Silencio

Aquel 8 de mayo de 1824, el selecto público del teatro Kärntnertor de Viena escuchaba expectante cada una de las notas y las voces que surgían de la orquesta, mientras su director agitaba furiosamente los brazos, marcando el ritmo como si quisiera tocar con sus propias manos cada uno de los instrumentos al mismo tiempo.

Había ansiedad, curiosidad, y por qué no decirlo, bastante morbo. Se decía que el viejo músico estaba completamente sordo, y muchos se preguntaban cómo era posible que alguien compusiera música si era incapaz de oirla, y qué podía resultar de todo aquello. La crema de la sociedad austriaca se había reunido allí para comprobarlo en persona y poder contar en el futuro que asistieron a la apoteosis o a la decadencia del genio.

Sin embargo, y aunque era cierto que ya no podía oír el sonido de los instrumentos musicales, la música seguía estando allí, dentro de su cabeza y plasmada en la partitura con exquisito detalle. Él sabía mejor que ninguno de los presentes que aquella era su obra definitiva: si debía ser recordado por la posteridad lo sería sobre todo por aquella sinfonía que había consumido casi siete años de su vida y en la que había reunido todo su saber y experiencia.

El viejo compositor permaneció en todo momento de espaldas al público, dirigiendo a sus músicos para que interpretaran una música que él sólo podía ya imaginar. El público podría haberle abucheado hasta la asfixia, y para él todo habría estado tan silencioso como la noche en un cementerio. Le daba auténtico pavor girar la cabeza hacia las gradas, porque no podía oír si la orquesta estaba interpretando su obra bien o mal. Aquellos músicos podrían estar ejecutando la más bella de las melodías o la cacofonía más estridente y él, sumido en el silencio de su sordera, nunca lo sabría.

Cuando terminó de dirigir la sinfonía se quedó paralizado frente a sus músicos durante un gran rato. Tuvo que ser la joven contralto Caroline Unger quien se acercara al maestro y le girara hacia el público, que puesto en pie, agitaba sus manos en un aplauso silenciosamente atronador, vitoreando al genial músico sordo que, una vez más, había asombrado al mundo con su talento.

Ludwig van Beethoven rompió a llorar.

La Novena Sinfonía en re menor, Opus 125 de Beethoven, es una de las más grandes creaciones musicales de la historia humana, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2001 y adoptada como himno por la Unión Europea.

El Parlamento rechaza la «Ley Sinde»

Llevaba tiempo queriendo poner aquí uno de los famosos vídeos de Hitler, y después de que ayer el Parlamento rechazara que la Ley Sinde se colara de rondón, ahora tengo la oportunidad de hacerlo.

Para los que vayan a comentar, aviso: no estoy de acuerdo con la descarga incontrolada (que no ilegal, porque hasta la fecha no lo es) de material protegido por derechos de autor, y soy partidario de una regulación del sector en la que todos, usuarios y creadores, ganemos. Lo que siempre me ha inquietado de la dichosa Ley Sinde es la abierta intención que ha tenido de suprimir la tutela judicial sobre los procesos administrativos contra las infracciones de derechos de autor en Internet. En democracia, y desde hace más de doscientos años, la separación de poderes es condición sine qua non para garantizar las libertades civiles. Ningún sector industrial debe arrogarse el derecho de abreviar estos procedimientos, por muchos ministros de su ramo que tenga en el gobierno.

Toca madera…

¡Qué cabrón eres, Julián! Yo no quería despertar de mi sueño dorado, de ese sueño en el que muchos vivimos porque no nos ha tocado la cara B de la vida, de ese sueño en el que los ciudadanos vivimos en democracia, elegimos a nuestros gobernantes y somos juzgados con equidad. Tú me has enseñado hoy que la palabra «equidad» no procede del latín aequitas, sino de equinus; que estamos gobernados y que nuestra justicia es administrada por individuos cuyo fin no es el de hacer respetar las leyes y servir a su pueblo, sino el de obedecer los dictados de cierta potencia extranjera para que ésta pueda pasarse por el forro de las gónadas los derechos humanos y hacer del mundo su cortijo particular. No es que no lo supiera, al fin y al cabo: es que no lo quería saber.

Me has enseñado hoy lo que nunca hubiera esperado ver: a mi gobierno, a los fiscales y a los jueces de mi país besando culos de funcionarios norteamericanos, asegurándoles que están dispuestos a torcer la justicia, a parar procesos, a cambiar jueces díscolos por otros más serviles a sus intereses. Es casi como ver de nuevo a Franco caminar al lado de Hitler, o abrazando a Eisenhower, que para el caso… Es como ver de nuevo a Fraga bañarse bien lejos de Palomares con el embajador americano para mentir al pueblo, haciendo ver que unos cuantos kilos de plutonio esparcidos por el suelo no son nada. Que no hay motivo de alarma (una de las frases que más alarmante resulta dicha en boca de un político).

Pero aunque sigo pensando que eres un cabronazo, no tengo más remedio que darte las gracias y dedicarte esta rima de Becquer, porque la democracia, esa novia a la que siempre quise y respeté, me ha puesto los cuernos con mi peor enemigo. Y encima, la muy puta, va diciendo ahora por los periódicos aquello de «esto no es lo que parece». Que «todo se ha hecho dentro de la más estricta legalidad». Encima recochineo.

Cuando me lo contaron sentí el frío
de una hoja de acero en las entrañas;
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de dónde estaba.
Cayó sobre mi espíritu la noche,
en ira y en piedad se anegó el alma.
¡Y entonces comprendí por qué se llora,
y entonces comprendí por qué se mata!
Pasó la nube de dolor…. Con pena
logré balbucear breves palabras…
¿Quién me dio la noticia?… Un fiel amigo…
Me hacía un gran favor… Le di las gracias.

Debería haber escuchado hace muchos años al maestro Serrat cuando cantó Toca Madera. Ahora, a pesar de lo que digan mis compañeros de Amazings, sólo me queda confiar en el horóscopo, que miente, sí, pero por lo menos no va de digno y no tiene chófer pagado con mi sueldo. A ti, Julián, que no te pase nada, porque me da la impresión de que este año no te comes el turrón, a menos que te hayas guardado la bomba atómica informativa como seguro de vida.

El buen libro

En un día tan señalado como hoy, en el que algunos no faltarán a su misa anual por el alma podrida de cierto señor bajito con bastante mala leche, a mí me apetece poner un vídeo de Tim Minchin, un buen cómico con cara de desquiciado que, sorprendentemente, tiene una idea muy acertada sobre la utilidad de un buen libro.

Aviso: gente religiosa deseando ofenderse, meapilas asiduos al Valle de los Caídos y falangistas de lágrima fácil, abandonen esta página inmediatamente o aténganse a las consecuencias. Luego no quiero lloriqueos en los comentarios.

P.D. Gracias a @AliveRC por recordármelo.