Efemérides: El Alamein

Bundesarchiv Bild 101I-784-0238-06A, Nordafrika, Erwin Rommel mit Fernglas

El mariscal de campo Erwin Rommel. Imagen: Wikimedia Commons.

En el largo camino del ejército alemán por África, el pequeño pueblo costero de El Alamein era la última parada antes de entrar en la fértil llanura del delta del Nilo. De conseguirlo, los alemanes podrían haber conquistado Egipto, cortando el delicado cordón que unía al Reino Unido con sus colonias de Asia a través del Canal de Suez.

Sin embargo, llegar hasta El Alamein había costado demasiado al Africa Korps del flamante mariscal de campo Erwin Rommel. Meses de victorias, poniendo en fuga al ejército británico desde Tobruk, pasando por Mersa Matruh habían agotado las fuerzas de los soldados y los depósitos de combustible de los tanques. Una línea de abastecimiento de cientos de kilómetros a través de la línea costera, permanentemente bombardeada por la aviación inglesa, era lo único que sustentaba a las fuerzas de Rommel en su avance, y desde luego, no era suficiente para proveer a todo un cuerpo de ejército de lo necesario para el avance.

Italian high-water mark on road to Alex edited

Hito que señala el punto de mayor avance italiano durante la batalla de El Alamein. La leyenda reza: “Faltó la fortuna, no el valor”. Imagen: Wikimedia Commons.

Los ingleses, por su parte, habían cerrado el Mediterráneo a la marina alemana en Gibraltar, creando una barrera casi infranqueable incluso para los submarinos. La marina italiana no era rival para la Royal Navy, y el abastecimiento de Egipto estaba asegurado además desde Asia y Australia. Aunque los alemanes intentaron conquistar la isla de Malta para asegurar el abastecimiento al Africa Korps, el fracaso de este asedio supuso la puntilla para la campaña africana de Hitler.

 

El Alamein 1942 - British infantry

Tropas inglesas avanzando durante los primeros días de la Segunda Batalla de El Alamein. Imagen: Wikimedia Commons.

En julio de 1942 tuvo lugar la Primera Batalla de El Alamein, en la que una defensa desesperada por parte de los británicos consiguió detener el avance alemán e italiano. El frente fue estabilizado y a pesar de sus muchas bajas, el ejército inglés también infligió importantes pérdidas a las fuerzas del Eje, pérdidas que Rommel era incapaz de reponer. Unos meses más tarde, a finales de octubre, la contraofensiva británica consiguió por fin una victoria decisiva contra Rommel que culminaría el 4 de noviembre con la retirada alemana hacia Libia.

El Alamein supuso un punto de inflexión en la Segunda Guerra Mundial. A partir de aquel momento el ejército alemán lucharía por conservar el territorio, mientras que la iniciativa de la guerra pasó a ingleses y norteamericanos, quienes a lo largo de los primeros meses de 1943 acabaron expulsando a Rommel de África, dando paso a la conquista de Europa a través de Sicilia.

Mis imágenes de cabecera explicadas (VII): Dresde, 1945

Dicen que la historia la escriben los vencedores, y es verdad en gran medida, pero hay borrones en ese libro de las victorias propias difíciles de ocultar. El bombardeo aliado sobre la ciudad alemana de Dresde en febrero de 1945 es uno de esos borrones.

Dresde era la última de las ciudades importantes en la retaguardia del frente oriental, donde los rusos avanzaban imparables en su camino hacia Berlín, que caería sólo unos días más tarde. Allí se agolpaban refugiados procedentes de la periferia, ya conquistada por las tropas soviéticas. En Yalta, Stalin pedía a sus aliados occidentales que le facilitasen el camino bombardeando la retaguardia alemana, y esa retaguardia consistía básicamente en la ciudad de Dresde.

Si hace unos días comentaba que el bombardeo de Guernica fue un experimento, el bombardeo de Dresde fue una demostración. Los aliados querían que los soviéticos, que ocuparían la ciudad en breve, supieran de lo que eran capaces los escuadrones de bombardeo ingleses y americanos, que supieran la devastación que podían provocar por si en el futuro, aniquilada la Alemania nazi, tuvieran que enfrentarse a ellos.

Así que entre los días 13 y 15 de febrero de 1945, oleada tras oleada compuesta cada una por cientos de bombaderos aliados (especialmente por los Lancaster británicos y en menor medida por los B-17 norteamericanos) arrojaron miles de toneladas de bombas explosivas e incendiarias sobre Dresde, cebándose especialmente en el centro de la ciudad e ignorando en ocasiones complejos industriales y nudos de comunicaciones, considerados como objetivos secundarios.

Aunque la cifra de muertos en el bombardeo de Dresde aún no se ha determinado con precisión, entre 18.000 y 35.000 civiles perdieron la vida durante estos ataques. Muchos de estos muertos se produjeron en los mismos refugios donde se encontraban resguardados de las bombas, ya que la tormenta de fuego generada por los artefactos incendiarios bien les calcinó, bien les arrebató el oxígeno haciéndoles morir por sofocación.

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La fotografía que ilustra esta entrada, tomada por el fotógrafo alemán Richard Peter tras la guerra, no sólo muestra la absoluta destrucción de la ciudad vista desde una de las torres del ayuntamiento, sino que el gesto de la escultura en primer plano (que irónicamente representa a la verdad y la justicia) le da un sobrecogedor dramatismo que ha convertido a esta fotografía en un icono de la ruindad y la crueldad a la que el hombre es capaz de llegar para con sus semejantes.

Casablanca

Durante la Segunda Guerra Mundial la industria cinematográfica estadounidense jugó un papel fundamental como aparato de propaganda. Entre los años 1941 y 1945 se filmaron grandes películas del género bélico cuyo objeto era motivar a la población civil y a las tropas en el ímprobo esfuerzo laboral y humano que conllevaba la guerra. También el género de suspense tuvo su importancia en esta campaña. De entre todas estas películas, tal vez la más famosa y aclamada sea Casablanca, del director Michael Curtiz.

En 1942, Europa pertenecía a Hitler. Incluso las colonias y protectorados bajo gobierno francés estaban sometidas a la voluntad de la Alemania nazi a través del gobierno títere de Vichy. Éste era el caso de la ciudad marroquí de Casablanca, donde un amargado Rick Blaine (Humphrey Bogart) regenta un conocido café.

Mediante una escabrosa historia con muertos de por medio, llegan a poder de Rick unos salvoconductos que podrían permitir a dos personas abandonar Casablanca y dirigirse a Portugal, para desde allí pasar a los Estados Unidos y evadir el control de las autoridades francesas y de los militares alemanes que pululan por la ciudad.

Pero poco después aparece un individuo de suma importancia en la resistencia contra los nazis: Victor Laszlo (Paul Henreid), que precisa de estos salvoconductos para huir de la persecución a la que se ve sometido. El personaje es clave en el transcurso de la guerra, pero además viene acompañado de su esposa, Ilsa Lund (Ingrid Bergman), quien tiempo atrás había sido amante de Rick en el París de antes de la ocupación. Laszlo se reune con Rick e intenta que éste le entregue los salvoconductos, pero al mismo tiempo se da cuenta de que entre éste y su esposa hay una historia que él desconoce, pero que no le resulta difícil intuir. En el transcurso de esta conversación se produce la escena que más me gusta de toda la película:

Un grupo de militares alemanes está cantando la canción Die Wacht am Rhein, ante la impotencia de los franceses, pero Laszlo baja indignado desde el despacho de Rick y conmina a la orquesta a interpretar La Marsellesa, interrumpiendo la tabernaria interpretación del himno militarista nazi.

Siempre me ha gustado tanto la música como la letra de La Marsellesa. Es un himno creado para enardecer a la gente, y a fe que siempre lo consigue. Napoleón Bonaparte afirmó en un ocasión que “esta música nos ahorrará muchos cañones”, por el fervor que infundía a los combatientes de las muchas guerras de la Francia de entonces (si bien luego no tuvo reparos en prohibirlo durante su etapa imperial, no fuera que alguien se tomara en serio aquello de “¡Temblad, tiranos, y también vosotros, pérfidos, Oprobio de todos los partidos! ¡Temblad! Vuestros actos parricidas van al fin a recibir su castigo”).

Por esta manifestación espontánea de fervor nacionalista, la policía al servicio de las autoridades de Vichy clausura el café de Rick, mientras éste aún se debate entre fugarse a América con el bellezón con cara de ángel de Ingrid Bergman aprovechando los salvoconductos o hacer lo correcto y dejar que el líder de la resistencia pueda escapar y seguir con su misión contra los malvados nazis. El resto, por si alguien (que lo dudo) aún no ha visto esta obra maestra del cine, lo dejo en el aire para que el lector pueda averiguar el desenlace por sí mismo.

¿Arde París?

En el verano de 1944, en medio de la ofensiva aliada sobre París encabezada por el general Leclerc, cuyas tropas (bastantes de ellas compuestas por antiguos combatientes republicanos españoles) ya comienzan a adentrarse por los arrabales de la Ciudad Luz, el general Dietrich Von Choltitz, comandante de las fuerzas alemanas en la capital francesa, recibe la siguiente orden del Estado Mayor del III Reich:

El Führer ha ordenado lo siguiente:

“La defensa de la cabeza de puente “París” militar y políticamente es de decisiva importancia. Su pérdida causaría la rotura de todo el frente costero situado al norte del Sena y nos privaría de una base esencial para el combate a distancia con Inglaterra.

Motivo aparte lo constituye el que, según enseña la Historia, la pérdida de París entraña siempre el derrumbamiento de toda Francia.

Por consiguiente, el Führer reitera su orden de defender París en el cinturón fortificado del norte de la plaza, y con tal fin destina nuevos refuerzos al jefe Oeste.

Dentro de la ciudad, se ha de atajar todo amago de revuelta con medidas tan radicales como la voladura de manzanas enteras, la ejecución pública de los cabecillas y el desalojamiento de los distritos comprometidos, pues ése es el mejor medio de impedir su propagación.

Los puentes del Sena han de estar a punto para la voladura. París no debe caer en manos del enemigo; en el peor de los casos, éste deberá conquistar tan sólo unas ruinas.”

Choltitz no se lo pensó dos veces antes de tomar una decisión. En primer lugar, le iba a costar bastante trabajo cumplir esa canallada de orden, ya que con las escasas y bisoñas fuerzas de que disponía, dificilmente iba a poder reducir a escombros toda una ciudad como París. En segundo lugar, el comandante sabía más que de sobra que al Imperio de los mil años le quedaban dos telediarios, teniendo en cuenta cómo se les echaban encima tanto los rusos por el este como los ingleses, norteamericanos, canadienses, australianos, polacos, noruegos, españoles y un largo etcétera por el oeste. El marrón de destruir París no iba a comérselo él, de ninguna de las maneras.

Choltitz descolgó el teléfono y pidió hablar con el general Hans Speidel, un viejo amigo al que la descabellada política militar de Hitler desagradaba tanto como a él mismo, especialmente a la vista de los nefastos resultados que estaba teniendo. La conversación que siguió la relata el mismo Choltitz en sus memorias:

“Hay que convertir París en una ruina: el general en jefe debe defenderla hasta el último hombre y, si es necesario, sucumbir bajo los escombros.”

Recuerdo muy bien el efecto que me produjo esa orden: sentí vergüenza. Tres o cuatro días antes, tal vez hubiera cabido aceptar el positivismo de semejante orden. Pero los acontecimientos habían rebasado largamente la situación que originó dicha orden. El adversario seguía avanzando arrolladoramente desde el Sur y dirigía sus vanguardias al este de París. Había forzado ya el paso por los puentes de Melun. Ya no había ejércitos a nuestra disposición, y ni siquiera divisiones. El 1er ejército se componía de restos de unidades diseminadas, cuyos ínfimos efectivos carecían de toda capacidad combativa. Yo mismo no tenía en París tropa alguna capaz de oponer a las divisiones blindadas del enemigo la resistencia exigida por la situación.

La orden era sólo un papel sin valor militar de ninguna clase. Pese a todo, una de sus frases rebosaba el odio y una total discrepancia con las normas tradicionales del combate: “Hay que convertir París en una ruina.” Apenas leí aquello me guardé la orden, y sólo di cuenta de su contenido a mi amigo el coronel Jay. Tras una larga reflexión telefoneé al jefe del Estado Mayor, el teniente general Spiedel, quien se hallaba a la sazón con el Grupo de Ejércitos, en las proximidades de Cambrai. Le conocía desde los días del este; siempre había ocupado cargos importantes que desempeñaba con gran acierto, tanto desde el punto de vista militar como desde el humano.

En esta ocasión tuvo lugar el siguiente diálogo:

-”Muchas gracias por esa admirable orden”

-”¿De qué orden habla mi general?”

-”De la orden sobre las ruinas. Le diré lo dispuesto hasta ahora: he hecho llevar tres toneladas de explosivos a Notre Dame, dos al panteón de los Inválidos y una a la Cámara de los Diputados. Ahora me dispongo a hacer volar el Arco del Triunfo para despejar el campo de tiro”. Escuché casi sin respirar las palabras que pronunciaba Spiedel al otro extremo de la línea. “¿Le parece bien, querido Spiedel?

Al oir esto, Spiedel titubeó: -”Bueno mi general, yo…”

-”¡No lo niegue! ¡Usted mismo lo ha ordenado!”

Indignación de Spiedel. -”¡Eso no lo ordenamos nosotros, sino el Führer!

Entonces perdí los estribos y grité: -”¡Permítame decirle que usted transmitió la orden, y por tanto asume una responsabilidad ante la Historia!

Sin darle tiempo para replicar, proseguí: -”Voy a decirle lo que pienso hacer. Echaremos abajo la Madeleine y la Ópera…” Y dejando volar la imaginación añadí: “Haré saltar por los aires la torre Eiffel para formar con su chatarra una barrera delante de los puentes destruídos.

Mi interlocutor captó al fin el sentido irónico de mis palabras y comprendió que sólo me guiaba el deseo de hacerle ver la difícil situación de un subordinado ante semejantes órdenes. Y entonces Spiedel, competente general de Estado Mayor, exclamó con evidente alivio: -”¡Ah, mi general! Me alegro de tenerle en París“.

Ni qué decir tiene que finalmente París no fue destruida como le hubiera gustado al enano vengativo del bigotito, y tanto Choltitz como Spiedel fueron liberados por los aliados tras el final de la segunda guerra mundial. A la muerte de Dietrich von Choltitz, Francia le rindió honores enviando a su funeral a un grupo de altos oficiales del ejército francés, para honrar al hombre que pudo haber destruido París y, sin embargo, no lo hizo.

Nota: (Parte del texto ha sido tomado del Foro Segunda Guerra Mundial)

Efemérides: El Día "D"

El 6 de junio de 1944, hace ahora 64 años, el resultado de la Segunda Guerra Mundial estaba prácticamente decidido. Alemania se retiraba apresuradamente del Frente Oriental ante el imparable avance soviético, y Stalin llevaba exigiendo años a sus aliados ingleses y americanos que abrieran el Frente Occidental para reducir la presión alemana sobre Rusia y acelerar el fin del régimen de Hitler.

No obstante, a los aliados les costó bastantes años preparar la invasión de Europa. En primer lugar hubo que detener a los alemanes en su intento por tomar las Islas Británicas. Luego había que expulsarlos de África y, posteriormente, de Italia, derrocando de camino al régimen fascista de Mussolini. No fue hasta que estos objetivos fueron conseguidos que el mando aliado se decidió a preparar la operación de desembarco en Europa, pero cuando se decidieron, pusieron en marcha la mayor maquinaria bélica de la historia. Aproximadamente tres millones de hombres participarían en la llamada Operación Overlord, que consistía en situar cabezas de playa en la costa de Normandía para, en un rápido avance, conquistar París y arrebatar Francia a los alemanes.

No sólo se luchaba contra las fuerzas de la Alemania Nazi, sino también contra el tiempo. El avance de las tropas soviéticas se encontraba ya en Polonia, y los aliados temían que el régimen bolchevique de Stalin quisiera sustituir en Europa el nazismo por el comunismo; por lo tanto, los aliados estaban obligados a avanzar hacia Alemania tan rápido como fuera posible, y controlar la mayor cantidad de territorio posible en Europa antes de encontrarse con los rusos, que avanzaban en sentido contrario hacia el Oeste.

omahaCon esta situación estratégica detrás, los aliados lanzaron su operación de desembarco el día 6 de junio de 1944 sobre las playas de Normandía. Allí, los soldados iban a estrellarse contra el Muro Atlántico construido años atrás por Erwin Rommel. Cañones de largo alcance, Búnkers, nidos de ametralladoras… un inmenso dispositivo bélico esperaba a las tropas aliadas, y les harían pagar muy, pero que muy caro la osadía de invadir Francia. Sólo en la famosa Playa de Omaha, más de 3.000 soldados estadounidenses perdieron la vida, y otros 15.000 resultaron heridos. En total, el desembarco aliado supuso la muerte de 68.000 hombres y un número de heridos aproximado a los 150.000.

Hoy, en el aniversario de este sangriento desembarco, que marcó el principio del fin del régimen nazi alemán, hay que recordar a aquellos jóvenes enviados a la muerte, algunos de los cuales ni siquiera llegaron a pisar la arena de la playa antes de morir. Steven Spielberg rememora esta matanza en su película Salvar al soldado Ryan. Según se dice, algunos de los veteranos de Normandía invitados al preestreno de la película no fueron capaces de aguantar el realismo de las escenas y tuvieron que abandonar la sala donde se proyectaba. Para mí, son los veinte minutos más impactantes de la historia del cine bélico.

Ciclo Juan Antonio Cebrián (XV): Stalingrado

Durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, y como parte de la Operación Barbarroja, Hitler ordenó la captura de Stalingrado, una ciudad industrial a orillas del río Volga hoy conocida como Volgogrado.

Stalingrado era la puerta a los grandes campos petrolíferos del Cáucaso, y terminó convertida en una ciudad mártir, donde se produjeron los más encarnizados combates de la Segunda Guerra Mundial. Hitler la codiciaba, entre otros motivos, para humillar a su enemigo, al llevar la ciudad el nombre del líder de la Unión Soviética: Stalin. Éste, por su parte, se negó a cederle esa victoria, y ordenó su famoso: “ni un paso atrás”, prohibiendo que sus tropas se retirasen bajo ningún concepto e incluso prohibiendo la evacuación de los civiles de la ciudad. Después de haber sido intensamente bombardeada, Stalingrado se convirtió en un montón de ruinas donde ambos ejércitos protagonizaron una cruenta lucha sin cuartel. Para la historia de las contiendas humanas quedará siempre la épica resistencia de la Fábrica de Tractores, o la lucha de francotiradores entre los cascotes humeantes de la ciudad.

Al final, el ejército rojo se impuso, aunque a costa de terribles pérdidas por ambas partes. Stalingrado significó el final de la ofensiva alemana dentro de Rusia, ya que a partir de entonces, su destino sería la retirada y, finalmente, la derrota total.

En este pasaje de la historia, Juan Antonio Cebrián relata aquellos trascendentes hechos que cambiaron el destino de la mayor guerra vivida por la humanidad.