Napoleón (VIII): Pratzen

La batalla estaba ganada de antemano. Existía una desproporción considerable entre las fuerzas combinadas de Rusia y Austria y las del ejército francés de Napoleón. Tanto el Zar Alejandro como el Emperador Francisco estaban convencidos de que la fortuna del advenedizo emperador francés estaba por terminar aquel 2 de diciembre de 1805. Pronto toda Europa volvería a ser la misma de antes de la desgraciada revolución de 1789 en Francia.

Y para colmo, Napoleón parecía haber cometido un error táctico de bulto impropio de su talento militar, dejando expedita la colina de Pratzen en el centro del campo de batalla, para que fuera ocupada por el enemigo. Tropas aliadas habían ocupado este lugar estratégico durante la tarde y la madrugada anterior, y ahora aguardaban bajo una densa niebla mientras el resto del ejército atacaba a los franceses por los flancos, sobre todo por su flanco derecho, que ocupaba la ruta hacia Viena. Tal como los comandantes aliados esperaban, las fuerzas francesas eran débiles y no hacían más que retroceder, así que fueron reforzando el ataque enviando tropas de refuerzo desde la colina de Pratzen. Pronto habrían rodeado a los franceses y ganado aquella sencilla batalla. Entonces, sobre las nueve de la mañana, la niebla se disipó y salió el Sol.

Austerlitz-baron-PascalLos soldados aliados que ocupaban la colina de Pratzen observaron espantados cómo entre jirones de niebla aparecían miles de franceses que avanzaban decididos hacia ellos como salidos de la nada. A medida que se deshacía la niebla iban apareciendo más y más columnas de infantería francesa que aclamaban al Sol con fuertes gritos de entusiasmo.  El mismo Zar Alejandro exclamó que los soldados franceses parecían haber salido del cielo, a lo que un ayudante de campo respondió que más bien  aparecían del Infierno. Pocos minutos más tarde el centro del ejército aliado había desaparecido devorado por el avance francés, y aunque aún restaban largas horas de combates, la Batalla de Austerlitz ya estaba decidida en favor de Napoleón.

Dos días más tarde, mientras aún eran recogidos del campo de batalla los cadáveres de más de veinte mil austriacos y rusos, el Emperador Francisco I de Austria firmaba la Paz de Pressburg con las condiciones impuestas por Napoleón, perdiendo gran parte de sus posesiones en Alemania y la totalidad de Italia, incluida Venecia. El Zar Alejandro se retiró más allá de las fronteras de Rusia y ya no volvió a dirigir a un ejército en batalla. Aún le quedaban por lamentar muchas derrotas importantes contra el pequeño emperador corso, y aún debía verle ocupar el mismísimo Kremlin años más tarde.

Napoleón celebró su victoria arengando a sus tropas en el aniversario de su coronación:

Soldados: Estoy satisfecho de vosotros.

En la Batalla de Austerlitz habéis justificado todo lo que esperaba de vuestra audacia. Habéis decorado vuestras águilas con una gloria inmortal.

Una armada de cien mil hombres, comandada por los emperadores de Rusia y Austria ha sido descuartizada y dispersada en menos de cuatro horas. De este modo, la Tercera Coalición contra Francia ha sido vencida y disuelta.

Ahora la paz no puede estar lejos, pero sólo haremos esa paz cuando nos ofrezca garantías de futuro y asegure las recompensas a nuestros aliados.

Cuando obtengamos todo lo necesario para asegurar la felicidad y la prosperidad de nuestro país, yo os llevaré de vuelta a Francia. Mi pueblo os recibirá de nuevo con entusiasmo. Para cada uno de vosotros será suficiente con decir: “Yo estuve en la Batalla de Austerlitz”, y todos vuestros conciudadanos exclamarán: “Ahí va un valiente”.

Napoleón (VII): Madrid

El día 3 de diciembre de 1808 el Emperador francés Napoleón Bonaparte entraba en Madrid por el norte tras haber derrotado previamente a las defensas españolas lideradas por el general Benito San Juan en el puerto de Somosierra. Benito Pérez Galdós relata la toma de la capital de España en uno de sus Episodios Nacionales:

Suprimid con la imaginación el barrio de Salamanca y todos los jardines y palacios del costado oriental de la Castellana: figuraos aquella casi desnuda planicie poblada por numerosas tropas francesas de todas armas, con dos frentes que operaban uno contra el Retiro y la Plaza de Toros, otra contra la Veterinaria y Recoletos, y tendréis completa idea de la situación. En el centro de aquellas tropas y en lo que hoy es parte de la calle de Serrano, poco más o menos entre el jardín llamado del Pajarito y las casas de Maroto, estaba Napoleón sereno y tranquilo, montado en aquel caballejo blanco que había pateado el suelo de las principales naciones del continente; allí estaba disponiendo los movimientos de sus soldados, y sin quitarse del ojo derecho el catalejo con que alternativamente miraba ya a este punto ya al otro. Como es fácil comprender, yo no le vi en aquella ocasión; pero me lo figuraba y me lo figuro por lo que me contara quien lo vio muy de cerca; y por cierto que aquel testigo ocular observó detenidamente algunos pormenores muy curiosos de su persona, que no nombra la historia, cuales eran ciertos monosílabos o gruñiditos que emitía mientras miraba por el anteojo, un movimiento maquinal de apretarse el vientre con la mano izquierda, repentinos fruncimientos de cejas y algunas veces una sonrisa dirigida a su mayor general Berthier. Con su anteojo, su tosecilla, sus mugidos, sus golpes en la barriga, sus polvos de tabaco y sus delgadas y finas sonrisas, el ogro de Córcega nos estaba partiendo de medio a medio. (…)

Y digo esto porque la batería de la Veterinaria, después de una defensa heroica, caía en poder de los franceses, precisamente en el momento en que llegamos, refuerzo tardío, los de la puerta de los Pozos. Ya no había nada que hacer allí. ¿Podía prolongarse aún la resistencia en el Retiro? Así lo creímos en el primer momento; pero no tardamos en perder esta ilusión, porque atacado aquel sitio por treinta cañones, no tardó en entregar sus débiles tapias, que lo eran de jardín y no de fortaleza. Así es que mientras un regimiento de voluntarios y otro de ejército recibían a tiros con admirable arrojo en Recoletos a la primer columna francesa que se destacó a apoderarse de la puerta, los defensores del Retiro, faltos de recursos, de armas y de jefes, retrocedían al Prado, fiando la defensa a las barricadas de la calle de Alcalá. El momento aquél lo fue de gran pánico y de consternación; pero la verdad es que entre mucha gente apocada, la hubo también resuelta y decidida.

Napoleon.MadridPerdido al fin Recoletos, corrimos todos por la calle del Barquillo hacia la de Alcalá, y cuando llegamos, ya los franceses eran dueños del Pósito, del palacio de San Juan, y procuraban apoderarse de San Fermín y de la casa de Alcañices. Fue muy mala idea la de construir la gran barricada más arriba del Carmen Calzado, dejando al descubierto la calle delTurco y todos los edificios del extremo de aquella gran vía; así es que los imperiales, apoderáronse fácilmente de estos y abriéndose paso después por el interior a la citada calle del Turco, dominaron de tal modo la posición, que al cabo de un cuarto de hora de estéril tiroteo, vimos que era preciso buscar la nuestra un poco más arriba, entre Vallecas y el callejón de Sevilla.

Se hacía fuego tenazmente desde los balcones de ambos lados de la calle, y no había casa alguna que no fuese improvisada fortaleza, pues la tenacidad de nuestros paisanos era tanta, que no les acobardaba ver la creciente ventaja del enemigo, su inmensa fuerza y arrogancia. La población, antes indecisa, cobraba ánimos al verse invadida, y un furor parecido al del 2 de Mayo inflamaba el pecho de sus habitantes. Escenas parciales de encarnizada y cruel lucha se repetían a cada rato en las casas invadidas; batíanse con ferocidad a arma blanca los que no la tenían de fuego, y el Emperador pudo ver muy de cerca aquella enajenación popular, y aquel divino estro de la guerra, que varias veces mostró no comprender en paisanos y menos en mujeres.

Napoleón en Chamartín. Benito Pérez Galdós. Fuente: Wikisources.

Napoleón (VI): María Walewska

Durante su prolongada carrera como Emperador de los franceses, Napoleón Bonaparte puso todo su interés en asegurarse la descendencia con el fin de perpetuar su dinastía. Por entonces se suponía que el Imperio Francés debía durar siglos, y que los Bonaparte dirigirían los destinos de Europa al frente de la más poderosa de sus potencias.

Portret Marii z Łączyńskich WalewskiejEn vista de los reveses que el destino reservó al pequeño gran Emperador en los últimos años de su vida, Napoleón se hubiera sentido satisfecho de saber que su descendencia llegó hasta los tiempos actuales. Y al saber que aquellos que perpetúan su sangre son los re-re-re-tataranietos de la bella María Walewska, seguro que su espíritu esbozaría una sonrisa a medias melancólica, a medias pícara. Y es que hay gente que, por el simple hecho de nacer, ya tienen aunque sólo sea un pequeño granito de trascendencia histórica…

María Łączyńska nació en el mismo año de la Revolución Francesa, un 7 de diciembre de 1789. Su vida estaría marcada por este acontecimiento y sus consecuencias, aunque en la vieja Polonia nadie hubiera dicho que aquella muchacha de alta cuna estaba destinada a librar una batalla crucial para el futuro de su país; una batalla que la dejaría atada afectivamente de por vida a Napoleón Bonaparte, y que con ello se convertiría en la gran esperanza -y la última esperanza- polaca.

A principios del siglo XIX Polonia lo tenía fatal. Se encontraba situada entre tres grandes imperios que se repartían sus territorios: Rusia, Austria y Prusia. En 1795 las potencias dominantes en el este de Europa habían conseguido finalmente exterminar al viejo estado polaco, repartiéndose Polonia entre ellos. Eran años de mucha agitación militar, de volubles alianzas entre naciones, y la madre de todas las agitaciones se estaba produciendo en la Francia revolucionaria.

Tras vencer a finales de 1805 a la Tercera Coalición de austríacos y rusos en Austerlitz, el Emperador francés Napoleón Bonaparte era de facto el gendarme de Europa. Ahora se estaba dedicando a reorganizar políticamente a los pequeños estados alemanes no pertenecientes a Prusia en la llamada Confederación del Rin, lo cual representaba una afrenta y un peligro para el soberano prusiano Federico Guillermo III. Éste declaró la guerra a Francia promoviendo una Cuarta Coalición junto a Rusia, Suecia, Sajonia y, por supuesto, Inglaterra.

Charles Meynier - Napoleon in BerlinPero Federico Guillermo cometió un error estratégico de primer orden. Creyendo que podría vencer en solitario a los franceses, se adelantó a la batalla invadiendo en 1806 el estado de Turingia para encontrarse de cara con el ejército invencible de Napoleón. La consiguiente paliza que el Emperador francés infligió a los prusianos en Jena fue de tal calibre que Prusia desapareció de la escena política europea hasta 1813. Federico Guillermo III se vio obligado a huir, y Napoleón aprovechó la coyuntura para pasearse triunfalmente por Berlín, tal como muestra la imagen de la derecha.

El siguiente año, Napoleón vapuleó sin compasión a las fuerzas rusas y a lo poco que quedaba del ejército prusiano en las batallas de Eylau y Friedland, forzando al Zar Alejandro I a firmar una tregua. En el posterior Tratado de Tilsit, Napoleón arrancaba al Zar el control de la mayor parte de Europa del este, incluyendo casi toda Polonia, que pasaría a formar parte de un nuevo ente político conocido como el Gran Ducado de Varsovia.

Teniendo en cuenta la opresión política a la que se veían sometidos los polacos por parte de las potencias ocupantes, que durante siglos habían tratado de socavar su soberanía hasta reducirles a la nada, Napoleón se había convertido en el superhéroe del momento para los polacos. Sólo por el hecho de expulsar a los rusos, ya merecía la pena el cambio. Sin embargo, la nobleza polaca anhelaba más… anhelaba la independencia como un estado soberano cuyas fronteras fueran respetadas. El momento no podía ser mejor, y contaban con la única arma capaz de hacer mella en el -militarmente- intratable conquistador francés: una bella mujer.

María Walewska, a sus dieciocho espléndidos años, rubia, alta, ojos azules y cuerpo de ensueño, casada desde hacía poco con el conde Walewski -del que tomó el apellido y el título que llevaría el resto de su vida-, recibió el encargo de seducir al Emperador francés con el beneplácito de su esposo. Era una misión patriótica, y todo sacrificio era poco para devolver la libertad a Polonia. Aquel mismo año de 1807, mientras Napoleón amargaba la vida al monarca prusiano y al zar de Rusia, el corso conoció en una fiesta preparada por la nobleza polaca a la joven María. Desde aquel día la condesa Walewska siempre estaría cerca del corazón de Napoleón Bonaparte.

Napoleón era un genio en la batalla, pero también lo era en la seducción. Poco agraciado físicamente, todas las fuentes coinciden en señalar que era un amante atento y entregado. Las mujeres que llegaban a conocerle íntimamente quedaban siempre prendadas de las extraordinarias virtudes del Emperador en lo que concernía a las artes amatorias. María no fue menos, y profesó a Napoleón una lealtad sin condiciones hasta el mismo día de su muerte. A pesar de ello, Napoleón no correspondió a la condesa Walewska -al menos en lo que concernía a sus pretensiones políticas respecto a Polonia-, aunque siempre le tuvo un gran afecto. De su relación nació en 1810 Alexandre Walewski, quien con los años llegaría a jugar un importante papel en la política europea de mediados del siglo XIX.

A Napoleón le encantaba la dulce condesa Walewska -¿a quién le amarga un dulce?- pero como ya he dicho, se hizo el sueco con las peticiones de ésta para que otorgara la soberanía a su país, centrando su política exterior en el pacto con las potencias. Utilizó durante varios años la estrategia del palo y la zanahoria hasta que se acabó la zanahoria y se terminó dejando su ejército en una descabellada campaña en Rusia. Eso le costaría varias dolorosas derrotas y, finalmente, la abdicación y el exilio en Elba en 1813.

Incluso en aquellas difíciles circunstancias, cuando muchos de sus generales le abandonaban para enarbolar el pabellón de los borbones, la condesa Walewska estuvo junto a Napoleón, llegando a visitarle discretamente durante su exilio en Elba.

Muchos de los nobles de la  muy católica Polonia que en su día la arrojaron al adulterio consentido en brazos del Emperador francés, tras la ruina de éste, no dudaron en criticarla e incluso en difamarla. Llegaron a conocerla como la “puta polaca”; un calificativo muy injusto, toda vez que la joven condesa Walewska siempre defendió ante Napoleón la causa polaca, y siempre actuó con lealtad a sus ideales y a su amante. Dos años después del definitivo exilio de Napoleón a santa Elena, María Walewska moría en París a la temprana edad de veintiocho años, dejando tres hijos, de los cuales uno -Alexandre- conseguiría finalmente perpetuar la sangre de los Bonaparte hasta nuestros días.

Napoleón (V): Marengo

Arc Triomphe (square)En 1805, tras derrotar a los ejércitos austríaco y ruso en la batalla de Austerlitz, el Emperador Napoleón I de Francia prometió a sus hombres que volverían a casa bajo arcos triunfales. Para eso ordenó la construcción de un monumental Arco del Triunfo en París. Los avatares de la Historia, sin embargo, no hicieron posible que  los ejércitos del Emperador francés llegaran a desfilar nunca bajo el que debía convertirse en la más impresionante edificación de la capital francesa. De hecho, el monumento no se completó hasta pasados varios años de la muerte de Napleón Bonaparte.

En realidad, Napoleón fue el único militar de su tiempo que desfiló bajo este arco, y sólo lo hizo varios años después de su muerte. En 1840, el cuerpo del que fuera Emperador de Francia y conquistador de Europa, devuelto por los ingleses desde Santa Elena, fue conducido bajo el Arco del Triunfo cuando era transportado a su lugar de descanso definitivo, en la cripta de Les Invalides.

De haber podido fijarse en los detalles de esta construcción, seguro que Napoleón se hubiera maravillado como el que más con las inscripciones que decoran el interior y el exterior del monumento. No en vano, en sus paredes aparecen esculpidas todas las victorias -y alguna que otra derrota- de sus invencibles ejércitos durante los años en que el emperador dejó de ser un perfecto desconocido para convertirse en el amo de Europa.

Arc de Triomphe mg 6821Pero antes de llegar a doblegar a las potencias del Viejo Continente hubo que librar muchas batallas contra grandes ejércitos, contra muchas coaliciones de países dispuestas a aplastar a la Revolución y al nuevo Imperio. Prueba de la dureza de aquellos combates es la gran cantidad de nombres de altos oficiales, generales y mariscales que aparecen subrayados en tan gloriosas paredes, como señal de que murieron en combate, dejándose la vida en pos de la grandeur de Francia.

De entre todos aquellos generales que se dejaron la piel en la batalla, ninguno jugó un papel tan trascendental para Napoleón como Louis Charles Antoine Desaix, y pocas victorias de las talladas en los gloriosos muros del Arco del Triunfo fueron tan reñidas y ajustadas como la que el ejército francés logró el 14 de junio de 1800 en los campos piamonteses de Marengo.

Aquel 14 de junio, el flamante nuevo Cónsul de la República Napoleón Bonaparte, que seis meses antes se había hecho con el poder derribando al Directorio en el golpe de estado del 18 de Brumario, veía con desesperación cómo sus planes de arrojar a los austríacos fuera de Italia se venían abajo. Tras toda una mañana de combates, el grueso del ejército austríaco dominaba ya la mayor parte del campo de batalla, mientras el ejército francés se encontraba demasiado diseminado, ocupado en proteger sus flancos y ampliamante superado en número por el enemigo.

El resultado de esta batalla era crucial para los planes de Napoleón. Por una parte, su prestigio como general invencible estaba en riesgo, y por otra, vencer en Marengo era imprescindible para arrojar a los austríacos fuera de Italia y obtener ventajosas condiciones en el próximo tratado de paz. Aquel día, sin embargo, la cosa no pintaba nada bien. Como último recurso, Napoleón ordenó a sus reservas reforzar las posiciones del frente. Era una táctica arriesgada, ya que con ello se quedaba sin recursos en el caso de un contraataque enemigo. Entonces, cuando menos se le esperaba, apareció en el puesto de mando  francés el general Desaix, montado a lomos de su caballo y ataviado con su más elegante uniforme de gala. Sin desmontar, se acercó al caballo desde donde el Primer Cónsul de Francia observaba la batalla.

Joseph Marie DessaixNapoleón se quedó mirando cómo Desaix observaba durante un rato aquella tremenda confusión que era el campo de batalla. Desaix contemplaba la situación como si todo aquello le fuera ajeno; como si la propia batalla no fuera con él. Ni excitación, ni temor ante la inminente derrota. Desaix, por supuesto, era un noble de antigua familia. Revolucionario hasta la médula, cierto, pero noble al fin y al cabo, y bajo ninguna circunstancia permitiría que nadie de aquella chusma viera el más mínimo signo de emoción en su rostro.

-¿Cómo lo ves, Antoine? -Preguntó Napoleón.

-Fatal, excelencia. Esta batalla está totalmente perdida. Hasta un ciego se daría cuenta.

Ambos se conocían desde hacía años, y se profesaban un mutuo respeto basado en la confianza respecto a las aptitudes militares del otro. Habían combatido juntos en Egipto, y también habían pasado juntos por no pocas penalidades en aquella dura expedición. Aunque ahora Napoleón era la cabeza del estado francés, era impensable que Desaix se dirigiera a él en otro tono que no fuera el de un igual. Napoleón lo sabía, y lo aceptaba. Nunca le había gustado la pompa, y no la exigía en sus subordinados.

-¿Entonces? -Inquirió Napoleón al general Desaix.

-Bueno, sólo son las cinco de la tarde. Hemos perdido una batalla pero tenemos tiempo para ganar la siguiente. Si machacas con la artillería el centro austríaco y los entretienes lo suficiente, me arrojaré sobre ellos con los tres regimientos de la División Boudet antes de que puedan darse cuenta.

-De acuerdo, daré las órdenes oportunas. ¡Buena suerte Antoine!

Y tal como llegó, pausadamente, Desaix se marchó del puesto de mando francés con su caballo al paso, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Aquella fue la última vez que Napoleón vio a Desaix cara a cara. Unos minutos más tarde, le vio arrojarse a galope tendido, sable en mano, sobre el grueso de las líneas enemigas, seguido de cerca por sus húsares y perdiéndose entre las nubes de polvo y de humo de pólvora.

Los sorprendidos austríacos, que no esperaban los refuerzos franceses, perdieron la iniciativa de la batalla y empezaron a retroceder, acosados por todos los flancos por los hombres de Desaix, de Murat, Kellerman y Marmont. Antes de la caida de la tarde, el campo de Marengo pertenecía a Francia, y Austria era expulsada de Italia, al menos durante un tiempo. Aquel día Napoleón, en efecto, perdió una batalla y ganó otra.

Muerte de Desaix. Relieve en la peana del monumento a Desaix en Estrasburgo. Fuente: Wikimedia Commons.A Desaix le encontraron horas más tarde entre los cadáveres que sembraban el campo de batalla. Un fusilero austríaco le acertó de lleno durante una de las heroicas cargas que protagonizó aquella tarde. De esta forma, el general Desaix también se ganó un rincón en las paredes del Arco del Triunfo y la mención imperecedera de su valentía en los libros de Historia.

Para saber más:

Napoleón (IV): El carnicero de Jaffa

El 25 de febrero de 1799 Napoleón Bonaparte entraba con su ejército en Gaza. Poco tiempo antes, el Imperio Otomano había declarado la guerra a Francia en respuesta a la campaña francesa de Egipto. Napoleón, por supuesto, no era persona que esperara a que sus enemigos le tomaran ventaja, así que decidió invadir Siria desde Egipto para prevenir la respuesta militar turca. Mientras tanto Inglaterra, dueña casi absoluta de los mares, no tenía en África o Asia un ejército que pudiera hacerle sombra al invencible general corso, por lo que debía limitarse a presionar políticamente al resto de potencias para que fueran ellas las que atacaran a Francia, y así lo hicieron con el Imperio Otomano.

Atravesando la península del Sinaí, el ejército francés cayó sobre Gaza, capturando a más de dos mil prisioneros turcos. En un primer momento, estos prisioneros fueron liberados bajo palabra de no volver a participar en la guerra, pero cuando Napoleón llegó a la ciudad de Jaffa y la tomó al asalto, aquellos prisioneros liberados se contaban entre los defensores de la ciudad.

En el asalto francés a Jaffa la ciudad quedó convertida en un cementerio. Los soldados franceses asesinaron a bayonetazos a muchos de los turcos que pretendían rendirse y luego organizaron una verdadera masacre con la población civil, entregándose al pillaje y a la violación. Al final, cuatro mil turcos supervivientes eran prisioneros de las tropas francesas; muchos de ellos por segunda vez.

En un terreno hostil y desértico, Napoleón se vio encerrado en una situación aparentemente sin salida. Ni tenía alimentos para mantener prisioneros a estos hombres, ni podía arriesgarse tan lejos de su base en Egipto a liberarlos para que volvieran a engrosar las filas otomanas. Junto con su alto mando, tomó una decisión que, a la postre, sólo le reportaría la condena y el oprobio por parte del mundo civilizado: Napoleón Bonaparte ordenó que se fusilara a los cuatro mil prisioneros turcos capturados en Jaffa.

Muchos siglos antes, otro europeo se había encontrado con una situación parecida, casi en el mismo lugar, y la había solucionado de igual forma. Su nombre era Ricardo, aunque sus hombres le conocían como Corazón de León. Tras tomar Acre durante la Tercera Cruzada, unos tres mil soldados musulmanes habían caído prisioneros de los cruzados. Ricardo trató de intercambiar a estos prisioneros por la reliquia sagrada de la Vera Cruz, pero Saladino sabía muy bien el brete que le suponía a los cruzados mantener tal número de prisioneros, así que esperó. Desesperado por el transcurrir del tiempo y por los capotazos diplomáticos de su enemigo, Ricardo tomó la drástica decisión de ejecutar a los prisioneros. Este hecho tuvo dos efectos inmediatos: la repulsa por parte de propios y ajenos -sobre todo de los ajenos-, y que a partir de ese momento sus enemigos resistirían hasta la muerte en lugar de rendirse, ya que no podían esperar clemencia por parte de los cruzados. Saladino, a pesar de perder aquellos tres mil hombres, se salió con la suya, y Ricardo se volvió a Europa sin llegar a ver siquiera las murallas de Jerusalén.

Y Napoleón, por lo visto, no aprendió de las lecciones de la Historia, por lo menos en esta ocasión. Tras fusilar a aquellos cuatro mil prisioneros, los ingleses se encargaron con mucho gusto de difundir la atrocidad cometida por el mundo entero, comparando a Bonaparte con un sanguinario ogro y contribuyendo así a la leyenda negra de Napoleón, que iba a perdurar durante muchos años. Desde entonces, Napoleón Bonaparte sería conocido como “Bony el Ogro” por sus enemigos. No se si entonces obviarían la lógica comparación con las andanzas del legendario e idolatrado monarca inglés por aquellos mismos lares, pero supongo que sí.

Napoleón visita a los enfermos de peste en Jaffa.De forma más inmediata, el general Bonaparte pudo comprobar los perniciosos efectos de su bárbaro crimen. Cuando puso bajo asedio a la ciudad costera de Acre (la misma donde Ricardo Corazón de León cometió su matanza durante las cruzadas), los turcos la defendieron con una tenacidad inquebrantable. Nadie quería verse prisionero de aquellos sanguinarios franceses. Tras un asedio de varias semanas e incesantes combates -incluyendo alguna importante victoria francesa como la del Monte Tabor-, Napoleón hubo de renunciar a tomar la ciudad fortficada de Acre y regresó a Egipto, donde le esperaba la Peste Negra y un ejército turco recién trasladado por los ingleses en sus barcos y desembarcado en Abukir.

No existe justificación para la atrocidad cometida por Napoleón Bonaparte en Jaffa. Es muy dudoso que esta matanza hubiera sido perpetrada  si los prisioneros hubieran sido europeos occidentales en lugar de turcos. En muchas ocasiones, antes y después de Jaffa, los ejércitos de Napoleón capturaron centenares, millares de enemigos en diferentes batallas, pero no existe constancia de un hecho similar a éste en todas las guerras napoleónicas, el más oscuro y vergonzoso de la vida del gran conquistador corso.

Para saber más:

Napoleón (III): El puente de Arcole

La tablazón de cubierta de la fragata Muiron crujía al tiempo que la nave cabeceaba sobre el suave oleaje. El viaje estaba siendo plácido y sin contratiempos, a pesar de estar finalizando el verano de 1799 y ser aquella una época del año propicia para las tormentas, y a pesar de que la flota británica se había enseñoreado de las aguas del Mediterráneo, haciendo peligrosa la travesía para un buque de guerra francés como la Muiron.

En cubierta, el general Bonaparte miraba al pensativo al horizonte mientras daba cortos paseos por el alcázar. Todas sus miradas se dirigían hacia la proa del barco, hacia su destino inminente. Superado el bloqueo naval inglés en las costas egipcias, la nave enfilaba ahora el rumbo norte para dirigirse hacia Francia. Por suerte, la Muiron se había salvado del desastre de Abukir, donde el maldito Nelson había destrozado a los barcos franceses uno a uno, hasta dejar al victorioso ejército francés varado en Oriente y sin posibilidad de recibir refuerzos o suministros. Había algo de justicia poética en que la Muiron estuviese allí para rescatar a Napoléón y devolverlo a Francia. De haberse quedado en Egipto, es probable que el afamado general Bonaparte hubiera pasado unos cuantos años encerrado en una prisión inglesa, y su brillante carrera habría terminado en aquel nido de chinches.

Muiron… Napoleón no podía dejar de recordar con afecto a su antiguo ayudante de campo Jean-Baptiste Muiron, ni las grandes gestas que entre los dos protagonizaron cuando aún se sentían jóvenes y los horrores de las guerras no habían hecho mella en sus conciencias. Le había conocido en el sitio de Tolón, cuando ambos buscaban con desesperación la gloria y la fama en la batalla, aun a riesgo de sus propias vidas. Desde entonces siempre habían estado juntos. Juntos aplastaron la revuelta de los realistas en París, y juntos marcharon hacia Italia a llevar la guerra a los austríacos en su propio terreno.

Durante todo aquel año de 1796, el mismo ejército francés que Napoleón encontró en Niza desarmado, desanimado y hambriento avanzó como una apisonadora sobre el Piamonte y Lombardía, poniendo en fuga a unos sorprendidos austríacos poco acostumbrados a las novedosas y agresivas tácticas del joven general Bonaparte. Napoleón había ofrecido a sus hombres la única paga que podía darles: el botín de las victorias; pero para eso primero había que ganar batallas y conquistar ciudades. A medida que avanzaba la campaña italiana, los hombres del ejército francés recuperaban el ánimo y aumentaba en ellos la confianza en su nuevo mando, pero a pesar de todo, Napoleón no dejaba de ser para ellos un advenedizo, un joven general distinguido en combate pero que aún tenía que demostrar que era digno de los hombres a los que comandaba.

Y fue avanzando el año, y fueron cayendo una a una las ciudades italianas: Genova, Montenotte, Dego, Piacenza, Milán, Mantua… Abandonadas el Piamonte y Lombardía, los austríacos trataban de hacerse fuertes en la región del Veneto, aprovechando los accidentes del terreno para tratar de parar al ejército de Napoleón. Así fue como el 15 de noviembre de 1796 se los encontró atrincherados en la orilla oriental del río Alpone, donde gran cantidad de infantería y artillería austriaca defendía un puente de madera que conducía a la cercana ciudad de Arcole.

Nadie sabrá nunca porqué una persona tan calculadora como Napoleón Bonaparte hizo lo que hizo aquel día en el puente de Arcole. Puede que estuviera desesperado por no recibir desde hacía días ninguna carta de su amada esposa Josephine. Puede que -las noticias vuelan- se hubiera enterado de los trajines que ésta se traía en París con un jovencísimo teniente de húsares. Puede que simplemente le picaran los pies por culpa de las botas. Lo que sí es cierto es que hay personas que han nacido para triunfar, incluso en la más arriesgada y trágica de las derrotas, y Napoleón fue siempre el mejor ejemplo de este tipo de personas. Aquel día, en aquel puente, lo iba a demostrar.

Agazapado entre la maleza, Napoleón no era ajeno a la inquietud que crecía entre sus filas. Las negras bocas de aquellos cañones austriacos tan cercanos no podían dejar indiferente a nadie, por no hablar de los cientos de fusileros dispuestos a dejar como un colador a cualquiera que se atreviera a cruzar el puente. Había que tomar una decisión, correcta o equivocada, porque nunca ha habido nada peor que un mando indeciso. Napoleón cogió la bandera tricolor del regimiento de granaderos que le acompañaba, y gritando con todas sus fuerzas -¡A la caaaargaaaa!- echó a correr como un salvaje hacia el puente.

Tan horrorizado como enardecido, Jean-Baptiste Muiron corrió detrás de su general, mientras el resto de la sorprendida tropa avanzaba hacia el puente detrás de ellos. Al otro lado del río, los austríacos empezaron a organizarse en líneas de tiradores para batir al enemigo. Cuando el general Bonaparte había llegado a la mitad del puente empezaron las descargas de fusilería austríacas. Cientos de balas de mosquete zumbaban alrededor de Napoleón, Muiron y los granaderos que cargaban. Muchos eran alcanzados, y algunos caían desde el puente a las frías aguas del río Alpone. A pesar de todo, los hombres siguieron intentando tomar la orilla opuesta del río, envalentonados por el absoluto desprecio hacia su propia vida del que hacía gala su general, que seguía ondeando la bandera tricolor y animando a la carga con sus gritos. Junto a él, con el sable en la mano, estaba su fiel Muiron, dispuesto a acompañar a Bonaparte al mismísimo infierno, si allí era donde quería dirigirse.

Napoleón en el puente de Arcole, por Horace Vernet.

Tras las primeras descargas hubo una breve tregua en la que los disparos dejaron de ser tan intensos. La plataforma de madera del puente estaba roja y resbaladiza por la sangre y cubierta de cadáveres y heridos. Los tiradores de élite austríacos, con orden de fuego a discreción, disparaban con mortal precisión sobre el enemigo, abatiendo a muchos de los que aún cargaban con intención de cruzar el puente. Muiron vio cómo uno de ellos apuntaba hacia el general Bonaparte y no se lo pensó dos veces: dando un salto, se interpuso entre la bala y su general, parándola con el corazón.

Napoleón se dio cuenta de que haría falta algo más que coraje para atravesar aquellas defensas, y arrastrando él mismo el cuerpo inerte de Muiron, ordenó la retirada de sus hombres hacia la seguridad de la maleza.

-Juro que algún día arrasaré Viena por esto- Se dijo a sí mismo Bonaparte. Varios hombres se hicieron cargo del cadáver de Muiron, mientras el general se irguió por última vez desafiante sobre el puente de Arcole. Algunas balas austríacas seguían buscando carne que herir, y de cuando en cuando, un estruendoso cañonazo amenazaba con destrozar el puente, levantando astillas del suelo. Finalmente se dio la vuelta y regresó a la orilla occidental caminando con altivez, sin importarle que una de aquellas balas pudiera acabar con él por la espalda.

Pero aquel día ninguna bala y ninguna astilla hirió al general Napoleón Bonaparte. Cuando llegó al campamento francés de lo único que podía quejarse era de cansancio y de su lustroso uniforme manchado de sangre amiga. Sus hombres, por contra, no tenían motivo alguna de queja respecto a su general. Todos reconocían que se había batido con un valor ilimitado, como un pequeño cabo enardecido por el combate. La voz corrió como la pólvora por todos los ejércitos franceses y por toda Francia: El general Bonaparte, además de ser un estratega competente y el conquistador de Italia, era un héroe, y un hermano de sangre con sus hombres. Nunca una derrota fue tan provechosa para un general derrotado como aquella del 15 de noviembre de 1796 sobre las tablas del puente de Arcole.

Al bueno de Muiron le aguardaban dos metros cuadrados de tierra italiana y el agradecimiento del general Bonaparte, que bautizó una fragata con su nombre en recuerdo de su leal ayudante de campo. A Napoleón, por su parte, le aguardaban años de aventuras, docenas de victoriosas batallas y la gloria eterna de los grandes conquistadores.

Para saber más:

Napoleón (II): Realistas en París

Parece que el tiempo no ha pasado por la fachada de la iglesia de San Roque de París. La vida por la calle Saint Honoré transcurre con las prisas propias de la capital francesa. Todo lo demás ha cambiado: la calzada, los edificios adyacentes, el tránsito de vehículos, las ropas de la gente… Sólo la iglesia permanece como testigo mudo de unos acontecimientos que en 1795 estuvieron a punto de acabar con la Revolución Francesa y su gobierno.

En septiembre de 1795 se promulgó una nueva constitución para francia -la tercera, después de las de 1791 y 1793- con la esperanza de acabar con los horrores provocados por los revolucionarios extremistas jacobinos y su reinado del terror. Se suprimió el sufragio universal, favoreciendo con ello la formación de una Convención más derechista y moderada. En el sur de Francia, la Convención había expulsado por fin a ingleses y españoles, aplastando la rebelión tolonesa con la ayuda inestimable de un joven oficial muy prometedor: Napoleón Bonaparte. Podría parecer que con esto se conjuraba uno de los mayores peligros para la Francia revolucionaria, pero no era así. A la República aún le quedaba por superar su mayor desafío en las mismas calles de París.

Napoleón había regresado a París con el rango de general de brigada -cuando había salido de allí sólo un año antes como un simple capitán-, aunque estuvo a punto de caer en desgracia durante la depuración que la Convención hizo de todos los elementos jacobinos. Incluso estuvo preso durante dos semanas, mientras el nuevo gobierno decidía qué hacer con él. Posiblemente su valerosa actuación en Tolón y el hecho de que la República necesitaba héroes del pueblo habían hecho más para salvarle que ninguno de los argumentos que el joven Napoleón pudiera esgrimir en su defensa. En realidad, Napoleón sí era simpatizante de los jacobinos, pero lo era aún más del orden social.

Así que, a mediados de 1795, Napoleón volvía a languidecer en la capital francesa a la espera de un destino militar que le permitiera demostrar sus magníficas dotes de táctico y estratega. Mientras tanto, una conspiración en la sombra se fraguaba contra la República: Miles de partidarios de la monarquía y de damnificados por los excesos revolucionarios se escondían en París, esperando el momento propicio para derrocar al gobierno. Durante todo el año, la República se había estado enfrentado a las sublevaciones realistas en diferentes puntos de la geografía francesa, desbaratando incluso un intento de desembarco de emigrados armados en el noroeste, cerca de Normandía.

Y por fin, a principios de octubre de 1795, en el mes de vendimiario del año III según el calendario revolucionario, el conde de Artois -que años más tarde reinaría en francia con el nombre de Carlos X- desembarcó en las costas de la levantisca y pro-realista región de la Vendée con una pequeña fuerza de exiliados e ingleses. La figura del conde de Artois era suficiente para justificar que existía un gobierno provisional realista en Francia, así que se dio la consigna para que los realistas apostados en París se levantaran y trataran de derribar a la Convención. Entre ellos se encontraba todo un cuerpo de la Guardia Nacional Francesa, un cuerpo creado para mantener el orden revolucionario y que ahora estaba bajo control de los realistas. En total, unos 30.000 enemigos armados se concentraban a sólo unos cientos de metros del palacio de Las Tullerías, sede del gobierno republicano.

Por su parte, la Convención se encerró en sus salas de reuniones con el compromiso de no abandonarlas hasta que la crisis hubiera sido solventada, y ordenó que se formaran tres batallones de patriotas, con lo que pudo reunir a unos 5.000 hombres bajo el mando del general Menou. En aquellas circunstancias, conservar la capital iba a convertirse en una tarea casi imposible, ya que el enemigo superaba ampliamente en número a los republicanos. Para colmo, Menou se dejó atrás los 40 cañones de que disponía para no verse impedido en sus movimientos y adelantarse a los realistas. Hasta la llegada de Napoleón, los altos mandos militares nunca habían considerado a la artillería como un arma decisiva en la guerra, pero eso iba a cambiar muy pronto.

En la noche entre el 12 y el 13 de vendimiario (5 de octubre de 1795) las calles de París se iban a convertir en un campo de batalla. Menou trató de apaciguar a los realistas, cosa que estos tomaron como un signo de debilidad. El resultado fue que los realistas indecisos se envalentonaron, y al final Menou se vio obligado a efectuar una carga de caballería para despejar la calle de Faubourg-Montmartre. La Convención, convencida de que Menou no podría lidiar con los realistas, transfirió el mando a Barras. Éste por su parte se dio cuenta rápidamente de que la persona más indicada para dirigir la defensa de la Convención era un joven general que había acudido a las cercanías del palacio al estallar la revuelta para interesarse por la situación: Napoleón Bonaparte.

Bombardeo de la iglesias de San Roque el 13 de vendimiario.Napoleón, una vez recibido el mando, ordenó a Murat llevar los cañones “olvidados” por Menou desde los cuarteles de Les Sablons hasta las inmediaciones de Las Tullerías, y los colocó estratégicamente para proteger el perímetro que estaba encargado de defender de los inminentes ataques realistas. Cuando el enemigo empezó a cargar en oleadas cada vez mayores sobre la Convención se encontró con una muralla infranqueable de fusilería, artillería y caballería combinadas. Napoleón dirigió a las tropas para conseguir lo nunca visto en un combate urbano. Durante varias horas rechazó los ataques de los insurrectos, al tiempo que conseguía embolsar a cientos de realistas entre las angostas calles del centro parisino. Uno de los lugares donde el combate fue más encarnizado estaba delante de la iglesia de San Roque, en la calle Saint Honoré, muy cerca del palacio de Las Tullerías. Allí fueron embolsados cientos de realistas y cañoneados sin miramientos. Para este menester se habían cargado los cañones con metralla, mucho más efectivas contra grupos de personas que las bolas de hierro.

Esta metralla tuvo un efecto devastador sobre los sublevados. A la mañana siguiente, cientos de cadáveres sembraban las calles de París, mientras los realistas supervivientes eran apresados o buscaban desesperadamente un agujero profundo donde esconderse. La disciplina militar, combinada con el talento táctico del joven general Napoleón, habían salvado a la República Francesa de uno de sus más arriesgados trances. El conde de Artois se retiró de las costas francesas el mes siguiente, dada la imposiblidad de hacerse con el poder por las armas ante una República fortalecida por los sucesos de París.

Napoleón, aclamado como un héroe nacional, fue rápidamente ascendido a General de División, mientras su promotor Barrás se alzaba al poder en el nuevo gobierno encargado de mantener el orden en Francia: el Directorio. Ahora Napoleón era realmente famoso, y no podía contar con mejor padrino para satisfacer sus ambiciones militares.

Este pasaje está plasmado de una forma brillante en la miniserie Napoleón, protagonizada por Cristian Clavier en el papel de Napoleón. Una de mis series históricas favoritas que recomiendo a los lectores. Aquí os dejo el video de la lucha contra los realistas en París, tomado de esta serie:

Napoleón (I): Tolón

Con esta entrada doy comienzo a un ciclo sobre la figura histórica más trascendental del siglo XIX. Napoleón ha sido uno de los personajes más influyentes de la Historia humana, y de no haber existido, es dudoso que los logros de la Revolución Francesa hubieran podido traspasar las fronteras de Francia para extenderse al resto de Europa; posiblemente, la Edad Contemporánea hubiera sido muy distinta sin él.

Sobre Napoleón se han vertido verdaderos ríos de tinta y extensísimas tesis y ensayos donde reputados autores interpretan casi cada pasaje de su vida, sus intenciones y sus sentimientos. Para unos fue el legendario libertador de Europa; para otros, un asesino que llevó a Europa a la ruina. Posiblemente tuviera algo de ambas cosas, pero de lo que no cabe duda es de que todo lo logró por méritos propios, aprovechando al máximo sus capacidades, su inteligencia y su visión política y estratégica.

Pero como casi todo el mundo, Napoleón tuvo sus humildes principios. Corso de nacimiento, de origenes independentistas y antifranceses, su padre -que por lo visto era seguidor de aquello de “si no puedes con tu enemigo, únete a él”- le envió en 1779, con sólo 10 años, a la escuela militar del pequeño pueblo de Brienne-le-Château, en el norte de Francia. Allí las pasó canutas, porque además de ser prácticamente un extranjero, también era rechazado por sus compañeros debido a su carácter introvertido. Gracias a su extraordinaria inteligencia y a su tesón en el estudio, se graduó cinco años después con buenas calificaciones, lo que le permitió matricularse en la Escuela Militar de París. En 1785, a los dieciséis años, Napoleón ya era un prometedor segundo teniente de artillería.

La especialidad de Napoleón era el cálculo matemático, la resolución de ecuaciones y la geografía, el conocimiento exhaustivo del terreno. Esto le daba una evidente ventaja en su puesto como artillero. En 1789, pocos años después de graduarse, estallaba la Revolución Francesa, y con ella una serie de interminables conflictos armados donde las alianzas entre naciones europeas se formaban y se rompían de un año para otro. El futuro de Napoleón no se decidiría entre oficinas y cortesanos, sino en los campos de batalla.

La España de aquella época  era uno de esos países que se debatían entre los tratados de amistad con Francia y las guerras territoriales contra el país galo. Cuando los republicanos franceses de la Convención guillotinaron a Luis XVI a principios de 1793, las monarquías europeas declararon la guerra a Francia conjuntamente en lo que la historiografía llama la “Primera Coalición“. Declarado el estado de guerra, España invadió la región del Rosellón, con intención de anexionarse este territorio que un siglo antes había pertenecido a España. Mientras tanto, los mandos de la flota francesa amarrada en el puerto de Tolón se rebelaron contra la República francesa y enarbolaron la bandera borbónica, proclamando rey de Francia a Luis XVII.

Esto se convirtió en un problema de primer orden para la República ya que, con el Rosellón invadido por España y el puerto de Tolón tomado por los realistas, Francia podía perder su salida al Mediterráneo, gran parte de su flota e incluso la legitimidad como gobierno, al haberse instaurado un gobierno alternativo por parte de los rebeldes. Con la Revolución puesta en jaque, la Convención tuvo que apostar el resto, y enviar a un gran cuerpo de ejército hasta Tolón para reconquistar la ciudad. Otras ciudades, como Marsella o Nimes, también se rebelaron contra la Convención, pero estas rebeliones fueron rápidamente aplastadas, y las ciudades rebeldes fueron sometidas a una terrible represión por parte de los republicanos.

Los sublevados de Tolón se dieron cuenta de que no podrían resistir por sí solos el avance de la Convención sobre ellos, y pidieron ayuda a los países aliados en guerra contra Francia, principalmente a España e Inglaterra. Ambos países enviaron a sus flotas para apoyar a los toloneses. En agosto de 1794, el puerto de Tolón ofrecía un espectáculo incomparable: Las naves inglesas y españolas, algunas de las cuales se batirían hasta la muerte once años más tarde en Trafalgar, permanecían fondeadas juntas, luchando por una causa común. Allí estaban el almirante Lángara, Gravina, Escaño…, los navíos San Hermegildo, San Leandro, San Rafael, San Juan Nepomuceno y muchos otros, junto a las naves del almirante Samuel Hood, bajo cuyo mando se encontraba, entre otros muchos buques, el Agamenón, comandado por un tal Horatio Nelson.

El joven capitán Napoleón Bonaparte vio clara la situación en cuanto llegó con el ejército revolucionario a las inmediaciones de Tolón. El objetivo principal debía consistir en cortar los suministros del enemigo por mar, y para ello debían tomar alguna de las alturas que dominaban la ciudad y el puerto. Por desgracia, sus mandos no eran tan decididos como él, y no compartían su visión de un ataque veloz y decisivo. Por este motivo fracasaron los planes iniciales de hacerse con alguno de los fuertes elevados. Al final, Napoleón consiguió consquistar una de esas colinas, y desde ella empezó a bombardear la ciudad.

A pesar de los intentos de los aliados por recuperar aquella colina, los republicanos consiguieron conservar la posición y, más adelante, Napoleón concibió un plan para tomar la principal de las fortificaciones elevadas aliadas. Tras un enfurecido combate nocturno, los republicanos consiguieron tomar el fuerte, con lo que el bombardeo sobre Tolón se recrudeció y los aliados dieron finalmente por perdida la ciudad.

Napoleón llegó a Tolón como capitán, pero su valor y determinación en el combate le hicieron salir de allí como brigadier general (o general de brigada), después de ser ascendido en tres ocasiones. Fue un espectacular ascenso que iba a abrirle numerosas puertas poco más adelante, tanto en su carrera militar como en su carrera amorosa, ya que su nuevo rango militar también le abriría las puertas de la casa de Josefina de Beauharnais, una mujer muy influyente en la vida social y política parisina con quien compartiría los años más trepidantes de su vida.

Para saber más:

Lugares con Historia (IV): El extraño periplo de los caballos de San Marcos

Sobre el frontispicio de la basílica de San Marcos de Venecia, los millones de turistas que cada año acuden a contemplar las maravillas de la ciudad de los canales pueden observar las figuras en bronce de cuatro espléndidos caballos, que conjuntan a la perfección con el gótico florido de inspiración bizantina del edificio.

Pero tal vez aquellos que no acudan acompañados de un guía turístico con ganas de contar historias serán ajenos a la odisea que estas estatuas han tenido que soportar antes de llegar a su emplazamiento definitivo.

Para empezar, hay que aclarar que los caballos de la portada de la basílica no son los originales, sino unas réplicas creadas para poder preservar las verdaderas esculturas de las inclemencias del tiempo. Las auténticas estatuas se encuentran a buen recaudo dentro del edificio, donde pueden ser admirados de cerca por los visitantes.

Sin embargo, estos caballos no siempre estuvieron allí; no pertenecen al estilo gótico en el que está construida la basílica, y ni siquiera son de fabricación veneciana. En realidad, son mucho más antiguos que la “joven” ciudad de Venecia, y casi tanto como la civilización romana. Se calcula que fueron creados en Grecia entre los siglos IV y III a.C. Podrían de hecho ser contemporáneos del mismo Alejandro Magno, y quién sabe cuántos personajes históricos habrán posado sus miradas sobre ellos.

De uno de estos personajes sí podemos estar seguros de que se fijó en estos caballos de bronce: Constantino I el Grande, quien a principios del siglo IV d.C. cambió su capital imperial desde Roma a la nueva Constantinopla, surgida de la antigua Bizancio griega. Constantino quiso embellecer su nueva capital decorándola con todo tipo de estatuas, columnas, mosaicos, obeliscos… Para ello saqueó literalmente todas las ciudades de los alrededores, incluyendo las antiguas polis griegas. Entre el botín de este saqueo se encontraban estas magníficas estatuas ecuestres, que fueron a parar al impresionante Hipódromo de Constantinopla, donde el pueblo constantinopolitano tenía costumbre de perder el buen tino animando y apostando por sus aurigas favoritos.

Allí quedaron aquellos espectaculares caballos de bronce dorado, dando lustre a uno de los edificios públicos más utilizados por el pueblo bizantino. Allí estaban cuando estalló el 13 de enero del año 532 la Revuelta Niká que casi cuesta el trono y la cabeza al emperador Justiniano I, y que fue reprimida con la mayor dureza por el incipiente general Belisario. Bajo los cascos de estos caballos de bronce quedaron no menos de 30.000 rebeldes muertos, tras haber sido acorralados en el hipódromo por las fuerzas de Belisario. De aquellos difíciles momentos surgió la famosa frase de la emperatriz Teodora: “El trono es un digno sudario”; frase con la que dejó claro a su esposo que no tenía intención de huir del palacio imperial.

Tras aquellos desagradables sucesos, la vida del Imperio Bizantino continuó con sus vaivenes políticos y militares, y los caballos siguieron adornando el hipódromo, que a pesar de los macabros acontecimientos de 532 siguió atrayendo a las multitudes como centro de ocio. Transcurrieron varios siglos, y casi recien estrenado el segundo milenio, empezaron a afluir los caballeros cruzados a tierras bizantinas para liberar Tierra Santa de las manos musulmanas. Precavidos, los emperadores no consintieron que estos “caballeros” entraran en la ciudad imperial, franqueándoles el paso por el Bósforo tan pronto como les fue posible con la esperanza de perderlos de vista cuanto antes.

Sin embargo, en 1204 iba a suceder un acontecimiento totalmente imprevisto para Constantinopla. Tras la Primera Cruzada en 1099, que consiguió establecer el reino cristiano de Jerusalén; la Segunda Cruzada en 1149, que se saldó con un estrepitoso fracaso; la pérdida de Jerusalén en 1187 a manos de Saladino y la épica aunque infructuosa Tercera Cruzada llevada a cabo por Ricardo Corazón de León unos años más tarde, en Europa los ánimos y los extremismos religiosos estaban más que exaltados. Bajo los auspicios del Papa Inocencio III, un poderoso ejército de franceses, alemanes y venecianos se hicieron a la mar con el objetivo de alcanzar Tierra Santa y arrebatársela a los sarracenos.

Pero entre los participantes de esta Cuarta Cruzada había algunos que codiciaban un premio mucho mayor que los desérticos paisajes israelitas. Los venecianos, en concreto, estaban bastante molestos con el Imperio Bizantino, que hacía poco tiempo que les había arrebatado sus privilegios comerciales e incautado buena parte de sus bienes. Además, el príncipe Alejo, pretendiente al trono de Constantinopla, se hallaba del bando cruzado con la esperanza de deponer a su tío Alejo III a cambio de repartir prebendas y fuertes sumas de dinero entre los cruzados si le ayudaban en su lucha dinástica.

Constantinopla saqueada por los cruzados en 1204Así que los barcos que deberían haber liberado Tierra Santa terminaron desembarcando al ejército cruzado primero en los Balcanes y luego cerca de Constantinopla. Fue el primer ejército que consiguió romper las imponentes defensas amuralladas de la ciudad y tomarla al asalto. Cuando el nuevo emperador Alejo se negó a cumplir con las exigencias cruzadas, los caballeros cristianos saquearon la ciudad, arrasando con todo lo que pudiera haber de valor en ella. Al final, la Cuarta Cruzada supuso la práctica destrucción del Imperio Bizantino, única barrera que existía entre los poderosos ejércitos del Islam y el atrasado occidente europeo. Constantinopla jamás se repondría del todo de este saqueo, precipitando el declive de toda la región y viéndose abocada a perecer bajo el poder de los turcos.

Los caballos del hipódromo fueron robados por los venecianos, y terminaron decorando la fachada principal de la basílica de San Marcos, donde permanecieron un buen montón de siglos, hasta el año 1797. Aquel año, el joven general francés Napoleón Bonaparte entró en Venecia, “liberándola” del dominio austriaco en su primera campaña importante en el extranjero como general. Entre todas las riquezas saqueadas por los franceses de la ciudad de los canales, una de las más valiosas eran los caballos de bronce dorado de la basílica de San Marcos.

Arco de Triunfo del CarruselNapoleón hizo trasladar las esculturas hasta París, donde fueron colocadas sobre el Arco de Triunfo del Carrusel, un monumento militar dedicado a los triunfos de las armas francesas que Napoleón hizo construir en 1806, siendo ya emperador de Francia. Allí permanecieron hasta 1815, cuando a la caída de Napoleón, las esculturas fueron devueltas a Venecia. Hoy el Arco del Carrusel, como puede apreciarse en la imagen, luce también una réplica de los venerables caballos de bronce.

Así que como han podido comprobar, el periplo efectuado por estas esculturas ecuestres de bronce no puede ser más curiosa ni estar más ligada a la historia europea de los últimos mil setecientos años.

Hoy es… 18 de Brumario

Muy al hilo de las entradas de los días anteriores, hoy se conmemora la efeméride de un hecho trascendental para la Historia de Europa. El 9 de noviembre de 1799, 18 de Brumario del año VII según el calendario republicano francés, Napoleón Bonaparte daba un golpe de estado y se hacía con el poder en Francia.

Hasta entonces Francia había sufrido diez terribles años de inestabilidades políticas y sociales. A aquellos diez años se les conoce como la Revolución Francesa. Lejos quedaba ya el episodio del guillotinamiento de Luis XVI en 1793 a manos de los girondinos, o el Terror impuesto por Robespierre y sus jacobinos. Incluso parecían ya olvidados el golpe de Termidor y el consiguiente Terror Blanco que terminó con los jacobinos, dándoles de su propia medicina.

Durante todo este periodo, una Francia acosada en el exterior por sus enemigos, y agobiada en el interior por la carestía y los conflictos políticos trataba de alcanzar una estabilidad política que le permitiera afrontar sus problemas, pero sólo conseguía alzar al poder a diferentes líderes más o menos exaltados que convirtieron a la Revolución en un baño de sangre. En 1795, parecía que el nuevo Directorio, más moderado, podría finalmente imponer el orden social, pero no fue así.

El primer gran problema con el que se enfrentó el nuevo Directorio fue la marcha de realistas sobre París. Los partidario de la monarquía borbónica pretendían llegar hasta la sede de la Convención en el palacio de las Tullerías, pero se encontraron por el camino con el joven general Napoleón Bonaparte, que reprimió esta protesta con fusiles y artillería, provocando una masacre. Después de este gran éxito, el Directorio concedió a Napoleón el mando sobre el ejército de Italia.

Napoleón no sólo alcanzó grandes conquistas en Italia, sino que se labró una fama de General competente y el cariño de sus soldados. Expulsó a Austria del norte de Italia y sometió a los Estados Papales, llegando a firmar un importante tratado de paz en Campo Formio muy ventajoso para Francia y que supuso el final de la Primera Coalición de potencias europeas creada para aplastar a la Francia revolucionaria.

Tras su éxito en Italia, Napoleón se embarcó en una ambiciosa expedición que cortara las comunicaciones inglesas con sus colonias de Asia, y para ello invadió Egipto, tomando Alejandría y El Cairo e incluso adentrándose en Oriente Medio. La expedición, que en términos militares fue un fracaso y supuso la pérdida de todo un ejército, resultó en un éxito científico sin precedentes que Bonaparte supo rentabilizar políticamente para vender todo aquel fiasco como una gran hazaña. Lo cierto es que, perseguido por la flota inglesa, Napoleón abandonó a su ejército en El Cairo y regresó a Francia casi podría decirse que a hurtadillas. Corría el año de 1799, séptimo año del calendario revolucionario.

Para entonces, el Directorio se encontraba impotente para solucionar los problemas del país. De hecho, el mismo Directorio había llegado a convertirse en parte de los problemas del país. Dirigido por personajes corruptos e incompetentes, el gobierno francés se hallaba de nuevo ante una coalición de países europeos que pretendía derribar a la República. El pueblo ya no apoyaba a sus gobernantes, y Napoleón vio la oportunidad perfecta cuando dos de los directores, Emmanuel Sieyès y Roger Ducos le propusieron derrocar al Directorio, secuestrar al Consejo de Ancianos y alzarse ellos mismos al poder.

Lo que no vieron estas preclaras mentes políticas era la ambición desmedida que crecía dentro del pequeño cuerpo de Napoleón Bonaparte. Napoleón sabía perfectamente que contaba con el apoyo del ejército, y que el pueblo estaría deseando contar con un líder que garantizara la paz social y la seguridad de las fronteras del país. En comparación, Sieyès y Ducos no eran nada. Cuando finalmente se materializó el golpe de estado, el 9 de noviembre de 1799, los tres ideólogos del golpe fueron proclamados Cónsules de la República por la secuestrada cámara legislativa, pero gobernarían por orden alfabético. El primero de la lista era, evidentemente, Napoleón Bonaparte.

Sieyès y Ducos nunca llegaron a ejercer como cónsules. Napoleón tomó las riendas del estado francés y durante los siguientes cinco años efectuó las más importantes reformas realizadas hasta entonces en la República; las reformas que de verdad iban a articular un estado moderno. Suyos son el Código Civil (conocido aún hoy como Código Napoleónico), el Código de Comercio, la creación del Banco de Francia, la Educación Superior, etcétera.

Pero tan importante como estas reformas, o incluso más, fue el hecho de que Napoleón Bonaparte se hizo aquel 9 de noviembre con el gobierno del país más poderoso de Europa, y que a pesar de los esfuerzos del resto de las potencias europeas, cinco años más tarde se convertiría en Emperador del Primer Imperio Francés, cuyo poderío político dominaría el continente durante diez años de interminables guerras.

(Imágenes: Wikimedia Commons)