Privilegiado

Sí, querido lector: al parecer, está usted leyendo a un privilegiado de la sociedad. Y le voy a explicar el porqué.

Resulta que ayer mismo alguien me dijo que era un privilegiado por tener trabajo. Me lo dijo sin acritud, desde la perspectiva de quien ya lleva un año en el paro y ve cómo el futuro de su familia se vuelve cada día más incierto. No se lo reprocho, pero me va a tener que permitir que disienta profundamente de esa concepción de la sociedad donde un simple trabajador es un privilegiado.

Tengo un puesto de trabajo muy digno, con un salario suficiente para vivir y un horario que me permite disfrutar de unas horas de tiempo libre cada día. Incluso me puedo permitir elegir las fechas de mis vacaciones o de mis días libres, hasta cierto punto. Llevo más de veinte años trabajando en la misma empresa y no tengo motivo de queja, más allá de detalles de poca importancia. Sin embargo, puedo decir que mi coche es más pequeño, más barato y más viejo que el de la persona que me llamó privilegiado, y que al contrario que ella, yo no tengo pisito en la playa para pasar los fines de semana. Así pues, y aunque vivo una vida digna, no es que me sobre para muchos lujos.

No soy un privilegiado. Decir eso es hacerle el juego a quienes mantienen al país en un permanente equilibrio inestable al borde del abismo económico, con una tasa de paro insostenible donde uno de cada cuatro trabajadores se encuentra sin empleo, y donde los otros tres, bien trabajan en condiciones muy precarias, bien esquivan cada día la espada de Damocles de la temida carta de despido (o SMS de despido, que hasta a eso se ha llegado ya).

Son los individuos que ostentan el poder (un poder que, resignémonos, todos les hemos entregado en bandeja de una u otra forma) los que, consciente y premeditadamente han conducido al país a esta situación, y todo con un objetivo claro: destruir el Estado del bienestar, los servicios públicos y los derechos laborales que tanta sangre obrera ha costado a lo largo del último siglo.

Hay que resignarse a contemplar cómo han tenido éxito en este desempeño: cómo han conseguido demonizar a los sindicatos hasta que los mismos trabajadores huyan de ellos; cómo no dudan en revocar leyes para favorecer la implantación de condiciones laborales aún más precarias que sólo favorecen a los grandes empresarios, mientras hunden al pequeño comercio, que no puede competir ni en precios ni en horarios ni en impuestos con estos tiburones de las grandes superficies; cómo lo que un día fue de propiedad pública acaba en manos de sus amigos a precio de saldo, arruinando la calidad de los servicios necesarios para la ciudadanía como los transportes, la sanidad o la educación en aras del desmesurado lucro de la oligarquía que acapara estos servicios. Un lucro que, por cierto, pagamos con el dinero de nuestros impuestos.

Mientras tanto, una cada vez mayor bolsa de población que ya alcanza a tocar la miseria con los dedos nos recuerda a los trabajadores que somos unos privilegiados por poder llevar un salario digno a casa. En estas condiciones, ¿quién se pone a reivindicar o ni siquiera a defender sus derechos laborales? En las últimas movilizaciones y huelgas he llegado a escuchar a personas desempleadas criticando a aquellos que luchan por sus derechos con el argumento de que bastante tienen con poder ir a trabajar, sin pararse a pensar en qué condiciones están los trabajadores que protestan. Ahora son ellos, los desposeídos de empleo, la mejor defensa del empresario y del gobierno; son ellos los que han puesto el listón de la lucha de clases por debajo de la  clase obrera, metiendo a los trabajadores en el mismo saco de empresarios, políticos, sindicalistas y banqueros, “privilegiados” sin autoridad moral para defender lo que creemos que nos corresponde. Sin embargo ellos, sin cabeza, sin objetivos definidos, sin líderes, sin más ideología que la indignación, pretenden ser la punta de lanza de la revolución por venir en el siglo XXI.

Pues me parece a mí que no.

Sus canallescas señorías

Muchas veces he dicho que este blog no es un blog de política, pero hoy, como en todas esas ocasiones en las que he empezado diciendo eso mismo, voy a hablar de política.

Y no me mueve a ello la conciencia ciudadana (que la tengo, bien guardadita, a resguardo de los tiempos que corren), ni mis simpatías electorales por una u otra opción política (que también las tengo, evidentemente, ¿quién no?). No, querido lector; lo que me mueve a escribir hoy es el asco, la fatiguita, la náusea, la angustia infinita que me produce comprobar día tras día que algunos de los políticos que sabia y democráticamente nos estamos dando son unos verdaderos canallas.

Creo que pertenezco a esa rara especie de ciudadano que no cree que un gobierno tenga la capacidad de alterar el curso de la economía de un país más que en pequeños (aunque para nosotros, atados al presente, importantes) detalles. Un gobierno no crea cinco millones de parados, ni detiene la economía, como tampoco tiene capacidad para ejercer el efecto contrario. Existen otros poderes (como la gran banca y el empresariado) con mucho más poder que el gobierno para hacerlo. Y no hablo estrictamente de este gobierno saliente, ni de un color político concreto, sino de cualquier gobierno de cualquier color. Simplemente, algunas coyunturas económicas son mejores o peores, y ésta es de las malas malísimas. Ni el actual presidente puede hacer otra cosa que capear el temporal, ni el presidente entrante podrá hacer mucho más que él. Luego podemos entrar en interminables disquisiciones sobre la bondad o maldad de las políticas de cada uno, pero la realidad es que no existen fórmulas mágicas ni tablas de salvación ante lo que tenemos encima, y que deberíamos buscar las responsabilidades en otra parte. Concretamente en los despachos de las grandes corporaciones financieras.

Dicho lo cual, comprenderán que tenga en parte cierta tendencia a disculpar al político. Conozco personalmente a varios políticos locales (o a gente que lo fue en su tiempo) y puedo decir que parecen gente normal; gente con ideales que pretenden llevar esas ideas a la práctica con mayor o menor éxito. Sin embargo, el trabajo de esta gente suele permanecer en el anonimato (más o menos), y hay excelentes políticos que jamás saldrán de sus agrupaciones locales o, máxime, de una humilde concejalía de pueblo.

Y por contra, hay políticos que, sin haber expuesto nunca un ideal o un proyecto concreto, sin haber dado nunca nada gratis, se postulan para las más altas magistraturas del Estado a base de propaganda, imagen y poca vergüenza. Son gente cuyo concepto de apagar un fuego pasa por utilizar un surtidor de gasolina a modo de manguera; gente que vive de la polémica y la demagogia barata; gente que lleva detrás a una masa de gente aborregada a las que vende su mensaje como se vende un programa de telebasura: primando el espectáculo del enfrentamiento visceral sobre el discurso de las ideas.

¿Cómo es posible que los partidos políticos primen las carreras de semejantes individuos? ¿Cómo puede ser que sus militancias -en su mayor parte compuesta por gente comprometida con sus ideas hasta el punto de dejarse el tiempo y el dinero en ellas- jaleen ciertos comportamientos soeces, machistas, trasnochados, propios en todo caso de gente sin educación ni ganas de tenerla?

Hay muchos ejemplos de esto que estoy diciendo, pero hoy me quedo con el nefasto ejemplo dado por Cristina Pol a cuento de una fotografía falsa de la ministra Carme Chacón y con la lección magistral de Primero de Machismo ofrecida por el coordinador general de IULV-CA Diego Valderas, a cuento esta vez de la huida de la también ministra Rosa Aguilar desde su formación política al PSOE.

¿De verdad es éste el tipo de gente que queremos que nos represente en el Congreso y el Senado? Paren España, que me bajo.

Descalzos en el parque

Título original: Barefoot in the park.
Año: 1967
Reparto: Robert Redford, Jane Fonda, Charles Boyer, Mildred Nakwick (Dir. Gene Saks)

Descalzos en el parque (Barefoot in the park) es la adaptación al cine de la comedia teatral del mismo nombre escrita por Neil Simon y estrenada en Broadway en 1963.

Paul y Corie Bratter son una joven pareja de recién casados que se disponen a iniciar una nueva vida en su diminuto apartamento alquilado en Manhattan. Para Corie, el matrimonio sólo puede entenderse como una aventura apasionada al estilo de las novelas románticas, mientras Paul es un tipo realista que trata de capear el temporal de sentimientos de su esposa mientras se hace un hueco en el difícil mundo de la abogacía.

Es una película donde las situaciones divertidas y disparatadas se suceden de principio a fin, y donde el guión es lo que cuenta. No sólo está cuidado el papel de los protagonistas, sino también el de los extraordinarios papeles secundarios protagonizados por Charles Boyer (Victor Velasco) y Mildred Natwick (Ethel Banks, madre de Corie), dando como resultado una película entre lo mejor del género de la comedia romántica. Se nota y se agradece que sea una adaptación de una obra teatral, con un gran trabajo de dirección donde predominan las tomas muy largas, poniendo a prueba la destreza de los actores.

Cuando uno ve una película por cuarta o quinta vez y sigue encontrando cosas nuevas en ella, es que la película es buena y merece la pena. Descalzos por el parque no deja indiferente a nadie, y es como un refresco que el espectador siempre quiere volver a probar.

Encuentre las 255.000 diferencias

Caso 1 – Dominios y alojamiento contratado en Powweb (Estados Unidos):

  1. Me avisan tres meses antes de los cargos que van a efectuar  por los servicios que tengo contratados, especificando cada uno de ellos y desglosándolos en la lista pendiente de cobro.
  2. En todo momento me indican dónde acudir para cualquier duda o reclamación.
  3. Decido no seguir con el alojamiento que tengo contratado, y me pongo en contacto con Powweb a través de un chat de asistencia técnica.
  4. Me atienden de inmediato y de forma personal. Explico mi problema y el técnico entiende lo que quiero a pesar de mi lamentable inglés (sospecho que, de haber pedido un interlocutor en español, me lo hubieran dado).
  5. El técnico abre un ticket, y se me da un número y una página de seguimiento para ese ticket. Dice que él no puede resolver mi problema, pero que lo pasará al departamento correspondiente.
  6. Dos horas más tarde recibo un correo: ha habido «movimiento» en el ticket abierto para mí.
  7. Powweb me ha cambiado la cuenta dominio+alojamiento por gestión de dominio. Todo funcionando, ningún corte apreciable en mi dominio.
  8. Como el alojamiento terminaba en Abril se ha producido un remanente de $14 que pasan a ingresarme en mi tarjeta de crédito (En este momento, el que empieza a no dar crédito soy yo).
  9. Fin de la gestión, con sólo tres minutos de conversación por chat.

Caso 2 – Cualquier gestión relacionada con una empresa de telefonía/internet en España:

  1. Te encuentras la factura ya cobrada, y además sabes que como se te ocurra devolver el recibo te buscan una ruina.
  2. Llamas por teléfono al número de atención al cliente (eso de los chats para atender clientes no ha llegado a este país, por lo visto).
  3. Te «atiende» una máquina que te dice lo que te van a soplar por la llamada (a pesar de la ley), y pasa a relatarte un interminable menú de opciones donde tu problema no aparece por ninguna parte.
  4. Tras varios intentos, consigues que la máquina te derive a un telefonista del call center.
  5. Te atiende una educadísima señora con marcado acento sudamericano que no te entiende muy bien. No importa, porque tampoco tú entiendes muy bien lo que te dice.
  6. Tras un prolongado diálogo para besugos, decide pasarte a un «asesor comercial».
  7. El asesor comercial se huele que pretendes dar de baja algún servicio o, lo que sería infinitamente peor, pretendes darte de baja como cliente. Él sabe que no te va atender en lo que quieres, pero no te lo dice: te da largas.
  8. Tras otro prolongado diálogo para besugos, el «asesor comercial» te dice que ya está realizada la gestión, pero que debes esperar al menos 24 horas para que se actualicen los ordenadores o no-sé-qué otra milonga destinada a conseguir que cuelgues tú.
  9. Cuelgas, claro, porque sabes que no podrás sacarle nada más a ese tipo.
  10. Varios días más tarde te das cuenta de que tu gestión no se ha realizado. Al mes siguiente te cargan otro facturón de los que tiran de espaldas.
  11. Tras un calvario interminable, consigues largarte a otra operadora que también te la jugará de la misma forma cuando tengas un problema semejante. Tú lo sabes, pero es que no hay donde elegir: todas son iguales.

Luego, políticos y empresarios pretenden solucionar nuestra economía a base de despidos, contrataciones inframileuristas y un constante trato vejatorio hacia el cliente, que siempre es visto como un enemigo potencial.

NO, SEÑORES, NO. No es la productividad, ni los salarios, ni las pensiones. ES EL CLIENTE. Mientras el empresario español no cuide a sus clientes como lo que son, es decir, como su verdadero sustento, seguiremos siendo un país tercermundista, diga lo que diga la señora Merkel.

Cualquier tiempo pasado… ¿fue mejor?

«Cualquier tiempo pasado fue mejor» es una frase recurrente, repetida no sólo por ancianos, sino por muchos nostálgicos que añoran la pureza, el misterio y el exotismo de épocas pretéritas. Sin embargo, déjenme que hoy –un poco cansado de escucharla– haga aquí un pequeño ejercicio de comparación, tal vez injusto, pero no por ello menos veraz:

  • Galeno, Avicena, Hipócrates o Maimónides parecerían meros curanderos o chamanes frente al menos espabilado de los médicos de cabecera del más humilde y pequeño de los centro de salud rurales de España.
  • Aristóteles, Platón o el mismísimo Sócrates podrían escuchar embelesados durante horas el raudal de conocimientos que podría comunicarles el más novato de los maestros interinos de escuela primaria.
  • La reina Cleopatra lloraría de emoción ante el perfume de la más barata de las aguas de colonia de la tienda del chino de la esquina.
  • Galileo Galilei a buen seguro vendería todas sus propiedades con tal de poner su ojo en el objetivo de algunos de los telescopios de juguete que regalamos a nuestros hijos (y que, por qué no decirlo, en la mayoría de los casos estos desprecian después de echar un vistazo sin mucho interés).
  • Toda la Gran Biblioteca de Alejandría cabría dentro del disco duro de cualquier netbook barato… varias veces.
  • Ni siquiera el más alocado de los inventores de la antigüedad soñó jamás que alguien pudiera viajar cuarenta, cincuenta, a veces más de cien kilómetros para ir a su trabajo cada mañana, y mucho menos que pudiera hacerlo a 120km/h, calentito en invierno y fresquito en verano.
  • ¿Qué pensaría Cristóbal Colón al saber que un avión moderno podría realizar el viaje entre España y las Américas –que a él le costó dos meses– en un sólo día… dos veces?
  • Ni siquiera Ciro el Grande podría imaginar que cualquier prenda de vestir actual podría superar en colorido al más fastuoso de sus vestidos.

Así que, dicho lo anterior, a lo mejor convendría pensárselo un poco antes de rechazar lo que nos da el progreso, y tomar con una mentalidad más abierta los avances humanos que, indudablemente, tienen su parte negativa, pero que en conjunto nos permiten vivir como ni reyes ni emperadores soñaron con vivir jamás.

Toca madera…

¡Qué cabrón eres, Julián! Yo no quería despertar de mi sueño dorado, de ese sueño en el que muchos vivimos porque no nos ha tocado la cara B de la vida, de ese sueño en el que los ciudadanos vivimos en democracia, elegimos a nuestros gobernantes y somos juzgados con equidad. Tú me has enseñado hoy que la palabra «equidad» no procede del latín aequitas, sino de equinus; que estamos gobernados y que nuestra justicia es administrada por individuos cuyo fin no es el de hacer respetar las leyes y servir a su pueblo, sino el de obedecer los dictados de cierta potencia extranjera para que ésta pueda pasarse por el forro de las gónadas los derechos humanos y hacer del mundo su cortijo particular. No es que no lo supiera, al fin y al cabo: es que no lo quería saber.

Me has enseñado hoy lo que nunca hubiera esperado ver: a mi gobierno, a los fiscales y a los jueces de mi país besando culos de funcionarios norteamericanos, asegurándoles que están dispuestos a torcer la justicia, a parar procesos, a cambiar jueces díscolos por otros más serviles a sus intereses. Es casi como ver de nuevo a Franco caminar al lado de Hitler, o abrazando a Eisenhower, que para el caso… Es como ver de nuevo a Fraga bañarse bien lejos de Palomares con el embajador americano para mentir al pueblo, haciendo ver que unos cuantos kilos de plutonio esparcidos por el suelo no son nada. Que no hay motivo de alarma (una de las frases que más alarmante resulta dicha en boca de un político).

Pero aunque sigo pensando que eres un cabronazo, no tengo más remedio que darte las gracias y dedicarte esta rima de Becquer, porque la democracia, esa novia a la que siempre quise y respeté, me ha puesto los cuernos con mi peor enemigo. Y encima, la muy puta, va diciendo ahora por los periódicos aquello de «esto no es lo que parece». Que «todo se ha hecho dentro de la más estricta legalidad». Encima recochineo.

Cuando me lo contaron sentí el frío
de una hoja de acero en las entrañas;
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de dónde estaba.
Cayó sobre mi espíritu la noche,
en ira y en piedad se anegó el alma.
¡Y entonces comprendí por qué se llora,
y entonces comprendí por qué se mata!
Pasó la nube de dolor…. Con pena
logré balbucear breves palabras…
¿Quién me dio la noticia?… Un fiel amigo…
Me hacía un gran favor… Le di las gracias.

Debería haber escuchado hace muchos años al maestro Serrat cuando cantó Toca Madera. Ahora, a pesar de lo que digan mis compañeros de Amazings, sólo me queda confiar en el horóscopo, que miente, sí, pero por lo menos no va de digno y no tiene chófer pagado con mi sueldo. A ti, Julián, que no te pase nada, porque me da la impresión de que este año no te comes el turrón, a menos que te hayas guardado la bomba atómica informativa como seguro de vida.

El franquismo en la cultura popular andaluza: la emigración

Mi experiencia personal con la emigración se remonta a 1981, cuando llegué como un emigrante más a Barcelona siendo aún un niño. Por entonces, totalmente ignorante de lo que me esperaba allí, sólo sabía de Cataluña lo que había oído en los comentarios de la gente al saber dónde me iba, y ninguno de aquellos comentarios era bueno. Voy a reconocer que aquella noche de Reyes de 1981, mi primera noche en Barcelona, lloré un poco desconsolado por lo que dejaba en Sevilla, y un mucho asustado por lo que tendría que afrontar a partir de entonces.

Durante los seis años siguientes tuve la oportunidad de comprobar que todos aquellos comentarios agoreros de familiares y conocidos estaban equivocados: Barcelona resultó ser un lugar acogedor y agradable para vivir, a pesar de su enorme tamaño. Hice amigos catalanes rápidamente (de los que no necesitan convencerse ante el espejo de su catalanidad), y a algunos los conservaré durante toda la vida, espero. Tuve acceso a todo un nuevo universo cultural que poco o nada tenía que ver con lo que hasta entonces había visto: aprendí una nueva lengua, y con ella se me abrieron las puertas de un maravilloso mundo literario. Hoy lamento que la rutina y el paso de los años hayan oxidado mi catalán hablado, aunque aún puedo leerlo bastante bien y, con limitaciones, escribir algo (aunque sólo sea para meterme con algún político bocazas). Creo que, en conjunto, mi experiencia como emigrante fue enriquecedora, y nunca, ni entonces ni ahora, salió ni saldrá de mi boca una palabra para hablar mal de Cataluña y de sus gentes (que son muy buenas, buenas, malas y peores, en una proporción semejante a la de cualquier otro lugar).

Y después de varios años en los que maduré y pasé de ser un niño a casi un adulto, volvimos a Sevilla en 1986. La mía fue una emigración con fecha de caducidad, pero allí conocí otra emigración: la permanente; la de aquellos que llegaron en los años sesenta y setenta para quedarse toda la vida; la de personas mayores, con cuarenta años de trabajo en Cataluña a las espaldas que aún añoraban su pequeño pueblo de Sevilla o Córdoba (era increíble el número de cordobeses que vivían en Barcelona; estaban por todas partes). Conocí a la segunda generación, a los hijos de aquellos emigrantes, a los charnegos, en pleno proceso de asimilarse culturalmente a Cataluña o quedarse en el limbo (o lo que es peor, en el gueto). Los había desde algunos que bajo ningún concepto admitían ser considerados catalanes hasta los que, en el colmo del sarcasmo, se declaraban políticamente independentistas cuando sólo una generación les separaba de los campos de labranza de Extremadura o Andalucía.

Con el tiempo me dí cuenta de que aquellos cientos de miles de andaluces (tal vez millones) que poblaban los barrios y pueblos periféricos de Barcelona eran la prueba más palpable de la desigualdad provocada por el pasado regimen franquista en España. Durante décadas se había fomentado el tejido industrial del norte de España, contentando así a la arisca e influyente burguesía vasca y catalana que, al fin y a la postre, seguía siendo quien tenía en sus manos el poder económico del país, mientras el sur de España quedaba sumido en la miseria y en el inmovilismo, conservando unas estructuras económicas heredadas del caciquismo de finales del siglo XIX. El precio que los catalanes tuvieron que pagar por un progreso desproporcionado al del resto del país fue aquel aporte de mano de obra (imprescindible para hacer funcionar la maquinaria industrial y económica), que traía consigo una cultura propia. El modo en que este aporte cultural sea manejado por el pueblo y por los gobiernos de Cataluña dará en el futuro la escala de lo que ellos mismos valen como cultura, ya que la historia demuestra que toda cultura empecinada en la endogamia está abocada a la desaparición.

Es curioso (y lamentable, por qué no decirlo) que a estas alturas del siglo XXI, cuando las desigualdades históricas que favorecieron a Cataluña en detrimento de otras partes de España todavía están lejos de resolverse, surjan tantas voces desde la política catalana que pretendan ejercer el victimismo económico, esgrimiendo una supuesta afrenta fiscal sobre su territorio en favor de otros territorios. Hay políticos que, o bien son unos ignorantes y no se enteran, o lo que es mucho peor, saben pero prefieren mentir: en España no tributan los territorios; tributan los ciudadanos. Y el producto de esa tributación se reparte solidariamente (o debería hacerse) en todo el territorio nacional, dependiendo de las necesidades de cada región.

Lástima que en este mundo regido por los intereses económicos, el sur haya sido históricamente vejado y ahora haya quien pretenda dejarlo de nuevo en la estacada quedándose con todo el pastel de un progreso que fue pagado con sangre andaluza.

Para terminar, dejadme que os ponga una canción del eterno Serrat, cantada en el dialecto mestizo entre el andaluz y el catalán al más puro estilo charnego, que refleja como ninguna la vida de muchos miles de andaluces que se dejaron la piel para que Cataluña sea lo que es hoy, sin pedir más que un modesto salario a cambio. Personalmente, no puedo evitar el nudo en la garganta que siento cada vez que la escucho, aunque supongo que para sentirla así, primero hay que tener la experiencia vital de la emigración, aunque sea una emigración light como la mía.

Carta oberta al señor Joan Puigcercós

Señor Puigcercós:

Li escric aquestes línies en català, per que ho entengui millor, y espero que sàpiga perdonar la meva ortografía. En qualsevol cas, seré breu:

Vostè no té la més mínima vergonya!

O sigui, que en Andalucía no hi paguem impostos, eh? I llavors, per qué s’em lleven del meu sou tots aquests diners? Com es pot tenir la cara tan dura de dir aquestes coses? Doncs jo li diré que quan un té por de la Agencia Tributaria es que té alguna cosa que amagar. En el meu cas, ja pot venir la Agencia a veure tot el que guanyo y tot el que hi pago. Jo no tic por, però sembla que vosté sí.

Com diría l’enyorat Labordeta: ¡Hala a la mierda, hombre!

Yo no te espero

Estimado señor Joseph Ratzinger, alias Benedicto XVI, alias «Su Santidad»:

Vaya por delante mi absoluto respeto por la libertad de aquellos que se declaren seguidores suyos o del presunto mensaje que usted pregona; aunque en el nombre de esa misma libertad que defiendo para ellos me veo obligado a escribir esta carta abierta, porque la libertad de muchos que nada tienen que ver con usted ni con su grupo de seguidores va a ser descaradamente pisoteada en España en los próximos días.

En primer lugar, tengo que protestar enérgicamente por el coste que su visita ocasiona a las arcas públicas de mi país; unas arcas públicas que se nutren de los impuestos pagados por todos los españoles, entre los cuales me incluyo. Debo indicarle que, como contribuyente, pago mis impuestos al Estado con la ilusión de que el dinero sustraído de mis ingresos será utilizado con responsabilidad en beneficio de todos, especialmente en forma de infraestructuras, sanidad y educación. No veo cómo el gasto ocasionado por su visita, parte del cual voy a sufragar personalmente con los ingresos obtenidos por mi trabajo y gestionado por el Estado en forma de impuestos va a contribuir a mejorar ninguna de estas áreas antes citadas. Podrá usted decir que la culpa es de los políticos que nos gobiernan, que se gastan el dinero en cualquier cosa, y no le faltará razón, pero en última instancia, usted será la causa primera de este gasto, por lo que le hago, como poco, corresponsable del mismo.

En segundo lugar, y no menos importante, viene usted a mi país a insultarme y escarnecerme públicamente, como ya ha hecho en otros países de nuestro entorno. Como ateo, escéptico y libre pensador que soy, me molesta de una forma superlativa que quiera usted compararme a los nazis; una comparación que sólo puedo calificar como hecha a la ligera, falaz y torticeramente por alguien que en su día vistiera el uniforme de las juventudes hitlerianas y que hoy, desde su posición de «líder espiritual» y jefe de un estado extranjero, debería ser más respetuoso con sus declaraciones. No me cabe duda de que en los próximos días volveré a oírle faltarme al respeto en los informativos nacionales, y eso, señor Ratzinger, dirá mucho más de su catadura moral que de la mía, pasivo sufridor de su verborrea intransigente.

En tercer lugar, su visita servirá a buen seguro para criticar, siempre bajo el estrecho prisma de sus particulares creencias, leyes que los españoles nos hemos dado a nosotros mismos de una forma democrática. No voy a enumerar estas leyes, pero sí le recordaré que, en España, la ley es lo que nuestros representantes electos deciden aprobar por mayoría parlamentaria. Afortunadamente, hace ya mucho tiempo que la Iglesia Católica no decide cómo debemos vivir los españoles. No espero que usted, jefe de un estado teocrático y considerado por sus adláteres como una mente «infalible», incapaz de cometer un error, vaya a comprender la grandeza de la democracia, aunque sí espero que llegue el día en que aprenda a respetar a la menos injusta de las formas de organización social existentes.

Para finalizar, debo felicitarle por ser usted un turista excepcional. Ya nos gustaría a muchos ir viajando de país en país a gastos pagados y rodeados de un séquito de incondicionales que nos vitoreen; que los gobiernos nos recibieran con honores a pesar de nuestro estrafalario atuendo y nos abrieran las puertas de sus más preciados monumentos, reservándonos la exclusividad del uso de los mismos; que cortaran el tráfico a nuestro paso sin importar las molestias que ello pudiera ocasionar a los demás, y permitirnos el lujo de proclamar donde vayamos nuestra moral y nuestras creencias como las únicas verdaderas, e imponerlas a otros si tenemos la oportunidad. Aunque pensándolo mejor, no creo que nadie que tenga un mínimo de vergüenza gustara de viajar avasallando de esta forma en que usted lo hace.

Atentamente,
Jorge Iglesias (Hispa)