Napoleón (VIII): Pratzen

La batalla estaba ganada de antemano. Existía una desproporción considerable entre las fuerzas combinadas de Rusia y Austria y las del ejército francés de Napoleón. Tanto el Zar Alejandro como el Emperador Francisco estaban convencidos de que la fortuna del advenedizo emperador francés estaba por terminar aquel 2 de diciembre de 1805. Pronto toda Europa volvería a ser la misma de antes de la desgraciada revolución de 1789 en Francia.

Y para colmo, Napoleón parecía haber cometido un error táctico de bulto impropio de su talento militar, dejando expedita la colina de Pratzen en el centro del campo de batalla, para que fuera ocupada por el enemigo. Tropas aliadas habían ocupado este lugar estratégico durante la tarde y la madrugada anterior, y ahora aguardaban bajo una densa niebla mientras el resto del ejército atacaba a los franceses por los flancos, sobre todo por su flanco derecho, que ocupaba la ruta hacia Viena. Tal como los comandantes aliados esperaban, las fuerzas francesas eran débiles y no hacían más que retroceder, así que fueron reforzando el ataque enviando tropas de refuerzo desde la colina de Pratzen. Pronto habrían rodeado a los franceses y ganado aquella sencilla batalla. Entonces, sobre las nueve de la mañana, la niebla se disipó y salió el Sol.

Austerlitz-baron-PascalLos soldados aliados que ocupaban la colina de Pratzen observaron espantados cómo entre jirones de niebla aparecían miles de franceses que avanzaban decididos hacia ellos como salidos de la nada. A medida que se deshacía la niebla iban apareciendo más y más columnas de infantería francesa que aclamaban al Sol con fuertes gritos de entusiasmo.  El mismo Zar Alejandro exclamó que los soldados franceses parecían haber salido del cielo, a lo que un ayudante de campo respondió que más bien  aparecían del Infierno. Pocos minutos más tarde el centro del ejército aliado había desaparecido devorado por el avance francés, y aunque aún restaban largas horas de combates, la Batalla de Austerlitz ya estaba decidida en favor de Napoleón.

Dos días más tarde, mientras aún eran recogidos del campo de batalla los cadáveres de más de veinte mil austriacos y rusos, el Emperador Francisco I de Austria firmaba la Paz de Pressburg con las condiciones impuestas por Napoleón, perdiendo gran parte de sus posesiones en Alemania y la totalidad de Italia, incluida Venecia. El Zar Alejandro se retiró más allá de las fronteras de Rusia y ya no volvió a dirigir a un ejército en batalla. Aún le quedaban por lamentar muchas derrotas importantes contra el pequeño emperador corso, y aún debía verle ocupar el mismísimo Kremlin años más tarde.

Napoleón celebró su victoria arengando a sus tropas en el aniversario de su coronación:

Soldados: Estoy satisfecho de vosotros.

En la Batalla de Austerlitz habéis justificado todo lo que esperaba de vuestra audacia. Habéis decorado vuestras águilas con una gloria inmortal.

Una armada de cien mil hombres, comandada por los emperadores de Rusia y Austria ha sido descuartizada y dispersada en menos de cuatro horas. De este modo, la Tercera Coalición contra Francia ha sido vencida y disuelta.

Ahora la paz no puede estar lejos, pero sólo haremos esa paz cuando nos ofrezca garantías de futuro y asegure las recompensas a nuestros aliados.

Cuando obtengamos todo lo necesario para asegurar la felicidad y la prosperidad de nuestro país, yo os llevaré de vuelta a Francia. Mi pueblo os recibirá de nuevo con entusiasmo. Para cada uno de vosotros será suficiente con decir: “Yo estuve en la Batalla de Austerlitz”, y todos vuestros conciudadanos exclamarán: “Ahí va un valiente”.

Napoleón (VII): Madrid

El día 3 de diciembre de 1808 el Emperador francés Napoleón Bonaparte entraba en Madrid por el norte tras haber derrotado previamente a las defensas españolas lideradas por el general Benito San Juan en el puerto de Somosierra. Benito Pérez Galdós relata la toma de la capital de España en uno de sus Episodios Nacionales:

Suprimid con la imaginación el barrio de Salamanca y todos los jardines y palacios del costado oriental de la Castellana: figuraos aquella casi desnuda planicie poblada por numerosas tropas francesas de todas armas, con dos frentes que operaban uno contra el Retiro y la Plaza de Toros, otra contra la Veterinaria y Recoletos, y tendréis completa idea de la situación. En el centro de aquellas tropas y en lo que hoy es parte de la calle de Serrano, poco más o menos entre el jardín llamado del Pajarito y las casas de Maroto, estaba Napoleón sereno y tranquilo, montado en aquel caballejo blanco que había pateado el suelo de las principales naciones del continente; allí estaba disponiendo los movimientos de sus soldados, y sin quitarse del ojo derecho el catalejo con que alternativamente miraba ya a este punto ya al otro. Como es fácil comprender, yo no le vi en aquella ocasión; pero me lo figuraba y me lo figuro por lo que me contara quien lo vio muy de cerca; y por cierto que aquel testigo ocular observó detenidamente algunos pormenores muy curiosos de su persona, que no nombra la historia, cuales eran ciertos monosílabos o gruñiditos que emitía mientras miraba por el anteojo, un movimiento maquinal de apretarse el vientre con la mano izquierda, repentinos fruncimientos de cejas y algunas veces una sonrisa dirigida a su mayor general Berthier. Con su anteojo, su tosecilla, sus mugidos, sus golpes en la barriga, sus polvos de tabaco y sus delgadas y finas sonrisas, el ogro de Córcega nos estaba partiendo de medio a medio. (…)

Y digo esto porque la batería de la Veterinaria, después de una defensa heroica, caía en poder de los franceses, precisamente en el momento en que llegamos, refuerzo tardío, los de la puerta de los Pozos. Ya no había nada que hacer allí. ¿Podía prolongarse aún la resistencia en el Retiro? Así lo creímos en el primer momento; pero no tardamos en perder esta ilusión, porque atacado aquel sitio por treinta cañones, no tardó en entregar sus débiles tapias, que lo eran de jardín y no de fortaleza. Así es que mientras un regimiento de voluntarios y otro de ejército recibían a tiros con admirable arrojo en Recoletos a la primer columna francesa que se destacó a apoderarse de la puerta, los defensores del Retiro, faltos de recursos, de armas y de jefes, retrocedían al Prado, fiando la defensa a las barricadas de la calle de Alcalá. El momento aquél lo fue de gran pánico y de consternación; pero la verdad es que entre mucha gente apocada, la hubo también resuelta y decidida.

Napoleon.MadridPerdido al fin Recoletos, corrimos todos por la calle del Barquillo hacia la de Alcalá, y cuando llegamos, ya los franceses eran dueños del Pósito, del palacio de San Juan, y procuraban apoderarse de San Fermín y de la casa de Alcañices. Fue muy mala idea la de construir la gran barricada más arriba del Carmen Calzado, dejando al descubierto la calle delTurco y todos los edificios del extremo de aquella gran vía; así es que los imperiales, apoderáronse fácilmente de estos y abriéndose paso después por el interior a la citada calle del Turco, dominaron de tal modo la posición, que al cabo de un cuarto de hora de estéril tiroteo, vimos que era preciso buscar la nuestra un poco más arriba, entre Vallecas y el callejón de Sevilla.

Se hacía fuego tenazmente desde los balcones de ambos lados de la calle, y no había casa alguna que no fuese improvisada fortaleza, pues la tenacidad de nuestros paisanos era tanta, que no les acobardaba ver la creciente ventaja del enemigo, su inmensa fuerza y arrogancia. La población, antes indecisa, cobraba ánimos al verse invadida, y un furor parecido al del 2 de Mayo inflamaba el pecho de sus habitantes. Escenas parciales de encarnizada y cruel lucha se repetían a cada rato en las casas invadidas; batíanse con ferocidad a arma blanca los que no la tenían de fuego, y el Emperador pudo ver muy de cerca aquella enajenación popular, y aquel divino estro de la guerra, que varias veces mostró no comprender en paisanos y menos en mujeres.

Napoleón en Chamartín. Benito Pérez Galdós. Fuente: Wikisources.

Napoleón (VI): María Walewska

Durante su prolongada carrera como Emperador de los franceses, Napoleón Bonaparte puso todo su interés en asegurarse la descendencia con el fin de perpetuar su dinastía. Por entonces se suponía que el Imperio Francés debía durar siglos, y que los Bonaparte dirigirían los destinos de Europa al frente de la más poderosa de sus potencias.

Portret Marii z Łączyńskich WalewskiejEn vista de los reveses que el destino reservó al pequeño gran Emperador en los últimos años de su vida, Napoleón se hubiera sentido satisfecho de saber que su descendencia llegó hasta los tiempos actuales. Y al saber que aquellos que perpetúan su sangre son los re-re-re-tataranietos de la bella María Walewska, seguro que su espíritu esbozaría una sonrisa a medias melancólica, a medias pícara. Y es que hay gente que, por el simple hecho de nacer, ya tienen aunque sólo sea un pequeño granito de trascendencia histórica…

María Łączyńska nació en el mismo año de la Revolución Francesa, un 7 de diciembre de 1789. Su vida estaría marcada por este acontecimiento y sus consecuencias, aunque en la vieja Polonia nadie hubiera dicho que aquella muchacha de alta cuna estaba destinada a librar una batalla crucial para el futuro de su país; una batalla que la dejaría atada afectivamente de por vida a Napoleón Bonaparte, y que con ello se convertiría en la gran esperanza -y la última esperanza- polaca.

A principios del siglo XIX Polonia lo tenía fatal. Se encontraba situada entre tres grandes imperios que se repartían sus territorios: Rusia, Austria y Prusia. En 1795 las potencias dominantes en el este de Europa habían conseguido finalmente exterminar al viejo estado polaco, repartiéndose Polonia entre ellos. Eran años de mucha agitación militar, de volubles alianzas entre naciones, y la madre de todas las agitaciones se estaba produciendo en la Francia revolucionaria.

Tras vencer a finales de 1805 a la Tercera Coalición de austríacos y rusos en Austerlitz, el Emperador francés Napoleón Bonaparte era de facto el gendarme de Europa. Ahora se estaba dedicando a reorganizar políticamente a los pequeños estados alemanes no pertenecientes a Prusia en la llamada Confederación del Rin, lo cual representaba una afrenta y un peligro para el soberano prusiano Federico Guillermo III. Éste declaró la guerra a Francia promoviendo una Cuarta Coalición junto a Rusia, Suecia, Sajonia y, por supuesto, Inglaterra.

Charles Meynier - Napoleon in BerlinPero Federico Guillermo cometió un error estratégico de primer orden. Creyendo que podría vencer en solitario a los franceses, se adelantó a la batalla invadiendo en 1806 el estado de Turingia para encontrarse de cara con el ejército invencible de Napoleón. La consiguiente paliza que el Emperador francés infligió a los prusianos en Jena fue de tal calibre que Prusia desapareció de la escena política europea hasta 1813. Federico Guillermo III se vio obligado a huir, y Napoleón aprovechó la coyuntura para pasearse triunfalmente por Berlín, tal como muestra la imagen de la derecha.

El siguiente año, Napoleón vapuleó sin compasión a las fuerzas rusas y a lo poco que quedaba del ejército prusiano en las batallas de Eylau y Friedland, forzando al Zar Alejandro I a firmar una tregua. En el posterior Tratado de Tilsit, Napoleón arrancaba al Zar el control de la mayor parte de Europa del este, incluyendo casi toda Polonia, que pasaría a formar parte de un nuevo ente político conocido como el Gran Ducado de Varsovia.

Teniendo en cuenta la opresión política a la que se veían sometidos los polacos por parte de las potencias ocupantes, que durante siglos habían tratado de socavar su soberanía hasta reducirles a la nada, Napoleón se había convertido en el superhéroe del momento para los polacos. Sólo por el hecho de expulsar a los rusos, ya merecía la pena el cambio. Sin embargo, la nobleza polaca anhelaba más… anhelaba la independencia como un estado soberano cuyas fronteras fueran respetadas. El momento no podía ser mejor, y contaban con la única arma capaz de hacer mella en el -militarmente- intratable conquistador francés: una bella mujer.

María Walewska, a sus dieciocho espléndidos años, rubia, alta, ojos azules y cuerpo de ensueño, casada desde hacía poco con el conde Walewski -del que tomó el apellido y el título que llevaría el resto de su vida-, recibió el encargo de seducir al Emperador francés con el beneplácito de su esposo. Era una misión patriótica, y todo sacrificio era poco para devolver la libertad a Polonia. Aquel mismo año de 1807, mientras Napoleón amargaba la vida al monarca prusiano y al zar de Rusia, el corso conoció en una fiesta preparada por la nobleza polaca a la joven María. Desde aquel día la condesa Walewska siempre estaría cerca del corazón de Napoleón Bonaparte.

Napoleón era un genio en la batalla, pero también lo era en la seducción. Poco agraciado físicamente, todas las fuentes coinciden en señalar que era un amante atento y entregado. Las mujeres que llegaban a conocerle íntimamente quedaban siempre prendadas de las extraordinarias virtudes del Emperador en lo que concernía a las artes amatorias. María no fue menos, y profesó a Napoleón una lealtad sin condiciones hasta el mismo día de su muerte. A pesar de ello, Napoleón no correspondió a la condesa Walewska -al menos en lo que concernía a sus pretensiones políticas respecto a Polonia-, aunque siempre le tuvo un gran afecto. De su relación nació en 1810 Alexandre Walewski, quien con los años llegaría a jugar un importante papel en la política europea de mediados del siglo XIX.

A Napoleón le encantaba la dulce condesa Walewska -¿a quién le amarga un dulce?- pero como ya he dicho, se hizo el sueco con las peticiones de ésta para que otorgara la soberanía a su país, centrando su política exterior en el pacto con las potencias. Utilizó durante varios años la estrategia del palo y la zanahoria hasta que se acabó la zanahoria y se terminó dejando su ejército en una descabellada campaña en Rusia. Eso le costaría varias dolorosas derrotas y, finalmente, la abdicación y el exilio en Elba en 1813.

Incluso en aquellas difíciles circunstancias, cuando muchos de sus generales le abandonaban para enarbolar el pabellón de los borbones, la condesa Walewska estuvo junto a Napoleón, llegando a visitarle discretamente durante su exilio en Elba.

Muchos de los nobles de la  muy católica Polonia que en su día la arrojaron al adulterio consentido en brazos del Emperador francés, tras la ruina de éste, no dudaron en criticarla e incluso en difamarla. Llegaron a conocerla como la “puta polaca”; un calificativo muy injusto, toda vez que la joven condesa Walewska siempre defendió ante Napoleón la causa polaca, y siempre actuó con lealtad a sus ideales y a su amante. Dos años después del definitivo exilio de Napoleón a santa Elena, María Walewska moría en París a la temprana edad de veintiocho años, dejando tres hijos, de los cuales uno -Alexandre- conseguiría finalmente perpetuar la sangre de los Bonaparte hasta nuestros días.

Napoleón (V): Marengo

Arc Triomphe (square)En 1805, tras derrotar a los ejércitos austríaco y ruso en la batalla de Austerlitz, el Emperador Napoleón I de Francia prometió a sus hombres que volverían a casa bajo arcos triunfales. Para eso ordenó la construcción de un monumental Arco del Triunfo en París. Los avatares de la Historia, sin embargo, no hicieron posible que  los ejércitos del Emperador francés llegaran a desfilar nunca bajo el que debía convertirse en la más impresionante edificación de la capital francesa. De hecho, el monumento no se completó hasta pasados varios años de la muerte de Napleón Bonaparte.

En realidad, Napoleón fue el único militar de su tiempo que desfiló bajo este arco, y sólo lo hizo varios años después de su muerte. En 1840, el cuerpo del que fuera Emperador de Francia y conquistador de Europa, devuelto por los ingleses desde Santa Elena, fue conducido bajo el Arco del Triunfo cuando era transportado a su lugar de descanso definitivo, en la cripta de Les Invalides.

De haber podido fijarse en los detalles de esta construcción, seguro que Napoleón se hubiera maravillado como el que más con las inscripciones que decoran el interior y el exterior del monumento. No en vano, en sus paredes aparecen esculpidas todas las victorias -y alguna que otra derrota- de sus invencibles ejércitos durante los años en que el emperador dejó de ser un perfecto desconocido para convertirse en el amo de Europa.

Arc de Triomphe mg 6821Pero antes de llegar a doblegar a las potencias del Viejo Continente hubo que librar muchas batallas contra grandes ejércitos, contra muchas coaliciones de países dispuestas a aplastar a la Revolución y al nuevo Imperio. Prueba de la dureza de aquellos combates es la gran cantidad de nombres de altos oficiales, generales y mariscales que aparecen subrayados en tan gloriosas paredes, como señal de que murieron en combate, dejándose la vida en pos de la grandeur de Francia.

De entre todos aquellos generales que se dejaron la piel en la batalla, ninguno jugó un papel tan trascendental para Napoleón como Louis Charles Antoine Desaix, y pocas victorias de las talladas en los gloriosos muros del Arco del Triunfo fueron tan reñidas y ajustadas como la que el ejército francés logró el 14 de junio de 1800 en los campos piamonteses de Marengo.

Aquel 14 de junio, el flamante nuevo Cónsul de la República Napoleón Bonaparte, que seis meses antes se había hecho con el poder derribando al Directorio en el golpe de estado del 18 de Brumario, veía con desesperación cómo sus planes de arrojar a los austríacos fuera de Italia se venían abajo. Tras toda una mañana de combates, el grueso del ejército austríaco dominaba ya la mayor parte del campo de batalla, mientras el ejército francés se encontraba demasiado diseminado, ocupado en proteger sus flancos y ampliamante superado en número por el enemigo.

El resultado de esta batalla era crucial para los planes de Napoleón. Por una parte, su prestigio como general invencible estaba en riesgo, y por otra, vencer en Marengo era imprescindible para arrojar a los austríacos fuera de Italia y obtener ventajosas condiciones en el próximo tratado de paz. Aquel día, sin embargo, la cosa no pintaba nada bien. Como último recurso, Napoleón ordenó a sus reservas reforzar las posiciones del frente. Era una táctica arriesgada, ya que con ello se quedaba sin recursos en el caso de un contraataque enemigo. Entonces, cuando menos se le esperaba, apareció en el puesto de mando  francés el general Desaix, montado a lomos de su caballo y ataviado con su más elegante uniforme de gala. Sin desmontar, se acercó al caballo desde donde el Primer Cónsul de Francia observaba la batalla.

Joseph Marie DessaixNapoleón se quedó mirando cómo Desaix observaba durante un rato aquella tremenda confusión que era el campo de batalla. Desaix contemplaba la situación como si todo aquello le fuera ajeno; como si la propia batalla no fuera con él. Ni excitación, ni temor ante la inminente derrota. Desaix, por supuesto, era un noble de antigua familia. Revolucionario hasta la médula, cierto, pero noble al fin y al cabo, y bajo ninguna circunstancia permitiría que nadie de aquella chusma viera el más mínimo signo de emoción en su rostro.

-¿Cómo lo ves, Antoine? -Preguntó Napoleón.

-Fatal, excelencia. Esta batalla está totalmente perdida. Hasta un ciego se daría cuenta.

Ambos se conocían desde hacía años, y se profesaban un mutuo respeto basado en la confianza respecto a las aptitudes militares del otro. Habían combatido juntos en Egipto, y también habían pasado juntos por no pocas penalidades en aquella dura expedición. Aunque ahora Napoleón era la cabeza del estado francés, era impensable que Desaix se dirigiera a él en otro tono que no fuera el de un igual. Napoleón lo sabía, y lo aceptaba. Nunca le había gustado la pompa, y no la exigía en sus subordinados.

-¿Entonces? -Inquirió Napoleón al general Desaix.

-Bueno, sólo son las cinco de la tarde. Hemos perdido una batalla pero tenemos tiempo para ganar la siguiente. Si machacas con la artillería el centro austríaco y los entretienes lo suficiente, me arrojaré sobre ellos con los tres regimientos de la División Boudet antes de que puedan darse cuenta.

-De acuerdo, daré las órdenes oportunas. ¡Buena suerte Antoine!

Y tal como llegó, pausadamente, Desaix se marchó del puesto de mando francés con su caballo al paso, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Aquella fue la última vez que Napoleón vio a Desaix cara a cara. Unos minutos más tarde, le vio arrojarse a galope tendido, sable en mano, sobre el grueso de las líneas enemigas, seguido de cerca por sus húsares y perdiéndose entre las nubes de polvo y de humo de pólvora.

Los sorprendidos austríacos, que no esperaban los refuerzos franceses, perdieron la iniciativa de la batalla y empezaron a retroceder, acosados por todos los flancos por los hombres de Desaix, de Murat, Kellerman y Marmont. Antes de la caida de la tarde, el campo de Marengo pertenecía a Francia, y Austria era expulsada de Italia, al menos durante un tiempo. Aquel día Napoleón, en efecto, perdió una batalla y ganó otra.

Muerte de Desaix. Relieve en la peana del monumento a Desaix en Estrasburgo. Fuente: Wikimedia Commons.A Desaix le encontraron horas más tarde entre los cadáveres que sembraban el campo de batalla. Un fusilero austríaco le acertó de lleno durante una de las heroicas cargas que protagonizó aquella tarde. De esta forma, el general Desaix también se ganó un rincón en las paredes del Arco del Triunfo y la mención imperecedera de su valentía en los libros de Historia.

Para saber más:

Napoleón (IV): El carnicero de Jaffa

El 25 de febrero de 1799 Napoleón Bonaparte entraba con su ejército en Gaza. Poco tiempo antes, el Imperio Otomano había declarado la guerra a Francia en respuesta a la campaña francesa de Egipto. Napoleón, por supuesto, no era persona que esperara a que sus enemigos le tomaran ventaja, así que decidió invadir Siria desde Egipto para prevenir la respuesta militar turca. Mientras tanto Inglaterra, dueña casi absoluta de los mares, no tenía en África o Asia un ejército que pudiera hacerle sombra al invencible general corso, por lo que debía limitarse a presionar políticamente al resto de potencias para que fueran ellas las que atacaran a Francia, y así lo hicieron con el Imperio Otomano.

Atravesando la península del Sinaí, el ejército francés cayó sobre Gaza, capturando a más de dos mil prisioneros turcos. En un primer momento, estos prisioneros fueron liberados bajo palabra de no volver a participar en la guerra, pero cuando Napoleón llegó a la ciudad de Jaffa y la tomó al asalto, aquellos prisioneros liberados se contaban entre los defensores de la ciudad.

En el asalto francés a Jaffa la ciudad quedó convertida en un cementerio. Los soldados franceses asesinaron a bayonetazos a muchos de los turcos que pretendían rendirse y luego organizaron una verdadera masacre con la población civil, entregándose al pillaje y a la violación. Al final, cuatro mil turcos supervivientes eran prisioneros de las tropas francesas; muchos de ellos por segunda vez.

En un terreno hostil y desértico, Napoleón se vio encerrado en una situación aparentemente sin salida. Ni tenía alimentos para mantener prisioneros a estos hombres, ni podía arriesgarse tan lejos de su base en Egipto a liberarlos para que volvieran a engrosar las filas otomanas. Junto con su alto mando, tomó una decisión que, a la postre, sólo le reportaría la condena y el oprobio por parte del mundo civilizado: Napoleón Bonaparte ordenó que se fusilara a los cuatro mil prisioneros turcos capturados en Jaffa.

Muchos siglos antes, otro europeo se había encontrado con una situación parecida, casi en el mismo lugar, y la había solucionado de igual forma. Su nombre era Ricardo, aunque sus hombres le conocían como Corazón de León. Tras tomar Acre durante la Tercera Cruzada, unos tres mil soldados musulmanes habían caído prisioneros de los cruzados. Ricardo trató de intercambiar a estos prisioneros por la reliquia sagrada de la Vera Cruz, pero Saladino sabía muy bien el brete que le suponía a los cruzados mantener tal número de prisioneros, así que esperó. Desesperado por el transcurrir del tiempo y por los capotazos diplomáticos de su enemigo, Ricardo tomó la drástica decisión de ejecutar a los prisioneros. Este hecho tuvo dos efectos inmediatos: la repulsa por parte de propios y ajenos -sobre todo de los ajenos-, y que a partir de ese momento sus enemigos resistirían hasta la muerte en lugar de rendirse, ya que no podían esperar clemencia por parte de los cruzados. Saladino, a pesar de perder aquellos tres mil hombres, se salió con la suya, y Ricardo se volvió a Europa sin llegar a ver siquiera las murallas de Jerusalén.

Y Napoleón, por lo visto, no aprendió de las lecciones de la Historia, por lo menos en esta ocasión. Tras fusilar a aquellos cuatro mil prisioneros, los ingleses se encargaron con mucho gusto de difundir la atrocidad cometida por el mundo entero, comparando a Bonaparte con un sanguinario ogro y contribuyendo así a la leyenda negra de Napoleón, que iba a perdurar durante muchos años. Desde entonces, Napoleón Bonaparte sería conocido como “Bony el Ogro” por sus enemigos. No se si entonces obviarían la lógica comparación con las andanzas del legendario e idolatrado monarca inglés por aquellos mismos lares, pero supongo que sí.

Napoleón visita a los enfermos de peste en Jaffa.De forma más inmediata, el general Bonaparte pudo comprobar los perniciosos efectos de su bárbaro crimen. Cuando puso bajo asedio a la ciudad costera de Acre (la misma donde Ricardo Corazón de León cometió su matanza durante las cruzadas), los turcos la defendieron con una tenacidad inquebrantable. Nadie quería verse prisionero de aquellos sanguinarios franceses. Tras un asedio de varias semanas e incesantes combates -incluyendo alguna importante victoria francesa como la del Monte Tabor-, Napoleón hubo de renunciar a tomar la ciudad fortficada de Acre y regresó a Egipto, donde le esperaba la Peste Negra y un ejército turco recién trasladado por los ingleses en sus barcos y desembarcado en Abukir.

No existe justificación para la atrocidad cometida por Napoleón Bonaparte en Jaffa. Es muy dudoso que esta matanza hubiera sido perpetrada  si los prisioneros hubieran sido europeos occidentales en lugar de turcos. En muchas ocasiones, antes y después de Jaffa, los ejércitos de Napoleón capturaron centenares, millares de enemigos en diferentes batallas, pero no existe constancia de un hecho similar a éste en todas las guerras napoleónicas, el más oscuro y vergonzoso de la vida del gran conquistador corso.

Para saber más:

Napoleón (III): El puente de Arcole

La tablazón de cubierta de la fragata Muiron crujía al tiempo que la nave cabeceaba sobre el suave oleaje. El viaje estaba siendo plácido y sin contratiempos, a pesar de estar finalizando el verano de 1799 y ser aquella una época del año propicia para las tormentas, y a pesar de que la flota británica se había enseñoreado de las aguas del Mediterráneo, haciendo peligrosa la travesía para un buque de guerra francés como la Muiron.

En cubierta, el general Bonaparte miraba al pensativo al horizonte mientras daba cortos paseos por el alcázar. Todas sus miradas se dirigían hacia la proa del barco, hacia su destino inminente. Superado el bloqueo naval inglés en las costas egipcias, la nave enfilaba ahora el rumbo norte para dirigirse hacia Francia. Por suerte, la Muiron se había salvado del desastre de Abukir, donde el maldito Nelson había destrozado a los barcos franceses uno a uno, hasta dejar al victorioso ejército francés varado en Oriente y sin posibilidad de recibir refuerzos o suministros. Había algo de justicia poética en que la Muiron estuviese allí para rescatar a Napoléón y devolverlo a Francia. De haberse quedado en Egipto, es probable que el afamado general Bonaparte hubiera pasado unos cuantos años encerrado en una prisión inglesa, y su brillante carrera habría terminado en aquel nido de chinches.

Muiron… Napoleón no podía dejar de recordar con afecto a su antiguo ayudante de campo Jean-Baptiste Muiron, ni las grandes gestas que entre los dos protagonizaron cuando aún se sentían jóvenes y los horrores de las guerras no habían hecho mella en sus conciencias. Le había conocido en el sitio de Tolón, cuando ambos buscaban con desesperación la gloria y la fama en la batalla, aun a riesgo de sus propias vidas. Desde entonces siempre habían estado juntos. Juntos aplastaron la revuelta de los realistas en París, y juntos marcharon hacia Italia a llevar la guerra a los austríacos en su propio terreno.

Durante todo aquel año de 1796, el mismo ejército francés que Napoleón encontró en Niza desarmado, desanimado y hambriento avanzó como una apisonadora sobre el Piamonte y Lombardía, poniendo en fuga a unos sorprendidos austríacos poco acostumbrados a las novedosas y agresivas tácticas del joven general Bonaparte. Napoleón había ofrecido a sus hombres la única paga que podía darles: el botín de las victorias; pero para eso primero había que ganar batallas y conquistar ciudades. A medida que avanzaba la campaña italiana, los hombres del ejército francés recuperaban el ánimo y aumentaba en ellos la confianza en su nuevo mando, pero a pesar de todo, Napoleón no dejaba de ser para ellos un advenedizo, un joven general distinguido en combate pero que aún tenía que demostrar que era digno de los hombres a los que comandaba.

Y fue avanzando el año, y fueron cayendo una a una las ciudades italianas: Genova, Montenotte, Dego, Piacenza, Milán, Mantua… Abandonadas el Piamonte y Lombardía, los austríacos trataban de hacerse fuertes en la región del Veneto, aprovechando los accidentes del terreno para tratar de parar al ejército de Napoleón. Así fue como el 15 de noviembre de 1796 se los encontró atrincherados en la orilla oriental del río Alpone, donde gran cantidad de infantería y artillería austriaca defendía un puente de madera que conducía a la cercana ciudad de Arcole.

Nadie sabrá nunca porqué una persona tan calculadora como Napoleón Bonaparte hizo lo que hizo aquel día en el puente de Arcole. Puede que estuviera desesperado por no recibir desde hacía días ninguna carta de su amada esposa Josephine. Puede que -las noticias vuelan- se hubiera enterado de los trajines que ésta se traía en París con un jovencísimo teniente de húsares. Puede que simplemente le picaran los pies por culpa de las botas. Lo que sí es cierto es que hay personas que han nacido para triunfar, incluso en la más arriesgada y trágica de las derrotas, y Napoleón fue siempre el mejor ejemplo de este tipo de personas. Aquel día, en aquel puente, lo iba a demostrar.

Agazapado entre la maleza, Napoleón no era ajeno a la inquietud que crecía entre sus filas. Las negras bocas de aquellos cañones austriacos tan cercanos no podían dejar indiferente a nadie, por no hablar de los cientos de fusileros dispuestos a dejar como un colador a cualquiera que se atreviera a cruzar el puente. Había que tomar una decisión, correcta o equivocada, porque nunca ha habido nada peor que un mando indeciso. Napoleón cogió la bandera tricolor del regimiento de granaderos que le acompañaba, y gritando con todas sus fuerzas -¡A la caaaargaaaa!- echó a correr como un salvaje hacia el puente.

Tan horrorizado como enardecido, Jean-Baptiste Muiron corrió detrás de su general, mientras el resto de la sorprendida tropa avanzaba hacia el puente detrás de ellos. Al otro lado del río, los austríacos empezaron a organizarse en líneas de tiradores para batir al enemigo. Cuando el general Bonaparte había llegado a la mitad del puente empezaron las descargas de fusilería austríacas. Cientos de balas de mosquete zumbaban alrededor de Napoleón, Muiron y los granaderos que cargaban. Muchos eran alcanzados, y algunos caían desde el puente a las frías aguas del río Alpone. A pesar de todo, los hombres siguieron intentando tomar la orilla opuesta del río, envalentonados por el absoluto desprecio hacia su propia vida del que hacía gala su general, que seguía ondeando la bandera tricolor y animando a la carga con sus gritos. Junto a él, con el sable en la mano, estaba su fiel Muiron, dispuesto a acompañar a Bonaparte al mismísimo infierno, si allí era donde quería dirigirse.

Napoleón en el puente de Arcole, por Horace Vernet.

Tras las primeras descargas hubo una breve tregua en la que los disparos dejaron de ser tan intensos. La plataforma de madera del puente estaba roja y resbaladiza por la sangre y cubierta de cadáveres y heridos. Los tiradores de élite austríacos, con orden de fuego a discreción, disparaban con mortal precisión sobre el enemigo, abatiendo a muchos de los que aún cargaban con intención de cruzar el puente. Muiron vio cómo uno de ellos apuntaba hacia el general Bonaparte y no se lo pensó dos veces: dando un salto, se interpuso entre la bala y su general, parándola con el corazón.

Napoleón se dio cuenta de que haría falta algo más que coraje para atravesar aquellas defensas, y arrastrando él mismo el cuerpo inerte de Muiron, ordenó la retirada de sus hombres hacia la seguridad de la maleza.

-Juro que algún día arrasaré Viena por esto- Se dijo a sí mismo Bonaparte. Varios hombres se hicieron cargo del cadáver de Muiron, mientras el general se irguió por última vez desafiante sobre el puente de Arcole. Algunas balas austríacas seguían buscando carne que herir, y de cuando en cuando, un estruendoso cañonazo amenazaba con destrozar el puente, levantando astillas del suelo. Finalmente se dio la vuelta y regresó a la orilla occidental caminando con altivez, sin importarle que una de aquellas balas pudiera acabar con él por la espalda.

Pero aquel día ninguna bala y ninguna astilla hirió al general Napoleón Bonaparte. Cuando llegó al campamento francés de lo único que podía quejarse era de cansancio y de su lustroso uniforme manchado de sangre amiga. Sus hombres, por contra, no tenían motivo alguna de queja respecto a su general. Todos reconocían que se había batido con un valor ilimitado, como un pequeño cabo enardecido por el combate. La voz corrió como la pólvora por todos los ejércitos franceses y por toda Francia: El general Bonaparte, además de ser un estratega competente y el conquistador de Italia, era un héroe, y un hermano de sangre con sus hombres. Nunca una derrota fue tan provechosa para un general derrotado como aquella del 15 de noviembre de 1796 sobre las tablas del puente de Arcole.

Al bueno de Muiron le aguardaban dos metros cuadrados de tierra italiana y el agradecimiento del general Bonaparte, que bautizó una fragata con su nombre en recuerdo de su leal ayudante de campo. A Napoleón, por su parte, le aguardaban años de aventuras, docenas de victoriosas batallas y la gloria eterna de los grandes conquistadores.

Para saber más:

Napoleón (II): Realistas en París

Parece que el tiempo no ha pasado por la fachada de la iglesia de San Roque de París. La vida por la calle Saint Honoré transcurre con las prisas propias de la capital francesa. Todo lo demás ha cambiado: la calzada, los edificios adyacentes, el tránsito de vehículos, las ropas de la gente… Sólo la iglesia permanece como testigo mudo de unos acontecimientos que en 1795 estuvieron a punto de acabar con la Revolución Francesa y su gobierno.

En septiembre de 1795 se promulgó una nueva constitución para francia -la tercera, después de las de 1791 y 1793- con la esperanza de acabar con los horrores provocados por los revolucionarios extremistas jacobinos y su reinado del terror. Se suprimió el sufragio universal, favoreciendo con ello la formación de una Convención más derechista y moderada. En el sur de Francia, la Convención había expulsado por fin a ingleses y españoles, aplastando la rebelión tolonesa con la ayuda inestimable de un joven oficial muy prometedor: Napoleón Bonaparte. Podría parecer que con esto se conjuraba uno de los mayores peligros para la Francia revolucionaria, pero no era así. A la República aún le quedaba por superar su mayor desafío en las mismas calles de París.

Napoleón había regresado a París con el rango de general de brigada -cuando había salido de allí sólo un año antes como un simple capitán-, aunque estuvo a punto de caer en desgracia durante la depuración que la Convención hizo de todos los elementos jacobinos. Incluso estuvo preso durante dos semanas, mientras el nuevo gobierno decidía qué hacer con él. Posiblemente su valerosa actuación en Tolón y el hecho de que la República necesitaba héroes del pueblo habían hecho más para salvarle que ninguno de los argumentos que el joven Napoleón pudiera esgrimir en su defensa. En realidad, Napoleón sí era simpatizante de los jacobinos, pero lo era aún más del orden social.

Así que, a mediados de 1795, Napoleón volvía a languidecer en la capital francesa a la espera de un destino militar que le permitiera demostrar sus magníficas dotes de táctico y estratega. Mientras tanto, una conspiración en la sombra se fraguaba contra la República: Miles de partidarios de la monarquía y de damnificados por los excesos revolucionarios se escondían en París, esperando el momento propicio para derrocar al gobierno. Durante todo el año, la República se había estado enfrentado a las sublevaciones realistas en diferentes puntos de la geografía francesa, desbaratando incluso un intento de desembarco de emigrados armados en el noroeste, cerca de Normandía.

Y por fin, a principios de octubre de 1795, en el mes de vendimiario del año III según el calendario revolucionario, el conde de Artois -que años más tarde reinaría en francia con el nombre de Carlos X- desembarcó en las costas de la levantisca y pro-realista región de la Vendée con una pequeña fuerza de exiliados e ingleses. La figura del conde de Artois era suficiente para justificar que existía un gobierno provisional realista en Francia, así que se dio la consigna para que los realistas apostados en París se levantaran y trataran de derribar a la Convención. Entre ellos se encontraba todo un cuerpo de la Guardia Nacional Francesa, un cuerpo creado para mantener el orden revolucionario y que ahora estaba bajo control de los realistas. En total, unos 30.000 enemigos armados se concentraban a sólo unos cientos de metros del palacio de Las Tullerías, sede del gobierno republicano.

Por su parte, la Convención se encerró en sus salas de reuniones con el compromiso de no abandonarlas hasta que la crisis hubiera sido solventada, y ordenó que se formaran tres batallones de patriotas, con lo que pudo reunir a unos 5.000 hombres bajo el mando del general Menou. En aquellas circunstancias, conservar la capital iba a convertirse en una tarea casi imposible, ya que el enemigo superaba ampliamente en número a los republicanos. Para colmo, Menou se dejó atrás los 40 cañones de que disponía para no verse impedido en sus movimientos y adelantarse a los realistas. Hasta la llegada de Napoleón, los altos mandos militares nunca habían considerado a la artillería como un arma decisiva en la guerra, pero eso iba a cambiar muy pronto.

En la noche entre el 12 y el 13 de vendimiario (5 de octubre de 1795) las calles de París se iban a convertir en un campo de batalla. Menou trató de apaciguar a los realistas, cosa que estos tomaron como un signo de debilidad. El resultado fue que los realistas indecisos se envalentonaron, y al final Menou se vio obligado a efectuar una carga de caballería para despejar la calle de Faubourg-Montmartre. La Convención, convencida de que Menou no podría lidiar con los realistas, transfirió el mando a Barras. Éste por su parte se dio cuenta rápidamente de que la persona más indicada para dirigir la defensa de la Convención era un joven general que había acudido a las cercanías del palacio al estallar la revuelta para interesarse por la situación: Napoleón Bonaparte.

Bombardeo de la iglesias de San Roque el 13 de vendimiario.Napoleón, una vez recibido el mando, ordenó a Murat llevar los cañones “olvidados” por Menou desde los cuarteles de Les Sablons hasta las inmediaciones de Las Tullerías, y los colocó estratégicamente para proteger el perímetro que estaba encargado de defender de los inminentes ataques realistas. Cuando el enemigo empezó a cargar en oleadas cada vez mayores sobre la Convención se encontró con una muralla infranqueable de fusilería, artillería y caballería combinadas. Napoleón dirigió a las tropas para conseguir lo nunca visto en un combate urbano. Durante varias horas rechazó los ataques de los insurrectos, al tiempo que conseguía embolsar a cientos de realistas entre las angostas calles del centro parisino. Uno de los lugares donde el combate fue más encarnizado estaba delante de la iglesia de San Roque, en la calle Saint Honoré, muy cerca del palacio de Las Tullerías. Allí fueron embolsados cientos de realistas y cañoneados sin miramientos. Para este menester se habían cargado los cañones con metralla, mucho más efectivas contra grupos de personas que las bolas de hierro.

Esta metralla tuvo un efecto devastador sobre los sublevados. A la mañana siguiente, cientos de cadáveres sembraban las calles de París, mientras los realistas supervivientes eran apresados o buscaban desesperadamente un agujero profundo donde esconderse. La disciplina militar, combinada con el talento táctico del joven general Napoleón, habían salvado a la República Francesa de uno de sus más arriesgados trances. El conde de Artois se retiró de las costas francesas el mes siguiente, dada la imposiblidad de hacerse con el poder por las armas ante una República fortalecida por los sucesos de París.

Napoleón, aclamado como un héroe nacional, fue rápidamente ascendido a General de División, mientras su promotor Barrás se alzaba al poder en el nuevo gobierno encargado de mantener el orden en Francia: el Directorio. Ahora Napoleón era realmente famoso, y no podía contar con mejor padrino para satisfacer sus ambiciones militares.

Este pasaje está plasmado de una forma brillante en la miniserie Napoleón, protagonizada por Cristian Clavier en el papel de Napoleón. Una de mis series históricas favoritas que recomiendo a los lectores. Aquí os dejo el video de la lucha contra los realistas en París, tomado de esta serie: