Dioses, mitos y leyendas

   Creta vivía inmersa en un intensa religiosidad que se plasmaba continuamente en sus representaciones artísticas. Los dioses comparten protagonismo con hombres, mujeres y animales en pinturas y esculturas de una factura exquisita que adornaban las paredes de los suntuosos palacios minoicos. A medida que la religión minoica evoluciona desde el animismo hacia un panteón organizado de seres sobrenaturales especializados en distintos aspectos de la vida, también lo hace su arte, dando forma a estas divinidades para facilitar el culto.
   Destacan dentro del culto religioso minoico el de la Diosa Madre, que representa la fertilidad y el de la Diosa de los animales (Potnia Theron). El culto a estas diosas evolucionaría con el paso del tiempo para dar paso a los cultos de Deméter, Perséfone, Artemisa, Afrodita o Atenea durante el periodo clásico.
Saltador de toros. Museo de Heraklion, Creta. Imagen: Wikimedia Commons.   También era frecuente el culto al toro y la práctica de ciertas formas de tauromaquia. La figura del toro es muy frecuente en el arte minoico, y al igual que el culto de la Diosa Madre se remonta al periodo neolítico.
   Con posterioridad, la mitología griega situó el laberinto del minotauro (concebido por la esposa del rey Minos con un toro enviado por Poseidón) en Creta, en una cueva artificial excavada a tal efecto o incluso en el mismo palacio de Cnosos. La etimología de la palabra «laberinto» procede de las dobles hachas rituales con las que se representaba a la Diosa Madre (labris), de las cuales existía una

gran cantidad de frescos adornando los corredores del
palacio. Es posible que tras la invasión micénica, los aqueos consideraran el palacio de Cnosos como un intrincado y misterioso edificio repleto de pasillos y estancias y exportaran el nombre del laberinto y sus leyendas a Grecia.
   Creta es el origen de casi toda la mitología griega, hasta el
 punto de que ésta sitúa el lugar de nacimiento del dios Zeus en Creta, dentro de una cueva del monte Ida donde su madre, Rea, le ocultaba de la furia de su padre, el titán Cronos, el cual devoraba a sus hijos para evitar la profecía de que sería destronado por ellos, cosa que al final sucedió cuando Zeus liberó a sus hermanos devorados y se convirtió en el padre de los dioses, encerrando a Cronos en el Tártaro (versión helénica del infierno)

Batallas de la Edad Media (VI): Jerusalén – Tercera parte

Allí, ante los ojos incrédulos de miles de cruzados, estaban las murallas de la ciudad santa de Jerusalén. Atrás quedaban tres años de largas marchas, penurias y sangrientas batallas en las que una gran parte del ejército cruzado se había perdido. Nicea, Dorilea, Edesa, Antioquía… Los sarracenos habían defendido su tierra tan bien como lo hubiera hecho el mejor de los caballeros cristianos, pero no habían podido resistir el empuje religioso que impulsaba a los cruzados hacia Palestina.

Habían conquistado ciudades, matado a miles de sarracenos; habían pasado todas las penalidades de las que era capaz el ser humano en un territorio hostil como jamás habían conocido ningún otro, pero también habían sembrado el caos y la destrucción a su paso, consumiendo cosechas y condenando a muchos inocentes a la muerte por inanición, arrasando pueblos enteros, algunos de los cuales ni siquiera sabían por qué eran exterminados. Habían cometido por el camino todo tipo de salvajes crímenes que en cualquier otro caso la Iglesia hubiera considerado intolerables, el peor de los cuales no fue el canibalismo.

Y aquel verano de 1099, por fin, todos aquellos trabajos estaban llegando a su fin. Ahora comenzaba otro penoso asedio que iba a prolongarse durante mes y medio. Sin embargo, la visión de la ciudad santa elevaba la moral de los invasores cruzados, que estaban dispuestos a todo para lograr su objetivo.

Los buques genoveses que habían llegado para auxiliar a los cruzados fueron desmantelados, y su madera transportada hasta Jerusalén para construir allí torres de asedio con las que asaltar las murallas. Atacados por varios frentes al mismo tiempo, la ciudad terminó cayendo el día 15 de julio de 1099, dando inicio a los sucesos más ignominiosos de la historia de la cristiandad.

En efecto: al tiempo que, exaltados después de su epopeya por Próximo Oriente durante años,  los cruzados entraban en Jerusalén, comenzaba la matanza indiscriminada de toda su población. Muy pocos se salvaron del genocidio, porque los invasores estaban determinados a limpiar la ciudad de infieles. Los cronistas de uno y otro lado del conflicto relataron con detalle aquel atropello a la humanidad:

Maravillosos espectáculos alegraban nuestra vista. Algunos de nosotros, los más piadosos, cortaron las cabezas de los musulmanes; otros los hicieron blancos de sus flechas; otros fueron más lejos y los arrastraron a las hogueras. En las calles y plazas de Jerusalén no se veían más que montones de cabezas, manos y pies. Se derramó tanta sangre en la mezquita edificada sobre el templo de Salomón, que los cadáveres flotaban en ella y en muchos lugares la sangre nos llegaba hasta la rodilla. Cuando no hubo más musulmanes que matar, los jefes del ejército se dirigieron en procesión a la Iglesia del Santo Sepulcro para la ceremonia de acción de gracias.

(Raimundo de Aguilers, cronista de la Primera Cruzada, relatando los hechos acontecidos tras la toma de Jerusalén por los cruzados en 1099)

Tras esta limpieza étnica por las bravas, de la que la piadosa Europa no dijo ni esta boca es mía, se instauró un reino cristiano en Jerusalén que duraría casi un siglo. Tras la cruzada, el ímpetu europeo por Tierra Santa fue perdiendo fuelle, ya que era costosísimo mantener la defensa de aquellos territorios contra unos gobernantes musulmanes cada vez más preparados y ansiosos por recuperar el terreno perdido. Sin embargo, el espíritu de la cruzada quedó impregnado en la épica caballeresca de la Alta Edad Media. Muchas otras cruzadas sucederían a ésta, y no todas repercutieron en una mayor seguridad para Europa contra el Islam. Alguna de ellas, de hecho, debilitaron nuestras fronteras casi destruyendo el Imperio bizantino, lo que a la larga repercutiría en el imparable auge del Imperio otomano.

Batallas de la Edad Media (VI): Jerusalén – Primera parte

He tardado un poco más de lo habitual en empezar a escribir esta entrada porque puede que para algunos los hechos acontecidos hace casi mil años en Oriente Próximo no tengan más relevancia que la meramente histórica, pero yo no lo veo así, y eso me hace más difícil escribir sobre este tema. Observando la Historia Universal como un conjunto de acontecimientos conectados y entrelazados entre sí, es fácil darse cuenta de que aún hoy estamos pagando por errores y crímenes muy antiguos, por querellas y enemistades que se remontan a los tiempos de los primeros califas, allá por el siglo VII.

Jerusalén es la ciudad sagrada de tres religiones, situada en lo que algunos consideran «el centro del mundo». Su origen se pierde en la oscuridad de la Edad del cobre, y ha pertenecido a lo largo de su dilatada historia a cananeos, egipcios, jebuseos, hebreos, asirios, babilonios, persas, macedonios, asmoneos, romanos, bizantinos, árabes, cruzados, turcos y británicos. Hoy el estado de Israel y la Autoridad Palestina reclaman la ciudad como capital de sus respectivos países, y su futuro sigue siendo, como lo ha sido a lo largo de toda la historia, incierto.

Para los judíos, Jerusalén es su capital religiosa, la sede de los sucesivos templos donde el pueblo hebreo se ha congregado durante siglos para adorar a su dios innombrable. Para los cristianos es la ciudad donde Jesucristo fue crucificado y resucitó de entre los muertos. Para los musulmanes, el lugar desde donde el profeta Mahoma subió a los cielos en un revelador viaje astral. Ninguno de los tres credos ha renunciado jamás al derecho de propiedad sobre la ciudad de Jerusalén, a la que consideran como el ombligo de su fe. No en vano, fue hacia Jerusalén hacia donde los primeros musulmanes giraron sus rostros para realizar sus oraciones por mandato expreso de Mahoma, aunque con posterioridad La Meca se convirtió en el centro de sus oraciones.

En la expansión musulmana del siglo VII posterior a la muerte del Profeta, Jerusalén era un destino preferente. No les costó demasiado arrebatar la ciudad sagrada a un Imperio bizantino enfrascado en seculares guerras contra sus vecinos sasánidas. Pronto, todo el Oriente Próximo pertenecía a los guerreros árabes y a la fe musulmana.

Los derechos de los habitantes cristianos y de los peregrinos a Tierra Santa fueron más o menos respetados, pero a comienzos del siglo XI, Jerusalén estaba bajo el gobierno de la dinastía fatimí gobernante en Egipto. Un joven califa llamado al-Hakim, cuyo comportamiento se salía de lo puramente excéntrico para entrar de lleno en la más absoluta demencia, tuvo la genial idea de ordenar en 1009 la destrucción de la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén, el lugar donde, según la tradición cristiana, fue sepultado Jesús tras su crucifixión y resucitó de entre los muertos.

La intolerable afrenta recorrió la cristiandad entera a toda velocidad. Aunque unos años más tarde el hijo de al-Hakim permitió que el Santo Sepulcro fuera reconstruido por arquitectos y artistas bizantinos, en Europa Occidental quedó grabada la impronta de que algo marchaba muy mal en Tierra Santa, y de que era necesario restaurar el orden de las cosas, alterado por los musulmanes.

Pero al mismo tiempo, una nueva fuerza emergía desde las estepas rusas. Un pueblo nómada turcomano descendió hacia Persia, se convirtió al Islam y continuó expandiendo su dominio hasta dominar todo Oriente Próximo y Asia Menor. Era el Imperio Selyúcida. Al finalizar el siglo XI, los selyúcidas habían arrebatado a los bizantinos el control más allá de los estrechos. El emperador de Constantinopla, Alejo I, se vio en una situación tan apurada como para tener que pedir ayuda a Occidente. La carta que envió al Papa de Roma, única autoridad más o menos creíble y con influencia sobre toda Europa en aquella época, fue de lo más convincente.

Pero el Papa Urbano II tenía sus propias ideas sobre cómo ayudar a restablecer la fe cristiana en Tierra Santa, y no coincidía con lo que el emperador bizantino tenía en mente. Alejo I pretendía que Occidente le enviara un pequeño grupo de tropas de élite, con capacidad para mantener a raya a los turcos y evitar el saqueo de Asia Menor y la consiguiente presión sobre la capital del Imperio. Urbano II, en cambio, congregó un concilio en la ciudad francesa de Clermont en 1095, y allí proclamó la necesidad de reconquistar Tierra Santa para la cristiandad, prometiendo la salvación para todos aquellos que participaran de lo que se dio en llamar La Cruzada.

Hay que entender cómo estaba organizada la sociedad del siglo XI para comprender el alcance que tuvo el llamamiento del Papa. Se trataba de una sociedad muy influida por la religión, donde el exacerbado concepto del pecado y la búsqueda de la salvación eterna, además de la violencia y el constante enfrentamiento armado, eran el modo de vida más común. Desde los más pobres hasta los grandes señores, todos quisieron abrazar la cruz y marchar a la conquista de aquellas lejanas y desconocidas tierras de Oriente. Allí podrían, además de obtener riquezas y tierras, ganar el cielo luchando contra los infieles. Era lo que el mismísimo Papa había prometido y ¿acaso no hablaba Dios por boca del Papa?

En Europa, el llamamiento a «matar infieles» fue tomado al pie de la letra, y muchos empezaron por hacer la limpieza en sus propias casas, exterminando a todos aquellos que no profesaran la religión católica. Los más abundantes entre estos eran los miembros de las numerosas comunidades judías diseminadas por todo Occidente. Miles de ellos fueron asesinados mientras sus propiedades eran saqueadas por una masa fanatizada y espoleada por los mensajes de la Iglesia. Mientras tanto, miles de hombres sin fortuna, gentes de armas y nobles venidos a menos comenzaban a agruparse para formar ejércitos con los que asaltar la que de nuevo podía considerarse como la «tierra prometida».

El buen libro

En un día tan señalado como hoy, en el que algunos no faltarán a su misa anual por el alma podrida de cierto señor bajito con bastante mala leche, a mí me apetece poner un vídeo de Tim Minchin, un buen cómico con cara de desquiciado que, sorprendentemente, tiene una idea muy acertada sobre la utilidad de un buen libro.

Aviso: gente religiosa deseando ofenderse, meapilas asiduos al Valle de los Caídos y falangistas de lágrima fácil, abandonen esta página inmediatamente o aténganse a las consecuencias. Luego no quiero lloriqueos en los comentarios.

P.D. Gracias a @AliveRC por recordármelo.

Yo no te espero

Estimado señor Joseph Ratzinger, alias Benedicto XVI, alias «Su Santidad»:

Vaya por delante mi absoluto respeto por la libertad de aquellos que se declaren seguidores suyos o del presunto mensaje que usted pregona; aunque en el nombre de esa misma libertad que defiendo para ellos me veo obligado a escribir esta carta abierta, porque la libertad de muchos que nada tienen que ver con usted ni con su grupo de seguidores va a ser descaradamente pisoteada en España en los próximos días.

En primer lugar, tengo que protestar enérgicamente por el coste que su visita ocasiona a las arcas públicas de mi país; unas arcas públicas que se nutren de los impuestos pagados por todos los españoles, entre los cuales me incluyo. Debo indicarle que, como contribuyente, pago mis impuestos al Estado con la ilusión de que el dinero sustraído de mis ingresos será utilizado con responsabilidad en beneficio de todos, especialmente en forma de infraestructuras, sanidad y educación. No veo cómo el gasto ocasionado por su visita, parte del cual voy a sufragar personalmente con los ingresos obtenidos por mi trabajo y gestionado por el Estado en forma de impuestos va a contribuir a mejorar ninguna de estas áreas antes citadas. Podrá usted decir que la culpa es de los políticos que nos gobiernan, que se gastan el dinero en cualquier cosa, y no le faltará razón, pero en última instancia, usted será la causa primera de este gasto, por lo que le hago, como poco, corresponsable del mismo.

En segundo lugar, y no menos importante, viene usted a mi país a insultarme y escarnecerme públicamente, como ya ha hecho en otros países de nuestro entorno. Como ateo, escéptico y libre pensador que soy, me molesta de una forma superlativa que quiera usted compararme a los nazis; una comparación que sólo puedo calificar como hecha a la ligera, falaz y torticeramente por alguien que en su día vistiera el uniforme de las juventudes hitlerianas y que hoy, desde su posición de «líder espiritual» y jefe de un estado extranjero, debería ser más respetuoso con sus declaraciones. No me cabe duda de que en los próximos días volveré a oírle faltarme al respeto en los informativos nacionales, y eso, señor Ratzinger, dirá mucho más de su catadura moral que de la mía, pasivo sufridor de su verborrea intransigente.

En tercer lugar, su visita servirá a buen seguro para criticar, siempre bajo el estrecho prisma de sus particulares creencias, leyes que los españoles nos hemos dado a nosotros mismos de una forma democrática. No voy a enumerar estas leyes, pero sí le recordaré que, en España, la ley es lo que nuestros representantes electos deciden aprobar por mayoría parlamentaria. Afortunadamente, hace ya mucho tiempo que la Iglesia Católica no decide cómo debemos vivir los españoles. No espero que usted, jefe de un estado teocrático y considerado por sus adláteres como una mente «infalible», incapaz de cometer un error, vaya a comprender la grandeza de la democracia, aunque sí espero que llegue el día en que aprenda a respetar a la menos injusta de las formas de organización social existentes.

Para finalizar, debo felicitarle por ser usted un turista excepcional. Ya nos gustaría a muchos ir viajando de país en país a gastos pagados y rodeados de un séquito de incondicionales que nos vitoreen; que los gobiernos nos recibieran con honores a pesar de nuestro estrafalario atuendo y nos abrieran las puertas de sus más preciados monumentos, reservándonos la exclusividad del uso de los mismos; que cortaran el tráfico a nuestro paso sin importar las molestias que ello pudiera ocasionar a los demás, y permitirnos el lujo de proclamar donde vayamos nuestra moral y nuestras creencias como las únicas verdaderas, e imponerlas a otros si tenemos la oportunidad. Aunque pensándolo mejor, no creo que nadie que tenga un mínimo de vergüenza gustara de viajar avasallando de esta forma en que usted lo hace.

Atentamente,
Jorge Iglesias (Hispa)