Memoria inmortal de D. Pedro Girón, duque de Osuna, muerto en la prisión

Don Pedro Tellez-Girón y Velasco, duque de Osuna no necesitaba de poemas para tener su lugar en la historia: fue uno de los nobles de más rancio abolengo de la España del siglo XVII, con gran influencia en la corte y que, sin embargo, prefirió el azar de los campos de batalla a las intrigas palaciegas. Nombrado virrey de Sicilia y de Nápoles, gobernó media Italia en nombre del rey de España. No pudo, sin embargo, librarse de las conspiraciones de un Imperio convulso, y a él se le atribuye el oscuro episodio de la Conjuración de Venecia.

Tras organizar con gran éxito la flota española en el Mediterráneo, Pedro Girón cayó en desgracia en 1620, cuando el poder del monarca Felipe III cedía el testigo a la camarilla capitaneada por el Conde-Duque de Olivares, que gobernaría en nombre del sucesor del viejo rey, el impasible Felipe IV. El duque de Osuna fue encarcelado bajo la infundada acusación de secesión, y murió en prisión en 1625 para regocijo de los enemigos de España. Su fama, sin embargo, no decayó, y tanto en los territorios que gobernó como en Madrid, el pueblo le tuvo siempre en alta estima.


Uno de sus más leales servidores fue el genial escritor Francisco de Quevedo, quien compuso varias loas a su figura. Muerto el duque de Osuna, Quevedo compondría este Memoria Inmortal, donde resume el pago que este país históricamente desgobernado y cainita ofrece a sus grandes talentos. No es poco consuelo pasar a la historia gracias a los versos de uno de los mejores poetas de la lengua española.

Faltar pudo su patria al grande Osuna,

pero no a su defensa sus hazañas;
diéronle muerte y cárcel las Españas,
de quien él hizo esclava la Fortuna.

Lloraron sus envidias una a una
con las propias naciones las extrañas;
su tumba son de Flandes las campañas,
y su epitafio la sangrienta luna.

En sus exequias encendió el Vesubio
Parténope, y Trinacria al Mongibelo;
el llanto militar creció en diluvio.

Diole el mejor lugar Marte en su cielo;
la Mosa, el Rhin, el Tajo y el Danubio
murmuran con dolor su desconsuelo.

Francisco de Quevedo.

Nota: Escribí esta entrada tras escuchar este poema en una escena de la película Alatriste, que aunque carece de argumento, tiene una gran ambientación y una excelente fotografía. Y Juan Echanove lo borda en su papel de Quevedo.

La canción del mariquita

Debo confesar que, hasta hoy, nunca había leído este poema de Federico. En mi descargo diré que no es uno de los poemas más conocidos del genial poeta granadino. Su lectura, sin embargo, me ha movido a esta pequeña reflexión que quiero compartir con vosotros.

Compuesto en 1924, la Canción del mariquita retrata el enclaustramiento al que se encontraba sometida la homosexualidad en la Andalucía de principios del siglo XX. La maestría de Lorca consiste en decir muchas cosas en muy pocas palabras, en reflejar el drama de millones de homosexuales a lo largo de los años; el drama de personas cuya identidad sexual siempre estuvo limitada a las paredes de sus casas, a la intimidad ese universo particular, desconocido y exótico.

Fuera, en la calle, el mariquita era objeto de escarnio, de desprecio y de persecución. El mismo Federico sería asesinado unos años más tarde usando como burda y macabra excusa su homosexualidad. Luego, las leyes franquistas equipararían a los homosexuales con «vagos y maleantes», institucionalizando la represión durante décadas.

Sólo desde hace algunos años se han abierto las puertas de esos universos secretos donde la homosexualidad ha subsistido refugiada –algunos le llamarán «armarios», aunque hay que reconocer que, en muchos casos, eran unos armarios muy bien organizados– y la homosexualidad ha salido de su encierro para mostrar al mundo sin tapujos la exuberancia, la creatividad –y también el anhelo de normalidad– que este colectivo tiene que ofrecer a la sociedad; una sociedad que, a pesar de su hipocresía y su rechazo, siempre ha salido ganando con la aportación que la homosexualidad ha realizado a lo largo de la historia.

El mariquita se peina
en su peinador de seda.

Los vecinos se sonríen
en sus ventanas postreras.

El mariquita organiza
los bucles de su cabeza.

Por los patios gritan loros,
surtidores de planetas.

El mariquita se adorna
con un jazmín sinvergüenza.

La tarde se pone extraña
de peines y enredaderas.

El escándalo temblaba
rayado como una cebra.

¡Los mariquitas del Sur
cantan en las azoteas!

La canción del mariquita
Federico García Lorca

El franquismo en la cultura popular andaluza: El destierro

A Luis Cernuda le arrancaron España como a quien le arrancan un brazo o una pierna. También le arrancaron de la memoria de dos generaciones de españoles. En el nuevo ideario fascista de la España de Franco no interesaba un poeta andaluz, rojo y maricón como él, cuya única ventaja era haber escapado del destino que le esperaba a manos de los sublevados; el mismo destino que había sufrido Federico: un paseo por el campo al despuntar el alba y un tiro a traición por la espalda. Sólo un cuerpo más que enterrar en los cementerios de la Historia que son las cunetas de las carreteras españolas.

No, Cernuda tuvo la suerte de poder sobrevivir, de alejarse de aquella España negra y sin futuro, detenida en el tiempo, y seguir adelante en Inglaterra y en América. Sin embargo, Luis Cernuda ya no volvió a ser el mismo. Durante el resto de su vida se vio consumido por la nostalgia y el recuerdo de su patria; una nostalgia que se manifiesta en poemas como Quisiera estar solo en el sur, o en éste que hoy traigo, Un español habla de su tierra.

Hoy, casi cincuenta años después de su muerte, algunos españoles volvemos la vista atrás y buscamos entre las ruinas de una época para encontrar los retales de nuestra cultura. Cernuda ya lo vaticinó en su poema: “Un día tú, ya libre de la mentira de ellos, me buscarás. Entonces ¿qué ha de decir un muerto?” Creo sinceramente -y espero- que mucho, por nuestro propio bien.

Las playas, parameras
al rubio sol durmiendo,
los oteros, las vegas
en paz, a solas, lejos;

los castillos, ermitas,
cortijos y conventos,
la vida con la historia,
tan dulces al recuerdo.

Ellos, los vencedores
Caínes sempiternos,
de todo me arrancaron.
Me dejan el destierro.

Una mano divina
tú tierra alzó en mi cuerpo
y allí la voz dispuso
que hablase tu silencio.

Contigo solo estaba,
en ti sola creyendo;
pensar tu nombre ahora
envenena mis sueños.

Amargos son los días
de la vida, viviendo
sólo una larga espera
a fuerza de recuerdos.

Un día, tú ya libre
de la mentira de ellos,
me buscarás. Entonces
¿qué ha de decir un muerto?

El niño yuntero

Dejadme que en este año tan especial, en el que conmemoramos el centenario del nacimiento de Miguel Hernández, traiga a esta página uno de mis poemas preferidos, musicado por Victor Jara en lo que considero una de mis canciones preferidas.

Es tanto lo que dice este poema, tanta la rabia contenida en estas letras, que nadie puede quedar indiferente ante su mensaje. No podemos olvidar que hoy en día aún son millones los niños yunteros que trabajan como esclavos repartidos por todo el mundo. Seguramente los que hoy añoran tiempos pasados no hayan sido nunca uno de aquellos niños yunteros, ni hayan visto nunca su cuello perseguido por el yugo.

¡Vaya! Al final me ha salido un curioso juego de palabras…

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatifecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepurtura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
resuelve mi alma de encina.

Le veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
u declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

Lo que puede el dinero

En estos días de convulsiones económicas y de reacciones sociales, es bueno remontarse a épocas pasadas para descubrir que nada ha cambiado. En los casi setecientos años transcurridos desde que Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, escribiera estos versos en su Libro de Buen Amor, el mundo ha seguido moviéndose por el puro interés económico.

Por otro lado, siempre es interesante constatar el punto de vista que sobre la Iglesia del siglo XIV tenía uno de sus miembros. También ellos siguen a lo suyo, como si el tiempo no hubiera pasado.

Este poema fue musicado por Paco Ibañez, quien lo cantó en su mítico concierto de 1969 en el teatro Olympia de París, y hoy es la recomendación musical de El ojo del tuerto:

“Del Arcipreste de Hita, esta canción de hace siete siglos que, cantada hoy, da la impresión de que ha sido escrita hoy. Ataca un poquitín a la Iglesia.”

Hace mucho el dinero, mucho se le ha de amar;
al torpe hace discreto, hombre de respetar,
hace correr al cojo al mudo le hace hablar;
el que no tiene manos bien lo quiere tomar.

También al hombre necio y rudo labrador
dineros le convierten en hidalgo doctor;
Cuanto más rico es uno, más grande es su valor,
quien no tiene dinero no es de sí señor.

Y si tienes dinero tendrás consolación,
placeres y alegrías y del Papa ración,
comprarás Paraíso, ganarás la salvación:
donde hay mucho dinero hay mucha bendición.

Él crea los priores, los obispos, los abades,
arzobispos, doctores, patriarcas, potestades;
a los clérigos necios da muchas dignidades,
de verdad hace mentiras; de mentiras hace verdades.

Él hace muchos clérigos y muchos ordenados,
muchos monjes y monjas, religiosos sagrados,
el dinero les da por bien examinados:
a los pobres les dicen que no son ilustrados.

Yo he visto a muchos curas en sus predicaciones,
despreciar el dinero, también sus tentaciones,
pero, al fin, por dinero otorgan los perdones,
absuelven los ayunos y ofrecen oraciones.

Dicen frailes y clérigos que aman a Dios servir,
más si huelen que el rico está para morir,
y oyen que su dinero empieza a retiñir,
por quién ha de cogerlo empiezan a reñir.

En resumen lo digo, entiéndelo mejor,
el dinero es del mundo el gran agitador,
hace señor al siervo y siervo hace al señor,
toda cosa del siglo se hace por su amor.

Cantiga de los clérigos de Talavera

El celibato de los curas ha sido desde antiguo un tema polémico. Era práctica habitual durante la Edad Media que los sacerdotes convivieran con mujeres en amancebamiento, contra las órdenes expresas de Roma, que exigía la más estricta observancia de la castidad en el clero. Juan Ruiz, arcipreste de Hita se hace eco de esta circunstancia en su Cantiga de los clérigos de Talavera:

Allá por Talavera, a principios de abril,
llegadas son las cartas de Arzobispo don Gil,
en las cuales venía un mandato no vil
que, si a alguno agradó, pesó a más de dos mil.

Este pobre Arcipreste, que traía el mandado,
más lo hacía a disgusto, creo yo, que de grado.
Mandó juntar Cabildo; de prisa fue juntado,
¡pensaron que traía otro mejor recado!

Comenzó el Arcipreste a hablar y dijo así:
-«Si a vosotros apena, también me pesa a mí.
¡Pobre viejo mezquino! ¡En qué envejecí,
en ver lo que estoy viendo y en mirar lo que vi!»

Llorando de sus ojos comenzó esta razón:
Dijo: -«¡El Papa nos manda esta Constitución,
oS lo he de decir, sea mi gusto o no,
aunque por ello sufra de rabia el corazón.»

Las cartas recibidas eran de esta manera;
Que el cura o el casado, en toda Talavera,
no mantenga manceba, casada ni soltera:
el que la mantuviese, excomulgado era.

Con aquestas razones que el mandato decía
quedó muy quebrantada toda la clerecía;
algunos de los legos tomaron acedía.
Para tomar acuerdos juntáronse otro día.

Estando reunidos todos en la capilla,
levantóse el Deán a exponer su rencilla.
Dijo: -«Amigos, yo quiero que todos en cuadrilla
nos quejemos del Papa ante el Rey de Castilla.

»Aunque clérigos, somos vasallos naturales,
le servimos muy bien, fuimos siempre leales
demás lo sabe el Rey: todos somos carnales.
Se compadecerá de aquestos nuestros males.

»¿Dejar yo a Venturosa, la que conquisté antaño?
Dejándola yo a ella recibiera gran daño;
regalé de anticipo doce varas de paño
y aún, ¡por la mi corona!, anoche fue al baño.

»Antes renunciaría a toda mi prebenda
y a la mi dignidad y a toda la mi renta,
que consentir que sufra Venturosa esa afrenta.
Creo que muchos otros seguirán esta senda.»

Juró por los Apóstoles y por cuanto más vale,
con gran ahincamiento, así como Dios sabe,
con los ojos llorosos y con dolor muy grande:
-«Novis enim dimittere -exclamó – quoniam suave!-»

Habló en pos del Deán, de prisa, el Tesorero;
era, en aquella junta, cofrade justiciero.
Dijo: -«Amigos, si el caso llega a ser verdadero,
si vos esperáis mal, yo lo peor espero.

»Si de vuestro disgusto a mí mucho me pesa,
¡también me pesa el propio, a más del de Teresa!
Dejaré a Talavera, me marcharé a Oropesa,
antes que separarla de mí y de mi mesa.

»Pues nunca tan leal fue Blanca Flor a Flores,
ni vale más Tristán, con todos sus amores;
ella conoce el modo de calmar los ardores,
si de mí la separo, volverán los dolores.

»Como suele decirse: el perro, en trance angosto,
por el miedo a la muerte, al amo muerde el rostro;
isi cojo al Arzobispo en algún paso angosto,
tal vuelta le daría que no llegara a agosto!»

Habló después de aqueste, Chantre Sancho Muñoz.
Dijo: -«Aqueste Arzobispo, ¿qué tendrá contra nos?
Él quiere reprochamos lo que perdonó Dios;
por ello, en este escrito apelo, ¡avivad vos!

»Pues si yo tengo o tuve en casa una sirvienta,
no tiene el Arzobispo que verlo como afrenta;
que no es comadre mía ni tampoco parienta,
huérfana la crié; no hay nada en que yo mienta.

»Mantener a una huérfana es obra de piedad,
lo mismo que a viudas, ¡esto es mucha verdad!
Si el Arzobispo dice que es cosa de maldad,
¡abandonad las buenas y a las malas buscad!

»Don Gonzalo, Canónigo, según vengo observando,
de esas buenas alhajas ya se viene prendando;
las vecinas del barrio murmuran, comentando
que acoge a una de noche, contra lo que les mando.»

Pero no prolonguemos ya tanto las razones;
apelaron los clérigos, también los clerizones;
enviaron de prisa buenas apelaciones
y después acudieron a más procuraciones.

Yo sólo diré que, de aquellos polvos, estos lodos.

(Origen: A media voz)

La nana más triste del mundo

Nada recuerda hoy en los muros de la antigua prisión madrileña de Torrijos que allí permanecieron encarcelados casi tres mil presos de la dictadura franquista. Nada, excepto una placa conmemorativa que recuerda a un poeta, y a un poema.

En septiembre de 1939, perdida la guerra, los supervivientes leales a la República que no habían querido o podido huir de España iniciaban un largo periplo de vejaciones y abusos por las prisiones del fascismo; eso cuando no terminaban sus días fusilados frente a la tapia de un cementerio. En aquel aciago verano de brazos alzados y caras al Sol, lejos ya cualquier esperanza, las familias de los represaliados se enfrentaban al fantasma del hambre y de la marginación en un país destruido por la guerra donde ya no eran bienvenidos. Dentro de las prisiones, los reclusos debían soportar la doble condena de la falta de libertad y de ver a sus familias languidecer en la miseria.

Uno de aquellos reclusos era el poeta Miguel Hernández. Miguel pensó en un primer momento que, no habiendo cometido él ningún delito, no tenía nada que temer, y que podría regresar a su pueblo y vivir allí con su esposa Josefina y su hijo recién nacido. Nada más lejos de la realidad: los vencedores esperaban con ansia abalanzarse sobre los restos del enemigo vencido, y tomar cumplida venganza de todas las afrentas reales o supuestas de tres años de conflicto. Cuando quiso darse cuenta de esta cruel realidad, Miguel ya no pudo huir. El que fuera poeta del pueblo, ahora pasaba los días encerrado y atormentado por el futuro que le esperaba a su familia. Las noticias no podían ser más agoreras, porque su mujer acababa de escribirle una carta donde le contaba que sólo tenía para comer pan y cebolla. Él, encarcelado sin juicio ni sentencia, escribió este poema a su hijo pequeño Manuel Miguel, junto con unas breves letras para su esposa:

Estos días me los he pasado cavilando sobre tu situación, cada día más difícil. El olor de la cebolla que comes me llega hasta aquí y mi niño se sentirá indignado de mamar y sacar zumo de cebolla en vez de leche. Para que lo consueles, te mando estas coplillas que he hecho, ya que para mí no hay otro quehacer que escribiros a vosotros o desesperarme.

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.
.
En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.
.
Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.
.
Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.
.
Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.
.
Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.
.
La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!
.
Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.
.
Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne es el cielo
recién nacido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!
.
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
.
Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.
.
Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa ni
lo que ocurre.

Este poema, de tristeza incomparable, fue musicado por Alberto Cortez y Joan Manuel Serrat, convirtiéndose en una bellísima canción.

Romance del rey Don Sancho

Hoy vamos a hacer una excursión histórica y poética por la Castilla del siglo XI. Se trata de una época convulsa para el recién nacido reino de Castilla. Además de sostener unas dificilísimas relaciones con los reinos musulmanes del sur resultantes de la desintegración del califato de Córdoba y con sus vecinos cristianos, debe enfrentarse también a las luchas sucesorias tras la muerte del rey Fernando I y a un complicado proceso de secesión del reino de León. Pero retrocedamos incluso un poco más en la historia…

La Península Ibérica en el año 1037. Origen: Wikimedia Commons.

Fernando I heredó de su tío García Sánchez un territorio perteneciente al reino del León conocido como Condado de Castilla en el año 1028, y en 1037 se sublevó contra el rey de León Bermudo III, que perdió la vida de forma muy truculenta en la Batalla de Tamarón, el 4 de septiembre de aquel mismo año. Tras la muerte de Bermudo, Fernando ocupó el trono leonés, legitimada su aspiración a la corona por su matrimonio con la hermana del defenestrado rey Bermudo. A lo largo de su reinado siguió expandiendo las fronteras del reino a costa de sus vecinos musulmanes e incluso del reino de Navarra gobernado por su hermano García III, contra el que Fernando no dudó en hacer la guerra, muriendo el rey navarro en combate durante la Batalla de Atapuerca, en 1054.  Fernado I adoptó el título de Imperator totius Hispaniae (Emperador de todas las Españas, vamos), y el reino de León, unido al importantísimo Condado de Castilla, empezaba a comvertirse en la potencia dominante de la Península Ibérica.

Pero cuando Fernando I murió, a finales del año 1065, en lugar de entregar el reino a su primogénito como hubiera sido la costumbre leonesa, lo repartió entre sus hijos. Por una parte estaba el primogénito de Fernando I, Sancho, que heredó Castilla como un reino independiente con el nombre de Sancho II; por otra parte, Alfonso heredó el reino de León como Alfonso VI; García heredó el reino de Galicia, y las infantas Elvira y Urraca heredaron respectivamente las ciudades de Toro y Zamora. Esto fue el comienzo de una encarnizada lucha por el control de unos territorios que ya abarcaban el tercio noroeste de la Península.

Sancho II de Castilla. Imagen: Wikimedia Commons.

Alfonso VI de Castilla y León. Imagen: Wikimedia Commons.

Desde el principio, las relaciones entre los herederos se vieron dificultadas por las disputas territoriales. Alfonso y Sancho en enfrentaban entre ellos para obtener el trono del otro, mientras que al mismo tiempo pactaban para repartirse el reino de su común hermano García. Durante estos enfrentamientos, Alfonso fue hecho prisionero por las tropas de Sancho en la Batalla de Golpejera, en 1072. Tras escapar de su encierro en Burgos, Alfonso se refugia en el reino musulmán de Toledo, vasallo del reino de León. Desde allí buscó el apoyo de su hermana Urraca contra Sancho, consiguiendo que la ciudad de Zamora se rebelara contra éste en ese mismo año. Sancho se vio obligado a poner sitio a la ciudad rebelde, pero la bien fortificada ciudad leonesa iba a demostrar que Zamora no se ganó en una hora.

De hecho, a Sancho II de Castilla se le iba a atragantar el sitio de Zamora. Un noble zamorano de nombre Vellido Dolfos salió de la ciudad sitiada para entrevistarse con el monarca castellano, alegando que había desertado de las filas rebeldes. Con la excusa de enseñar a Sancho las zonas más débiles de las defensas enemigas, Vellido Dolfos separó al rey de sus guardianes, y una vez a solas, le ensartó con una lanza por la espalda. Habían matado al rey de Castilla en las mismas narices de su famoso escudero Rodrigo Díaz de Vivar, comunmente apodado “El Cid Campeador”, quien no pudo hacer nada para evitarlo. Aunque no fue un magnicidio demasiado digno, el asesinato de Sancho II de Castilla dio la vuelta a la situación: muerto el rey de Castilla y de León sin descendencia, la persona más legitimada para heredar la corona de ambos reinos era Alfonso VI, el depuesto rey de León.

Así fue como Vellido Dolfos iba a convertirse en el traidor de traidores para la tradición castellana, en un Judas capaz de asesinar a su señor (si bien técnicamente Sancho no era su señor). El destino de Vellido Dolfos no está claro, y según parece se las ingenió para huir de la previsible venganza que el Cid y el resto de la nobleza castellana hubieran tomado contra su persona. Su nombre, sin embargo, fue inmortalizado en el Romancero Viejo, aunque desde luego no queda en muy buen lugar. En este Romance del rey Don Sancho, además de tildar a Vellido Dolfos de traidor, se deja caer bastante explícitamente que Doña Urraca estuvo detrás del asesinato de su hermano. Más implícitamente, el romance insinúa que la señora de Zamora tenía un lío con el denostado magnicida, extremo éste que no tiene base histórica alguna más allá de la intención de infamar a la señora de la ciudad.

-¡Rey don Sancho, rey don Sancho!, no digas que no te aviso,
que de dentro de Zamora un alevoso ha salido;
llámase Vellido Dolfos, hijo de Dolfos Vellido,
cuatro traiciones ha hecho, y con ésta serán cinco;
si gran traidor fue el padre, mayor traidor es el hijo.
Gritos dan en el real: -¡A don Sancho han mal herido,
muerto le ha Vellido Dolfos, gran traición ha cometido!
Desque le tuviera muerto, metiose por un postigo;
por las calle de Zamora va dando voces y gritos:
-Tiempo era, doña Urraca, de cumplir lo prometido.

Amor constante más allá de la muerte

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora, a su afán ansioso lisonjera;

mas no de esotra parte en la ribera
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa.

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas, que humor a tanto fuego han dado,
médulas, que han gloriosamente ardido,

su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.

(Francisco de Quevedo y Villegas)

Jordi de Sant Jordi

Dominios de la Corona de Aragón a finales del siglo XIV. Origen: Wikimedia Commons.

Si el siglo XVI fue el siglo del Imperio Español y el siglo del áuge Turco en Europa, el siglo XV lo había sido del dominio catalán en el Mar Mediterráneo. Las posesiones de la Corona de Aragón abarcaban no sólo los territorios de la Península Ibérica, sino también las Islas Baleares, Córcega, Cerdeña, la mitad de Italia, Sicilia, Malta, e incluso los ducados de Atenas y Neopatria, arrebatados a los bizantinos por los Almogávares.

En un entorno de gran intercambio comercial y cultural, las letras catalanas se introdujeron en Italia, donde aún hoy pueden hallarse restos de su influencia. Entre las tropas aragonesas podían encontrarse escritores y poetas que, como Jordi de Sant Jordi, compaginaban la acción bélica con la creación literaria.
Jordi de Sant Jordi fue hecho prisionero por las tropas de Francesco Sforza tras la caida de Nápoles en manos de los milaneses. En prisión compuso el poema “Presoner”, también titulado “Desert d’amics”, donde el poeta se lamenta amargamente de su encierro. Este bello poema, que forma parte de la antología poética medieval catalana, fue rescatado en los años 70 por el cantautor Raimon, con el resultado que puede oirse a continuación:

Desert d’amics, de béns e de senyor
en estrany lloc i en estranya contrada,
lluny de tot bé, fart d’enuig e tristor,
ma voluntat e pensa caitivada,
me trob del tot en mal poder sotsmès,
no vei algú que de mé s’haja cura,
e soi guardats, enclòs, ferrats e pres,
de què en fau grat a ma trista ventura.
Eu hai vist temps que no em plasia res;
ara em content de ço qui em fai tristura,
e los grillons lleugers ara preu més
que en lo passat la bella brodadura.
Fortuna vei que ha mostrat son voler
sus mé, volent que en tal punt vengut sia;
però no em cur, pus hai fait mon dever
amb tots los bons que em trob en companyia.
Tots aquests mals no em són res de sofrir
en esguard d’u qui al cor me destenta
e em fai tot jorn d’esperança partir:
com no vei res que ens avanç d’una espenta
en acunçar nostre deslliurament.
Deserts d’amics, de béns e de senyor,
en estrany lloc i en estranya contrada…

Abandonado por los amigos, sin bienes y sin señor,
en extraño lugar y en extraño confín,
lejos de todo bien, harto de angustia y tristeza,
mi voluntad piensa cautivada,
estoy completamente sometido a un malvado poder,
no veo a nadie que se apiade de mí,
y estoy vigilado, encerrado, encadenado y preso,
por aquellos a los que agrada mi triste destino.
He vivido tiempos que me han desagradado;
ahora me contento con aquello que me produjo tristeza,
Y aprecio más estos ligeros grilletes
que en el pasado los bellos bordados.
Veo que la Fortuna me ha mostrado su deseo
sobre mí, queriendo que me halle en este estado;
pero no me preocupo, pues cumplí mi deber
con todos los buenos con quienes me encuentro en compañía.
Todos estos males no me hacen sufrir
comparados con uno que mi corazón destempla
y me hace perder todos los días la esperanza:
Cómo no veo nada que nos de un empujón
ayudando a nuestra liberación.

Ni qué decir tiene que traducir catalán antiguo no es mi fuerte, por lo que cabe esperar que haya cometido mil errores; errores que el lector sabrá disculpar o, en su caso, corregir. Gracias.