Castillo de Eilean Donan


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Eilean Donan castle - 95mmRaramente se tiene la oportunidad de visitar un lugar tan mágico como éste. Situado en pleno corazón de las Highlands escocesas, el castillo de Eilean Donan  es en sí mismo un resumen de la Edad Media y sus avatares. Fue construido en el siglo XIII como un enclave defensivo para los clanes que dominaban las islas de los alrededores, aunque con el paso de los siglos también llegó a ser uno de los bastiones del levantamiento jacobita, que pretendía restaurar en el trono inglés a la dinastía Estuardo en la figura de Jacobo II, a finales del siglo XVII. El castillo llegó incluso a albergar a un grupo expedicionario español que apoyaba a los católicos jacobitas, y debido a ello sufrió las consecuencias de un bombardeo que lo dejaría en ruinas hasta entrado el siglo XX en que sería restaurado por el teniente coronel John MacRae-Gilstrap, devolviéndole su pasado esplendor.

Casi todos reconoceremos este castillo por películas como Los Inmortales, Bravehearth y otras, que han aprovechado la excepcional ubicación de Eilean Donan para sus tomas de exteriores, consiguiendo una impactante ambientación medieval.

Lugares con Historia (VIII): Cabrera

La tarde no podía ser más hermosa: el sol se deslizaba lentamente, enrojeciendo el cielo a medida que se ocultaba en el horizonte. Como allí no había otra cosa que hacer, grupos de hombres harapientos se reunían cada tarde en playas y acantilados para contemplar el bello espectáculo del ocaso, generalmente sumidos en sus melancólicos recuerdos que les transportaban muy lejos de allí. Después de un largo rato de silencio, Jean rompió el silencio, comentando a su camarada François:

C’est beau, oui? (Bonito, ¿verdad?)

Oui, très agréable. Je n’ai jamais pensé que l’enfer était si belle. (Sí, muy bonito. Nunca pensé que el infierno fuera tan bello.)

Jean sabía que a François no le quedaba mucho tiempo de vida. En los últimos días había tenido que arrastrarle hasta la cola del agua, a esperar durante horas la escasa ración del preciado líquido que mitigara un poco aquella sed que nunca se apagaba. Sabía también que su propio estado de debilidad no le permitiría hacerlo al día siguiente. Estaba seguro de que François moriría si no conseguía beber un poco más de agua en las próximas horas.

Pero Jean tenía asuntos más importantes de los que preocuparse. La chalupa con los escasos víveres que los españoles les traían de Mallorca no aparecía desde hacía varios días, y ya recorrían la isla varias bandas de prisioneros que secuestraban, asesinaban y devoraban a cualquier incauto que se atreviera a andar solo por ahí. La verdad es que no se les podía reprochar ese comportamiento después de seis largos años de privaciones y miserias. Cualquier atisbo de humanidad había desaparecido hacía mucho tiempo en aquella isla. Por eso era prudente acercarse hasta el puerto, donde se reunía cada noche un gran número de hombres parta dormir al amparo de la multitud.

Jean miró de nuevo las últimas luces del día y contempló en el cielo las primeras estrellas de aquel cielo impoluto que pronto ofrecería el mismo magnífico espectáculo de todas las noches. No había candelas que perturbaran la visión de las estrellas en aquella abarrotada isla, porque incluso la madera de los pocos árboles que crecían allí hacía tiempo que había servido de alimento a los más desesperados. Jean sacó de un bolsillo un mugriento papel e hizo sus cálculos: 15 de mayo de 1814. Mañana era la fiesta de Saint Honoré de Amiens, el patrón de los panaderos y los pasteleros. Le resultaba tragicómico pensar que, mientras en su pueblo la gente aprovecharía la ocasión para festejar al santo comiendo pasteles, él probablemente muriera de hambre ese mismo día.

Miró a su lado, donde François se había quedado acostado boca arriba con los ojos abiertos. No se molestó en tocarle, porque si no estaba muerto, seguramente lo estaría a la mañana siguiente. Tampoco él tenía muchas esperanzas de sobrevivir, así que desistió de caminar hasta el puerto: no merecía la pena tomarse el trabajo. Era preferible quedarse allí, junto al acantilado, mirando el cielo estrellado sin tener que soportar el hedor de toda aquella gente que un día fueran sus animosos compañeros de armas del mejor ejército del mundo, y que hoy no eran sino animales acorralados.

La luz del sol le molestaba en los párpados cerrados cuando por fin abrió los ojos. Jean escuchaba unos gritos que subían desde el puerto, en la lejanía.

Nous sommes libres! Nous été libéré! (¡Somos libres! ¡Nos han liberado!)

Se levantó con esfuerzo, sintiendo el mareo de los muchos días que llevaba sin nada que comer, y pudo ver una goleta fondeada en la bahía. Sabía que aquello no podría durar para siempre, aunque tenía sus dudas sobre si él mismo viviría para ver el fin de aquel infierno. Observó que muchos hombres se arremolinaban en el puerto, y oyó los gritos de alegría de la multitud. Jean se agachó y zarandeó a su compañero.

François, nous revenons à la France. (François, volvemos a Francia.)

Pero François estaba tieso como un palo, con los mismos ojos abiertos de la noche anterior. Jean había visto morir a muchos hombres en aquella isla, así que estaba curtido por el contacto permanente con la muerte. Simplemente se incorporó y abandonó el cuerpo de François al sol, caminando despacio, tambaleante, en dirección al puerto.

Aquí está la paradisíaca isla de Cabrera, situada al suroeste de Mallorca: un paraíso natural dentro del amplio conjunto de maravillas que ofrecen las Islas Baleares. Viendo los veleros fondeados en sus calas y bahías, mecidos apaciblemente por la brisa, nadie podría imaginar que, hace exactamente doscientos años, Cabrera fue un infierno donde miles de hombres vivieron y murieron en condiciones infrahumanas, abandonados al hambre y la desesperación en aquella isla sin recursos para alimentarles.

Durante cinco largos años, la isla de Cabrera fue un campo de concentración -el primer campo de concentración documentado de la historia- para los prisioneros franceses derrotados en la batalla de Bailén. Estos soldados fueron víctimas por partida doble de un emperador egocéntrico que les despreciaba por perdedores y de unas autoridades españolas negligentes y despiadadas a las que no les importó abandonar en aquel paraje desierto a combatientes que hubieran merecido un trato más humanitario.

Después de languidecer hacinados en pontones durante un año cerca de Sanlúcar, los más de nueve mil prisioneros franceses fueron conducidos a un nuevo presidio, lejos de la población española que no quería saber nada de aquellos invasores y que temía contagiarse de las muchas enfermedades que el hacinamiento de estos hombres estaba provocando. Su viaje terminó en la isla de Cabrera, donde se les puso en libertad para que esperaran allí hasta el final de la contienda.

Ni qué decir tiene que aquella isla tan pequeña carecía de los recursos naturales suficientes como para mantener a una población tan elevada, por lo que, en principio, los prisioneros eran abastecidos desde Mallorca por barco. Esto era la teoría, porque en realidad, el alimento era siempre escaso, y los soldados se vieron sometidos al hambre. Tras un intento frustrado de fuga, el abastecimiento fue cortado durante varias semanas, lo que provocó una gran mortandad entre los más débiles. En aquellos años se produjeron todo tipo de macabras escenas de rapiña humana, incluyendo el canibalismo. De los más de nueve mil hombres que desembarcaron en Cabrera como prisioneros, tan sólo algo más de tres mil volvieron a Francia para poder relatar a los suyos la trágica historia de los franceses de Cabrera.

Para saber más:

Lugares con Historia (VII): Castel Sant’Angelo

Anderson, James (1813-1877) - n. 0638 - Roma - Veduta del fiume

Ahí está esa imponente fortaleza: pura piedra, dominando la rivera occidental del Tíber desde que fuera construida en tiempos de los romanos. Puede que no sea el edificio más bonito de Roma, pero mientras la mayor parte de las construcciones de su época yacen en el suelo como ruinas o se han convertido en meras atracciones turísticas, el castillo de Sant’Angelo ha conservado casi hasta la actualidad su importancia estratégica dentro de la capital italiana. Edificado a principios del siglo II como mausoleo para el emperador romano Adriano, a lo largo de sus casi diecinueve siglos ha sido también una fortaleza, la residencia de los papas de Roma, una prisión y actualmente un museo.

Cuando el fotógrafo James Anderson tomó la fotografía de Castel Sant’Angelo que encabeza esta entrada, el compositor de ópera Giacomo Puccini aún no había hecho que la infeliz Tosca se arrojara desde lo alto de sus muros, desesperada por la muerte de su amado Mario. Sin embargo, al viejo castillo de Sant’Angelo le basta su propia historia para ser por sí mismo un lugar emblemático, sin necesidad de dramas líricos. Esas piedras han visto pasar por delante a muchos emperadores de Roma; han sido testigos y víctimas del fin del Imperio y de la destrucción provocada por las hordas visigodas, vándalas y hérulas. Desde lo alto de sus murallas bien podría haberse contemplado el ejército de los hunos de Atila, acechando a la indefensa ciudad.

Castel Sant'AngeloA finales del caótico siglo XIII, el papa Nicolás III ordenó edificar un paso elevado (el Passeto) que conectara la Ciudad del Vaticano con el castillo de Sant’Angelo. Este paso debía servir como vía de escape rápida para los papas, pudiendo refugiarse estos en el castillo en caso de peligro. La Historia demostraría que la idea de Nicolás III fue acertada, porque varios papas tuvieron que recorrer aquellos ochocientos metros con mucha, mucha prisa…

En 1495, mientras Cristóbal Colón terminaba de descubrir casi todas las islas del Caribe en su segundo viaje, el papa Alejandro VI (famoso por su apellido italianizado, Borgia) se apresuraba a refugiarse en Sant’Angelo ante la imparable invasión de Roma por el rey de Francia Carlos VIII, que en medio de su guerra contra los aragoneses en Nápoles, había decidido neutralizar la oposición papal a su campaña. No en vano, fueron los papas de Roma quienes otorgaron el reino de Nápoles a los Anjou franceses para quitarse de encima el estorbo que les suponían los Hohenstaufen, y Santa Rita, Santa Rita, lo que se da no se quita. Aunque Carlos VIII hubo de retirarse finalmente debido a la falta de logística y suministros que le permitieran continuar la campaña, y no precisamente por haber sido derrotado en combate, Alejandro VI lo tomó como una victoria personal. Unos años más tarde, sin embargo, cuando el nuevo monarca francés, Luis XII, volvió a la carga contra los aragoneses de Nápoles, el Papa Borgia tuvo mucho cuidado de no alinearse en contra de Francia. Dio lo mismo, porque el Gran Capitán se encargó de hacer morder el polvo al Valois para entregar el reino de Nápoles a su rey Fernando, el Católico, no sin antes ajustar cuentas con él.

Algunos años más tarde, las cosas entre Francia y España seguían tan mal como siempre: el nuevo Sacro Emperador era Carlos V de Alemania, a la sazón Carlos I de España, y dominaba un territorio como pocos monarcas habían conseguido aglutinar desde los tiempos de los emperadores romanos. Francia era una isla en medio de un océano dominado por los Habsburgo que incluía España, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, todo el Sacro Imperio Romano-Germánico y amplias zonas de Austria y Hungría. Aunque el nuevo emperador parecía la única figura en Europa capaz de enfrentarse al empuje turco que venía del este, al papado le interesaba más conservar el equilibrio de poderes entre las naciones que le rodeaban, y no verse supeditado al mandato de un poder temporal que desvirtuara la soberanía papal, inspirada por el mismísimo Dios. El recién estrenado papa Clemente VII, florentino de nacimiento y descendiente de los orgullosos Médicis, no estaba dispuesto a lamerle las botas al Emperador Carlos V, y pretendía resucitar el viejo enfrentamiento por el Dominium Mundi que ya mantuvieran el emperador Federico II Hohenstaufen y el papa Gregorio IX en el siglo XIII.

Por desgracia para el papa, Europa ya no vivía en el siglo XIII, y los reyes eran emperadores en sus reinos, no viéndose sometidos a la autoridad eclesiástica. Si esto era cierto para el común de los monarcas, no digamos ya para el Emperador Carlos. Las tropas hispano-alemanas habían estado sacudiendo de lo lindo al francés en el norte de Italia, en Navarra y en la misma Francia, deshaciendo las pretensiones de Francisco I de ampliar sus territorios a costa del Imperio y de las ciudades italianas. La debacle francesa fue total, y el rey francés tuvo que pasar una temporada en Madrid como “invitado” del Emperador.  Cuando el Papa, hasta entonces aliado del Imperio, se coaligó con Francia, Venecia y Florencia para parar los pies al creciente poder de Carlos V, el ejército imperial, que ya controlaba todo el norte de Italia, marchó “amotinado” hacia Roma. Al parecer, unas siempre mal pagadas tropas pretendían cobrarse la soldada con el botín arrancado a sus nuevos y ricos enemigos.

Los acontecimientos se precipitaron el 6 de mayo de 1527. Las defensas de Roma no podían resistir el avance de un ejército curtido en batalla que sextuplicaba en número a las fuerzas papales. Los lansquenetes, soldados profesionales alemanes que llevaban bastante tiempo sin cobrar, se cebaron en el saqueo de la Ciudad Eterna. Sólo la valentía y el arrojo de la guardia suiza que protegía al papa, compuesta de 150 hombres, consiguió salvar la vida de éste, aún a costa de ser masacrados por más de mil enemigos sedientos de sangre. Al final, en medio de una batalla encarnizada en el mismísimo altar de la basílica de San Pedro, consiguieron meter al papa Clemente VII en el Passeto di Borgo, 2006 Vatican €2desde donde corrieron por sus vidas hasta alcanzar la seguridad de Castel Sant’Angelo. A partir de aquel momento, el papa vivió recluido en aquella fortaleza un mes, hasta que se rindió el 6 de junio haciendo grandes concesiones territoriales al Imperio. Aunque Carlos V se hizo el disgustado, escribiendo lastimeras cartas al papa sobre lo infortunado del saqueo, Clemente VII no volvió a llevarle la contraria al Emperador en los años que le quedaron de vida. El Papa había aprendido muy bien la lección, y sabía ya cuál era su nueva posición en la política europea del siglo XVI. De hecho, su sumisión al Emperador fue tal a partir de ese momento que negó la anulación del matrimonio del rey inglés Enrique VIII con su esposa Catalina de Aragón, tía del emperador Carlos, lo que a la postre daría como resultado la desvinculación de Inglaterra de la obediencia religiosa a Roma y la creación de la iglesia anglicana.

Para la ciudad de Roma, el Saco fue lo peor que le había pasado en su historia. Ni siquiera las hordas bárbaras fueron tan exhaustivas en su recolección de botín, ni tan crueles con los habitantes de la ciudad, que quedó semidestruida y despojada de todas sus riquezas, incluyendo las del Vaticano. Sólo el castillo de Sant’Angelo y su ilustre inquilino se mantuvieron a salvo del enemigo.

Además de su función como fortaleza defensiva, el castillo también fue una prisión donde rumiaron su infortunio personajes tan destacados como Bartolomeo Platina (enlace a wikipedia en inglés, lo siento; al parecer el personaje no merece entrada en Wikipedia en español. Será porque no juega al fútbol o no se parece a Pikachu), Pomponio Leto, Giordano Bruno… podría decirse que lo mejorcito del humanismo italiano pasó por las mazmorras de este castillo por cortesía de unos papas no demasiado inclinados a las nuevas ideas. Hoy el castillo es un museo, el Museo Nazionale di Castel Sant’Angelo, de visita obligada para todo turista que visite Roma.

Para finalizar esta entrada, os dejo con E lucevan le stelle, de la ópera Tosca, donde Plácido Domingo, en el papel de Mario Cavaradossi, lamenta la inminente llegada de la muerte en una de las azoteas de Castel Sant’Angelo.

Entrada dedicada a @MrDodo, pájaro de cuenta que siempre tiene un puntito de inspiración para los mortales.

Efemérides: El obelisco de Luxor


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Esta gran explanada, en pleno centro del moderno París monumental, hoy lugar de paso obligado para millones de turistas, se instaló la guillotina durante los años del Terror de la Revolución Francesa para acabar con la vida de miles de franceses. La plaza que fuera en tiempos llamada “de Luis XV”, pasó a convertirse en “Plaza de la Revolución”, y durante aquellos convulsos años fue el escenario de actos públicos multitudinarios, especialmente del ajusticiamiento de Luis XVI y de su esposa María Antonieta. Superados aquellos años del Terror, el gobierno de la I República Francesa la rebautizó como “Plaza de la Concordia“, en un intento de limpiar de la memoria colectiva las atrocidades cometidas en aquel lugar.

Pasado un tiempo, la Revolución pasó a la Historia, como también pasó el reinado de Napoleón Bonaparte. Con el regreso de los borbones, un acontecimiento inesperado iba a dar a la Plaza de la Concordia una nueva relevancia histórica inesperada: El joven Jean François Champollion descifró el lenguaje jeroglífico egipcio gracias a una copia en papel de las inscripciones de la Piedra de Rosetta. Posteriormente, Champollion viajaría a Egipto para descubrir con asombro que la Historia de aquel milenario país se encontraba tallada en las piedras de sus imponentes monumentos. Durante su viaje, el virrey otomano de Egipto, Mehmet Ali, regaló a Francia los dos obeliscos que flanqueaban la entrada al Templo de Luxor.

Aunque Chapollion murió en marzo de 1832, uno de los obeliscos de Luxor emprendió un largo viaje en barco desde su emplazamiento original en Egipto que le llevaría hasta París. Fue el último de los reyes de Francia, Luis Felipe de Orleans, quien decidió su destino final. Fue erigido tal día como hoy, el 25 de octubre de 1836, sobre un pedestal en pleno centro de la Plaza de la Concordia. Allí sigue en la actualidad. En la imagen pueden verse al fondo el Arco de Triunfo y la Torre Eiffel.

Irreductibles legendarios (V): La fábrica de tractores

Parecía que el mundo había acabado, y que todos habían caído en un infierno helado de cascotes, cadáveres corrompidos y barro. Todos los que combatían en Stalingrado tenían la convicción de que jamás saldrían vivos de aquella ruina inmensa donde la muerte acechaba detrás de todas las esquinas, escondida en la oscuridad de las ventanas rotas de las casas bombardeadas.

Por muy dura que fuese aquella guerra, ninguna batalla fue tan cruel como la que se libró entre las ruinas de la fábrica de tractores Dzerzhinsky en el otoño de 1942. La fábrica de tractores era el orgullo de la maquinaria industrial soviética, y sus obreros produjeron tanques T-34 hasta el último momento, hasta que los bombardeos redujeron el complejo a un montón de escombros. Entonces fue cuando la fábrica pasó a convertirse en un baluarte para impedir el avance alemán hacia el Volga. La consigna del camarada Stalin no dejaba lugar a dudas: Ni un paso atrás. Los defensores de la fábrica de tractores resistirían la acometida del enemigo o perecerían en su puesto de combate. Era vital que el ejército ruso siguiera controlando la ribera del Volga, manteniendo una cabeza de playa por la que poder introducir los suministros y refuerzos que atravesaban constantemente el río; unos suministros que llegaban pese al intenso fuego artillero, pese a los constantes ataques de la aviación alemana, y pese a la certeza de los que llegaban de que se estaban internando en una pesadilla sin salida.

Y protegiéndolos a todos del enemigo se encontraban los defensores de la fábrica Dzerzhinsky. Eran soldados de reemplazo venidos de todos los puntos de la Unión Soviética, trabajadores de la fábrica que ya no podían hacer otra cosa que luchar, voluntarios y forzados, todos ellos unidos en la desesperación de quienes se encuentran acorralados. En muchas ocasiones, asomar la cabeza a más de un palmo del suelo significaba la muerte instantánea por el fuego enemigo. En demasiadas, retroceder aunque sólo fuera para encontrar un hueco donde esconderse podía significar la muerte a manos de los comisarios políticos.

La infantería y los blindados alemanes se abalanzaron contra la fábrica de tractores el 6 de octubre de 1942. A partir de ese momento, y durante más de una semana, los combates en aquel lugar maldito se producirían a muy corta distancia. En muchas ocasiones cuerpo a cuerpo. De nada servían los fusiles cuando tu enemigo se te echaba encima a menos de un metro; había que tirar de bayonetas y cuchillos. Los soldados alemanes no creían posible tal tenacidad por parte de sus enemigos. Los soviéticos se lanzaban a la muerte de forma irreflexiva, fanática, defendiendo cada nave, cada agujero, cada alcantarilla, como si se trataran del mismísimo Kremlin. Aquella ofensiva fue a duras penas detenida, con terribles pérdidas en ambos bandos. La fábrica seguiría siendo rusa de momento.

Pero entre el 14 y el 15 de octubre, los alemanes pusieron toda la carne en el asador, literalmente. Precedidos de un bombardeo masivo de artillería y aviación, los tanques alemanes se introdujeron finalmente en el complejo industrial, arrasando con sus defensas. Los defensores de la fábrica de tractores nunca se rindieron, y el enemigo, horrorizado, sólo pudo tomar aquel lugar pasando sobre cientos de muertos amontonados por doquier; soldados que habían quedado en los mismos lugares donde habían sido alcanzados por las balas o las bombas. Era un desolado paisaje dominado por el olor a muerte y por el humo.

Unos meses más tarde, el mariscal Von Paulus rendía las fuerzas alemanas sitiadas en Stalingrado. Lejos, muy lejos de Alemania, sin suministros ni alimentos, los alemanes se enfrentaban al invierno ruso y a la perspectiva de morir de hambre o morir a manos del enemigo. El VI ejército alemán se rindió el 29 de enero de 1943, pero los soldados alemanes destacados en la fábrica de tractores arrebatada a los rusos en octubre resistieron aún tres días más en medio de intensos combates antes de rendirse por falta de munición. Alemania perdió Stalingrado para siempre, pero la historia ganó un lugar donde admirar para siempre el valor y el sacrificio de unos hombres que nunca se rindieron.

Enlaces:

A vista de pájaro: Machu Picchu

Vista de Machu Picchu desde Huayna Picchu. Imagen: Wikimedia Commons

Situado entre las imponentes montañas andinas de Machu Picchu y Huayna Picchu, el santuario inca parece aferrarse con uñas de piedra al suelo. Residencia de emperadores, ignorado por la historia y saqueado por ladrones, sólo sus frías piedras ruinosas desafían ya al tiempo.

Puede que el secreto de su supervivencia sea precisamente ese aislamiento entre montañas, lejos de las carreteras y las comodidades. Machu Picchu auyenta al turista comodón, exigiendo a sus visitantes una trabajosa ascensión por un tortuoso camino abierto en tiempos inmemoriales por los incas.

Machu Picchu. Imagen de Pedro Szekely (Flickr).El esfuerzo, desde luego, merece la pena. Machu Picchu, declarado por la UNESCO patrimonio de la humanidad, es uno de esos lugares mágicos del mundo, es un alarde de arquitectura en condiciones extremas efectuado por la desaparecida civilización inca.

Actualización: La bitácora de Hobsbawm publicó hace sólo unos días un video a color del museo de arqueología y antropología de la Universidad de Pensilvania en el que se muestra el santuario de Machu Picchu y la vecina localidad de Aguas Calientes tal como eran en 1950. Muy recomendable.

Lugares con Historia (VI): La Colina 60

No sé si cambiaremos la Historia, pero es seguro que alteraremos la Geografía.

General Charles Harrington, 6 de junio de 1917.

A las tres horas y veintitrés minutos de la mañana del 7 de junio de 1917, los habitantes de Londres sintieron el sordo rumor de una explosión lejana. Para Londres, exceptuando los episódicos bombardeos de 1916 y la dolorosa ausencia de los miles de jóvenes que luchaban en Europa, la Primera Guerra Mundial era algo que sucedía lejos de casa… hasta aquel día.

Aquella madrugada, el inquietante estruendo despertó a muchos vecinos de la City. En aquellos momentos no podían saber de dónde procedía, y no lo sabrían hasta mucho después. El mismo trueno lejano había podido sentirse en todo el sur de Inglaterra, pero también en lugares tan lejanos como Dublín, en la vecina isla de Irlanda. Verdaderamente, era el sonido de la Guerra.

Trece minutos antes, el tiempo que el sonido tarda en recorrer la distancia de casi 269 kilómetros que separan Londres de Mesen, en Bélgica, un soldado había accionado el interruptor conectado a veintidós minas excavadas bajo las posiciones alemanas en la colina 60 de Messines. Desde noviembre del año anterior, una compañía de mineros australianos había estado excavando sin descanso una compleja red de profundos túneles de casi ocho kilómetros de longitud justo debajo de las trincheras alemanas. En alguna ocasión incluso toparon con mineros alemanes que excavaban el suelo precisamente buscándoles. Los combates cuerpo a cuerpo en aquellos angostos túneles debieron ser espantosos, pero a principios de junio de 1917, los mineros habían completado su misión, colocando en total más de cuatrocientas toneladas de explosivos repartidos entre las veintidos minas. Una de ellas, la más potente, consistía en una exagerada acumulación de más de cuarenta toneladas de explosivos; el resto no bajaba de las veinte toneladas de explosivos cada una.

Desde aquella colina, numerada con el número 60 en los mapas militares, los alemanes podían dominar todo el campo de batalla, y el alto mando aliado había decidido que debían desalojar al enemigo de aquella estratégica posición. La hora “H” serían las 3:10 de la mañana del 7 de junio de 1917.

Desde mucho antes, las posiciones alemanas estaban siendo sometidas a un intenso bombardeo que, si bien podían no ser muy efectivos tácticamente, sí contribuían a desmoralizar al enemigo, acosado constantemente por las explosiones de los obuses. Desde luego, ninguno de los más de 125.000 soldados alemanes que defendían aquella zona del frente estaba preparado para lo que iba a suceder en aquella madrugada de junio.

El impulso eléctrico del detonador, repartido a través de una red de cables que recorría los túneles, alcanzó simultáneamente a diecinueve de las veintidós minas, desatando un verdadero infierno. La colina 60 se desintegró de forma instantánea en una gigantesca explosión, convertida en una sucesión de enormes cráteres donde tierra, piedras, madera, carne y huesos se confundieron en un amasijo irreconocible. En aquel instante, no menos de diez mil soldados alemanes perdieron la vida; la mayoría de ellos vaporizados en la tremenda explosión.

Incluso hoy, casi cien años más tarde, se considera que aquella explosión originó el ruido más estruendoso provocado jamás de forma intencionada por el hombre, excluyendo, claro está, las explosiones nucleares.

En seis minutos, la ofensiva de la infantería aliada tomó las posiciones alemanas, o mejor dicho: tomó lo que quedaba de ellas. Un teniente inglés apellidado Garrand, testigo presencial de aquella ofensiva, escribió posteriormente el estado en el que hallaron al enemigo:

Por todas partes los alemanes se rindieron a las tropas que se acercaban con sólo unos pocos disparos. Los hombres recorrieron las trincheras bombardeando los refugios, sacando de ellos a sus ocupantes. Algunos parecían aterrorizados como si de animales apaleados se trataran. Hicieron muchos esfuerzos infructuosos por abrazarnos. Nunca he visto a hombres tan desmoralizados.

Charles Bean,The AIF in France 1917, Volume IV, The Official History of Australia in the War of 1914–1918, Sydney, 1941, p.595.

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Desde luego, no era para menos, ya que eran hombres que habían conocido la brutalidad de la guerra en su máxima expresión. Tácticamente, la ofensiva de Messines fue un completo éxito, aunque en el conjunto de los acontecimientos de la guerra supuso sólo un cambio de posiciones; los alemanes retrasaron unos cientos de metros su línea de frente, y la horrible guerra de trincheras continuó durante un año y medio más. Aquel día, sin embargo, la malicia humana, el afán por matar al hermano, se encarnó en un trueno mortal que recorrió toda Europa.

Más información:

Mz… –  Sobre explosiones no atómicas. (Fotografía del cráter)
World War One BattlefieldsMessines (mapa).
WikipediaBattle of  Messines.
Australians on the Western Front 1914-1918Mesen (Messines), Island of Ireland Peace Park.
First World One.comBattles: The Battle of Messines (1917).

Entrada dedicada con afecto a Pedro, fan de los sindioses, por darme la idea original para esta entrada. Bueno, al fin y al cabo, lo que cuento aquí no deja de ser también un sindiós.

Lugares con Historia (V): El Portillo

Un denso humo negro lo envolvía todo. El azufre de la pólvora irritaba los ojos y las gargantas. Ella se arrastraba por el suelo sobre los escombros y cadáveres, mientras a su alrededor silbaban cientos de balas de mosquetes y metralla disparada por los atronadores cañones.

No se atrevía a levantar la cabeza porque en cualquier momento pasaban a toda velocidad a menos de medio metro sobre su cabeza todo tipo de trozos de metal, bolas de hierro o plomo y cascotes desprendidos por los proyectiles al impactar contra las paredes. Reptó lo más pegada posible al suelo, asumiendo que su vida estaba ya perdida; sin embargo, trataría hasta el último momento de cumplir su cometido y no defraudar a sus cientos de vecinos que ya regaban el suelo con su sangre.

Cuando llegó al Portillo, todos los que defendían aquella posición estaban muertos. Su misión era atender a los posibles heridos, pero se dio cuenta de que después de arriesgar la vida en medio de aquella debacle, posiblemente moriría allí mismo, junto a los cadáveres de los soldados que hasta hace poco servían una enorme pieza de artillería en la primera línea del frente.

Al incorporarse para mirar hacia fuera vio a un pelotón de soldados enemigos que cargaban a toda prisa hacia aquella puerta de la ciudad ahora desguarnecida con las bayonetas caladas, sucios de pólvora y con la ferocidad en los rostros de quienes, en el fragor del combate, habían perdido su humanidad para convertirse en máquinas de matar. Hacia la derecha, a unos cincuenta metros, una línea de fusileros enemigos se preparaba para efectuar una nueva descarga que cubriera el avance de sus compañeros. Cuando vio al oficial que les mandaba dar la orden de disparar, se tiró de nuevo al suelo, cayendo sobre el cuerpo de uno de los servidores de aquel cañón ahora abandonado. En ese momento, entre el traqueteo de la descarga de fusilería, fue cuando lo vio…

Dentro de un cubo lleno de arena, el botafuego del cañón aún humeaba con la mecha encendida. Aunque no podía estar segura, tan sólo unos momentos antes, mientras se acercaba al Portillo, le había parecido ver a los servidores del cañón, ahora muertos a su alrededor, cargando por su boca dos paquetes de metralla y atacándolos hacia el fondo justo antes de que una granada explotara junto a ellos, acabando con sus vidas.

Su vida, lo sabía muy bien, estaba ya perdida. Cuando aquellos soldados alcanzaran el cañón, cualquiera de ellos le hundiría un bayoneta en el pecho, o le dispararía a bocajarro con un mosquete, dejándola en el sitio. En aquellas circunstancias, lo mismo daba terminar asesinada mientras se arrastraba por el suelo que morir cometiendo la mayor de las imprudencias, así que, con la serenidad de quien ya ha asumido su destino, se puso en pie.

Puesto que la línea de fusileros que cubrían la carga acababa de disparar, el número de disparos se había reducido bastante. Tan sólo algunos de los enemigos que cargaban, ya a menos de veinte metros, dispararon hacia ella aunque con poca puntería. Ella les miró con desdén y desprecio mientras recogía el botafuego del cubo. Luego, al lado del cañón, esperó hasta que el pelotón de enemigos estuvo a menos de diez metros. Oía los feroces gritos del enemigo, y distinguía el brillo de sus bayonetas.

Sin saber si estaría realmente dispuesto para ser disparado, aplicó el botafuego a la mecha del cañón de 24 libras y se apartó para evitar el retroceso. La explosión fue ensordecedora, y todo se volvió negro por el humo. Al aclararse la tétrica nube de pólvora, pudo ver el resultado de su acción: docenas de soldados yacían destrozados delante de ella, mientras los pocos supervivientes de la carga retrocedían espantados. Tras ella, un nuevo grupo de defensores acudía corriendo a la puerta a cubrir la posición del Portillo.

Agustina acababa de entrar en la Historia.

Lugares con Historia (IV): El extraño periplo de los caballos de San Marcos

Sobre el frontispicio de la basílica de San Marcos de Venecia, los millones de turistas que cada año acuden a contemplar las maravillas de la ciudad de los canales pueden observar las figuras en bronce de cuatro espléndidos caballos, que conjuntan a la perfección con el gótico florido de inspiración bizantina del edificio.

Pero tal vez aquellos que no acudan acompañados de un guía turístico con ganas de contar historias serán ajenos a la odisea que estas estatuas han tenido que soportar antes de llegar a su emplazamiento definitivo.

Para empezar, hay que aclarar que los caballos de la portada de la basílica no son los originales, sino unas réplicas creadas para poder preservar las verdaderas esculturas de las inclemencias del tiempo. Las auténticas estatuas se encuentran a buen recaudo dentro del edificio, donde pueden ser admirados de cerca por los visitantes.

Sin embargo, estos caballos no siempre estuvieron allí; no pertenecen al estilo gótico en el que está construida la basílica, y ni siquiera son de fabricación veneciana. En realidad, son mucho más antiguos que la “joven” ciudad de Venecia, y casi tanto como la civilización romana. Se calcula que fueron creados en Grecia entre los siglos IV y III a.C. Podrían de hecho ser contemporáneos del mismo Alejandro Magno, y quién sabe cuántos personajes históricos habrán posado sus miradas sobre ellos.

De uno de estos personajes sí podemos estar seguros de que se fijó en estos caballos de bronce: Constantino I el Grande, quien a principios del siglo IV d.C. cambió su capital imperial desde Roma a la nueva Constantinopla, surgida de la antigua Bizancio griega. Constantino quiso embellecer su nueva capital decorándola con todo tipo de estatuas, columnas, mosaicos, obeliscos… Para ello saqueó literalmente todas las ciudades de los alrededores, incluyendo las antiguas polis griegas. Entre el botín de este saqueo se encontraban estas magníficas estatuas ecuestres, que fueron a parar al impresionante Hipódromo de Constantinopla, donde el pueblo constantinopolitano tenía costumbre de perder el buen tino animando y apostando por sus aurigas favoritos.

Allí quedaron aquellos espectaculares caballos de bronce dorado, dando lustre a uno de los edificios públicos más utilizados por el pueblo bizantino. Allí estaban cuando estalló el 13 de enero del año 532 la Revuelta Niká que casi cuesta el trono y la cabeza al emperador Justiniano I, y que fue reprimida con la mayor dureza por el incipiente general Belisario. Bajo los cascos de estos caballos de bronce quedaron no menos de 30.000 rebeldes muertos, tras haber sido acorralados en el hipódromo por las fuerzas de Belisario. De aquellos difíciles momentos surgió la famosa frase de la emperatriz Teodora: “El trono es un digno sudario”; frase con la que dejó claro a su esposo que no tenía intención de huir del palacio imperial.

Tras aquellos desagradables sucesos, la vida del Imperio Bizantino continuó con sus vaivenes políticos y militares, y los caballos siguieron adornando el hipódromo, que a pesar de los macabros acontecimientos de 532 siguió atrayendo a las multitudes como centro de ocio. Transcurrieron varios siglos, y casi recien estrenado el segundo milenio, empezaron a afluir los caballeros cruzados a tierras bizantinas para liberar Tierra Santa de las manos musulmanas. Precavidos, los emperadores no consintieron que estos “caballeros” entraran en la ciudad imperial, franqueándoles el paso por el Bósforo tan pronto como les fue posible con la esperanza de perderlos de vista cuanto antes.

Sin embargo, en 1204 iba a suceder un acontecimiento totalmente imprevisto para Constantinopla. Tras la Primera Cruzada en 1099, que consiguió establecer el reino cristiano de Jerusalén; la Segunda Cruzada en 1149, que se saldó con un estrepitoso fracaso; la pérdida de Jerusalén en 1187 a manos de Saladino y la épica aunque infructuosa Tercera Cruzada llevada a cabo por Ricardo Corazón de León unos años más tarde, en Europa los ánimos y los extremismos religiosos estaban más que exaltados. Bajo los auspicios del Papa Inocencio III, un poderoso ejército de franceses, alemanes y venecianos se hicieron a la mar con el objetivo de alcanzar Tierra Santa y arrebatársela a los sarracenos.

Pero entre los participantes de esta Cuarta Cruzada había algunos que codiciaban un premio mucho mayor que los desérticos paisajes israelitas. Los venecianos, en concreto, estaban bastante molestos con el Imperio Bizantino, que hacía poco tiempo que les había arrebatado sus privilegios comerciales e incautado buena parte de sus bienes. Además, el príncipe Alejo, pretendiente al trono de Constantinopla, se hallaba del bando cruzado con la esperanza de deponer a su tío Alejo III a cambio de repartir prebendas y fuertes sumas de dinero entre los cruzados si le ayudaban en su lucha dinástica.

Constantinopla saqueada por los cruzados en 1204Así que los barcos que deberían haber liberado Tierra Santa terminaron desembarcando al ejército cruzado primero en los Balcanes y luego cerca de Constantinopla. Fue el primer ejército que consiguió romper las imponentes defensas amuralladas de la ciudad y tomarla al asalto. Cuando el nuevo emperador Alejo se negó a cumplir con las exigencias cruzadas, los caballeros cristianos saquearon la ciudad, arrasando con todo lo que pudiera haber de valor en ella. Al final, la Cuarta Cruzada supuso la práctica destrucción del Imperio Bizantino, única barrera que existía entre los poderosos ejércitos del Islam y el atrasado occidente europeo. Constantinopla jamás se repondría del todo de este saqueo, precipitando el declive de toda la región y viéndose abocada a perecer bajo el poder de los turcos.

Los caballos del hipódromo fueron robados por los venecianos, y terminaron decorando la fachada principal de la basílica de San Marcos, donde permanecieron un buen montón de siglos, hasta el año 1797. Aquel año, el joven general francés Napoleón Bonaparte entró en Venecia, “liberándola” del dominio austriaco en su primera campaña importante en el extranjero como general. Entre todas las riquezas saqueadas por los franceses de la ciudad de los canales, una de las más valiosas eran los caballos de bronce dorado de la basílica de San Marcos.

Arco de Triunfo del CarruselNapoleón hizo trasladar las esculturas hasta París, donde fueron colocadas sobre el Arco de Triunfo del Carrusel, un monumento militar dedicado a los triunfos de las armas francesas que Napoleón hizo construir en 1806, siendo ya emperador de Francia. Allí permanecieron hasta 1815, cuando a la caída de Napoleón, las esculturas fueron devueltas a Venecia. Hoy el Arco del Carrusel, como puede apreciarse en la imagen, luce también una réplica de los venerables caballos de bronce.

Así que como han podido comprobar, el periplo efectuado por estas esculturas ecuestres de bronce no puede ser más curiosa ni estar más ligada a la historia europea de los últimos mil setecientos años.

Lugares con Historia (III): La Puerta del Sarmental

Puerta del Sarmental de la catedral de Burgos. Imagen: Wikimedia Commons.

Situémonos en el espacio. Nos encontramos en Burgos; más concretamente en la Plaza de la Catedral, donde millones de turistas de dentro y fuera de España acuden cada año a visitar una de las obras maestras de la arquitectura gótica: La catedral de Burgos. Las visitas al imponente templo burgalés comienzan aquí, en la Puerta del Sarmental que da a la Plaza de Santa María, el centro histórico de una ciudad que rezuma Historia por los cuatro costados.

Situémonos también en el tiempo. Estamos en el 25 de enero de 1869. Isabel II ha sido expulsada de España por La Gloriosa revolución del año anterior y las nuevas Cortes, de marcado carácter liberal, empiezan ese mismo mes de enero a preparar una Constitución que recupere el espíritu de la Constitución de Cádiz de 1812. El general Serrano, victorioso en la batalla del puente de Alcolea, es ahora el regente de la corona a falta de un monarca que ocupe el trono.

En esa fría mañana del invierno burgalés, el gobernador civil de Burgos, Isidoro Gutiérrez de Castro, atraviesa la Plaza de Santa María para dar cumplimiento a las órdenes que ha recibido de Madrid. Sabe que es una misión difícil, pero no tiene más remedio que llevarla a cabo. Frente a la exigua comitiva del gobierno, escoltada por algunos guardias civiles, una multitud de vecinos se congrega a las puertas de la catedral con caras de pocos amigos. Parece claro que el clero ha congregado a una nutrida masa de “feligreses” para entorpecerle la tarea, y no es para menos. La misión de Gutiérrez de Castro es ni más ni menos que inventariar e incautarse de aquellos bienes de la Catedral susceptibles de ser objeto de expolio por su valor cultural: Bibliotecas, archivos, arte, literatura…

Para los sacerdotes a cargo de la catedral, lo que se les viene encima con este nuevo decreto es otra desamortización de bienes. A lo largo del siglo XIX la Iglesia española había sufrido la pérdida de innumerables propiedades, ya fuera por el expolio perpetrado por las tropas napoleónicas durante la guerra, por las sucesivas desamortizaciones (Mendizábal, Espartero, Madoz) o por el expolio lento y silencioso al que los mismos curas sometían el patrimonio a su cargo; un patrimonio que calladamente iban vendiendo y que se perdía para siempre, las más de las veces saliendo de España para no volver jamás. No parecía que los curas fueran a quedarse de brazos cruzados mientras el gobierno les despojaba en su propio templo, y la multitud de la puerta era prueba de ello.

Sin embargo, el gobernador no se arredra. A pesar de ser increpado en la puerta, se hace acompañar por el deán, presidente del cabildo catedralicio, y por el provisor, una especie de abogado eclesiástico, imponiendo su autoridad sobre ellos para que le abran paso hasta los archivos de la catedral. Cuando por fin accede a estas dependencias, y ante lo inevitable de la situación, se da la señal…

El cuerpo del gobernador de Burgos es sacado a rastras de la catedral.

La muchedumbre, convertida ahora en una turba airada, entra en la catedral de Burgos sin que la Guardia Civil presente en el lugar haga nada para impedirlo, llegando hasta donde se encontraba el gobernador y empiezan a golpearlo con saña inusitada. Le sacan de los archivos y lo arrastran por las naves del templo mientras le acuchillan e incluso comienzan a amputarle las orejas y los genitales. Alarmados por la violencia que ellos mismos han desatado, los curas apremian al gentío para que saquen el cuerpo del gobernador fuera del templo, y tratan de ocultar el hecho de que ha sido asesinado dentro de la iglesia. El gobernador, ya cadáver, sale arrastrado por la Puerta del Sarmental. En su locura, la turbamulta se lo lleva arrastrando por el suelo, abandonándolo lejos de la catedral. Los guardias civiles observan el linchamiento sin intervenir, según declararon posteriormente los testigos presenciales.

Ante esta pasividad, es el ejército el que debe tomar las riendas de la situación, decretándose el estado de guerra. Es también el ejército el que debe rescatar el cuerpo del gobernador de la calle para poder practicarle la autopsia y darle sepultura. Los indicios sobre la autoría de este crimen parecen más que claros, y apuntan hacia un grupo de sacerdotes entre los que se encuentran los responsables del cabildo catedralicio. Ciento cuarenta personas son detenidas, y la iglesia catedral es clausurada por orden del gobierno.

Pero en contra de lo que cabría esperar, no se aplican castigos ejemplares. El gobierno se encuentra en una convulsa situación mientras se decide quién ocupará el trono de España. Por muy liberales que sean, no es el momento de buscarle tres pies al gato, y los detenidos van siendo puestos en libertad, aun a pesar de las abrumadoras pruebas sobre su implicación en este asesinato. Sólo un individuo, que portaba el hacha con el que se infligieron las peores heridas al malogrado gobernador Isidoro Gutiérrez es condenado a morir en el garrote, pero le conmutan la pena por cadena perpetua y sólo tres años más tarde es puesto en libertad. Judicialmente, se puede decir que el crimen del gobernador de Burgos quedó impune con el beneplácito de la Justicia española.

La catedral permaneció clausurada hasta el 20 de marzo siguiente, día en que la Iglesia preparó una ceremonia con el fin de “limpiar” la sangre derramada dentro del templo. Con ello pretendían borrar las huellas de no sólo la profanación de un templo, sino también de un asesinato organizado y perpetrado por los mismos que luego seguirían repartiendo bendiciones y absoluciones como si nada de esto hubiese sucedido.

Nota: Recomiendo la lectura del artículo de Arturo Colorado Castellary sobre este escabroso acontecimiento publicado en el número 103 de la revista “La Aventura de la Historia”.