Lugares con Historia (VIII): Cabrera

La tarde no podía ser más hermosa: el sol se deslizaba lentamente, enrojeciendo el cielo a medida que se ocultaba en el horizonte. Como allí no había otra cosa que hacer, grupos de hombres harapientos se reunían cada tarde en playas y acantilados para contemplar el bello espectáculo del ocaso, generalmente sumidos en sus melancólicos recuerdos que les transportaban muy lejos de allí. Después de un largo rato de silencio, Jean rompió el silencio, comentando a su camarada François:

-C’est beau, oui? (Bonito, ¿verdad?)

-Oui, très agréable. Je n’ai jamais pensé que l’enfer était si belle. (Sí, muy bonito. Nunca pensé que el infierno fuera tan bello.)

Jean sabía que a François no le quedaba mucho tiempo de vida. En los últimos días había tenido que arrastrarle hasta la cola del agua, a esperar durante horas la escasa ración del preciado líquido que mitigara un poco aquella sed que nunca se apagaba. Sabía también que su propio estado de debilidad no le permitiría hacerlo al día siguiente. Estaba seguro de que François moriría si no conseguía beber un poco más de agua en las próximas horas.

Pero Jean tenía asuntos más importantes de los que preocuparse. La chalupa con los escasos víveres que los españoles les traían de Mallorca no aparecía desde hacía varios días, y ya recorrían la isla varias bandas de prisioneros que secuestraban, asesinaban y devoraban a cualquier incauto que se atreviera a andar solo por ahí. La verdad es que no se les podía reprochar ese comportamiento después de seis largos años de privaciones y miserias. Cualquier atisbo de humanidad había desaparecido hacía mucho tiempo en aquella isla. Por eso era prudente acercarse hasta el puerto, donde se reunía cada noche un gran número de hombres parta dormir al amparo de la multitud.

Jean miró de nuevo las últimas luces del día y contempló en el cielo las primeras estrellas de aquel cielo impoluto que pronto ofrecería el mismo magnífico espectáculo de todas las noches. No había candelas que perturbaran la visión de las estrellas en aquella abarrotada isla, porque incluso la madera de los pocos árboles que crecían allí hacía tiempo que había servido de alimento a los más desesperados. Jean sacó de un bolsillo un mugriento papel e hizo sus cálculos: 15 de mayo de 1814. Mañana era la fiesta de Saint Honoré de Amiens, el patrón de los panaderos y los pasteleros. Le resultaba tragicómico pensar que, mientras en su pueblo la gente aprovecharía la ocasión para festejar al santo comiendo pasteles, él probablemente muriera de hambre ese mismo día.

Miró a su lado, donde François se había quedado acostado boca arriba con los ojos abiertos. No se molestó en tocarle, porque si no estaba muerto, seguramente lo estaría a la mañana siguiente. Tampoco él tenía muchas esperanzas de sobrevivir, así que desistió de caminar hasta el puerto: no merecía la pena tomarse el trabajo. Era preferible quedarse allí, junto al acantilado, mirando el cielo estrellado sin tener que soportar el hedor de toda aquella gente que un día fueran sus animosos compañeros de armas del mejor ejército del mundo, y que hoy no eran sino animales acorralados.

La luz del sol le molestaba en los párpados cerrados cuando por fin abrió los ojos. Jean escuchaba unos gritos que subían desde el puerto, en la lejanía.

-Nous sommes libres! Nous été libéré! (¡Somos libres! ¡Nos han liberado!)

Se levantó con esfuerzo, sintiendo el mareo de los muchos días que llevaba sin nada que comer, y pudo ver una goleta fondeada en la bahía. Sabía que aquello no podría durar para siempre, aunque tenía sus dudas sobre si él mismo viviría para ver el fin de aquel infierno. Observó que muchos hombres se arremolinaban en el puerto, y oyó los gritos de alegría de la multitud. Jean se agachó y zarandeó a su compañero.

-François, nous revenons à la France. (François, volvemos a Francia.)

Pero François estaba tieso como un palo, con los mismos ojos abiertos de la noche anterior. Jean había visto morir a muchos hombres en aquella isla, así que estaba curtido por el contacto permanente con la muerte. Simplemente se incorporó y abandonó el cuerpo de François al sol, caminando despacio, tambaleante, en dirección al puerto.

Aquí está la paradisíaca isla de Cabrera, situada al suroeste de Mallorca: un paraíso natural dentro del amplio conjunto de maravillas que ofrecen las Islas Baleares. Viendo los veleros fondeados en sus calas y bahías, mecidos apaciblemente por la brisa, nadie podría imaginar que, hace exactamente doscientos años, Cabrera fue un infierno donde miles de hombres vivieron y murieron en condiciones infrahumanas, abandonados al hambre y la desesperación en aquella isla sin recursos para alimentarles.

Durante cinco largos años, la isla de Cabrera fue un campo de concentración -el primer campo de concentración documentado de la historia- para los prisioneros franceses derrotados en la batalla de Bailén. Estos soldados fueron víctimas por partida doble de un emperador egocéntrico que les despreciaba por perdedores y de unas autoridades españolas negligentes y despiadadas a las que no les importó abandonar en aquel paraje desierto a combatientes que hubieran merecido un trato más humanitario.

Después de languidecer hacinados en pontones durante un año cerca de Sanlúcar, los más de nueve mil prisioneros franceses fueron conducidos a un nuevo presidio, lejos de la población española que no quería saber nada de aquellos invasores y que temía contagiarse de las muchas enfermedades que el hacinamiento de estos hombres estaba provocando. Su viaje terminó en la isla de Cabrera, donde se les puso en libertad para que esperaran allí hasta el final de la contienda.

Ni qué decir tiene que aquella isla tan pequeña carecía de los recursos naturales suficientes como para mantener a una población tan elevada, por lo que, en principio, los prisioneros eran abastecidos desde Mallorca por barco. Esto era la teoría, porque en realidad, el alimento era siempre escaso, y los soldados se vieron sometidos al hambre. Tras un intento frustrado de fuga, el abastecimiento fue cortado durante varias semanas, lo que provocó una gran mortandad entre los más débiles. En aquellos años se produjeron todo tipo de macabras escenas de rapiña humana, incluyendo el canibalismo. De los más de nueve mil hombres que desembarcaron en Cabrera como prisioneros, tan sólo algo más de tres mil volvieron a Francia para poder relatar a los suyos la trágica historia de los franceses de Cabrera.

Para saber más:

ADN

Nota: Este relato es uno de los últimos escritos por mi hermano Sergio antes de morir.  Siempre me ha maravillado que, tras dos años de lucha contra la enfermedad que se lo llevó, aún conservara ese sentido socarrón del humor y de la crítica hacia la sociedad en la que le tocó vivir. Lo he transcrito aquí entre otras cosas para facilitar su conservación, ya que sólo disponía de una copia en papel. Además, me apetecía mucho compartir lo que yo considero como un tesoro sentimental con los lectores de esta página.

*   *   *

Por Hilal al-Fan

Andalucía, siete de la mañana. Noticias. Por favor, presten atención al siguiente aviso: a todos los vecinos de localidades cercanas a fincas de ganado bovino, permanezcan en sus casas o en sus vehículos mientras los cuerpos de seguridad controlan la peligrosa situación provocada por grupos desconocidos que esta madrugada han saboteado cercados y liberado a reses bravas que a estas horas se hallan esparcidas por innumerables localidades andaluzas. Esta acción, que podía ser calificada de terrorista, ha sido atribuida por algunos sectores al grupo independentista clandestino A.D.N., que aún no se ha pronunciado al respecto. Repetimos, no salgan a espacios abiertos donde podrían ser atacados por estos animales que han mostrado una fiereza fuera de los normal y ya han herido gravemente a docenas de personas. Seguiremos informando.

La noticia sobresaltó a Jacinto que, cuando fue a subir el volumen de la radio-despertador programada para encenderse a aquella hora, se encontró con que habían pasado a otra noticia y no pudo enterarse de más detalles. Mientras se frotaba los ojos tumbado en la cama, intentó reconstruir el aviso y recordó las siglas A.D.N. Ya las había visto alguna que otra vez en las pintadas que aparecían en los muros de la iglesia encalados y otra vez vueltos a encalar. Siempre acompañaban consignas como “Andalucía libre e independiente” o “Fuera españoles de Andalucía” que la gente leía con gran perplejidad. Para ellos era como si pusiera “Andalucía holandesa ya”. Pero para A.D.N. la “identidad diferenciadora” que caracterizaba a los andaluces arraigaba en la Andalucía árabe y se había transmitido genéticamente a las generaciones actuales. Poco sabían sus activistas de historia medieval, pero aquel pretexto encajaba con sus necesidades: para A.D.N., el andalucismo independentista era una cuestión genética. No hacía mucho tiempo que este grupo había pasado de las palabras a los hechos, aunque no con gran fortuna. Su primera acción fue arrojar miles de octavillas propagandísticas una madrugada en el centro de Jerez. Para ello gastaron todos sus ahorros en una imprenta cuyos dueños eran, si no simpatizantes, al menos discretos. Pero equivocaron el momento y, cinco minutos después del orgiástico acto nocturno, los camiones de riego del ayuntamiento terminaron con la alfombra de octavillas que nadie, salvo ellos, pudo leer. Aquello fue un duro golpe que encajaron con una moral de hierro y atribuyeron a las dificultades del inicio de una gran empresa, pero no se les pasó por la cabeza renunciar a la lucha. La siguiente acción iba a ser el secuestro del alcalde de una importante localidad costera pero, cuando asaltaron su mansión, se encontraron con que la policía se lo acababa de llevar detenido por numerosos asuntos de corrupción y estafa.

esta vez no habían fallado. Con una estrategia profundamente estudiada, había movilizado a todos sus miembros y el sabotaje se perpetró con una sincronía perfecta. Se dividieron en pequeños grupos y se repartieron por los principales cortijos de varias provincias. Protegidos por las sombras de la madrugada, penetraron en las fincas y vertieron en los abrevaderos una disolución tóxica en cantidad suficiente para que afectara a todas las cabezas. Esta sustancia ilegal, de nombre desconocido, era empleada por algunos ganaderos para aumentar la bravura de las reses que resultaban mansas y así pasar los controles requeridos para la fiesta nacional. Normalmente, el efecto del alucinógeno remitía antes de que los toros entrasen en los ruedos y volvían a ser tan decepcionantes como antes de la dosis. Sin embargo, los activistas vertieron una cantidad exagerada de droga con el fin de que el efecto fuese eficaz y duradero. Cuando los animales hubieron bebido, sólo hizo falta colocar una linterna en la parte de la cerca que habían cortado para atraerlos a la salida. Después, ellos solos encontrarían el camino hacia las poblaciones. La iluminación callejera haría el trabajo. A las seis de la mañana, toros, vacas, terneras y becerros ocupaban los pueblos y se enzarzaban a cornadas con todo lo que encontraban a su paso. Algunos luchaban entre sí confundiendo a sus congéneres con seres extraños. Cuando los vecinos despertaban, se encontraban con las calles tomadas y no podían salir de sus casas. Permanecían cerca de las ventanas con los televisores y las radios encendidas a la espera de alguna novedad. Algún despistado tuvo que volver a subir las escaleras perseguido por una bestia negra de 635 Kg. Los mayores recordaban nostálgicos los viejos tiempos en que cada dos por tres se escapaba algún burel y todos tenían que refugiarse en las casas. Pero nunca había visto animales tan enfurecidos como aquellos que atravesaban las lunas de los escaparates tratando de embestir a los maniquíes.

Jacinto se levantó y vio desde su ventana  una vaquilla sacudiendo con violencia la cabeza para deshacerse de una papelera que había atravesado con su cuerno derecho, pequeño pero afilado.

La radio emitió un nuevo comunicado en el que rogaba a los vecinos de las localidades afectadas que no dispararan a los animales. Los ganaderos estaban organizando grupos de jinetes para recuperar las reses y conducirlas de nuevo a las fincas. Por el bien de su negocio pedían que no abrieran fuego si no era en caso de extrema necesidad. Prometían tener la situación bajo control en pocas horas.

Desde su ventana, Jacinto alcanzaba a ver parte de la plaza mayor, donde una decena de animales campaba a sus anchas y, pasada la agitación de los primeros momentos, olisqueaban todo lo que iban encontrando, embistiendo de cuando en cuando a lo que su capricho escogía. Sentía verdadera admiración por aquellos animales rústicos y misteriosos, no se perdía ninguna corrida televisada, aunque no tenía dineros para asistir a ninguna. Por primera vez los veía de cerca y trataba de reconocer sus rasgos: los había zaínos, bragados, meanos, astifinos, caretos… Aquellas eran bestias impresionantes y de pura raza. Descendientes directos de una estirpe de animales con una carga genética de bravura y nobleza inigualable.

–Eso sí que es ADN.

Murmuró Jacinto entre dientes. Luego miró hacia el armario de su habitación y pensó en el capote del tío Antonio. Lo guardaba allí desde hacía años con la esperanza de usarlo algún día delante de un toro. Mientras se vestía, recordaba la ridícula historia de su tío quien, en lugar de trabajar en las faenas del campo con sus hermanos, se fue a la capital en el 49 para asistir a clases de toreo. Cada vez que regresaba al pueblo, lo hacía calzado en su traje corto, con la gorra gacha y los trastos en una maleta pequeña para que se viera bien la empuñadura del estoque. Las mozas enloquecían a su paso y todas soñaban con ser la musa de aquel héroe en potencia. Aquellos alardes generaron envidias entre los mozos y se pusieron de acuerdo para prepararle una encerrona. Entre todos pagaron una vaquilla y lo dispusieron todo para que Antonio la toreara en el picadero de Luis Frasco, que era propicio para este tipo de celebraciones por su gran tamaño. Se lo comunicaron en la plaza del pueblo, donde él solía ir a pavonearse ante las mozas e incluso simulaba algún pase con la gorra en la mano. Cuando éstas oyeron la noticia soltaron un suspiro unánime y se volvieron sonrientes mirándolo como un niño que espera un caramelo. Ante aquellas expectativas, no cabía un no por respuesta y aceptó, pero en su vientre las tripas se encogieron y tuvo que disculparse y aligerar el paso hacia su casa, donde los retortijones lo retuvieron en el baño más de media hora. Al salir, la familia lo esperaba con aires de celebración, festejando la noticia alrededor de la mesa con una botella de vino. Él no pudo más que pedir disculpas de nuevo y volver al baño. Aquella noche no pudo dormir. ¿Cómo podría explicar que en realidad él de torero no tenía nada y que aquello sólo era una excusa para salir de aquel pueblucho y disfrutar de las modernidades y el glamour de la capital? ¿Cómo podría hacerles entender que le daban pánico los toros y que usaba aquella artimaña para arrasar entre las muchachas? Podría alegar indisposición, pero se descubriría el fraude. ¿Y si se rompiera algún hueso? No, le daba pánico el dolor. La única solución era apechugar y salir a la mañana siguiente a la arena con la bestia. Por la mañana encontró sobre la cama el traje corto planchado y replanchado pro su madre y, extendido en el respaldo de su silla, un capote nuevo en el que ella había bordado sus iniciales durante toda la noche. Lo miraba como si fuera a hacer la comunión por segunda vez.

–Que no soy Manolete, mamá.

Fueron sus últimas palabras aquella mañana antes de salir hacia el picadero. El miedo hacía que le temblaran las piernas, mientras todos lo saludaban alegremente camino de donde Luis Frasco. Al llegar, la banda del pueblo lo recibía con compases de pasodoble. Antonio bajaba la cabeza de pura vergüenza y tratando de esconder su color pálido. Tras unos minutos de espera interminables, soltaron la vaquilla, negra, flaca, pequeña, pero lo único que se podía conseguir por el poco dinero que habían reunido los mozos. Dio unas carreras por el improvisado ruedo embistiendo aquí y allá a lo que más le llamaba la atención. Sus cuernos cortos le parecieron a Antonio los del mismísimo diablo. De pronto, se hizo el silencio y todos lo miraron instándole a saltar. Y saltó. Entonces, el estruendo se recompuso y la vaquilla le dio la espalda distraída con los gritos que venían del lado opuesto. Antonio desdobló el capote, lo asió fuertemente y lo extendió. Sólo tuvo que gritar “ehe” levemente para que la vaquilla se volviera. Retornó el silencio. Todo iba a ocurrir en menos de cinco segundos. El animal arrancó tras escarbar dos veces y galopó hacia Antonio. Apretó los dientes y pensó: «tengo que darle un pase». El problema era que no sabía cómo, así que, cuando la cabeza del animal estuvo a dos metros de su cuerpo, le arrojó el capote y echó a correr. La vaquilla, cegada de pronto, intentaba librarse de éste y cabeceaba violentamente. Un extremo cayó al suelo y, al pisarlo, el percal se rasgó. Pero aquello no llamó la atención de los congregados, que estaban totalmente absortos observando la carrera de Antonio. Boquiabiertos, lo vieron salir entre los maderos del picadero y alejarse corriendo hacia su casa. El silencio se rompió en una carcajada general y pronto los mozos se dedicaron a torear la vaquilla por su cuenta. A la madre de Antonio le devolvieron aquel capote desgarrado que guardó en seguida sin lavarlo siquiera.

Antonio pasó una semana sin salir de casa, sin hablar con su familia, hasta que por fin se decidió a alistarse en el ejército, donde nadie lo conocería y, por otra parte, no había perspectivas de peligro. Aunque luego llegaron los problemas en África, pero esa es otra historia.

Jacinto volvió la vista de nuevo hacia la ventana, tratando de desviar su atención de aquel capote con el que tantas veces había jugado a ser torero. A escondidas de su abuela practicaba los más variados pases –algunos inventados– con un toro ficticio y jaleándose a sí mismo al compás de sus movimientos. Cuántas veces había querido mostrar su arte y su valentía en las capeas que se organizaban en los pueblos cercanos y en el suyo mismo y se lo habían prohibido terminantemente. Su familia tenía claro que no quería volver a pasar por un trago como el del tío Antonio y convertirse en el hazmerreir del pueblo otros cinco años al menos. Así que Jacinto había intentado concentrarse en el trabajo en la fábrica de quesos y dejarse de tauromaquias, pero no había logrado matar aquella vocación que latía en lo más profundo de su alma.

De pronto, alcanzó a ver un frenético movimiento en las bestias de la plaza, al que sucedieron varios disparos seguidos que súbitamente cesaron. Ya Jacinto no podía ver ninguna res, porque todas habían pasado a la zona de la plaza que no se divisaba desde su ventana. «Aquí pasa algo feo», murmuró y, sin pensárselo dos veces, se ató los zapatos, abrió el armario y cogió el capote, desplegándolo y doblándolo en una posición más cómoda. Salió de su cuarto y cruzó el salón a toda velocidad, sin darles tiempo a su madre y a su abuela de prevenirle sobre su salida ni de prohibírsela. Bajó las escaleras y con cautela abrió el portal. No vio a ningún animal al asomarse a aquella calle desierta y empezó a moverse rápida pero cuidadosamente hacia la plaza. Llevaba el capote pegado al pecho, tal vez por el miedo instintivo e inconsciente que hasta los mejores toreros tienen y no dejaba de girar la cabeza a un lado y a otro por si aparecía alguna res. Con tanta precaución se olvidó de mirar al suelo y pisó una enorme boñiga de toro que le llegó hasta el tobillo. Tras mascullar varios juramentos, se sacudió el pie y siguió su camino. Por fin llegó a la esquina de la plaza y contempló el espectáculo en su totalidad: seis reses yacían en el suelo desangrándose mientras un enorme toro que Jacinto pesó a ojo en unos seiscientos kilos los olisqueaba desconcertado. Junto a una pared se encontraba el pedestal de granito sobre el que reposaba el busto de Blas Infante –inaugurado en su día por el presidente de la Junta– y tras él se refugiaba como podía un guardia civil herido en una pierna. A su lado, a cuerpo descubierto ya que la estatua no era lo suficientemente ancha ni siquiera para uno, su compañero intentaba sin fortuna desencasquillar la pistola, pero su nerviosismo frenético no le ayudaba en absoluto. La pareja hacía su ronda a pie aquella mañana por tener el vehículo en el taller y habían sido perseguidos por dos vacas bravas hasta la plaza, donde les esperaba el resto de los animales deseosos de embestir a todo aquello que se moviera. Tras ser alcanzado el cabo por una vaca, el número comenzó a disparar y se refugiaron junto a la estatua, pero la única arma que poseían –la del cabo quedó en el lugar de la cogida– había dejado de disparar sin acabar antes con el peligro. Los vecinos de la plaza observaban la escena paralizados desde sus ventanas. Alguno fue capaz de vocear para llamar la atención de aquel inmenso toro que no veía ni oía más que a los guardia civiles y empezaba a escarbar en el empedrado de la plaza mirándolos con furia. El miedo terminó por paralizar también al número que soltó el arma y pegó la espalda a la pared.

–Este nos mata, Paco. –Le gritó el cabo entre gemidos de dolor. Su herida sangraba y se había hecho un torniquete.

–Y que lo digas. Ya podían haber hecho una estatua más ancha, joder.

Jacinto, escondido tras la esquina, llenó los pulmones de aire y lo expulsó con violencia. Luego, gritando con todas sus fuerzas corrió hacia el centro de la plaza, interponiéndose entre el toro y los guardias y llamándolo como había visto hacer tantas veces.

–¡He, he, he, he, he! ¡He, he, he, he, he! ¡Toro, he! ¡Toro, he!

Aquella descomunal bestia negra se arrancó con sed de sangre y Jacinto desplegó el capote dejando ver su histórico siete con todo su esplendor. Al acercarse el animal, desvió el capote a la derecha, dio un paso atrás con el pie izquierdo y el toro pasó por su lado rozándole pero burlado. En seguida se dio la vuelta Jacinto y siguió llamándolo con insistencia. El toro se volvió y con prontitud se arrancó de nuevo. El sudor chorreaba por la cara del joven en aquella atípica mañana de invierno, pero una fuerza interna le hacía ser dueño de la situación.

–Ahora una verónica– murmuró. Se cuadró ante el toro y puso todo el estilo adquirido en horas de juego en un paso que hizo que el toro no alcanzara su objetivo y frenara quince metros más allá al darse cuenta de que su embestida había sido en vano. La emoción arrancó un clamoroso “olé” de los vecinos que no daban crédito a lo que veían sus ojos. Muchos de ellos ya habían reconocido al mozo y su capote. Tras aquel pase vinieron tres, cuatro más, cada uno de ellos coreado por el improvisado público tanto que a Jacinto le pareció estar en un ruedo de verdad. De lo que no parecía haberse dado cuenta era de que cada vez estaban ambos, toro y torero, más cerca de los guardias, que pasaron de sentirse eufóricos por la actuación de aquel mozo a ver de nuevo amenazadas sus vidas por la cercanía del animal. Intentaron apartarse pero imposible mover al cabo con aquella herida. Tras uno de aquellos pases, Jacinto esperó al toro a unos dos metros de la pareja.

–¿Qué haces, inconsciente? ¡que nos va a matar!

Jacinto se volvió un segundo y lanzó una mirada tranquilizadora a los guardias que no comprendían su actitud.

El toro se arrancó una vez más, encelado con aquel capote, y aceleró con todo lo que daba su inmensa fuerza. El mozo parecía una presa fácil y al “respetable” se le hizo un nudo en la garganta desde las ventanas y balcones. El silencio era total, roto tan sólo por el estruendo de las pezuñas en el empedrado. Jacinto tuvo la sangre fría para no moverse hasta el ultimo momento y le mostró el capote. El toro se hundió en la embestida y, al retirarse el capote, descubrió a escasos centímetros de su testuz el bloque de granito en el que habría podido leer, de no ser toro, “El pueblo a la memoria del padre de la Patria Andaluza”. A tal velocidad, el choque fue inevitable y salvaje y el granito se quebró en una grieta al tiempo que la bestia caía inconsciente a su lado, tal vez muerta. Jacinto ya estaba de cara y pudo contemplar el feliz desenlace al que habían llevado sus improvisados planes. Una masiva ovación retumbó en la plaza e incluso los guardias civiles no pudieron reprimir los aplausos al ver el triunfo de Jacinto. Éste tampoco pudo evitar saludar con la mano extendida como si llevara una montera antes de correr a auxiliar al cabo herido. La pareja se deshacía en frases de agradecimiento mientras de las casas comenzaba  salir la gente a borbotones. El teléfono había corrido la voz y acudía gente de todas partes, al tiempo que una ambulancia estaba en camino. La masa recogió al herido y elevó sobre sus hombros a Jacinto, quien ni podía ni quería dejar de sonreir de oreja a oreja. Vivas y vítores como “torero, torero” resonaban en aquella plaza, repentinamente abarrotada. Los garrochistas habían recorrido los alrededores sin encontrar ninguna res y entraron en el pueblo por si quedaba alguna suelta, pero sólo hallaron los cadáveres en la plaza y el bullicio que se alejaba para darle la vuelta al pueblo a hombros a aquel joven que, capote en mano, no dejaba de sonreir y olía a boñiga. La vuelta al pueblo fue larga y durante la misma le arrojaron flores, sombreros y hasta alguna gallina, dando tiempo a que llegara una unidad móvil de la televisión autonómica avisada del acontecimiento. Con gran esfuerzo se acercaron a Jacinto entre la masa y Andalucía entera pudo ver cómo le entrevistaban, preguntándole si tenía intenciones de dedicarse profesionalmente al toreo, e informándole de que algún empresario taurino ya se había interesado por él, convertido en héroe desde aquella mañana.

–¿Quieres decirle algo a Andalucía?

–Pues que me siento muy contento de haber podido hacer algo por mi pueblo y que quiero agradecerles en el alma a esos señores que me han dado esta oportunidad tan grande para mí de iniciarme en el toreo, lo más bonito de España. –Consiguió balbucear con lágrimas en los ojos.

Tras aquella aparición de Jacinto en las televisiones de todo el país, jamás se volvió a oír hablar de A.D.N. Ni una pintada, ni una octavilla, nada. Se dice que la frustración de sus miembros les llevó a la apatía total. Algunos incluso continuaron con sus carreras. La mayoría se hundió en el anonimato, avergonzados por haber conseguido el efecto contrario al que pretendían con su acción y decepcionados por un pueblo que no consideraba la diferencia como razón de estado.

FIN

Sergio Iglesias

El Portil, 12 de septiembre de 1997

Las amapolas rojas

Jaroslav no había cogido un libro en su vida. Las únicas letras que conocía eran las que le enseñaron en la escuela elemental de pequeño y las de la biblia del párroco de su pueblo, que los muchachos solían leer los domingos durante la misa. Por eso para él aquel maldito lugar del infierno era como cualquier otro: una puñetera roca empinada como una pared, descarnada por los intensos bombardeos y plagada de enemigos agazapados y dispuestos a pegarle un tiro a cualquier cosa que se moviera.

De haber estudiado un poco de historia, siquiera un poco de la historia de su Iglesia, de la que era un fervoroso creyente, Jaroslav sabría que aquellos fragmentos de columnas y aquellas antiquísimas figuras talladas que ahora aparecían esparcidas por toda la ladera de la colina otrora habían pertenecido a uno de los centros espirituales más importantes del Occidente cristiano. Para Jaroslav, Montecasino era sólo una cota más a conquistar, una posición estratégica que arrebatar a los boches antes de poder tomar la misma Roma y expulsarlos para siempre de Italia. Para el resto del mundo, aquel era el mágico lugar donde un templo sucedía a otro desde la antigüedad sin memoria; el lugar donde San Benito escribió la regla monástica que había regido la vida de millones de monjes durante los últimos mil quinientos años; uno de los pocos lugares donde la sabiduría de los pensadores clásicos se había refugiado durante los oscuros siglos del medioevo.

La abadía de Montecasino había sido destruida en multitud de ocasiones. Su privilegiada ubicación era al mismo tiempo su maldición. Lombardos, Sarracenos, Napoleón e incluso la propia naturaleza en forma de terremotos parecían haberse coaligado para borrar del mapa aquel monasterio erigido sobre la montaña. En febrero de 1944, un general neozelandés sin dos dedos de frente había decidido sacar a los alemanes del monasterio por el expeditivo procedimiento de bombardear el complejo hasta sus cimientos. Craso error: los alemanes observaron con toda la parsimonia del mundo cómo más de doscientos bombarderos aliados reducían aquella obra maestra de la arquitectura religiosa a un montón de escombros humeantes, provocando de paso un verdadero escándalo en la Iglesia. Afortunadamente, los demonios nazis habían sido previsores, y la mayor parte de los tesoros de la abadía habían sido transportados a Roma para preservarlos de la destrucción. Tras el bombardeo, la 1ª división de paracaidistas alemanes ocupó lo que quedaba del recinto y se atrincheraron entre las ruinas. Un montón de tíos duros, acostumbrados a encontrarse  con el enemigo en inferioridad de condiciones, a pelear acorralados y pegados al terreno. Los aliados lo iban a tener muy difícil sacarles de allí.

Inmediatamente después del intenso bombardeo se fueron sucediendo los asaltos contra la cima de la montaña. Primero los ingleses, luego los gurkas indios y luego el batallón mahorí neozelandés. En aquellos días de mediados de febrero de 1944, la montaña a la que un día subiera San Benito para retirarse de las miserias del mundo se había convertido en un cementerio sin lápidas. Centenares de soldados muertos yacían en las laderas pudriéndose, mientras los supervivientes de uno y otro lado continuaban disparándose entre el olor a sangre y  a carne putrefacta. Los alemanes iban a aguantar todo lo que los ejércitos aliados tuvieran para arrojarles encima durante otros tres meses. Ochocientos paracaidistas alemanes contra dos divisiones enemigas completas: más de veinte mil hombres paralizados en una sangrienta batalla sin final por la toma de Montecasino.

Jaroslav llegó junto con sus compañeros del II cuerpo de ejército polaco a mediados de mayo. La situación parecía estancada, a pesar de los pequeños avances aliados por hacerse con las posiciones defendidas por los paracaidistas alemanes.  Todos sabían que los polacos tenían una especial inquina a los alemanes. No en vano, Polonia fue la primera nación en caer víctima de la guerra relámpago de Hitler. Lo poco que los alemanes no tomaron de Polonia cayó rápidamente en manos de los rusos. Los polacos libres que luchaban en las filas aliadas tenían mucho que demostrar, y estaban dispuestos a hacerlo. Subir a Montecasino iba a convertirse en otra de las gloriosas gestas protagonizadas por unos soldados que nada tenían ya que perder excepto una vida sin patria y sin derechos. Ni siquiera tenían derecho a rendirse, ya que los alemanes solían ejecutar inmediatamente a todo soldado polaco que cayera en sus manos.

Ahora Jaroslav se arrastraba entre cenizas y restos que una vez fueron humanos hacia la cumbre de aquella maldita colina. No se atrevía a levantar la cabeza por miedo a que un francotirador se la volara. Durante la carga que él y sus compañeros habían protagonizado unos minutos antes, las ametralladoras MG-42 alemanas habían provocado una verdadera carnicería. Jaroslav vio caer a la mayor parte de sus compañeros víctimas de la lluvia de balas que les había caído desde las posiciones elevadas del enemigo. No veía a nadie, no podía contactar con nadie, y ni siquiera se atrevía a hacer ruido en el sepulcral silencio que sucedió a la carga de los polacos. Se agazapó tras el cuerpo de un soldado norteamericano que, por su olor y aspecto, debía llevar muerto allí por lo menos dos semanas. Fue entonces cuando un soldado alemán apareció gateando de detrás de una roca y le miró muy fijamente. Jaroslav vio su mirada, espantada como la de él mismo por la destrucción que le rodeaba. Le pareció que era un muchacho joven como otro cualquiera; un camarada en medio de la desolación y la muerte, pero aquella sensación de fraternidad duró poco: ese soldado era su enemigo, el mismo que acababa de masacrar a casi todos sus compatriotas que le habían acompañado hasta estos riscos. Tenía que matarle antes de que el enemigo le matara a él.

No había tiempo de disparar, y tampoco hubiera sido bueno hacerlo, ya que podría revelar su posición a los alemanes y que estos le frieran a morterazos. Sacó la bayoneta de su funda y se abalanzó contra el alemán, clavándole el cuchillo en el vientre. El alemán gimió, y en ese mismo momento, Jaroslav sintió un dolor tremendo en el costado izquierdo, justo en el lugar donde el alemán agonizante acababa de apuñalarle. En los pocos segundos de vida que le quedaron a ambos, se quedaron mirándose fijamente uno al otro; una mirada que no era ya de odio, ni siquiera de temor. Abandonaban este mundo, pero ningún infierno podría ser peor que aquello, de manera que ambos parecían congraciarse con la muerte en la esperanza de, por lo menos, descansar para siempre de los terrores de la guerra.

Una semana más tarde, la bandera polaca ondeaba sobre los restos de Montecasino, mientras  la corneta del soldado polaco Emil Czech entonaba el toque tradicional polaco Hejnał mariacki. Los alemanes habían abandonado finalmente Montecasino y se retiraban, dejando expedito el camino de los aliados hacia Roma. Jaroslav pasó a formar parte de aquel lugar, enterrado junto a sus casi cuatro mil compañeros de armas en el cercano cementerio polaco. Casi el mismo día en que Montecasino era tomado, uno de aquellos soldados polacos llamado Alfred Schultz compuso el himno Czerwone maki na Monte Cassino (Las amapolas rojas de Montecasino), en honor a sus compañeros caídos en combate, donde compara la gesta polaca en la famosa montaña italiana con la legendaria carga de los lanceros polacos en la batalla de Somosierra de 1808 y con la carga de la II brigada de legiones polaca contra los rusos en Rokitno en 1915.

Czy widzisz te gruzy na szczycie?
Tam wróg twój się kryje jak szczur!
Musicie, musicie, musicie!
Za kark wziąć i strącić go z chmur!
I poszli szaleni, zażarci,
I poszli zabijać i mścić,
I poszli jak zawsze uparci,
Jak zawsze za honor się bić.

Czerwone maki na Monte Cassino
Zamiast rosy piły polską krew…
Po tych makach szedł żołnierz i ginął,
Lecz od śmierci silniejszy był gniew!
Przejdą lata i wieki przeminą.
Pozostaną ślady dawnych dni!.
I tylko maki na Monte Cassino
Czerwieńsze będą, bo z polskiej wzrosną krwi.

Runęli przez ogień, straceńcy!
Niejeden z nich dostał i padł…
Jak ci z Samosierry szaleńcy,
Runęli impetem szalonym
Jak ci spod Rokitny, sprzed lat.
I doszli. I udał się szturm.
I sztandar swój biało-czerwony
Zatknęli na gruzach wśród chmur.

Czerwone maki na Monte Cassino…

Czy widzisz ten rząd białych krzyży?
To Polak z honorem brał ślub.
Idź naprzód – im dalej, im wyżej,
Tym więcej ich znajdziesz u stóp.
Ta ziemia do Polski należy,
Choć Polska daleko jest stąd,
Bo wolność krzyżami się mierzy
Historia ten jeden ma błąd.

Czerwone maki na Monte Cassino…

Ćwierc wieku, koledzy, za nami,
Bitewny ulotnił się pył
I klasztor białymi murami
Na nowo do nieba się wzbił…
Lecz pamięć tych nocy upiornych
I krwi, co przelała się tu
Odzywa sie w dzwonach klasztornych,
Grających poległym do snu…!

¿Ves estas ruinas en lo alto?
¡Allí se esconden como ratas tus enemigos!
Debes, debes, debes
agarrarlos por el cuello y echarles de las nubes.
Y ellos fueron, locos, sin hacer caso [del enemigo],
y ellos fueron, para matar y vengarse,
y ellos fueron, tercos como siempre,
como siempre, por el honor, a luchar.

Las rojas amapolas de Montecasino
en lugar de rocío, bebieron sangre polaca…
Sobre ellas los soldados fueron y murieron,
pero la rabia fue más poderosa que la muerte.
Pasarán los años y cambiarán los tiempos,
sólo huellas de los días pasados quedarán.
Sólo las amapolas de Montecasino
serán más rojas por la sangre polaca que bebieron.

Ellos cargaron a través del fuego, condenados,
incontables fueron heridos y cayeron.
Como la caballería [polaca] en Somosierra,
ellos cargados con su furioso empuje.
Como aquellos en Rotikno hace años.
Y alcanzaron su objetivo, y vencieron.
Y su estandarte blanco y escarlata
fue izado sobre las ruinas, en medio de las nubes.

Rojas amapolas de Montecasino.

¿Ves esa fila de cruces blancas?
Allí dejaron su honor los soldados polacos.
adelante, más lejos, más alto,
los mejores que encontrarás a tus pies.
Este suelo pertenece a Polonia
aunque Polonia se encuentre muy lejos,
para la libertad [la distancia] se mide en cruces
A la Historia le falta éstas.

Rojas amapolas de Montecasino…

Detrás nuestra, camaradas, un cuarto de siglo,
el polvo de la batalla se ha ido,
y los blancos muros del monasterio
de nuevo alcanzan el cielo…
Pero la memoria de aquellas terribles noches
y la sangre que allí fue derramada
provocan ecos en las campanas del monasterio
dejando a los caidos descansar.

Deuda histórica

El anciano cruzó la plaza bajo el inclemente sol del verano, dirigiendo sus pasos hacia la iglesia. Mientras se acercaba, contempló el soberbio pórtico barroco del edificio que había sido para él uno de los lugares más destacados de su vida. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que cruzó el umbral de la verja que rodeaba a la iglesia? ¿Cuánto desde que jugara por última vez al balón con sus amigos en la plaza? Ni siquiera él llevaba la cuenta de los largos años transcurridos, y le era necesario relacionar su cada vez más limitada memoria con la Historia del país al que acababa de regresar. Sus ojos habían visto pasar casi setenta primaveras; casi setenta tórridos veranos en aquella vieja y ahora desconocida Andalucía y en las tierras de América que le acogieron siendo aún un muchacho.

Se alegraba de estar allí. No podía morirse sin visitar de nuevo su antiguo pueblo, aunque ya nadie le conociera y muchos de sus amigos de la infancia hubieran muerto ya. Era un desconocido en su propia tierra, que hablaba un extraño acento y vestía un elegante traje de color gris claro, de un corte pocas veces visto por aquellas latitudes. Un forastero, como a buen seguro murmurarían las comadres en la intimidad de la tienda de comestibles.

Finalmente entró en la iglesia. Al acceder por una de las puertas laterales lo primero que le sorprendió fue el brusco descenso de la temperatura. Los casi cuarenta grados del exterior se vieron reducidos a menos de treinta, una temperatura más que soportable. Cuando su vista se adaptó a la penumbra, se dio cuenta de que todo estaba igual que cuando era niño. Incluso después de tantos años de ausencia, recordaba cada detalle de esa iglesia: cada columna bellamente labrada, cada pequeña capilla de las naves laterales, los antiquísimos cuadros oscurecidos por el tiempo, las beatíficas miradas de las vírgenes y santos, el imponente altar dorado de al menos veinte metros de altura presidido por la talla de un crucificado agonizante del siglo XVII que elevaba su mirada al cielo, tan realista que siempre había tenido la impresión de que algún día gritaría: “¡Padre! ¿Por qué me has abandonado?”. Era curioso cómo había podido recordar todos aquellos detalles con nitidez, cuando ni siquiera podía ya recordar la cara y la voz de uno de sus hijos, muerto hacía sólo cinco años.

Hasta le pareció que el padre Julián aparecería de pronto saliendo de la sacristía para celebrar el oficio del domingo, vestido como siempre con su casulla verde. Él, pequeño monaguillo, le ayudaría a arreglar el altar para la misa, donde todo el pueblo sin excepción escucharía al joven cura leer los evangelios y dar el sermón, instruyendo a los paisanos sobre la vida recta y las costumbres apropiadas para la gente de orden. Luego, cada cual volvería a sus quehaceres mientras él se quedaría con Don Julián para recoger y limpiar la iglesia. ¿Cuántos años tendría ahora el padre Julián de estar vivo? Al menos noventa, según sus cálculos. Cuando él era niño, Don Julián era un joven cura recién ordenado que rápidamente se ganó el afecto de las fuerzas vivas del pueblo por su carácter serio y su afinidad política con los pocos privilegiados que dominaban la vida de aquella humilde localidad andaluza, donde el único edificio digno era, precisamente, la iglesia.

Hay que poner una vela a Dios y otra al Diablo, decía su padre. Él era la vela que su familia había puesto a Dios, porque siempre convenía estar a buenas con el clero, mientras su padre se encargaba de los tratos con el Diablo, militando en un sindicato. Cuando empezó el tiroteo, su padre se dio cuenta rápidamente de que, en aquella querella largamente pospuesta, Dios y los suyos tenían las de ganar porque estaban todos a una, mientras en las filas del Diablo proliferaba el mamoneo y el cainismo, así que se las arregló para sacar a toda la familia del país con destino a Caracas, y nunca más volvió a España. El cambio no les fue nada mal, porque aunque empezó su vida como mísero jornalero, veinte años después de la huida de España, su padre murió dejando en herencia a sus hijos algunas importantes fincas, bastante dinero depositado en cuentas y valores e incluso una increíble cantidad de billetes astutamente escondidos cuyo origen nunca supieron determinar.

Ahora, en la quietud del vacío templo, caía en la cuenta de que, tras huir a América, su padre raramente había vuelto a hablar del pueblo o de sus gentes. Parecía que hubiera decidido enterrar su vida anterior, olvidando para siempre el pasado. Éstaba seguro de que, en su interior, los recuerdos de aquellos lugares y aquellos difíciles tiempos habían acompañado a su padre toda su vida, lo mismo que le pasaba a él.

Caminó despacio por la iglesia durante un rato, deteniéndose a contemplar aquellos detalles que tan vivos habían permanecido en su recuerdo y maravillado de que todo aquello siguiera allí, como detenido en el tiempo. Súbitamente, una pequeña figura negra surgió de la sacristía, dirigiéndose hacia el altar. Era un anciano  vestido con sotana, encorvado y enjuto, que ni siquiera reparó en su presencia.

-Padre… -Acertó a decir.

El anciano cura volvió la mirada, sorprendido tanto por no conocer al individuo que le hablaba como porque hubiera alguien en la iglesia a aquellas horas.

-Dígame.

-Sí… Soy un antiguo monaguillo de esta iglesia, pero hace muchos años que no vengo al pueblo. Estoy de visita. Me preguntaba si conocería usted al párroco que vivía aquí cuando yo era un crío. Se llamaba Don Julián Crespo.

-¿Cómo no le voy a conocer? Yo soy Julián Crespo.

-Padre Julián. Yo soy Antonio Cruz, el hijo de La Benita.

El viejo cura pareció dubitativo durante unos segundos. Al parecer, su memoria no era mucho mejor que la de Antonio, pero al final sonrió levemente y exclamó:

-¡Hombre, Antoñito…! ¡Pero cuántos años…!

-Sesenta años, padre. Por lo menos. La verdad es que no esperaba encontrarle aquí, después de tanto tiempo.

-Bueno, también yo estuve fuera del pueblo bastante tiempo. Antoñito… -El sacerdote se quedó pensando, recordando tiempos pasados. -Ha pasado toda una vida, ¿eh? A mi me dieron un cargo en Madrid, pero después de muchos años me volvieron a enviar a este pueblo, y parece que aquí es donde pasaré lo poco que me queda de vida.

-¿Por qué dice eso, padre?

-Porque, como ves, estoy ya muy viejo y enfermo. Tengo más de noventa años y casi siempre estoy con mis dolores. Hay días que ni siquiera puedo dar misa. Pero, ¿Qué fue de vosotros? Nadie os volvió a ver por aquí nunca.

-Tal como se puso la cosa, mi padre prefirió evitarse problemas y poner agua de por medio. Hemos vivido todos estos años en América. De los que nos fuimos, sólo quedo yo. Después de tanto tiempo me alegro de que aún se acuerde de mí, padre, porque entre otras cosas, volví con la esperanza de encontrarle y poder charlar con usted.

La sonrisa del cura se veló un poco al escuchar aquellas palabras. Una sospecha, unos recuerdos enterrados en su mente durante décadas, luchaban por abrirse camino en su consciencia, y de pronto se dio cuenta de que estaba sintiendo miedo de aquel desconocido con quien se encontraba a solas.

-Nunca le llegué a contar a nadie lo que pasó entre nosotros, Don Julián. Tenga por seguro que mi Padre le hubiera matado con sus propias manos si hubiera dicho en mi casa lo que usted hacía conmigo. Seguramente fue por eso mismo por lo que callé durante toda mi vida.

-Pero yo… yo… creo que se equivoca…

Antonio sonrió de oreja a oreja. Había realizado un largo viaje para cerrar el círculo de su vida, y el destino le había puesto por delante la oportunidad. No la iba a despreciar. Siguió hablando muy despacio, con mucha calma y ese acento venezolano que toda una vida en América le había dejado y que sabía que contribuía a asustar aún más si cabe al viejo cura pervertido que tenía delante.

-Por favor, Don Julián, no me ofenda. Ambos somos ya unos ancianos; a estas alturas de la vida ya va siendo hora de enfrentarnos con nuestros actos. A usted le gustaba meter mano a los monaguillos en la sacristía y hacer guarradas con nosotros entre misa y misa. Luego nos decía que aquello era un secreto entre nosotros y Dios, para después llenarse la boca de moral y santidad delante de los feligreses.

-¡Por Dios, Antonio! ¡Por Dios…!

-No me nombre usted a Dios. Hace mucho tiempo que no creo en Dios; casi desde que usted me puso su asquerosa mano encima por primera vez. Mire padre, tengo casi setenta años, y no he sido lo que se dice un angelito, pero cuando el médico me diagnosticó un cáncer terminal y me dijo que me quedaban seis meses de vida, lo primero que se me pasó por la cabeza fue volver aquí a saldar una vieja deuda que tengo con usted, si es que estaba todavía vivo. ¡Y mire qué suerte tengo! Aquí está usted, justo delante de mí.

Y diciendo esto, Antonio sacó del bolsillo de su chaqueta un pesado revólver negro que dejó apuntando al suelo mientras no dejaba de mirar a Don Julián.

-¡Antonio! ¡Espera! ¡Perdóname, hijo! Hace mucho tiempo de aquellas cosas, y he pedido perdón a Dios miles de veces… Sólo soy un viejo enfermo. ¿Qué vas a hacer?

-¿Qué voy a hacer…? Buena pregunta, padre. Yo le haré otra pregunta: ¿Sigue usted creyendo en Dios?

-Ss… sí, claro.

-En ese caso, me alegro doblemente. No se preocupe por esta pistola. Es que donde yo vivo estamos acostumbrados a andar armados; nunca se sabe dónde puede surgir la necesidad de liarse a tiros… Sólo la he sacado para acojonarle un poco más, pero ya veo que está usted aterrorizado del todo. Yo superé lo que usted me hizo hace muchísimo tiempo, pero me moría de ganas de echarle en cara lo guarro y lo inmoral que fue usted conmigo antes de irme al otro barrio. Reconozco que se me había pasado por la cabeza pegarle dos tiros, pero eso le ahorraría las miserias que nos esperan a ambos antes de morirnos. Ahora daré media vuelta y me marcharé, y usted se quedará aquí tal como está: a medio momificar y atormentado por el recuerdo de unos pecados que le acompañarán hasta la muerte. Espero que tenga usted razón, y que Dios exista realmente. Así podrá condenarle al Infierno, que es lo que siempre ha merecido. Nos veremos allí, padre Julián, si Dios quiere.

Y diciendo esto, Antonio dio la espalda al anciano y se dirigió hacia la puerta de la iglesia, hacia el calor de la plaza, hacia el tren, el avión, hacia el calor de su familia en Caracas y hacia un duro destino para el que ya estaba totalmente preparado.

Se fueron los piratas

(Entrada inspirada en un twitt de @kurioso)

El sol se pone detrás de las calcinadas llanuras de Somalia. Anochece en la playa donde Maidhane espera impaciente a su padre, que salió antes del alba a pescar y aún no ha regresado.

Maidhane es todavía pequeño. Con diez años, su padre no quiere subirle aún a la barca. Aunque Maidhane sabe nadar casi antes de aprender a caminar, su padre teme por él si le lleva de pesca. El padre de Maidhane ha sido siempre pescador, y ha sido testigo de toda clase de desgracias: Ha visto a hombres fuertes y confiados desaparecer bajo las aguas para siempre; a tripulaciones enteras muertas, flotando hinchados en alta mar tras un naufragio; ha padecido tormentas donde sólo quedaba encomendarse a la voluntad de Alá… Una vez fue abordado por un gran buque mercante que partió su barca en mil pedazos antes de alejarse en el horizonte. El padre de Maidhane siempre recordará las caras de aquellos marineros que le miraban con indiferencia mientras él luchaba por mantenerse a flote. De no haber sido por otros pescadores de una aldea cercana que recogieron a su padre del agua, Maidhane sería ahora como cualquiera de los miles de niños huérfanos que malviven en Somalia.

Por eso Maidhane no pesca con su padre, y por eso le espera impaciente en la orilla mientras el resto de las barcas van regresando poco a poco. Los marineros que vuelven están contentos: hoy ha sido un buen día, y la pesca es abundante. Algunos exhiben con orgullo atunes y marrajos de más de un metro. La aldea entera respira tranquila, alejando el fantasma del hambre y la pobreza un día más.

Y cuando la noche estaba a punto de cerrarse sobre la aldea de Maidhane, convirtiendo el mar azul en un insondable abismo sin color, Maidhane atisba a lo lejos la barca de su padre, y oye el inconfundible ruido de su pequeño motor fuera borda. Poco a poco, la figura de un hombre negro y delgado se va haciendo más nítida en la oscuridad, mientras Maidhane da cortos paseos por la orilla, la vista clavada en aquella pequeña embarcación que se acerca. Cuando el padre de Maidhane pone el pie en la orilla, éste se le echa a los brazos, cubriéndole de besos.

-¿Cómo te ha ido hoy la pesca, papá?

-Bien, hijo. He traído un poco más que de costumbre. Hoy me duelen los brazos de subir pescado a la barca, y eso es bueno.

-¿Has visto a los piratas?

-Sí, vi a unos por la mañana temprano. Estaban echando una red enorme a cuatro o cinco millas de aquí, pero llegaron los guerrilleros y huyeron. Desde que están por aquí los guerrilleros, casi no hay piratas. Por eso la pesca es mejor.

A Maidhane le daban un poco de miedo los guerrilleros. Eran unos tipos desconocidos, que quién sabe de dónde venían, y estaban armados hasta los dientes. Tenían miradas desafiantes, y algunas veces incluso habían tenido enfrentamientos con la gente de la aldea. No, no le gustaban los guerrilleros, pero los piratas le gustaban aún menos. Los piratas venían con sus grandes barcos de pesca, echaban sus redes kilométricas al agua donde les daba la gana y acababan con la pesca en cuestión de unas horas. Antes de que proliferaran los guerrilleros, la aldea de Maidhane casi se moría de hambre; ahora que los guerrilleros habían ahuyendado a los piratas, casi todos los días había pescado para comer y para vender.

Cuando Madihane y su padre, una vez asegurado el bote en la orilla, recogieron la pesca en un carrito y se dispusieron a volver a la aldea, se cruzaron con un grupo de guerrilleros que acababa de esconder una lancha motora grande bajo una red de camuflaje. Uno cargaba con un RPG enorme; otro apuntaba al suelo con un viejo Kalashnikov, mientras un tercero guardaba varios machetes en una bolsa de lona. Miraron muy serios a Maidhane y a su padre, pero cuando Maidhane les obsequió con la mejor de sus sonrisas, se echaron a reir y siguieron caminando hacia el poblado.

Una oración en la Roca

Una gran cruz de madera finamente decorada era arrastrada por las calles de Jerusalén atada a un caballo. A sus lados, un grupo de soldados  árabes se dedicaba a patearla y escupir sobre ella. De pronto se encontraron con el Sultán, montado sobre su espléndido caballo blanco, y su numeroso séquito, que subían calle arriba, buscando el centro de la ciudad.  Al ver a su señor, los soldados se detuvieron atemorizados, esperando alguna reacción por su parte al ver el atentado sacrílego  que estaban cometiendo contra aquel símbolo cristiano. Los soldados se tranquilizaron cuando éste les sonrió con condescendencia, y siguieron con su irreverente procesión hacia las murallas de la ciudad, por donde pensaban arrojar el crucifijo. El Sultán consideraba que era necesario que sus hombres disfrutaran de algún tipo de compensación tras el cruento asedio de la ciudad, sobre todo después de que les hubiera prohibido terminantemente cualquier acto de pillaje.

La comitiva prosiguió despreocupadamente su camino por el laberinto de estrechas calles empedradas. En casi todas las casas había familias cristianas recogiendo sus pertenencias, y algunos se atrevían ya a salir a las calles cargando con lo poco que habían podido recoger, buscando las puertas de salida de la ciudad. Había soldados árabes y cruzados por todas partes, pero todos ellos respetaban el armisticio pactado entre ambos bandos. Las espadas envainadas y los escudos en el suelo daban paso a las conversaciones entre soldados de uno y otro credo. Aquel día en Jerusalén no habría pánico, ni matanzas.

Durante su breve paseo, el Sultán sentía crecer en él el gozo por la victoria definitiva sobre los infieles y el orgullo infinito de ser el libertador de los Santos Lugares. Por primera vez en muchos siglos, todos los lugares santos del Islam se encontraban bajo el dominio de una sola persona, y esa persona era él mismo: el Sultán de Siria y de Egipto, señor de Alepo y Mosul, de Medina y de La Meca, Salah ad-Din Yusuf, conocido por sus enemigos occidentales como Saladino.

La estrechez de la calle dio paso al gran espacio abierto de la Explanada de las Mezquitas, y por fin pudo divisar la gran mezquita Al-Aqsa y la majestuosa Cúpula de la Roca. Tan sólo unas horas antes, la misma cruz que había visto en la calle ultrajada por sus hombres se erguía sobre la cúpula dorada de la mezquita de la Roca, pero ahora el edificio estaba rodeado de soldados y mullahs. Al llegar el Sultán Saladino, todos estallaron en gritos, aclamando a su victorioso señor. Saladino recorrió la explanada con la vista y pudo contemplar Jerusalén desde la altura. Aparte de algún que otro incendio, consecuencia de la reciente batalla, la ciudad parecía tranquila ante la histórica transición que estaba viviendo. A lo lejos, una larga columna de cristianos abandonaba lentamente la ciudad por el valle de Josafat. Aunque Saladino había garantizado la seguridad de los habitantes de Jerusalén, casi ningún cristiano quería vivir en la ciudad bajo un gobierno musulmán.

El sol se ponía lentamente sobre el camino que llevaba a los refugiados a la costa. Pronto se les haría de noche en medio de unos campos donde acechaban toda clase de peligros. Al llegar al ocaso del día, Saladino, su escolta y el resto de la multitud que permanecía en la explanada se introdujeron en el interior de la Cúpula. Alá había querido que aquel día memorable fuese viernes, y  llegaba la hora de la oración. En ese momento pudo oirse un canto como no se había oído en aquel sitio durante más de ochenta años…

Como buen musulmán, oculto su rostro entre las manos, Saladino se dispuso a dar gracias a Alá por su buena estrella; pero mientras lo hacía no pudo reprimir una sonrisa de triunfo en el único momento en que estuvo seguro de que nadie le observaba. Pocos hombres podían experimentar la inenarrable sensación de entrar en la Historia como él lo estaba haciendo en aquellos momentos. Durante los siguientes mil años, generaciones de musulmanes recordarían aquel día con celebraciones y fiestas: el día en que el Sultán Salah ad-Din recuperó la ciudad de Jerusalén para los creyentes, un viernes 2 de octubre del año 1187, 27 del mes de Rajab del año 583 de la Hégira.

Imagen: Noam Garmiza en Flickr.

Sonido: Youtube.

Documentales de Canal Historia sobre las cruzadas (cuatro partes). En total, tres horas y pico de disfrute, para el que se atreva.

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La Muerte Blanca

Las viejas supersticiosas aseguraban que el infierno era un lugar de hornos ardientes donde las almas eran torturadas por toda la eternidad. Seguro que aquellas pobres viejas nunca habían padecido las inclemencias del invierno finlandés.IMG_4382

De haber estado allí con ellos, a buen seguro que las abuelas rusas cambiarían sus relatos de terror sobre el infierno y las almas en pena.

Porque ellos estaban en el infierno, eso era seguro. Y no era ardiente; estaba helado como el corazón de los muertos y era blanco, un blanco infinito e inmaculado. El infierno era de una blancura aterradora, y los demonios estaban por doquier. Estos demonios recolectaban cada día su ración de jóvenes almas de soldados rusos para llevárselas con ellos sin que nadie les viera. Por la noche en los cuarteles, al calor de las estufas, los soldados veteranos contaban a los nuevos reemplazos historias sobre el terrible destino de los soldados que les habían precedido, a pesar de que dichas historias estaban expresamente prohibidas por los oficiales. Yuri, recién llegado al frente, opinaba que era mejor no prestar oídos a tales historias. La mejor forma de sobrevivir era tratar de no separarse del grupo, no perderse en la nieve, y obedecer las órdenes de los mandos. El ejército soviético era infinitamente más poderoso que aquellos infelices finlandeses, y estaba seguro de que completarían sus objetivos en pocas semanas.

El objetivo no era otro que el istmo finlandés de Carelia. A Stalin se le había metido en la sesera que aquel paraje helado debía pertenecer a la Unión Soviética, como si la URSS no tuviera ya suficientes páramos helados. Incomprensiblemente, y lejos de echar a correr ante el poderío ruso, los finlandeses habían plantado cara a su enemigo con una decisión que había pillado a los rusos por sorpresa. El ejército finlandés parecía haberse especializado en atacarles con pequeñas escuadras que se desplazaban sobre esquíes. Aparecían de repente, disparaban con una precisión demoledora y desaparecían sin que se les pudiera dar caza. Nadie podía predecir dónde o cuándo efectuarían su siguiente ataque, y en muchas ocasiones ni siquiera quedaban testigos que pudieran relatar lo sucedido.

A Yuri le tocaba guardia esa noche. Eran dos horas de un frío sin consuelo caminando entre la nieve del suelo y un límpido cielo estrellado; dos horas en las que su única compañía era la aurora boreal que iluminaba los cielos árticos. Por más que tratara de aguzar la vista era imposible distinguir nada en aquella penumbra fantasmal. Poco a poco iban calando en su alma las historias cuarteleras que había escuchado sobre uno de aquellos demonios finlandeses a los que las tropas rusas conocían como Belaya Smert -La Muerte Blanca-. Era el más mortífero de los tiradores enemigos, y se contaba que había matado a cientos de rusos en las pocas semanas que habían transcurrido desde el comienzo de la guerra. Lo que Yuri no podía saber es que su suerte ya estaba echada.Simo_Hayha

Hacía bastante rato que Simo Häyhä, La Muerte Blanca, apuntaba a Yuri con su arma. Enterrado en la nieve y vestido completamente de blanco era indistinguible del terreno. Nada le delataba. Su rostro estaba cubierto por una máscara blanca. Simo se había negado a utilizar un rifle con mira telescópica para no verse traicionado ante el enemigo por algún reflejo ocasional de la lente.

El frío era igual para todo el mundo, pero Häyhä estaba acostumbrado. Desde niño había acechado a los alces por los bosques del norte, y ahora acechaba a sus enemigos con la misma paciencia, sin albergar hacia ellos ningún resentimiento. Ahora apuntaba cuidadosamente a un soldado que hacía su ronda. No era nada personal: le ordenaron matar rusos y él mataba rusos. Cuando decidió que no tendría una mejor oportunidad de disparar apretó con suavidad el gatillo del arma y al instante supo que su enemigo estaba muerto. Yuri oyó el disparo cuando aún no se había percatado de que una bala le había atravesado el pecho. No vio a su verdugo, pero supo al instante que La Muerte Blanca le había alcanzado. Antes de desvanecerse, y sin tiempo de sentir más miedo del que ya sentía, se permitió un último pensamiento sobre cómo sería el hombre que le había matado. Luego empezó a sentir de repente un agudo dolor y aquel mundo de blancura infinita se volvió negro para siempre. Yuri ya estaba muerto cuando cayó sobre la nieve.

La Guerra de Invierno que enfrentó a la URSS y a Finlandia entre noviembre de 1939 y marzo de 1940, una de tantas guerras olvidadas por la historia, tuvo una gran trascendencia en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. La URSS, en efecto, invadió Finlandia y se apoderó del istmo de Carelia, pero lo hizo a un precio prohibitivo. En tres meses y medio de guerra Rusia reconoció la pérdida de unos 270.000 soldados muertos o heridos sobre el suelo finlandés, aunque algunas fuentes afirman que esta cifra fue maquillada por el gobierno soviético para ocultar un desastre humano mucho mayor que podría ascender a más de 600.000 hombres. Estas enormes pérdidas pudieron ser fundamentales cuando un año más tarde las tropas del III Reich invadieron la Unión Soviética. A su vez, Stalin tomó conciencia de que depurar al ejército de casi toda su oficialidad  y sustituirla por comisarios políticos no había sido muy buena idea que digamos, y rescató de la deportación a muchos de estos mandos para poner un poco de orden en sus fuerzas antes de que estallara la gran guerra que se avecinaba.

Finlandia perdió a unos veinticinco mil hombres de su pequeño ejército, lo que la colocó al borde del colapso militar, pero supo defender su territorio de la invasión con toda la fuerza que le fue posible reunir, ganándose con ello la admiración y la simpatía del resto de las naciones. Entre los muchos héroes de aquella guerra destaca la pequeña y delgada figura de Simo Häyhä, tirador de élite finlandés que sumó más de 500 soldados rusos muertos, lo que le valió el apodo de “La Muerte Blanca”.