Mis imágenes de cabecera explicadas (VI): París, 1789 – El juramento del Juego de Pelota

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Considerando la Asamblea Nacional que se solicitó fijar la constitución del reino, producir la regeneración del orden público y conservar los verdaderos principios de la monarquía, nada puede impedir que prosiga con sus deliberaciones en cualquier lugar en que se vea forzada a establecer que, por último, en todo sitio en que sus miembros estén reunidos, allí se encuentra la Asamblea Nacional.

Decide que todos los miembros de esta Asamblea al momento presten juramento solemne de jamás separarse, y de reunirse en todo sitio en que las circunstancias lo exijan, hasta que la constitución del reino esté establecida y apoyada sobre fundamentos sólidos; y que, al prestarse el dicho juramento, todos los miembros y cada uno de ellos en particular confirmarán por su firma esta resolución inquebrantable.

Juramos jamás separarnos de la Asamblea nacional y reunirnos allí donde las circunstancias lo exijan, hasta que la constitución del reino esté establecida y apoyada sobre fundamentos sólidos.

Con este juramento, realizado por los representantes del Tercer Estado de Francia constituidos en Asamblea Nacional, se sentaban las bases para poner fin a la Edad Moderna, marcada por las monarquías absolutas y las divisiones de clases sociales heredadas del feudalismo, y dar inicio a la Edad Contemporánea, caracterizada por el auge de las democracias, el liberalismo económico y la lucha de clases entre el proletariado urbano y los patronos de las nuevas industrias.

Así que este es un día que debería ser conmemorado con todos los honores, porque nuestras libertades y derechos tuvieron su origen en las decisiones que un puñado de franceses cabreados tomaron en aquella sala de frontón aquel caluroso día 20 de junio de 1789.

Sans culottes

Si algo tiene de bueno la Historia es que te permite establecer paralelismos entre la actualidad y los sucesos del pasado. Es bueno volver atrás la mirada y ver qué hicieron los de antes para evitar cometer los mismos errores que ellos.

En la Francia de finales del siglo XVIII la gente no es que viviera mal: es que ya no se podía vivir. El país languidecía en la miseria mientras los mismos gobernantes que lo habían arruinado seguían con su escandaloso tren de vida, entre fiestas, cacerías y carísimos vestidos y muebles que pagaban con cargo a la hacienda pública.

Indudablemente, no podemos decir que aquella situación fuera como la presente, pero tiene sus semejanzas. Los indignados de entonces, curiosamente, no eran la gran masa campesina, desconectada de los movimientos urbanos y sometida a los ritmos de la tierra y el capricho de sus amos. No, los indignados de la Francia prerrevolucionaria eran los pequeños comerciantes, los artesanos, los tenderos, gentes de la ciudad, con pocas propiedades, que vivían de su trabajo diario.

Puesto que el dinero no les llegaba para ir a la moda, los hombres de clase baja prescindían de los culottes, aquellos pantalones ajustados que quedaban por encima de la rodilla. Poco a poco, la forma de vestir de la gente humilde, que delataba su baja condición, se fue convirtiendo en un símbolo de identidad social: los sans culottes.

La Revolución Francesa no hubiera sido posible sin los sans culottes. Fueron ellos los que tomaron y derribaron a sangre y fuego la fortaleza de la Bastilla, los que defendieron a la Asamblea Nacional de los intentos realistas por acabar con ella. También fueron los que, mal armados y peor entrenados, defendieron las fronteras del país ante las invasiones extranjeras. Los sans culottes fueron, en definitiva y literalmente, la carne de cañón gracias a la cual hoy vivimos en la Edad Contemporánea.

Pero como todas las revoluciones, llega un momento en que surge del caos un nuevo orden, y con él la necesidad de acabar con los excesos callejeros. A los sans culottes, ya muy castigados durante el Terror de Robespierre y sus amigos, les llegó su San Martín particular cuando el Directorio dictó su disolución y mandó a la guillotina a no pocos de sus miembros durante el llamado Terror Blanco. Ni para los jacobinos ni para el Directorio se trataba de un grupo social cómodo, debido a su falta de estructura jerárquica y a la imprevisibilidad de sus acciones.

Y ahora, que cada uno saque los paralelismos que les resulten más simpáticos.

Efemérides: El obelisco de Luxor


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Esta gran explanada, en pleno centro del moderno París monumental, hoy lugar de paso obligado para millones de turistas, se instaló la guillotina durante los años del Terror de la Revolución Francesa para acabar con la vida de miles de franceses. La plaza que fuera en tiempos llamada “de Luis XV”, pasó a convertirse en “Plaza de la Revolución”, y durante aquellos convulsos años fue el escenario de actos públicos multitudinarios, especialmente del ajusticiamiento de Luis XVI y de su esposa María Antonieta. Superados aquellos años del Terror, el gobierno de la I República Francesa la rebautizó como “Plaza de la Concordia“, en un intento de limpiar de la memoria colectiva las atrocidades cometidas en aquel lugar.

Pasado un tiempo, la Revolución pasó a la Historia, como también pasó el reinado de Napoleón Bonaparte. Con el regreso de los borbones, un acontecimiento inesperado iba a dar a la Plaza de la Concordia una nueva relevancia histórica inesperada: El joven Jean François Champollion descifró el lenguaje jeroglífico egipcio gracias a una copia en papel de las inscripciones de la Piedra de Rosetta. Posteriormente, Champollion viajaría a Egipto para descubrir con asombro que la Historia de aquel milenario país se encontraba tallada en las piedras de sus imponentes monumentos. Durante su viaje, el virrey otomano de Egipto, Mehmet Ali, regaló a Francia los dos obeliscos que flanqueaban la entrada al Templo de Luxor.

Aunque Chapollion murió en marzo de 1832, uno de los obeliscos de Luxor emprendió un largo viaje en barco desde su emplazamiento original en Egipto que le llevaría hasta París. Fue el último de los reyes de Francia, Luis Felipe de Orleans, quien decidió su destino final. Fue erigido tal día como hoy, el 25 de octubre de 1836, sobre un pedestal en pleno centro de la Plaza de la Concordia. Allí sigue en la actualidad. En la imagen pueden verse al fondo el Arco de Triunfo y la Torre Eiffel.

Napoleón (III): El puente de Arcole

La tablazón de cubierta de la fragata Muiron crujía al tiempo que la nave cabeceaba sobre el suave oleaje. El viaje estaba siendo plácido y sin contratiempos, a pesar de estar finalizando el verano de 1799 y ser aquella una época del año propicia para las tormentas, y a pesar de que la flota británica se había enseñoreado de las aguas del Mediterráneo, haciendo peligrosa la travesía para un buque de guerra francés como la Muiron.

En cubierta, el general Bonaparte miraba al pensativo al horizonte mientras daba cortos paseos por el alcázar. Todas sus miradas se dirigían hacia la proa del barco, hacia su destino inminente. Superado el bloqueo naval inglés en las costas egipcias, la nave enfilaba ahora el rumbo norte para dirigirse hacia Francia. Por suerte, la Muiron se había salvado del desastre de Abukir, donde el maldito Nelson había destrozado a los barcos franceses uno a uno, hasta dejar al victorioso ejército francés varado en Oriente y sin posibilidad de recibir refuerzos o suministros. Había algo de justicia poética en que la Muiron estuviese allí para rescatar a Napoléón y devolverlo a Francia. De haberse quedado en Egipto, es probable que el afamado general Bonaparte hubiera pasado unos cuantos años encerrado en una prisión inglesa, y su brillante carrera habría terminado en aquel nido de chinches.

Muiron… Napoleón no podía dejar de recordar con afecto a su antiguo ayudante de campo Jean-Baptiste Muiron, ni las grandes gestas que entre los dos protagonizaron cuando aún se sentían jóvenes y los horrores de las guerras no habían hecho mella en sus conciencias. Le había conocido en el sitio de Tolón, cuando ambos buscaban con desesperación la gloria y la fama en la batalla, aun a riesgo de sus propias vidas. Desde entonces siempre habían estado juntos. Juntos aplastaron la revuelta de los realistas en París, y juntos marcharon hacia Italia a llevar la guerra a los austríacos en su propio terreno.

Durante todo aquel año de 1796, el mismo ejército francés que Napoleón encontró en Niza desarmado, desanimado y hambriento avanzó como una apisonadora sobre el Piamonte y Lombardía, poniendo en fuga a unos sorprendidos austríacos poco acostumbrados a las novedosas y agresivas tácticas del joven general Bonaparte. Napoleón había ofrecido a sus hombres la única paga que podía darles: el botín de las victorias; pero para eso primero había que ganar batallas y conquistar ciudades. A medida que avanzaba la campaña italiana, los hombres del ejército francés recuperaban el ánimo y aumentaba en ellos la confianza en su nuevo mando, pero a pesar de todo, Napoleón no dejaba de ser para ellos un advenedizo, un joven general distinguido en combate pero que aún tenía que demostrar que era digno de los hombres a los que comandaba.

Y fue avanzando el año, y fueron cayendo una a una las ciudades italianas: Genova, Montenotte, Dego, Piacenza, Milán, Mantua… Abandonadas el Piamonte y Lombardía, los austríacos trataban de hacerse fuertes en la región del Veneto, aprovechando los accidentes del terreno para tratar de parar al ejército de Napoleón. Así fue como el 15 de noviembre de 1796 se los encontró atrincherados en la orilla oriental del río Alpone, donde gran cantidad de infantería y artillería austriaca defendía un puente de madera que conducía a la cercana ciudad de Arcole.

Nadie sabrá nunca porqué una persona tan calculadora como Napoleón Bonaparte hizo lo que hizo aquel día en el puente de Arcole. Puede que estuviera desesperado por no recibir desde hacía días ninguna carta de su amada esposa Josephine. Puede que -las noticias vuelan- se hubiera enterado de los trajines que ésta se traía en París con un jovencísimo teniente de húsares. Puede que simplemente le picaran los pies por culpa de las botas. Lo que sí es cierto es que hay personas que han nacido para triunfar, incluso en la más arriesgada y trágica de las derrotas, y Napoleón fue siempre el mejor ejemplo de este tipo de personas. Aquel día, en aquel puente, lo iba a demostrar.

Agazapado entre la maleza, Napoleón no era ajeno a la inquietud que crecía entre sus filas. Las negras bocas de aquellos cañones austriacos tan cercanos no podían dejar indiferente a nadie, por no hablar de los cientos de fusileros dispuestos a dejar como un colador a cualquiera que se atreviera a cruzar el puente. Había que tomar una decisión, correcta o equivocada, porque nunca ha habido nada peor que un mando indeciso. Napoleón cogió la bandera tricolor del regimiento de granaderos que le acompañaba, y gritando con todas sus fuerzas -¡A la caaaargaaaa!- echó a correr como un salvaje hacia el puente.

Tan horrorizado como enardecido, Jean-Baptiste Muiron corrió detrás de su general, mientras el resto de la sorprendida tropa avanzaba hacia el puente detrás de ellos. Al otro lado del río, los austríacos empezaron a organizarse en líneas de tiradores para batir al enemigo. Cuando el general Bonaparte había llegado a la mitad del puente empezaron las descargas de fusilería austríacas. Cientos de balas de mosquete zumbaban alrededor de Napoleón, Muiron y los granaderos que cargaban. Muchos eran alcanzados, y algunos caían desde el puente a las frías aguas del río Alpone. A pesar de todo, los hombres siguieron intentando tomar la orilla opuesta del río, envalentonados por el absoluto desprecio hacia su propia vida del que hacía gala su general, que seguía ondeando la bandera tricolor y animando a la carga con sus gritos. Junto a él, con el sable en la mano, estaba su fiel Muiron, dispuesto a acompañar a Bonaparte al mismísimo infierno, si allí era donde quería dirigirse.

Napoleón en el puente de Arcole, por Horace Vernet.

Tras las primeras descargas hubo una breve tregua en la que los disparos dejaron de ser tan intensos. La plataforma de madera del puente estaba roja y resbaladiza por la sangre y cubierta de cadáveres y heridos. Los tiradores de élite austríacos, con orden de fuego a discreción, disparaban con mortal precisión sobre el enemigo, abatiendo a muchos de los que aún cargaban con intención de cruzar el puente. Muiron vio cómo uno de ellos apuntaba hacia el general Bonaparte y no se lo pensó dos veces: dando un salto, se interpuso entre la bala y su general, parándola con el corazón.

Napoleón se dio cuenta de que haría falta algo más que coraje para atravesar aquellas defensas, y arrastrando él mismo el cuerpo inerte de Muiron, ordenó la retirada de sus hombres hacia la seguridad de la maleza.

-Juro que algún día arrasaré Viena por esto- Se dijo a sí mismo Bonaparte. Varios hombres se hicieron cargo del cadáver de Muiron, mientras el general se irguió por última vez desafiante sobre el puente de Arcole. Algunas balas austríacas seguían buscando carne que herir, y de cuando en cuando, un estruendoso cañonazo amenazaba con destrozar el puente, levantando astillas del suelo. Finalmente se dio la vuelta y regresó a la orilla occidental caminando con altivez, sin importarle que una de aquellas balas pudiera acabar con él por la espalda.

Pero aquel día ninguna bala y ninguna astilla hirió al general Napoleón Bonaparte. Cuando llegó al campamento francés de lo único que podía quejarse era de cansancio y de su lustroso uniforme manchado de sangre amiga. Sus hombres, por contra, no tenían motivo alguna de queja respecto a su general. Todos reconocían que se había batido con un valor ilimitado, como un pequeño cabo enardecido por el combate. La voz corrió como la pólvora por todos los ejércitos franceses y por toda Francia: El general Bonaparte, además de ser un estratega competente y el conquistador de Italia, era un héroe, y un hermano de sangre con sus hombres. Nunca una derrota fue tan provechosa para un general derrotado como aquella del 15 de noviembre de 1796 sobre las tablas del puente de Arcole.

Al bueno de Muiron le aguardaban dos metros cuadrados de tierra italiana y el agradecimiento del general Bonaparte, que bautizó una fragata con su nombre en recuerdo de su leal ayudante de campo. A Napoleón, por su parte, le aguardaban años de aventuras, docenas de victoriosas batallas y la gloria eterna de los grandes conquistadores.

Para saber más:

Napoleón (II): Realistas en París

Parece que el tiempo no ha pasado por la fachada de la iglesia de San Roque de París. La vida por la calle Saint Honoré transcurre con las prisas propias de la capital francesa. Todo lo demás ha cambiado: la calzada, los edificios adyacentes, el tránsito de vehículos, las ropas de la gente… Sólo la iglesia permanece como testigo mudo de unos acontecimientos que en 1795 estuvieron a punto de acabar con la Revolución Francesa y su gobierno.

En septiembre de 1795 se promulgó una nueva constitución para francia -la tercera, después de las de 1791 y 1793- con la esperanza de acabar con los horrores provocados por los revolucionarios extremistas jacobinos y su reinado del terror. Se suprimió el sufragio universal, favoreciendo con ello la formación de una Convención más derechista y moderada. En el sur de Francia, la Convención había expulsado por fin a ingleses y españoles, aplastando la rebelión tolonesa con la ayuda inestimable de un joven oficial muy prometedor: Napoleón Bonaparte. Podría parecer que con esto se conjuraba uno de los mayores peligros para la Francia revolucionaria, pero no era así. A la República aún le quedaba por superar su mayor desafío en las mismas calles de París.

Napoleón había regresado a París con el rango de general de brigada -cuando había salido de allí sólo un año antes como un simple capitán-, aunque estuvo a punto de caer en desgracia durante la depuración que la Convención hizo de todos los elementos jacobinos. Incluso estuvo preso durante dos semanas, mientras el nuevo gobierno decidía qué hacer con él. Posiblemente su valerosa actuación en Tolón y el hecho de que la República necesitaba héroes del pueblo habían hecho más para salvarle que ninguno de los argumentos que el joven Napoleón pudiera esgrimir en su defensa. En realidad, Napoleón sí era simpatizante de los jacobinos, pero lo era aún más del orden social.

Así que, a mediados de 1795, Napoleón volvía a languidecer en la capital francesa a la espera de un destino militar que le permitiera demostrar sus magníficas dotes de táctico y estratega. Mientras tanto, una conspiración en la sombra se fraguaba contra la República: Miles de partidarios de la monarquía y de damnificados por los excesos revolucionarios se escondían en París, esperando el momento propicio para derrocar al gobierno. Durante todo el año, la República se había estado enfrentado a las sublevaciones realistas en diferentes puntos de la geografía francesa, desbaratando incluso un intento de desembarco de emigrados armados en el noroeste, cerca de Normandía.

Y por fin, a principios de octubre de 1795, en el mes de vendimiario del año III según el calendario revolucionario, el conde de Artois -que años más tarde reinaría en francia con el nombre de Carlos X- desembarcó en las costas de la levantisca y pro-realista región de la Vendée con una pequeña fuerza de exiliados e ingleses. La figura del conde de Artois era suficiente para justificar que existía un gobierno provisional realista en Francia, así que se dio la consigna para que los realistas apostados en París se levantaran y trataran de derribar a la Convención. Entre ellos se encontraba todo un cuerpo de la Guardia Nacional Francesa, un cuerpo creado para mantener el orden revolucionario y que ahora estaba bajo control de los realistas. En total, unos 30.000 enemigos armados se concentraban a sólo unos cientos de metros del palacio de Las Tullerías, sede del gobierno republicano.

Por su parte, la Convención se encerró en sus salas de reuniones con el compromiso de no abandonarlas hasta que la crisis hubiera sido solventada, y ordenó que se formaran tres batallones de patriotas, con lo que pudo reunir a unos 5.000 hombres bajo el mando del general Menou. En aquellas circunstancias, conservar la capital iba a convertirse en una tarea casi imposible, ya que el enemigo superaba ampliamente en número a los republicanos. Para colmo, Menou se dejó atrás los 40 cañones de que disponía para no verse impedido en sus movimientos y adelantarse a los realistas. Hasta la llegada de Napoleón, los altos mandos militares nunca habían considerado a la artillería como un arma decisiva en la guerra, pero eso iba a cambiar muy pronto.

En la noche entre el 12 y el 13 de vendimiario (5 de octubre de 1795) las calles de París se iban a convertir en un campo de batalla. Menou trató de apaciguar a los realistas, cosa que estos tomaron como un signo de debilidad. El resultado fue que los realistas indecisos se envalentonaron, y al final Menou se vio obligado a efectuar una carga de caballería para despejar la calle de Faubourg-Montmartre. La Convención, convencida de que Menou no podría lidiar con los realistas, transfirió el mando a Barras. Éste por su parte se dio cuenta rápidamente de que la persona más indicada para dirigir la defensa de la Convención era un joven general que había acudido a las cercanías del palacio al estallar la revuelta para interesarse por la situación: Napoleón Bonaparte.

Bombardeo de la iglesias de San Roque el 13 de vendimiario.Napoleón, una vez recibido el mando, ordenó a Murat llevar los cañones “olvidados” por Menou desde los cuarteles de Les Sablons hasta las inmediaciones de Las Tullerías, y los colocó estratégicamente para proteger el perímetro que estaba encargado de defender de los inminentes ataques realistas. Cuando el enemigo empezó a cargar en oleadas cada vez mayores sobre la Convención se encontró con una muralla infranqueable de fusilería, artillería y caballería combinadas. Napoleón dirigió a las tropas para conseguir lo nunca visto en un combate urbano. Durante varias horas rechazó los ataques de los insurrectos, al tiempo que conseguía embolsar a cientos de realistas entre las angostas calles del centro parisino. Uno de los lugares donde el combate fue más encarnizado estaba delante de la iglesia de San Roque, en la calle Saint Honoré, muy cerca del palacio de Las Tullerías. Allí fueron embolsados cientos de realistas y cañoneados sin miramientos. Para este menester se habían cargado los cañones con metralla, mucho más efectivas contra grupos de personas que las bolas de hierro.

Esta metralla tuvo un efecto devastador sobre los sublevados. A la mañana siguiente, cientos de cadáveres sembraban las calles de París, mientras los realistas supervivientes eran apresados o buscaban desesperadamente un agujero profundo donde esconderse. La disciplina militar, combinada con el talento táctico del joven general Napoleón, habían salvado a la República Francesa de uno de sus más arriesgados trances. El conde de Artois se retiró de las costas francesas el mes siguiente, dada la imposiblidad de hacerse con el poder por las armas ante una República fortalecida por los sucesos de París.

Napoleón, aclamado como un héroe nacional, fue rápidamente ascendido a General de División, mientras su promotor Barrás se alzaba al poder en el nuevo gobierno encargado de mantener el orden en Francia: el Directorio. Ahora Napoleón era realmente famoso, y no podía contar con mejor padrino para satisfacer sus ambiciones militares.

Este pasaje está plasmado de una forma brillante en la miniserie Napoleón, protagonizada por Cristian Clavier en el papel de Napoleón. Una de mis series históricas favoritas que recomiendo a los lectores. Aquí os dejo el video de la lucha contra los realistas en París, tomado de esta serie:

Hoy es… 18 de Brumario

Muy al hilo de las entradas de los días anteriores, hoy se conmemora la efeméride de un hecho trascendental para la Historia de Europa. El 9 de noviembre de 1799, 18 de Brumario del año VII según el calendario republicano francés, Napoleón Bonaparte daba un golpe de estado y se hacía con el poder en Francia.

Hasta entonces Francia había sufrido diez terribles años de inestabilidades políticas y sociales. A aquellos diez años se les conoce como la Revolución Francesa. Lejos quedaba ya el episodio del guillotinamiento de Luis XVI en 1793 a manos de los girondinos, o el Terror impuesto por Robespierre y sus jacobinos. Incluso parecían ya olvidados el golpe de Termidor y el consiguiente Terror Blanco que terminó con los jacobinos, dándoles de su propia medicina.

Durante todo este periodo, una Francia acosada en el exterior por sus enemigos, y agobiada en el interior por la carestía y los conflictos políticos trataba de alcanzar una estabilidad política que le permitiera afrontar sus problemas, pero sólo conseguía alzar al poder a diferentes líderes más o menos exaltados que convirtieron a la Revolución en un baño de sangre. En 1795, parecía que el nuevo Directorio, más moderado, podría finalmente imponer el orden social, pero no fue así.

El primer gran problema con el que se enfrentó el nuevo Directorio fue la marcha de realistas sobre París. Los partidario de la monarquía borbónica pretendían llegar hasta la sede de la Convención en el palacio de las Tullerías, pero se encontraron por el camino con el joven general Napoleón Bonaparte, que reprimió esta protesta con fusiles y artillería, provocando una masacre. Después de este gran éxito, el Directorio concedió a Napoleón el mando sobre el ejército de Italia.

Napoleón no sólo alcanzó grandes conquistas en Italia, sino que se labró una fama de General competente y el cariño de sus soldados. Expulsó a Austria del norte de Italia y sometió a los Estados Papales, llegando a firmar un importante tratado de paz en Campo Formio muy ventajoso para Francia y que supuso el final de la Primera Coalición de potencias europeas creada para aplastar a la Francia revolucionaria.

Tras su éxito en Italia, Napoleón se embarcó en una ambiciosa expedición que cortara las comunicaciones inglesas con sus colonias de Asia, y para ello invadió Egipto, tomando Alejandría y El Cairo e incluso adentrándose en Oriente Medio. La expedición, que en términos militares fue un fracaso y supuso la pérdida de todo un ejército, resultó en un éxito científico sin precedentes que Bonaparte supo rentabilizar políticamente para vender todo aquel fiasco como una gran hazaña. Lo cierto es que, perseguido por la flota inglesa, Napoleón abandonó a su ejército en El Cairo y regresó a Francia casi podría decirse que a hurtadillas. Corría el año de 1799, séptimo año del calendario revolucionario.

Para entonces, el Directorio se encontraba impotente para solucionar los problemas del país. De hecho, el mismo Directorio había llegado a convertirse en parte de los problemas del país. Dirigido por personajes corruptos e incompetentes, el gobierno francés se hallaba de nuevo ante una coalición de países europeos que pretendía derribar a la República. El pueblo ya no apoyaba a sus gobernantes, y Napoleón vio la oportunidad perfecta cuando dos de los directores, Emmanuel Sieyès y Roger Ducos le propusieron derrocar al Directorio, secuestrar al Consejo de Ancianos y alzarse ellos mismos al poder.

Lo que no vieron estas preclaras mentes políticas era la ambición desmedida que crecía dentro del pequeño cuerpo de Napoleón Bonaparte. Napoleón sabía perfectamente que contaba con el apoyo del ejército, y que el pueblo estaría deseando contar con un líder que garantizara la paz social y la seguridad de las fronteras del país. En comparación, Sieyès y Ducos no eran nada. Cuando finalmente se materializó el golpe de estado, el 9 de noviembre de 1799, los tres ideólogos del golpe fueron proclamados Cónsules de la República por la secuestrada cámara legislativa, pero gobernarían por orden alfabético. El primero de la lista era, evidentemente, Napoleón Bonaparte.

Sieyès y Ducos nunca llegaron a ejercer como cónsules. Napoleón tomó las riendas del estado francés y durante los siguientes cinco años efectuó las más importantes reformas realizadas hasta entonces en la República; las reformas que de verdad iban a articular un estado moderno. Suyos son el Código Civil (conocido aún hoy como Código Napoleónico), el Código de Comercio, la creación del Banco de Francia, la Educación Superior, etcétera.

Pero tan importante como estas reformas, o incluso más, fue el hecho de que Napoleón Bonaparte se hizo aquel 9 de noviembre con el gobierno del país más poderoso de Europa, y que a pesar de los esfuerzos del resto de las potencias europeas, cinco años más tarde se convertiría en Emperador del Primer Imperio Francés, cuyo poderío político dominaría el continente durante diez años de interminables guerras.

(Imágenes: Wikimedia Commons)

La Revolución Francesa (II)

Acosada por sus enemigos exteriores, los gobernantes revolucionarios encabezados por Maximilien Robespierre dedican sus esfuerzos a exterminar a la disidencia política en el interior del país. Para ello enviarán a la guillotina a más de 35.000 personas en un terrible periodo entre 1793 y 1794 que fue conocido como El Terror.

La Revolución terminó convirtiéndose en un auténtico baño de sangre, en una tiranía represora aún peor que la ejercida por el absolutismo. En este documental se explican los motivos que convirtieron a una revolución que debió aportar libertad y emancipación al pueblo en el más espantoso mecanismo de opresión y miedo.

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