Eratóstenes

A finales del siglo III a.C. Roma y Cartago se desangraban en sus Guerras Púnicas por el poder en el Mediterráneo. En Oriente, el efímero imperio conquistado en el siglo anterior por Alejandro Magno se había deshecho en varias partes, cada una de las cuales era lo suficientemente grande como para convertirse por sí misma en una potencia mundial. A los descendientes del general macedonio Ptolomeo les había correspondido gobernar el poderoso y antiguo Egipto.

Pero los Ptolomeos no eran ni mucho menos egipcios: los Ptolomeos eran y seguirían siendo Griegos. Para distinguirse de los anteriores reyes de Egipto, se establecieron en la nueva ciudad fundada por Alejandro: Alejandría. Además de ser la capital de Egipto, Alejandría estaba convenientemente aislada del resto de Egipto. En la corte alejandrina se hablaba griego, y allí acudían los mejores eruditos del mundo griego, al calor del mecenazgo que los Ptolomeos proporcionaban a través de su fastuosa Biblioteca de Alejandría.

Al frente de la Gran Biblioteca se encontraba el sabio Eratóstenes, un personaje que había dedicado su vida a cultivar todas las ramas posibles del conocimiento humano y que dominaba una buena parte de ellas: matemáticas, astronomía, filosofía, poesía,… A su alrededor, más de 900.000 ejemplares de las obras literarias de la antigüedad, recopiladas y catalogadas durante décadas por él mismo y sus antecesores, le proporcionaban toda la información disponible en aquella época sobre todo tipo de descubrimientos y observaciones.

En su afán por conocer el mundo que le rodeaba, Eratóstenes leía todo tipo de documentos, hasta que uno de ellos le llamó especialmente la atención: un papiro manuscrito afirmaba que en la ciudad egipcia de Siena (la actual Asuán), en el día del Solsticio de verano, y justo al mediodía, cuando el sol se encontraba más alto en el cielo, las columnas no daban sombra alguna, y la luz del sol penetraba hasta lo más profundo de los pozos, reflejándose en el agua de su interior. En definitiva, al mediodía de ese día en concreto, el sol se encontraba justo sobre la vertical de la ciudad de Siena.

Por sus propias observaciones, Eratóstenes sabía que durante el mediodía del Solsticio de verano, en la ciudad de Alejandría las columnas ofrecían una sombra apreciable, cuya longitud formaba respecto a la altura de la columna un ángulo de 7º. El hecho de que en una ciudad el sol no proyectara sombras mientras en otra situada más al norte sí lo hiciera significaba, lisa y llanamente, que la superficie de la Tierra no era plana, sino que describía una curva.

Muchos otros pensadores griegos de la antigüedad ya habían especulado con la posibilidad de que la Tierra tuviera forma esférica, pero allí, en Alejandría, y gracias a las observaciones del papiro de Siena y las realizadas por Eratóstenes, ahora podría saberse con exactitud cuál era el tamaño de esa esfera. Antes, sin embargo, debía conocer la distancia exacta que separaba a ambas ciudades, y para ello Eratóstenes contrató a un hombre para que caminara de una ciudad a otra, contando sus pasos durante el camino (Según otras versiones, buscó el dato en la misma biblioteca, o hizo que un regimiento recorriera esa distancia). En todo caso, de la exactitud de esta medida dependía por completo el resultado de sus cálculos. Finalmente, la distancia obtenida fue de unos 800km.

Gracias a la geometría y la trigonometría, desarrolladas por los griegos durante los siglos anteriores, Eratóstenes sabía que una circunferencia podía dividirse en 360 secciones, cada una de ellas describiendo un segmento de arco correspondiente a 1º. Si un segmento de arco de 7º medía 800km, la cuenta estaba clara:

A partir de este cálculo, Eratóstenes dedujo que la longitud de la circunferencia de la Tierra debía ser de unos 41.142 kilómetros. Comparado con la longitud real de la circunferencia terrestre, calculada actualmente en 40.076 km, no es una mala aproximación, especialmente si tenemos en cuenta los medios técnicos de los que disponía Eratóstenes.

Pero Carl Sagan cuenta esta misma historia en la serie Cosmos de una forma mucho más emocionante. Para los que quieran oírla en español, pulsad en este enlace.

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Memoria inmortal de D. Pedro Girón, duque de Osuna, muerto en la prisión

Don Pedro Tellez-Girón y Velasco, duque de Osuna no necesitaba de poemas para tener su lugar en la historia: fue uno de los nobles de más rancio abolengo de la España del siglo XVII, con gran influencia en la corte y que, sin embargo, prefirió el azar de los campos de batalla a las intrigas palaciegas. Nombrado virrey de Sicilia y de Nápoles, gobernó media Italia en nombre del rey de España. No pudo, sin embargo, librarse de las conspiraciones de un Imperio convulso, y a él se le atribuye el oscuro episodio de la Conjuración de Venecia.

Tras organizar con gran éxito la flota española en el Mediterráneo, Pedro Girón cayó en desgracia en 1620, cuando el poder del monarca Felipe III cedía el testigo a la camarilla capitaneada por el Conde-Duque de Olivares, que gobernaría en nombre del sucesor del viejo rey, el impasible Felipe IV. El duque de Osuna fue encarcelado bajo la infundada acusación de secesión, y murió en prisión en 1625 para regocijo de los enemigos de España. Su fama, sin embargo, no decayó, y tanto en los territorios que gobernó como en Madrid, el pueblo le tuvo siempre en alta estima.


Uno de sus más leales servidores fue el genial escritor Francisco de Quevedo, quien compuso varias loas a su figura. Muerto el duque de Osuna, Quevedo compondría este Memoria Inmortal, donde resume el pago que este país históricamente desgobernado y cainita ofrece a sus grandes talentos. No es poco consuelo pasar a la historia gracias a los versos de uno de los mejores poetas de la lengua española.

Faltar pudo su patria al grande Osuna,

pero no a su defensa sus hazañas;
diéronle muerte y cárcel las Españas,
de quien él hizo esclava la Fortuna.

Lloraron sus envidias una a una
con las propias naciones las extrañas;
su tumba son de Flandes las campañas,
y su epitafio la sangrienta luna.

En sus exequias encendió el Vesubio
Parténope, y Trinacria al Mongibelo;
el llanto militar creció en diluvio.

Diole el mejor lugar Marte en su cielo;
la Mosa, el Rhin, el Tajo y el Danubio
murmuran con dolor su desconsuelo.

Francisco de Quevedo.

Nota: Escribí esta entrada tras escuchar este poema en una escena de la película Alatriste, que aunque carece de argumento, tiene una gran ambientación y una excelente fotografía. Y Juan Echanove lo borda en su papel de Quevedo.

José María Pérez Orozco

Don José María Pérez Orozco, catedrático de la lengua española, pasaría desapercibido entre el paisanaje de la Andalucía rural hasta el momento en que abriera ese pozo de sabiduría que tiene por boca. Ayer mismo recibí un curioso correo donde se enlazaban varios vídeos caseros grabados a este profesor ya jubilado donde explica varios aspectos de las «hablas andaluzas». Desde entonces he visto al menos media docena de vídeos del profesor Pérez Orozco, he consultado lo poco que de él dice Internet y buscado sus publicaciones. Se trata de un personaje interesantísimo, digno de ser conocido, y toda una autoridad en lo que se refiere a la cultura y la lengua andaluza, así como un estudioso del arte flamenco. Baste decir que fue director de la IV edición de la Bienal de Arte Flamenco de Sevilla en 1986, recibiendo duras críticas por su excesivo conservadurismo formal. En vista de cómo ha ido evolucionando la Bienal, mejor nos hubiera ido valorando más ese conservadurismo, porque a tanta innovación como se está introduciendo en la Bienal a veces cuesta trabajo llamarle flamenco. También dirigió, junto con Juan Alberto Fernández Bañuls la serie televisiva Caminos del Flamenco en 1987.

Su labor divulgativa se basa en el estudio científico de la lengua y la cultura andaluzas, pero la de verdad, la de a pie de calle, la de la gente normal, y cómo esta cultura echa sus raíces en la historia profunda de nuestra tierra. Este señor es capaz de dar una clase magistral sentado en la terraza de un bar con la misma familiaridad que lo hace en la Universidad de Sevilla.

Hoy os dejo con la ponencia del profesor Pérez Orozco en las jornadas sobre Morfología del humor de 2009. Espero que os guste tanto como a mí.

Aminatou

Cuando una persona defiende una causa justa sin recurrir a la violencia, y triunfa contra la cerrazón de los estados y de quienes los gobiernan, se convierte para siempre en un héroe del pueblo. No importa la nacionalidad, la cultura o el idioma; gracias a Aminatou sabemos que la determinación de llevar nuestros principios hasta sus últimas consecuencias puede doblegar incluso a las tiranías más sanguinarias. Eso merece, como poco, el reconocimiento de una ciudadanía -la española- poco acostumbrada ya a las gestas valientes. Gracias Aminatou; hoy somos todos un poco más humanos y un poco menos súbditos.

(Imagen: El País)

Esperando a Solveig

Operarios de la empresa "La Generala" atentando contra el patrimonio cultural español.Hoy ha sido un día intenso para el barrio de San Esteban de Murcia. A primera hora de la mañana se presentaban los operarios de la empresa constructora La Generala para empezar a “desmantelar” el yacimiento arqueológico descubierto en el lugar donde el Partido Popular de Murcia, a través de las instituciones autonómicas, pretendía construir un gran aparcamiento subterráneo. La imagen, recogida por la agencia European Pressphoto Agency y reproducida en esta entrada, no puede ser más desoladora: unos cuantos peones sin preparación alguna se dedican a “desmontar” (a destruir, claro) los restos arqueológicos. Por suerte, la movilización ciudadana y una infrecuentemente rápida actuación judicial han conseguido paralizar este atentado al patrimonio cultural español, este memoricidio que el ejecutivo murciano pretendía perpetrar a plena luz del día y contra la opinión de todos los expertos en la materia, anteponiendo el interés urbanístico y económico de unos cuantos al interés general y a la conservación de nuestra Historia.

Ya con la resolución judicial en la mano ordenando la paralización del expolio, el presidente de la Comunidad Murciana, Ramón Luis Valcárcel, se ha apresurado a bajarse los pantalones ante lo inevitable y a subirse (tarde) al tren de la defensa del patrimonio, tal vez sin darse cuenta de que ese tren le ha pasado por encima a él y a todo su gobierno, especialmente a esa pintoresca Consejería de Cultura que no sólo consiente, sino que autoriza semejantes atropellos contra el interés común.

Así que, leyendo todas estas noticias, y además de alegrarme por la salvación del yacimiento de San Esteban, no he podido dejar de recordar a una persona que se enfrentó hace muchos años a las excavadoras de la especulación inmobiliaria para salvar el patrimonio cultural de España: la arqueóloga sueca Solveig Nordtröm. En pleno auge del desarrollismo franquista, esta mujer tuvo el valor suficiente como para enfrentarse a los especuladores afines a la dictadura y atraer la atención de la prensa internacional para detener el avance de las máquinas hacia los restos de la ciudad íbera, cartaginesa y romana de Lucentum. Aquellos restos arqueológicos, condenados a convertirse en escombros para mayor gloria de la urbanización salvaje de la costa mediterránea, pasaron a ser declarados patrimonio nacional y monumento histórico-artístico gracias al arrojo de Solveig. Un regalo eterno para un país de desmemoriados que nunca agradecerá lo suficiente aquella gesta.

A lo mejor nosotros, acomodados españolitos del siglo XXI, estamos demasiado interesados por el deporte televisivo y por las refriegas políticas y judiciales que nos brinda una clase política carcomida por la corrupción como para perder el tiempo en proteger nuestra Historia y nuestra identidad de la avaricia de algunos indeseables. Quizá estemos esperando que venga de nuevo Solveig Nordström o cualquier otro extranjero a sacarnos de la inopia y a defender lo que es nuestro.

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Ágora

Extraído de Eureka:

El último científico que trabajó en la Biblioteca [de Alejandría] fue una matemática, astrónoma, física y jefe de la escuela neoplatónica de filosofía: un extraordinario conjunto de logros para cualquier individuo de cualquier época. Su nombre era Hipatia. Nació en el año 370 en Alejandría. Hipatia, en una época en la que las mujeres disponían de pocas opciones y eran tratadas como objetos en propiedad, se movió libremente y sin afectación por los dominios tradicionalmente masculinos.[…] Cirilo, el arzobispo de la ciudad, la despreciaba por la estrecha amistad que ella mantenía con el gobernador romano y porque era un símbolo de cultura y de ciencia, que la primitiva Iglesia identificaba en gran parte con el paganismo. A pesar del grave riesgo personal, continuó enseñando y publicando, hasta que en el año 415, cuando iba a trabajar, cayó en manos de una turba fanática de feligreses de Cirilo. La arrancaron del carruaje, rompieron sus vestidos y, armados con conchas marinas, la desollaron arrancándole la carne de los huesos. Sus restos fueron quemados, sus obras destruidas, su nombre olvidado. Cirilo fue proclamado santo.

Carl Sagan, “Cosmos“.

Más sobre Hipatia de Alejandría, aquí mismo.

Ha muerto Mercedes Sosa

Este luminoso domingo de otoño se ha tornado de repente en un día triste. Mercedes Sosa, una de las voces más importantes y queridas de la Ámérica Latina del siglo XX, ha fallecido hoy tras una cruel agonía de dos semanas. Mercedes llevó como nadie por todo el mundo la belleza musical del acento argentino. Hoy Mercedes ha dejado de padecer las miserias humanas para convertirse en voz inmortal, nuestra para siempre. Hoy El ojo del tuerto está de luto por Mercedes.

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Emperadores de Roma: Claudio (II) – El emperador erudito

La guardia pretoriana encuentra a Claudio escondido detrás una cortina tras el asesinato de Calígula.De repente, y contra todo pronóstico, Roma tenía un nuevo e inesperado emperador. Hasta entonces, el Imperio había tenido que conformarse -con mejores o peores resultados- con un animal político ávido de poder, con un anciano maniaco sin interés alguno por el gobierno y con un joven demente sanguinario. Ahora Roma iba a probar algo nuevo y diferente: el gobierno de un erudito, de un estudioso de la historia que nunca tuvo intención de gobernar. A pesar de su reticencia, Claudio tenía la gran oportunidad de demostrar al mundo que un historiador podía ser mejor gobernante que un político o un militar.

Pero al principio, tras la violenta muerte de Calígula, las cosas estaban bastante revueltas en Roma. Mientras los asesinos del anterior emperador y el Senado clamaban por la restauración de la República, la guardia pretoriana protegía a Claudio, a quien habían proclamado emperador (un nombramiento a todas luces ilegal, pero que contaba con la validez que le daban las espadas de la guardia imperial). Sabiendo el Senado que no podía enfrenarse con las numerosas cohortes de pretorianos acantonadas en los alrededores de la ciudad, no tuvo más remedio que plegarse a este nombramiento y aceptar a Claudio como emperador.

Los temores del Senado sobre la capacidad de Claudio para ejercer el gobierno se disiparían muy pronto. Claudio no era ningún loco, y tampoco estaba ávido de poder. Claudio, de hecho, siempre había profesado ideas republicanas, al igual que su fallecido hermano Germánico. Por desgracia para él, sabía bien que no podía renunciar al cargo, ya que eso podía significar su muerte. Él, que siempre había sido un superviviente ante todas las intrigas que habían rodeado a su familia, ahora consideraba que permanecer como emperador era su mejor opción para conservar la vida. En fin, ya que no tenía más remedio que gobernar, al menos trataría de hacerlo lo mejor posible.

Entre sus primeras decisiones, devolvió la independencia al Senado de Roma, convirtiéndolo de nuevo en una cámara representativa de la ciudadanía, y liberándolo del servilismo en el que había caído durante los gobiernos de Tiberio y Calígula. Derogó la mayor parte de las enloquecidas disposiciones del gobierno de su sobrino y acometió una serie de importantes obras públicas destinadas a asegurar el abastecimiendo de agua y grano a Roma para evitar las cíclicas hambrunas que asolaban a la población. Mandó construir nuevos acueductos y acometer la necesaria reforma del puerto de Ostia para permitir el atraque bajo cualquier clima de los barcos que abastecían de alimentos a la capital imperial. Claudio intentó también devolver la seriedad a la judicatura romana, encargándose incluso de presidir personalmente gran número de juicios.

Después de años de terror político, el pueblo de Roma empezaba a respirar tranquilo. El nuevo emperador no parecía predispuesto al asesinato o a la violencia indiscriminada. Sin embargo, antes de considerarle definitivamente como un líder aceptable, Claudio debía demostrar que, además de un buen administrador, era también un líder militar victorioso. Sus antecesores se habían destacado en guerras civiles, en Hispania, Germania o Panonia, pero ahora las fronteras del Imperio se encontraban bastante pacificadas. Ni siquiera la díscola región de Oriente Medio, gobernada ahora por Herodes Agripa, amigo personal de Claudio, daba muestras de disturbios inminentes. Claudio necesitaba un terreno en el que demostrar sus aptitudes militares, expandiendo de paso el Imperio. Ese terreno sería Britania, la isla septentrional donde incluso Julio César había fracasado en su intento de conquista un siglo antes.

Carataco y su familia son presentados ante Claudio en su triunfo. Grabado según un çoleo de Robert Sminke.Los orgullosos britanos, lejos de consentir el dominio romano, ofrecieron una fuerte resistencia bajo el mando de Carataco, su más carismático líder. El orgullo y la bravura britanas no pudieron, sin embargo, impedir que la implacable maquinaria de guerra romana les pasara por encima, y Carataco terminó exhibido por el foro de Roma en el desfile triunfal de Claudio. Como gesto de indulgencia hacia el enemigo vencido, y rompiendo la tradición romana de ajusticiar a los líderes enemigos al finalizar el desfile triunfal, Claudio perdonó la vida de Carataco y su familia, permitiéndoles vivir en la campiña romana por el resto de sus días. Con este gesto se gano el aprecio del pueblo romano, así como el respeto de los britanos, más dispuestos a aceptar el dominio de un conquistador benevolente.

De esta forma Claudio afianzó su posición en Roma como jefe militar competente, capaz de proteger y ampliar el Imperio. Las incorporaciones de las nuevas provincias en África y Britania y la inestabilidad política en Oriente Medio le permitieron extender las fronteras de Roma más lejos de lo que nunca habían llegado, y eso significaba nuevos ingresos por botín de guerra, por concesiones administrativas sobre las explotaciones mineras y agrícolas en las nuevas tierras y por impuestos de cientos de miles de nuevos súbditos. Una nueva era de prosperidad se abría para Roma bajo el gobierno de Claudio; sin embargo, las intrigas dentro de la casa del emperador iban a marcar el futuro del Imperio. El emperador padecía una debilidad mucho mayor que la que afectaba a su maltrecho cuerpo: su dependencia emocional de sus mujeres, asunto que trataremos en una próxima entrada.

Una oración en la Roca

Una gran cruz de madera finamente decorada era arrastrada por las calles de Jerusalén atada a un caballo. A sus lados, un grupo de soldados  árabes se dedicaba a patearla y escupir sobre ella. De pronto se encontraron con el Sultán, montado sobre su espléndido caballo blanco, y su numeroso séquito, que subían calle arriba, buscando el centro de la ciudad.  Al ver a su señor, los soldados se detuvieron atemorizados, esperando alguna reacción por su parte al ver el atentado sacrílego  que estaban cometiendo contra aquel símbolo cristiano. Los soldados se tranquilizaron cuando éste les sonrió con condescendencia, y siguieron con su irreverente procesión hacia las murallas de la ciudad, por donde pensaban arrojar el crucifijo. El Sultán consideraba que era necesario que sus hombres disfrutaran de algún tipo de compensación tras el cruento asedio de la ciudad, sobre todo después de que les hubiera prohibido terminantemente cualquier acto de pillaje.

La comitiva prosiguió despreocupadamente su camino por el laberinto de estrechas calles empedradas. En casi todas las casas había familias cristianas recogiendo sus pertenencias, y algunos se atrevían ya a salir a las calles cargando con lo poco que habían podido recoger, buscando las puertas de salida de la ciudad. Había soldados árabes y cruzados por todas partes, pero todos ellos respetaban el armisticio pactado entre ambos bandos. Las espadas envainadas y los escudos en el suelo daban paso a las conversaciones entre soldados de uno y otro credo. Aquel día en Jerusalén no habría pánico, ni matanzas.

Durante su breve paseo, el Sultán sentía crecer en él el gozo por la victoria definitiva sobre los infieles y el orgullo infinito de ser el libertador de los Santos Lugares. Por primera vez en muchos siglos, todos los lugares santos del Islam se encontraban bajo el dominio de una sola persona, y esa persona era él mismo: el Sultán de Siria y de Egipto, señor de Alepo y Mosul, de Medina y de La Meca, Salah ad-Din Yusuf, conocido por sus enemigos occidentales como Saladino.

La estrechez de la calle dio paso al gran espacio abierto de la Explanada de las Mezquitas, y por fin pudo divisar la gran mezquita Al-Aqsa y la majestuosa Cúpula de la Roca. Tan sólo unas horas antes, la misma cruz que había visto en la calle ultrajada por sus hombres se erguía sobre la cúpula dorada de la mezquita de la Roca, pero ahora el edificio estaba rodeado de soldados y mullahs. Al llegar el Sultán Saladino, todos estallaron en gritos, aclamando a su victorioso señor. Saladino recorrió la explanada con la vista y pudo contemplar Jerusalén desde la altura. Aparte de algún que otro incendio, consecuencia de la reciente batalla, la ciudad parecía tranquila ante la histórica transición que estaba viviendo. A lo lejos, una larga columna de cristianos abandonaba lentamente la ciudad por el valle de Josafat. Aunque Saladino había garantizado la seguridad de los habitantes de Jerusalén, casi ningún cristiano quería vivir en la ciudad bajo un gobierno musulmán.

El sol se ponía lentamente sobre el camino que llevaba a los refugiados a la costa. Pronto se les haría de noche en medio de unos campos donde acechaban toda clase de peligros. Al llegar al ocaso del día, Saladino, su escolta y el resto de la multitud que permanecía en la explanada se introdujeron en el interior de la Cúpula. Alá había querido que aquel día memorable fuese viernes, y  llegaba la hora de la oración. En ese momento pudo oirse un canto como no se había oído en aquel sitio durante más de ochenta años…

Como buen musulmán, oculto su rostro entre las manos, Saladino se dispuso a dar gracias a Alá por su buena estrella; pero mientras lo hacía no pudo reprimir una sonrisa de triunfo en el único momento en que estuvo seguro de que nadie le observaba. Pocos hombres podían experimentar la inenarrable sensación de entrar en la Historia como él lo estaba haciendo en aquellos momentos. Durante los siguientes mil años, generaciones de musulmanes recordarían aquel día con celebraciones y fiestas: el día en que el Sultán Salah ad-Din recuperó la ciudad de Jerusalén para los creyentes, un viernes 2 de octubre del año 1187, 27 del mes de Rajab del año 583 de la Hégira.

Imagen: Noam Garmiza en Flickr.

Sonido: Youtube.

Documentales de Canal Historia sobre las cruzadas (cuatro partes). En total, tres horas y pico de disfrute, para el que se atreva.

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Yo le di un cigarrito a Silvio

Acostumbraba yo a principios de los años noventa a frecuentar las calles del sevillano barrio de Los Remedios bien entrada la madrugada. Entre cubata y cubata, y entre canuto y canuto, mis colegas y yo desgranábamos una juventud que se nos escapaba entre los dedos en forma de empleos, novias y servicios militares. La madurez estaba a la vuelta de la esquina, a lo mejor por eso apurábamos los que serían nuestros últimos grandes desfases con la ansiedad del que sabe que el chollo de ser joven se le está acabando. El signo más preocupante de nuestra decadencia estaba precisamente en nuestros bolsillos: mientras más dinero teníamos, más esclavos éramos de nuestras nuevas obligaciones. Ningún gin tonic, por muy cargado que nos lo sirvieran, conseguía hacernos olvidar que el final de la travesía estaba a la vuelta de la esquina.


Pero no; el que estaba a la vuelta de la esquina aquella madrugada, pasadas ya las cuatro de la mañana, era Silvio. Sentado en un poyete y con una tajá como un mulo le daba los últimos sorbos a un bebedizo en vaso de tubo que sostenía en una mano, al tiempo que quemaba la última calada de un cigarrillo en la otra. A aquellas horas sólo quedábamos en la calle nosotros, el bueno de Silvio y los operarios de la limpieza que se afanaban en regar la calle para quitar la mierda provocada por la movida de esa noche.

-Iyo, ¿tiene un sigarrito?- Me suelta el tío cuando paso por su lado.

No me había dado cuenta de quién era hasta que lo miré de cerca. Silvio sabía mejor que nadie cómo disfrazarse de borracho callejero para que nadie le reconociera; sin embargo, allí estaba yo, delante de la leyenda viva -bueno, en realidad medio muerta- del rock andaluz que me pedía un cigarrito como el más humilde de los mortales. Tenía fresca entonces en la memoria -y aún la tengo- la ocasión en que fuimos a ver a Silvio a un concierto en la Puebla de los Infantes (que está un rato lejos), para encontrarnos allí con que Silvio venía borracho hasta el punto de que le resultaba imposible cantar. El problema fue que en las dos horas que tardó en recuperar un poco la compostura los que estabamos borrachos éramos nosotros. No se puede decir que aquel concierto fuera un desastre, a pesar de que el batería tuvo que cantar parte de las canciones por una ligera indisposición de Silvio. Simplemente era lo que cabía esperarse de él. Silvio era a la música lo que Curro Romero a los toros: si coincidías en uno de sus días buenos podías tocar el cielo, y si no, pues ya sabías de antemano a lo que te exponías. En lugar de ponernos a abuchear por el retraso del artista nosotros decidimos esperarle apalancados en la barra del bar, con los resultados que eran de prever… Ahora ese mismo Silvio estaba delante de mí, con los ojos entrecerrados y aquél vaso de tubo en la mano que seguramente una vez tuvo unos hielos dentro, pero que ahora contenía una mezcla indefinida de alcohol y agua.

-Ahro Sirvio, toma…- Le contesté mientras le extendía el paquete de tabaco.

Silvio cogió el cigarrito y balbuceó lo que podrían haber sido unas gracias o una crítica por la marca del tabaco; unas palabras incomprensibles para nadie que no compartiera el estado de embriaguez de ese genio urbano que era Silvio. Cuando me di la vuelta y seguí mi camino no sabía que era la última vez que le veía. Poco después de aquello se terminaron para mí los días de salir de cachondeo por Sevilla, y me fui a Cataluña a ganarme las habichuelas. Silvio se murió años más tarde de la misma enfermedad que le había permitido ser quien fue.

Creo que la importancia de una persona puede medirse por la gente que asiste a su entierro. Seguramente cuando yo me muera vendrá a despedirme mi familia, lo cual significará que fui importante para ellos -cosa con la que me conformo-. Al entierro de Silvio fueron un buen número de amigos, pero también la flor y nata del rock y el pop de toda España, desde Kiko Veneno hasta Raimundo Amador o Luz Casal. Todos ellos acudían a rendir tributo al maestro sevillano del Rock. Cuando se murió Silvio murió también el padre de los rockeros andaluces. Cuando empecé a fraguar esta entrada, debía hablar sobre el rock andaluz, pero después de acordarme de esta anécdota creo que ya hablaremos otro día los que mamaron el arte que destilaba este monstruo que fue Silvio Fernández Melgarejo.

Al sur de la Gran Bretaña yo me siento acomodado,
la vida se me pasa pero yo aki me he kedado.
Como tonto como sabio, yo no no no lo cambio,
aunque solo de milagro me mantenga.
Somos victimas propicias de una antigua maldicion,
hemos de ganar el pan con el propio sudor;
menos mal que aquí en Sevilla la vida tengo ganada
porque con tanto calor sudo aunque no haga nada.
oooh oooh oooh…
Hay mas sureños,
se reproducen mas.
Hay mas sureños,
se nota en el portal.
Hay mas sureños,
habemos muchos mas.
Sureños del norte al sur.