Ahí está esa imponente fortaleza: pura piedra, dominando la rivera occidental del Tíber desde que fuera construida en tiempos de los romanos. Puede que no sea el edificio más bonito de Roma, pero mientras la mayor parte de las construcciones de su época yacen en el suelo como ruinas o se han convertido en meras atracciones turísticas, el castillo de Sant’Angelo ha conservado casi hasta la actualidad su importancia estratégica dentro de la capital italiana. Edificado a principios del siglo II como mausoleo para el emperador romano Adriano, a lo largo de sus casi diecinueve siglos ha sido también una fortaleza, la residencia de los papas de Roma, una prisión y actualmente un museo.
Cuando el fotógrafo James Anderson tomó la fotografía de Castel Sant’Angelo que encabeza esta entrada, el compositor de ópera Giacomo Puccini aún no había hecho que la infeliz Tosca se arrojara desde lo alto de sus muros, desesperada por la muerte de su amado Mario. Sin embargo, al viejo castillo de Sant’Angelo le basta su propia historia para ser por sí mismo un lugar emblemático, sin necesidad de dramas líricos. Esas piedras han visto pasar por delante a muchos emperadores de Roma; han sido testigos y víctimas del fin del Imperio y de la destrucción provocada por las hordas visigodas, vándalas y hérulas. Desde lo alto de sus murallas bien podría haberse contemplado el ejército de los hunos de Atila, acechando a la indefensa ciudad.
A finales del caótico siglo XIII, el papa Nicolás III ordenó edificar un paso elevado (el Passeto) que conectara la Ciudad del Vaticano con el castillo de Sant’Angelo. Este paso debía servir como vía de escape rápida para los papas, pudiendo refugiarse estos en el castillo en caso de peligro. La Historia demostraría que la idea de Nicolás III fue acertada, porque varios papas tuvieron que recorrer aquellos ochocientos metros con mucha, mucha prisa…
En 1495, mientras Cristóbal Colón terminaba de descubrir casi todas las islas del Caribe en su segundo viaje, el papa Alejandro VI (famoso por su apellido italianizado, Borgia) se apresuraba a refugiarse en Sant’Angelo ante la imparable invasión de Roma por el rey de Francia Carlos VIII, que en medio de su guerra contra los aragoneses en Nápoles, había decidido neutralizar la oposición papal a su campaña. No en vano, fueron los papas de Roma quienes otorgaron el reino de Nápoles a los Anjou franceses para quitarse de encima el estorbo que les suponían los Hohenstaufen, y Santa Rita, Santa Rita, lo que se da no se quita. Aunque Carlos VIII hubo de retirarse finalmente debido a la falta de logística y suministros que le permitieran continuar la campaña, y no precisamente por haber sido derrotado en combate, Alejandro VI lo tomó como una victoria personal. Unos años más tarde, sin embargo, cuando el nuevo monarca francés, Luis XII, volvió a la carga contra los aragoneses de Nápoles, el Papa Borgia tuvo mucho cuidado de no alinearse en contra de Francia. Dio lo mismo, porque el Gran Capitán se encargó de hacer morder el polvo al Valois para entregar el reino de Nápoles a su rey Fernando, el Católico, no sin antes ajustar cuentas con él.
Algunos años más tarde, las cosas entre Francia y España seguían tan mal como siempre: el nuevo Sacro Emperador era Carlos V de Alemania, a la sazón Carlos I de España, y dominaba un territorio como pocos monarcas habían conseguido aglutinar desde los tiempos de los emperadores romanos. Francia era una isla en medio de un océano dominado por los Habsburgo que incluía España, Nápoles, Sicilia, Cerdeña, todo el Sacro Imperio Romano-Germánico y amplias zonas de Austria y Hungría. Aunque el nuevo emperador parecía la única figura en Europa capaz de enfrentarse al empuje turco que venía del este, al papado le interesaba más conservar el equilibrio de poderes entre las naciones que le rodeaban, y no verse supeditado al mandato de un poder temporal que desvirtuara la soberanía papal, inspirada por el mismísimo Dios.
El recién estrenado papa Clemente VII, florentino de nacimiento y descendiente de los orgullosos Médicis, no estaba dispuesto a lamerle las botas al Emperador Carlos V, y pretendía resucitar el viejo enfrentamiento por el Dominium Mundi que ya mantuvieran el emperador Federico II Hohenstaufen y el papa Gregorio IX en el siglo XIII.
Por desgracia para el papa, Europa ya no vivía en el siglo XIII, y los reyes eran emperadores en sus reinos, no viéndose sometidos a la autoridad eclesiástica. Si esto era cierto para el común de los monarcas, no digamos ya para el Emperador Carlos. Las tropas hispano-alemanas habían estado sacudiendo de lo lindo al francés en el norte de Italia, en Navarra y en la misma Francia, deshaciendo las pretensiones de Francisco I de ampliar sus territorios a costa del Imperio y de las ciudades italianas. La debacle francesa fue total, y el rey francés tuvo que pasar una temporada en Madrid como “invitado” del Emperador. Cuando el Papa, hasta entonces aliado del Imperio, se coaligó con Francia, Venecia y Florencia para parar los pies al creciente poder de Carlos V, el ejército imperial, que ya controlaba todo el norte de Italia, marchó “amotinado” hacia Roma. Al parecer, unas siempre mal pagadas tropas pretendían cobrarse la soldada con el botín arrancado a sus nuevos y ricos enemigos.
Los acontecimientos se precipitaron el 6 de mayo de 1527. Las defensas de Roma no podían resistir el avance de un ejército curtido en batalla que sextuplicaba en número a las fuerzas papales. Los lansquenetes, soldados profesionales alemanes que llevaban bastante tiempo sin cobrar, se cebaron en el saqueo de la Ciudad Eterna. Sólo la valentía y el arrojo de la guardia suiza que protegía al papa, compuesta de 150 hombres, consiguió salvar la vida de éste, aún a costa de ser masacrados por más de mil enemigos sedientos de sangre. Al final, en medio de una batalla encarnizada en el mismísimo altar de la basílica de San Pedro, consiguieron meter al papa Clemente VII en el Passeto di Borgo,
desde donde corrieron por sus vidas hasta alcanzar la seguridad de Castel Sant’Angelo. A partir de aquel momento, el papa vivió recluido en aquella fortaleza un mes, hasta que se rindió el 6 de junio haciendo grandes concesiones territoriales al Imperio. Aunque Carlos V se hizo el disgustado, escribiendo lastimeras cartas al papa sobre lo infortunado del saqueo, Clemente VII no volvió a llevarle la contraria al Emperador en los años que le quedaron de vida. El Papa había aprendido muy bien la lección, y sabía ya cuál era su nueva posición en la política europea del siglo XVI. De hecho, su sumisión al Emperador fue tal a partir de ese momento que negó la anulación del matrimonio del rey inglés Enrique VIII con su esposa Catalina de Aragón, tía del emperador Carlos, lo que a la postre daría como resultado la desvinculación de Inglaterra de la obediencia religiosa a Roma y la creación de la iglesia anglicana.
Para la ciudad de Roma, el Saco fue lo peor que le había pasado en su historia. Ni siquiera las hordas bárbaras fueron tan exhaustivas en su recolección de botín, ni tan crueles con los habitantes de la ciudad, que quedó semidestruida y despojada de todas sus riquezas, incluyendo las del Vaticano. Sólo el castillo de Sant’Angelo y su ilustre inquilino se mantuvieron a salvo del enemigo.
Además de su función como fortaleza defensiva, el castillo también fue una prisión donde rumiaron su infortunio personajes tan destacados como Bartolomeo Platina (enlace a wikipedia en inglés, lo siento; al parecer el personaje no merece entrada en Wikipedia en español. Será porque no juega al fútbol o no se parece a Pikachu), Pomponio Leto, Giordano Bruno… podría decirse que lo mejorcito del humanismo italiano pasó por las mazmorras de este castillo por cortesía de unos papas no demasiado inclinados a las nuevas ideas. Hoy el castillo es un museo, el Museo Nazionale di Castel Sant’Angelo, de visita obligada para todo turista que visite Roma.
Para finalizar esta entrada, os dejo con E lucevan le stelle, de la ópera Tosca, donde Plácido Domingo, en el papel de Mario Cavaradossi, lamenta la inminente llegada de la muerte en una de las azoteas de Castel Sant’Angelo.
Entrada dedicada a @MrDodo, pájaro de cuenta que siempre tiene un puntito de inspiración para los mortales.







Aunque se puede viajar desde la Galia hasta Roma por tierra (no iban a faltar buenas calzadas para hacerlo), Asterix y Obelix casi siempre prefieren viajar en barco. En esta ocasión son recogidos por una galera fenicia que transporta mercancías al puerto de 

Para finalizar por hoy, quiero destacar el realismo de los asustadizos legionarios romanos en Asterix. La impedimenta y las armas responden fielmente al auténtico legionario romano del siglo I a.C.:








