Los Pueblos del Mar

Nadie sabe con exactitud de dónde llegaron, ni si vinieron de un solo lugar o de muchos, ni qué motivos les hicieron migrar, pero a mediados del siglo XI a.C. se produjo una gran crisis en el Mediterráneo oriental que tuvo unos resultados catastróficos para casi todas las grandes civilizaciones de la región.

Terrorismos modernos

He visto este vídeo, tuiteado el otro día por @Zuri_EH un montón de veces. No sólo porque me parezca escandaloso (que me lo parece) el uso de munición prohibida como son las bombas de racimo por parte de la OTAN sobre las mismas ciudades a las que asegura “proteger”. No, si lo he visto tantas veces es porque es fácil, muy fácil, ponerse en el lugar de la familia que graba el bombardeo.

Esos gritos infantiles de terror podrían ser los de mis propios hijos, o los de los tuyos. En el mundo actual, nadie puede asegurar que no vivirá para ver cómo le caen bombas del cielo. Hoy caen en Libia, en Gaza, en Pakistán y en muchos otros lugares. Mañana, por esos avatares de los movimientos sociales y económicos, podría ser aquí mismo.

A buen seguro que esta gente que graba el vídeo nos ve como terroristas, porque consentimos y pagamos la destrucción que les cae encima. Lo mismo sucedió con  la carnicería perpetrada por los Estados Unidos en Iraq en 2003, que todavía no ha terminado. Yo me pregunto viendo esto qué autoridad moral le queda a los estados occidentales para tildar de terrorista a nadie.

Silencio

Aquel 8 de mayo de 1824, el selecto público del teatro Kärntnertor de Viena escuchaba expectante cada una de las notas y las voces que surgían de la orquesta, mientras su director agitaba furiosamente los brazos, marcando el ritmo como si quisiera tocar con sus propias manos cada uno de los instrumentos al mismo tiempo.

Había ansiedad, curiosidad, y por qué no decirlo, bastante morbo. Se decía que el viejo músico estaba completamente sordo, y muchos se preguntaban cómo era posible que alguien compusiera música si era incapaz de oirla, y qué podía resultar de todo aquello. La crema de la sociedad austriaca se había reunido allí para comprobarlo en persona y poder contar en el futuro que asistieron a la apoteosis o a la decadencia del genio.

Sin embargo, y aunque era cierto que ya no podía oír el sonido de los instrumentos musicales, la música seguía estando allí, dentro de su cabeza y plasmada en la partitura con exquisito detalle. Él sabía mejor que ninguno de los presentes que aquella era su obra definitiva: si debía ser recordado por la posteridad lo sería sobre todo por aquella sinfonía que había consumido casi siete años de su vida y en la que había reunido todo su saber y experiencia.

El viejo compositor permaneció en todo momento de espaldas al público, dirigiendo a sus músicos para que interpretaran una música que él sólo podía ya imaginar. El público podría haberle abucheado hasta la asfixia, y para él todo habría estado tan silencioso como la noche en un cementerio. Le daba auténtico pavor girar la cabeza hacia las gradas, porque no podía oír si la orquesta estaba interpretando su obra bien o mal. Aquellos músicos podrían estar ejecutando la más bella de las melodías o la cacofonía más estridente y él, sumido en el silencio de su sordera, nunca lo sabría.

Cuando terminó de dirigir la sinfonía se quedó paralizado frente a sus músicos durante un gran rato. Tuvo que ser la joven contralto Caroline Unger quien se acercara al maestro y le girara hacia el público, que puesto en pie, agitaba sus manos en un aplauso silenciosamente atronador, vitoreando al genial músico sordo que, una vez más, había asombrado al mundo con su talento.

Ludwig van Beethoven rompió a llorar.

La Novena Sinfonía en re menor, Opus 125 de Beethoven, es una de las más grandes creaciones musicales de la historia humana, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2001 y adoptada como himno por la Unión Europea.

Descalzos en el parque

Título original: Barefoot in the park.
Año: 1967
Reparto: Robert Redford, Jane Fonda, Charles Boyer, Mildred Nakwick (Dir. Gene Saks)

Descalzos en el parque (Barefoot in the park) es la adaptación al cine de la comedia teatral del mismo nombre escrita por Neil Simon y estrenada en Broadway en 1963.

Paul y Corie Bratter son una joven pareja de recién casados que se disponen a iniciar una nueva vida en su diminuto apartamento alquilado en Manhattan. Para Corie, el matrimonio sólo puede entenderse como una aventura apasionada al estilo de las novelas románticas, mientras Paul es un tipo realista que trata de capear el temporal de sentimientos de su esposa mientras se hace un hueco en el difícil mundo de la abogacía.

Es una película donde las situaciones divertidas y disparatadas se suceden de principio a fin, y donde el guión es lo que cuenta. No sólo está cuidado el papel de los protagonistas, sino también el de los extraordinarios papeles secundarios protagonizados por Charles Boyer (Victor Velasco) y Mildred Natwick (Ethel Banks, madre de Corie), dando como resultado una película entre lo mejor del género de la comedia romántica. Se nota y se agradece que sea una adaptación de una obra teatral, con un gran trabajo de dirección donde predominan las tomas muy largas, poniendo a prueba la destreza de los actores.

Cuando uno ve una película por cuarta o quinta vez y sigue encontrando cosas nuevas en ella, es que la película es buena y merece la pena. Descalzos por el parque no deja indiferente a nadie, y es como un refresco que el espectador siempre quiere volver a probar.

Eratóstenes

A finales del siglo III a.C. Roma y Cartago se desangraban en sus Guerras Púnicas por el poder en el Mediterráneo. En Oriente, el efímero imperio conquistado en el siglo anterior por Alejandro Magno se había deshecho en varias partes, cada una de las cuales era lo suficientemente grande como para convertirse por sí misma en una potencia mundial. A los descendientes del general macedonio Ptolomeo les había correspondido gobernar el poderoso y antiguo Egipto.

Pero los Ptolomeos no eran ni mucho menos egipcios: los Ptolomeos eran y seguirían siendo Griegos. Para distinguirse de los anteriores reyes de Egipto, se establecieron en la nueva ciudad fundada por Alejandro: Alejandría. Además de ser la capital de Egipto, Alejandría estaba convenientemente aislada del resto de Egipto. En la corte alejandrina se hablaba griego, y allí acudían los mejores eruditos del mundo griego, al calor del mecenazgo que los Ptolomeos proporcionaban a través de su fastuosa Biblioteca de Alejandría.

Al frente de la Gran Biblioteca se encontraba el sabio Eratóstenes, un personaje que había dedicado su vida a cultivar todas las ramas posibles del conocimiento humano y que dominaba una buena parte de ellas: matemáticas, astronomía, filosofía, poesía,… A su alrededor, más de 900.000 ejemplares de las obras literarias de la antigüedad, recopiladas y catalogadas durante décadas por él mismo y sus antecesores, le proporcionaban toda la información disponible en aquella época sobre todo tipo de descubrimientos y observaciones.

En su afán por conocer el mundo que le rodeaba, Eratóstenes leía todo tipo de documentos, hasta que uno de ellos le llamó especialmente la atención: un papiro manuscrito afirmaba que en la ciudad egipcia de Siena (la actual Asuán), en el día del Solsticio de verano, y justo al mediodía, cuando el sol se encontraba más alto en el cielo, las columnas no daban sombra alguna, y la luz del sol penetraba hasta lo más profundo de los pozos, reflejándose en el agua de su interior. En definitiva, al mediodía de ese día en concreto, el sol se encontraba justo sobre la vertical de la ciudad de Siena.

Por sus propias observaciones, Eratóstenes sabía que durante el mediodía del Solsticio de verano, en la ciudad de Alejandría las columnas ofrecían una sombra apreciable, cuya longitud formaba respecto a la altura de la columna un ángulo de 7º. El hecho de que en una ciudad el sol no proyectara sombras mientras en otra situada más al norte sí lo hiciera significaba, lisa y llanamente, que la superficie de la Tierra no era plana, sino que describía una curva.

Muchos otros pensadores griegos de la antigüedad ya habían especulado con la posibilidad de que la Tierra tuviera forma esférica, pero allí, en Alejandría, y gracias a las observaciones del papiro de Siena y las realizadas por Eratóstenes, ahora podría saberse con exactitud cuál era el tamaño de esa esfera. Antes, sin embargo, debía conocer la distancia exacta que separaba a ambas ciudades, y para ello Eratóstenes contrató a un hombre para que caminara de una ciudad a otra, contando sus pasos durante el camino (Según otras versiones, buscó el dato en la misma biblioteca, o hizo que un regimiento recorriera esa distancia). En todo caso, de la exactitud de esta medida dependía por completo el resultado de sus cálculos. Finalmente, la distancia obtenida fue de unos 800km.

Gracias a la geometría y la trigonometría, desarrolladas por los griegos durante los siglos anteriores, Eratóstenes sabía que una circunferencia podía dividirse en 360 secciones, cada una de ellas describiendo un segmento de arco correspondiente a 1º. Si un segmento de arco de 7º medía 800km, la cuenta estaba clara:

A partir de este cálculo, Eratóstenes dedujo que la longitud de la circunferencia de la Tierra debía ser de unos 41.142 kilómetros. Comparado con la longitud real de la circunferencia terrestre, calculada actualmente en 40.076 km, no es una mala aproximación, especialmente si tenemos en cuenta los medios técnicos de los que disponía Eratóstenes.

Pero Carl Sagan cuenta esta misma historia en la serie Cosmos de una forma mucho más emocionante. Para los que quieran oírla en español, pulsad en este enlace.

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El Parlamento rechaza la «Ley Sinde»

Llevaba tiempo queriendo poner aquí uno de los famosos vídeos de Hitler, y después de que ayer el Parlamento rechazara que la Ley Sinde se colara de rondón, ahora tengo la oportunidad de hacerlo.

[youtube=http://www.youtube.com/watch?v=lYSG9gSq2jQ&w=560&h=340]

Para los que vayan a comentar, aviso: no estoy de acuerdo con la descarga incontrolada (que no ilegal, porque hasta la fecha no lo es) de material protegido por derechos de autor, y soy partidario de una regulación del sector en la que todos, usuarios y creadores, ganemos. Lo que siempre me ha inquietado de la dichosa Ley Sinde es la abierta intención que ha tenido de suprimir la tutela judicial sobre los procesos administrativos contra las infracciones de derechos de autor en Internet. En democracia, y desde hace más de doscientos años, la separación de poderes es condición sine qua non para garantizar las libertades civiles. Ningún sector industrial debe arrogarse el derecho de abreviar estos procedimientos, por muchos ministros de su ramo que tenga en el gobierno.

Toca madera…

¡Qué cabrón eres, Julián! Yo no quería despertar de mi sueño dorado, de ese sueño en el que muchos vivimos porque no nos ha tocado la cara B de la vida, de ese sueño en el que los ciudadanos vivimos en democracia, elegimos a nuestros gobernantes y somos juzgados con equidad. Tú me has enseñado hoy que la palabra «equidad» no procede del latín aequitas, sino de equinus; que estamos gobernados y que nuestra justicia es administrada por individuos cuyo fin no es el de hacer respetar las leyes y servir a su pueblo, sino el de obedecer los dictados de cierta potencia extranjera para que ésta pueda pasarse por el forro de las gónadas los derechos humanos y hacer del mundo su cortijo particular. No es que no lo supiera, al fin y al cabo: es que no lo quería saber.

Me has enseñado hoy lo que nunca hubiera esperado ver: a mi gobierno, a los fiscales y a los jueces de mi país besando culos de funcionarios norteamericanos, asegurándoles que están dispuestos a torcer la justicia, a parar procesos, a cambiar jueces díscolos por otros más serviles a sus intereses. Es casi como ver de nuevo a Franco caminar al lado de Hitler, o abrazando a Eisenhower, que para el caso… Es como ver de nuevo a Fraga bañarse bien lejos de Palomares con el embajador americano para mentir al pueblo, haciendo ver que unos cuantos kilos de plutonio esparcidos por el suelo no son nada. Que no hay motivo de alarma (una de las frases que más alarmante resulta dicha en boca de un político).

Pero aunque sigo pensando que eres un cabronazo, no tengo más remedio que darte las gracias y dedicarte esta rima de Becquer, porque la democracia, esa novia a la que siempre quise y respeté, me ha puesto los cuernos con mi peor enemigo. Y encima, la muy puta, va diciendo ahora por los periódicos aquello de «esto no es lo que parece». Que «todo se ha hecho dentro de la más estricta legalidad». Encima recochineo.

Cuando me lo contaron sentí el frío
de una hoja de acero en las entrañas;
me apoyé contra el muro, y un instante
la conciencia perdí de dónde estaba.
Cayó sobre mi espíritu la noche,
en ira y en piedad se anegó el alma.
¡Y entonces comprendí por qué se llora,
y entonces comprendí por qué se mata!
Pasó la nube de dolor…. Con pena
logré balbucear breves palabras…
¿Quién me dio la noticia?… Un fiel amigo…
Me hacía un gran favor… Le di las gracias.

Debería haber escuchado hace muchos años al maestro Serrat cuando cantó Toca Madera. Ahora, a pesar de lo que digan mis compañeros de Amazings, sólo me queda confiar en el horóscopo, que miente, sí, pero por lo menos no va de digno y no tiene chófer pagado con mi sueldo. A ti, Julián, que no te pase nada, porque me da la impresión de que este año no te comes el turrón, a menos que te hayas guardado la bomba atómica informativa como seguro de vida.

La madre de Whistler

Estoy convencido de que cuando James Whistler pintó el retrato de su señora madre, allá por 1871, nunca pensó que su obra daría lugar a una de las escenas más escabrosamente hilarantes de la historia del cine. Antes de ver el vídeo que viene a continuación, quedan avisados de que estas imágenes pueden herir la sensibilidad de algunas personas. Mi señora, por ejemplo, vio la escena en el cine y se ha negado rotundamente a verla de nuevo.

Algún día igual me decido a escribir una entrada sobre la hornada de cómicos y actores británicos de la Oxford University Dramatic Society a la que pertenecen, entre otros, gente como Rowan Atkinson, Mel Smith, Dudley Moore, Michael York (el prota de La fuga de Logan) o Hugh Grant.