El estanque de las ranas

   Por otra parte, estoy convencido de que la tierra es muy grande, y que nosotros sólo habitamos la parte que se extiende desde el Faso hasta las columnas de Hércules, derramados a orillas de la mar como hormigas o como ranas alrededor de una laguna.

Platón. Fedón o del Alma.

Cuando Platón describió el mundo griego, a principios del siglo IV AEC*, Grecia llevaba ya a sus espaldas dos milenios de civilización; una civilización que tenía sus orígenes en la Creta minoica y los reinos micénicos del Peloponeso, y que había sido coetánea del Reino Antiguo de Egipto, del reino de Mitanni y de las civilizaciónes sumeria y babilónica de Mesopotamia. Aquella fue la civilización griega cuyas aventuras durante la mítica Guerra de Troya cantara Homero en su Iliada.

Grecia mantuvo durante el tercer y segundo milenio AEC un intenso y documentado intercambio comercial con todas estas civilizaciones, roto alrededor de 1200 AEC por la catástrofe que supuso la llamada invasión de los pueblos del mar. Después de la debacle de destrucción que arrasó toda la costa oriental del Mediterráneo, en Grecia se sucederían varios siglos conocidos como La Edad Oscura, donde incluso llegaron a perderse las escrituras minoica y micénica. Habría que esperar hasta mediados del primer milenio AEC para que se adoptaran los caracteres fenicios en lo que hoy conocemos como alfabeto griego.

Pero Grecia surgió con más fuerza que nunca de entre aquellos siglos oscuros. A partir del siglo VIII AEC sus ciudades (polis) empezaron a colonizar todo el Mar Egeo, las costas de Asia Menor, del Mar Negro e incluso la Península Itálica y algunos puntos de la costa de la Península Ibérica (hasta el Estrecho de Gibraltar, las Columnas de Hércules). Con ellos iba el comercio, pero también la civilización, las formas de entender la vida de los griegos, su arte y su lengua.

Ni siquiera el gran Imperio Persa pudo domeñar a los belicosos griegos, para los que la guerra no era sino algo consustancial con la vida, y sólo las luchas internas podrían arruinar su influencia en el mundo mediterráneo. Tras una larga y cruenta guerra entre las facciones ateniense y espartana al final del siglo V AEC, Grecia quedaría lo suficientemente deprimida como para terminar siendo dominada por un reino que hasta entonces había sido considerado inferior: Macedonia. Filipo II consiguió el control sobre las polis griegas, y su hijo Alejandro llevó el dominio griego hasta las orillas del río Indo, arrasando con el Imperio Persa en una campaña de conquista que se prolongaría durante doce años.

Ésta es la historia que me dispongo a contar en este blog durante los próximos meses. La historia de la civilización griega desde sus orígenes hasta su caída en manos de la potencia que estaría llamada a sucederla: Roma. Y mi pretensión es contar esta historia a partir de breves entradas sobre sucesos, personajes o piezas arqueológicas de interés, situando los mismos en su contexto histórico.

Espero por lo menos no hacerlo demasiado mal. :-)

* AEC: Antes de la Era Común.

Sans culottes

Si algo tiene de bueno la Historia es que te permite establecer paralelismos entre la actualidad y los sucesos del pasado. Es bueno volver atrás la mirada y ver qué hicieron los de antes para evitar cometer los mismos errores que ellos.

En la Francia de finales del siglo XVIII la gente no es que viviera mal: es que ya no se podía vivir. El país languidecía en la miseria mientras los mismos gobernantes que lo habían arruinado seguían con su escandaloso tren de vida, entre fiestas, cacerías y carísimos vestidos y muebles que pagaban con cargo a la hacienda pública.

Indudablemente, no podemos decir que aquella situación fuera como la presente, pero tiene sus semejanzas. Los indignados de entonces, curiosamente, no eran la gran masa campesina, desconectada de los movimientos urbanos y sometida a los ritmos de la tierra y el capricho de sus amos. No, los indignados de la Francia prerrevolucionaria eran los pequeños comerciantes, los artesanos, los tenderos, gentes de la ciudad, con pocas propiedades, que vivían de su trabajo diario.

Puesto que el dinero no les llegaba para ir a la moda, los hombres de clase baja prescindían de los culottes, aquellos pantalones ajustados que quedaban por encima de la rodilla. Poco a poco, la forma de vestir de la gente humilde, que delataba su baja condición, se fue convirtiendo en un símbolo de identidad social: los sans culottes.

La Revolución Francesa no hubiera sido posible sin los sans culottes. Fueron ellos los que tomaron y derribaron a sangre y fuego la fortaleza de la Bastilla, los que defendieron a la Asamblea Nacional de los intentos realistas por acabar con ella. También fueron los que, mal armados y peor entrenados, defendieron las fronteras del país ante las invasiones extranjeras. Los sans culottes fueron, en definitiva y literalmente, la carne de cañón gracias a la cual hoy vivimos en la Edad Contemporánea.

Pero como todas las revoluciones, llega un momento en que surge del caos un nuevo orden, y con él la necesidad de acabar con los excesos callejeros. A los sans culottes, ya muy castigados durante el Terror de Robespierre y sus amigos, les llegó su San Martín particular cuando el Directorio dictó su disolución y mandó a la guillotina a no pocos de sus miembros durante el llamado Terror Blanco. Ni para los jacobinos ni para el Directorio se trataba de un grupo social cómodo, debido a su falta de estructura jerárquica y a la imprevisibilidad de sus acciones.

Y ahora, que cada uno saque los paralelismos que les resulten más simpáticos.

Nueva serie: Batallas de la Edad Media

Vamos a darle un poco de vida a este blog, que lleva demasiado tiempo en el congelador de las ideas.

Voy a empezar una nueva serie sobre Historia, centrada en las batallas de la Edad Media. La Edad Media comprende un periodo de tiempo tan largo (alrededor de los mil años), y tan convulso para el mundo, que es imposible compilar en una simple página todos los conflictos que desangraron a Europa y al resto del mundo con, literalmente, cientos de batallas.

Y no es que considere que sea la guerra la única que altera los designios de la Historia, pero sí es cierto que algunos de los cambios más trascendentes de la Edad Media se produjeron a golpe de espada, a tiro de flecha y, finalmente, a disparos de cañón.

En esta nueva serie reuniré diez batallas representativas de la Edad Media; una por cada siglo, empezando por el siglo VI y terminando por el siglo XV. Puede que no fueran las más importantes, puede que tampoco las más sangrientas, pero todas ellas significaron un doloroso peldaño en la carrera de la civilización hacia la Edad Moderna.

Éste es el programa de la serie Batallas de la Edad Media:

  1. Tricamerón
  2. al-Qādisiyyah
  3. Guadalete
  4. Fontenoy
  5. Lechfeld
  6. Jerusalén
  7. Los Cuernos de Hattin
  8. Bouvines
  9. Aljubarrota
  10. Agincourt

Efemérides: Alcazarquivir

Un 4 de agosto como hoy, en 1578, una épica batalla acontecida en tierras de Marruecos iba a cambiar la historia de España y Portugal durante sesenta años. Ese día, el rey portugués Sebastián I pereció en la batalla de Alcazarquivir en combate contra las tropas del sultán Abd el-Malik, quien también perdió la vida en el enfrentamiento. A la batalla de Alcazarquivir se la conoce también como «La Batalla de los Tres Reyes», ya que en ella murió también el depuesto sultán Muley al-Mutawakil, a quien Sebastián ayudaba a recuperar el trono contra Abd el-Malik.

La desaparición de Sebastián, cuyo cuerpo nunca fue encontrado, provocó el luto en Portugal, y con el tiempo degeneró en una legendaria profecía según la cual el rey Sebastián volvería algún día para regir los destinos del país. Mucho más prosaicamente, el poderosísimo rey de España, Felipe II, aprovechó el vacío de poder para reclamar el trono portugués, y en 1580 se proclamó rey de Portugal, unificando políticamente todos los territorios ibéricos por primera vez desde tiempos de los visigodos. Esta unión se mantuvo durante los siguientes sesenta años, hasta que Portugal recuperó su independencia en 1640, durante el reinado en España de Felipe IV.

Para la población judía de Marruecos, esta efeméride se convirtió en motivo de celebración, toda vez que el joven e impulsivo rey Sebastián, en un alarde de fanatismo religioso, prometió pasar a cuchillo a todo judío de Marruecos que no aceptara la conversión al catolicismo como acto de «acción de gracias» por su victoria.

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