidarían
eran dar los buenos días
cuando pasaba algún pobre
y algunos consejos nobles
que por caridad le daban
para que nunca olvidaran
quién le hacía estos favores.
Llevaban tierra de campo
en leguas, de un lao pa otro,
y por si esto fuera poco
regateaban a diario
el denigrante salario
que ganábamos, dejando
detrás de la yunta, arando,
o con la hoz en la siega,
sangre y sudor con la briega
gotita a gota en el campo.
Sabemos que algunos váis
los caminos desviando
-nos decían medio rezando-.
Hijos, por qué os apartáis
si otro camino no hay
que el único y verdadero,
ese que nos lleva al cielo,
rechazando tentaciones
que las ideas y ambiciones
son peligroso veneno.
En este pueblo han sembrao
“que cualquiera pué aprender”
y deberíais saber
que el leer pué ser pecao;
con que andarse con cuidao
y elegir bien la compaña
que con tanta idea extraña
están vustros sesos minando;
¡El diablo os va guiando,
que anda suelto por España!
Años de hambre venían,
si uno malo, otro peor,
y no cuajaba una flor
por lluvias o por sequías,
y la familia dio un día
con el remedio al rezarle
de la mañana a la tarde
y en la comunión diaria
plegarias y más plegarias
por los que morían de jambre.
Y se fueron agotando
estas quebrantadas vidas
que llevaban compartidas
de novena a balneario,
de la baraja al rosario,
hasta que fueron muriendo
y poco a poco iban yendo
al cielo que bien ganaron
y su casa la heredaron
las monjas de un beaterio.

Francisco Moreno Galván/José Menese

Esperando a Solveig

Operarios de la empresa "La Generala" atentando contra el patrimonio cultural español.Hoy ha sido un día intenso para el barrio de San Esteban de Murcia. A primera hora de la mañana se presentaban los operarios de la empresa constructora La Generala para empezar a “desmantelar” el yacimiento arqueológico descubierto en el lugar donde el Partido Popular de Murcia, a través de las instituciones autonómicas, pretendía construir un gran aparcamiento subterráneo. La imagen, recogida por la agencia European Pressphoto Agency y reproducida en esta entrada, no puede ser más desoladora: unos cuantos peones sin preparación alguna se dedican a “desmontar” (a destruir, claro) los restos arqueológicos. Por suerte, la movilización ciudadana y una infrecuentemente rápida actuación judicial han conseguido paralizar este atentado al patrimonio cultural español, este memoricidio que el ejecutivo murciano pretendía perpetrar a plena luz del día y contra la opinión de todos los expertos en la materia, anteponiendo el interés urbanístico y económico de unos cuantos al interés general y a la conservación de nuestra Historia.

Ya con la resolución judicial en la mano ordenando la paralización del expolio, el presidente de la Comunidad Murciana, Ramón Luis Valcárcel, se ha apresurado a bajarse los pantalones ante lo inevitable y a subirse (tarde) al tren de la defensa del patrimonio, tal vez sin darse cuenta de que ese tren le ha pasado por encima a él y a todo su gobierno, especialmente a esa pintoresca Consejería de Cultura que no sólo consiente, sino que autoriza semejantes atropellos contra el interés común.

Así que, leyendo todas estas noticias, y además de alegrarme por la salvación del yacimiento de San Esteban, no he podido dejar de recordar a una persona que se enfrentó hace muchos años a las excavadoras de la especulación inmobiliaria para salvar el patrimonio cultural de España: la arqueóloga sueca Solveig Nordtröm. En pleno auge del desarrollismo franquista, esta mujer tuvo el valor suficiente como para enfrentarse a los especuladores afines a la dictadura y atraer la atención de la prensa internacional para detener el avance de las máquinas hacia los restos de la ciudad íbera, cartaginesa y romana de Lucentum. Aquellos restos arqueológicos, condenados a convertirse en escombros para mayor gloria de la urbanización salvaje de la costa mediterránea, pasaron a ser declarados patrimonio nacional y monumento histórico-artístico gracias al arrojo de Solveig. Un regalo eterno para un país de desmemoriados que nunca agradecerá lo suficiente aquella gesta.

A lo mejor nosotros, acomodados españolitos del siglo XXI, estamos demasiado interesados por el deporte televisivo y por las refriegas políticas y judiciales que nos brinda una clase política carcomida por la corrupción como para perder el tiempo en proteger nuestra Historia y nuestra identidad de la avaricia de algunos indeseables. Quizá estemos esperando que venga de nuevo Solveig Nordström o cualquier otro extranjero a sacarnos de la inopia y a defender lo que es nuestro.

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La nana más triste del mundo

Nada recuerda hoy en los muros de la antigua prisión madrileña de Torrijos que allí permanecieron encarcelados casi tres mil presos de la dictadura franquista. Nada, excepto una placa conmemorativa que recuerda a un poeta, y a un poema.

En septiembre de 1939, perdida la guerra, los supervivientes leales a la República que no habían querido o podido huir de España iniciaban un largo periplo de vejaciones y abusos por las prisiones del fascismo; eso cuando no terminaban sus días fusilados frente a la tapia de un cementerio. En aquel aciago verano de brazos alzados y caras al Sol, lejos ya cualquier esperanza, las familias de los represaliados se enfrentaban al fantasma del hambre y de la marginación en un país destruido por la guerra donde ya no eran bienvenidos. Dentro de las prisiones, los reclusos debían soportar la doble condena de la falta de libertad y de ver a sus familias languidecer en la miseria.

Uno de aquellos reclusos era el poeta Miguel Hernández. Miguel pensó en un primer momento que, no habiendo cometido él ningún delito, no tenía nada que temer, y que podría regresar a su pueblo y vivir allí con su esposa Josefina y su hijo recién nacido. Nada más lejos de la realidad: los vencedores esperaban con ansia abalanzarse sobre los restos del enemigo vencido, y tomar cumplida venganza de todas las afrentas reales o supuestas de tres años de conflicto. Cuando quiso darse cuenta de esta cruel realidad, Miguel ya no pudo huir. El que fuera poeta del pueblo, ahora pasaba los días encerrado y atormentado por el futuro que le esperaba a su familia. Las noticias no podían ser más agoreras, porque su mujer acababa de escribirle una carta donde le contaba que sólo tenía para comer pan y cebolla. Él, encarcelado sin juicio ni sentencia, escribió este poema a su hijo pequeño Manuel Miguel, junto con unas breves letras para su esposa:

Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación, cada día más difícil. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche. Para que lo consueles, te mando estas coplillas que he hecho, ya que para mí no hay otro quehacer que escribiros a vosotros o desesperarme.

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
.
Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.
.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.
.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
.
Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
.
Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne es el cielo
recién nacido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
.
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
.
Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa ni
lo que ocurre.

Este poema, de tristeza incomparable, fue musicado por Alberto Cortez y Joan Manuel Serrat, convirtiéndose en una bellísima canción.

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Romance del rey Don Sancho

Hoy vamos a hacer una excursión histórica y poética por la Castilla del siglo XI. Se trata de una época convulsa para el recién nacido reino de Castilla. Además de sostener unas dificilísimas relaciones con los reinos musulmanes del sur resultantes de la desintegración del califato de Córdoba y con sus vecinos cristianos, debe enfrentarse también a las luchas sucesorias tras la muerte del rey Fernando I y a un complicado proceso de secesión del reino de León. Pero retrocedamos incluso un poco más en la historia…

La Península Ibérica en el año 1037. Origen: Wikimedia Commons.

Fernando I heredó de su tío García Sánchez un territorio perteneciente al reino del León conocido como Condado de Castilla en el año 1028, y en 1037 se sublevó contra el rey de León Bermudo III, que perdió la vida de forma muy truculenta en la Batalla de Tamarón, el 4 de septiembre de aquel mismo año. Tras la muerte de Bermudo, Fernando ocupó el trono leonés, legitimada su aspiración a la corona por su matrimonio con la hermana del defenestrado rey Bermudo. A lo largo de su reinado siguió expandiendo las fronteras del reino a costa de sus vecinos musulmanes e incluso del reino de Navarra gobernado por su hermano García III, contra el que Fernando no dudó en hacer la guerra, muriendo el rey navarro en combate durante la Batalla de Atapuerca, en 1054.  Fernado I adoptó el título de Imperator totius Hispaniae (Emperador de todas las Españas, vamos), y el reino de León, unido al importantísimo Condado de Castilla, empezaba a comvertirse en la potencia dominante de la Península Ibérica.

Pero cuando Fernando I murió, a finales del año 1065, en lugar de entregar el reino a su primogénito como hubiera sido la costumbre leonesa, lo repartió entre sus hijos. Por una parte estaba el primogénito de Fernando I, Sancho, que heredó Castilla como un reino independiente con el nombre de Sancho II; por otra parte, Alfonso heredó el reino de León como Alfonso VI; García heredó el reino de Galicia, y las infantas Elvira y Urraca heredaron respectivamente las ciudades de Toro y Zamora. Esto fue el comienzo de una encarnizada lucha por el control de unos territorios que ya abarcaban el tercio noroeste de la Península.

Sancho II de Castilla. Imagen: Wikimedia Commons.

Alfonso VI de Castilla y León. Imagen: Wikimedia Commons.

Desde el principio, las relaciones entre los herederos se vieron dificultadas por las disputas territoriales. Alfonso y Sancho en enfrentaban entre ellos para obtener el trono del otro, mientras que al mismo tiempo pactaban para repartirse el reino de su común hermano García. Durante estos enfrentamientos, Alfonso fue hecho prisionero por las tropas de Sancho en la Batalla de Golpejera, en 1072. Tras escapar de su encierro en Burgos, Alfonso se refugia en el reino musulmán de Toledo, vasallo del reino de León. Desde allí buscó el apoyo de su hermana Urraca contra Sancho, consiguiendo que la ciudad de Zamora se rebelara contra éste en ese mismo año. Sancho se vio obligado a poner sitio a la ciudad rebelde, pero la bien fortificada ciudad leonesa iba a demostrar que Zamora no se ganó en una hora.

De hecho, a Sancho II de Castilla se le iba a atragantar el sitio de Zamora. Un noble zamorano de nombre Vellido Dolfos salió de la ciudad sitiada para entrevistarse con el monarca castellano, alegando que había desertado de las filas rebeldes. Con la excusa de enseñar a Sancho las zonas más débiles de las defensas enemigas, Vellido Dolfos separó al rey de sus guardianes, y una vez a solas, le ensartó con una lanza por la espalda. Habían matado al rey de Castilla en las mismas narices de su famoso escudero Rodrigo Díaz de Vivar, comunmente apodado “El Cid Campeador”, quien no pudo hacer nada para evitarlo. Aunque no fue un magnicidio demasiado digno, el asesinato de Sancho II de Castilla dio la vuelta a la situación: muerto el rey de Castilla y de León sin descendencia, la persona más legitimada para heredar la corona de ambos reinos era Alfonso VI, el depuesto rey de León.

Así fue como Vellido Dolfos iba a convertirse en el traidor de traidores para la tradición castellana, en un Judas capaz de asesinar a su señor (si bien técnicamente Sancho no era su señor). El destino de Vellido Dolfos no está claro, y según parece se las ingenió para huir de la previsible venganza que el Cid y el resto de la nobleza castellana hubieran tomado contra su persona. Su nombre, sin embargo, fue inmortalizado en el Romancero Viejo, aunque desde luego no queda en muy buen lugar. En este Romance del rey Don Sancho, además de tildar a Vellido Dolfos de traidor, se deja caer bastante explícitamente que Doña Urraca estuvo detrás del asesinato de su hermano. Más implícitamente, el romance insinúa que la señora de Zamora tenía un lío con el denostado magnicida, extremo éste que no tiene base histórica alguna más allá de la intención de infamar a la señora de la ciudad.

-¡Rey don Sancho, rey don Sancho!, no digas que no te aviso,
que de dentro de Zamora un alevoso ha salido;
llámase Vellido Dolfos, hijo de Dolfos Vellido,
cuatro traiciones ha hecho, y con ésta serán cinco;
si gran traidor fue el padre, mayor traidor es el hijo.
Gritos dan en el real: -¡A don Sancho han mal herido,
muerto le ha Vellido Dolfos, gran traición ha cometido!
Desque le tuviera muerto, metiose por un postigo;
por las calle de Zamora va dando voces y gritos:
-Tiempo era, doña Urraca, de cumplir lo prometido.