Pavía

En el fragor del combate, uno llegaba a perder la perspectiva. Al final, casi siempre se formaba una algarabía de hombres y caballos, de polvo, barro y cuerpos mutilados, de los gritos de ferocidad de aquellos que luchan por su vida y gritos de dolor de aquellos que están en trance de perderla por sus heridas.

Battle of Pavia, oil on panelEn medio de toda aquella confusión, Juan se preguntaba porqué no se habría quedado en Hernani, ordeñando vacas plácidamente y rumiando su hambre con su leche cuajada. En lugar de ello, estaba dejándose la piel en aquellas frías tierras del norte de Italia, matando franceses a mayor gloria del Emperador Carlos. Tampoco es que se entretuviera mucho con aquellas reflexiones, preocupado como estaba en impedir que algún francés le convirtiera en filetes por la espalda, al tiempo que trataba de atravesar con una alabarda la dura pechera de cuero de un enorme francés barbudo que pretendía hacer lo propio con él.

Se veía que la batalla estaba ganada. A su alrededor, algunos de los soldados españoles se habían quedado sin nadie con quien luchar, mientras el enemigo se retiraba, reagrupándose en pequeños cuadros acosados por todas partes por los tercios. Los soldados españoles que hasta hace poco se encontraban sitiados en la ciudad de Pavía, ahora arrasaban al ejército francés con un solo propósito: saciar su hambre con la comida de los franceses. Tal era el estado de los sitiados que a Juan no le hubiera extrañado haberles visto comiéndose a los propios franceses. En aquellos momentos, los tercios escribían una nueva página gloriosa en su historia, pero allí no había más ferocidad que la que daba el instinto por sobrevivir.

A lo lejos, un jinete francés aislado galopaba tratando de escapar del campo de batalla. Juan vio cómo uno de los arcabuceros plantaba su horquilla en el suelo y apuntaba cuidadosamente hacia el jinete. El disparo dejó al tirador rodeado de humo por unos momentos, pero Juan pudo observar que el caballo era alcanzado de lleno, cayendo al suelo y quedando atrapado al caballero por una pierna bajo el cuerpo muerto del animal.

Tras unos segundos de frenética carrera, Juan se acercó al jinete con la espada en la mano. A buen seguro que el rescate o la recompensa por la captura de un caballero francés podría compensar todas las fatigas que había tenido que sufrir hasta entonces. A través del yelmo, la voz del francés suplicó:

-La vie, que je suis le Roi!

“Claro, y yo el Papa de Roma”, pensó Juan. En ese momento ya no estaba seguro de si tomar prisionero al muy cobarde o escabecharlo allí mismo por mentiroso. Sin embargo, los ropajes del caido eran demasiado buenos, y la armadura demasiado reluciente para un combatiente normal, así que Juan dejó que la duda razonable decidiera por él, y sin apartar el estoque del cuello del caballero, le dijo en un mal francés:

-Date prisonnier ou je te tue.

FrancisIFrance¿Quién iba a decirle a Juan, al humilde Juan de Urbieta, que aquella decisión iba a cambiar su vida? Francisco I de Francia había sido hecho prisionero por las tropas españolas en Pavía, destruyendo de camino su ejército y sus ambiciones de conquistar el Milanesado para Francia. ¿Quién iba a decirle a Juan que su decisión de dejar vivir al Rey de Francia, a la larga, terminaría desembocando en el terrible Saco de Roma? ¿Quién le podría convencer de que, al dejar vivir a Francisco, perpetuando la rivalidad entre el Sacro Emperador Carlos y Francia, los reformistas de la Iglesia Católica terminarían sacando tajada de la situación, consolidando el protestantismo en Europa? Sobre todo, ¿Cómo podía Juan de Urbieta saber que los franceses recordarían la afrenta casi trescientos años más tarde, y se vengarían de sus huesos profanando su tumba en Hernani?

Nota: Para saber más sobre esta historia, os dejo el pasaje de la Historia de Juan Antonio Cebrián que hace referencia a la Batalla de Pavía.

Efemérides: Borodino

Aquel 7 de septiembre de 1812, los rusos decidieron que ya estaba bien de correr delante de las tropas francesas; se dieron la vuelta, se atrincheraron en la aldea de Borodino y esperaron la acometida de la Grande Armée de Napoleón Bonaparte…

Napoleón había invadido Rusia porque el Zar Alejandro I le estaba haciendo la pirula con el Bloqueo Continental, comerciando a sus espaldas con los ingleses. Para Napoleón, los ingleses eran el verdadero enemigo a batir. Frustrados en 1808 sus planes de invadir Inglaterra tras la batalla de Trafalgar, su estrategia pasaba por hundir económicamente a los ingleses, arruinando su comercio con el continente. Sin embargo, muchos países seguían manteniendo relaciones comerciales, más o menos encubiertas, con Gran Bretaña, lo que enervaba al emperador francés.

Por su parte, Alejandro I argumentaba que su país ya pasaba demasiadas miserias para encima tener que soportar las consecuencias de ese bloqueo, que significaba más pobreza para todo el mundo. Un buen día decidió que ya estaba bien de hacerle el juego a Napoleón, y se hizo el longui ante sus imperativos requerimientos de cesar en dicho comercio.

Así pues, a Napoleón no le quedó más remedio que invadir Rusia. Sabía que era una empresa arriesgada, pero no podía consentir que su dominio de Europa fuera cuestionado por ninguna de las potencias teóricamente sometidas.

A Rusia, Napoleón ya le había dado lo suyo en 1807 con las batallas de Eylau y Friedland, obligando al joven Alejandro a firmar la paz en Tilsit y un tratado posterior (Erfurt) en el que Rusia se comprometía a participar en el acoso comercial a los ingleses.

El emperador francés no esperaba otra cosa de la invasión de Rusia que una victoria aplastante sobre los rusos, y un Zar nuevamente sometido a sus designios.

Evidentemente, Napoleón se equivocó de parte a parte. Al igual que en España, los rusos no estaban dispuestos a consentir que un enemigo extranjero mancillara el suelo patrio, su sagrada Rodina, y soportarían los sacrificios que fuese necesario con tal de expulsarle de allí para siempre. Sin embargo, los generales rusos habían aprendido mucho desde sus primeros combates con Napoleón. Éste había reunido para la empresa rusa al mayor ejército jamás conocido, con casi un millón de hombres de todas partes del continente europeo. Era absurdo pensar que podrían derrotar a semejante ejército en campo abierto, así que decidieron poner tierra quemada de por medio. A lo largo de más de mil kilómetros, las tropas francesas se adentraron en una Rusia de aldeas incendiadas y campos devastados por los propios rusos, cuya intención era impedir que el enemigo pudiera aprovecharse de los recursos de Rusia para su invasión.

Pero en septiembre de 1812, la siguiente parada en el camino era Moscú. Todo el mundo en la Armée sabía que los rusos tratarían de defender su capital imperial, y todo el mundo sabía también que controlar la capital era imprescindible para soportar el inminente invierno ruso. Los veteranos de anteriores campañas sabían muy bien el frío que muy pronto iban a tener que soportar en aquellas latitudes. Por su parte, los rusos estaban también muy motivados, ya que en la próxima batalla se decidiría si el enemigo tomaría la ancestral capital de Rusia o debería retirarse humillado.

Napoleón se levantó aquella mañana del 7 de septiembre de 1812 afiebrado. No estaba en su mejor momento. Por otro lado, su inmenso ejército estaba bastante diseminado, y no consiguió superar en número de efectivos a los rusos, que además se habían atrincherado con todo tipo de construcciones defensivas. Napoleón ordenó cargar de frente contra los rusos, y el resultado fue un verdadero desastre humano. Ambos ejércitos echaron el resto en el combate, sabedores de su trascendencia. Entre franceses y rusos, se calcula que entre 100.000 y 125.000 hombres perdieron la vida aquel nefasto día. Fue el día más sangriento de todas las Guerras Napoleónicas, superando con mucho las bajas que más de un siglo después se producirían en el primer día de la batalla del Somme, ya en plena Primera Guerra Mundial.

Al final de la batalla, a los rusos les tocó retirarse, aunque sabedores de que habían dejado herido de importancia a su enemigo. Ahora los rusos dejarían que los franceses entraran en Moscú, pero sólo para darles el tiro de gracia incendiando su propia ciudad.

Un anonadado Napoleón, que pensaba que la toma de la capital pondría fin a su campaña, se dio cuenta demasiado tarde que los rusos no dejarían ni una sola astilla de leña que quemar en el crudo invierno que se avecinaba, y que mucho menos pretendían rendirse.

Tras contemplar cómo los mismos rusos incendiaban Moscú,  Napoleón inició una desastrosa retirada a través de las estepas rusas en pleno invierno, lo que significó el fin de su Grande Armée y, en gran medida, el fin de su dominio imperial sobre Europa.

Juan Antonio Cebrián narra a su particular manera los sucesos de Borodino en uno de sus pasajes de la Historia:

Ciclo Juan Antonio Cebrián (VIII): Juan Martín Díez, "El Empecinado"

Juan Martín Díez, El Empecinado, por Francisco de Goya. Origen: Wikimedia Commons.

Pocos hombres se abren camino en la Historia partiendo de la nada. En España, uno de estos hombres fue Juan Martín Díez. El apodo popular de los naturales de Castrillo de Duero, su pueblo natal: “los empecinados”, se convirtió gracias a su tenacidad y valentía, en un sinónimo de terquedad y determinación, recogido incluso por el diccionario de la Real Academia de la Lengua.

Durante la Guerra de la Independencia Española, de cuyo comienzo ahora conmemoramos el segundo centenario, Juan Martín y su grupo de guerrilleros pusieron en jaque al mejor ejército del mundo durante años. Las tropas invasoras de Napoleón, y su general Leopold Hugo (padre del famoso escritor Victor Hugo) nunca fueron capaces de capturarle, a pesar de intentarlo con métodos no precisamente honorables:

El cometido principal de estas guerrillas era dañar las líneas de comunicación y suministro del ejército francés, interceptando correos y mensajes del enemigo y apresando convoyes de víveres, dinero, armas, etc. El daño que se hizo al ejército de Napoleón fue considerable, de tal manera que nombraron al general Joseph Leopold Hugo como «perseguidor en exclusiva» del Empecinado y sus gentes. El general francés, después de intentar su captura sin conseguirlo, optó por detener a la madre del guerrillero y algún familiar más. La reacción de Juan Martín fue endurecer las acciones bélicas y amenazar con el fusilamiento de 100 soldados franceses prisioneros. La madre y los demás fueron puestos en libertad.
(Wikipedia)

Para ser exactos, Juan amenazó al general Leopold Hugo con dar muerte a todo soldado francés que cayera en sus manos a partir de aquel momento si éste mataba a su madre. Desde luego, Juan Martín era un personaje cuya palabra no podía ser tomada a la ligera.

Por desgracia, España siempre ha pagado muy mal a sus héroes. Puesto que Juan siempre fue un liberal declarado y militante, el canalla traidor de Fernando VII, “El Deseado”, le hizo matar de la forma más vil posible. Incluso en aquel momento, Juan supo imponer su fiereza sobre su terrible destino, y prefirió resistirse y morir a bayonetazos antes que sufrir la indignidad de ser ahorcado.

Ahora que celebramos el segundo centenario del inicio de la Guerra de Independencia, tendremos una buena ocasión para compensar el injusto olvido con el que nuestra sociedad siempre ha pagado a sus héroes populares, y en especial, a nuestro bravo Empecinado.

Disfruten de este extraordinario pasaje de la Historia de Juan Antonio Cebrián.

Ciclo Juan Antonio Cebrián (VII): Los Últimos de Filipinas

Juan Antonio Cebrián narra la odisea de los soldados españoles que resistieron en el Sitio de Baler, en Filipinas, cuando los Estados Unidos alimentaron la insurrección en las pocas posesiones de ultramar que le quedaban a España con el fin de apropiarse de ellas. Es la historia del sacrificio realizado por estos soldados bajo unas circunstancias extremas en el confín del mundo.

Ciclo Juan Antonio Cebrián (VI): La Batalla de las Navas de Tolosa

A mediados del siglo XII, el fundamentalismo islámico había conseguido asentarse en la forma de un grande y poderoso imperio que abarcaba desde las costas libias hasta las islas baleares y la mitad sur de la Península Ibérica. Como guardianes de la pureza del Islam, estos fundamentalistas, de origen bereber, se hacían llamar Almohades, y su lider era considerado el Mahdi, nombre tomado de una tradición mesiánica musulmana.

Al internarse en Al-Ándalus, procedentes del Magreb africano, los almohades unificaron a los hasta entonces divididos reinos de taifas e impusieron una política beligerante contra los reinos cristianos del norte, deteniendo el proceso de reconquista en la Batalla de Alarcos (1195), donde los cristianos sufrieron una importante derrota.

Al tiempo que los Almohades construían la Giralda en Sevilla, también preparaban la conquista de los reinos cristianos. Su califa, el poderoso Muhammad An-Nasir, estaba reuniendo un imponente ejército a tal fin. Los reyes cristianos, aterrorizados ante tal perspectiva, decidieron olvidar por un tiempo sus disputas internas y unirse para poder enfrentar al más poderoso enemigo que jamás hubieran tenido. Pidieron al Papa Inocencio III que declarara la Santa Cruzada y se convocara a cuantos guerreros europeos fuese posible reunir. El magnífico enfrentamiento entre ambas fuerzas, acontecido al norte de la actual provincia de Jaén, se conoció como La Batalla de las Navas de Tolosa.

Como curiosidad, se puede destacar que las cadenas del escudo de Navarra tienen su origen en esta batalla, y en la épica carga de los tres reyes (Castilla, Aragón y Navarra) sobre las fuerzas almohades cuando el resultado de la batalla era aún más que incierto.

Por supuesto, Juan Antonio lo cuenta como nadie, en uno de sus mejores pasajes de la Historia.

Ciclo Juan Antonio Cebrián (V): Miguel Hernández

Miguel Hernández, el poeta del pueblo. Otro mártir de la libertad que nunca será beatificado. Una dramática historia contada al alimón por la sentida narrativa de Juan Antonio Cebrián y la música inolvidable de Joan Manuel Serrat.

Ciclo Juan Antonio Cebrián (IV): El Dos de Mayo

La carga de los mamelucos, por Francisco de Goya. Origen: Wikimedia Commons.

El dos de mayo de 1808 fue el día en que los madrileños decidieron comunicarle a Napoleón su descontento por tanta prepotencia; y en un lenguaje clarito, para que lo entendiera sin problemas. No sabremos nunca si aquel día el emperador de Francia lo entendió bien, pero sí podemos deducir que España le quitó el sueño al pequeño cabo durante muchos años.