La Segunda Revolución Industrial (III): Tesla

Indudablemente, la Segunda Revolución Industrial fue el resultado de un gran esfuerzo empresarial y de la acumulación de capitales en grandes empresas. Sin ellas no hubiera sido posible construir las grandes maquinarias que trajeron el progreso. También, no lo olvidemos nunca, esta Revolución fue el producto del sacrificado trabajo de millones de obreros, que con salarios de miseria y horarios imposibles, proporcionaron la imprescindible mano de obra que complementaba a las nuevas tecnologías para incrementar la producción industrial a un nivel nunca antes visto.

Pero ninguno de estos adelantos hubiera sido posible de no haber existido soñadores; excéntricos individuos que parecían vivir en una realidad alternativa; visionarios que idearon los más fundamentales adelantos de la tecnología de su época y supieron hacer de aquellos adelantos nuevas necesidades para la sociedad. La literatura de Julio Verne es un buen ejemplo de cómo el imparable progreso auguraba un futuro cercano donde todo era posible, desde el ferrocarril subterráneo hasta las naves espaciales, pasando por el submarino nuclear.

TeslathinkerDe entre todos estos visionarios destaca un hombre singular; un hombre que dio a la humanidad una nueva forma de entender la energía, independizando su uso de la producción de la misma. Hasta que él llegó era necesario obtener la energía necesaria (para cocinar, para alumbrarnos, para el transporte…) quemando in situ un combustible que proporcionara la energía necesaria. Después de él, ya nunca más sería necesario para el usuario urbano medio producir su propia energía, sino que éste únicamente tendría que preocuparse de consumirla. Su invento fue la corriente eléctrica alterna, y su nombre, Nikola Tesla. Gracias a este potente y novedoso caballo de batalla, que causaría sensación a finales del siglo XIX, Tesla consiguió no sólo iluminar a todo un mundo, sino también comunicarlo.

Pensando en los usos prácticos que podía tener su invento, Tesla trató de idear una forma de transmitir la energía eléctrica a través del aire y para ello construyó el primer radiotransmisor de la Historia. Aunque casi todo el mundo reconoce a Marconi como el inventor de la radio, lo cierto es que Tesla demostró años antes que el inventor italiano que tal forma de comunicación sin cables era posible, patentando también su invento antes que Marconi.

Pero Tesla estaba más interesado en las posibilidades comerciales de la electricidad como forma de transportar energía eficiente y limpia más que como una forma de comunicación a grandes distancias. Después de trabajar durante unos meses con el genial inventor y ladrón Thomas Alva Edison se inició una feroz enemistad entre ambos científicos. Edison era partidario de la corriente continua, y trató por todos los medios de desacreditar el trabajo de Tesla sobre la corriente alterna. Con ese fin Edison promovió el uso de la silla eléctrica basada en corriente alterna, que se impuso como instrumento para ejecutar a los condenados a muerte en muchos estados de los Estados Unidos. Edison esperaba que la opinión pública desconfiara de una forma de energía que servía para matar personas (aunque tuvo poco éxito, ya que actualmente la corriente alterna es la forma de transporte de la electricidad más común).

Junto con la aparición de las primeras bombillas incandescentes, la electricidad empezó a convertirse en la forma de energía más novedosa. Las primeras centrales eléctricas se instalaron dentro de las ciudades, y quemaban carbón o petróleo para generar vapor; el vapor, al circular a presión por unas turbinas alternadoras, permitían obtener la electricidad, y esta electricidad era distribuida a las industrias que la necesitaban, siendo posteriormente introducida de forma paulatina en los hogares. Con el tiempo, las centrales eléctricas hubieron de ser situadas fuera de las ciudades para evitar su impacto ambiental, y porque con el incremento de la demanda, estas instalaciones crecieron de tamaño hasta convertirse en los grandes complejos generadores actuales.

Gracias a los trabajos de Tesla sobre el transporte de la energía eléctrica, hoy podemos encender cómodamente la luz de nuestras casas sin preocuparnos sobre si la energía procede de una central térmica, solar o nuclear. El ferrocarril metropolitano y los tranvías que permiten la movilidad urbana en las grandes ciudades pueden circular impulsados por la energía eléctrica, siendo medios de transporte limpios y -relativamente- silenciosos. Una gran parte de las líneas férreas en casi todo el mundo se encuentran actualmente electrificadas, y muy pocas industrias generan por sí mismas la energía que consumen -salvo aquellas a las que les resulta rentable por la cantidad de energía que precisan-, confiando en el suministro eléctrico fiable y seguro para cubrir sus necesidades.

Nuestro mundo no sería igual sin el uso masivo y extensivo de la electricidad. Muchos describen a Tesla como el científico más importante de la Edad Moderna, el hombre que llenó de luz la faz de la Tierra, el padre de la Física o el hombre que inventó el siglo XX. Sin embargo, Tesla murió el 7 de enero de 1943 a los 86 años prácticamente arruinado y acosado por sus acreedores, aunque vivió lo sufienciente para ver el mundo transformado gracias a sus inventos.

A continuación, Juan Antonio Cebrián relata en uno de sus Pasajes de la Historia la intensa rivalidad entre Tesla y Edison:

Champollion

Templo de Abu SimbelDurante siglos, generaciones de eruditos intentaron sin éxito desentrañar los misterios de una de las civilizaciónes más antiguas del mundo: el antiguo Egipto. Todos estos intentos topaban con un obstáculo casi insalvable, y es que desde el siglo IV, cuando los últimos restos del paganismo fueron barridos por la incipiente religión cristiana, nadie había sido capaz de leer las antiguas escrituras egipcias. A esta escritura se le llamó jeroglífica, procedentes de palabras griegas que significan “escrituras sagradas”.

Jean-François ChampollionPero la complejidad de esta escritura y la imposibilidad de conocer su significado convirtió a la palabra “jeroglífico” en sinónimo de enigma de difícil o imposible interpretación. Sólo un genio podría solucionar el enigma, y ese genio sería Jean-François Champollion.

Para llegar a las investigaciones de Champollion hay que remontarse a varios años antes, cuando nuestro personaje no era más que un niño. En 1798, cuando Champollion tenía sólo ocho años y hacía sus primeros pinitos con el latín, Napoleón Bonaparte emprendió una expedición a Egipto con el fin de cortar las comunicaciones de Inglaterra (el eterno enemigo de la Francia republicana). De esa expecidión quedaron para la historia militar las célebres batallas de las Pirámides y de Aboukir, donde la muerte y la gloria se repartieron por igual a cañonazos, sablazos y disparos de mosquete. Militarmente, la expedición fue un fracaso muy costoso en vidas humanas, y no sirvió a los propósitos de obstaculizar las rutas comerciales de los ingleses.

La Piedra de RosettaSin embargo, Napoleón se había llevado consigo a Egipto a un buen número de eruditos franceses que, nada más desembarcar en las playas del ancestral país de los faraones, se dedicaron a recopilar todo tipo de antigüedades, a elaborar mapas y a estudiar la flora y la fauna del entorno. Tras la claudicación de las tropas francesas, parte de estos tesoros pudieron ser llevados a Francia, y hoy pueden ser admirados por los turistas en el museo del Louvre. Por desgracia para Francia, la mayor joya de todas, y desde luego la más pesada, quedó como botín de guerra de Inglaterra, siendo trasladada a Londres. Se trataba de la Piedra de Rosetta.

Champollion basó el trabajo de su vida en la traducción de los jeroglíficos inscritos en la Piedra de Rosetta, aunque curiosamente, él jamás llegó a ver con sus propios ojos la famosa piedra. Antes de ser cedida a los ingleses, los estudiosos franceses de la expedición egipcia realizaron copias de las inscripciones que terminaron llegando a manos de Champollion. Con estas inscripciones, con jeroglíficos procedentes de otros monumentos egipcios (entre ellos las del templo de Abu Simbel que encabeza esta entrada) y con muchos años de arduo estudio del idioma copto (idioma que desciende directamente del egipcio hablado en tiempos de los faraones), Jean-François consigió al fin desentrañar los secretos de la Piedra de Rosetta y, por ende, de la escritura egipcia.

Carta de Champollion a M. Darcier con el alfabeto jeroglíficoY todo esto lo realizó en un periodo histórico en el que Francia se convulsionaba políticamente. Mientras Champollion se devanaba los sesos sobre los enigmáticos jeroglíficos, Napoleón llegaba a la cima de su poder para luego caer bajo la séptima coalición de las naciones europeas. Luego, Luis XVIII enviaría a Champollion (de declarada simpatía bonapartista) a un exilio al campo que duraría poco tiempo. Al parecer, Francia estaba necesitada de mentes brillantes, y Champollion fue pronto repuesto como profesor. En 1822, nuestro genio ya había sentado las bases de su descubrimiento y finalmente en 1824 publicaba su Resumen del sistema jeroglífico de los antiguos egipcios, iniciando una nueva era en la egiptología.

En los años siguientes, Jean-François Champollion fue nombrado conservador de las antiguedades egipcias del museo del Louvre, y contribuyó a identificar y adquirir colecciones valiosísimas para el museo. En 1828 consiguió por fin realizar el sueño de su vida, organizando una expedición de estudio a Egipto. Durante los dos años siguientes, Champollion recorrió los lugares más importantes del país del Nilo, visitando todos sus monumentos importantes y recopilando y traduciendo sobre el terreno las inscripciones talladas en las ancestrales piedras.

Gracias al trabajo de Champollion, la historia del Antiguo Egipto no está ya envuelta en el misterio, y se ha conseguido poner a nuestro alcance miles de años de cultura escrita en piedra y en papiro, recuperando las glorias pasadas de los faraones, su religión, sus guerras, su diplomacia, su comercio y sus innumerables intrigas cortesanas.

Documental de la BBC sobre Champollion y la Piedra de Rosetta:

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Champollion y la Piedra de Rosetta, pasaje de la Historia de Juan Antonio Cebrián:

Semana de la Década Ominosa (II): Mariana Pineda

Mariana Pineda

¡Oh, qué día tan triste en Granada
que a las piedras las hizo llorar
al ver cómo Marianita muere
en cadalso por no declarar!

¿Cómo debió ser aquel 26 de mayo de 1931 en Granada, cuando la ciudad conmemoraba en libertad el primer centenario de la muerte de Mariana Pineda? ¿Llegaría a imaginar Mariana sentada en aquel vil cadalso que su sacrificio la convertiría en símbolo imperecedero de libertad y en protagonista de inmortales tragedias teatrales? Posiblemente no, pero de hecho, así fue.

Mariana de Pineda Muñoz no fue una heroína de esas de armas tomar, al estilo de Agustina de Aragón o María Pita. Mariana era tan sólo una mujer de su tiempo, convencida de su deber ciudadano por la consecución de un Estado liberal y democrático. Por desgracia, a Mariana le tocó vivir una de las épocas más aciagas de la Historia de España. Mariana nació en 1804, cuando Europa ya se convulsionaba bajo los ejércitos de Napoleón, y creció en una España sumida en una de las guerras más atroces que el país haya conocido nunca.

Huérfana desde muy pequeña, Mariana pasó por varias casas hasta que con sólo catorce años conoció a Manuel Peralta, un militar retirado y liberal convencido al que dio dos hijos antes de quedar viuda muy, muy joven. Por entonces estaba terminando el periodo constitucional iniciado por Riego y dando comienzo la Década Ominosa. Según dicen, Mariana Pineda, con su piel blanca y sus ojos azules, era la viudita más bella de Granada. Tan bella tan bella que uno de los asiduos a las reuniones liberales a las que solía acudir Mariana se enamoró perdidamente de ella. Su nombre: José de Salamanca, quien años después de la muerte de Fernando VII llegó a ser ministro de Hacienda y conocido por todos como Marqués de Salamanca, del que toma su nombre el conocido barrio madrileño. Mariana, sin embargo, no le correspondía, y el muchacho se marchó a la capital del reino para labrarse su prometedor futuro. Años después, Mariana se relacionaría con otro prometedor político: José de la Peña, del que tendría una hija que llevó por nombre Julia. De la Peña también llegaría a ser ministro de Hacienda, y nunca reconoció en vida la paternidad de esta niña.

Para los liberales, esta etapa es un auténtico infierno. La represión absolutista contra cualquier disensión se encuentra en su momento álgido. Cientos de liberales son ajusticiados o tienen que tomar el camino del exilio. Mientras tanto, en multitud de sociedades secretas se traman pronunciamientos que no llegan a buen término. En 1828 se produce una gran redada en Granada a raiz de uno de estos pronunciamientos fallidos, y un primo de Mariana Pineda, Fernando Álvarez de Sotomayor, es condenado a muerte. Mariana, haciendo gala de un valor fuera de lo común, le ayuda a evadirse de la prisión introduciendo un hábito de monje entre sus ropas. Aunque las sospechas sobre ella eran más que fundadas, los realistas no pudieron demostrar la implicación de Mariana en la fuga. Nuestra protagonista estaba en el punto de mira de la policía y de su amplia red de delatores, aunque eso no le impidió seguir ayudando a los presos liberales, actuando como enlace u ocultando gente en su casa.

Pero en 1831, el comisionado real Ramón Pedrosa estaba dispuesto a terminar con el nido de liberales en que se había convertido Granada. Para conseguirlo, le cuelga a Mariana el marrón de la bandera liberal que ésta había mandado bordar por encargo del grupo clandestino que frecuentaba. En medio de toda esta conjura para apresar a Mariana se encuentra, como no podía ser de otro modo, un cura chivato. ¡Ah, cuántos muertos debe España a esos secretitos de confesionario! La cuestión es que Mariana fue detenida, acusada de bordar una bandera para los liberales, lo cual constituía un delito de lesa majestad penado con la muerte.

Mariana Pineda en capilla 1862 Juan Antonio Vera Calvo

El recuerdo de mi suplicio hará más por nuestra causa que todas las banderas del mundo.

Pedrosa, de quien se dice que estaba perdidamente enamorado de Mariana Pineda (si bien en el caso de Mariana la historia verídica está envuelta por la leyenda), propuso a Mariana que delatara a sus camaradas liberales, pero ésta se mantuvo firme en la negativa hasta el último momento, cuando ya era conducida al patíbulo. Con una gran dignidad, mantuvo la compostura mientras veía cómo quemaban la bandera de la libertad a sus pies, y cómo las palabras bordadas en la misma: Libertad, Igualdad, Ley, se convertían en ceniza. Momentos más tarde, Mariana moría el 26 de mayo de 1831 en el garrote vil ante la consternación de un pueblo admirado por la valentía de la heroína liberal.

Sólo dos años más tarde, el pérfido de Fernando VII, lo peorcito de la dinastía borbónica de tres países, estiraría la pata tras una vida de engaños, maquinaciones y traición a una patria que nunca le perteneció y a la que trató como si fuera su cortijo particular. Como detalle de justicia poética, antes de morir tuvo que ver cómo esos mismos liberales a los que había masacrado durante años se encargarían de defender el derecho sucesorio de su hija Isabel ante las pretensiones de su hermano Carlos (otra joya de la Corona).

Mariana entró en el Olimpo de las heroínas españolas, y su nombre se hizo un hueco en la cultura popular. Basándose en su drama personal, Federico García Lorca escribió su obra teatral Mariana Pineda: Romance popular en tres estampas. A lo largo de los siglos XIX y XX, su figura como precursora de los ideales de libertad ha sido ensalzada en numerosas ocasiones en romances, poemas y canciones. En 1984, Televisión Española estrenó la miniserie Proceso a Mariana Pineda, protagonizada por Pepa Flores en uno de sus más recordados papeles.

Yo, para finalizar esta entrada, os voy a dejar con el maestro Juan Antonio Cebrián, que nos relata la vida de Mariana Pineda en uno de sus pasajes de la Historia:

Y mañana, otra entrega de la Semana de la Década Ominosa.

Un año sin Juan Antonio Cebrián

Hoy se cumple un año de la trágica desaparición de Juan Antonio Cebrián, periodista y divulgador de Ciencia e Historia. Gracias a él, que supo narrar como nadie las epopeyas de la Historia, sus tragedias, a veces sus comedias y las azarosas e intensas vidas de los personajes que la escribieron, hoy somos una legión de sus antiguos oyentes los que seguimos cultivando el vicio de querer saber más sobre nuestro pasado.

Como homenaje a Juan Antonio, os dejo con este pasaje de la Historia que nos habla de otro divulgador del saber: Sócrates.

Pavía

En el fragor del combate, uno llegaba a perder la perspectiva. Al final, casi siempre se formaba una algarabía de hombres y caballos, de polvo, barro y cuerpos mutilados, de los gritos de ferocidad de aquellos que luchan por su vida y gritos de dolor de aquellos que están en trance de perderla por sus heridas.

Battle of Pavia, oil on panelEn medio de toda aquella confusión, Juan se preguntaba porqué no se habría quedado en Hernani, ordeñando vacas plácidamente y rumiando su hambre con su leche cuajada. En lugar de ello, estaba dejándose la piel en aquellas frías tierras del norte de Italia, matando franceses a mayor gloria del Emperador Carlos. Tampoco es que se entretuviera mucho con aquellas reflexiones, preocupado como estaba en impedir que algún francés le convirtiera en filetes por la espalda, al tiempo que trataba de atravesar con una alabarda la dura pechera de cuero de un enorme francés barbudo que pretendía hacer lo propio con él.

Se veía que la batalla estaba ganada. A su alrededor, algunos de los soldados españoles se habían quedado sin nadie con quien luchar, mientras el enemigo se retiraba, reagrupándose en pequeños cuadros acosados por todas partes por los tercios. Los soldados españoles que hasta hace poco se encontraban sitiados en la ciudad de Pavía, ahora arrasaban al ejército francés con un solo propósito: saciar su hambre con la comida de los franceses. Tal era el estado de los sitiados que a Juan no le hubiera extrañado haberles visto comiéndose a los propios franceses. En aquellos momentos, los tercios escribían una nueva página gloriosa en su historia, pero allí no había más ferocidad que la que daba el instinto por sobrevivir.

A lo lejos, un jinete francés aislado galopaba tratando de escapar del campo de batalla. Juan vio cómo uno de los arcabuceros plantaba su horquilla en el suelo y apuntaba cuidadosamente hacia el jinete. El disparo dejó al tirador rodeado de humo por unos momentos, pero Juan pudo observar que el caballo era alcanzado de lleno, cayendo al suelo y quedando atrapado al caballero por una pierna bajo el cuerpo muerto del animal.

Tras unos segundos de frenética carrera, Juan se acercó al jinete con la espada en la mano. A buen seguro que el rescate o la recompensa por la captura de un caballero francés podría compensar todas las fatigas que había tenido que sufrir hasta entonces. A través del yelmo, la voz del francés suplicó:

-La vie, que je suis le Roi!

“Claro, y yo el Papa de Roma”, pensó Juan. En ese momento ya no estaba seguro de si tomar prisionero al muy cobarde o escabecharlo allí mismo por mentiroso. Sin embargo, los ropajes del caido eran demasiado buenos, y la armadura demasiado reluciente para un combatiente normal, así que Juan dejó que la duda razonable decidiera por él, y sin apartar el estoque del cuello del caballero, le dijo en un mal francés:

-Date prisonnier ou je te tue.

FrancisIFrance¿Quién iba a decirle a Juan, al humilde Juan de Urbieta, que aquella decisión iba a cambiar su vida? Francisco I de Francia había sido hecho prisionero por las tropas españolas en Pavía, destruyendo de camino su ejército y sus ambiciones de conquistar el Milanesado para Francia. ¿Quién iba a decirle a Juan que su decisión de dejar vivir al Rey de Francia, a la larga, terminaría desembocando en el terrible Saco de Roma? ¿Quién le podría convencer de que, al dejar vivir a Francisco, perpetuando la rivalidad entre el Sacro Emperador Carlos y Francia, los reformistas de la Iglesia Católica terminarían sacando tajada de la situación, consolidando el protestantismo en Europa? Sobre todo, ¿Cómo podía Juan de Urbieta saber que los franceses recordarían la afrenta casi trescientos años más tarde, y se vengarían de sus huesos profanando su tumba en Hernani?

Nota: Para saber más sobre esta historia, os dejo el pasaje de la Historia de Juan Antonio Cebrián que hace referencia a la Batalla de Pavía.

Efemérides: Borodino

Aquel 7 de septiembre de 1812, los rusos decidieron que ya estaba bien de correr delante de las tropas francesas; se dieron la vuelta, se atrincheraron en la aldea de Borodino y esperaron la acometida de la Grande Armée de Napoleón Bonaparte…

Napoleón había invadido Rusia porque el Zar Alejandro I le estaba haciendo la pirula con el Bloqueo Continental, comerciando a sus espaldas con los ingleses. Para Napoleón, los ingleses eran el verdadero enemigo a batir. Frustrados en 1808 sus planes de invadir Inglaterra tras la batalla de Trafalgar, su estrategia pasaba por hundir económicamente a los ingleses, arruinando su comercio con el continente. Sin embargo, muchos países seguían manteniendo relaciones comerciales, más o menos encubiertas, con Gran Bretaña, lo que enervaba al emperador francés.

Por su parte, Alejandro I argumentaba que su país ya pasaba demasiadas miserias para encima tener que soportar las consecuencias de ese bloqueo, que significaba más pobreza para todo el mundo. Un buen día decidió que ya estaba bien de hacerle el juego a Napoleón, y se hizo el longui ante sus imperativos requerimientos de cesar en dicho comercio.

Así pues, a Napoleón no le quedó más remedio que invadir Rusia. Sabía que era una empresa arriesgada, pero no podía consentir que su dominio de Europa fuera cuestionado por ninguna de las potencias teóricamente sometidas.

A Rusia, Napoleón ya le había dado lo suyo en 1807 con las batallas de Eylau y Friedland, obligando al joven Alejandro a firmar la paz en Tilsit y un tratado posterior (Erfurt) en el que Rusia se comprometía a participar en el acoso comercial a los ingleses.

El emperador francés no esperaba otra cosa de la invasión de Rusia que una victoria aplastante sobre los rusos, y un Zar nuevamente sometido a sus designios.

Evidentemente, Napoleón se equivocó de parte a parte. Al igual que en España, los rusos no estaban dispuestos a consentir que un enemigo extranjero mancillara el suelo patrio, su sagrada Rodina, y soportarían los sacrificios que fuese necesario con tal de expulsarle de allí para siempre. Sin embargo, los generales rusos habían aprendido mucho desde sus primeros combates con Napoleón. Éste había reunido para la empresa rusa al mayor ejército jamás conocido, con casi un millón de hombres de todas partes del continente europeo. Era absurdo pensar que podrían derrotar a semejante ejército en campo abierto, así que decidieron poner tierra quemada de por medio. A lo largo de más de mil kilómetros, las tropas francesas se adentraron en una Rusia de aldeas incendiadas y campos devastados por los propios rusos, cuya intención era impedir que el enemigo pudiera aprovecharse de los recursos de Rusia para su invasión.

Pero en septiembre de 1812, la siguiente parada en el camino era Moscú. Todo el mundo en la Armée sabía que los rusos tratarían de defender su capital imperial, y todo el mundo sabía también que controlar la capital era imprescindible para soportar el inminente invierno ruso. Los veteranos de anteriores campañas sabían muy bien el frío que muy pronto iban a tener que soportar en aquellas latitudes. Por su parte, los rusos estaban también muy motivados, ya que en la próxima batalla se decidiría si el enemigo tomaría la ancestral capital de Rusia o debería retirarse humillado.

Napoleón se levantó aquella mañana del 7 de septiembre de 1812 afiebrado. No estaba en su mejor momento. Por otro lado, su inmenso ejército estaba bastante diseminado, y no consiguió superar en número de efectivos a los rusos, que además se habían atrincherado con todo tipo de construcciones defensivas. Napoleón ordenó cargar de frente contra los rusos, y el resultado fue un verdadero desastre humano. Ambos ejércitos echaron el resto en el combate, sabedores de su trascendencia. Entre franceses y rusos, se calcula que entre 100.000 y 125.000 hombres perdieron la vida aquel nefasto día. Fue el día más sangriento de todas las Guerras Napoleónicas, superando con mucho las bajas que más de un siglo después se producirían en el primer día de la batalla del Somme, ya en plena Primera Guerra Mundial.

Al final de la batalla, a los rusos les tocó retirarse, aunque sabedores de que habían dejado herido de importancia a su enemigo. Ahora los rusos dejarían que los franceses entraran en Moscú, pero sólo para darles el tiro de gracia incendiando su propia ciudad.

Un anonadado Napoleón, que pensaba que la toma de la capital pondría fin a su campaña, se dio cuenta demasiado tarde que los rusos no dejarían ni una sola astilla de leña que quemar en el crudo invierno que se avecinaba, y que mucho menos pretendían rendirse.

Tras contemplar cómo los mismos rusos incendiaban Moscú,  Napoleón inició una desastrosa retirada a través de las estepas rusas en pleno invierno, lo que significó el fin de su Grande Armée y, en gran medida, el fin de su dominio imperial sobre Europa.

Juan Antonio Cebrián narra a su particular manera los sucesos de Borodino en uno de sus pasajes de la Historia:

Ciclo Juan Antonio Cebrián (VIII): Juan Martín Díez, "El Empecinado"

Juan Martín Díez, El Empecinado, por Francisco de Goya. Origen: Wikimedia Commons.

Pocos hombres se abren camino en la Historia partiendo de la nada. En España, uno de estos hombres fue Juan Martín Díez. El apodo popular de los naturales de Castrillo de Duero, su pueblo natal: “los empecinados”, se convirtió gracias a su tenacidad y valentía, en un sinónimo de terquedad y determinación, recogido incluso por el diccionario de la Real Academia de la Lengua.

Durante la Guerra de la Independencia Española, de cuyo comienzo ahora conmemoramos el segundo centenario, Juan Martín y su grupo de guerrilleros pusieron en jaque al mejor ejército del mundo durante años. Las tropas invasoras de Napoleón, y su general Leopold Hugo (padre del famoso escritor Victor Hugo) nunca fueron capaces de capturarle, a pesar de intentarlo con métodos no precisamente honorables:

El cometido principal de estas guerrillas era dañar las líneas de comunicación y suministro del ejército francés, interceptando correos y mensajes del enemigo y apresando convoyes de víveres, dinero, armas, etc. El daño que se hizo al ejército de Napoleón fue considerable, de tal manera que nombraron al general Joseph Leopold Hugo como «perseguidor en exclusiva» del Empecinado y sus gentes. El general francés, después de intentar su captura sin conseguirlo, optó por detener a la madre del guerrillero y algún familiar más. La reacción de Juan Martín fue endurecer las acciones bélicas y amenazar con el fusilamiento de 100 soldados franceses prisioneros. La madre y los demás fueron puestos en libertad.
(Wikipedia)

Para ser exactos, Juan amenazó al general Leopold Hugo con dar muerte a todo soldado francés que cayera en sus manos a partir de aquel momento si éste mataba a su madre. Desde luego, Juan Martín era un personaje cuya palabra no podía ser tomada a la ligera.

Por desgracia, España siempre ha pagado muy mal a sus héroes. Puesto que Juan siempre fue un liberal declarado y militante, el canalla traidor de Fernando VII, “El Deseado”, le hizo matar de la forma más vil posible. Incluso en aquel momento, Juan supo imponer su fiereza sobre su terrible destino, y prefirió resistirse y morir a bayonetazos antes que sufrir la indignidad de ser ahorcado.

Ahora que celebramos el segundo centenario del inicio de la Guerra de Independencia, tendremos una buena ocasión para compensar el injusto olvido con el que nuestra sociedad siempre ha pagado a sus héroes populares, y en especial, a nuestro bravo Empecinado.

Disfruten de este extraordinario pasaje de la Historia de Juan Antonio Cebrián.