La Guerra de Granada

Entre 1480 y 1492, durante el reinado de los Reyes Católicos, se completó en Andalucía la conquista de lo que antaño había sido la Al-Andalus musulmana, cuyo último episodio fue la guerra contra el reino nazarí de Granada. Fue una guerra de conquista inspirada desde la corona, pero muchas veces animada por la ambición de algunos notables del reino de Castilla, que deseaban obtener más territorio y riquezas por medio de las armas.

Sin embargo, como todas las guerras, la de Granada fue una guerra cara. Las tropas debían ser pagadas, alojadas y alimentadas, y la sociedad castellana no disponía de los suficientes recursos económicos para aportar el capital necesario. Bueno, en realidad, sí que existía un sector de la sociedad que disponía de esos recursos, y los Reyes Católicos harían valer sus altos ideales religiosos para que todo aquel dinero cambiara de manos…

El historiador y humanista Alonso de Palencia nos relata estos acontecimientos y muchos otros de importancia en sus crónicas sobre la Guerra de Granada:

(…) En Sevilla se procedió al castigo de los conversos de la ciudad, que, como los demás andaluces de su ralea, eran conocidamente refractarios a la fe católica. Titubeaban, sin embargo, los cristianos en señalar los sospechosos de herejía, y reputaban por más inficionada a la plebe de los conversos que a los principales de entre ellos; pero convencidos de la perversión de los que la habían inducido a los mayores errores, castigaron a los cabezas juntamente con sus prosélitos, entregándolos a las llamas o sepultándolos en lóbregos calabozos. Estos casos fueron mucho más terribles que en parte alguna en Sevilla, porque aquí tuvo principio la Inquisición y porque de día en día aumentaban los delitos y se iban descubriendo las maldades y traiciones de los conversos, que encaminaban sus inicuos, propósitos a mayor daño del nombre cristiano. Mas no aprovechándoles toda su astucia para escapar al castigo, y no contando ninguno con segura morada, porque a muy pocos les aconsejaba su conciencia permanecer en la ciudad, encontraron pretexto para salir de ella en la terrible peste que allí estalló a principios de 1481. Ella fue tal, que hizo entre ellos cerca de 16.000 víctimas. Otros tantos hablan escapado al castigo con la fuga, de modo que el aspecto de la ciudad era tristísimo y parecía casi deshabitada.

(…) El establecimiento de la Inquisición, recurso indispensable para castigar la herética pravedad, había aumentado también la penuria. Cierto que ésta se consideraba baladí respecto a la felicidad eterna; como las verdaderas riquezas sean la posesión de la verdad católica. Así D. Fernando y D a Isabel antepusieron a cualquier inconveniente el arrancar de entre las gentes andaluzas la multitud de judaizantes, de modo que aquellos hombres, inficionados del error, volviesen al camino de la salud eterna por medio de una reconciliación verdadera o pereciesen entre las llamas si se mantenían pertinaces.

Sin contar los numerosos fugitivos y los condenados a cárcel perpetua, cerca de 500 fueron quemados en Sevilla en el espacio de tres años en los casos en que se hacía imposible la aplicación de pena más leve.

Entre los conversos, la mayor parte de las mujeres se entregaban a ritos judaicos. Los hombres, que erróneamente creyeron encontrar su salvación en la fuga, se llevaron cuantas riquezas pudieron, escondiendo otras muchas con la esperanza de regresar algún día. Quedó exhausta Andalucía de oro y plata, y como para pagar a las tropas no bastaban ni con mucho las rentas reales, había que recurrir a los pechos(1), principalmente por la imposibilidad de sostener la guarnición de Alhama, contigua a los dominios granadinos, si dos o tres veces al año no la entraba un convoy custodiado por fuerte ejército. Todo esto sufrían con paciencia los pueblos leales, con la esperanza de obtener al cabo algún día el deseado descanso.

Los toledanos, sin embargo, temiendo la pobreza a que quedaría reducida la ciudad si se hacía inquisición de la vida y costumbres de los conversos allí donde tres o cuatro veces la infame conducta de los judaizantes había causado daños tan terribles, trabajaban con empeño por impedir tales pesquisas. Convencido por el juicio unánime de los ciudadanos el noble y prudentísimo corregidor Gómez Manrique, de gran prestigio entre ellos, logró persuadir a la Reina con muchos argumentos de las ventajas de aplazar semejante inquisición, sobre todo en aquellas circunstancias.

Alonso de Palencia, La Guerra de Granada.

(1) Pechos: Impuestos, contribuciones.

Blogs como libros: Cualquier tiempo dormido

Aquí no hay plantillas de blog molonas. No hay relojitos, ni nubes de etiquetas en movimiento, ni colores chulos. La única concesión de Javi al diseño de su página es una portada gráfica a partir de una fotografía. No necesita más, porque lo importante de un blog es su contenido, y el blog Cualquier tiempo dormido contiene lo mejorcito que puede leerse en la blogosfera. Es uno de esos blogs que me gustaría imprimir y encuadernar para hacerme un libro; uno de esos blogs que quiero compartir con los lectores de El ojo del tuerto porque no basta con una reseña en el blogroll para explicar lo genial que es.

Javi no es un bloguero; es un escritor. Cuenta historias con letra pequeña, aquellas historias que en su día tuvieron trascendencia y que el olvido del tiempo ha ido dejando relegadas en la cuneta de la memoria. Son historias casi siempre de personajes concretos, incluso anónimos, que tuvieron la suerte o la desgracia de tener su minuto de gloria en el transcurrir de los acontecimientos humanos. Para algunos de ellos, los menos, queda el cínico reconocimiento público de sus obras o de sus padecimientos que nunca compensa los malos tragos pasados. Como el mismo Javi escribe:

(…) la posteridad no es mas que un fragmento de bronce con forma de hombre, oxidado al sol y maltratado por las cagadas de las palomas.

Hay en esta página historias que hacen reir; otras que hacen llorar y algunas que estremecen al más curtido de los lectores. Son historias contadas con un lenguaje fresco, actual y cuidado. Yo las recomiendo todas, ya que casi siempre que leo la última entrada de Cualquier tiempo dormido pienso que es la mejor que ha escrito, y eso tiene que ser por algo.

Libros: El espejismo de Dios

“Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y distruta de la vida”.

Un mensaje como éste ha causado en las últimas semanas una encendida polémica en nuestro país. Para unos, una intolerable ofensa a sus más arraigadas creencias; para otros, simplemente la constatación de un hecho. Al parecer, todo en este mundo es criticable a excepción de las creencias religiosas. Cualquier comentario negativo sobre las mismas se convierte automáticamente en blasfemia, y los adeptos a una u otra creencia se apresuran a poner el grito en el cielo. Eso cuando no pasan directamente a la agresión física o a la sentencia de muerte, como sucede en muchos países aún hoy, y como sucedía en la España de no hace tanto tiempo.

Por regla general, los más acérrimos creyentes que tanta prisa se dan para protestar por cualquier ofensa hacia sus creencias religiosas suelen ser los mismos que luego no tienen reparos en insultar abiertamente a aquellos que profesan otra religión distinta a la suya, o a los que sencillamente no profesan religión alguna.

El espejismo de DiosDe ésta y otras muchas cosas más habla en su libro El Espejismo de Dios el profesor Richard Dawkins. A lo largo de sus páginas podemos encontrar capítulos de título tan sugerente como “El respeto inmerecido”, “Las pruebas de Tomas de Aquino” o “La gran falacia de Beethoven”, donde desgrana de una forma ordenada sus razonamientos sobre la no existencia de Dios. Me parece exagerado que a Dawkins se le haya llamado profeta del ateísmo, ya que en ningún momento exige del lector el acatamiento de sus palabras, sino que invita al mismo a leer su libro con espíritu crítico. En todo caso, no deja de ser novedoso que por fin aparezca alguien que se atreva a poner negro sobre blanco sus argumentos en contra de este inmenso montaje económico-religioso que ha sumido a la humanidad en la ignorancia, el servilismo y el odio durante toda su historia.

Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias.

Esta frase, acuñada por el gran científico y divulgador Carl Sagan, resume de maravilla casi todo lo que Dawkins quiere reflejar en su libro. Para las mentalidades escépticas capaces de cuestionarse cualquier aspecto de la realidad, el método científico es el único que puede ofrecer respuestas a los interrogantes sobre el mundo. Si alguien me dice que el agua hierve a 100º, no tengo porqué creerle ciegamente, sino que me bastará con hervir el agua y comprobar con un termómetro la temperatura a la que empieza a hervir. En cambio, para demostrar la existencia de Dios, la Iglesia (aunque el ejemplo sirve para cualquier religión) me exige tener fe. Es más, me condena públicamente si no la tengo o no la quiero tener. La fe es esa creencia ciega que no necesita de evidencias para demostrar su veracidad; la fe es capaz de resistir incluso cuando una evidencia irrefutable la rebate (tomemos como ejemplo el caso de la Sábana Santa, un fraude medieval para sacar dinero a los peregrinos que terminó convertido en dogma más allá de las pruebas científicas que dejaban claro que no era sino un timo). Para una afirmación tan extraordinaria como la existencia de Dios, y según las últimas estadísticas, más de un veinte por ciento de españoles necesitamos algo más que edificios imponentes, humo de incienso y cánticos; necesitamos pruebas científicas que no dejen lugar a dudas; algo que ninguna religión del mundo es capaz de ofrecer.

Epílogo 1:

Compré ayer este libro en la librería Beta de la sevillana calle Sierpes. Esta librería se encuentra en lo que antes fue el teatro Imperial. A pesar de que nunca es una buena noticia el cierre de un teatro de la solera del Imperial, sí es de agradecer no encontrar en su lugar un supermercado o una sala de máquinas tragaperras. Beta ha conseguido combinar las estanterías expositoras de libros y el antiguo local dedicado al teatro con un buen gusto nada común en estos tiempos. Sí diré que, mientras buscaba el libro de Dawkins, no pude dejar de hacer la siguiente foto, muy reveladora:

Si está hecho a propósito o es fruto de la casualidad, lo desconozco, pero bajo mi punto de vista, es todo un acierto poner juntas dos disciplinas tan relacionadas como éstas.

Epílogo 2:

Para aquellos que digan que la distribución de libros y música en formato electrónico destruye la industria y arruína a los autores, debo decirles que empecé a leer El espejismo de Dios en el ordenador, gracias a un PDF bajado de Internet. El contenido del libro me gustó tanto que me decidí a comprarlo. No me arrepiento para nada de los 24,90€ que me ha costado adquirirlo, ya que la compra de un libro siempre es una buena inversión.

Éste que veis aquí

Miguel de Cervantes

Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos estremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y, quizá, sin el nombre de su dueño. Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice memoria.

Miguel de Cervantes Saavedra. Novelas Ejemplares. Prólogo.

La literatura, entre otras muchas cosas, es el arte de contar el mayor número de cosas con la menor cantidad de palabras, y en eso, Don Miguel de Cervantes fue y sigue siendo el número uno. Quien lo dude, que se atreva a leer Rinconete y Cortadillo, El Licenciado Vidriera o cualquiera otra de sus obras y luego que venga aquí a decir que no disfrutó de cada momento de su lectura.

Segismundo

¡Ay mísero de mí! ¡Y ay infelice!
Apurar, cielos, pretendo
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo;
aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido.
Bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor;
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
Sólo quisiera saber,
para apurar mis desvelos
(dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer),
qué más os pude ofender,
para castigarme más.
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron,
¿qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?
Nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma,
o ramillete con alas
cuando las etéreas salas
corta con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que deja en calma:
¿y teniendo yo más alma,
tengo menos libertad?
Nace el bruto, y con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas,
gracias al docto pincel,
cuando, atrevido y crüel,
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad,
monstruo de su laberinto:
¿y yo con mejor distinto
tengo menos libertad?
Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apenas bajel de escamas
sobre las ondas se mira,
cuando a todas partes gira,
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío:
¿y yo con más albedrío
tengo menos libertad?
Nace el arroyo, culebra
que entre flores se desata,
y apenas, sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de las flores la piedad
que le dan la majestad,
el campo abierto a su ida:
¿y teniendo yo más vida
tengo menos libertad?
En llegando a esta pasión
un volcán, un Etna hecho,
quisiera sacar del pecho
pedazos del corazón.
¿Qué ley, justicia o razón
negar a los hombres sabe
privilegio tan süave,
excepción tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal,
a un pez, a un bruto y a un ave?

Pedro Calderón de la Barca. La vida es sueño.

Semana de la Década Ominosa (VI): El Terror de 1824

¡Oh! Pasaron aquellos tiempos de gloria (…). ¡Todo ha caído, todo es desolación, muerte y ruinas! Aquellos adalides de la libertad, que arrancaron a la madre España de las garras del despotismo, aquellos fieros leones matritenses, que con sólo un resoplido de su augusta cólera desbarataron a la Guardia Real ¿qué se hicieron? ¿Qué se hizo de la elocuencia que relampagueaba tronando en los cafés, con luz y estruendo sorprendentes? ¿Qué se hizo de aquellas ideas de emancipación que inundaban de gozo nuestros corazones? Todo cayó, todo se desvaneció en tinieblas, como lumbre extinguida por la inundación. La oleada de fango frailesco ha venido arrasándolo todo. ¿Quién la detendrá volviéndola a su inmundo cauce? ¡Estamos perdidos! La patria muere ahogada en lodazal repugnante y fétido. Los que vimos sus días gloriosos, cuando al son de patrióticos himnos eran consagradas públicamente las ideas de libertad y nos hacíamos todos libres, todos igualmente soberanos, lo recordamos como un sueño placentero que no volverá. Despertamos en la abnegación, y el peso y el rechinar de nuestras cadenas nos indican que vivimos aún. (…)

***

Era que venían por el camino de Andalucía varias carretas precedidas y seguidas de gente de armas a pie y a caballo, y aunque no se veían sino confusos bultos a lo lejos, oíase un son a manera de quejido, el cual si al principio pareció lamentaciones de seres humanos, luego se comprendió provenía del eje de un carro, que chillaba por falta de unto. Aquel áspero lamento unido a la algazara que hizo de súbito la mucha gente salida de los paradores y ventas, formaba lúgubre concierto, más lúgubre a causa de la tristeza de la noche. Cuando los carros estuvieron cerca, una voz acatarrada y becerril gritó: ¡Vivan las caenas! ¡viva el Rey absoluto y muera la Nación! Respondiole un bramido infernal como si a una rompieran a gritar todas las cóleras del averno, y al mismo tiempo la luz de las hachas prontamente encendidas permitió ver las terribles figuras que formaban procesión tan espantosa. D. Patricio, quizás el único espectador enemigo de semejante espectáculo, sintió los escalofríos del terror y una angustia mortal que le retuvo sin movimiento y casi sin respiración por algún tiempo. (…)

Eran estos galeras comunes con cobertizo de cañas y cama hecha de pellejos y sacos vacíos. En el delantero venían tres hombres, dos de ellos armados, sanos y alegres, el tercero enfermo y herido, reclinado doloridamente sobre el camastrón, con grillos en los pies y una larga cadena que, prendida en la cintura y en una de las muñecas, se enroscaba junto al cuerpo como una culebra. Tenía vendada la cabeza con un lienzo teñido de sangre, y era su rostro amarillo como vela de entierro. Le temblaban las carnes, a pesar de disfrutar del abrigo de una manta, y sus ojos extraviados así como su anhelante respiración anunciaban un estado febril y congojoso. Cuando el coronel Garrote se acercó al carro y alzando la linterna que en la mano traía, miró con vivísima curiosidad al preso, este dijo a media voz:

-¿Estamos ya en Madrid?

Sin hacer caso de la pregunta, Garrote, cuyo semblante expresaba el goce de una gran curiosidad satisfecha, dijo:

-¿Con que es usted…?

Uno de los hombres armados que custodiaban al preso en el carro, añadió:

-El héroe de las Cabezas.

Y junto al carro sonó este grito de horrible mofa:

-¡Viva Riego!

Benito Pérez Galdós; El Terror de 1824.

Libros: La República Romana

Estamos ante uno de los primeros libros de divulgación histórica de Isaac Asimov, publicado en 1966. Se trata de un repaso general a la historia de Roma desde su fundación hasta el ascenso de César Augusto al poder, dando cuenta de casi todos los avatares de una aventura sin duda apasionante como es la expansión de Roma y la constante lucha contra sus enemigos.
La traducción para Alianza Editorial no está demasiado cuidada, y se dejan ver demasiados errores, pero a pesar de ello la narración resulta amena y no cansa al lector.
También en los detalles históricos se observan algunas imprecisiones. Como ejemplo, sitúa la Batalla de Ilipa a unos cien kilómetros de Sevilla, cuando en realidad sucedió a menos de veinte. Estas imprecisiones son incómodas, ya que pueden hacer dudar de la verosimilitud de otros hechos narrados que no sean familiares para el lector. Como siempre en la lectura de libros de Historia, es conveniente contrastar los datos con publicaciones más rigurosas.
La narración de los hechos, aún siendo extensa en ciertos detalles, se queda corta en otros. Por ejemplo, la toma de Numancia y las batallas de Ilerda y Munda son despachadas por el autor con un par de líneas para cada una. Puede que en el esquema general de los acontecimientos, estas batallas no merecieran mayor atención, pero el autor se extiende más en episodios como la guerra de Yugurta o las Guerras Macedónicas, episodios sobre los que también podría relativizarse su importancia en el contexto de la historia.
También se echa de menos un poco más de información sobre la sociedad romana y la economía de cada época. El autor centra la narración en la historia militar y política de Roma y sus gobernantes, pero es parco en detalles sobre el estilo de vida de los romanos a lo largo de los siete siglos que abarca la historia.
La impresión general es que se trata de un libro de divulgación histórica entretenido, fácil de asimilar, y que encaja perfectamente en la colección Historia Universal Asimov, junto con Los Griegos, El Imperio Romano y Constantinopla, entre otros títulos.